Tuesday, May 6, 2008

USA: Mayo del 68


Leer al sociólogo británico Anthony Giddens es siempre interesante. Y a veces, hasta entretenido. Hoy publica El País un artículo suyo sobre el mítico mayo del 68, en California, que vivió en primera persona como profesor de la Universidad de California-Los Ángeles. Merece la pena leerlo. Quizá comprendamos un poco mejor la diferencia de como se vivió y pervivió Mayo del 68 en América y Europa. Sean felices. (HArendt)

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Hippies: Made in USA

“Aquel Mayo del 68 en California”, por Anthony Giddens.

París fue el foco de la conmoción de 1968 desde una perspectiva europea. Pero California fue más lejos: si eras un radical tenías que serlo no sólo políticamente, sino en todos los aspectos de la vida cotidiana.

Corre mayo de 1968. No estoy en París sino a casi 10.000 kilómetros de distancia, en California, conduciendo de Vancouver a Los Ángeles. Acabo de poner fin a nueve meses de lectorado en la ciudad canadiense y voy a pasar un año y medio en un puesto similar en la Universidad de California-Los Ángeles. Dos días después de ponerme en camino, llego a mi destino a media tarde y me dirijo a Venice, una localidad costera en la que he alquilado un apartamento.

Al llegar al mar asisto a una escena como extraída de la Biblia. Hasta donde se pierde la vista, toda la playa está llena de personas con largas túnicas de múltiples colores, que sin embargo están gastadas y descuidadas. Todos son blancos, no se ven minorías étnicas. En lugar de respirarse aire puro, apesta a marihuana. Detrás de la multitud, sobre la acera, hay una fila de coches de policía y en cada uno de ellos un agente que saca su ametralladora por la ventana. En la atmósfera se palpa una incipiente violencia. Hasta ese día, del mismo modo que nunca me había topado con la marihuana, tampoco había escuchado la palabra hippies, que me dijo un transeúnte al preguntarle quién era esa gente. En ese momento, el término apenas se utilizaba en Gran Bretaña o Europa. Para mí fue la bienvenida a la revolución a la usanza californiana.

Desde una perspectiva europea podría parecer que París fue el foco principal de 1968, pero créanme que no fue así. En Europa los radicales eran bastante tradicionales. Se proclamaban heraldos de una nueva era, pero se comportaban de forma muy similar a la de los radicales de toda la vida. Eran estudiantes que asolaban todo a su paso y su radicalismo no profundizaba. En California, al menos para mucha gente, si eras radical tenías que serlo hasta el fondo, no sólo políticamente, sino en casi todos los aspectos de tu forma de vida. Incluyendo la educación. Lo que estaba de moda era no poner notas y concederle a todo el mundo la máxima calificación, porque cualquier otra práctica habría sido discriminatoria; mayormente, las lecciones se abandonaron y se optó por grupos de discusión abiertos.

Conocí a un estricto profesor de matemáticas, con su típica camisa de cuello abotonado, pelo bien cortado y saludable vida matrimonial, que desapareció del campus durante varios meses. Un buen día iba caminando a clase cuando una especie de Cristo apareció por encima de una colina. La melena rubia le caía por debajo de los hombros, lucía una larga barba y llevaba una túnica amplia y sandalias abiertas. Hasta que no se paró y me saludó no le reconocí. Había dejado las matemáticas y la universidad, también a su esposa y sus hijos, y se había trasladado al desierto de Nuevo México, donde trabajaba como artesano en una comuna. Muchos otros hicieron cosas parecidas.

Los experimentos con la forma de vida, la sexualidad, las relaciones, las comunas y las drogas también cundieron entre quienes pertenecían a grupos políticos más comprometidos. Sin embargo, en Estados Unidos los sesentayochistas eran un grupo muy diverso en lo tocante a sus credos o filiaciones de índole política. Fue una época en la que surgieron multitud de movimientos sociales; 1968 tuvo su origen en el movimiento sureño de defensa de los derechos civiles, iniciado unos años antes, y también en el que abogaba por la libertad de expresión, cuyo epicentro fue la Universidad de California-Berkeley, situada al otro lado de la bahía de San Francisco.

Esos movimientos se continuaron o fundieron con el de oposición a la guerra de Vietnam, catalizador de muchas propuestas radicales. Se solaparon con el de los hippies, aunque éstos estuvieran en su mayoría en contra del poder político y de toda clase de autoridad. Había también grupos de maoístas, aunque tenían menos influencia que en Europa. Estaban además los Panteras Negras y otros grupos disidentes negros, que en ocasiones se habían convertido al islam. Y por supuesto el feminismo, de una tendencia mucho más incluyente que las vistas hasta entonces. Fue más una derivación de 1968 que una parte de él. Varias de las feministas más destacadas de esta nueva vertiente se radicalizaron al contacto con los sesentayochistas, aduciendo que la revolución se estaba haciendo por y para los hombres.

Diez años después recibí una carta del conocido que había experimentado la conversión. Había vuelto con su esposa, a su corte de pelo de siempre y a su ropa pija, también a su antigua casa, y buscaba trabajo en su antiguo departamento. ¿Cómo fue posible que todo ese radicalismo y las grandes esperanzas de 1968 desaparecieran tan pronto como habían surgido? Las razones son tan diversas como el propio fenómeno. El fin de la guerra de Vietnam privó a la disidencia de una importante fuerza motriz. A los Panteras Negras los disolvieron las autoridades por las buenas o por las malas. Se conoció el carácter represivo y homicida del maoísmo. Y en cuanto a los hippies, muchos de sus experimentos personales y sociales acabaron mal. La explotación sexual continuó existiendo bajo el nombre de amor libre; las comunas se disolvieron y sus integrantes se enfrentaron entre sí, y las drogas generaron más adicciones que vías de liberación del espíritu.

Lo más importante es que los sesentay-ochistas pasaron por alto, o trataron de eliminar, algunos de los rasgos principales que hacen civilizada a una sociedad y, dentro de límites bastante amplios, también justa y equitativa. Se envolvieron en un manto antiburocrático (que, contra toda lógica, retomó después la derecha), pero en las sociedades complejas es indispensable cierto grado de coordinación administrativa. Las universidades caerían en el caos si los trabajos y exámenes no recibieran calificaciones justas y rigurosas, y sin la autoridad que tienen los profesores en sus especialidades. Ninguna sociedad puede funcionar amparándose únicamente en los derechos por los que entonces pugnaban multitud de movimientos sociales. Para que la solidaridad social no zozobre, los derechos siempre deben compensarse con obligaciones.

De los movimientos que sobrevivieron a 1968, el principal fue el feminismo, y ello se debe a que ese momento histórico, más que integrarlo en su seno, lo provocó. Lo importante de 1968 no fueron sólo sus movimientos, sino la amplitud de los cambios soterrados que la sociedad venía experimentando desde finales de la década de 1950 y de los que dichos movimientos eran un reflejo. Hoy apreciamos en toda su extensión la profundidad de dichos cambios y seguimos tratando de lidiar con ellos. Afectan a la naturaleza de la familia, que ha dejado de girar en torno al matrimonio para hacer hincapié en la calidad de las relaciones, y conceden una renovada importancia a la sexualidad, que ahora, al tiempo que entra en decadencia el doble rasero, es un aspecto cardinal del proceso de cambio. También se manifiestan en una entrada masiva de la mujer en el mercado de trabajo, en un descenso de los índices de natalidad y en el fenómeno del “hijo más deseado”: los hijos ya no “vienen”, sino que ahora elegimos si los tenemos y cuántos queremos. Por último, está no sólo la posibilidad sino la necesidad de elegir una forma de vida, y no de heredarla, junto a la aparición de la política de la identidad, el declive de la deferencia y un enfoque más crítico de la elección política.

Para la izquierda 1968 tiene una mística que no se merece, pero los derechistas que le echan la culpa de todos nuestros males también se equivocan. De todos sus movimientos, los de más éxito fueron los que tenían más claro su objetivo; fue muy importante, por ejemplo, que hubiera protestas bien articuladas contra la guerra de Vietnam. Podríamos optar por detenernos aquí y dejar de lado a quienes querían radicalizarlo todo, considerándolos románticos estériles o incluso peligrosos. Sin embargo, yo les tengo algo más que una ligera simpatía. Su liberación era falaz, pero cuestionaba la vida cotidiana, algo que la mayoría dábamos por sentado. Hasta los que, como yo, discrepaban de sus ideas se vieron obligados a pensar y discutir algunos de sus presupuestos, y con frecuencia para defenderlos, aunque de otra manera. (El País, 06/05/08)

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El sociólogo Anthony Giddens

Posted by HArendt at 20:34:05 | Permalink | Comments (3)

Friday, May 2, 2008

Conmemoraciones


A mi el pasado no me produce sentimiento alguno de melancolía o nostalgia. No soy de los que dicen que “todo tiempo pasado fue mejor”. Pero, eso sí, las conmemoraciones me ponen sentimental. Quizá en exceso. Tengo una agenda bastante ordenada donde anoto los cumpleaños, onomásticas y aniversarios correspondientes a familiares, amigos y acontecimientos que tienen o han tenido especial significado para mi… Y los paso de un año para otro a la nueva agenda…

A pesar de eso, de mi sentimentalismo, creo que tiene razón José María Ridao en su artículo de El País en ponernos en guardia frente a la ola de conmemoraciones que hoy se inicia y que tiene todos los visos de durar al menos hasta marzo de 2012, con el aniversario de la Constitución de Cádiz.

