Hoy hace 525 años de una derrota que no fue tal. Tal día como hoy del año 1483, los últimos aborígenes que resistían a las tropas de Pedro de Vera en la fortaleza natural de Ansite (actual municipio de Santa Lucía), en las cumbres centrales de la isla de Gran Canaria, deponían sus armas y se entregaban en vasallaje, conservando sus bienes y la libertad de sus personas, a los reyes de Castilla y Aragón doña Isabel y don Fernando. En ese final pactado, aunque triste, habían tenido papel principal el último guanarteme (rey) aborigen, Tenesor Semidán, y su hija y su sobrina, las guayarminas (princesas) Thenesoya Vidina y Matsequera, convencidos de la inutilidad de la resistencia. Desde la llegada de Juan de Bethencourt a Gran Canaria hasta ese mismo momento habían pasado 79 años… Dice mucho de la valentía y coraje de un pequeño pueblo que mereció para su patria el apelativo de “Grande” otorgado con admiración por los mismos que lo derrotaron… Ese día, la isla de Gran Canaria entraba por la puerta grande en la Historia…
Les dejo con la lectura del hermoso texto que el poeta y compositor grancanario Néstor Álamo, dedicó a la triste historia de la última guayarmina aborigen de la Gran Canaria, la princesa Thenesoya, de la que todos los grancanarios, sea cual sea su origen, se sienten orgullosos descendientes. Sean felices. Y disfrútenlo. (HArendt)

Relieve homenaje a la última reina de Canaria en el Real Alcázar de Córdoba
THENESOYA VIDINA
Por Néstor Álamo
NADA IGUAL A LAS TIERRAS DE GRAN CANARIA! ALTOS cerros morenos sobre los cielos limpios de las cumbres. Nervatura de rocambres milenarias y palmeras infinitas que limpian las rutas de las palomas salvajes, de las tórtolas del Sur y las alpispas nerviosas. Trigos calientes sobre laderales y faldeos. Soles altos, vuelos altos. Nada jácara ni donaire en las líneas precisas de la tierra. Y el mar nacido de caminos como punto de eterna referencia.
1.460 y Gran Canaria. Año mas, año menos. En la noche incierta de la antedominacion española, ¡qué difícil fijar fecha precisa en sucesos menudos!, a tal punto se halla falto de alta investigación histórica este periodo. Pero, una vez mas, llevémosnos de historiadores y cronistas: 1.460 y Gran Canaria.
Viene de la Isla de El Hierro Diego de Herrera, enderezadas las proas de sus naves hacia Lanzarote, sede feudal del navegante. Allí, su esposa, doña Inés Peraza, le aguarda con ansias dominadas. En sus ausencias, ella hace de Gobernadora de la Isla y administra justicia y corre a las armas, si es preciso, por incursiones del perro marroquí… Así venga la morisma los desafueros cristianos en jaimas y morabitos.
Viene Herrera de apaciguar a los isleños nativos de El Hierro, que ya no trabajan para Armiche, su señor y Rey, sino para los conquistadores venidos de una tierra extraña y lejana. Los hijos del “Garoé” se han levantado contra el poder brutal de los sucesores de aquel normando fanfarrón que se llamo Juan de Bethencourt. De consuno, los gobernadores de la Isla, un vizcaíno y un francés, violaban, robaban, asesinaban…Seguían fieles la tónica del coloniaje aventurero. Y los isleños no hallaron mejor medida que colgarlos de unos árboles para regocijo cierto de cuervos y buitres. Que es esta, en muchos casos, elemental medida de higiene publica.
Diego de Herrera, buen diplomático, endulzó agriores, engordó la vista ante ciertas gravedades y consiguió dos cosas: que no se acabara de despoblar la isla –cosa inminente—y que el buen Armiche se bautizara. Así ganaban su hacienda y la gloria de Dios; que desde aquellas témporas de rudos conquistadores eran estos conceptos parejos.
Así que, Diego, hijo de Pedro García de Herrera, rico-home y Mariscal de Castilla, señor de Ampudia y Capitán de la Frontera de Jerez, venia contento. Bien sabia él aquello de “paños lucen en palacio, que no hijosdalgo”. Y lo otro no menos cierto: “Abátense los adarves y álzanse los muladares”. Porque el buen suceso de su viaje significaba amor más prieto en su esposa doña Inés, “dama virtuosa, hermosa y varonil”, y más seguridad en la valía de hombre cuya obligación era la de defender el feudo de su dama y esposa.
