¡Hostias con los liberales!… Lo de esta señora, doña Esperanza Aguirre, liberal de pro, de las de la Constitución del 12, comienza a ser de juzgado de guardia… Ayer, a mitad de camino en mi ruta habitual Las Palmas-Maspalomas, a las nueve y un minuto de la mañana (hora de Canarias) la Cadena SER adelanta la noticia de que doña Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, ha firmado un convenio con el Arzobispado de Madrid por los que un sacerdote, designado por las autoridades eclesiásticas, formará parte de todos los Comités de Ética de los hospitales públicos de la comunidad autónoma. Unos Comité que deciden sobre los cuidados paliativos a adoptar en los pacientes terminales… Por supuesto, no importa que el paciente sea católico, de cualquier otra confesión, agnóstico o ateo, o que simplemente no desea asistencia religiosa de ningún tipo…
Si esta señora presidenta es liberal, yo soy arzobispo de Canterbury… Doña Esperanza, por decirlo suavemente, no tiene ni pajolera idea de lo que significa la palabra “liberalismo”… Repugna a cualquier conciencia con un mínimo de sensibilidad la osadía y desvergüenza torera con que la jerarquía católica española en general, y la madrileña en particular, se pasa por el forro de la sotana los derechos de los pacientes y los ciudadanos. Y esta vez, con la complicidad de las autoridades de una región que, cada vez más, comienza a parecerse a la Italia de la Liga Norte y Berlusconi…
No es extraño que la noticia saltara a la prensa inmediatamente, y que en la versión electrónica de El País de ayer, fuera la noticia más visitada y comentada por los lectores. En su versión impresa de hoy, también le dedica El País un destacado espacio, con un crítico artículo de la periodista Soledad Gallego-Díaz, cuya lectura recomiendo, y varias informaciones relacionadas con la noticia. Y esta misma tarde, tras el Consejo de Ministros, la vicepresidenta ha anunciado en la rueda de prensa habitual para dar nota de lo acordado, que el Gobierno ha ordenado a la Fiscalía del Estado y a la Agencia de Protección de Datos que procedan a denunciar dicho Convenio si consideran que vulnera derechos fundamentales de las personas.
Todo este trasiego me ha hecho recordar una viñeta de Romeu en El País del día 22 en la que uno de sus protagonistas habituales le dice al otro: “A mi, Espe, me parece un híbrido de la Thatcher, Berlusconi y Putin. ¡Me da miedo”, dice. Y le contesta el otro personaje, con cara de tribulación; “¡Pues no veas a nosotros que la tenemos en casa!”.
Pues eso, que esta mujer da miedo: no se si por su ignorancia, su soberbia, su desvergüenza o su desfachatez… Sean felices.
(HArendt)

Romeu (El País, 22/04/08)
“Ni curanderos ni sermoneadores”, por Soledad Gallego-Díaz
¿Por qué tiene que haber un cura, nombrado por el obispo, en todos los comités de ética de los hospitales públicos de la Comunidad de Madrid? ¿Acaso el hecho de ser cura equivale a ser especialista en cuestiones morales en las sociedades modernas? Un cura no pasa a ser un experto en temas éticos porque así lo decida su superior, ni mediante un cachetito del cardenal en la mejilla.
Por supuesto que muchos comités de ética en el mundo cuentan entre sus miembros con religiosos o sacerdotes. Pero no porque les haya nombrado la jerarquía católica, ni por su condición de tales, sino que han sido elegidos por su fama y prestigio, sus publicaciones, debates o ensayos sobre el tema. Nadie con sentido común tendría algo que oponer a que el jesuita Teilhard de Chardin hubiera formado parte, por ejemplo, del comité de ética del hospital de la Paz. Ojalá. Lo malo es que, muy probablemente, hubiera sido el propio cardenal arzobispo de Madrid quien le hubiera puesto inmediatamente el veto, por poco obediente, o quizás, por excesivamente conocedor del tema.
De lo que se trata ahora es de un convenio firmado entre la Comunidad de Madrid y monseñor Rouco por el que los curas que asisten en los hospitales a los enfermos católicos que solicitan sus servicios, entran a formar parte, también, de los llamados Comités de Ética y comités interdisciplinarios de Cuidados Paliativos de todos los centros sanitarios de propiedad pública de Madrid. ¿Para qué? ¿Para que rocíen con agua bendita la mesa de reuniones?