Esta tarde veía en directo por Telemadrid los actos que se celebraban en el Ayuntamiento de Móstoles, con la presencia de la Familia Real al pleno, en conmemoración del bicentenario del famoso Bando de sus Alcaldes llamando a la rebelión del pueblo español frente a la ocupación francesa. Quiero suponer que el aristócrata que lo redactó, Juan Pérez Villamil, y los alcaldes que lo suscribieron, Andrés Torrejón y Simón Hernández (Móstoles era en 1808 una localidad de no más de cien vecinos) no fueron conscientes de la trascendencia que ese Bando tuvo en la historia posterior de la Guerra de Independencia. Reelaborada o no esa historia con posterioridad, su llamamiento a la insurrección prendió una mecha que dio paso a un sentimiento nacional español que no existía hasta ese momento. Cuatro años después “nacía” políticamente la “Nación española”. Pero esa es otra historia… Esperemos a entonces para glosarla… Sean felices. (HArendt)

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El Bando de los Alcaldes de Móstoles


“La efeméride permanente”, por José María Ridao

Parece haber triunfado la consigna de “ningún año sin celebrar un aniversario”. Hoy, sin ir más lejos, nos toca conmemorar el bicentenario del Dos de Mayo. Y ya tenemos la agenda bloqueada hasta el fin del mundo. La conmemoración de la revuelta contra los franceses el 2 de mayo de 1808, última manifestación de una obsesión política que comenzó con el Quinto Centenario del Descubrimiento de América y que, aparte de otros episodios con menor repercusión, ha llegado hasta el Cuarto Centenario del Quijote (sin olvidar, por descontado, los fastos del 98 y los actos sobre el inicio de la Guerra Civil), obliga en verdad a preguntarse si alguien habrá tenido la gentileza, incluso la piedad, de prever alguna fecha, algún periodo sabático, para descansar de esta efeméride permanente. Por el camino que van las cosas, la Acción Paralela para cantar las grandezas de Kakania, según la imaginó Robert Musil en una de las novelas más penetrantes del siglo XX, El hombre sin atributos, dejará de ser una parodia del fervor por la historia que precedió a la catástrofe de los años 30 para convertirse, en contra de la intención irónica de su autor, en un imprescindible manual de uso a disposición de administraciones y comisarios de grandes eventos. La consigna que parece haber triunfado de un tiempo a esta parte es “ningún año sin aniversario”. Y puesto que, en efecto, a poco que se rebusque en el pasado cualquier año es siempre el aniversario de algo, habría que asumir sin arredrarse las consecuencias de esta obsesión, y bloquear, acto seguido, la sedicente “agenda cultural” de las conmemoraciones de aquí al fin del mundo. Uno de los argumentos más frecuentes para justificar la actual sobredosis de conmemoraciones remite a una vieja conjetura elevada a la categoría de ley de hierro de la historia, según la cual recordar el pasado es la mejor manera de no incurrir de nuevo en sus errores. Resulta cuando menos sorprendente que, entre los españoles, estas palabras en apariencia cargadas de sentido no evoquen la vocecilla aflautada y el gesto mecánico de una mano sobresaliendo de un uniforme militar, ese que Francisco Franco vestía en las ocasiones solemnes para decir de corrido, sin apartar los ojillos del papel: “Los pueblos que olvidan su historia, están condenados a repetirla”. En boca de quien desencadenó una devastadora Guerra Civil y, para aducir una justificación extravagante, se declaraba convencido de haber combatido en una Cruzada medieval contra los infieles -cuando no se refería al general Moscardó como reencarnación de Guzmán el Bueno, sacrificando su hijo a los sitiadores del Alcázar-, la ley de hierro de la historia, la vieja conjetura, aparece como lo que es: una feroz amenaza. Y no por casualidad, puesto que, a poco que se haga recuento, buena parte de las catástrofes del siglo XX, desde la Primera Guerra Mundial a la tragedia de Yugoslavia, no han sido resultado del olvido, sino de la embriaguez colectiva provocada por la evocación oficial de gestas patrióticas mejor o peor contadas. Baste recordar a Slobodan Milosevic proponiendo a los serbios repetir en 1989 la hazaña del Campo de los Mirlos, arengándolos desde el mismo escenario en el que tuvo lugar la batalla contra los otomanos seis siglos atrás. Gestas patrióticas mejor o peor contadas: ése suele ser el clavo ardiente al que se suelen aferrar los defensores de las conmemoraciones para afirmar su imperiosa necesidad. Aprovechando la magia artificial de los números redondos, se trataría de contar bien lo que hasta ahora se habría contado mal. En realidad, no existe ninguna razón para dudar de la honestidad del propósito, sino que es el propósito mismo el que resulta, más que deshonesto, descabellado. Salvo que se conceda a las administraciones y a los comisarios de grandes eventos el privilegio de ser juez y parte en los hechos que conmemoran -y éste es, en resumidas cuentas, el privilegio que se les concede-, nadie está en condiciones de asegurar que la manera en la que cuentan los episodios del pasado sea la correcta. Tampoco los propios protagonistas, ni aun en el supuesto de que resucitaran y tuvieran, así, la ocasión de comparecer y pronunciarse: la historia se construye sobre el principio tautológico de que sólo el paso del tiempo, la adopción de una “perspectiva histórica”, es lo que permite conocer la historia. Es decir, la historia no es un diálogo con los protagonistas y los hechos del pasado, sino una interminable disputa entre nosotros, los contemporáneos, que toma a los protagonistas y los hechos del pasado como pretexto. Es en esta disputa en la que, de un modo u otro, pretenden interferir las conmemoraciones oficiales, alegando, sin duda, argumentos mejores y peores, pero, sobre todo, poniendo el peso de los medios públicos, además de una asfixiante publicidad que se confunde con la propaganda, al servicio de la celebración del pasado. El riesgo que se corre, y que los partidos de credo nacionalista convierten en realidad tan pronto alcanzan el poder, es llegar a una variante del integrismo en la que el Estado no establece cuál es la religión verdadera, pero sí la historia verdadera. Los aniversarios, centenarios, bicentenarios y tantas otras fechas consagradas a la exaltación del pasado están consagrando, no ya un nuevo almanaque patriótico, sino un nuevo santoral. A favor de las conmemoraciones, y a fin de conjurar los riesgos de ese integrismo que se vale, no de la religión, sino de la historia, se suele aducir que sólo se plantean como ocasión para “abrir un debate” sobre tal o tal acontecimiento, recurriendo, incluso de buena fe, a una expresión a menudo utilizada para encubrir las verdaderas intenciones de proposiciones muchas veces inconfesables. Lejos de conjurar los riesgos, la explicación los confirma en algún extremo: la libertad de opinión no sólo consiste en expresarse sin trabas acerca de un asunto, sino en escoger, además, el asunto sobre el que expresarse. Si es el poder quien suministra el asunto, y también quien estimula que se opine sobre él mediante la asignación de presupuestos generosos, además de incitaciones menos tangibles pero no menos eficaces, la independencia de pensamiento se resiente y la frontera entre el intelectual y el intelectual orgánico se va desvaneciendo. Mejor haría el poder en prestar a las escuelas y universidades la atención que dedica a las conmemoraciones, mejor haría en extender y dotar de medios a la red de bibliotecas públicas, para que esos debates que se propone abrir cuando llega una fecha sean, por el contrario, la sustancia cotidiana del conocimiento y de la educación, únicos instrumentos para que los ciudadanos forjen con libertad sus opiniones sobre los asuntos que estimen oportuno. Robert Musil, valiéndose de una ironía teñida de preocupación y desengaño, describió como “poesía” la historia de Kakania, y subrayó que sólo se empezó a llamar “historia de la nación” cuando los proyectos de la Acción Paralela para cantar sus gestas comenzaron a dar frutos; poesía, explica Musil, en la que “se versificaba una historia conforme al gusto europeo que entonces hallaba sus complacencias en novelas históricas y en dramas de disfraces”. Y el resultado fue, siempre según el autor de El hombre sin atributos, “un fenómeno digno de atención y todavía no justamente valorado: hombres encargados de la tramitación de un asunto cualquiera, como la edificación de una escuela o el nombramiento de un jefe de estación ferroviaria se ponían a hablar del año 1600 o 400, discutían acerca del candidato que deberían elegir atendiendo a la colonización de las estribaciones de los Alpes en tiempos de los bárbaros, y también teniendo en cuenta las luchas de la Contrarreforma”. La cita es larga, pero esclarecedora. Las novelas históricas proliferan desde hace años y, en cuanto a los dramas de disfraces, estos días se han puesto a disposición de los ciudadanos espectáculos para sublevarse en Móstoles o hacerse fusilar en Moncloa, según las preferencias. Y a poco que se sostenga el esfuerzo oficial, la efeméride permanente que se ha apoderado de la sedicente “agenda cultural” en España puede acabar cosechando una victoria tan sonada como la de la Acción Paralela en el extinto imperio de Kakania. Pero también el mismo fracaso: el fin del mundo se quedará sin conmemoración. (El País, 02/05/08)
 
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La carga de los mamelucos (Francisco de Goya, 1814. Museo del Prado, Madrid)

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Thursday, May 1, 2008

Mayo del 68


En mayo del 68 yo tenía 22 años y era completamente feliz… El año anterior había terminado mis primeros estudios universitarios, tenía un buen trabajo, me había traslado de Madrid a Canarias y me había casado con una compañera de trabajo que sigue siendo aún la compañera de mi vida, y que pocos meses más tarde me haría padre de mi primera hija… Así que, a cubierto de todo temor, asistía emocionado, a las revueltas estudiantiles de Berkely, en California, y de otras universidades europeas que culminaron con la asonada pre-revolucionaria de los estudiantes franceses en París, que a punto estuvieron de acabar con la V República. No estuve allí, pero casi. Al menos en espíritu, sí… De todo lo que se contó, se supo, se fabuló sobre Mayo del 68, me quedo con dos anécdotas: La película “Soñadores” (2003), de Bernardo Bertolucci, con una sensacional y espléndida Eva Green, de la que ya he escrito en este blog con anterioridad; y otra, el lema oficioso de la revuelta, promulgado en la Universidad de la Sorbona por un genial publicista anónimo provisto de un aerosol: “Sous les pavés, la plage” (Debajo de los adoquines, está la playa)… La playa no apareció, pero los adoquines sirvieron para levantar una barrera infranqueable para la policía antidisturbios. Y cuando todo terminó, nunca más fueron repuestos… Por si acaso… ¿Qué queda en nuestra juventud del espíritu de Mayo del 68?: Me temo que nada, o más bien poco… Pregúntenle a su gran develador, Monsieur Nicolas Sarkozy…

El filósofo esloveno Slavoj Zizek recrea esa mítica fecha desde la óptica de hoy en un interesante artículo. Espero que lo disfruten. Sean felices. (HArendt)

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Estudiantes franceses en huelga (París, Mayo del 68)

“Mayo del 68 visto con ojos de hoy”, por Slavoj Zizek

Lo utópico es pensar que el actual sistema capitalista puede reproducirse de forma indefinida. La catástrofe se avecina. De ahí la actualidad de la consigna de Mayo del 68: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”.

Uno de los graffiti que aparecieron en los muros de París en Mayo del 68 decía: “¡Las estructuras no andan por la calle!”. Pero la respuesta de Jacques Lacan fue que eso era precisamente lo que había ocurrido en 1968: las estructuras salieron a la calle. Los sucesos más visibles y explosivos fueron la consecuencia de un desequilibrio estructural, el paso de una forma de dominación a otra, en términos de Lacan, del discurso del amo al discurso de la universidad.

Existen buenos motivos para mantener una opinión tan escéptica. Como dicen Luc Boltanski y Eve Chiapello en The New Spirit of Capitalism, a partir de 1970 apareció gradualmente una nueva forma de capitalismo, que abandonó la estructura jerárquica del proceso de producción al estilo de Ford y desarrolló una organización en red, basada en la iniciativa de los empleados y la autonomía en el lugar de trabajo. En vez de una cadena de mando centralizada y jerárquica, tenemos redes con una multitud de participantes que organizan el trabajo en equipos o proyectos, buscan la satisfacción del cliente y el bienestar público, se preocupan por la ecología, etcétera. Es decir, el capitalismo usurpó la retórica izquierdista de la autogestión de los trabajadores, hizo que dejara de ser un lema anticapitalista para convertirse en capitalista. El socialismo, empezó a decirse,no valía porque era conservador, jerárquico, administrativo, y la verdadera revolución era la del capitalismo digital.