Sobre la punta de Sardina del Norte, a orden de la Almiranta, recogió velas la breve flotilla. Cosa sería de la media noche larga. Había que aprovechar la buena fortuna y piratear lo que bien se pudiera en la costa; así sería mayor el gozo de la doña Inés amada. A lo mejor prenderían algunos esclavos que se pudieran enviar al mercado de carne sevillana de Sevilla. Esto ayudaría a salir de apuros al arnero del señorial bolsillo, alcanzado siempre.
Así que, a la madrugada quieta, los navíos a la capa y a tierra. Allá fueron las gentes con ansias de rapiña y asalto, que en El Hierro no pudieron desbravarse, ni tampoco en la todavía insumisa Isla del Infierno.
Por un sitio que los nativos en su lengua querenciosa llamaban “el Bañadero”, playa suave y fina, tomaron tierra. Ducha en esta guerra, entreverada de cacería del hombre, la espuma de la gallofa se enmantojó en unos hierbajos altos, espesos. Y esperó con paciencia la ocasión de pillería.
Y la ocasión llegó.
* * *
Dos o tres horas lleva el sol sobre unos cielos de porcelana. Al rayar claro del alba, la Princesa Thenesoya Vidina, de la Casa de los Guanarthemes de Agalda, ha hecho su tocado en el cenobio de La Iraga, más allá del barranco del Aguamastel. Allí tiene hace tiempo las rayas que han de orientar su vida de esposa y ama de casa. En la serena altura aprende las oraciones a Alcorah; a tejer juncos mimosos y coser gamuzas finas y ensanchar su talle hasta el límite máximo; que no ha de engordar buen hijo la mujer canaria de vientre enjuto.
Veinte años y hermosa. Brillante como el agua de las fuentes claras y blanca como la espuma de la leche caliente de los ganados de la Isla. Y dulce como el fruto maduro del mocán. Honesta y señora siempre, bajo el tamarco de pieles curtidas. Los pies sujetos en unas como abarcas y en el cuello, sobre el alto seno de virgen intocada, collares de barro cocido y una diadema de conchas blancas sobre el largo cabello castaño. Así viene, acompañada de sus dueñas de cámara y labor, Thasirga y Orchena, a tomas el baño diario en el suave y deleitoso bañadero.
Por la vereda –polvo rojiblanco, orlas de hinojales frescos–, canta la Princesa núbil su pagana alegría de todo. Porque es feliz y pronto aumentará su dicha. Su padre, el noble y tuerto Aymedeyacoan, Faycan de Telde, está contento. Su hija Thenesoya casará presto y bien. El “punapal” ( I ) y valiente guerrero Autindana, da por ahora gloria nueva a la raza. Y es difícil conocer los humores al soberbio Señor del Sur, que además de soberbio es mañoso; hombre que había de repudiar mas tarde, como impropias de canarios, las mansas benignidades de su pariente el Guanarteme regente de Gáldar: Thenesor Semidán.
Pero ahora resbala la Princesa por su camino, alegre rebosante de ligeros afanes de llegada. Un poco enfebrecida, como los capirotes que revuelven locos de verano, las hojas de los higuerales. Hoy no la acompaña su prima, Masequera, Princesa heredera del Reino de la Gran Canaria, quien desde niña crióse con Thenesoya en desventuras y placeres.
Llegan las viajeras a la lengua del agua y la espesura del matojal cruje de deseos reprimidos. Cayeron las gamuzas de colores cándidos. Cayó el calzado extraño, sujeto al tobillo por correas de traza menuda. Y la diadema de conchas blancas, sostén de la cabellera suelta sobre la espalda. Y la virgen Thenesoya, libre Venus atlántica, hundió la nieve fresca de sus veinte años en la codicia de las aguas, hervidas de espumas.
( I )“Punapal”: primogénito. Este valiente guerrero fué enterrado en Gáldar, en el viejo templo de Santiago de los Caballeros. Aunque debió bautizarse, conservó su nombre canario, ya que a fines del siglo XV o comienzos del XVI aparece en aquellos libros parroquiales el asiento del pago hecho por abrir la fosa de “Autindana” en aquel templo.