No tiene sentido que la Comunidad llegue a un pacto semejante con la jerarquía de la Iglesia católica. Ya sabemos lo que piensa esa jerarquía: a Jesús nadie le abrevió la agonía en la cruz. Para ellos, de nada sirve que hayan pasado XXI siglos desde entonces y que nadie muera en España ni en la cruz, ni por sus ideas o creencias. Es verdad que tienen derecho a pensar lo que quieran y a recomendar a sus seguidores que sigan el ejemplo de su líder. Los Testigos de Jehová tampoco aceptan determinados tratamientos. Mientras sean adultos, no hay nada que discutir.
Pero por esa condición de curas o de jerarquía religiosa, católica o de cualquier otra fe, no tienen derecho a decidir sobre el tipo de asistencia médica que debe recibir el conjunto de la ciudadanía ni a participar en el debate sobre cuestiones de moral social que afectan a todo tipo de ciudadanos, creyentes o no. Los ciudadanos, que tenemos derecho a tratamientos médicos de calidad, deberíamos exigir también que los debates sobre cuestiones morales que afectan a nuestra vida y a nuestra muerte no queden en manos de ignorantes o aficionados, cuyas únicas credenciales demostradas o demostrables sean tener fe y obediencia. Ni curanderos para tratar nuestras enfermedades ni sermoneadores para debatir la moral social.
Por supuesto que han surgido nuevos problemas comunes a la humanidad que requieren de nuevos instrumentos teóricos para comprenderlos y para actuar sobre ellos. Por supuesto que hay sacerdotes y religiosos, católicos y de otras creencias, que han dedicado su esfuerzo y su capacidad intelectual a debatir estos temas. Bienvenidos sean a la mesa de discusión con profesores de ética y con expertos en derecho. Pero eso no tiene nada que ver con firmar un acuerdo con el cardenal arzobispo de Madrid sobre el papel o la influencia de los curas en los hospitales públicos.
Lo más increíble de todo este asunto es que el laicismo, la doctrina que defiende la independencia de los hombres y mujeres, de la sociedad, y muy particularmente del Estado, respecto a cualquier organización o creencia religiosa, no fue un invento del socialismo, sino del liberalismo. Es una lástima que los políticos españoles que se reclaman hoy liberales aparentemente no hayan leído siquiera algún manual escolar sobre el tema y que se crean que el liberalismo es una palabra que significa lo que a cada uno le viene bien en cada momento.
En el caso de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, la única persona dentro del PP que ha dicho claramente que es liberal, que defiende el liberalismo y que quiere que su partido se acoja a esa doctrina, da la impresión de que cree que es algo que nació con la escuela económica de Chicago y que se refiere sólo a la privatización acelerada, por las buenas o por las malas, de todos los servicios públicos que se pueda, incluida la educación y la sanidad. Resulta asombrosa la naturalidad con la que la presidenta ignora buena parte de la doctrina que dice representar, en concreto todo lo que ayudó a la modernización de las sociedades europeas del XIX y que tenía que ver, precisamente, con la vigorosa y tenaz defensa de la libertad de conciencia ante cualquier tutela teológica o religiosa. Lo más contrario al liberalismo no es un hospital de gestión pública. Lo radicalmente contrario a todo lo que significa y significó esa doctrina política es, precisamente, el convenio que ha firmado en Madrid Esperanza Aguirre. (El País, 25/04/08)

Esperanza Aguirre jugando al padel (Diario La Razón)
“Dos vías a la muerte digna”, por M.R.S.
Una española que exige su derecho a quitarse la vida y una holandesa que lo hizo legalmente lo narran en Cuatro.
María Ross vive en Holanda. Tiene unos 65 años y padece un cáncer terminal. Sufre dolores muy fuertes. Asegura que cuando no pueda aguantar más recurrirá a la eutanasia. Está tranquila, la ley de su país le permite hacerlo. Montse Caba tiene 48 años y vive en Cataluña. Sufre una enfermedad degenerativa y muy dolorosa, el síndrome pospolio, que la ha dejado en una silla de ruedas. Teme empeorar tanto que no pueda valerse por sí misma. Asegura que si llega ese caso querría recurrir a la eutanasia. Sin embargo, en España no es posible. “No sé lo que haré, pero espero que haya alguna mano amiga que me ayude”, dice.