De la liberación sexual de los sesenta ha sobrevivido el hedonismo tolerante cómodamente incorporado a nuestra ideología hegemónica: hoy, no sólo se permite, sino que se ordena disfrutar del sexo, y las personas que no lo logran se sienten culpables. El impulso de buscar formas radicales de disfrute (mediante experimentos sexuales y drogas u otros métodos para provocar un trance) surgió en un momento político concreto: cuando “el espíritu del 68″ estaba agotando su potencial político. En ese momento crítico (a mediados de los setenta), la única opción que quedó fue un empuje directo y brutal hacia lo real, que asumió tres formas fundamentales: la búsqueda de formas extremas de disfrute sexual, el giro hacia la realidad de una experiencia interior (misticismo oriental) y el terrorismo político de izquierdas (Fracción del Ejército Rojo en Alemania, Brigadas Rojas en Italia, etcétera). La apuesta del terrorismo político de izquierdas era que, en una época en la que las masas están inmersas en el sueño ideológico del capitalismo, la crítica normal de la ideología ya no sirve, así que lo único que puede despertarlas es el recurso a la cruda realidad de la violencia directa, l’action directe.

Recordemos el reto de Lacan a los estudiantes que se manifestaban: “Como revolucionarios, sois unos histéricos en busca de un nuevo amo. Y lo tendréis”. Y lo tuvimos, disfrazado del amo “permisivo” posmoderno cuyo dominio es aún mayor porque es menos visible. Aunque no hay duda de que esa transición fue acompañada de muchos cambios positivos -baste con mencionar las nuevas libertades y el acceso a puestos de poder para las mujeres-, no hay más remedio que insistir en la pregunta crucial: ¿tal vez fue ese paso de un “espíritu del capitalismo” a otro lo único que realmente sucedió en el 68, y todo el ebrio entusiasmo de la libertad no fue más que un modo de sustituir una forma de dominación por otra?

Muchos elementos indican que las cosas no son tan sencillas. Si observamos nuestra situación desde la perspectiva del 68, debemos recordar su verdadero legado: el 68 fue, en esencia, un rechazo al sistema liberal-capitalista, un no a todo él. Es fácil reírse de la idea del fin de la historia de Fukuyama, pero la mayoría, hoy día, es fukuyamaísta: se acepta que el capitalismo liberal-democrático es la fórmula definitiva para la mejor sociedad posible y que lo único que se puede hacer es lograr que sea más justa y tolerante. La única pregunta que cuenta hoy es: ¿respaldamos esta naturalización del capitalismo, o el capitalismo globalizado actual contiene antagonismos lo suficientemente fuertes como para impedir su reproducción indefinida?

Dichos antagonismos son (por lo menos) cuatro: la amenaza inminente de la catástrofe ecológica; lo inadecuado de la propiedad privada para la llamada “propiedad intelectual”; las implicaciones socio-éticas de los nuevos avances tecnocientíficos (sobre todo en biogenética); y las nuevas formas de apartheid, los nuevos muros y guetos. El 11 de septiembre de 2001, cayeron las Torres Gemelas; 12 años antes, el 9 de noviembre de 1989, cayó el Muro de Berlín. El 9 de noviembre anunció los “felices noventa”, el sueño del “fin de la historia” de Fukuyama, la convicción de que la democracia liberal había ganado, de que la búsqueda se había terminado, de que la llegada de una comunidad mundial estaba a la vuelta de la esquina, de que los obstáculos a ese final feliz digno de Hollywood eran meramente empíricos y contingentes (bolsas locales de resistencia cuyos líderes no habían comprendido aún que había pasado su hora). Por el contrario, el 11-S es el gran símbolo del fin de los felices noventa de Clinton, el símbolo de la era que se avecina, en la que aparecen nuevos muros en todas partes, entre Israel y Cisjordania, alrededor de la Unión Europea, en la frontera entre Estados Unidos y México.

Los tres primeros antagonismos antes citados afectan a los elementos que Michael Hardt y Toni Negri denominan “comunes”, la sustancia común de nuestro ser social, cuya privatización es un acto violento al que hay que resistirse por todos los medios, incluso violentos, si es necesario. Son los elementos comunes de la naturaleza externa, amenazados por la contaminación y la explotación (el petróleo, los bosques, el hábitat natural); los elementos comunes de la naturaleza interna (la herencia biogenética de la humanidad), y los elementos comunes de la cultura, las formas inmediatamente socializadas de capital “cognitivo”, sobre todo el lenguaje, nuestro medio de comunicación y educación, pero también las infraestructuras comunes del transporte público, la electricidad, el correo, etcétera.

Si se hubiera permitido el monopolio a Bill Gates, nos encontraríamos en la absurda situación de que un individuo concreto poseyera literalmente todo el tejido de software de nuestra red esencial de comunicación. Lo que estamos comprendiendo de manera gradual son las posibilidades destructivas, hasta la autoaniquilación de la propia humanidad, que se harán realidad si se da carta blanca a la lógica capitalista de encerrar esos elementos comunes. Nicholas Stern tiene razón al caracterizar la crisis climática como “el mayor fracaso de mercado de la historia humana”. ¿Acaso la necesidad de establecer el espacio para una acción política mundial que sea capaz de neutralizar y canalizar los mecanismos de mercado no sustituye a una perspectiva propiamente comunista? Así, la referencia a los “elementos comunes” justifica la resurrección de la idea de comunismo: nos permite ver el “encerramiento” progresivo de esos elementos comunes como proceso de proletarización de quienes, con él, quedan excluidos de su propia sustancia.

Así, en contraste con la imagen clásica de los proletarios que no tienen “nada que perder más que sus cadenas”, todos corremos el peligro de perderlo todo; la amenaza es que nos veamos reducidos a vacíos sujetos cartesianos abstractos, carentes de todo contenido sustancial, desposeídos de nuestra sustancia simbólica, con nuestra base genética manipulada, seres que vegetan en un entorno inhabitable. Esta triple amenaza a todo nuestro ser nos vuelve a todos, en cierto sentido, proletarios, y la única forma de no convertirse en ello es actuar de antemano para prevenirlo.

Lo que mejor condensa el auténtico legado del 68 es la fórmula Soyons realistes, demandons l’impossible! (“Seamos realistas, pidamos lo imposible”). La verdadera utopía es la creencia de que el sistema mundial actual puede reproducirse de forma indefinida; la única forma de ser verdaderamente realistas es prever lo que, en las coordenadas de este sistema, no tiene más remedio que parecer imposible. (El País, 01/05/08)

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El filósofo esloveno Slavoj Zizek

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De libros y lecturas: Neruda

Termino de volver a leer en estos días las memorias de Juan Pablo Neruda, “Confieso que he vivido. Memorias” (Seix Barral, Barcelona, 1979) que me regalara con gentil dedicatoria mi sobrina Magdalena por la fiesta de Reyes de 1980. Ha sido una lectura emocionada y emocionante. Emocionada por la peripecia vital y poética del autor, contada en primera persona, desde su Temuco de la infancia en el extremo sur de Chile, hasta sus páginas finales, ya muerto de forma cruel su amigo Salvador Allende, y a pocas fechas del final de su propia existencia, relatándonos la génesis de su obra. Emocionante por las vicisitudes de jovencísimo poeta recien llegado a Santiago que parte para a Asia como Cónsul de su país en Ceilán, y más tarde en Indochina, España o Francia. O su llegada a la españa republicana. O su amistad indeleble con Aragon, García Lorca, Alberti, Miguel Hernández, Éluard… O su fidelidad siempre crítica a sus ideales comunistas… Me ha merecido la pena el reencuentro… (HArendt)

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El poeta chileno Juan Pablo Neruda

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Tuesday, April 29, 2008

Gran Canaria en la Historia

Hoy hace 525 años de una derrota que no fue tal. Tal día como hoy del año 1483, los últimos aborígenes que resistían a las tropas de Pedro de Vera en la fortaleza natural de Ansite (actual municipio de Santa Lucía), en las cumbres centrales de la isla de Gran Canaria, deponían sus armas y se entregaban en vasallaje, conservando sus bienes y la libertad de sus personas, a los reyes de Castilla y Aragón doña Isabel y don Fernando. En ese final pactado, aunque triste, habían tenido papel principal el último guanarteme (rey) aborigen, Tenesor Semidán, y su hija y su sobrina, las guayarminas (princesas) Thenesoya Vidina y Matsequera, convencidos de la inutilidad de la resistencia. Desde la llegada de Juan de Bethencourt a Gran Canaria hasta ese mismo momento habían pasado 79 años… Dice mucho de la valentía y coraje de un pequeño pueblo que mereció para su patria el apelativo de “Grande” otorgado con admiración por los mismos que lo derrotaron… Ese día, la isla de Gran Canaria entraba por la puerta grande en la Historia…

Les dejo con la lectura del hermoso texto que el poeta y compositor grancanario Néstor Álamo, dedicó a la triste historia de la última guayarmina aborigen de la Gran Canaria, la princesa Thenesoya, de la que todos los grancanarios, sea cual sea su origen, se sienten orgullosos descendientes. Sean felices. Y disfrútenlo. (HArendt)

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Relieve homenaje a la última reina de Canaria en el Real Alcázar de Córdoba


THENESOYA VIDINA
Por Néstor Álamo

NADA IGUAL A LAS TIERRAS DE GRAN CANARIA! ALTOS cerros morenos sobre los cielos limpios de las cumbres. Nervatura de rocambres milenarias y palmeras infinitas que limpian las rutas de las palomas salvajes, de las tórtolas del Sur y las alpispas nerviosas. Trigos calientes sobre laderales y faldeos. Soles altos, vuelos altos. Nada jácara ni donaire en las líneas precisas de la tierra. Y el mar nacido de caminos como punto de eterna referencia.

1.460 y Gran Canaria. Año mas, año menos. En la noche incierta de la antedominacion española, ¡qué difícil fijar fecha precisa en sucesos menudos!, a tal punto se halla falto de alta investigación histórica este periodo. Pero, una vez mas, llevémosnos de historiadores y cronistas: 1.460 y Gran Canaria.

Viene de la Isla de El Hierro Diego de Herrera, enderezadas las proas de sus naves hacia Lanzarote, sede feudal del navegante. Allí, su esposa, doña Inés Peraza, le aguarda con ansias dominadas. En sus ausencias, ella hace de Gobernadora de la Isla y administra justicia y corre a las armas, si es preciso, por incursiones del perro marroquí… Así venga la morisma los desafueros cristianos en jaimas y morabitos.

Viene Herrera de apaciguar a los isleños nativos de El Hierro, que ya no trabajan para Armiche, su señor y Rey, sino para los conquistadores venidos de una tierra extraña y lejana. Los hijos del “Garoé” se han levantado contra el poder brutal de los sucesores de aquel normando fanfarrón que se llamo Juan de Bethencourt. De consuno, los gobernadores de la Isla, un vizcaíno y un francés, violaban, robaban, asesinaban…Seguían fieles la tónica del coloniaje aventurero. Y los isleños no hallaron mejor medida que colgarlos de unos árboles para regocijo cierto de cuervos y buitres. Que es esta, en muchos casos, elemental medida de higiene publica.

