Wednesday, April 23, 2008

¡Feliz Día del Libro!

“Los libros escriben la historia de nuestras vidas y, mientras se van acumulando en nuestras estanterías, en nuestros alféizares, y debajo de nuestro sofá, y encima de la nevera, se convierten en capítulos sobre sí mismos. ¿Cómo podría ser de otra manera”. (Anne Fadiman. “Ex Libris. Confesiones de una lectora”, Alba Editorial, Barcelona, 2000). No he encontrado una mejor definición sobre el placer de la lectura y de los libros. ¡Feliz Día del Libro! (HArendt)

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Marilyn, leyendo…

“El libro y la dentadura postiza”, por Juan Cruz

El taxista que hace un año me preguntó si él debía leer Cien años de soledad, me dijo ayer que ya se había comprado el libro, en edición de bolsillo. “No es muy grande”, me dijo. “Lo acabaré”. Pero aún no lo había comenzado. Los libros a veces son como las dentaduras postizas: se guardan en un bolsillo hasta que sea el momento de masticar. El taxista estaba a punto de masticar.

Pero él no es distinto a tanta gente que va a las librerías, o a las bibliotecas; se lleva los libros, los pone en el mostrador de su propia estantería, y los deja ahí, como si los libros se fueran leyendo solos. En los años sesenta, cuando leer era igual que masticar, la gente llevaba los libros bajo el brazo por si salían en la conversación; ahora se los deja en la mesa de noche por si se rompe la tele. Como se deja la dentadura.

Hay un ensayista mexicano, Gabriel Zaid, autor de Los demasiados libros, que inventó una frase que hubiera hecho la fortuna de un publicitario en los lejanos sesenta, “Hay que poner el libro en la conversación de la gente”, un eslogan, por cierto, que entusiasmaba a la añorada Isabel Polanco. Pero el eslogan, como su propósito, nació cuando ya no importa tanto conversar con libros; no importa conversar, cómo va a importar conversar con libros.

Así que los libros, que ahora reciben el espaldarazo anual del Sant Jordi, de las lecturas quijotescas, regresan de vez en cuando más como una intemperancia que como una necesidad social. Es mejor no tener libros: los libros cambian las ideas, hacen distintas a las personas, las convierten en rebeldes o en melancólicas. Son horribles.

La dormidera televisiva es mucho más eficaz para pasar el rato, y para pasar por la vida. Si ese debate de ideas que parece querer abrirse paso en la derecha española (o en la izquierda, da igual) se sustentara de veras en lo que se piensa, en lugar de en los dimes y diretes que se oyen en la tele, en la radio o en los periódicos, estaríamos escuchando títulos de libros que amparasen la ignorancia o la inteligencia de los debatientes. Pero ni dios cita un libro, para qué, los libros le podrían cambiar las ideas.

Pero el libro está ahí, glorificado ahora, pero virtualmente aparcado. Las autoridades que deberían preocuparse de su salud los sacan al sol como a los desempleados, cuando quieren arrimarse a los autores de su marca o de su zona; lo que ha pasado ahora (¡tantos años después!) con el Premio Cervantes consolida la vergüenza del pasado: quien más quien menos, al mando de su machito político-cultural, ha querido ese codiciado premio para los suyos. Pues porque los libros y sus autores siguen en esta sociedad del consumo formando parte de una parroquia u otra, y sólo algunos rebeldes privilegiados por la fortuna melancólica de no ser de este mundo se apartan de la tentación de pertenecer.

Pero no era el Cervantes el propósito de esta nostalgia libresca, y sobre todo este año en que tenemos la gloria de ver premiado a un poeta cuya escritura tiene que ver tanto con la rabia de existir en contra, Juan Gelman. El propósito es hacer eficaz la nostalgia de los libros leídos, de los libros que han de leerse, y de que los libros formen parte de la vida común como la conversación o como la risa.

Y no forman parte, desengáñense, no forman parte. Las estadísticas dicen siempre lo mismo; nos ponen en la cola, pero vienen los políticos y cambian la tabla a su antojo, como si ésta fuera una liga de fútbol en la que sumamos los puntos positivos hasta cuando no se han ganado todavía.

Esos paños calientes que se le ponen a la vida cultural de este país, animada, o desanimada, por una red de comunicación que pone la exigencia del libro en último lugar en las programaciones y en las preocupaciones, son los que siguen haciendo que el libro falte de la conversación de la gente. Y seguirá estando, ahí afuera, a quién le importa. Miren las parrillas, miren los horarios de lectura en las escuelas y en los colegios; miren los libros que llevan los universitarios, miren los libros que leen o citan los políticos, miren las crisis de las librerías, miren las dotaciones de las bibliotecas… Mírenlo todo y luego záfense de las tramas de la farsa de las estadísticas, o miren las estadísticas para leer algo.

En fin. Ahora el taxista que ya compró Cien años de soledad estaba leyendo la séptima entrega de Harry Potter, donde acaba la serie de J. K. Rowling. Es curioso, le dije al taxista, en ese libro hay un párrafo que parece de Cien años de soledad. “Es que al final todos los libros son iguales”, dijo el hombre al volante, y acarició el libro, como si ahí estuviera el tacto de la trama. “Pero éste es más grande”, añadió. (El País, 23/04/08)

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Las lenguas de mi Patria


Hoy, 23 de abril, es el Día Grande de las Letras Españolas, 392 aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes. Y hoy también, en Alcalá de Henares, su cuna, entregan los reyes el Premio que lleva su nombre, el de Cervantes, al poeta argentino Juan Gelman. Me sumo a la efémeride compartiendo con ustedes poemas de Ausiàs March (1397-1459), Miguel de Cervantes (1547-1616), Arnaut Oihenarte (1592-1667), Rosalía de Castro (1837-1885), y del propio Juan Gelman (1930). Poemas escritos desde el corazón en todas las lenguas de mi Patria. Bendita sea la Patria del idioma y de la lengua… (HArendt)

Desde mi jardín (Maspalomas, Gran Canaria)

“VELES E VENTS HAN MOS DESIGS COMPLIR”, (Ausiàs March, 1397-1459)

Veles e vents han mos desigs complir,
ffahent camins duptosos per la mar.
Mestre y ponent contra d’ells veig armar;
xaloch, levant los deuen subvenir
ab lurs amichs lo grech e lo migjorn,
ffent humils prechs al vent tremuntanal
qu·en son bufar los sia parcial
e que tots cinch complesquen mon retorn.

Bullirà·l mar com la caçola·n forn,
mudant color e l’estat natural,
e mostrarà voler tota res mal
que sobre si atur hun punt al jorn;
grans e pochs peixs a recors correran
e cerquaran amaguatalls secrets:
ffugint al mar, on són nudrits e fets,
per gran remey en terra exiran.

Los pelegrins tots ensemps votaran
e prometran molts dons de cera fets;
la gran paor traurà·l lum los secrets
que al confés descuberts no seran.
En lo perill no·m caureu de l’esment,
ans votaré hal Déu qui·ns ha ligats,
de no minvar mes fermes voluntants
e que tots temps me sereu de present.

Yo tem la mort per no sser-vos absent,
perquè Amor per mort és anul.lats;
mas yo no creu que mon voler sobrats
pusqua esser per tal departiment.
Yo só gelós de vostre escás voler,
que yo morint, no meta mi·n oblit;
sol est penssar me tol del món delit
-car nós vivint, no creu se pusqua fer-:

aprés ma mort, d’amar perdau poder,
e sia tost en ira convertit,
e, yo forçat d’aquest món ser exit,
tot lo meu mal serà vós no veher.
O Déu!, ¿per qué terme no y à·n amor,
car prop d’aquell yo·m trobara tot sol?
Vostre voler sabera quant me vol,
tement, fiant de tot l’avenidor.

Yo son aquell pus estrem amador,
aprés d’aquell a qui Déu vida tol:
puys yo son viu, mon cor no mostra dol
tant com la mort per sa strema dolor.
A bé o mal d’amor yo só dispost,
mas per mon fat Fortuna cas no·m porta;
tot esvetlat, ab desbarrada porta,
me trobarà faent humil respost.

Yo desig ço que·m porà sser gran cost,
y aquest esper de molts mals m’aconorta;
a mi no plau ma vida sser estorta
d’un cas molt fér, qual prech Déu sia tost.
Ladonchs les gents no·ls calrrà donar fe
al que Amor fora mi obrarà;
lo seu poder en acte·s mostrarà
e los meus dits ab los fets provaré.


(Traducción castellana):
“VELAS Y VIENTOS CUMPLAN MI DESEO”, (Ausiàs March.1397-1459)

Velas y vientos cumplan mi deseo:
harán caminos por la mar dudosos,
contra el maestre y el poniente veo
levante y el jaloque muy furiosos,
con griego y tramontana, que bien creo
le ayudarán con ruegos amorosos;
porque estos cinco soplen de manera
que vuelva yo do siempre estar quisiera.

El mar hirviendo como el agua al fuego,
y su color veréis andar mudando;
traerá cualquiera cosa sin sosiego,
que sobre sí hallare estando airado;
los peces todos juntos irán luego
lugar buscando oculto y encerrado;
huyendo al mar que los crió y sustenta,
en tierra saltarán sin otra cuenta.

Los peregrinos votarán turbados
dones de cera en viéndose en sus puertos,
y el gran pavor descubrirá pecados
que en confesión no han sido descubiertos;
allí os ternán presente mis cuidados
y luego votaré mis votos ciertos,
que nunca habrá mudanza, y que en ausencia
no olvidaré vuestra gentil presencia.

La muerte temo por no verme ausente,
porque el amor por ella es acabado,
y no se partirá ni se consiente
que partir pueda de este amor sobrado;
mas vuestro poco amor me mata, y siente
el mío que en morir seré olvidado;
sólo este pensamiento me cautiva,
mas no creo que será si vos sois viva.

En yo muriendo no ha de amar ninguno,
y amor se queda en ira convertido;
mas cuando morir quiera, ¿qué importuno
será el dolor de ausencia y cuán crescido?
Si término en amor hubiera alguno,
en él yo fuera solo y escogido,
y viera vuestro amor si se extendía
o si en lo verdadero teme o fía.

Yo soy el amador más extremado,
después de los que ya no tienen vida;
por verme vivo y veros no he quejado,
¿cómo haré cuando el vivir me impida?
A bien o mal estoy aparejado,
mas no cabe en mi hado haber guarida;
que yo con humildad lo estó esperando,
la puerta le abro y allí estoy velando.

Deseo aquello que ha más de costarme,
y la esperanza de esto me recrea;
mi vida no querrá, ni aun yo, salvarme
de un caso fiero, y pido a Dios que sea;
las gentes todas luego podrán darme
más fe que no al amor, como se vea
que en actos su poder será mostrado,
y en hechos mostraré lo que he hablado.




Desde mi jardín (Maspalomas, Gran Canaria)

“AL TÚMULO DE FELIPE II EN SEVILLA” (Miguel de Cervantes, 1547-1616)

«Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla;
porque ¿a quién no sorprende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?

Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh, gran Sevilla!
Roma triunfante en ánimo y nobleza.

Apostaré que el ánima del muerto
por gozar este sitio hoy ha dejado
la gloria donde vive eternamente.»

Esto oyó un valentón y dijo: «Esto es cierto
cuanto dice voacé, seor soldado,
y quien dijere lo contrario, miente.»

Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.

Desde mi jardín (Maspalomas, Gran Canaria)

“NEGUAN, ELURTE BATEZ”, (Arnaut Oihenarte, 1592-1667)

Neguan, elhurte batez,
Laztanak eskutabatez
Sudurra zapaturik;
Sudurrak min-har etzezan,
Bana bertan sendi nezan
Bihotza suharturik.

Elhurraz gaineti, hotzik
Bai karroinik, bai izotzik,
Badeia deus lurrean?
Elhurrak alabadere
Naduka ni, hotz badere,
Errerik bihotzean.

Haur da lurreko legea,
Gauz’ orok ber’ ekoiztea,
Bera iduri du egiten;
Ban’ orai, miragarritan,
Hotzak beroa du nitan,
Urak sui’ eraikiten.

Bero huntarik liparbat,
Su huntarik huts inharbat
O laztan’ erexeki
Ahal banezazu zuri,
Nitzatela zait iduri
Sendo hainbertzereki.

Beraz otoi, Jainkoagati,
Lipar, inhar bategati,
Iraitz enezazula;
Ban’ erakutsu maitari
Gaizoak, bai urrikari,
Bai gupida tutzula.

Egitez horla, zinetsu
Eder bezain onbidetsu
Izanez, aipatua
Zirat’ ororen ahoetan,
Et’ amorosen gogoetan
Zerurano alxatua.

(Traducción castellana)
“UNA NEVADA EN INVIERNO” (Arnaut Oihenarte, 1592-1667)


Era invierno, nevaba,
Y mi amada me aplastó
Un puñado en la nariz;
Mi nariz no sufrió daño,
Pero al instante sentí
Un incendio en mi corazón.

Sea hielo, sea escarcha,
¿Habrá en la tierra algo
Más frío que la nieve?
Sin embargo, la nieve,
Aunque fría,
Me quema el corazón.

Esta es la ley de la tierra,
Cada cosa produce
Su propio igual;
Pero ahora, por un milagro,
El frío se hace calor en mí,
El agua fuego.

Si pudiera daros
Una pizca de este calor,
Una simple chispa de este fuego,
¡Oh amada mía!,
Creo que sería suficiente
Para curarme.

Os lo ruego, por Dios,
No me rechazéis
Por una pizca, por una chispa;
Mostrad que os compadecéis
Y que tenéis piedad
De los pobres enamorados.

Actuando así, tan bella
Como bienhechora,
Seréis celebrada
En boca de todos,
Y elevada hasta los cielos
En el corazón de los enamorados.


Desde mi jardín (Maspalomas, Gran Canaria)

“FOLLAS NOVAS” (Rosalía de Castro, 1837-1885)

¡Follas novas!, risa dame
ese nome que levás
cal si a unha moura ben moura
branca lle oíse chamar.

Non Follas novas, ramallo
de silvas e toxos sós,
hirtas coma as miñas penas,
feras, coma a miña dor.

Sin olido nin frescura,
bravas magoás e ferís…
¡Si na gándara brotades,
cómo non serés así!

(Traducción castellana)
“HOJAS NUEVAS”, (Rosalía de Castro, 1837-1885)

¡Hojas nuevas!, me da risa
ese nombre que lleváis
cual si a una negra bien negra
blanca le oyese llamar.