Mi muerte es mía, el documental que Cuatro emite esta noche (0.20) visita dos realidades. Rodado durante meses narra la historia de María, atendida por su médico de cabecera -en su país son ellos los que llevan los casos de eutanasia- que la ayudará a morir en su casa, acompañada por su marido y una amiga; y la de Montse, asociada a la organización Derecho a Morir Dignamente, que muestra sus temores a terminar su existencia con dolor y no poder recurrir a la eutanasia.
El cuerpo de María se adivina a través de las mantas de su cama, instalada en el salón frente a un gran ventanal. “Lucharé hasta el último momento, de verdad”, dice. Desde allí recibe al médico que ha llegado para reconocerla. “¿Cómo te ha ido la medicación nueva? No debes angustiarte tanto, hace unas semanas te ahogabas, ¿recuerdas?”, le pregunta él. “Sí…”, responde María, y baja la mirada. “No voy a mejorar, creo que me iré muy pronto”. Holanda ha regulado por ley la eutanasia, una práctica a la que enfermos como María, retratada en el documental producido por La Quimera, pueden recurrir. Todos han de pasar por una segunda opinión médica. “¿Ha indicado que cuando el sufrimiento empeore y el dolor sea tan fuerte que no pueda vivir con él quiere morir de manera suave ayudada por el doctor?”, cuestiona el segundo facultativo. “Quiero aguantar hasta que yo decida y quiero morir aquí”, dice María. “Cuando llegue el momento quiero directamente la eutanasia”.
Montse también lo tiene claro. Ha firmado el testamento vital y sabe en qué casos querría ayuda para morir: “Si algún día dependiera de una persona para todo, si no puedo hacer lo que me gusta, no quiero seguir viva”.
La eutanasia de María está programada para dentro de 24 horas. Sus familiares llegan para despedirse. “La situación se ha complicado tanto que estoy segura de que esto es el final”, dice. En España, en su casa, Montse ve las imágenes de María. Dentro de unos días entrará en el quirófano. Podría salir para estar definitivamente en una cama. “Lo que me angustia es pensar que si sale mal alguien va a tener que ayudarme a morir. Eso para mí es una situación muy angustiosa”. (El País, 25/04/08)

Rouco Varela, cardenal-arzobispo de Madrid
“Un cura en el comité de ética”, por O. Güell, A. Díez, E.G. Sevillano, R. Carranco, T. Constella, S. Rodrïguez, F. Ballsells, E. Azumendi y F. Simón
Polémica por la presencia de sacerdotes en órganos consultivos de los hospitales. La presencia de sacerdotes católicos en los comités de ética asistencial de los hospitales públicos, que asesoran sobre cualquier actuación que pueda suponer un conflicto moral o ético, ha levantado una gran polémica por el convenio que el Gobierno de la Comunidad de Madrid firmó el 2 de enero con el Arzobispado de la región, que así lo contempla. Este hecho ha levantado una gran polvareda y ha llevado incluso al PSOE a pedir “la inmediata retirada” del convenio, y a poner sus servicios jurídicos a disposición de médicos, familiares y enfermos que puedan sentirse afectados o, directamente, “perseguidos” por esta medida, según el responsable de Libertades y Justicia de este partido, Álvaro Cuesta.
Sin embargo, se trata de una posibilidad que ya establecía la Comunidad de Madrid en el anterior convenio, de 1997, sobre la asistencia religiosa católica en los hospitales. Y aún antes, en 1995 (con el PSOE en el Gobierno), el antiguo Insalud recomendaba que entre los médicos, enfermeros, juristas y expertos en ética que formasen los “multidisciplinares” comités, hubiera “profesionales no sanitarios de la Institución que, con preferencia, desarrollen su actividad en los servicios de Trabajo Social, de Atención al Paciente/Usuario y de Asistencia Religiosa”. Es decir, que se incluyera a unos sacerdotes que ya trabajaban para los hospitales (546 en toda España) y cuyos sueldos suponen sólo a las arcas de la Comunidad de Madrid 766.000 euros en 2008.
