Marías en la Academia
Javier Marías ya ocupa su lugar en la Real Academia Española. No es una novedad que uno de los más grandes novelistas españoles contemporáneos ingrese en ella. Felicidades. A él, a la Academia y a toda la gran familia de habla española. De sus novelas recuerdo con especial predilección “Mañana en la batalla piensa en mí” y “Corazón tan blanco”, que precisamente son las que cita Villena en su artículo. ¡Y qué decir sobre la alusión del mismo Marías a Ramón J. Sender y su “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, sin duda, la gran novela española sobre la aventura americana…
Juan Cruz y Miguel Ángel Villena nos cuentan en sendos reportajes el acontecimiento. Y yo les recomiendo encarecidamente que lean y disfruten el discurso de ingreso del nuevo académico titulado “Sobre la dificultad de contar”, y la contestación al mismo por parte del ilustre filólogo y también académico, Francisco Rico. Les aseguro que merece la pena. Sean felices. (HArendt)

Javier Marías entrando en la Real Academia Española
“La tarde redonda del joven Marías”, por Juan Cruz
El novelista madrileño ocupa el sillón ‘R’ de la Academia de la Lengua con una defensa encendida del oficio de escritor. Cuando Ian Michael, el profesor de Oxford que escribe novelas españolas con el seudónimo de David Serafin, me dijo anoche, al entrar en el salón de actos de la Academia, que esperaba que “nuestro Rey” se hubiera vestido bien para la ocasión, me pasó por la cabeza la idea de que a lo mejor Don Juan Carlos asistiría a esta inauguración de Javier Marías como miembro de la Real Academia Española de la Lengua.
Pero, claro, en seguida caí en la cuenta: Ian Michael esperaba la entrada de su Rey, y su Rey es el Red de la Isla de Redonda, Xavier Marias, o Javier Marías, soberano de un territorio literario y real que él ha convertido en símbolo y metáfora de un conjunto de personas que ya se consideran amigos y por tanto súbditos del autor de Negra espalda del tiempo.
Así que Ian Michael esperaba al Rey de Redonda, y allí estuvo Javier Marías, risueño, metido dentro de su impecable traje de académico, caminando hacia un estrado que su padre, el filósofo Julián Marías, ocupó durante más de cuarenta años y en el que él, desde anoche, tiene el mismo sitio que tuvo Fernando Lázaro Carreter, a quien el nuevo académico dedicó el homenaje que se merece el recordado filólogo por su ingente labor a favor de la modernidad de la Academia, continuada sin desmayo por Víctor García de la Concha.
Iba a ser una tarde redonda para Javier, y para muchísimos de los amigos que acudieron a la sede de Felipe IV a cumplir con un rito que es mucho más simbólico, y más cálido, que una simple sesión solemne. Fernando Savater, que estaba allí, en las primeras filas, hizo con la palabra Redonda, o redonda, el juego de palabras que siempre dibuja con la cálida maestría de un amigo que nunca envejece: “¡Será una tarde redonda para Javier!”.
Lo hubiera sido del todo del todo si el Real Madrid, el equipo de Javier, hubiera ganado –ya— la liga; pero fue una tarde grande, hermosa y central en la biografía de Marías, por muchísimas razones. Le respondió Francisco Rico a su discurso sobre la dificultad de contar, y Rico, que sufrió de carraspera como si estuviera al principio de un examen de alto grado, y aun así hizo gozar de su esgrima, situó a Javier en el inicio de esa autobiografía. Le conoció en casa de Juan Benet, en la calle Pisuerga, 7, de Madrid; allí iba Javier cuando aún era un adolescente, y allí se fue fraguando su primera relación seria y constante con la literatura.
Y de ahí, de aquel entonces, proviene una manera de ser, la de Javier Marías. Esa referencia a Benet, que él inició en su discurso de ingreso y que luego corroboraría Rico en su respuesta, tenía un correlato en la sala, en la presencia de los hijos y la hermana de Juan, en Jaime Salinas, en Antonio Martínez Sarrión, en Javier Pradera, en todos aquellos que, sentados ahora en los sillones rojos del salón de actos, asistían al encuentro del discípulo con la historia de sus mayores, los que no están y los que siguen estando.
Javier Marías es un escritor total, un escritor de memoria y un escritor de fábulas y de memorias; su reflexión sobre lo que hay detrás de la ficción (o de la literatura) tiene que ver con el inicio de aquella educación sentimental que tuvo en su padre un gozne espiritual muy bien trabado, muy hondo, y que guarda de Benet una autoexigencia que cambió –lo dijo bien Rico, en su discurso—la manera de ser de la literatura de los 70, que aun hoy marca una novedad en la actitud literaria española.
