Domingo 27 de Agosto de 2006

Günter Grass: En la picota

No entiendo las proporciones desmesuradas que ha tomado en el mundo la
revelación, hecha por él mismo, de que Günter Grass sirvió unos meses,
a los 17 años, en la Waffen-SS y de que ocultó 60 años la noticia,
haciendo creer que había sido soldado en una batería antiaérea del
Ejército regular alemán. Aquí, en Salzburgo, donde paso unos días, no
se habla de otra cosa y los periodistas que la editorial Suhrkamp
envía a entrevistarme apenas si me preguntan sobre mi última novela,
recién publicada en Alemania, porque lo que les interesa es que
comente "el escándalo Grass".

No tenía la menor intención de hacerlo, pero como ya circulan
supuestas declaraciones mías sobre el tema en las que no siempre me
reconozco, prefiero hacerlo por escrito y con mi firma. No me
sorprende en absoluto que Grass ocultara su pertenencia a una tropa de
élite visceralmente identificada con el nazismo y que tuvo tan
siniestra participación en tareas de represión política, torturas y
exterminación de disidentes y judíos, aunque, como ha dicho, él no
llegara a disparar un solo tiro antes de ser herido y capturado por
los norteamericanos. ¿Por qué calló? Simplemente porque tenía
vergüenza y acaso remordimientos de haber vestido aquel uniforme y,
también, porque semejante credencial hubiera sido aprovechada por sus
adversarios políticos y literarios para descalificarlo en la batalla
cívica y política que, desde los comienzos de su vida de escritor,
Günter Grass identificó con su vocación literaria.

¿Por qué decidió hablar ahora? Seguramente para limpiar su conciencia
de algo que debía atormentarlo y también, sin duda, porque sabía que
tarde o temprano aquel remoto episodio de su juventud llegaría a
conocerse y su silencio echaría alguna sombra sobre su nombre y su
reputación de escritor comprometido, y, como suele llamársele, de
conciencia moral y cívica de Alemania. En todo esto no hay ni grandeza
ni pequeñez, sino, me atrevo a decir, una conducta impregnada de
humanidad, es decir, de las debilidades connaturales a cualquier
persona común y corriente que no es, ni pretende ser, un héroe ni un
santo.

¿Afecta lo ocurrido a la obra literaria de Günter Grass? En absoluto.
En la civilización del espectáculo que nos ha tocado vivir, este
escándalo que parece ahora tan descomunal será pronto reemplazado por
otro y olvidado. Dentro de pocos años, o incluso meses, ya nadie
recordará el paso del escritor por la Waffen-SS y, en cambio, su
trilogía novelesca de Danzig, en especial El tambor de hojalata,
seguirá siendo leída y reconocida como una de las obras maestras de la
literatura contemporánea.

¿Y sus pronunciamientos políticos y cívicos que ocupan una buena parte
de su obra ensayística y periodística? Perderán algo de su pugnacidad,
sin duda, sus fulminaciones contra los alemanes que no se atrevían a
encararse con su propio pasado ni reconocían sus culpas en las
devastaciones y horrores que produjeron Hitler y el nazismo, y se
refugiaban en la amnesia y el silencio hipócrita en vez de redimirse
con una genuina autocrítica. Pero, que quien estas ideas predicaba con
tanta energía tuviera rabo de paja, pues él escondía también algún
muerto en el armario, no significa en modo alguno que aquellas ideas
fueran equivocadas ni injustas.

La verdad es que muchas de las tomas de posición de Günter Grass han
sido valientes y respetables, y lo siguen siendo hoy día, pese al
escándalo. Lo dice alguien que discrepa en muchas cosas con él y ha
sostenido con Günter Grass hace algunos años una polémica bastante
ácida. No me refiero a su antinorteamericanismo estentóreo y
sistemático, que lo ha llevado a veces, obsedido por lo que anda mal
en los Estados Unidos, a negar lo que sí anda bien allá, sino a que,
durante los años de la Guerra Fría, una época en la que la moda
intelectual en Europa consistía en tomar partido a favor del comunismo
contra la democracia, Günter Grass fueuno de los pocos en ir contra la
corriente y defender a esta última, con todas sus imperfecciones, como
una alternativa más humana y más libre que la representada por los
totalitarismos soviético o chino. Tampoco se vio nunca a Günter Grass,
como a Sartre, defendiendo a Mao y a la revolución cultural china, ni
buscando coartadas morales para los terroristas, como hicieron tantos
deconstruccionistas frívolos en las épocas de Tel Quel. Pese a sus
destemplados anatemas contra los gobiernos y la política de Alemania
Federal, Günter Grass hizo campaña a favor de la socialdemocracia y
prestó un apoyo crítico al gobierno de Willy Brandt en lo que
demostró, ciertamente, mucha más lucidez y coraje político que tantos
de sus colegas que irresponsablemente tomaban, sin arriesgar un
cabello, eso sí, el partido del Apocalipsis revolucionario.