No Hojas nuevas, ramillete
de aliagas y zarzas sois,
yertas como mis penas,
fieras como mi dolor.

Sin olor ni lozanía,
bravas dañáis y herís…
¡Si en la gándara brotáis,
cómo no vais a ser así!

Desde mi jardín (Maspalomas, Gran Canaria)

“LA ECONOMÍA ES UNA CIENCIA”, (Juan Gelman, 1930)

En el decenio que siguió a la crisis
se notó la declinación del coeficiente de ternura
en todos los países considerados
o sea
tu país
mí país
los países que crecían entre tu alma y mi alma de repente
duraban un instante y antes de irse
o desaparecer
dejaban caer sábanas llenas de nuestros sexos que salían volando alrededor como perdices
quiere decir que cada vez que hicimos el amor dejábamos nuestros sexos allí?
y ellos seguían vivitos y coleando como perdices suavísimas?
qué raro
mirá que lavábamos las sábanas con subordinación y valor
para que los jugos de la noche pasada no inauguraran el pasado
y ningún pasado pusiera una oficina entre nosotros para ordenarnos el hoy
porque el alma amorosa es desordenada y perfecta
tiene mucha limpieza y lindura
se necesita todo un Dios para encerrarla
como le pasó a don francisco
que así pudo cruzar la agua fría de la muerte
es bien raro eso de nuestros sexos volando
pero recuerdo ahora que cada vez que yo entraba en tu sexo
y me bañaban tus espumas purísimas con impaciencia
y dulzura y valor
me parecía oir un pajarerío en el bosque de vos
como amor encendiendo otro amor
o más, es cierto que cada vez nuestros sexos resucitaban
y se ponían a dar vueltas entre ellos
como maripositas encandiladas por el fuego
y se querían morir de nuevo buscando incesantemente la libertad
y había un país entre la vida y la muerte
donde todo era consolación y hermosura
y no poseíamos nuestro corazón
y nuestros sexos se perdían como almas en la noche
y nunca más los volvíamos a ver
para entender
estudio los índices de la tasa de inversióún bruta
los índices de la productividad marginal de las inversiones
los índices de crecimiento del producto amoroso
otros índices que es aburrido hablar aquí
y no entiendo nada
la economía es bien curiosa
al pequeño ahorrista del alma lo engañan en wall street
los sueldos de la ternura son bajos
subsiste la injusticia en el mercado mundial del amor
el aprendiz está rodeado de nubes que parecen elefantes
eso no le da dicha ni desdicha
en medio de las razones
las redenciones
las resurrecciones
se lleva el alma a la nariz para sentir tus perjúmenes
estoy viendo volar los pajaritos que te salían del sexo
mejor dicho
de más allá todavía
de todo lo que valías
o brillabas
o eras
y dabas como jugos de la noche.


Desde mi jardín (Maspalomas, Gran Canaria)

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Tuesday, April 22, 2008

En otro planeta…

¿Cómo se sentirían ustedes si un día, al despertar, no reconocieran el habla de sus vecinos, amigos y familiares? Supongo que pensarían que están todavía soñando y que al despertar, esta vez de verdad, todo volverá a la normalidad… O si en verdad están despiertos y con mente clara, que han sido abducidos por un OVNI y trasladados a un lejano planeta de una lejana galaxia… Hay más posibilidades, pero de momento, dejémoslas en esas… Así, como teletransportado a otro lejano planeta de una lejana galaxia me he sentido yo esta mañana cuando leía una noticia de El País, sobre las diez palabras más utilizadas en el idioma español. Siempre he sabido, desde pequeñito, que yo era un poco raro, pero… ´¡hasta este extremo!… Pues bien, resulta que según el programa informático SpinVox, desarrollado por Vodafone para trasformar sonidos en mensajes de texto, las diez palabras más utilizadas del idioma español (ignoro si el orden es jerárquico o aleatorio) son: Fistro, piltrafilla, mal-quedas, canijo, quillo, picha, kinki, friqui, petardo y pasmarote.

¡Ni una! ¡Lo juro por Minerva, diosa de la sabiduría! ¡Ni una sola de esas palabras, estoy seguro, las he pronunciado en mi vida! Si acaso, canijo, picha y pasmarote, en tiempos muy muy lejanos… Decididamente, y aprovechando que mañana es el Día del Libro (no tiene nada que ver esa efémeride con lo que estoy contando pero no deja de ser curiosa la coincidencia) y el gran día de las Letras Españolas, voy a aprovechar para pedir la nacionalidad canadiense y que me autoricen a residir en el Territorio Autónomo de Nunavut. Suena éxotico, pero seguro que no tienen en su lengua palabras tan horteras como las que, según Vodafone, son las más utilizadas por mis conciudadanos… Aunque a lo mejor es que como yo soy de Movistar, no me había enterado… Sean felices…, si es que pueden después de leer cosas como éstas… (HArendt)

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(Diario El País)

“Las diez palabras más utilizadas de la jerga española”, por David Corral

SpinVox, el software que permite transformar conversaciones de voz en mensajes de texto, elabora un ranking de las palabras más utilizadas en español. “Fistro” se ha empeñado en perdurar al paso del tiempo. Las palabras que caen en la jerga española tienen dos caminos: envejecer como la carcoma con aire rancio y vetusto o quedarse para siempre hasta ocupar un espacio en el diccionario de la Real Academia. Hay varios métodos para tomar el pulso al lenguaje de una sociedad que cada vez es más dependiente de la telefonía móvil, Internet u otros sucedáneos. Por lo que testear espiando el uso del móvil puede resultar al menos sintomático.
       
SpinVox es un software que permite transformar conversaciones de voz en mensajes de texto. La aplicación práctica que tiene este programa es sencilla, si alguien tiene el teléfono apagado o fuera de cobertura podrá recibir los mensajes de su buzón de voz en un SMS. En esa transformación de lo hablado a lo escrito siempre hay lagunas, y es que no se habla con la norma en la mano. La jerga hace que el sistema encuentre palabras que son tan cotidianas como desterradas del diccionario. Por ello SpinVox cuenta con un sistema que aprende nuevas palabras y las incorpora a su diccionario interno, en menos de dos años han transformado automáticamente unos 50 millones de mensajes en cuatro idiomas, entregados como SMS, correos electrónicos, blogs o posts de distintos espacios sociales. Una de las consecuencias de este método es que se puede hacer una valoración sobre cómo habla la sociedad. Uno de los ranking facilitados por la compañía ha sido las diez palabras más utilizadas de la jerga española.

1. Fistro: Introducida por el humorista Chiquito de la Calzada hace años, la palabra designa de forma despectiva a alguien. En todo caso, su utilización indica que la persona aún no ha renovado su lenguaje desde hace unos cuantos años. La moda pasó, pero a pesar de ello la gente la sigue utilizando en sus conversaciones habituales de tal manera que se ha colado en el ranking.

2. Piltrafilla: Un popular anuncio de atún la catapultó a la lengua popular y desde entonces ha sido adoptada para distinguir a las personas desaliñadas o que son un desastre. También se utiliza para expresar que el cansancio ha hecho demasiada mella.

3. Mal quedas: Es el caso de las personas que prometen en exceso y finalmente no cumplen ni una de sus palabras.

4. Canijo: Su origen proviene de canícula palabra latina que significa perrita, con ello se pretende designar a aquel que es débil, bajo o pequeño de estatura.

5. Quillo: La gracia andaluza se exporta al por mayor. La palabra proviene del apocope de chiquillo.

6. Picha: Otra de las expresiones andaluzas más célebres. Su significado no es otro que el de compadre o compañero.

7. Kinki: Es una palabra admitida por la Academia, su forma correcta a la hora de escribirla sería quinqui, y designa a aquellas personas que pertenecen a un grupo social marginado por su forma de vida.

8. Friqui: Persona extravagante. Para algunos: raro. Para otros, simplemente diferente al resto por determinadas y peculiares manías.

9. Petardo: La jerga ha otorgado un valor completamente diferente a su significado originario, de lo explosivo a lo aburrido.

10. Pasmarote: La última palabra que figura en la particular clasificación designa a aquellas personas embobadas o ensimismadas. (El País, 22/04/08)

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“Vámonos, Sancho, pues no me reconozco en esta triste patria mia…”
(http://www.rincondelvago.com)

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Monday, April 21, 2008

El cielo existe


Hoy cumple mi nieto Gabriel tres años. Y hace unos días, Guillermo, uno… No creo que se pueda expresar con palabras lo que se siente viéndoles hacerse “mayores”, poder entenderles y entenderse con ellos, disfrutar de su sonrisa y sentirles felices… Es como estar en el cielo. Ese cielo existe, y se llama Gabriel y Guillermo…
(HArendt)


Gabriel


Guillermo

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Sunday, April 20, 2008

¿Sesenta años perdidos?

El próximo 14 de mayo hace justamente sesenta años que David Ben Gurión proclamaba en el Museo del Arte de Tel Aviv la Declaración de Indepencia del Estado de Israel. Un hecho histórico sancionado un año antes por la Asamblea General de las Naciones Unidas. ¿Por qué, entonces, cada vez que me decido a escribir algo sobre esa herida sangrante y permanente del conflicto árabe-israelí me tiene que doler el alma? ¿Hemos perdido sesenta años en una lucha estéril y fratricida? No tengo mala conciencia por declarar mi admiración y mi cariño por Israel. Nunca le va a faltar aunque yo también critique con dureza y pena gran parte de las actuaciones del gobierno israelí. Por eso me duele cuando leo crónicas como la que en El País de hoy escribe gente que admiro, como el escritor Juan Goytisolo. Me duele, porque pienso que a él también le pasa lo mismo cuando se pregunta “si hay algo que conmemorar” en este sesenta aniversario. Declaración que entiendo compatible con la, a mi parecer, emocionada dedicatoria al compositor Daniel Barenmboin, -argentino,español, israelí y palestino- al comienzo de ella, y porque confieso que a mi también me hubiera gustado haber celebrado esta histórica efeméride con una paz definitiva entre los dos pueblos herederos de una tierra santa por tantas razones. ¿Sesenta años perdidos, pues? A pesar de todo, pienso que no. (HArendt)

No se puede mostrar la imagen “http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/3/36/Declaration_of_State_of_Israel_1948.jpg” porque contiene errores.
Tel Aviv, 14 de mayo de 1948. David Ben Gurión proclama la creación del Estado de Israel

(http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/3/36/Declaration_of_State_of_Israel_1948.jpg)

“¿Qué debemos conmemorar?”, por Juan Goytisolo

A Daniel Barenboim, argentino, judío y palestino ejemplar. He firmado, con las reservas que expreso más adelante, la carta encabezada por el poeta Mahmud Darwish sobre la próxima conmemoración del 60 aniversario de la creación del Estado de Israel. Los hechos expuestos en ella -resumidos en una cita de Edward Saíd escrita diez años antes-, los conoce el lector: desposesión de sus hogares a centenares de miles de palestinos, reducidos desde entonces a una precaria condición de refugiados en Cisjordania, Gaza y los vecinos países árabes; incumplimiento por Israel de todas las resoluciones de Naciones Unidas sobre ellos; inexorable política de colonización de los territorios ocupados en la Guerra de los Seis de los Días. Obviamente, los palestinos no tienen cosa que celebrar sino su propia tragedia: esta Naqba o Desastre que destrozó sus vidas y les convirtió en huéspedes indeseados de sus “hermanos árabes” en los campos misérrimos de Jordania y Líbano o víctimas de un brutal régimen de apartheid en su propia tierra.

Tampoco la comunidad internacional tiene motivos de regocijo alguno: gracias al veto norteamericano sus resoluciones son letra muerta. El sostén incondicional de Washington al expansionismo de Tel Aviv se traduce en una política de hechos consumados que viola a diario las leyes y normas comúnmente consensuadas. Ninguna nación, desde que la ONU existe, ha ignorado éstas con tanta constancia, sin suscitar boicoteo ni represalia algunos. Creado para procurar un hogar nacional a los judíos víctimas del racismo europeo y luego del Holocausto nazi, a fin de que disfrutaran de un Estado como los demás, Israel se ha convertido paradójicamente, como observó Jean Daniel, en un Estado diferente de los demás: su obstinada y férrea excepcionalidad se prolonga al hilo del tiempo y no tiene trazas de cesar, sino de agravarse.