En la esgrima que se lanzaron el nuevo académico y el académico veterano había esa complicidad, ese juego dialéctico que Benet propició y que subyace en la inteligencia literaria de Javier Marías como una herencia que es también la herencia íntima de una actitud. Allí estaban, escuchándole, conocedores de toda esa historia, gente como Emilio Lledó, o como Gregorio Salvador, o como Álvaro Pombo, o como Arturo Pérez-Reverte, colegas suyos de la Academia y éste último cómplice de aventuras y de guiños a través de las empresas periodísticas que más les han juntado; y allí estaba la Academia, recibiendo a Marías. Le dijo Rico: “¿Qué puede darte en adelante la Academia?” Y se respondió el ilustre petrarquista, recuperando el aliento de una pertinaz carraspera: “Mirarás de otro modo la negra espalda del tiempo”. Lo que es seguro es que la Academia ha visto entrar, esta tarde redonda para Javier Marías (¡más redonda hubiera sido si el Madrid ya hubiera ganado la Liga) un escritor de veras, hondo, decisivo, que nace de la exigencia de una generación que ahora le contempla como si aun fuera, en efecto, y lo es, el joven Marías.

Javier Marías momentos antes de pronunciar su discurso de ingreso en la RAE
“Marías defiende que sólo la novela relata “sin objeciones ni cortapisas”, por Miguel Ángel Villena
El escritor reivindica la ficción literaria en su discurso de ingreso en la RAE. Dijo el académico Francisco Rico, encargado de contestar el discurso de ingreso de Javier Marías (Madrid, 1951) que el nuevo miembro de la Real Academia Española (RAE) había empezado su parlamento “con una confesión de humildad y lo ha acabado con una manifestación de arrogancia”. La citada arrogancia radicó en que el autor de Mañana en la batalla piensa en mí o Corazón tan blanco defendió que el novelista “es el único facultado para contar cabalmente, a diferencia de los ya mencionados cronistas, historiadores, biógrafos, autobiógrafos, memorialistas, diaristas, testigos y demás esforzados de la narración abocados a fracasar”. Como fuerza y sentido de la ficción literaria, Marías argumentó en su discurso ante más de 300 personas: “Necesitamos saber algo enteramente de vez en cuando, para fijarlo en la memoria sin peligro de rectificación. Necesitamos que algo pueda contarse a veces de cabo a rabo e irreversiblemente sin limitaciones de zonas de sombra o sólo con aquellas que el creador decida que formen parte de su historia. Sin posibles correcciones ni añadidos ni supresiones ni desmentidos ni enmiendas. Y lo cierto es que sólo podemos contar así, cabalmente y con sus incontrovertibles principio y fin lo que nunca ha sucedido”.
A las siete en punto de la tarde, en el impresionante salón de plenos de la RAE y bajo la presidencia de la ministra de Educación, Mercedes Cabrera; y del titular de Cultura, César Antonio Molina, el escritor madrileño había comenzado su intervención con una interrogación sobre el papel de los novelistas. Utilizó Marías una cita de Robert Louis Stevenson para calificar de “pueril tarea” la actividad de los creadores de ficción y manifestó ante los académicos reunidos: “No sé cuál es el criterio que los lleva a ustedes a admitir en el seno de su digna institución a algunos novelistas. En realidad, se me hace difícil entender que admitan a cualquier novelista”. Javier Marías había titulado su importante discurso Sobre la dificultad de contar. De hecho, una buena parte de su intervención, que leyó en una hora, estuvo dedicada precisamente a subrayar los obstáculos que impiden relatar una historia, cualquier historia, de un modo objetivo, completo e indiscutible. Evocó el nuevo académico incluso sus tiempos de traductor y de profesor universitario para concluir que “la traducción es imposible, si nos ponemos muy estrictos o muy teóricos, ambas cosas vienen a ser lo mismo”.
Hasta tal punto llevó el nuevo académico su reivindicación de la novela que se preguntó en voz alta “¿por qué estamos familiarizados con seres que no han existido, en mucha mayor medida que con los que sí cruzaron el mundo y pudieron dejar su huella?” Contestó Javier Marías con ejemplos como el Cantar del Mío Cid o las obras de Shakespeare donde los personajes de ficción han pervivido, a lo largo de los siglos, con más fuerza que los individuos reales. “Quizás sea eso”, manifestó, “lo más llamativo: que las figuras históricas parezcan borrarse y desaparecer para la gente en general a menos que un literato, o también hoy un cineasta, se molesten en imaginarlos y ficcionarlos”.