Diego de Herrera, buen diplomático, endulzó agriores, engordó la vista ante ciertas gravedades y consiguió dos cosas: que no se acabara de despoblar la isla –cosa inminente—y que el buen Armiche se bautizara. Así ganaban su hacienda y la gloria de Dios; que desde aquellas témporas de rudos conquistadores eran estos conceptos parejos.

Así que, Diego, hijo de Pedro García de Herrera, rico-home y Mariscal de Castilla, señor de Ampudia y Capitán de la Frontera de Jerez, venia contento. Bien sabia él aquello de “paños lucen en palacio, que no hijosdalgo”. Y lo otro no menos cierto: “Abátense los adarves y álzanse los muladares”. Porque el buen suceso de su viaje significaba amor más prieto en su esposa doña Inés, “dama virtuosa, hermosa y varonil”, y más seguridad en la valía de hombre cuya obligación era la de defender el feudo de su dama y esposa.

Sobre la punta de Sardina del Norte, a orden de la Almiranta, recogió velas la breve flotilla. Cosa sería de la media noche larga. Había que aprovechar la buena fortuna y piratear lo que bien se pudiera en la costa; así sería mayor el gozo de la doña Inés amada. A lo mejor prenderían algunos esclavos que se pudieran enviar al mercado de carne sevillana de Sevilla. Esto ayudaría a salir de apuros al arnero del señorial bolsillo, alcanzado siempre.

Así que, a la madrugada quieta, los navíos a la capa y a tierra. Allá fueron las gentes con ansias de rapiña y asalto, que en El Hierro no pudieron desbravarse, ni tampoco en la todavía insumisa Isla del Infierno.

Por un sitio que los nativos en su lengua querenciosa llamaban “el Bañadero”, playa suave y fina, tomaron tierra. Ducha en esta guerra, entreverada de cacería del hombre, la espuma de la gallofa se enmantojó en unos hierbajos altos, espesos. Y esperó con paciencia la ocasión de pillería.

Y la ocasión llegó.

* * *

Dos o tres horas lleva el sol sobre unos cielos de porcelana. Al rayar claro del alba, la Princesa Thenesoya Vidina, de la Casa de los Guanarthemes de Agalda, ha hecho su tocado en el cenobio de La Iraga, más allá del barranco del Aguamastel. Allí tiene hace tiempo las rayas que han de orientar su vida de esposa y ama de casa. En la serena altura aprende las oraciones a Alcorah; a tejer juncos mimosos y coser gamuzas finas y ensanchar su talle hasta el límite máximo; que no ha de engordar buen hijo la mujer canaria de vientre enjuto.

Veinte años y hermosa. Brillante como el agua de las fuentes claras y blanca como la espuma de la leche caliente de los ganados de la Isla. Y dulce como el fruto maduro del mocán. Honesta y señora siempre, bajo el tamarco de pieles curtidas. Los pies sujetos en unas como abarcas y en el cuello, sobre el alto seno de virgen intocada, collares de barro cocido y una diadema de conchas blancas sobre el largo cabello castaño. Así viene, acompañada de sus dueñas de cámara y labor, Thasirga y Orchena, a tomas el baño diario en el suave y deleitoso bañadero.

Por la vereda –polvo rojiblanco, orlas de hinojales frescos–, canta la Princesa núbil su pagana alegría de todo. Porque es feliz y pronto aumentará su dicha. Su padre, el noble y tuerto Aymedeyacoan, Faycan de Telde, está contento. Su hija Thenesoya casará presto y bien. El “punapal” ( I ) y valiente guerrero Autindana, da por ahora gloria nueva a la raza. Y es difícil conocer los humores al soberbio Señor del Sur, que además de soberbio es mañoso; hombre que había de repudiar mas tarde, como impropias de canarios, las mansas benignidades de su pariente el Guanarteme regente de Gáldar: Thenesor Semidán.

Pero ahora resbala la Princesa por su camino, alegre rebosante de ligeros afanes de llegada. Un poco enfebrecida, como los capirotes que revuelven locos de verano, las hojas de los higuerales. Hoy no la acompaña su prima, Masequera, Princesa heredera del Reino de la Gran Canaria, quien desde niña crióse con Thenesoya en desventuras y placeres.

Llegan las viajeras a la lengua del agua y la espesura del matojal cruje de deseos reprimidos. Cayeron las gamuzas de colores cándidos. Cayó el calzado extraño, sujeto al tobillo por correas de traza menuda. Y la diadema de conchas blancas, sostén de la cabellera suelta sobre la espalda. Y la virgen Thenesoya, libre Venus atlántica, hundió la nieve fresca de sus veinte años en la codicia de las aguas, hervidas de espumas.

( I )“Punapal”: primogénito. Este valiente guerrero fué enterrado en Gáldar, en el viejo templo de Santiago de los Caballeros. Aunque debió bautizarse, conservó su nombre canario, ya que a fines del siglo XV o comienzos del XVI aparece en aquellos libros parroquiales el asiento del pago hecho por abrir la fosa de “Autindana” en aquel templo.
Pero oíd cómo un juglar anónimo cantó el suceso en dos octavas que a fines del XVII una mano curiosa envió desde Lanzarote al ingenio erudito, parsimonioso, de don Pedro Agustín del Castillo: ( I )

Estándose bañando con sus damas
De Guadartheme el Bueno la sobrina,
Tan bella, que en el mar enciende llamas,
Tan blanca, que la nieve mas se empina,
salieron españoles de entre ramas
y desnuda fue presa en la marina,
aunque pudo librarse, cual Diana,
del que la vió bañar en la fontana.

*

Partir se vio la nave a Lanzarote,
donde con el santísimo rocío
la bañó en la fuente el sacerdote
de Dios; salió con tal belleza y brío
que con ella casó Monsieur Maciot,
que el noble Bethencour era su tío:
Y de estos dos, cual de jardín las flores,
Proceden los ilustres Betancores.

Gritos y lagrimas y femenil desasosiego rompieron la quietud de la costa. Pronto repararon los salteadores que la sirena aprisionada era de calidad. Las ayas, durañonas, nada alcurniado ofrecían en sus vestimentas. Pero a pesar de todo no sospecharon que habían hecho presa, al buen tuntún, en la humana arquitectura de una Princesa Real.

Al batel los desembarcados y a bordo de la Almiranta. Con ellos, las cautivas. En la carabela, los intérpretes que Diego de Herrera llevaba pusiéronse al habla con ella. S´´upuse la sangre de la hermosa muchacha y di´´eronle al punto el trato a que tenía derecho. La cámara mejor de la nao y el mas fino cuidado para la Princesa de la Real Casa de Semidán.
Ahora, apuntan a Lanzarote sus proas alegres. A Lanzarote, sobre los lomos sumisos de las aguas azules, roncas de plañir indignaciones. Porque se acababa de jugar la suerte de Gran Canaria y la raza perdió. Se había jugado –y perdido– a cara o cruz la suerte del integro albedrío isleño. Ya podían contarse los hijos de la raza pura de Maninidra y Bentejui entre el coloniaje mestizón que había de enriquecer las arcas de Castilla. Toda la fiera altivez de un pueblo de excepción quedó englobada en este tópico del tiempo: “cristiano viejo”. Desde ahora, todo anhelo del pueblo canario se reducirá a llevar con verdad la etiqueta impuesta. Lo austero de la raza vencida puede enriscarse ya y a callar como muerta, ahíta de soledades, cuando la flor de la brivia conquistadora –“nobles caballeros fijosdalgos de casa y solar reconocidos”—quisiera hocicar en sus tradiciones sagradas, en toda su vida anterior, doméstica y publica.

( I ) Una versión contemporánea asigna –un tanto alegremente—la paternidad de estas octavas al canónigo Cairasco de Figueroa.

A todo ello contestará con un silencio fijo, perdiendo los ojos en mares de lejanías amargas, porque así lo querrá Guadayeda o Thenesor Semidan, su Guanarteme último ahijado y vasallo de Sus Altezas, los señores Reyes de Aragón y Castilla.

1.52…. y Gáldar. Ya la isla es española. Hoy, del César bembudo y genial, comilón hervido de gulas. Ayer, de Isabela y del zorrocloco viejo del de Aragón su marido casquiveleto. Doña Juan llora en su oscuro agujero de la paramera castellana la belleza `perdida del hermoso Filipo y entre sus nubes estoposas de la Inglaterra marina, el comerciante procaz y tripudo, saturado de fortunas buenas que es Enrique Tudor, juega al esposo mal esposado con la tosca escuetez de Catalina de Aragón, que se encostra de olvido y telarañas por los rincones de su palacio como vihuela desclavijada, sin mano amante que la temple y taña.

Se ha consolidado la unidad española. Desde el instante del finiquito de Isabel hasta el actuadle inquietudes sociales, será el hilo quebradizo de esta unidad aguijoneo constante en la conciencia de la nación.

Ahora finaliza el quinto lustro de siglo XVI. Ha muerto hace tiempo el otoño de la Edad Media, y una nueva estética, y un concepto nuevo de la vida cimbran los contornos del mundo, ahuyentando los principios viejos. El Renacimiento es señor absoluto de los cuatro puntos de la rosa de unos vientos que quieren ser libres.

Gáldar y 1.52… Un lecho alto; tocas de viuda, ayes de cristiana vieja y rezo de todos los rezos que para esta ocasión la Santa Madre Iglesia prescribe. Hábitos de San Francisco y el Escribano de las Villas del Norte, Alonso de San Clemente, que por la abertura del acuchillado jubón de veludillo saca el canuto oficialero. Papel, tinta, pluma y negra arena secante. La que en edad gentil llamóse Thenesoya, Princesa de Semidán, se apresta a morir devotamente, como cualquier hidalgüela oscura y sin ruido de metal en la escarcela. Pobre, pero con títulos de “cristiana vieja” y mujer viuda de Maciot de Bethencourt; se llama Doña Luisa y sostiene el apellido que su amante esposo le diera.

Aquí, en torno al lecho familiar, los hijos, fruto de su matrimonio único: Andrés y Arriete de Betancor y Juan Perdomo. A éste se acompaña su mujer, Francisca de Cerezo, hija de Antón de Cerezo “el Viejo”, Señor del vasto Heredamiento del Laguete.

En este instante final de su vida noventona, Luisa de Betancor hojea el diario mental de su existencia, rica en interés y sucesos. Su arribada a Lanzarote y la alegría de doña Inés Pereza ante la nueva dama que tomaba lugar en su corte de romance. Los desposorios con el bizarro Maciot, miembro sin mucho lustre de su destartalada familia y la muerte del esposo, acaecida hacia 1.480, antes de la rendición total de Gran Canaria, asentado ya el matrimonio en nuestra Isla. En la capilla que en el primitivo templo de Santiago de los Caballeros de Gáldar hicieran levantar ambos bajo la advocación de Santa Ana, esperan los huesos del difunto esposo la llegada de su compañera, ejemplar y fiel.