La situación de los palestinos en los Territorios Ocupados ha ido de mal en peor desde la guerra de 1967 en la que Israel derrotó a los ejércitos árabes. Como pude comprobar de visu en sucesivos viajes -Diario Palestino de 1988, Ni guerra ni paz de 1995 y durante la posterior visita a Cisjordania y Gaza con una delegación del Parlamento Internacional de Escritores-, las ilusiones forjadas por las declaraciones apaciguadoras de algunos líderes europeos, el llamado Proceso de Madrid, los Acuerdos de Oslo, la Hoja de Ruta o el más reciente ceremonial mediático de Annapolis bajo la égida del presidente Bush, se desvanecen ante la cruda realidad de los hechos: los guetos degradados y sucios de la franja de Gaza, con sus chabolas miserables, edificios chamuscados o ruinosos, al bañales con toda clase de vertidos y basuras, paredes cubiertas de pintadas patrióticas y vengativas, son los mismos de siempre. En Cisjordania, conforme verifiqué en la última asomada a Ramala, las alambradas rodean tanto a los asentamientos y puestos de control de ocupante como las zonas castigadas. Protegen y excluyen, unen áreas separadas y separan áreas contiguas, entretejen un laberinto de ínsulas que mutuamente se rechazan e imantan. En algunos lugares resulta difícil distinguir lo que abarcan y vedan, su interior y exterior. Un complejo sistema circulatorio, con ramificaciones capilares, manifiesta la voluntad del ocupante de fragmentar el territorio en retazos y partículas que parecen imbricarse pese a su ignorancia recíproca. En corto: islotes e islas fortificados en un mar de pobreza y humillación. Resulta evidente para cualquier observador que el proceso de paz ha perdido toda su credibilidad. El Gobierno israelí quiere cantonalizar los territorios palestinos y convertirlos en una serie de bantustanes inviables. Los jóvenes de la franja de Gaza -la inmensa mayoría de su población- viven apretujados, sin trabajo, distracciones, posibilidad de emigrar ni de fundar una familia. Dicha situación infrahumana explica el apoyo a Hamás. En palabras de un maestro afiliado a Al Fatah, ’se sienten morir en vida y su corazón se transforma en una potencial bomba suicida. No les importa morir porque se sienten ya muertos’. La política israelí de tierra quemada y del cuanto peor, mejor, no es sólo contraproducente sino también, a la larga, autodestructiva. Recuerdo la frase de Marek Halter, ‘tengo miedo por Israel e Israel me da miedo’, y comparto su preocupación. El tiempo no juega a favor del Estado judío ni del unilateralismo de la política exterior estadounidense causante del desastre de Irak. Los extremismos se alimentan recíprocamente y conducen a un callejón sin salida: miseria y más miseria para los palestinos y permanente inseguridad para Israel pese a su aplastante superioridad militar. La desdichada propensión a la retórica de los dirigentes árabes -tan justamente denunciada por Edward Saíd- y reiterada hoy por el presidente de Irán, no favorece en modo alguno a la causa palestina: hablar de ‘entidad sionista’ para referirse a Israel o de ‘entidad hostil’ como hace el Gobierno de Tel Aviv para justificar el bloqueo y brutal castigo de la población de Gaza es rendirse a una lógica destructiva. Resulta tan chocante oír por boca de viceministro de Defensa israelí, Matan Vienel, la amenaza de un holocausto a los palestinos si no cesan su lanzamiento de cohetes artesanales, como la indecente bravata de arrojar a todos los judíos al mar. La dramática situación de la Franja, convertida en un gueto de un millón y medio de personas y sometida desde hace dos años a un cruel asedio terrestre, aéreo y marítimo, no puede dejar indiferente a nadie. La incapacidad de la Unión Europea para dar fin a un apartheid peor que el abolido en Suráfrica, exige una mayor implicación de todos los países de la cuenca mediterránea. Una fuerza de interposición en torno a Gaza, que impidiera el lanzamiento de cohetes a Sdarot y permitiera vivir dignamente a sus habitantes, como propuso el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, sería un primer paso en la buena dirección. El largo y doloroso conflicto palestino-israelí sólo puede resolverse, y algún día se resolverá, mediante el retorno a la legalidad internacional, esto es, a las fronteras existentes con anterioridad a la Guerra de los Seis Días. Hace 20 años, en mi Diario Palestino, citaba la frase de un intelectual de Jerusalén este sobre el doble y contradictorio sueño de los descendientes de Isaac e Ismael: la desaparición o inexistencia milagrosos del adversario. Pero el problema, concluía, ‘tanto en nuestro caso como en el de ellos, estriba en si estamos dispuestos a aceptar algo menos que nuestro sueño’. De este sueño reducido a medias, depende la paz difícil, a largo plazo que, desdichadamente, algunos no veremos: un acuerdo que desactive el polvorín de Oriente Próximo y favorezca una paz justa y durable. Entonces, sólo entonces, podremos conmemorar el aniversario de la creación de un Estado, o, mejor dicho, de dos Estados -el palestino y el israelí- exactamente como los demás. (El País, 20/04/08)

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Texto Oficial de la Declaración de Independencia de Israel
(http://www.knesset.gov.il/docs/images/megila.jpg)

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Tan cretinos como ruines…


“Lo cretino, en ti, /No excluye lo ruin. / Lo ruin, en tu sino, /No excluye lo cretino. / Así que eres en fin, / Tan cretino como ruin”. Con estos despreciativos y elegantes versos contestaba a finales de la guerra civil el poeta Luis Cernuda a los que se mofaban de su condición de homosexual, ya que no podían hacerlo de su condición de poeta. Lo dice el escritor Javier Rioyo en el suplemento Domingo de El País de hoy. Y eso mismo que denunciaba Cernuda hace setenta años, hacen los mamporreros “berlusconianos” hispánicos de hoy, creativos multicolores y vocingleros, salvapatrias insultones bajo el protector manto de una jerarquía indecorosa e indecente que no ve más allá de sus narices, de todo el que discrepa y se muestra diferente e indiferente a sus proclamas… Va por vosotros, varonil muchachada de copes, mundos y telemadrises… Y para los demás, que sean felices.
  (HArendt)

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El poeta Luis Cernuda (a la derecha) con la filósofa María Zambrano
(Diario El País)

“Machos, chulos y otros animales”, por Javier Rioyo

La semana arrancó alegre, confiada, republicana y callejera. Bebimos un vino, o dos, por Azcona, en un día muy poco cruel del mes de abril. Un buen día, el 14, para seguir brindando como alegres ilusos de una novela de Rafael. Y llegó Zapatero y brindó moderadamente por el guionista. Es sobrio, tiene control y al día siguiente prometía, en compañía de los/las suyas. Y ante el monarca que supo perder con el Getafe y ganar con el Valencia. Los reyes nunca pasan sed.

Y llegaron los machos, chulos, quintacolumnistas de lo cañí, camisas nuevas del viejo mundo, y se pusieron a escribir chistes de casino. Como patéticos mozos muy jaraneros. No estaban solos, estaban tomando cañas con Berlusconi. También de chulo teñido, subido en sus calzas y con sus televisiones de mujeres neumáticas, de salsas rosas y mamachichos. Flor de la chulería, compañero de viaje de lo peor de esa degradación italiana que vive entre nosotros.

Periodistas de pellizcos furtivos, de acosos en despachos o expertos en misses. Tropa de machotes, chulos con tirantes, morcilleros, pequeños, o altos, escribidores con tribunas pagadas y bendecidas por la reacción. Con ellos el berlusconismo se encuentra en casa. Batallón de modistillos que hacen un ruido incapaz de movilizar a hombres, a mujeres que merezcan la pena. Siguen encerrados en el nicho de los chulos. Una vieja historia.

Hay otros hombres, otros españoles que han escrito desde sus antípodas. Que supieron retratar a los mezquinos en verso. Fuimos a la presentación de la más completa biografía de Luis Cernuda, premio Comillas de biografía, escrita por Rivero Taravillo. Historia de un español, un sevillano amante del norte, del crepúsculo, la niebla, el sherry y el jazz. Años españoles al poeta que quiso ser inglés, que terminó en México deseando volver a su querida y malquerida tierra. Entre la realidad y el deseo nos dejó algunos de los mejores poemas de nuestro idioma. Esteta hasta en el frente, hasta en el batallón de la sierra de Guadarrama, donde tomó armas y uniforme. Soldado de poca fortuna, de pocas semanas. La homofobia no conoce ideologías. Pero no pudieron impedir que su pluma valiera muchas pistolas. Les dedicó -podía haber pensado en machistas de hoy- una respuesta en verso: “Lo cretino, en ti, /No excluye lo ruin. / Lo ruin, en tu sino, /No excluye lo cretino. / Así que eres en fin, / Tan cretino como ruin”.

Y recordando a otro poeta que también sufrió y huyó de la soldadesca, José Miguel Ullán, que estrena obras completas, y entender cuáles son nuestras cadenas antes de hacernos los graciosos tabernarios: “Mero ahorro señor, Señor, hubiera sido hacernos todo desmemoria y sexo”. Lo malo es que algunos de los animales, aún desmemoriados, escriben. (Domingo, 20/04/08)

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“Elegy”

Hace unos días se estrenó en Madrid la película “Elegy”, de la cineasta catalana Isabel Coixet. No la he visto todavía pero espero hacerlo pronto porque me encantan las historias que cuenta esta formidable mujer. Tampoco he leído la novela del escritor norteamericano Philip Roth en que se basa la película. No será la primera vez, por suerte, en que una buena película nos acerca al libro en que se ha basado su guión. Como desconozco el contenido de ambos, lo dejo así. Sean felices y buenas noches. (HArendt)

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La cineasta Isabel Coixet (El País, 18/04/08)

“El estreno de “Elegy”, de Isabel Coixet”

Bautismo cinematográfico de la legislatura: Zapatero y Molina acuden junto a numerosas personalidades al preestreno de ‘Elegy’, el ‘thriller’ de Coixet. El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, su mujer, Sonsoles Espinosa y el ministro de Cultura, Cesar Antonio Molina, acudieron anoche al Cine Capitol de Madrid, en el que tuvo lugar el preestreno de la película Elegy, dirigida por la cineasta catalana Isabel Coixet y protagonizada por Penélope Cruz y Ben Kingsley.

Numerosas personalidades del mundo del cine y de la cultura no quisieron perderse este thriller erótico inspirado en la novela de Philip Roth El animal moribundo, que se estrenará al público este viernes. Entre los asistentes a la premiere se encontraban la protagonista del film, Penélope Cruz; su hermana, Mónica Cruz; el actor que da vida a Luisma en la serie de televisión Aida, Paco León; las actrices Leonor Waitling, Alicia Borrachero y Silvia Marsó; la escritora Lucía Etexebarría y los diseñadores Iñaki y Aitor Muñoz.

Antes de entrar en la sala de cine, Isabel Coixet y Penélope Cruz posaron para los fotógrafos junto a Zapatero, Sonsoles Espinosa y Molina. Finalmente, al acto no asistió la ministra de Defensa, Carme Chacón.

La obsesión del amor: En la película, Cruz da vida a Consuelo Castillo, una bella alumna que inicia una historia de amor con el carismático profesor universitario David Kepesh (Kingsley). La joven se convertirá en una obsesión para Kepesh, a quien los celos acabarán por apartarle de ella. Dos años después, sus vidas volverán a cruzarse.

Elegy, cuyo guión está firmado por Nicholas Meyer, es el quinto largometraje de la cineasta catalana que, recientemente, recibió el encargo de rodar los cuatro spots electorales del PSOE durante la pasada campaña de los comicios generales.

Según afirmó ayer por la mañana la también directora de títulos como Cosas que nunca te dije, La vida secreta de las palabras y A los que aman, Elegy “habla de cosas fundamentales, la vida, la familia, el miedo a querer”. Además, Coixet mostró su intención de volver a trabajar con Penélope Cruz en próximos proyectos.

Isabel Coixet cocina una ración de claustrofobia romántica y Penélope Cruz se encierra en el universo de Philip Roth. Aviso a navegantes: en la última película de Isabel Coixet (Barcelona, 1960) no hay estallidos popdramáticos, ni disertaciones repletas de aciertos al estilo Cosas que nunca te dije (1996) o Mi vida sin mí (2003). Hay diálogos incisivos, por supuesto, aunque ante todo hay sobriedad, elegancia, claustrofobia y no tanto sexo como en la novela original en la que se basa el guión, El animal moribundo, de Philip Roth. “Sí, va del amor, la muerte, la ausencia, el dolor, el sexo… ¡No puedo más!”. Coixet estalla en carcajadas. Tras un día de promoción, la charla le sirve de descompresión. Ha dirigido Elegy, y en el proceso ha ganado unas batallas y perdido otras. “Cuando volaba a Los Ángeles a negociar con los productores, escribí un listado de cosas irrenunciables. Hice de operadora y me puse detrás de la cámara. Cambié el guión. Contrataron a los actores que quise. He perdido la discusión con el título”. Coixet vuelca siempre mucho de sí misma en su cine: “Nunca he vivido atenta a las miradas de los hombres. Y ahora aún menos. Por eso estaba preparada para Elegy. Conozco a los hombres mejor que a las mujeres. Porque nosotras somos más impredecibles. Vosotros, con honrosísimas excepciones, tenéis comportamientos más obvios. Entiendo que alguien valore su independencia y que huya del compromiso. Pero lo que más perjudica las relaciones entre ambos sexos es que a los hombres os cuesta mucho aceptar que os quieran. Aunque aviso: yo no soy la doctora Hite, y además pienso que las mujeres también metemos la gamba”.

De sátiro sexual a profesor enamorado. El guión de Nicholas Meyer -que ya había adaptado La mancha humana- revolucionó la historia de David Kepesh y su alumna cubana. Coixet remató -con, por ejemplo, un nuevo final- la jugada. “Le tengo mucha manía a Casanova. Es un rollo. Es que con el sexo, la historia acaba enseguida. Y reconozco su importancia. Sin embargo, hay sentimientos que dan más juego. Hablé con Philip Roth. Él insistía mucho en la secuencia en la que Consuelo le hace a David una fellatio, él le arranca el pelo y ella le muerde. Roth me lo leyó cinco veces, repitiéndome el ruidito de los dientes. Y al final le confesé que yo era de Barcelona y que aquello no me escandalizaba en absoluto”. Fuera del guión. Y Roth no muy contento, probablemente porque El animal moribundo es autobiográfica.

Y después, salto a Japón. Coixet está acabando el guión de Mapa de los sonidos humanos, la obsesión de un coleccionista de sonidos y mujeres, una idea que le surgió cuando una chica del mercado del pescado de Tokio se negó a que Coixet la fotografiara. “Habrá una asesina a sueldo y será una historia muy Murakami [el escritor Haruki Murakami]. Ojalá él haga un cameo”. Con todo lo que ríe Coixet, cómo sufren sus personajes.

La primera en llegar a Elegy fue Penélope Cruz, contratada desde hace seis años. La actriz charla en una habitación en la que una litografía ilustra el mito de Penélope, que tejía de día y deshilaba de noche. La madrileña, en cambio, teje y teje. Ahora ensaya con Pedro Almodóvar Los abrazos rotos. “Pedro me provoca un miedo muy sano y, sobre todo, mucha adicción”. Y después de ese rodaje llegará Nine, el musical en el que cantará y bailará junto a Javier Bardem. “Ya he ensayado algunas coreografías y tomado clases de voz. Me ilusiona mucho”.De su Consuelo de Elegy, sólo tiene buenas palabras: “Me obsesioné con el libro y con el personaje. Le conocía como la palma de mi mano”. También para Coixet: “Fue honesta. Luchó por lo que creía. Y ganó”.

La delicadeza de una cineasta. El estadounidense Philip Roth está cerca de ser un dios intocable en la literatura contemporánea. Con la obra cinematográfica de Isabel Coixet, los especialistas se han dividido entre los que alaban su capacidad visual pero opinan que es incapaz de controlar sus excesos de puesta en escena, y los que poco menos que la detestan. Así que ante una crítica como la de Elegy, adaptación de la novela de Roth El animal moribundo (2001), dirigida por Coixet, lo fácil sería no salirse de la tangente, acudir a la frase hecha y al lugar común. La inmensa mayoría de las reseñas del Festival de Berlín, donde el filme compitió en su sección oficial, ya fueron así. Ésta no. Sin comparaciones, cada una en su terreno: El animal moribundo está lejos de ser una buena novela; Elegy está cerca de ser una excelente película.