Mi polémica con él se debió justamente a que me pareció incoherente
con su muy respetable posición en la vida política de su país que nos
propusiera a los latinoamericanos "seguir el ejemplo de Cuba". Porque
si el comunismo no era, a su juicio, una opción aceptable para
Alemania y Europa, ¿por qué debía serlo para América Latina? Es verdad
que, para muchos intelectuales europeos, América Latina era en
aquellos años -lo sigue siendo para algunos retardados todavía- el
mundo donde podían volcar las utopías y nostalgias revolucionarias que
la realidad de sus propios países había hecho añicos, obligándolos a
resignarse a la aburrida y mediocre democracia.

Grass ha sido uno de los últimos grandes intelectuales que asumió lo
que se llamaba "el compromiso" en los años cincuenta con una
resolución y un talento que le ganaron siempre la atención de un vasto
público, que desbordaba largamente el medio intelectual. Es difícil
saber hasta qué punto sus manifiestos, pronunciamientos, diatribas,
polémicas, influyeron en la vida política y tuvieron efectos sociales,
pero no hay duda de que en el último medio siglo de vida europea, y
sobre todo alemana, las ideas de Günter Grass enriquecieron el debate
cívico y contribuyeron a llamar la atención sobre problemas y asuntos
que de otra manera hubieran pasado inadvertidos, sin el menor análisis
crítico. A mi juicio, se equivocó oponiéndose a la reunificación de
Alemania y, también, poniendo en tela de juicio la democratización de
su país, pero, aun así, no hay duda de que esa vigilancia y permanente
cuestionamiento que ha ejercido sobre el funcionamiento de las
instituciones y las acciones del gobierno es imprescindible en una
democracia para que ésta no se corrompa y se vaya empobreciendo en la
rutina.

Tal vez el formidable escándalo que ahora rodea su figura tenga mucho
que ver con esa función de "conciencia moral" de la sociedad que él se
impuso y que ha mantenido a lo largo de toda su vida, a la vez que
desarrollaba su actividad literaria. No me cabe duda de que Günter
Grass es el último de esa estirpe, a la que pertenecieron un Victor
Hugo, un Thomas Mann, un Albert Camus, un Jean-Paul Sartre. Creían que
ser escritor era, al mismo tiempo que fantasear ficciones, dramas o
poemas, agitar las conciencias de sus contemporáneos, animándolos a
actuar, defendiendo ciertas opciones y rechazando otras, convencidos
de que el escritor podía servir también como guía, consejero, animador
o dinamitero ideológico sobre los grandes temas sociales, políticos,
culturales y morales, y que, gracias a su intervención, la vida
política superaba el mero pragmatismo y se volvía gesta intelectual,
debate de ideas, creación.

Ningún joven intelectual de nuestro tiempo cree que ésa sea también la
función de un escritor y la sola idea de asumir el rol de "conciencia
de una sociedad" le parece pretenciosa y ridícula. Más modestos, acaso
más realistas, los escritores de las nuevas generaciones parecen
aceptar que la literatura no es nada más -no es nada menos- que una
forma elevada del entretenimiento, algo respetabilísimo desde luego,
pues divertir, hacer soñar, arrancar de la sordidez y la mediocridad
en que está sumido la mayor parte del tiempo el ser humano, ¿no es
acaso imprescindible para hacer la vida mejor, o por lo menos más
vivible? Por otra parte, esos escritores que se creían videntes,
sabios, profetas, que daban lecciones, ¿no se equivocaron tanto y a
veces de manera tan espantosa, contribuyendo a embellecer el horror y
buscando justificaciones para los peores crímenes? Mejor aceptar que
los escritores, por el simple hecho de serlo, no tienen que ser ni más
lúcidos ni más puros ni más nobles que cualquiera de los otros
bípedos, esos que viven en el anonimato y jamás llegan a los titulares
de los periódicos.

Tal vez sea ésa la razón por la que, con motivo de la revelación de su
paso fugaz por la Waffen-SS cuando era un adolescente, haya sido
llevado Günter Grass a la picota y tantos se encarnicen estos días con
él. No es con él. Es contra esa idea del escritor que él ha tratado de
encarnar, con desesperación, a lo largo de toda su vida: la del que
opina y polemiza sobre todo, la del que quiere que la vida se amolde a
los sueños y a las ideas como lo hacen las ficciones que fantasea, la
del que cree que la del escritor es la más formidable de las funciones
porque, además de entretener, también educa, enseña, guía, orienta y
da lecciones. Esa era otra ficción con la que nos hemos estado
embelesando mucho tiempo, amigo Günter Grass. Pero ya se acabó.

Mario Vargas Llosa es escritor (El País, 27/08/2006)

Posted by HArendt at 08:14:19 | Permanent Link | Comments (0) |
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