En el recuerdo, el primer retorno al solar nativo, una vez cristiana y casada. El buen Guanarteme buscaba su rescate a cualquier precio, “porque demás de su condición angélica era muy bella dama”. De negarse Diego de Herrera a concierto, serían ahorcados los cristianos prisioneros de canarios. Y esto movió el corazón de Thenesoya. Liberal y animosa, dijo allá en Lanzarote a los que ya eran suyos:

“—Sabed que puedo devolveros a vuestros hijos y hermanos de darme mi esposo y señor licencia; Diego de Herrera, a mí y a Thasirga por compaña. Dejadnos sobre las costas de mi tierra, en el lugar mismo donde fuimos apresadas. Pasarán quince noches; en la última, surgid el carabelón en tal abrigo, que allí estaré, presta a tornarme con mi dueño, una vez libertados los cautivos cristianos: Esto os digo”.

Y así se hizo y lo cuenta Fray José de Sosa:

“Placióle mucho a todos el parecer y bizarría de doña Luisa de Betancurt, porque habían experimentado de su juicio, capacidad y ánimo, que no había de retroceder un punto, ni faltar a su trato y palabra, néctar con que se había amamantado desde los gentiles pechos de su canaria madre, y así, como urbano rendimiento, cada uno de por sí le besaba las manos y en lo que podían alcanzar políticamente le hacían agradecidos su cortejo”.

Llegaron a Gran Canaria. Salió la Corte a recibir con alegría a las cautivas y por ellas se entregaron ciento quince cristianos. Hubo fiesta en honor de Thenesoya, trocada en Luisa. Vencióse el plazo, y una madrugada, dejando dormida a Masequera desatranco las puertas del palacio del Guanarteme, donde moraba, y sin despertar a la guardia ni a un gran perro que vigilaba los patios en silencio, salió a la marina, donde ya la esperaba anheloso Maciot. La voluntaria huía de su sobrina dolió tanto al Rey, que enfermó de melancolía al punto, y de este mal de amores dicen que murió. “Que quien se empeña en amar, se empeña por la cosa amada a padecer,– dice el franciscano historiador, con raro conocimiento, a este respecto.

Ahora, en el punto quieto de la muerte, Thenesoya repasa la mala fortuna de sus familiares: los hombres, unos destripados por la guerra; los otros marcharon a hacerla a la América nueva y a la vecina Berbería. A las tierras de Salé y de Túnez y a Granada. O quedaron tendidos en los campos borrachos de sangre de Tenerife y la Palma. Un Fernando Guanarteme, gustador impenitente de mozuelas, rueda por Nivaria un tanto aislado por los de su sangre y vive en unas cuevas del camino ácido de Adeje; y no sabemos si es éste el rey postrero de la Gran Canaria que según Fray Juan Suárez de Quintana, el genealogista, murió por el veneno tras un banquete ofrecido por el Adelantado, que le había otorgado datas y no viera mas camino para recobrarlas nuevamente que el crimen.

De las Princesas reales, Masequera se ha convertido en doña Catalina de Guzmán. La hija de don Fernando de Guanarteme y es mujer legitima, en legitimo matrimonio, de don Miguel de Trexo. Todo es ya distinto y extraño, y el centro de la vida nueva no es la metrópoli antigua, ni Telde, su rival, dorada por los vientos y los soles eternos del Sur. Es la villa nueva y aventurera que se ha levantado con prisas en torno a las barbas del Real de los invasores, junto al arroyo del Niguiniguada. Ya hay escribanos y doradores y borceguineros, y tundidores de lo fino, y el pichelero andaluz vocea sus picheles por las empinadas calles nuevas en lengua de germanía. Hay canónigos de capa larga y genio pronto y un obispo guerreador, vestido de tafetán morado. Hay bubas y hospitaleros, y hay junto a la inquisición que el obispo Muros ordeno en 1.499 y la plaza de verdugo creada por los Reyes, campanas de conventos y una mancebía que la Reina Juana concediera para aumento del caudal de propios de la ciudad futura.

Frente a estas ventajas de la civilización nueva los Guaires vencidos han de soportar al almoxarife y al alcabalero feudal, trotón de los caminos, demonio de villanos sin padrinazgo fuerte.

Así fue el domingo, 15 de marzo de 1.528. Después de misa. Están en su casa Luisa de Betancort y sus hijos. Aparecen el Alcalde Mayor de la villa de Gáldar, Juan de Vargas y el Regidor de la Isla, Jerónimo de Pineda, tío del famoso –por su muerte airada—Hernando de Pineda. Todos gentes de Castilla. Vienen con mandamiento de la autoridad superior a cobrar al tributo de la moneda forera a los pecheros y villanos. Y la familia de Betancort esta comprendida en el padrón de estos.

La raza orgullosa, se revolvió en doña Luisa y volvió a ser la Princesa Thenesoya. Denostó e hizo valer los derechos de su sangre. Además había casado con hidalgo notorio; y en sus armas, por campo de plata, rampaba un león, de sable la lengua…

–Conque idos con Dios, mis señores, que hidalgos somos y no villanos pecheros, y no hemos de pagar pechos ni alcabala alguna. Así que idos con Dios y Santa Maria.

No fue bastante la respuesta y ordenaron los señores de la autoridad tomar prendas a Thenesoya y sus hijos. El alguacilejo silbante puso su mano bellaca sobre el cuerpo noble de quien tanto contribuyó a hacer española la Isla, y tomó de él un manto negro de sarga; de Arriete de Betancort una escopeta y de su hermano Juan Perdomo, un moquero, labrado de negro.

Largo hubieron de litigar doña Luisa y sus hijos para que su origen y nobleza les fuesen reconocidos. En información de hidalguía incoada para hacer valer sus derechos, declaran la Princesa Masequera, llamada ahora doña Catalina de Guzmán; Gonzalo de Aguilar, Adán de Acedo, Juan de Soria, Antón de Cerezo, Pedro de Argüello y Fernando de Vera. Y en litigio enredado anduvieron hasta el sábado, veinte y siete del mes de febrero de 1.529 en que el Licenciado Espinosa reconoce la nobleza de la Casa de Bethencourt o Betancor, más noble aun por su entronque don la Diana nadadora de la Gran Canaria.

* * *

Y así finó, buena y honrada esposa amante y amadísima, la dulce Princesa Thenesoya, por cuya belleza y brío murió un Rey de la Gran Canaria y quedo hechizado un hidalgo con origen en las tierras mojadas de Normandía.
—————

FUENTE: Leyenda de la Guayresa Abenahoara que esta recogida en el libro titulado “Thenesoya Vidina y mas tradiciones” que fue publicado por el Instituto de Estudios Canarios en La Laguna en el año 1959. Transcripción de Práxedes Álamo.

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Paisaje de Santa Lucía, en las cumbres centrales de Gran Canaria

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Monday, April 28, 2008

Marías en la Academia

Javier Marías ya ocupa su lugar en la Real Academia Española. No es una novedad que uno de los más grandes novelistas españoles contemporáneos ingrese en ella. Felicidades. A él, a la Academia y a toda la gran familia de habla española. De sus novelas recuerdo con especial predilección “Mañana en la batalla piensa en mí” y “Corazón tan blanco”, que precisamente son las que cita Villena en su artículo. ¡Y qué decir sobre la alusión del mismo Marías a Ramón J. Sender y su “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, sin duda, la gran novela española sobre la aventura americana…

Juan Cruz y Miguel Ángel Villena nos cuentan en sendos reportajes el acontecimiento. Y yo les recomiendo encarecidamente que lean y disfruten el discurso de ingreso del nuevo académico titulado “Sobre la dificultad de contar”, y la contestación al mismo por parte del ilustre filólogo y también académico, Francisco Rico. Les aseguro que merece la pena. Sean felices. (HArendt)

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Javier Marías entrando en la Real Academia Española

“La tarde redonda del joven Marías”, por Juan Cruz

El novelista madrileño ocupa el sillón ‘R’ de la Academia de la Lengua con una defensa encendida del oficio de escritor. Cuando Ian Michael, el profesor de Oxford que escribe novelas españolas con el seudónimo de David Serafin, me dijo anoche, al entrar en el salón de actos de la Academia, que esperaba que “nuestro Rey” se hubiera vestido bien para la ocasión, me pasó por la cabeza la idea de que a lo mejor Don Juan Carlos asistiría a esta inauguración de Javier Marías como miembro de la Real Academia Española de la Lengua.

Pero, claro, en seguida caí en la cuenta: Ian Michael esperaba la entrada de su Rey, y su Rey es el Red de la Isla de Redonda, Xavier Marias, o Javier Marías, soberano de un territorio literario y real que él ha convertido en símbolo y metáfora de un conjunto de personas que ya se consideran amigos y por tanto súbditos del autor de Negra espalda del tiempo.

Así que Ian Michael esperaba al Rey de Redonda, y allí estuvo Javier Marías, risueño, metido dentro de su impecable traje de académico, caminando hacia un estrado que su padre, el filósofo Julián Marías, ocupó durante más de cuarenta años y en el que él, desde anoche, tiene el mismo sitio que tuvo Fernando Lázaro Carreter, a quien el nuevo académico dedicó el homenaje que se merece el recordado filólogo por su ingente labor a favor de la modernidad de la Academia, continuada sin desmayo por Víctor García de la Concha.

Iba a ser una tarde redonda para Javier, y para muchísimos de los amigos que acudieron a la sede de Felipe IV a cumplir con un rito que es mucho más simbólico, y más cálido, que una simple sesión solemne. Fernando Savater, que estaba allí, en las primeras filas, hizo con la palabra Redonda, o redonda, el juego de palabras que siempre dibuja con la cálida maestría de un amigo que nunca envejece: “¡Será una tarde redonda para Javier!”.

Lo hubiera sido del todo del todo si el Real Madrid, el equipo de Javier, hubiera ganado –ya— la liga; pero fue una tarde grande, hermosa y central en la biografía de Marías, por muchísimas razones. Le respondió Francisco Rico a su discurso sobre la dificultad de contar, y Rico, que sufrió de carraspera como si estuviera al principio de un examen de alto grado, y aun así hizo gozar de su esgrima, situó a Javier en el inicio de esa autobiografía. Le conoció en casa de Juan Benet, en la calle Pisuerga, 7, de Madrid; allí iba Javier cuando aún era un adolescente, y allí se fue fraguando su primera relación seria y constante con la literatura.

Y de ahí, de aquel entonces, proviene una manera de ser, la de Javier Marías. Esa referencia a Benet, que él inició en su discurso de ingreso y que luego corroboraría Rico en su respuesta, tenía un correlato en la sala, en la presencia de los hijos y la hermana de Juan, en Jaime Salinas, en Antonio Martínez Sarrión, en Javier Pradera, en todos aquellos que, sentados ahora en los sillones rojos del salón de actos, asistían al encuentro del discípulo con la historia de sus mayores, los que no están y los que siguen estando.

Javier Marías es un escritor total, un escritor de memoria y un escritor de fábulas y de memorias; su reflexión sobre lo que hay detrás de la ficción (o de la literatura) tiene que ver con el inicio de aquella educación sentimental que tuvo en su padre un gozne espiritual muy bien trabado, muy hondo, y que guarda de Benet una autoexigencia que cambió –lo dijo bien Rico, en su discurso—la manera de ser de la literatura de los 70, que aun hoy marca una novedad en la actitud literaria española.