El guionista Nicholas Meyer y la propia Coixet han eliminado pasajes del libro, redefinido la esencia del protagonista masculino, desarrollado episódicos personajes de la novela, modificado el tono de las escenas de sexo, y cambiado el desenlace del relato. ¿Han convertido El animal moribundo en otra cosa? Quizá, aunque tanto la base, la relación entre un maduro profesor universitario y una de sus alumnas, como el desarrollo de los acontecimientos sigan estando ahí. Sin embargo, la disquisición panegírica y la lujuria con tendencia a lo grotesco han dejado paso al romanticismo y a la delicadeza. Roth se pasaba cerca de 40 páginas (de un texto de 170) describiendo el sexo entre los protagonistas a través de una prosa vulgar (en el sentido de común o general): “La primera vez que me la chupó, movía la cabeza con un implacable y rápido rat-a-tat-tat, y era imposible que no me corriera mucho antes de lo que deseaba, pero (…) entonces ella se detenía bruscamente y recibía mi esperma como un desagüe abierto”. En la película apenas hay sexo explícito, y cuando lo hay, está filmado con elegancia bajo los acordes de piezas para piano de Erik Satie. El momento más extravagante de la novela, el de las fotos a la mujer enferma, hacia el final, cuando el texto ya va en caída libre, es eliminado en buena parte, sintetizado en un acto de amor al que se le ha añadido música del estonio Arvo Pärt. Desde luego, Satie, sereno y desconsolado, y Pärt, inquietante y espiritual, están en las antípodas de todos los desagües abiertos y cualquier rat-a-tat-tat.

Penélope Cruz, cercana, sensible, y Ben Kingsley, tan enérgico como asustadizo, están magníficos, como los implacables secundarios: Dennis Hopper, Patricia Clarkson, Peter Sarsgaard. Coixet, salvo un fugaz instante en una playa, gana la partida a su lado más publicitario y pegajoso. Su puesta en escena es mesurada, distinguida. Su primera película con guión ajeno es seguramente su mejor obra. (Gregorio Belinchon y Javier Ocaña / El País, 17 y 18/04/08)

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No siempre fue así…

Dicen los mitos hebreos que Lilith fue la primera mujer y la primera esposa de Adán, anterior a Eva. Su origen puede ser sumerio, pero se encuentra también, con diversas denominaciones, entre los griegos y las más antiguas culturas y civilizaciones. Sobre el papel determinante de la mujer en los primeros relatos históricos creo que está todo dicho. Luego, su papel se fue difuminando hasta casi desaparecer o quedar reservado al estricto ámbito de la intimidad del hogar. ¿A causa de la ideología judeocristiana, más tarde heredada por el islamismo? No me atrevería a tanto…

Un amigo de La Coruña me envía un interesante texto que reproduzco más adelante sobre el papel de la mujer y su lucha por la igualdad a lo largo de los tiempos, en el que no siempre tuvo el rol de sometimiento al varón que ha padecido desde hace siglos hasta prácticamente nuestros días. No, desde luego, en Egipto; ni en la Grecia y la Roma clásicas, aunque es verdad que su presencia en la vida pública era prácticamente inexistente. Me ha sido imposible conocer la autoría del texto, pero en todo caso, aquí  está el enlace a la página electrónica original donde aparece el mismo. Disfrútenlo. Y sean felices… (HArendt)

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“Lilith”, de John Collier (1850-1934): (http:www.seleccione.blogspot.comm)

“Ni hembras atadas ni patas quebradas”

Bajo este título prestado se resumen algunos ejemplos históricos que, mirados sin los prejuicios y predisposiciones inducidos por el permanente lavado de cerebro que llamamos política, podrán aportar cierto consuelo a las pobres mujeres atribuladas por el martirio silencioso de sus abuelas y a los pobres hombres avergonzados de las atrocidades de sus infames abuelos, y ello hasta la enésima generación; ya que, como podrá entreverse en las páginas siguientes, ni nuestras antepasadas desempeñaron el papel de eternas cenicientas inventado para ellas por el victimismo retrospectivo, ni nuestros antepasados fueron los eternos barbazules sanguinarios de la historia más falsa jamás contada.

Y así, mientras nuestros implacables patriarcas ejercían su función explotadora, uncidos al arado o encadenados al remo, picando en la cantera o mirando desde sus cuencas vacías el infinito azul sobre el campo de batalla, ¿qué suerte corría la clase oprimida por razón de género?  ¿Ahuyentaba las fieras lejos del poblado? ¿Cazaba en inhóspitos parajes, ora el bisonte fiero, ora el jabalí sañudo?  ¿Lidiaba con sanguinarios enemigos que pretendían sobrevivir en la misma tierra?  ¿Se aventuraba mar adentro en frágiles barcas de pesca?  ¿Bajaba a las sulfúreas  minas, subía a los vertiginosos andamios?

Para imaginarnos cómo era la vida en Europa hace treinta mil años nos bastaría con ver una buena película de “indios” -si las hubiese-, preferiblemente de las Grandes Llanuras, puros recolectores y cazadores trashumantes.  A falta de esa buena película, cualquiera de las numerosas descripciones antropológicas nos servirá, desde los diarios de Lewis y Clark en su expedición transcontinental de 1804 hasta el trepidante “Enterrad mi corazón en Wounded Knee” (1970), de Dee Brown, dos ejemplos clásicos.

Según los abonados a la teoría (made in Engels) de la explotación familiar de la mujer, esos milenios de trashumancia errante fueron la edad de oro de la humanidad. No existiendo la propiedad privada ni la riqueza, ¿qué podía faltar al ser humano para ser feliz?  Ya sabemos que Engels, sin ser feminista, puso la piedra angular del moderno feminismo, simplemente porque la familia tradicional, como marco básico de la propiedad privada y la herencia, no tenía cabida en su esquema político.  Para deslegitimar la familia, Engels decidió que el microcosmos familiar reproducía, a escala doméstica, el sistema de explotación de clases del macrocosmos social, haciendo el marido las veces de burgués y siendo la esposa trasunto del proletariado. Por ello, la edad feliz, igualitaria y libre fue la de las hordas errantes del paleolítico, antes de que la agricultura neolítica trajese consigo la propiedad de los medios de producción, la vivienda estable, la seguridad alimentaria, la organización social, la cultura y todos esos instrumentos de explotación que sacaron a la humanidad de su paraíso primigenio y su esperanza de vida de 24 años, hasta situarla en nuestro moderno infierno capitalista y sus 84 años de esperanza de vida.

Nuestra entrañable horda paleolítica vivía, sobre todo, de la caza. Los rebaños de bisontes proporcionaban el alimento (la carne fresca y, para los intervalos sin caza, el “pemmicam” seco), el vestido, la vivienda, los recipientes, los instrumentos de hueso… La vida del siux, al igual que unos milenios antes la del hombre centroeuropeo, dependía enteramente de los rebaños de bóvidos.  ¿Y en qué consistían los “medios de producción” que permitían la supervivencia de la tribu?  Los “medios de producción”, mal que le pese a Engels, eran el arco, la lanza y el valor físico del cazador. Nunca la mujer dependió tanto del hombre para sobrevivir como en esa supuesta arcadia primigenia.  Las disposiciones de la Naturaleza eran sencillas: el hombre cazaba, defendía el territorio de caza y, de ese modo, aseguraba el sustento al resto del grupo. La mujer cumplía la función esencial de procrear y velar por la prole. Ambas funciones eran indispensables y complementarias. Se trataba, simplemente, de llegar vivos al verano siguiente, y no había lugar para experimentos sociológicos y demás lujos de la historia.

¿Quién llevaba la peor parte? ¿El cazador que, cubierto con una piel de bisonte, se introducía furtivamente entre las reses que pastaban y disparaba su flecha –a riesgo de morir pisoteado por miles de pezuñas si el animal herido provocaba el pánico del rebaño-, o la mujer que se encargaba después de preparar y almacenar la carne?  Si, en la vida urbana actual, la violencia de todo tipo siega un número de vidas masculinas tres veces superior al de víctimas femeninas, y si esa proporción es cuarenta veces superior cuando se trata de accidentes laborales, el tributo de vidas masculinas que la humanidad paleolítica debía de pagar para garantizar la supervivencia del grupo era, sin duda, exorbitado. Tampoco debemos olvidar las tasas de mortalidad femenina relacionadas con el parto, y las feministas tendrán buen cuidado de recordárnoslas y cargarlas en nuestro saldo histórico pendiente, pero, por desgracia para su memorial de agravios, esa mortalidad de parturientas es completamente ajena a cualquier maniobra del patriarcado y tiene únicamente que ver con la decantación evolutiva de la naturaleza humana hacia la bipedestación y la encefalización, con la subsiguiente reorientación y angostura del canal del parto.

Sin duda, Engels era urbanita. Y también sus lectores más crédulos.  En una economía rural de subsistencia, minifundista y no mecanizada -como la que alcanzamos a conocer en el norte peninsular de los años cincuenta, con segadores a hoz y labradores de arado romano-, los medios de producción son cuatro vacas y sus correspondientes aperos. Los excedentes no existen. No hay marido burgués, ni mujer proletaria. Hasta Simone de Beauvoir, legataria ideológica de Engels y fundadora del feminismo contemporáneo, reconoce que, en el medio rural, las cargas laborales se han repartido históricamente por igual. Es decir, la inmensa mayoría de la humanidad ha vivido durante milenios en ese pie de absoluta igualdad conyugal garantizado por la pobreza.

En su libro “Las Egipcias”[1], Chistian Jacq hace un retrato de la mujer del antiguo Egipto que, desde luego, dista mucho del que correspondería a una “proletaria” doméstica sujeta a la dominación de su “burgués” marido. Lo que más sorprendió a los primeros griegos que visitaron Egipto fue la autonomía de las mujeres, hasta el punto de que el geógrafo Diodoro de Sicilia afirmaba, en el siglo I a.C., cuando ya Egipto estaba en el ocaso de su civilización, que la mujer egipcia tenía plenos poderes sobre su marido. Herodoto nos cuenta que son las egipcias quienes frecuentan el mercado y se encargan del comercio, mientras los hombres se quedan al cuidado de la casa y tejen.[2]

Lo cierto es que, gracias al sistema jurídico egipcio, la mujer y el hombre eran iguales de derecho y de hecho. Las egipcias ocuparon las más altas funciones del Estado, y su papel político y social fue determinante en la historia de Egipto. En el imperio egipcio gobernaba siempre una pareja, y no existe ningún ejemplo de faraón varón soltero, ya que la gran esposa real era indispensable para celebrar los ritos y mantener los vínculos entre el cielo en la tierra. Las reinas participaron de modo efectivo en el gobierno del país; lejos de ser “primeras damas” en segundo plano, desempeñaban funciones de mujeres de Estado.

Nitocris (2184-2186 a.C.) es la primera mujer faraón de la que hay constancia histórica. Tras ella se suceden otros nombres de faraonas por vía hereditaria o regentes: Sobek Neferou, Ahmes-Nefertari, Hatsepsout, Tiyi, Nefertiti, Munedymet, Tuy, Nefertari, hasta llegar a Cleopatra. Ya sabemos que, desde la más remota antigüedad hasta tiempos muy recientes, la diferencia más sustancial entre un rey y una reina consistía en que el primero estaba obligado a usar más el yelmo y la espada que la corona y el cetro, justo al revés que la segunda. Un ejemplo precoz es el de la faraona Iah-Hotep, que dirigió desde 1570 a.C. la lucha contra los hicsos que ocupaban el norte de Egipto. Su marido Sequenenré mandaba el ejército y murió en combate, según prueban las heridas halladas en su momia. Su hijo Kamosis tomó el relevo, y también murió en combate. Su otro hijo, Ahmosis fue finalmente el que consiguió vencer a los invasores y liberar la tierra de Egipto. La faraona Iah-Hotep siguió reinando imperturbable.

Ninguna mujer egipcia estaba obligada a casarse. La mujer soltera poseía autonomía jurídica, bienes propios que gestionaba por sí misma, y plena responsabilidad. En caso de matrimonio, elegía libremente marido, sin que los padres pudieran imponérselo. Nada impedía a las jóvenes mantener relaciones sexuales antes del matrimonio, aunque en algunos documentos se cita el “regalo de la virgen”, que la mujer podía exigir al contraer matrimonio como premio a su virginidad. No existía la poligamia, y cuando se ve alguna representación iconográfica en la que un marido está acompañado de dos o más esposas, se trata de esposas sucesivas, no simultáneas, aunque se represente al grupo unido en el más allá. En las representaciones, el marido y la mujer tienen el mismo tamaño y adoptan posturas de complicidad, como por ejemplo la colocación del brazo de la mujer sobre el hombro de marido.

Sin embargo, el marido estaba obligado por un compromiso formal a garantizar el bienestar material de su mujer en caso de separación. El marido que abandonaba a su mujer debía entregar a ésta los bienes previstos en el contrato matrimonial, y la tercera parte de todo lo adquirido a partir de la fecha del casamiento. Además, la mujer recuperaba los bienes aportados por ella al matrimonio, o su valor correspondiente. Por lo tanto, el hombre no podía divorciarse a la ligera, porque tenía mucho que perder. En cambio, la mujer que abandonaba el domicilio conyugal sólo debía otorgar una compensación ligera a su marido y conservaba la totalidad de sus bienes privados. Si era propietaria de la vivienda familiar, el marido debía abandonarla y buscar un nuevo domicilio. El adulterio se consideraba, tanto en el caso del hombre como en el de la mujer, una falta grave que conllevaba la ruptura y la pérdida financiera prevista en el contrato de matrimonio. El hombre reconocido culpable de adulterio era excluido de las sociedades profesionales y debía pagar una multa. En caso de viudedad, la mujer heredaba, como mínimo, la tercera parte de los bienes del marido, y repartía el resto entre sus hijos, sin ninguna distinción entre varones y mujeres. Si lo deseaba, volvía a casarse, pero conservaba la propiedad exclusiva de los bienes adquiridos en el matrimonio anterior o heredados.

La estructura de la familia egipcia en el tiempo de los faraones era simple: un padre y una madre -con idénticos deberes y derechos- y sus hijos. En general, la familia del antiguo Egipto no era muy numerosa: en la aldea de Deir el-Medineh[3], la familia más numerosa tenía cuatro hijos, y la media era de dos hijos. Había parejas sin hijos y personas solteras. Las egipcias, que utilizaban toda clase de productos de belleza, disponían también de anticonceptivos. En el papiro Ebers se recomienda, como medio para evitar embarazos no deseados, colocar en el fondo de la vagina un tampón impregnado de una sustancia formada de extracto de acacia (la goma de acacia fermentada produce ácido láctico, de propiedades espermicidas).