La tarea de los comités de ética suele ser la de proponer protocolos de actuación en casos que puedan plantear cualquier tipo de conflicto ético (abortos en avanzado estado de gestación, cuidados paliativos, etcétera) y, en el caso de que algún profesional lo pida, valorar situaciones concretas en informes no vinculantes. A pesar de que existe la posibilidad de incluir a los sacerdotes, lo cierto es que no suelen estar a no ser que sean expertos por su labor médica o su experiencia en filosofía o bioéticas.
De hecho, “en no más de dos o tres hay un religioso entre sus miembros” en la Comunidad de Madrid, que cuenta con un comité en la mitad de sus 32 hospitales, según una portavoz de la Consejería de Sanidad. Entre ellos, el Hospital de La Paz y el Gregorio Marañón.
En la regulación de la mayoría de las comunidades no existe referencia expresa a que haya un representante religioso en los comités, salvo en la Comunidad Valenciana. Lo mismo que dice la regulación madrileña, aunque en el convenio firmado con la Iglesia católica se dice expresamente que el capellán “formará parte del comité de ética”.
Algo con lo que no están de acuerdo, por ejemplo, en Andalucía. “La Administración pública no es confesional y los hospitales participan de ella”, indica el secretario general de Calidad y Modernización de la Consejería de Salud, José Luis Rocha. Tanto las autoridades gallegas como las de Castilla y León insisten en que no existe en sus autonomías acuerdos con los obispos y en Cataluña recuerdan que los profesionales sanitarios y sus familias siempre tienen la última palabra.
Sin embargo, en el País Vasco sí hay algún sacerdote en el comité del Hospital de Basurto, en Bilbao: “Se le aceptó como persona, no por su condición de religioso. Además tiene una formación en Filosofía”, asegura Elena Gutiérrez, la presidenta del comité. El presidente del comité de ética del Hospital de Txagorritxu, en Vitoria, Sebastián Iribarren, resalta que la presencia en el comité es voluntaria y que, de entrada, no diría que no a la presencia de un sacerdote en el mismo. “Se estudia su perfil. Lo que se trata es de evitar a los dogmáticos, sean religiosos o no”.
Religiosos que asisten a los enfermos pero sin opinar:
- Reino Unido. En el Reino Unido no hay ninguna normativa que permita expresamente la participación de sacerdotes en el asesoramiento a los médicos sobre el tratamiento a dar a un paciente, según portavoces de la Iglesia de Inglaterra y de la Asociación Médica Británica (BMA en sus siglas en inglés). Tanto la Iglesia como la organización médica suelen participar en las consultas que abre el Gobierno antes de legislar sobre temas médicos o sociales, pero los sacerdotes no opinan directamente sobre qué tratamiento es el más adecuado en casos concretos.
- Francia. La separación radical entre las Iglesias (en plural) y el Estado es una de las características de la República francesa. Las cuestiones que pueden presentar problemas éticos, como las relativas a los casos de eutanasia pasiva, son responsabilidad única de las familias de los enfermos y de los médicos.
- Holanda. Este país fue pionero en aceptar la eutanasia (la ley en vigor desde 2002 goza de una aceptación social cercana al 90% de la población) y en los últimos años ha desarrollado unidades de cuidados paliativos en todos los hospitales, una red nacional de residencias y un servicio de cuidados a domicilio. En cualquier caso, cada una de las cinco comisiones regionales facultadas por el Gobierno para revisar los expedientes de eutanasia cuenta con un jurista, un médico y un experto en ética, todos aconfesionales.
- Italia. Los curas son una presencia constante en los hospitales italianos. Tienen incluso libre acceso para asistir a los enfermos terminales (Lazio y Toscana lo han santificado por ley), pero no participan en las decisiones médicas. Cada hospital y cada zona sanitaria local (ASL) tiene un comité ético, formados por un médico legal, un anestesista y un patólogo, que ejecutan, cuando se produce la muerte cerebral, la decisión del paciente sobre la donación de órganos; si el fallecido no la hubiera tomado antes, se consulta a la familia. “La ley obliga a los médicos a curar hasta que no haya posibilidad de vida, pero también a administrar cuidados paliativos a los pacientes terminales que sufren”, señala Aldebrando Bossi, dirigente médico de la ASL. (El País, 25/04/08)

Logotipo de la Asociación “Potala Hospice” (Madrid) de Ayuda a Enfermos Terminales
“¿Y por qué no otras religiones?”, por E.G.S. y J.A.A.