Como uno de los ejemplos más sobresalientes de esta paradoja, el novelista citó el caso de la expedición de Lope de Aguirre en busca de El Dorado y hasta qué punto eran hoy del todo irrelevantes los relatos de sus contemporáneos. En cambio, una “excelente novela” como La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender, o una película como Aguirre, la cólera de Dios, del alemán Werner Herzog, habían prolongado la figura del aquel visionario conquistador a través de los tiempos. En esa línea situó también Marías la novela Un día de cólera, del también académico Arturo Pérez-Reverte, sobre la sublevación del 2 de mayo de 1808 en Madrid contra las tropas francesas que equiparó con los episodios nacionales de Benito Pérez Galdós.
El nuevo académico, que ocupará el sillón R que dejara vacante el fallecimiento de Fernando Lázaro Carreter, tuvo palabras de agradecimiento tanto para Pérez-Reverte como para Gregorio Salvador y el desaparecido Claudio Guillén, que fueron los proponentes de su candidatura a la Real Academia Española. Javier Marías ingresa en una institución a la que perteneció durante más de 40 su padre, el filósofo y ensayista Julián Marías. El nuevo académico recordó que había ficcionalizado la figura de su padre en una reciente novela, bajo el nombre de Juan Deza. Al hilo de toda la línea argumental de su discurso mostró su temor y el de sus hermanos a que en el futuro se recuerde más al trasunto literario del famoso filósofo que a la persona real.
“De suceder así”, comentó Javier Marías con una ironía desplegada a lo largo de todo su parlamento, “ya no sé si le habría hecho un favor o causado un perjuicio”.
Bajo la sombra de Lázaro Carreter y de Julián Marías: La figura de Fernando Lázaro Carreter (Zaragoza, 1923-Madrid, 2004) estuvo ayer muy presente en el discurso de Javier Marías que ocupará el sillón del fallecido filólogo. Si bien el novelista confesó que no había conocido personalmente al que fuera director de la Real Academia Española durante siete años, a su juicio, “Lázaro Carreter fue sin duda uno de los más perspicaces y notables lingüistas de los muchos que ha albergado y en número creciente sigue albergando esta institución”.
En una opinión de Marías, que comparten muchos de los actuales académicos, el lingüista aragonés “le quitó algunas telarañas a la RAE, la modernizó, la dotó de medios y logró que el conjunto de la sociedad la volviera a tener en cuenta”. La labor de divulgación del idioma que Fernando Lázaro Carreter abordó en sus artículos periodísticos y que más tarde agrupó en un libro bajo el título de El dardo en la palabra fue especialmente elogiada por Marías.
Al igual que fueron inevitables las referencias a Lázaro Carreter, la personalidad de Julián Marías se proyectó ayer en el precioso edificio de la RAE, en pleno centro de Madrid, que el filósofo frecuentó como miembro de la institución durante cuatro décadas. De hecho, Francisco Rico terminó su discurso de contestación con una evocación del padre de Javier Marías. “Lo que sin duda sucederá”, señaló Rico, “es que junto al sillón que tantas tardes ocupó tu padre, y alguna vez probablemente en ese mismo sillón, oirás a ratos cómo el río corre hacia atrás, hacia las fuentes, mirarás de otro modo la negra espalda del tiempo, y sin dejar de serlo, sabrás también que ya no eres joven, Marías”.
Había hecho alusión Francisco Rico a la carrera literaria del novelista madrileño y a su condición de “joven Marías” en sus comienzos y por contraste con su padre. En un tono desenfadado y lleno de guiños cómplices hacia Javier Marías y su generación de novelistas, Rico recordó el eco que había tenido la literatura del nuevo miembro de la RAE desde que publicara Los dominios del lobro y, más tarde, Todas las almas. Al mismo tiempo que animó al novelista, cuyas obras han sido traducidas a numerosos idiomas, a utilizar a sus nuevos compañeros de la RAE como argumentos literarios, Francisco Rico subrayó que Marías se había convertido a sí mismo en un personaje literario. “La inmortalidad te la has dado tú mismo al hacerte no tanto novelista cuanto ente de ficción novelesca”. (El País, 28/04/08)
enhorabuena a Javier, y espero que pronto le den el Nóbel, porque se lo merece.