La escritura y la lectura eran accesibles por igual a las muchachas y los muchachos en las escuelas. De hecho, la documentación conservada prueba que una mujer podía desempeñar tareas de alta funcionaria, estar al frente de una provincia, de una ciudad o de un distrito administrativo. Asimismo, podía ocupar puestos como los de inspectora del Tesoro o de los talleres de tejidos. A excepción del ejército, la mujer podía participar en casi todas las actividades que caracterizaban la civilización faraónica. A lo largo de toda la historia del Egipto antiguo abundaron las mujeres escribas, cuyo recuerdo ha llegado hasta nosotros. Aparte de esa prueba material de que las mujeres recibían educación, se conserva una numerosa correspondencia de mujeres del pueblo de Deir-el-Medineh, mujeres sencillas, esposas de talladores de piedra, dibujantes, pintores, obreros a destajo u oficios similares que escribían a sus maridos u otros destinatarios y recibían cartas de ellos. En esas cartas se trataban los pequeños problemas de la vida ordinaria. Por ejemplo, según nos cuenta Christian Jacq, una mujer trata de persuadir a su interlocutor para que acepte una parcela de terreno a cambio del asno que le pidió prestado y debe restituirle; otra se queja de un amigo que no la atendió cuando estaba enferma; una tercera protesta porque su destinatario no se toma en serio la ligereza de conducta de su esposa. Todo ello prueba que la lectura y escritura estaban mucho más extendidas de lo que suele suponerse.

Grecia ha sido siempre un modelo admirado, la cuna de las ciencias y las artes, el ámbito de máximo esplendor de la antigüedad. Sin embargo, esa aureola no es grata a los ojos del feminismo, porque la mujer griega estaba ausente de la vida pública, relegada en las penumbras domésticas. Por fortuna para nosotros, la historia no puede reescribirse, y nadie podrá empañar el esplendor de la Grecia clásica porque su componente femenino sea poco visible. Y por desgracia para los antiguos griegos y las antiguas griegas, el feminismo, o algunas de sus manifestaciones más nocivas, hicieron su aparición en la época tardía de la civilización helena y precipitaron su caída. Amaury de Riencourt nos describe así el fenómeno, que guarda preocupantes paralelismos con la época actual:

“En medio de ese vacío creciente, el feminismo surgió e impuso sus propias metas sociales. La educación se generalizó, pero perdió en profundidad lo que ganó en extensión; en algunos Estados (Teos y Quíos) se establecieron escuelas mixtas basadas en el modelo de Esparta. […]  Se dio prioridad a los atributos de seducción de la mujer, más que a su dignidad como madre; la consecuencia fue la aversión a la maternidad. El aborto y el abandono de los recién nacidos se hicieron muy comunes y contaron con la aprobación de los filósofos del momento, que afirmaban que, de ese modo, se reducía el peligro de la superpoblación, con el resultado de que las tasas de mortalidad empezaron a ser superiores a las tasas de natalidad. El ansia de comodidades y placeres no estaba ya sujeta a ningún temor religioso; el Olimpo desaparecía lentamente tras la cortina de humo intelectual de los filósofos. Todos los ingredientes de una decadencia clásica se hallaban presentes; la prueba más destacada fue el acusado descenso demográfico”.[4]

A mediados del siglo II a.C., Polibio describía la crisis demográfica griega en los siguientes términos, que no desentonarían en cualquier análisis demográfico actual:

“Las gentes de este país han cedido a la vanidad y al apego a los bienes materiales, se han aficionado a la vida fácil y no quieren casarse o, si lo hacen, se niegan a mantener consigo a los recién nacidos o sólo crían uno o dos, como máximo, a fin de procurarles el mayor bienestar mientras son pequeños y dejarles después una fortuna considerable. De ese modo, el mal se ha desarrollado con rapidez sin que nadie se haya dado cuenta. […] Entonces, al igual que los enjambres de abejas, las ciudades se vacían de su sustancia y se extinguen poco a poco.”[5]

En una jornada memorable del año 195 a.C., las mujeres de Roma ocuparon las calles y cercaron las casas de los dos hermanos Bruto, tribunos de la plebe, para impedir que pudieran ejercer su derecho de veto, que presentían contrario a sus intereses. Catón el Viejo, que ejercía ese año el consulado, fue increpado violentamente por las manifestantes cuando se dirigía al Senado. “Cuando consigan la igualdad se convertirán en vuestras dueñas”, advirtió a los senadores en el discurso que nos ha transmitido Tito Livio. ¿Feministas en una época tan temprana? ¿Reivindicaban ya estas mujeres la igualdad en una época en que la vida pública era una actividad de alto riesgo?

En realidad lo que pedían las manifestantes romanas era la derogación de la Lex Oppia. ¿Una ley represora, sin duda, instrumento del patriarcado romano contra sus mujeres? Ni mucho menos. La Lex Oppia se había aprobado veinte años antes, para conjurar el peligro de aniquilación a manos de Aníbal, y prescribía una total austeridad de costumbres y la optimización de unos recursos indispensables para hacer frente al invasor. Entre otras cosas, prohibía a las mujeres la exhibición de joyas (cada mujer podía poseer, como máximo, 13,5 gramos de oro) o costosos vestidos purpurados.[6] Veinte años después, el rigor de esa ley se consideraba injustificado, y la facción liberal del Senado deseaba su derogación, en contra del parecer de los partidarios de preservar la tradicional austeridad romana. Las mujeres, por primera y última vez en la historia de Roma, tomaron las calles y apoyaron vigorosamente la restitución de su derecho a los ornamentos. Catón el Viejo hizo ese día gala de su malevolencia: “Cuando una mujer tenga dinero suficiente para adquirir algo, lo comprará; si no tiene dinero, se lo pedirá a su marido. ¡Pobre marido, tanto si capitula ante su mujer como si no! Porque si él no encuentra ese dinero, otro hombre lo hará en su lugar…”.  La respuesta, no menos gráfica, se la dio  el senador L. Valerio: “Siendo hombre, puedes enjaezar tu caballo con una manta de púrpura; en cambio, la ley prohíbe a la mujer que preside tu hogar vestirse de púrpura; el resultado es que tu caballo va mejor vestido que tu mujer”.[7]  Ganaron los liberales, y las mujeres romanas volvieron a la paz del hogar sabiendo que en lo sucesivo nada les impediría entregarse sin cortapisas a su pulsión ancestral y su arma más poderosa: la seducción. En el fondo, ellas sabían de sobra que la causa por la que se manifestaban no era superflua.

Mucha tinta ha hecho correr la figura del paterfamiliae (padre de familia) y sus supuestos poderes omnímodos. En realidad, el paterfamiliae ejercía en el ámbito doméstico unas funciones que el Estado romano fue siempre reacio a asumir. Al contrario de los Estados modernos, siempre ansiosos por recortar aún más a su favor la ya exigua parcela de la vida familiar, el Estado romano sentía gran repugnancia a traspasar el umbral de los hogares. Por ello, delegaba su autoridad en el paterfamiliae (por supuesto, sin entrar en más averiguaciones sobre quién llevaba los pantalones en el interior de la casa). Reminiscencias formales de esa delegación de autoridad subsistían varios siglos después, en épocas en las que ya el Estado había asumido la regulación de las relaciones familiares. Por ejemplo, de acuerdo con las leyes de Augusto, el marido que tuviese conocimiento de la infidelidad de su mujer estaba obligado a denunciarla, ya que, de no hacerlo, podría ser condenado como encubridor. En cualquier caso, las decisiones importantes nunca fueron prerrogativa del paterfamiliae, sino que se adoptaban en consejo de familia.

Por otra parte, ya en el siglo II a.C. existía un procedimiento de emancipación que, en la práctica, sustraía a la mujer de la tutela del marido, y le permitía tener posesiones personales y administrar sus bienes de manera autónoma. (Por ejemplo, Terencia, la mujer de Cicerón consiguió amasar una fortuna personal muy superior a la de su marido, a pesar de que éste alcanzó las más altas magistraturas del Estado). En los últimos tiempos de la República y durante el Imperio empezó a ser habitual el matrimonio denominado sine manu, en el que la esposa seguía teóricamente sujeta a la autoridad del padre, frecuentemente sustituida por la de un tutor o representante legal. El marido conservaba la facultad de gestionar la dote, pero la mujer podía adquirir bienes personales y administrarlos libremente, ya que la tutela legal no pasaba de ser una ficción y, en última instancia, la mujer podía solicitar la sustitución del tutor si éste no era de su agrado.

Los romanos, siempre orgullosos de la sobriedad y austeridad de costumbres de sus antepasados, alimentaban el mito de que, durante los primeros quinientos años de la historia de Roma, no se había producido un solo divorcio. Sin embargo, hacia el final de la República, el divorcio se había hecho sumamente frecuente. En tiempos del Imperio, el matrimonio se basaba en el consentimiento mutuo y sólo duraba mientras ambos cónyuges lo deseasen. Los autores latinos hacen referencia a ciertos divorcios particularmente escandalosos, cuya única finalidad era garantizar a la esposa una libertad de vida total. Séneca ironizaba, en el año 59 d.C., sobre las nobles damas que  ya no contaban los años por los cónsules, según el método de datación romano, sino por los maridos que habían tenido[8]; y San Jerónimo nos ha transmitido la anécdota de una mujer romana que había tenido 22 maridos antes de casarse con un hombre que, por su parte había tenido ya 20 esposas.[9] En los siglos del Imperio eran tan frecuentes los maridos que repudiaban a sus mujeres como las mujeres que repudiaban a sus maridos. Suetonio nos describe cómo César, en el desempeño de sus funciones judiciales, “anuló el matrimonio de un antiguo pretor con una mujer que se había separado de su marido dos días antes solamente y sin que mediase ninguna sospecha de adulterio”.[10]

Es cierto que la mujer romana estaba excluida de los cargos públicos, pero tampoco mostró nunca interés por ejercerlos, habida cuenta de las duras contrapartidas que conllevaba la condición de ciudadano varón. Para acceder a las magistraturas era indispensable haber prestado el servicio militar, que duraba 10 años para los caballeros y 16 para los infantes, y cuyas condiciones eran de una dureza extrema. Cualquier centinela sorprendido dormido en su puesto era condenado a muerte. Los ladrones, los soldados que prestasen falso testimonio, los desertores y los casos de insubordinación se castigaban con el apaleamiento, al que pocos sobrevivían. Cuando una unidad entera era culpable, por ejemplo de haber abandonado el combate, sus soldados eran “diezmados” (es decir, ejecutados en proporción de uno a diez). No es de extrañar que algunos ciudadanos romanos tratasen por cualquier medio de eludir la incorporación a filas. Suetonio nos cuenta también el caso de un romano del orden ecuestre que cortó los pulgares a sus hijos para librarlos del servicio militar, hecho por el que Augusto lo condenó a ser vendido como esclavo.[11]

Por otra parte, y salvo el ejercicio de cargos públicos y la consiguiente exención del durísimo servicio militar, las condiciones ordinarias de vida de la mujer romana no diferían básicamente de las del hombre. Las niñas asistían a la escuela, al igual que los niños y recibían una educación similar a la de éstos. Las mujeres acudían a los baños públicos, gastaban grandes cantidades en bienes suntuarios (joyas y atuendo) y cosméticos (los baños de Popea en la leche de 500 burras para mantener la lozanía de su piel son rigurosamente históricos[12]), asistían a los espectáculos mezcladas con los hombres, acudían a ceremonias exclusivas para mujeres, como las celebraciones de la Bona Dea que dieron lugar al famoso divorcio de César[13], y eran dueñas de numerosos esclavos, conseguidos gracias al esfuerzo masculino de las legiones.

La vida matrimonial que satiriza Juvenal no parece en modo alguno presidida por un paterfamiliae todopoderoso: “No podrás hacer regalo alguno sin consentimiento de tu mujer, ni vender nada si ella se opone, ni comprar cosa alguna si ella no lo desea…”[14]  Salustio nos describe a Sempronia, participante en la conjuración de Catilina como mujer “versada en literatura griega y latina, que cantaba y bailaba con una soltura excesivas para una mujer honesta y que tenía otros muchos talentos, verdaderos instrumentos de corrupción… Con frecuencia había faltado a su palabra, había tomado en depósito sumas que nunca había devuelto y había desempeñado su papel en diversos asesinatos; el lujo y la falta de recursos la habían determinado a lanzarse al abismo [de la conspiración política]“[15] .

En el Satiricón de Petronio, obra de tanto realismo que algunos autores han creído reconocer en las ruinas de Pompeya algunos de los lugares descritos en la novela, se presenta una galería de personajes femeninos totalmente alejados del estereotipo de mujer sumisa. Fortunata, a la que Trimalción compró en el mercado de esclavos y posteriormente hizo su esposa, mide ahora sus escudos por celemines y es el ojito derecho de su marido: “si en pleno día ella le dice que es de noche, él la creerá”. Fortunata se encarga de administrar todo lo relativo al célebre banquete que ocupa la mayor parte de la obra. Cuando uno de los invitados le “exige” cordialmente que deje de trabajar y venga a la mesa común, Fortunata acaba por ceder y se tumba en el lecho en que ya estaba instalada la mujer de otro de los invitados, y ambas se abrazan, bromean y muestran sus joyas. En esas, Trimalción,  alentado por el vino, acaricia a un joven esclavo que sirve la mesa, lo que convierte a Fortunata en un volcán de injurias e insultos contra su marido. Poco después, Trimalción cuenta su vida como esclavo y menciona el hecho de que obedecía puntualmente a su dueño y satisfacía sexualmente a su dueña. En otro momento de la novela, Trifene, mujer del rico Lichas, besa y acaricia en la cubierta del barco a su amante Gitón, ante los ojos de su marido y a espaldas de Encolpo, su otro amante. Juvenal, Apuleyo o Luciano nos han transmitido multitud de escenas semejantes que atestiguan una total libertad de costumbres en las mujeres de los siglos I y II d.C.