Las comisiones de ética asistencial de los hospitales “no son órganos decisorios”, y “se intenta que su composición sea plural”, explica la directora del Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona, María Casado. “El problema es que si estás obligando a que esté una confesión en concreto, se pone en peligro la separación entre Iglesia y Estado”.
Casado se queja de una corriente que recorre, no sólo España, sino toda Europa, de representación religiosa en órganos científicos, como está ocurriendo en el Grupo Europeo de Ética, asegura. “Los comités establecen líneas de actuación, y cuanto más conservadores, más pasos atrás se darán”, añade. En cualquier caso, Casado recuerda que en los hospitales existe esa figura del capellán, pagada por las administraciones públicas, que ya existía durante la dictadura, y a partir de ahí va a lo que considera la raíz del problema, los acuerdos del Gobierno de España con el Vaticano. “¿De qué nos sorprendemos?”, se pregunta Casado.
“Estamos en lo de siempre, en los privilegios que la Iglesia católica tiene en España”, dice la profesora de Derecho Penal de la Universidad de Valencia y miembro del comité de ética del Hospital Clínico de Valencia, en el que “hay un capellán”. “Habría que ver”, continúa, “si los hospitales públicos pueden garantizar también que un enfermo que lo pida sea asistido por un representante de cualquier otra confesión”. Es decir, estas dos expertas no discuten la pluralidad de estos organismos, sino más bien los privilegios para la confesión católica que persisten en España en muchos otros ámbitos.
Marcelo Palacios, presidente de la Sociedad Internacional de Bioética (SIBI), sin embargo, con el mismo argumento de la máxima pluralidad en relación con las personas que están involucradas en el proceso asistencial, asegura: “No creo que haya que poner ningún tipo de objeción” a la presencia de los capellanes en las comisiones.
Núria Terribas, directora del Instituto Borja de Bioética, el primero que se fundó en Europa (1976), dependiente de la Universidad Ramon Llull (Barcelona), y miembro de ocho comités de ética de hospitales catalanes: “En un contexto laico, el sistema sanitario público debería tener, en todo caso, una representación de las confesiones religiosas, de la pluralidad de pacientes: musulmanes, budistas, etcétera. Si sólo hablamos de una confesión, el sesgo está muy claro”. (El País, 25/04/08)

Atención a enfermos paliativos en un Hospital (El País)
“El Gobierno pide a la Fiscalía que estudie el convenio entre Aguirre y Rouco sobre los comités de ética” (Agencia EFE)
“No se puede imponer a los pacientes criterios basados en creencias religiosas”, afirma la vicepresidenta De la Vega.
El Gobierno ha pedido a la Fiscalía y a la Agencia de Protección de Datos que estudien si procede emprender acciones legales contra el convenio suscrito entre la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid y el Arzobispado, que permite la presencia de sacerdotes en los comités de ética de los hospitales públicos. Así lo ha anunciado hoy la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, en la que ha indicado que, de acuerdo con la Constitución, “los servicios públicos de salud no pueden imponer a los pacientes criterios basados en creencias religiosas”.
Por esa razón, el Ejecutivo, a través del Ministerio de Justicia, se ha dirigido al Ministerio Fiscal y al director de la Agencia de Protección de Datos para que analicen el contenido del convenio y estudien si vulnera derechos fundamentales, como los derechos a la intimidad, la autonomía personal, la salud y la libertad religiosa.
En tal caso, el Gobierno solicita que se proceda a “ejercitar las acciones que consideren oportunas en defensa de los derechos fundamentales de los ciudadanos”.
Fernández de la Vega ha subrayado que la voluntad de los pacientes sobre su salud no puede tener otros límites que los previstos en el ordenamiento jurídico y los que se derivan de los criterios profesionales. (El País, 25/04/08)

La vicepresidenta del Gobierno, Ma. Teresa Fernández de la Vega