Pero oíd cómo un juglar anónimo cantó el suceso en dos octavas que a fines del XVII una mano curiosa envió desde Lanzarote al ingenio erudito, parsimonioso, de don Pedro Agustín del Castillo: ( I )
Estándose bañando con sus damas
De Guadartheme el Bueno la sobrina,
Tan bella, que en el mar enciende llamas,
Tan blanca, que la nieve mas se empina,
salieron españoles de entre ramas
y desnuda fue presa en la marina,
aunque pudo librarse, cual Diana,
del que la vió bañar en la fontana.
*
Partir se vio la nave a Lanzarote,
donde con el santísimo rocío
la bañó en la fuente el sacerdote
de Dios; salió con tal belleza y brío
que con ella casó Monsieur Maciot,
que el noble Bethencour era su tío:
Y de estos dos, cual de jardín las flores,
Proceden los ilustres Betancores.
Gritos y lagrimas y femenil desasosiego rompieron la quietud de la costa. Pronto repararon los salteadores que la sirena aprisionada era de calidad. Las ayas, durañonas, nada alcurniado ofrecían en sus vestimentas. Pero a pesar de todo no sospecharon que habían hecho presa, al buen tuntún, en la humana arquitectura de una Princesa Real.
Al batel los desembarcados y a bordo de la Almiranta. Con ellos, las cautivas. En la carabela, los intérpretes que Diego de Herrera llevaba pusiéronse al habla con ella. S´´upuse la sangre de la hermosa muchacha y di´´eronle al punto el trato a que tenía derecho. La cámara mejor de la nao y el mas fino cuidado para la Princesa de la Real Casa de Semidán.
Ahora, apuntan a Lanzarote sus proas alegres. A Lanzarote, sobre los lomos sumisos de las aguas azules, roncas de plañir indignaciones. Porque se acababa de jugar la suerte de Gran Canaria y la raza perdió. Se había jugado –y perdido– a cara o cruz la suerte del integro albedrío isleño. Ya podían contarse los hijos de la raza pura de Maninidra y Bentejui entre el coloniaje mestizón que había de enriquecer las arcas de Castilla. Toda la fiera altivez de un pueblo de excepción quedó englobada en este tópico del tiempo: “cristiano viejo”. Desde ahora, todo anhelo del pueblo canario se reducirá a llevar con verdad la etiqueta impuesta. Lo austero de la raza vencida puede enriscarse ya y a callar como muerta, ahíta de soledades, cuando la flor de la brivia conquistadora –“nobles caballeros fijosdalgos de casa y solar reconocidos”—quisiera hocicar en sus tradiciones sagradas, en toda su vida anterior, doméstica y publica.
( I ) Una versión contemporánea asigna –un tanto alegremente—la paternidad de estas octavas al canónigo Cairasco de Figueroa.
A todo ello contestará con un silencio fijo, perdiendo los ojos en mares de lejanías amargas, porque así lo querrá Guadayeda o Thenesor Semidan, su Guanarteme último ahijado y vasallo de Sus Altezas, los señores Reyes de Aragón y Castilla.
1.52…. y Gáldar. Ya la isla es española. Hoy, del César bembudo y genial, comilón hervido de gulas. Ayer, de Isabela y del zorrocloco viejo del de Aragón su marido casquiveleto. Doña Juan llora en su oscuro agujero de la paramera castellana la belleza `perdida del hermoso Filipo y entre sus nubes estoposas de la Inglaterra marina, el comerciante procaz y tripudo, saturado de fortunas buenas que es Enrique Tudor, juega al esposo mal esposado con la tosca escuetez de Catalina de Aragón, que se encostra de olvido y telarañas por los rincones de su palacio como vihuela desclavijada, sin mano amante que la temple y taña.
Se ha consolidado la unidad española. Desde el instante del finiquito de Isabel hasta el actuadle inquietudes sociales, será el hilo quebradizo de esta unidad aguijoneo constante en la conciencia de la nación.
Ahora finaliza el quinto lustro de siglo XVI. Ha muerto hace tiempo el otoño de la Edad Media, y una nueva estética, y un concepto nuevo de la vida cimbran los contornos del mundo, ahuyentando los principios viejos. El Renacimiento es señor absoluto de los cuatro puntos de la rosa de unos vientos que quieren ser libres.