En el Satiricón se hace incluso referencia a una mujer gladiadora. Por su parte, Tácito relata que, en 64 d.C., Nerón “ofreció espectáculos de gladiadores tan magníficos como los precedentes; pero muchas mujeres de alto rango y senadores se degradaron descendiendo a la arena.”[16]  Lo que demuestra que no había ámbito al que las mujeres no acabaran accediendo si tenían interés en ello. Muchos siglos antes, Pausanias, en su “Descripción de Grecia” (siglo II a.C.) ya había hecho referencia a Cinisca, la primera mujer que ganó una carrera de caballos en los Juegos Olímpicos, y a otras mujeres griegas, “especialmente mujeres de Lacedemonia” que obtuvieron victorias en los Juegos, como por ejemplo Eurileonis, que ganó una carrera olímpica en la modalidad de carros de dos caballos, por lo que fue representada en una estatua.

En fin, la propia Simone de Beauvoir parece satisfecha de la situación de la mujer romana: “La mujer romana, profundamente integrada en la sociedad, se instala en el atrio, que es el centro de la casa […]; preside el trabajo de los esclavos; dirige la educación de los niños y, con frecuencia, su influencia sobre ellos se prolonga hasta una edad avanzada; comparte los trabajos y preocupaciones de su esposo; es considerada copropietaria de sus bienes; […] es la dueña del hogar […]; el vínculo que la une a su marido es tan sólido que en cinco siglos no se registra ni un solo divorcio. Asiste a los banquetes, a las fiestas, al teatro; en la calle, los hombres, incluidos los cónsules y lictores, le ceden el paso”.[17]

Estas palabras del alfa y omega del feminismo recuerdan las que, en el otro extremo del abanico, Phyllis Schlafly pone en boca de un marido de nuestro tiempo que hace gala de ironía ante sus amigos: “Cuando nos casamos, mi esposa y yo decidimos que yo tomaría todas las grandes decisiones y que ella sólo se ocuparía de las pequeñas.  Así, yo decido qué leyes debe votar el Congreso, que tratados debe firmar el Presidente y si los Estados Unidos deben o no abandonar las Naciones Unidas.  Mi esposa decide como gastamos nuestro dinero, si yo debo o no cambiar de trabajo, dónde vivimos y a qué lugar vamos de vacaciones.”[18]

Para bien o para mal, la mujer tuvo un protagonismo de primer orden en la sustitución del paganismo por el cristianismo, al igual que lo tuvo posteriormente en la conversión de los reyes arrianos al catolicismo, y ambos fenómenos han sido ampliamente destacados por los historiadores. Pero hay un aspecto menos valorado de la influencia femenina en la decadencia de Roma, que Amaury de Riencourt, historiador que ha ensalzado tantos aspectos positivos del papel histórico de la mujer, nos describe así:
El triunfo del primer movimiento feminista plenamente desarrollado de la historia tuvo, como consecuencia final, el anquilosamiento de la estructura familiar en Roma y, en gran medida, destruyó la lealtad y solidaridad de la familia.  [...] Aquejada de una creciente falta de vitalidad y corroída por la depravación, la población total de Italia empezó a disminuir alarmantemente. Varios emperadores (Aurelio, Aureliano, Valentiniano e incluso Constantino) tuvieron que recurrir a la importación masiva de bárbaros para compensar el descenso de las tasas de natalidad. [...] Ya los documentos legales del reinado del emperador Septimio Severo hacen referencia a la penuria hominum, una catastrófica escasez de recursos humanos. Víctimas inconscientes de la injustificada prioridad dada por la cultura grecorromana a los valores exclusivamente masculinos, las mujeres romanas “modernas” menospreciaban la procreación como indigna de sus talentos. Por desgracia para ellas, otras mujeres, dentro y fuera del imperio romano, seguían siendo inmensamente fértiles. Mientras que los bárbaros y los orientales aumentaban a buen ritmo su población total, Italia y Grecia registraban una mengua progresiva de su densidad demográfica. Incluso la Galia romana estaba contagiada por la enfermedad. Todo había empezado con el movimiento feminista de las clases superiores; a medida que avanzaba la igualdad democrática durante el Imperio de los Césares, ese movimiento se había extendido de forma ascendente y descendente hasta alcanzar al proletariado urbano y al campesinado rural. El infanticidio pasó a ser una práctica generalizada, y la lascivia sexual contribuyó, sin duda, a reducir la fertilidad de hombres y mujeres; el matrimonio se aplazaba con frecuencia o se evitaba por completo. Al término de esa evolución, el Imperio Romano de Occidente se estaba convirtiendo rápidamente, a efectos demográficos, en una cáscara vacía. En realidad, los romanos perecieron víctimas del suicidio étnico.”[19]

En el año 384 d.C., San Jerónimo hace referencia en sus Cartas -testimonio de primer orden para conocer las costumbres de una Roma próxima ya a su desenlace final- a las mujeres que “toman pócimas para asegurar su esterilidad y, de ese modo, matar a los seres humanos antes de ser concebidos”, al tiempo que otras “cuando  descubren que han concebido a causa de su pecado utilizan drogas para provocar el aborto”.[20]  Las mujeres del Bajo Imperio, al igual que anteriormente las egipcias y las griegas, conocían diferentes anticonceptivos, en particular tapones o casquetes uterinos confeccionados con resinas, ceras o sustancias similares (Plinio menciona la goma de cedro) o mechones de lana impregnados de sustancias espermicidas como el alumbre, el plomo blanco o la mirra. Por la misma época que San Jerónimo, Agustín de Hipona arremete contra quienes “manifiestan abiertamente su malicia cuando llegan al extremo de abandonar a los hijos que les nacen contra su voluntad” o usan “drogas esterilizantes, y, si éstas resultan ineficaces, matan en el seno materno el feto concebido y lo arrojan fuera, prefiriendo que su prole se desvanezca antes de tener vida, o, si ya vivía en el útero, matarla antes de que nazca”.[21]

Mientras tanto, la actitud de la mujer al otro lado del limes, entre los pueblos bárbaros, en los que latía ya el germen de nuestra historia medieval, era exactamente la opuesta: integración familiar y fecundidad. Tácito, el historiador romano que mejor conoció el mundo germánico, nos dice que, entre los germanos “tiénese por gran pecado dejar de engendrar y contentarse con cierto número de hijos o matar alguno de ellos”, y que “el no tener hijos no causa respeto ni admiración.” De la solidez del régimen familiar germano nos da idea este conocido párrafo del gran autor latino: “Al entrar en la batalla [los germanos] tienen cerca sus prendas más queridas, para que puedan oír los alaridos de las mujeres y los gritos de los niños: y estos son los fieles testigos de sus hechos, y los que más los alaban y engrandecen. Cuando se ven heridos van a enseñar las heridas a sus madres y a sus mujeres, y ellas no tienen pavor de contarlas ni de chuparlas, y en medio de la batalla les llevan refresco y los van animando. De manera que algunas veces, según ellos cuentan, han restaurado las mujeres batallas ya casi perdidas, haciendo volver los escuadrones que se inclinaban a huir, con la constancia de sus ruegos, y con ponerles delante los pechos, y representarles el cercano cautiverio que de esto se seguiría, el cual temen mucho más impacientemente por causa de ellas: tanto, que se puede tener mayor confianza de las ciudades que entre sus rehenes dan algunas doncellas nobles.”[22] Suetonio nos cuenta, en un comentario tan breve como revelador, que Augusto, en sus relaciones con los pueblos bárbaros sometidos a Roma, “adoptó un método nuevo, obligándolos a entregarle como rehenes a mujeres, y no a hombres, porque veía que para ellos los hombres constituían prendas sin valor”.[23]

La condición de la mujer en la Edad Media está magistralmente descrita en el libro La femme au temps des cathédrales, en el que la gran historiadora francesa Regine Pernoud combina su visión optimista de la mujer medieval con una apabullante erudición. Pernoud pone de relieve el protagonismo de la mujer en la aparición del cristianismo y observa cómo, desde los primeros siglos de la Edad Media, la mujer ocupa puestos influyentes en la vida monástica.  Las abadesas son verdaderas señoras feudales, algunas de ellas con categoría episcopal.  Las monjas reciben instrucción y realizan labores de copistas, al igual que los monjes. El más antiguo tratado de educación (Manuel pour mon fils) fue compuesto por Dhuoda, dama de la alta nobleza franca, a mediados del siglo IX.  Tanto su marido, Bernardo de Septimania, como su hijo Guillermo, el destinatario del libro, serán decapitados -como buenos patriarcas- en medio de las turbulencias dinásticas que enfrentan a Pepino de Aquitania contra Carlos el Calvo. 

Teniendo presente la gran cantidad de libros que se copiaban en la Alta Edad Media para uso de damas nobles, Pernoud coincide con Kart Bartsch (1883) en que “en la Edad Media, las mujeres leían más que los hombres”. Y no sólo leían, sino que también escribían, ya que los colofones de los manuscritos copiados en esa época atestiguan la presencia de numerosas mujeres copistas. Menciona igualmente Pernoud numerosos documentos en los que se atestigua que los conventos de monjas, al igual que los de frailes, eran frecuentemente centros de instrucción para los niños pequeños de ambos sexos, incluso de las clases más humildes. Y, siempre escrupulosa de corroborar documentalmente cuanto afirma, cita varios de esos monasterios y los documentos relacionados con la educación impartida. También hace referencia a la formación de origen laico, y nos cuenta, por ejemplo, que “los registros de la talla [antiguo tributo] permiten constatar la existencia de 23 maestras de escuela a finales del siglo XIII en París”; en otro documento de la diócesis parisina, del siglo XIV, se hace referencia a “las señoras que imparten enseñanza en las escuelas de gramática”. Y a continuación nos facilita una relación de establecimientos de enseñanza fundados por mujeres. Nos habla también Pernoud de “la asombrosa cultura de Eloísa, la abadesa del Paracleto”, que enseñaba griego y hebreo, y había abandonado el convento de Argenteuil a los 17 años porque no tenía ya nada que aprender de las monjas que enseñaban en él. Fuera de Francia, Pernoud hace referencia a la crónica de Villani, según la cual, “hacia 1338, frecuentan las escuelas de Florencia uno de cada dos niños, de ambos sexos”. Es en el Renacimiento, añade la autora, cuando comienza a relegarse a segundo plano la educación femenina.

En la página 110 de su libro, Regine Pernoud cita esta frase de Robert Fossier, referida a la vida en los siglos X a XIII: “Puesto que es evidente que la casa familiar constituye la célula esencial de la vida y que, en esa casa, la reina es la mujer, está claro que es la mujer, y no el hombre, quien ocupa el centro de la sociedad”.  Más adelante nos habla de los adornos, trucos de belleza y perfumes utilizados por las mujeres de la Edad Media, y del empeño puesto por los predicadores eclesiásticos en combatir esas vanidades, por supuesto sin resultado.

Como ejemplo señalado del lugar ocupado por las religiosas en la sociedad, nos expone Pernoud la historia de la abadía de Fontevraud. Empieza remontándose a la fecha de la consagración de su altar mayor, el 31 de agosto de 1119, y recrea la escena vivida ese día en el monasterio: el propio Papa Calixto II llega a Fontevraud para la ceremonia y es recibido a las puertas por la abadesa, la joven de 26 años Petronila de Chemillé.  Después Pernoud nos cuenta la historia de la orden religiosa de Fontevraud, fundada por Robert d’Arbrissel algunos años antes. Una de las características de esta orden religiosa es que, por disposición expresa de su Regla, siempre estuvo presidida por una mujer. Hacia 1150 la orden religiosa contaba ya con unos cinco mil miembros, hombres y mujeres, que debían obediencia estricta a su abadesa. Otra condición impuesta por la Regla redactada por d’Arbrissel era que la abadesa no debía ser, en ningún caso, virgen, sino una viuda que tuviese experiencia del matrimonio.

Una de las monjas más célebres de Fontevraud fue Bertrade de Montfort.  Antes de ingresar en Fontevraud en 1114, Bertrade había estado casada con uno de los nobles más poderosos y ricos de Francia, Foulques de Anjou (conde de Anjou), sobre el que Bertrade adquirió pronto gran ascendencia. Con ocasión de una visita del rey Felipe I, Bertrade decidió marcharse con el monarca y convertirse en su amante. Este hecho provocó una gran crisis en Francia, en la que intervino el Papa Urbano II, que excomulgó al rey en el Concilio de Clermont (1095) y lo instó a reunirse con su mujer legítima, Berta de Frisa. Durante años, Bertrade hizo y deshizo a su antojo, hasta el punto de celebrar un banquete flanqueada por su amante, a un lado, y su marido, al otro (en el castillo de Angers, el 10 de octubre de 1106, precisa Pernoud). Cuando murió Felipe I, Bertrade volvió a su hogar y se instaló nuevamente al lado de su esposo, hasta que este falleció a su vez y ella tomó los hábitos en Fontevraud.

No menos célebre fue Isabel de Toesny, hermana de Bertrade, que acabó también sus días en Fontevraud, pero no sin antes haberse distinguido por su afición a las querellas y rivalidades, tanto personales como políticas. Isabel de Toesny se ponía la cota de mallas y combatía a caballo como un hombre y, según las crónicas, no desmerecía en valor y ardor del más valiente de los guerreros.