En la esgrima que se lanzaron el nuevo académico y el académico veterano había esa complicidad, ese juego dialéctico que Benet propició y que subyace en la inteligencia literaria de Javier Marías como una herencia que es también la herencia íntima de una actitud. Allí estaban, escuchándole, conocedores de toda esa historia, gente como Emilio Lledó, o como Gregorio Salvador, o como Álvaro Pombo, o como Arturo Pérez-Reverte, colegas suyos de la Academia y éste último cómplice de aventuras y de guiños a través de las empresas periodísticas que más les han juntado; y allí estaba la Academia, recibiendo a Marías. Le dijo Rico: “¿Qué puede darte en adelante la Academia?” Y se respondió el ilustre petrarquista, recuperando el aliento de una pertinaz carraspera: “Mirarás de otro modo la negra espalda del tiempo”. Lo que es seguro es que la Academia ha visto entrar, esta tarde redonda para Javier Marías (¡más redonda hubiera sido si el Madrid ya hubiera ganado la Liga) un escritor de veras, hondo, decisivo, que nace de la exigencia de una generación que ahora le contempla como si aun fuera, en efecto, y lo es, el joven Marías.

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Javier Marías momentos antes de pronunciar su discurso de ingreso en la RAE

“Marías defiende que sólo la novela relata “sin objeciones ni cortapisas”, por Miguel Ángel Villena
       
El escritor reivindica la ficción literaria en su discurso de ingreso en la RAE. Dijo el académico Francisco Rico, encargado de contestar el discurso de ingreso de Javier Marías (Madrid, 1951) que el nuevo miembro de la Real Academia Española (RAE) había empezado su parlamento “con una confesión de humildad y lo ha acabado con una manifestación de arrogancia”. La citada arrogancia radicó en que el autor de Mañana en la batalla piensa en mí o Corazón tan blanco defendió que el novelista “es el único facultado para contar cabalmente, a diferencia de los ya mencionados cronistas, historiadores, biógrafos, autobiógrafos, memorialistas, diaristas, testigos y demás esforzados de la narración abocados a fracasar”. Como fuerza y sentido de la ficción literaria, Marías argumentó en su discurso ante más de 300 personas: “Necesitamos saber algo enteramente de vez en cuando, para fijarlo en la memoria sin peligro de rectificación. Necesitamos que algo pueda contarse a veces de cabo a rabo e irreversiblemente sin limitaciones de zonas de sombra o sólo con aquellas que el creador decida que formen parte de su historia. Sin posibles correcciones ni añadidos ni supresiones ni desmentidos ni enmiendas. Y lo cierto es que sólo podemos contar así, cabalmente y con sus incontrovertibles principio y fin lo que nunca ha sucedido”.
       
A las siete en punto de la tarde, en el impresionante salón de plenos de la RAE y bajo la presidencia de la ministra de Educación, Mercedes Cabrera; y del titular de Cultura, César Antonio Molina, el escritor madrileño había comenzado su intervención con una interrogación sobre el papel de los novelistas. Utilizó Marías una cita de Robert Louis Stevenson para calificar de “pueril tarea” la actividad de los creadores de ficción y manifestó ante los académicos reunidos: “No sé cuál es el criterio que los lleva a ustedes a admitir en el seno de su digna institución a algunos novelistas. En realidad, se me hace difícil entender que admitan a cualquier novelista”. Javier Marías había titulado su importante discurso Sobre la dificultad de contar. De hecho, una buena parte de su intervención, que leyó en una hora, estuvo dedicada precisamente a subrayar los obstáculos que impiden relatar una historia, cualquier historia, de un modo objetivo, completo e indiscutible. Evocó el nuevo académico incluso sus tiempos de traductor y de profesor universitario para concluir que “la traducción es imposible, si nos ponemos muy estrictos o muy teóricos, ambas cosas vienen a ser lo mismo”.

Hasta tal punto llevó el nuevo académico su reivindicación de la novela que se preguntó en voz alta “¿por qué estamos familiarizados con seres que no han existido, en mucha mayor medida que con los que sí cruzaron el mundo y pudieron dejar su huella?” Contestó Javier Marías con ejemplos como el Cantar del Mío Cid o las obras de Shakespeare donde los personajes de ficción han pervivido, a lo largo de los siglos, con más fuerza que los individuos reales. “Quizás sea eso”, manifestó, “lo más llamativo: que las figuras históricas parezcan borrarse y desaparecer para la gente en general a menos que un literato, o también hoy un cineasta, se molesten en imaginarlos y ficcionarlos”.

Como uno de los ejemplos más sobresalientes de esta paradoja, el novelista citó el caso de la expedición de Lope de Aguirre en busca de El Dorado y hasta qué punto eran hoy del todo irrelevantes los relatos de sus contemporáneos. En cambio, una “excelente novela” como La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender, o una película como Aguirre, la cólera de Dios, del alemán Werner Herzog, habían prolongado la figura del aquel visionario conquistador a través de los tiempos. En esa línea situó también Marías la novela Un día de cólera, del también académico Arturo Pérez-Reverte, sobre la sublevación del 2 de mayo de 1808 en Madrid contra las tropas francesas que equiparó con los episodios nacionales de Benito Pérez Galdós.

El nuevo académico, que ocupará el sillón R que dejara vacante el fallecimiento de Fernando Lázaro Carreter, tuvo palabras de agradecimiento tanto para Pérez-Reverte como para Gregorio Salvador y el desaparecido Claudio Guillén, que fueron los proponentes de su candidatura a la Real Academia Española. Javier Marías ingresa en una institución a la que perteneció durante más de 40 su padre, el filósofo y ensayista Julián Marías. El nuevo académico recordó que había ficcionalizado la figura de su padre en una reciente novela, bajo el nombre de Juan Deza. Al hilo de toda la línea argumental de su discurso mostró su temor y el de sus hermanos a que en el futuro se recuerde más al trasunto literario del famoso filósofo que a la persona real.

“De suceder así”, comentó Javier Marías con una ironía desplegada a lo largo de todo su parlamento, “ya no sé si le habría hecho un favor o causado un perjuicio”.

Bajo la sombra de Lázaro Carreter y de Julián Marías: La figura de Fernando Lázaro Carreter (Zaragoza, 1923-Madrid, 2004) estuvo ayer muy presente en el discurso de Javier Marías que ocupará el sillón del fallecido filólogo. Si bien el novelista confesó que no había conocido personalmente al que fuera director de la Real Academia Española durante siete años, a su juicio, “Lázaro Carreter fue sin duda uno de los más perspicaces y notables lingüistas de los muchos que ha albergado y en número creciente sigue albergando esta institución”.
       
En una opinión de Marías, que comparten muchos de los actuales académicos, el lingüista aragonés “le quitó algunas telarañas a la RAE, la modernizó, la dotó de medios y logró que el conjunto de la sociedad la volviera a tener en cuenta”. La labor de divulgación del idioma que Fernando Lázaro Carreter abordó en sus artículos periodísticos y que más tarde agrupó en un libro bajo el título de El dardo en la palabra fue especialmente elogiada por Marías.

Al igual que fueron inevitables las referencias a Lázaro Carreter, la personalidad de Julián Marías se proyectó ayer en el precioso edificio de la RAE, en pleno centro de Madrid, que el filósofo frecuentó como miembro de la institución durante cuatro décadas. De hecho, Francisco Rico terminó su discurso de contestación con una evocación del padre de Javier Marías. “Lo que sin duda sucederá”, señaló Rico, “es que junto al sillón que tantas tardes ocupó tu padre, y alguna vez probablemente en ese mismo sillón, oirás a ratos cómo el río corre hacia atrás, hacia las fuentes, mirarás de otro modo la negra espalda del tiempo, y sin dejar de serlo, sabrás también que ya no eres joven, Marías”.

Había hecho alusión Francisco Rico a la carrera literaria del novelista madrileño y a su condición de “joven Marías” en sus comienzos y por contraste con su padre. En un tono desenfadado y lleno de guiños cómplices hacia Javier Marías y su generación de novelistas, Rico recordó el eco que había tenido la literatura del nuevo miembro de la RAE desde que publicara Los dominios del lobro y, más tarde, Todas las almas. Al mismo tiempo que animó al novelista, cuyas obras han sido traducidas a numerosos idiomas, a utilizar a sus nuevos compañeros de la RAE como argumentos literarios, Francisco Rico subrayó que Marías se había convertido a sí mismo en un personaje literario. “La inmortalidad te la has dado tú mismo al hacerte no tanto novelista cuanto ente de ficción novelesca”. (El País, 28/04/08)

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Sunday, April 27, 2008

Recetas para la crisis

Mi artículo del día es, sin duda, ¡y mira que hay noticias para ser domingo!, el de Paul A. Samuelson en el suplemento dominical Negocios, de El País. Profesor de varias generaciones de economistas y autor del libre de texto más famoso de la historia de la Economía, de él se puede decir de todo, menos que es un aficionado. Y ahora, que hasta los “ultraliberales” reclaman unánimemente la ayuda del denostado Estado para salir de la crisis en que ellos mismos “nos” y se “han” metido, resucitar en buena medida a Keynes, aparte de una heterodoxia es una medida de prudencia. De Bush y sus “profetas” económicos dice que son “incompetentes” y “chapuceros”… La gente educada es terrible… Sean felices. (HArendt)

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El profesor Paul A. Samuelson

“Laboratorio de ideas: Cómo prevenir una larguísima depresión”, por Paul A. Samuelson

Aquí no puede pasar eso”. Son las famosas últimas palabras de la gente que construye en costas tropicales inmediatamente antes de que un huracán, un maremoto, un terremoto o un volcán destruyan sus felices hogares. La economía no es una excepción. Allá por 1929, justo antes de que las acciones de Wall Street cayeran en picado, la comisión de expertos del presidente Hoover declaraba, en efecto, que el futuro estaba despejado y que los ciclos empresariales no eran más que los dolores históricos que experimenta el capitalismo al crecer. Pero ahora estamos en una nueva era.

La mayoría de mis lectores ya habían nacido cuando tuvo lugar la denominada Década perdida de Japón. Eso puede considerarse una larguísima depresión: de hecho, el malestar económico japonés se ha prolongado hasta bien entrada la década de 1990. A fecha de hoy, el país no ha recuperado aún los niveles de tipo de interés positivo que prevalecen en todo el mundo; y mientras que sus homólogos tienen que esforzarse por contener una inflación impropia, Japón sigue luchando por poner fin a la deflación posterior a la década de 1990.

Pero sólo los historiadores saben que en la década de 1920, después de la recesión mundial posterior a la Primera Guerra Mundial, Japón ya había vivido previamente otra década perdida. Ese periodo de tensión no sólo hizo peligrar su democracia de tipo occidental; en un sentido metafísico, se puede sostener que fue la semilla que generó la aventura de Pearl Harbor en 1941. Moraleja: las décadas perdidas alimentan las tensiones políticas y crean vecinos geopolíticos peligrosos.