Gáldar y 1.52… Un lecho alto; tocas de viuda, ayes de cristiana vieja y rezo de todos los rezos que para esta ocasión la Santa Madre Iglesia prescribe. Hábitos de San Francisco y el Escribano de las Villas del Norte, Alonso de San Clemente, que por la abertura del acuchillado jubón de veludillo saca el canuto oficialero. Papel, tinta, pluma y negra arena secante. La que en edad gentil llamóse Thenesoya, Princesa de Semidán, se apresta a morir devotamente, como cualquier hidalgüela oscura y sin ruido de metal en la escarcela. Pobre, pero con títulos de “cristiana vieja” y mujer viuda de Maciot de Bethencourt; se llama Doña Luisa y sostiene el apellido que su amante esposo le diera.
Aquí, en torno al lecho familiar, los hijos, fruto de su matrimonio único: Andrés y Arriete de Betancor y Juan Perdomo. A éste se acompaña su mujer, Francisca de Cerezo, hija de Antón de Cerezo “el Viejo”, Señor del vasto Heredamiento del Laguete.
En este instante final de su vida noventona, Luisa de Betancor hojea el diario mental de su existencia, rica en interés y sucesos. Su arribada a Lanzarote y la alegría de doña Inés Pereza ante la nueva dama que tomaba lugar en su corte de romance. Los desposorios con el bizarro Maciot, miembro sin mucho lustre de su destartalada familia y la muerte del esposo, acaecida hacia 1.480, antes de la rendición total de Gran Canaria, asentado ya el matrimonio en nuestra Isla. En la capilla que en el primitivo templo de Santiago de los Caballeros de Gáldar hicieran levantar ambos bajo la advocación de Santa Ana, esperan los huesos del difunto esposo la llegada de su compañera, ejemplar y fiel.
En el recuerdo, el primer retorno al solar nativo, una vez cristiana y casada. El buen Guanarteme buscaba su rescate a cualquier precio, “porque demás de su condición angélica era muy bella dama”. De negarse Diego de Herrera a concierto, serían ahorcados los cristianos prisioneros de canarios. Y esto movió el corazón de Thenesoya. Liberal y animosa, dijo allá en Lanzarote a los que ya eran suyos:
“—Sabed que puedo devolveros a vuestros hijos y hermanos de darme mi esposo y señor licencia; Diego de Herrera, a mí y a Thasirga por compaña. Dejadnos sobre las costas de mi tierra, en el lugar mismo donde fuimos apresadas. Pasarán quince noches; en la última, surgid el carabelón en tal abrigo, que allí estaré, presta a tornarme con mi dueño, una vez libertados los cautivos cristianos: Esto os digo”.
Y así se hizo y lo cuenta Fray José de Sosa:
“Placióle mucho a todos el parecer y bizarría de doña Luisa de Betancurt, porque habían experimentado de su juicio, capacidad y ánimo, que no había de retroceder un punto, ni faltar a su trato y palabra, néctar con que se había amamantado desde los gentiles pechos de su canaria madre, y así, como urbano rendimiento, cada uno de por sí le besaba las manos y en lo que podían alcanzar políticamente le hacían agradecidos su cortejo”.
Llegaron a Gran Canaria. Salió la Corte a recibir con alegría a las cautivas y por ellas se entregaron ciento quince cristianos. Hubo fiesta en honor de Thenesoya, trocada en Luisa. Vencióse el plazo, y una madrugada, dejando dormida a Masequera desatranco las puertas del palacio del Guanarteme, donde moraba, y sin despertar a la guardia ni a un gran perro que vigilaba los patios en silencio, salió a la marina, donde ya la esperaba anheloso Maciot. La voluntaria huía de su sobrina dolió tanto al Rey, que enfermó de melancolía al punto, y de este mal de amores dicen que murió. “Que quien se empeña en amar, se empeña por la cosa amada a padecer,– dice el franciscano historiador, con raro conocimiento, a este respecto.
Ahora, en el punto quieto de la muerte, Thenesoya repasa la mala fortuna de sus familiares: los hombres, unos destripados por la guerra; los otros marcharon a hacerla a la América nueva y a la vecina Berbería. A las tierras de Salé y de Túnez y a Granada. O quedaron tendidos en los campos borrachos de sangre de Tenerife y la Palma. Un Fernando Guanarteme, gustador impenitente de mozuelas, rueda por Nivaria un tanto aislado por los de su sangre y vive en unas cuevas del camino ácido de Adeje; y no sabemos si es éste el rey postrero de la Gran Canaria que según Fray Juan Suárez de Quintana, el genealogista, murió por el veneno tras un banquete ofrecido por el Adelantado, que le había otorgado datas y no viera mas camino para recobrarlas nuevamente que el crimen.