Tanto Bertrade, por la desenvoltura de sus amores ilícitos, como Isabel, por su afición a los combates, desmienten bastante categóricamente el mito de la mujer sometida a la que estaba prohibido amar o combatir. Isabel y Bertrade no son casos aislados. En la misma época, los habitantes de Bizancio, más orientalizados, se maravillaban  al ver en las filas de los cruzados procedentes de Europa mujeres vestidas y armadas como caballeros que montaban a caballo a la manera de los hombres. Entre las tropas del rey francés Felipe Augusto que cercaban San Juan de Acre y, a su vez, eran acosadas por el ejército de Saladino, en 1191, los historiadores musulmanes mencionan la presencia de una mujer cristiana que no dejaba de disparar certeras flechas y dio muerte a varios musulmanes. “Al final fue desbordada por el número de enemigos: la matamos y llevamos su arco al sultán”, dice el cronista musulmán Beha Ed-Din, testigo ocular de los hechos.[24]

Régine Pernoud pone gran empeño en demostrar que la Edad Media constituyó una época de mayor libertad para la mujer con respecto a las etapas anterior –la civilización romana- y posterior –el Renacimiento y la Edad Moderna-, es decir, con respecto a las épocas regidas por el derecho romano o por legislaciones inspiradas en el derecho romano. En esa línea, R. Pernoud hace constar la independencia económica de la mujer medieval en el territorio francés y resume así la situación predominante en el siglo XIII (página 233):

    *

      la mujer, al casarse, conserva la propiedad de sus bienes;
    *

      el marido administra esos bienes, pero no puede enajenarlos;
    *

      la mujer casada tiene derecho sobre todas las adquisiciones del matrimonio y, en caso de fallecimiento del marido, entra en posesión de una parte de los bienes de éste (la mitad en el caso de las familias plebeyas; la tercera parte en el caso de las familias nobles);
    *

      la mujer que regenta un establecimiento comercial tiene pleno control sobre él y puede sustituir a todos los efectos a su marido sin autorización previa;
    *

      hasta finales del siglo XV, la mujer disfruta de capacidad jurídica plena, y sólo en el siglo XVI comienza a imponerse la práctica de dependencia jurídica del marido, evolución que culminará en el siglo XIX con el Código Civil de Napoleón;[25]
    *

      la costumbre exigía que, cuando la mujer aportaba una dote al matrimonio, el marido constituyese, por su parte, una renta a favor de la mujer, que ésta administraba con total independencia;
    *

      en los archivos son frecuentes los casos de mujeres que venden, compran, firman contratos, administran posesiones o hacen testamento con total libertad; y
    *

      en cualquier época medieval y en cualquier región, los archivos atestiguan la participación activa de las mujeres en la vida económica.[26]

“El lugar de la mujer –concluye Pernoud- es infinitamente más importante en las transacciones realizadas a partir de los siglos X y XI de lo que será en el siglo XIX, cuando el código de Napoleón complete la evolución iniciada a partir del siglo XVI” por influencia del derecho romano. Y enumera una larga serie de ejemplos de esas transacciones, compraventas, pleitos, y hasta el ejercicio de innumerables oficios, desde carniceras o panaderas hasta banqueras o prestamistas, u otros tan curiosos como el de “barbera”, que en aquella época requería ciertos conocimientos médicos, ya que el barbero practicaba sangrías, recomponía fracturas, cosía heridas, curaba llagas, etc.  Por ejemplo, “en Francfort, donde ha sido posible establecer la lista de oficios existentes entre 1320 y 1500 y calcular la distribución de la mano de obra entre hombres y mujeres, se constata que 65 oficios emplean únicamente a mujeres, en comparación con 81 en que los hombres son más numerosos y 38 en los que hombres y mujeres se reparten por igual”.

Una distinción interesante es la existente entre las mujeres nobles del campo y las de la ciudad. En el primer caso, la mujer “ejerce un poder idéntico al del señor, y nadie en el mundo rural pone en duda la autoridad de las señoras, tanto si lo son de vastos territorios como de posesiones a veces exiguas, ya sea en ausencia del señor o por cuenta propia”.  En las familias nobles, las mujeres gozan de los mismos derechos de propiedad que los hombres, y la propiedad se transmite a los varones y a las mujeres, según las circunstancias familiares. Por ejemplo, en la bailía de Troyes, entre 1152 y 1284, de 279 poseedores de feudos, 104 son señores, 48 son señoras y 10 son señoritas, mientras que el resto pertenece a escuderos de diversos linajes. En cambio, en las ciudades no se constata esa distribución de propiedades y funciones, ya que los cargos municipales solían estar desempeñados por hombres, a pesar de que la participación de las mujeres en las elecciones era una práctica común (por ejemplo, se constata el voto femenino en los Estados Generales de 1308 en Turena.

Por último, al final de su libro, Regine Pernoud hace la siguiente reflexión:

“Cabe preguntarse (ya que nada es irreversible en la historia de los pueblos o de los individuos) si el actual esfuerzo de liberación de la mujer no corre el riesgo de abortar, ya que ha adoptado una tendencia suicida para la mujer: negarse a sí misma como mujer, limitarse a copiar los comportamientos de su compañero, tratar de reproducir al hombre como una especie de modelo ideal y perfecto, negándose de entrada toda originalidad…. ¿No es paradójico que se conserve, de una herencia cuya riqueza es innegable, precisamente el legado más pernicioso: la tentación totalitaria, consistente en querer reducir a todos los individuos a un esquema único que sólo admite la igualdad en la uniformidad? “

¿Hasta qué punto los temores de Pernoud eran fundados? El “eterno femenino” aborrecido por las feministas quemadoras de sujetadores y enemigas del tacón alto parece gozar de eterna salud, al tiempo que el feminismo como movimiento está cada día más desprestigiado. No porque ahora existan más razones para rechazarlo que hace treinta años, sino porque la ley histórica del aburrimiento es inflexible. Personalmente, tengo la impresión de que las mujeres, a lo largo de la historia, han hecho lo que han querido, y que sus mecanismos de adaptación histórica son más elásticos y oportunistas que los de los hombres. Eso ni es bueno ni es malo, simplemente es distinto, y seguramente obedece a designios útiles. Lo malo no son los recursos de la naturaleza, sino las mezquindades e hipocresías del poder. Lo malo, en este caso, no es lo personal, sino lo político.

A mediados del siglo XIX, el historiador francés Michelet hacía este balance de la actuación de las mujeres en la Revolución Francesa y, en particular, en los departamentos del oeste de Francia, donde la Revolución encontró una gran resistencia, canalizada a través del clero, que desembocó en la guerra civil:

“La mujer es la casa; pero también es la iglesia y el confesionario [...] La mujer es, asimismo, el lecho, la influencia todopoderosa de las costumbres conyugales, la fuerza invisible de los suspiros y las lágrimas sobre la almohada [...] A través de ella, la contrarrevolución tenía, en cada familia, en cada hogar, un predicador ardiente, celoso, infatigable, en modo alguno sospechoso, sincero, ingenuamente apasionado, que lloraba, sufría, y decía palabras que parecían saltar como astillas del corazón roto… Fuerza enorme, verdaderamente invencible [...] Poco a poco, comienza a mostrarse esta desgracia inmensa, este cruel divorcio: la mujer, en general, se convertía en el obstáculo y la contradicción al progreso revolucionario que exigía el marido. Este hecho, el más grave y el más terrible de la época, apenas si se ha tenido en cuenta. La espada segó la vida de muchos hombres. Pero hay algo más: una espada invisible cortó el nudo de la familia, poniendo al hombre en un bando y a la mujer en otro. Se ha hablado mucho de la influencia de los curas en las mujeres, pero no lo bastante de la influencia de las mujeres sobre los curas. Nuestra convicción es que ellas fueron más sincera y violentamente fanáticas que los propios curas [...] ellas arrastraron y dominaron a los que parecían dirigirlas, empujando a sus confesores al martirio y a sus maridos a la guerra civil.”[27]

Es el mismo eco de la célebre frase pronunciada por Catón dos mil años antes (“Nosotros, que gobernamos a todos los hombres, somos gobernados por nuestras mujeres”)[28], y que Mencken volverá a repetir a comienzos del siglo XX en relación con el sufragio femenino: (“Creo que la mayoría de las mujeres, por razones que expondré a continuación, no estaban ansiosas de ver aprobada esa ampliación [del sufragio], y hoy en día la tienen por algo de muy poca monta. Saben que pueden conseguir lo que quieran sin tener que visitar las urnas”).

Escribió Galdós:

“¡Formidable influencia de la mujer en el destino de los pueblos! Los hombres, pensando, plantean las teorías y los sistemas, crean los partidos; las mujeres, amando o aborreciendo, determinan la acción. Comparando la Historia con un drama, el hombre es el histrión y la mujer el autor. No ha existido ningún gran suceso político que no haya venido a la Historia impulsado por manos femeninas…”[29]

Como todas las generalizaciones, también ésta corre peligro de no ser rigurosamente exacta, pero sin duda contiene buena parte de verdad. Lejos de ser hembras atadas de patas quebradas, como aconseja el refrán, las mujeres han sabido explotar la insaciable bulimia sexual de los hombres y aprovechar cada resquicio de las voluntades masculinas para imponer las suyas.  Y todo ello obedeciendo a una especialización que, a buen seguro, nada tiene que ver con patriarcados ni neolíticos, sino que forma parte de los códigos más remotos de la especie, como veremos en otro capítulo si la fuerza nos acompaña y el tiempo (es decir, su falta) lo permite.

Notas citadas:

[1] Christian Jacq: Les Égyptiennes, Ed. Perrin, París (1996).

[2] Historia, libro II, 35

[3] La aldea de Deir el-Medineh, situada a 725 km al sur de El Cairo, estaba formada por unas cien familias de artesanos especializados en la construcción de tumbas y monumentos funerarios en el Valle de los Reyes. Las excavaciones realizadas en esta aldea han permitido conocer numerosos detalles de la vida cotidiana del pueblo egipcio durante el Imperio Nuevo.

[4] Amaury de Riencourt, Sex and Power in History, Delta Books, 1975, página115.

[5] Polibio: Historia, libro XXXVI, V, 17.1

[6] Las prendas teñidas de púrpura eran, en la Antigüedad, uno de los máximos exponentes de lujo y distintivos del poder (púrpura imperial). La razón era el costoso procedimiento de teñido a partir de diversos moluscos del género Múrex. Se necesitaban miles de conchas para teñir una sola prenda, lo que hacía que el producto así obtenido fuese mucho más valioso que el oro.

[7] Tito Livio, Historia de Roma, vol. 5, libro 34.

[8] Séneca resume así la libertad de costumbres de las romanas: “¿Hay por ventura alguna mujer que se avergüence del divorcio, ahora que algunas nobles matronas cuentan los años, no por el número de cónsules, sino por el de sus maridos?… Las cosas han llegado a tal punto que las mujeres se casan únicamente para dar celos a sus amantes. La castidad no es más que una prueba de fealdad. ¿Dónde podrá encontrarse una mujer tan miserable y repulsiva que se contente sólo con un par de amantes, en lugar de tener uno para cada hora del día, o incluso tantos que las horas del día no sean suficientes para todos ellos?” (De los beneficios, libro III, cap. XVI).

[9] San Jerónimo, Carta 123, párrafo 10 (hacia 409 d.C.).

[10] Vida de los doce Césares, XLIII.

[11] Vida de los Doce Césares, libro II (Augusto), XXIV.

[12] Dión Casio señala acerca de Popea: “Por orden suya, cada día debían ordeñarse quinientas burras recién paridas para preparar su baño” (Historia romana, libro V, cap. 62). La leche de burra se utilizaba como limpiador e hidratante facial, al parecer indispensable en los tocadores de la época, y cualquier romana elegante estaba, según Juvenal, “dispuesta a arrastrar consigo una reata de burras hasta el polo hiperbóreo si allí la desterrasen” (Sátira VI, v. 490-506).

[13] Con mucha frecuencia se evoca como expresión máxima del orgullo machista la frase de Julio César -transmitida por Plutarco- al divorciarse de su esposa Pompeya: “la mujer de César debe estar libre de toda sospecha”. Balsdon, en su obra Roman Women, nos asegura que la frase exacta fue: “la mujer del Sumo Pontífice [cargo que desempeñaba César al producirse los hechos que culminaron en su divorcio] debe estar libre de toda sospecha”. El matiz no es superficial, ya que permite diferenciar lo que habitualmente se presenta como un rasgo de machismo arquetípico del problema político que fue en realidad. Una de las tradiciones religiosas de Roma eran las celebraciones de la Bona Dea, en las que sólo podían participar las mujeres romanas y que solían tener lugar en la casa de uno de los pretores. En el año 63 a.C. estas celebraciones tuvieron lugar en la casa de Julio César, que simultaneaba su cargo de pretor con el de Sumo Pontífice. En mitad de la celebración, una esclava comunicó a la madre de Julio César que, entre las participantes, había un hombre disfrazado de mujer (al parecer, Publio Clodio, un hijo de buena familia de Roma). Pronto corrió el rumor de que su intención al introducirse en la casa había sido seducir a la mujer de César. El hecho causó un verdadero revuelo político en Roma y el Senado ordenó abrir una investigación por sacrilegio, ya que ningún hombre podía estar presente en las celebraciones. Aunque Clodio fue absuelto por falta de pruebas (y por la presión del pueblo a su favor), la tormenta política precipitó el divorcio de César. La duda legítima y razonable de los historiadores, reforzada por el hecho de que la amistad de César con Clodio salió indemne del proceso, es si todo el episodio fue una simple puesta en escena instigada por Aurelia, la todopoderosa madre de César, para deshacerse de una nuera estéril y, al mismo tiempo, justificar un divorcio políticamente arriesgado (ya que, a través de su mujer, César estaba emparentado con Cneo Pompeyo, en aquel momento el hombre más poderoso de Roma).

[14] Sátira VI, v. 200-230.

[15] Salustio, Conjuración de Catilina, XXV.

[16] Anales, libro decimoquinto, XXXII.

[17] Simone de Beauvoir, Le deuxième sexe, Deuxième partie, Histoire, III.

[18] Phyllis Schlafly, The Power of the Positive Woman. Citado por Jack Kammer en If Men Have All The Power How Come Women Make The Rules.

[19] Amaury de Riencourt, Sex and Power in History, Delta Books, 1975, páginas 126 y 127. A finales del siglo IV d.C., San Jerónimo nos describe otro rasgo de la Roma feminista: “Algunas mujeres cambian sus atuendos y asumen un aspecto masculino, renegando de lo que, por su nacimiento, deben ser: mujeres. Se cortan el cabello y no se avergüenzan de parecer eunucos.” (Carta 22, párrafo 27).

[20] San Jerónimo, Carta 22, párrafo 13.

[21] Agustín de Hipona, Matrimonio y concupiscencia, XV, 17.

[22] Tácito, De las costumbres, sitios y pueblos de Germania, VIII, XIX y XX.

[23] Suetonio, Vida de los Doce Césares, libro II (Augusto), XXI.

[24] René Grousset: L’Epopée des croisades. Éditions Perrin, 2002, pág. 217.

[25] En relación con el Código Civil de Napoleón, inspirador de una legislación civil europea que se ha mantenido vigente hasta bien entrado el siglo pasado y en la que el feminismo ha encontrado uno de sus blancos preferidos, conviene recordar el análisis que hace Eric Zemmour en su libro Le premier sexe.  Según Zemmour, tras el breve paréntesis de austeridad varonil encarnado por la Revolución Francesa comienza, con el Directorio, un nuevo período en el que las mujeres vuelven a ocupar un lugar preponderante. En la sociedad de los increíbles y las maravillosas, la libertad de las mujeres asombra a toda Europa: “las mujeres cambian fácilmente de amante; se casan y se divorcian con la misma rapidez; las tasas de divorcio (que, en París, pone fin a uno de cada tres matrimonios) son casi similares a las actuales; las familias se destruyen y la educación de los hijos es deficiente. [...] Es esta sociedad ‘decadente’, como aún se atrevían a decir entonces, la que Napoleón tiene ante sus ojos cuando comienza los trabajos del Código Civil. Ante sus ojos, exactamente, ya que su propia mujer, Josefina, más ligera que sensual, es la encarnación de esa sociedad.” (Éric Zemmour: Le premier sexe, Editions Denoël, 2006, pág. 92). En ese contexto, el Código Civil impone un marco más estricto a la libertad social de la mujer y, con ello, y sin renunciar al principio del divorcio, logra frenar el vertiginoso ritmo de disolución de las familias. La crítica retrospectiva siempre es fácil. Pero, sin el Código napoleónico, ¿cómo habría evolucionado la sociedad francesa del siglo XIX con una tasa de divorcios similar a la actual?