Si saco a colación estas pequeñeces es para ayudarnos a entender y resolver los próximos y fundamentales debates que se desarrollarán tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo. Quieran o no, las autoridades en todas partes -y eso incluye a los bancos centrales, las haciendas públicas y los organismos reguladores que controlan los mercados financieros- no tendrán más remedio que hacer algo para ayudar a curar las graves heridas nuevas de nuestros sistemas financieros.

Una duda importante: ¿debería limitarse la función del Estado a que (1) los bancos centrales establezcan tipos de interés oficiales a corto plazo para bonos del Estado más cortos (y más seguros); y a (2) diseñar programas de gasto deficitario limitados y de corta duración?

En los habituales altibajos moderados de los ciclos económicos, esas armas convencionales hacen bastante bien su trabajo. Pero no bastaron en el Japón de entre siglos. Y tampoco fueron suficientes cuando se probaron a regañadientes durante la gran depresión de 1929-1939.

Sabemos que los grandes dirigentes, los grandes ejecutivos de empresa e incluso los grandes especialistas pueden perder la calma, de manera temporal o incluso permanente. Actualmente, en Japón, tanto los consumidores como las empresas dan la impresión de estar sufriendo una crisis de identidad. De hecho, en la década de 1930, la antipatía por cualquier tipo de riesgo paralizó a la gente dada a gastar en cuatro continentes.

Por eso, hasta los tipos de interés cero establecidos por los bancos centrales se encontraron con una trampa de liquidez: dichos tipos no tenían el poder suficiente para hacer que la recuperación arrancara con normalidad y se mantuviera. Por el contrario, los consumidores y los inversores asustados se vieron racionalmente impulsados a ahorrar en vez de gastar.

¿Nos diferenciamos en algo de los traumatizados japoneses? Pensémoslo bien. Tras media docena de recortes de los tipos de interés oficiales por parte de la Reserva Federal, ¿el dinero y el crédito en Estados Unidos “escasean” o “abundan”? Formulen la misma pregunta en el caso de la Unión Europea.

El mundo atraviesa actualmente una estanflación híbrida: empleo y beneficios débiles coincidiendo con una aceleración de la inflación de precios. Gracias a las anteriores crisis del petróleo y de las cosechas en la década de 1970, hoy se entiende muy bien la estanflación. Lo que es bastante más novedoso y de importancia vital es la respuesta a la siguiente duda: en Nueva York, Londres, París, Seúl y Tokio, ¿escasean o abundan el dinero y el crédito? Respuesta: la nuestra es la enfermedad del crédito al mismo tiempo escaso y abundante. En los bonos del Estado más seguros, el dinero abunda. En los activos con riesgo, aunque sea moderado, el crédito puede ser mortalmente escaso.

Este análisis nos lleva a lo que los economistas aprendieron durante la gran depresión. Por aquel entonces el new deal de Roosevelt acabó dándose cuenta poco a poco de que tenía que crear una Sociedad Financiera para la Reconstrucción. Su función era la de asumir inversiones de riesgo, aunque al final muchas de ellas produjesen pérdidas. Pérdidas en el presupuesto de la Hacienda pública, sí, pero también un aumento del empleo y del PIB total entre 1933 y 1939.

Sociedades parecidas pero con distintos nombres -como la Sociedad de Préstamos a Propietarios de Viviendas, la Autoridad Nacional de la Vivienda y otras por el estilo- son herramientas que una economía mixta probablemente tendrá que emplear con cautela para zanjar o acortar la enfermedad que supone una depresión maligna de larga duración.

No existe una norma perfecta que pueda seguirse para las necesarias intervenciones públicas. A modo de lista imperfecta, que siempre es mejor que no tener ninguna, me atrevo a plantear las siguientes consideraciones prudentes:

1. No se debe premiar la estupidez de los compradores de viviendas más insensatos que adquirieron casas que no se podían permitir.

2. No se debe ni se puede volver a poner en pie a los prestamistas más temerarios, ya sean agentes hipotecarios de mala muerte, Bear Stearns Investment Bank o Merrill Lynch. Los Gobiernos deberían asumir sólo sus mejores operaciones subsidiarias, que pudieran ser temporalmente (¡!) ilíquidas debido al pánico financiero. Warren Buffet, astuto multimillonario, intentó una estratagema cuando se ofreció a hacerse cargo de los activos buenos de los aseguradores de bonos y préstamos incautos. Ellos rechazaron la oferta porque tenían la esperanza de usar lo bueno como llave maestra para abrir la puerta a una ayuda estatal.

3. La mayoría de las propuestas sugeridas hasta ahora en Estados Unidos y en Europa sólo proporcionan soluciones a corto plazo a prestamistas y prestatarios. Eso no hace más que retrasar el día terrible, porque sólo podría ser una ayuda a largo plazo si se tiene la dudosa esperanza de que el precio de la vivienda vuelva a subir pronto.

Esto pasa por alto una verdad fundamental. Como la vivienda y los edificios comerciales son en sí tan duraderos, no hay más remedio que aceptar la posibilidad de que los mercados inmobiliarios sigan cayendo durante un número considerable de años.

Afortunadamente, en noviembre de 2008 las elecciones sustituirán a los legisladores y a los jefes de gabinete de los tiempos de Bush por otros menos incompetentes. El realismo le impide a uno confiar en que un cambio del partido en el poder vaya a hacer de manera fácil y rápida lo necesario para devolver cierta estabilidad a los mercados financieros de Estados Unidos y de otros países. Pero siempre será mejor, aunque no sea lo mejor, que las chapuzas de los últimos tiempos. (Negocios, 27/04/08)

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El profesor John Maynard Keynes

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Leer, leer, leer…

¿Para qué leemos? La pregunta se la hace a sí mismo, y a nosotros, el escritor Vicente Verdú, y después de un lúcido y hasta cierto punto desengañado análisis, llega a una conclusión: leemos para obtener placer… Sencillamente. A mi me basta. Sean felices. Y lean… (HArendt)

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El escritor Vicente Verdú

“¿Para qué tanto leer?”, por Vicente Verdú

El libro constituye un bien tan significativo de una determinada cultura que esperar a que se lea cuando su sistema desaparece es lo mismo que reclamar que perviva una hormiga sobre una superficie de alquitrán. La vida de la hormiga es tan improbable en la Gran Vía como la vida del libro es exigua en el angosto y hasta alicatado ocio de la cotidianidad

El insecto queda exterminado sin infligirle un mal directo, pero no se reproducirá en la ciudad. Igualmente, el fin del libro y su lectura no proceden, en especial, de la educación deficiente, la impericia de las editoriales o una siembra de cizaña (¿televisión?, ¿videojuegos?) que lo matan directamente y de raíz. Simplemente, la lectura va a menos porque no encuentra suelo donde arraigar ni espacio donde esponjarse.

La actualidad del mundo, la realidad de los intervalos de trabajo y tiempo libre, coinciden con una disponibilidad para leer tendente a cero. Y no se diga ya para leer a fondo. Los momentos en que aún se lee se obtienen de intersticios de una construcción cuya fachada central repele lo libresco como materia ajena a su iluminación natural. Se lee, efectivamente, en los cantones del sistema, en los estrechos itinerarios de transporte público, en los puentes o en las vacaciones, en los tiempos muertos.

Todo tiempo oreado y candeal se ocupa, generalmente, en otros gozos, sean los viajes, el sexo, Internet, las copas, los juegos en las pantallas, las cenas o los cines. ¿Tiempo para leer? Quien lee se extrae literalmente de la cadena nutricional reinante para insertarse en un nicho marginal. Todo lector, y tanto más cuanto más lo es, traza su fuga y, a su pesar, se convierte en fugitivo de la contemporaneidad.

Efectivamente, los lectores de Harry Potter y otros best sellers internacionales no abandonan el reino, pero ¿quién puede decir que encarnan al profundo lector? Son lectores mutantes que como la presunta clase de himenópteros futuros hallará albergue en el asfalto. No ya en la fisura del asfalto sino en el mismo piso puesto que esta tipología no alude a un lector convicto, sino al libro de recreo importado de lo audiovisual. Son lectores de letras pero no letrados, siguen la línea de la página pero según los patrones del hilo cinematográfico o del musical.

El resto, los lectores conspicuos que aún permanecen, son hoy trabajadores autónomos, artistas profesionales, jubilados, impedidos, enfermos, críticos literarios, editores, directores de colección, traductores, autores. Fuera de ese ejército marcado y en declive creciente, apenas unas unidades más pueden sumarse al mundo lector.

Los libros, infantiles, juveniles, de autoayuda, de intriga, de salud, de consejos prácticos, de empresa, de texto, etcétera, componen la mayoría del tonelaje que trasladan todavía los contenedores del sector editorial y que pronto serán reemplazados masivamente por la superior eficiencia de las pantallas. No hay ocasión, pues, para complacerse en los libros literarios o en los libros del saber, ni tampoco una razón firme para confiar en su ventaja utilitaria.

En consecuencia, toda lectura de El Quijote con el ánimo de propagar la lectura como signo de salvación social no será sino la chusca representación de una función agotada y la teatralización de la impotencia. No se lee por El Quijote, no se lee siquiera por consejo o ejemplo de los padres, se lee cuando el bocado de tiempo que pertenece al libro procura sabrosas y efectivas sensaciones de placer. Sin embargo, para ello no basta cualquier tiempo marginal, contaminado o intersticial, ni tampoco el tiempo urgido o el intervalo fatigado del fin del día. Quienes leemos y leen el libro no se alistan entre quienes se integran más y mejor, sino entre los que añoran ese producto que aprendieron saludablemente a paladear.

¿Escuelas gastronómicas para la lectura? Todas las escuelas gastronómicas se dirigen a acrecentar la variedad de los restaurantes, esos espacios donde efectivamente el mundo joven acude con insólita frecuencia y cuyo disfrute pertenece de pleno derecho a los entretenimientos de esta cultura reinante que atiende, en sus acortados tiempos libres, a las benditas sensaciones del cuerpo y no a los enrevesados ejercicios que a menudo exige la degustación mental. (El País, 26/04/08)

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Cualquier momento es bueno para leer…

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Friday, April 25, 2008

Sobre revoluciones y revolucionarios

Leo en El País de hoy la entrevista que en Malmoe (Suecia) realiza el periodista Ricardo Moreno a Ciro Bustos, argentino, pintor, ex-guerrillero y revolucionario, compañero de armas de Ernesto “Che” Guevara, y del periodista y escritor francés Régis Debray, en la aventura revolucionaria boliviana, con el final de todos conocido: la muerte del “Che” y la condena y prisión de Bustos y Debray, más tarde liberados gracias a la presión internacional. Exiliado desde entonces en Suecia, Ciro Bustos, que acaba de publicar un libro en Argentina contando como fue su relación con Guevara y su versión de lo ocurrido en Bolivia (hay quienes le acusan de haber provocado indirectamente la captura y asesinato del “Che”) dice que sigue creyendo en los ideales por los que luchó.