De las Princesas reales, Masequera se ha convertido en doña Catalina de Guzmán. La hija de don Fernando de Guanarteme y es mujer legitima, en legitimo matrimonio, de don Miguel de Trexo. Todo es ya distinto y extraño, y el centro de la vida nueva no es la metrópoli antigua, ni Telde, su rival, dorada por los vientos y los soles eternos del Sur. Es la villa nueva y aventurera que se ha levantado con prisas en torno a las barbas del Real de los invasores, junto al arroyo del Niguiniguada. Ya hay escribanos y doradores y borceguineros, y tundidores de lo fino, y el pichelero andaluz vocea sus picheles por las empinadas calles nuevas en lengua de germanía. Hay canónigos de capa larga y genio pronto y un obispo guerreador, vestido de tafetán morado. Hay bubas y hospitaleros, y hay junto a la inquisición que el obispo Muros ordeno en 1.499 y la plaza de verdugo creada por los Reyes, campanas de conventos y una mancebía que la Reina Juana concediera para aumento del caudal de propios de la ciudad futura.
Frente a estas ventajas de la civilización nueva los Guaires vencidos han de soportar al almoxarife y al alcabalero feudal, trotón de los caminos, demonio de villanos sin padrinazgo fuerte.
Así fue el domingo, 15 de marzo de 1.528. Después de misa. Están en su casa Luisa de Betancort y sus hijos. Aparecen el Alcalde Mayor de la villa de Gáldar, Juan de Vargas y el Regidor de la Isla, Jerónimo de Pineda, tío del famoso –por su muerte airada—Hernando de Pineda. Todos gentes de Castilla. Vienen con mandamiento de la autoridad superior a cobrar al tributo de la moneda forera a los pecheros y villanos. Y la familia de Betancort esta comprendida en el padrón de estos.
La raza orgullosa, se revolvió en doña Luisa y volvió a ser la Princesa Thenesoya. Denostó e hizo valer los derechos de su sangre. Además había casado con hidalgo notorio; y en sus armas, por campo de plata, rampaba un león, de sable la lengua…
–Conque idos con Dios, mis señores, que hidalgos somos y no villanos pecheros, y no hemos de pagar pechos ni alcabala alguna. Así que idos con Dios y Santa Maria.
No fue bastante la respuesta y ordenaron los señores de la autoridad tomar prendas a Thenesoya y sus hijos. El alguacilejo silbante puso su mano bellaca sobre el cuerpo noble de quien tanto contribuyó a hacer española la Isla, y tomó de él un manto negro de sarga; de Arriete de Betancort una escopeta y de su hermano Juan Perdomo, un moquero, labrado de negro.
Largo hubieron de litigar doña Luisa y sus hijos para que su origen y nobleza les fuesen reconocidos. En información de hidalguía incoada para hacer valer sus derechos, declaran la Princesa Masequera, llamada ahora doña Catalina de Guzmán; Gonzalo de Aguilar, Adán de Acedo, Juan de Soria, Antón de Cerezo, Pedro de Argüello y Fernando de Vera. Y en litigio enredado anduvieron hasta el sábado, veinte y siete del mes de febrero de 1.529 en que el Licenciado Espinosa reconoce la nobleza de la Casa de Bethencourt o Betancor, más noble aun por su entronque don la Diana nadadora de la Gran Canaria.
* * *
Y así finó, buena y honrada esposa amante y amadísima, la dulce Princesa Thenesoya, por cuya belleza y brío murió un Rey de la Gran Canaria y quedo hechizado un hidalgo con origen en las tierras mojadas de Normandía.
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FUENTE: Leyenda de la Guayresa Abenahoara que esta recogida en el libro titulado “Thenesoya Vidina y mas tradiciones” que fue publicado por el Instituto de Estudios Canarios en La Laguna en el año 1959. Transcripción de Práxedes Álamo.

Paisaje de Santa Lucía, en las cumbres centrales de Gran Canaria