[26] Como ejemplo análogo español cabe citar el de doña Jimena, la esposa del Cid, cuya presencia está atestiguada en Oviedo el 13 de agosto de 1083, mientras su esposo peleaba desterrado en tierras de Zaragoza. En ese fecha, juntamente con su hermano el conde de Asturias, doña Jimena perdía un pleito contra el obispo de Oviedo, fallado en presencia del rey Alfonso VI. Por otra parte, tras la patriarcal muerte del Cid por herida de flecha en 1099, doña Jimena fue señora de Valencia hasta el abandono de la ciudad a los almorávides en mayo de 1102, momento en que se retiró a Castilla con todas las riquezas atesoradas por el Cid. Sobrevivió a su esposo unos quince años, y el último documento firmado por ella es una escritura de compraventa extendida en 1113. En los diplomas, el Cid firmaba: Ego Ruderico, simul cum conjuge mea, afirmo oc quod superius scriptum est [Yo, Rodrigo, junto con mi esposa, firmo lo arriba escrito]. (Menéndez Pidal, La España del Cid).

[27] Michelet, Histoire de la Revolution Française (1853), Libro VIII, cap. 2.

[28] Plutarco, Vidas paralelas, tomo III, Marco Catón, VIII. Según explica el propio Plutarco, la frase es, a su vez, reminiscencia de una célebre respuesta de Temístocles, quien, viéndose excesivamente importunado por los ruegos que su hijo le hacía a través de su madre, se dirigió a ésta en los siguientes términos: “Mujer, los atenienses gobiernan a los griegos; yo gobierno a los atenienses; tú me gobiernas a mí; y nuestro hijo te gobierna a ti; por lo tanto, procura que el niño utilice su poder con moderación, porque si no, con tener aún tan corto juicio, ejercerá más autoridad que todos los griegos juntos”.

[29] Benito Pérez Galdós, Episodios Nacionales, “Los Apostólicos”, cap. XXXIV.

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Friday, April 18, 2008

No funciona

La Justicia no funciona en este país… Es una verdad tan evidente que no necesita justificación. Se justifica sola… Resulta imposible saber si PSOE y PP serán capaces de llegar a un acuerdo sobre la renovación del Consejo General del Poder Judicial. Esperemos que sí. Y si es así, intentar un pacto posterior sobre una completa reforma del sistema judicial parece una prueba para titanes… No creo que sea sólo cuestión de dinero ni de más medios humanos y materiales, que sí lo es… Es que es imposible ya caer más abajo en la nula consideración de los ciudadanos por una institución que es la base del Estado de Derecho. No creo en los consensos a cualquier precio, ni siquiera me parecen deseables; al contrario, los considero negativos para el buen funcionamiento de la democracia, pero si hay una sola cuestión en que es necesario un Pacto de Estado, quizá el único imprescindible, es sobre la reforma de la Justicia. Porque sin una Justicia, independiente, eficaz, rápida y honesta ni hay ni Estado ni Sociedad. En todo lo demás podemos pelearnos, o detestarnos cordialmente. En cuanto se refiere a la Justicia, no. Sean felices. (HArendt)

No se puede mostrar la imagen “http://www.oni.escuelas.edu.ar/2004/NEUQUEN/690/Images/justicia.jpg” porque contiene errores.
Alegoría de la Justicia (www.oni.escuelas.edu.ar)

“Justicia: la regla de nadie”, por Javier Hernández García

Los trágicos y recientes sucesos de Huelva muestran que las dificultades para identificar las responsabilidades son la consecuencia del proceso de patológica burocratización de la administración de la justicia.

El ejercicio del poder por los jueces responde a la racional presunción de que disponen de una especial capacidad para interpretar los valores públicos contenidos en textos dotados de autoridad y resolver los conflictos que se les presentan. Pero su legitimidad no solo depende del cómo se les atribuye competencia para ejercerlo sino, de forma prioritaria, del cómo se ejerce. El déficit originario, y cuasi irreductible, en cualquier sistema político avanzado, de legitimación democrática de los jueces traslada el problema de la legitimidad a la necesidad de que aquéllos cumplan con un riguroso cuadro de condiciones legitimantes. La demanda social de justicia no se satisface solo porque se decida sobre el caso sino porque se decida bien, con buenas razones, explicadas y explicables, y, además, en un tiempo razonable.

Dichas condiciones deben garantizar, por un lado, que la firma de un juez al final de la resolución es la consecuencia de una adecuada reflexión y de su participación activa en el proceso dialógico que la precede y, por otro, que ha asumido una responsabilidad individual por la decisión adoptada. Este sentido de la responsabilidad del juez resulta indispensable como elemento fundacional del modelo de justicia en toda sociedad democrática pero, además, como factor decisivo para motivar que los jueces cumplan adecuadamente con las funciones que la Constitución les encomienda.

Pero sentado lo anterior ¿cómo puede asegurarse que los jueces y juezas que integran el poder judicial satisfagan el programa de condiciones legitimadoras? ¿Qué debe hacerse para que toda decisión judicial sea el resultado de un ejercicio de responsabilidad individual que permita, por un lado, la mejora interna del sistema y, por otro, el control constitucionalmente exigible de las consecuencias que se derivan de la concreta decisión adoptada?

El intento de respuesta a las anteriores cuestiones nos acerca al marco burocrático en el que se desenvuelve la función judicial. La creciente demanda de justicia y la mayor complejidad de los conflictos que llegan a los tribunales hacen indispensable y, en cierto sentido, deseable una organización de tipo burocrática. La firma reflexiva del juez reclama, por tanto, la puesta en funcionamiento de un complejo engranaje administrativo que organice los procesos decisionales. En lógica consecuencia al aumento de necesidades de respuesta judicial, la organización burocrática de los cauces que la permiten debe también ajustarse a elementales condiciones de eficacia.

La burocracia judicial, sin perjuicio de sus especialidades, debe responder a los tres rasgos propios de toda organización compleja: la presencia de una gran cantidad de actores, la división de funciones o de responsabilidad entre éstos y el recurso a la jerarquía como instrumento de control y coordinación de sus actividades.

¿Responde nuestro modelo burocrático de organización del poder judicial a los fines a los que debe servir? ¿Resuelve las necesidades crecientes de división del trabajo y de desarrollo coordinado de los complejos mecanismos funcionales, horizontales y verticales, en los que se desenvuelve la administración de justicia? ¿Es compatible con las exigencias del trabajo judicial responsable y eficaz?

Creemos, sinceramente, que no. Y no solo eso. La degradación del sistema burocrático además de no ofrecer respuestas compatibles con las crecientes tasas de complejidad de la organización está favoreciendo un inasumible proceso de burocratización que, en mayor o menor medida, afecta a todos los que participan en el mismo.

Esta pendiente pronunciada por la que se desliza la administración de justicia pone en evidencia la progresiva sustitución de la burocracia como sistema de reglas del modelo weberiano por la burocracia como regla de nadie, en los descriptivos términos utilizados por Hanna Arendt. Una burocracia amórfica, infradotada, desvinculada de la obtención de fines de mejora, que emerge como una estructura que, como precisa Owen Fiss, posibilita, por un lado, el uso irreflexivo del poder público y, por otro, la desresponsabilización de los que intervienen en el mismo. La ausencia de mecanismos organizativos que respondan a estándares racionales de reparto de funciones hace que la responsabilidad termine siendo compartida por una gran cantidad de personas y entes inanimados y, a la postre, diluyéndose.

Cabría objetar que, en todo caso, la imposibilidad de individualizar responsabilidades por los resultados patológicos no desplaza la responsabilidad corporativa. Pero siendo cierto lo anterior, el problema subsiste porque, precisamente, la clave de la bóveda para el adecuado funcionamiento de un poder como el judicial reside en garantizar las condiciones para que el sistema funcione desde la asunción motivada y ética de la responsabilidad individual. Si dichas condiciones no se dan se amenazan los fundamentos morales del modelo de justicia. Como ha destacado Arendt, la experiencia social ha demostrado que cuando en una organización de poder público se difumina la idea de la responsabilidad individual y se sustituye por la corporativa, aquélla puede embarcarse en cursos de acción poco sujetos a límites.

Los trágicos sucesos de Huelva creemos que sirven de triste confirmación de lo hasta ahora dicho. No pretendemos diseccionar el caso, analizando las fuentes de responsabilidad, sino poner sobre la mesa del debate público que, precisamente, las dificultades para identificarlas son la consecuencia del proceso de patológica burocratización que sufre la administración de justicia en nuestro país.

No podemos negar que los ciudadanos tienen motivos para pensar que la firma que cierra la resolución que da respuesta a su problema no es producto de la mejor reflexión y del más adecuado proceso dialógico. Y tienen motivo, también, para considerar que esa razonable presunción de que los jueces estamos capacitados para el ejercicio del poder que se nos confía no lo es tanto. Pero, al tiempo, creemos necesario poner de relieve que las condiciones para el ejercicio responsable de la función judicial son, en muchos casos, insuficientes y, en otros, simplemente irracionales.

Las fuerzas políticas fueron conscientes del grave problema organizativo que acecha a la justicia y pactaron, hace ya más de siete años, la necesaria reforma de su modelo burocrático, precisando, incluso, los ejes de racionalizacion en que se basaría. Pero lejos de acometerla, se han limitado a micromodificaciones que han puesto aún más de relieve la insuficiencia del modelo actual. Ni una palabra se dedicó a la administración de justicia en las cuatro horas de debate televisado entre los dos principales candidatos en las pasadas elecciones.

La oficina judicial sigue siendo un territorio promiscuo. Los que trabajan en ella no tienen claro a qué criterios o reglas de organización y dirección responde. El juez es, al tiempo, observador pasivo y director, el secretario judicial puede coordinar o abstenerse de hacerlo invocando reglas que se ubican en un mismo texto legal, los trabajadores se ven sometidos a tres tipos de relaciones funcionales, con reglas de jerarquización diferentes y, en determinados aspectos, contrapuestas.

Las cargas de trabajo entre órganos jurisdiccionales están descompensadas. Algunos disfrutan de cargas levísimas. Otros sufren cargas irracionales, inasumibles. Unos cuentan con medios materiales modernos y abundantes. Otros carecen de los más elementales, desarrollando, además, la función en condiciones precarias de seguridad e higiene laboral. La tasa de interinidad funcionarial en algunos territorios supera la de funcionarios de carrera. La movilidad, también en determinadas zonas del país, frustra cualquier planificación de mejora.

Mientras tanto, desde el Gobierno de los jueces algunos siguen empeñados en lograr su mayor deslegitimación social y constitucional y en generar una desconfianza generalizada entre sus propios gobernados. La situación es muy grave. No puede seguir aceptándose que la regla de nadie siga desmoralizando el sistema de justicia y favoreciendo que sus principales actores junto a las administraciones y el Parlamento miren a otro lado como si no fueran responsables del derrumbe. (Javier Hernández García es magistrado. Firman el artículo con él, nueve magistrados y jueces más, pertenencientes a la Asociación Profesional de la Magistratura, Jueces para la Democracia, Asociación Francisco de Vitoria y Foro Judicial Independiente / El País, 18/04/08)

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Una mujer

Que una mujer sea diputada, senadora, jueza, magistrada del Constitucional, marino, bombero, piloto de caza o, incluso, presidenta del gobierno o de la república , parece “más normal” que el que sea ministra de Defensa… ¿Por qué? No lo se, pero es así. Y aquí la tenemos, Carme Chacón: mujer, joven, socialista, catalana… y embarazada de siete meses, revistando las tropas que la rinden honores como ministra de Defensa. Una foto para la Historia… Sean felices. (HArendt)

http://www.adn.es/clipping/ADNIMA20080414_1685/11.jpg
La ministra de Defensa, Carme Chacón, pasando revista a las tropas (www.adn.es)

“Cuántica”, por Juan José Millás

Soñé que un general de división se cuadraba ante una mujer embarazada. Soñé que la mujer embarazada era ministra de Defensa o ministra del Ejército o ministra de la Guerra, como quiera que se llame ahora. El hecho de que la ministra de la Guerra estuviera a punto de dar a luz sonaba a paradoja cuántica, pues en el mundo subatómico suceden cosas que atentan contra la lógica inmunda de la vida diaria, de ahí su atractivo. En mi sueño, veía a la ministra presidiendo un desfile con su vestido pre-mamá y me frotaba los ojos, por si se tratara de una alucinación. Pero no, ahí estaba ella, con las manos felizmente apoyadas en la tripa redonda, sonriendo cada vez que el bebé daba una patada mientras sonaban las marchas militares y los coroneles disparaban salvas al aire, como si celebraran el embarazo de la ministra, en vez de uno de esos crueles “días” de la Victoria, o de la Patria, no sé en qué están ahora.

Soñé que cuando la ministra daba a luz, la habitación del hospital se llenaba de militares que llevaban patucos y colonias a la madre. Soñé que los viejos generales, acostumbrados a los paisajes de después de las batallas, se asomaban, inquietos, al moisés en el que se desperezaba el hijo de la ministra. Soñé que le hacían carantoñas, que le decían tonterías, que se peleaban por tenerlo en brazos. Soñé que la ministra le daba de mamar delante de ellos, mientras encomendaba al jefe del Alto Estado Mayor la misión de crear, en la sede del ministerio, una guardería para los hijos de los empleados. Soñé que conciliaba la vida familiar con la laboral sin presiones ni agobios ni chantajes. Soñé que hacía uso de la baja por maternidad sin miedo a perder el trabajo. Soñé y soñé y volví a soñar y cuando desperté, la ministra de Defensa o del Ejército o de la Guerra, como quiera que se llame, continuaba allí. Encinta.
(Juan José Millás es escritor / El País, 18/04/08)

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