Nunca he compartido, salvo en mi juventud -como todos o casi todos-, los ideales revolucionarios que impulsaron al “Che” a lanzarse a la aventura revolucionaria americana. Ya he comentado en este blog anteriormente las fundadas sospechas de que fue enviado por Fidel al desastre y a una muerte pre-fijada para quitárselo de encima, pues su trasnochado y delirante idealismo revolucionario le convertía en un grave peligro potencial para la figura de Castro… No creo que la verdad se sepa nunca. Un secreto más de la Historia…

Aunque cito de memoria, fue la teórica política Hannah Arendt quien en su “Sobre la Revolución” (Alianza Editorial, Madrid, 2004) dijo que la mayor importancia histórica de la Revolución americana (1776) sobre la francesa (1789), tuvo su razón de ser en que la primera “triunfó” porque “sólo” pretendía conceder derechos políticos y la soberanía a quienes carecían de ellos, mientras que la segunda “fracasó” y acabó en El Terror de Robespierre y en la tiranía napoleónica, porque lo que pretendía no era conceder libertad y derechos políticos a los ciudadanos sino “cambiar el mundo”…

Sobre el “desencanto revolucionario”, y el dolor inmenso que ha producido a una buena parte de la humanidad el ideal de transformar el mundo por la fuerza de las armas y la revolución, hay un libro espléndido y magnificamente escrito por el historiador francés, Francois Furet, titulado “El pasado de una ilusión: Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX” (Fondo de Cultura Económica de España, Madrid, 1995) que les recomiendo sinceramente. (HArendt)

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El pintor argentino Ciro Bustos

“Ni yo ni mis dibujos delataron al Che: Entrevista a Ciro Bustos”, por Ricardo Moreno

Sabe a remanso tibio el ambiente del restaurante Jensens Böfhus (La Casa del Bife de Jensen) al entrar y dejar atrás el viento y la llovizna del invierno nórdico, en la ciudad de Malmoe en el extremo sur de Suecia. “Si no hay vino de Mendoza, nos vamos”, bromea Ciro Bustos mientras repasa la lista en la semipenumbra del local, a la luz titilante de una vela colocada sobre la mesa. De pronto exclama sonriente: “Hay vino y se llama Paula como una de mis hijas”. Ahora falta el bife, de Jensen, para que la fiesta sea completa. “Igual que allá, en Mendoza”, agrega complacido. Hay una larga y azarosa historia en este argentino que nació hace 75 años en la provincia de Mendoza, junto a la cordillera de los Andes.
       
Viajó a Cuba en 1961 y su encuentro con el Che cambió su destino. El dirigente cubano le invitó a formar parte del grupo que organizaba para instalar un foco insurgente en Argentina. Bustos recibió el encargo de crear una red de apoyo al Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), que operó en la zona selvática de la provincia de Salta y fue derrotado. Consiguió huir y la guerrillera Tania le transmitió el mensaje: “El Che quiere verte”, que daría título al libro que acaba de sacar Bustos para revisar su pasado y exponer su verdad sobre su encarcelamiento en Bolivia con Régis Debray mientras el Che era asesinado. Rebate con vehemencia la insinuación -atribuida a Debray- de que unos dibujos suyos facilitaron la captura y la muerte del líder guerrillero por miembros del Ejército boliviano. “Ni yo ni mis dibujos le delataron”, remacha.

La movilización internacional en favor de Debray -ambos fueron condenados a 30 años de prisión- consiguió que los dos salieran finalmente en libertad. Bustos se exilió en Malmoe. “Para salvar mi vida y la de mi familia, amenazada por la Triple A, que prologó con su terror selectivo, el gran terror que vino con el golpe militar de 1976″, rememora. Tras más de 30 años de silencio, ha publicado en Buenos Aires El Che quiere verte, un libro denso, minucioso y polémico.

¿Qué lo impulsó a escribirlo? “Llegando a cierta edad, es ineludible un repaso de la propia vida y corregir deformaciones y atropellos a la dignidad personal. El libro es una reformulación de los hechos con el objetivo de restablecer la verdad”, explica. “Las historias siempre resultan reescritas por los escribas que vienen detrás, condicionados por intereses ajenos a ella, ya sean estos comerciales, personales o ideológicos”.

La comida invita a recordar el pasado: “Infancia bucólica, provinciana, entre nísperos y cerezos. El futuro estaba recostado a la cordillera de los Andes. Suecia no existía, más que como una curiosidad en los textos de la escuela”. Otros sueños cambiaron el derrotero. “El impacto de la revolución cubana, en un continente marcado por abismales diferencias sociales, no dejó a nadie indiferente. Y la figura del Che, su integridad moral sin fisuras, fueron determinantes”, agrega, como explicando por qué está aquí, tan lejos del paisaje que acunó sus primeros sueños. Una última reflexión del veterano luchador al concluir la comida: “El mundo está peor que nunca porque la miseria universal no sólo es humana sino que afecta también al planeta, pero sigo creyendo en los ideales por los que luché”.
(El País, 25/04/08)

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Imagen del “Che” Guevara convertida en icono universal

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Thursday, April 24, 2008

De libros y lecturas: Elogio del lector


No es fácil encontrar tiempo para leer. Un acto tan sencillo como abrir un libro (ya sea en la casa, el autobús, bajo un árbol o abrumado por el insomnio) se ha convertido en todo un reto. Al menos para mi, que he sido un lector compulsivo durante gran parte de mi vida, y que ahora, cuando dispongo de todo el tiempo del mundo para ello, me encuentro con que, abrumado por la oferta, me debato con el dilema de por donde comenzar… Y no comienzo…

Dice la escritora checa afincada en España, Monika Zgustová, que ya quisieran otros sectores de la creación artística como el cine, el teatro o las artes plásticas, tener la vitalidad que hoy sigue teniendo el literario. Y a juzgar por las cifras de ventas -que no de lecturas- eso es innegable. Me alegra que sea así. A pesar de sufrir de vértigo ante tanta vaciedad e insustancial palabrería como se ve y se vende, tiene razón la articulista en que gracias a eso, y junto a eso, siguen publicándose, vendiéndose y leyéndose muy muy buenas obras literarias… Sean felices. Y lean, si pueden… (HArendt)

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La escritora checa Monika Zgustová
(http://www.pencatala.cat)

“Elogio del lector”, por Monika Zgustova

Hace poco, Antoine Gallimard afirmó que, en el presente, Proust no encontraría editor para su novela En busca del tiempo perdido. Al decirlo, el presidente de la mítica editorial francesa que lleva su apellido se refería a lo que viene comentándose desde hace algo más que una década: que “el panorama editorial” se vislumbra como “poco atractivo y mercantilista” (recojo esas palabras de un artículo publicado en las páginas de Opinión de este diario).

Pienso que el señor Gallimard profirió su máxima sobre Proust a modo de boutade. Evidentemente, existen editoriales -siempre han existido- especializadas en libros comerciales. Pero monsieur Antoine no pudo hablar en serio: al igual que muchas otras editoriales europeas, la que él preside sigue apostando por los nuevos talentos.

¿Es realmente poco atractivo y mercantilista el panorama editorial, según se suele afirmar? Yo no opino así. Y ello por tres razones. En primer lugar, porque en España, por circunscribirnos a nuestro país, sigue habiendo editores, decenas de ellos, que anteponen el valor literario al mero negocio. Como en toda Europa, también entre nosotros hay editores que descubren a esos autores que buscan ir más allá de lo que se ha dicho y cómo se ha dicho hasta ahora, autores que venden unos pocos miles de ejemplares de cada libro (y a veces menos de mil). Es cierto que esos editores, para equilibrar las cuentas, añaden a su catálogo de descubrimientos algún que otro libro de menor riesgo comercial. Pero no por ello renuncian a sus principios.

En segundo lugar, porque por toda España subsiste un amplio tejido de librerías comprometidas con los buenos libros. Y ello tiene aún más valor en un momento en que el coste del inmobiliario hace cada vez más difícil mantener la rentabilidad exigida.

Y en tercer lugar porque el número de lectores crece, como lo muestran las estadísticas, especialmente entre las mujeres y los jóvenes de entre 25 y 30 años.

En la España contemporánea, un lector puede llegar a formarse una imagen bastante exacta tanto de la literatura clásica como de lo que ocurre en el presente, y no sólo en las letras occidentales. Sólo en los últimos años se han publicado, con éxito fulminante de crítica, lectores y ventas, novelas de muy alta calidad: La mujer justa, de Sándor Márai; Soldados de Salamina, de Javier Cercas; Vida y destino, de Vasili Grossman, y Las benévolas, de Jonathan Littell, entre otras. En todos esos casos son los lectores, con la complicidad de los libreros, quienes volcándose a comprar esas grandes novelas por decenas y centenares de miles, permiten que los editores se lancen a la aventura de publicar más libros arriesgados. Sí, en el fondo son los lectores los que hacen que el panorama literario sea más atractivo y menos mercantilista.

Pero no siempre la buena literatura se vende por cientos de miles -ni la mediocre tampoco-. A muchos editores su deseo de aportar al lector lo valioso, sorprendente e innovador de la literatura les hace perder dinero y correr el peligro de derrumbarse. Los directores literarios con un gusto exigente se juegan a diario su puesto de trabajo. Pero a pesar de todo, muchos siguen arriesgándose.

Ésos son, junto a los tozudos libreros que se oponen a ceder sus locales a bancos y otros negocios, los quijotes del mundo editorial que batallan no contra los molinos de viento sino contra algo mucho más peligroso: contra el poder del más fuerte.

Así pues, al contrario de lo que suele comentarse, estoy convencida de que el presente del libro no es peor que en épocas anteriores. Lo de “cualquier pasado fue mejor” es un lugar común que no se cumple la mayoría de las veces. Tampoco en ésta.

Por mencionar algunos ejemplos, de su libro De l’amour, Stendhal vendió veinte ejemplares ¡en diez años!; Proust tuvo que pagar de su bolsillo la edición del primer volumen de A la búsqueda del tiempo perdido; Joyce publicó su Ulises en París porque no encontraba editor en Inglaterra, y Kafka, en vida, no pasó de los 800 ejemplares vendidos. Hoy, al contrario, cualquiera puede, como mínimo, colgar su novela en Internet.

De todos los campos de la creación, el del libro es el más dinámico y diversificado: ni las artes plásticas, ni la música o el cine pueden ofrecer anualmente tanta riqueza de nuevos talentos como lo hace el mundo del libro.

Aunque quedan muchos libros sin publicar, y sin duda algunos de ellos lo merecen, pero ya quisieran los pintores, los cineastas y los músicos tener las mismas oportunidades que brinda el mundo editorial. Y, además, cada año aparecen, como contrapeso a los grandes grupos editoriales que siguen afianzándose, varias nuevas editoriales privadas que buscan a autores de valor literario y encuentran a sus lectores.

Y toda esa efervescencia es posible gracias, finalmente, al lector que, en la soledad, sigue dispuesto a descubrir tanto a los clásicos como los nuevos autores. Celebrémoslo, pues, y que sea por muchos años. (El País, 24/04/08)

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