Wednesday, March 26, 2008

Vecino de Atapuerca, provincia de Burgos…

La edición electrónica de El País de esta tarde da cuenta de la presentación en sociedad del vecino más antiguo del continente europeo. En concreto, de un burgalés que vivió en Atapuerca hace 1.200.000 años… Disfruten la noticia. Y sean felices. (HArendt)


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Fragmento de la mandíbula del europeo más antiguo

“Hallada en Atapuerca la mandíbula del europeo más viejo” (Agencia EFE)

Los restos, de hace 1,2 millones de años, hacen retroceder en casi 500.000 años la llegada de los primeros homínidos a Europa.

El europeo más viejo de la historia vivió en la sierra de Atapuerca hace 1,2 millones de años, un dato sobre el que los científicos ya estaban trabajando pero que ha corroborado el hallazgo de su mandíbula en este yacimiento burgalés. La revista Nature publica en su último número las principales conclusiones del nuevo descubrimiento del equipo investigador de Atapuerca, dirigido por Juan Luis Arsuaga, José María Bermúdez y Eudald Carbonell, y que se produjo el 30 de junio de 2007.

La mandíbula, encontrada en la cueva denominada Sima del Elefante y vinculada “provisionalmente” a la especie Homo Antecessor, “confirma y refuerza la teoría de la antigüedad de la presencia de los primeros homínidos que llegaron a Europa”, han informado fuentes de la investigación.

Utensilios de sílex: En el estrato de la cavidad donde apareció el fósil, denominado TE-9, se han localizado también utensilios de sílex de tradición Olduwaiense así como especies de roedores que demuestran el espacio temporal al que pertenece el hallazgo. El hueso consiste sobre todo en la sínfisis, la región anterior de la mandíbula donde se reúnen las ramas horizontales mientras que, en su parte externa, se localizaría el mentón del humano actual. La mandíbula conserva algunos dientes y a ella corresponde además un segundo premolar inferior que fue encontrado dos días antes en el nivel TE-9, y que se presentó a los medios de comunicación el 29 de junio de 2007.

Los científicos del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) de Burgos y del Institut Catalá de Paleoecología Humana i Evolució Social (IPHES) de Tarragona evidencian con multitud de pruebas la presencia de homínidos en el sur de Europa en una fase muy temprana del Pleistoceno Inferior.

Este descubrimiento fue crucial, al igual que el de este nuevo fósil, porque hace retroceder en casi medio millón de años la llegada de los primeros homínidos a Europa. En cuanto a la procedencia originaria del espécimen, aún por determinar, se apunta que la morfología de la cara anterior de la sínfisis es primitiva y recuerda a la de fósiles africanos del Pleistoceno Inferior atribuidos a Homo Hábilis y Homo Rudolfenss.

En particular, el fósil de la Sima del Elefante tiene muchas similitudes con las mandíbulas encontradas en el yacimiento de Dmanisi (República de Georgia) que datan de 1,7 millones de años. Por el contrario, la cara posterior de la sínfisis tiene un aspecto más derivado que, según los investigadores, recuerda a ciertas mandíbulas de Asia.

Los científicos creen “probable” que la primera población europea proceda de la región del Oriente Próximo, verdadero cruce de caminos entre África y Eurasia, y que estuviera relacionada con la primera expansión demográfica fuera de África que, en la actualidad, está representada por los homínidos de Dmanisi.

El descubrimiento de la mandíbula replantea las teorías que los científicos de Atapuerca expusieron en 1997 en la revista Science. Según Bermúdez, creían entonces que el Homo Antecessor era común de los neandertales y de las poblaciones modernas: “Pensábamos que podía ser una especia africana, pero ahora vemos que quizás no, que es una especie muy antigua”.

Las herramientas, hasta un total de 32 piezas, fueron probablemente realizadas en el interior de la cavidad a partir de nódulos de sílex del Neógeno y Cretácico, que se localizan en un radio menor a dos kilómetros en torno a este lugar. La técnica de producción de las piezas es muy sencilla y su objetivo era obtener lascas de entre 30 y 75 milímetros de longitud mediante un percutor duro. Con ellas, los homínidos aprovechaban la carne de los grandes herbívoros, como muestran las marcas que los útiles líticos dejaron sobre algunos huesos.

Los científicos han sido capaces de obtener todas estas pruebas mediante la utilización de una variedad de técnicas, como paleomagntismo, biocronología y el estudio de la descomposición radiactiva de los isótopos en los sedimentos. El lugar del descubrimiento está situado a unos doscientos metros del yacimiento de la Gran Dolina, donde en 1994 se encontraron los primeros restos del Homo Antecessor, y a unos mil de la Sima de los Huesos, donde se han localizado más de 6.000 fósiles de la especie Homo Heidelbergensis.

Las excavaciones de Atapuerca, declaradas Patrimonio de la Humanidad, ofrecen desde hace 30 años continuas revelaciones sobre el modo de vida de los primeros humanos que habitaron el continente europeo. Tras la publicación del artículo, titulado El primer homínido de Europa, en la revista Nature, sus autores comparecerán mañana ante los medios de comunicación en Burgos y mostrarán los restos del homínido que se han encontrado. (El País, 26/03/08)


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Equipo de paleontólogos en Atapuerca

“Se van a encontrar homínidos todavía más antiguos”, por Patricia R. Blanco

El equipo de científicos de Atapuerca halla en la sima del Elefante la mandíbula del homínido europeo más antiguo.

Los hallazgos arqueológicos del yacimiento de la Gran Dolina y las industrias líticas de la cuenca de Guadix-Baza, con una antigüedad de 1,3 millones de años, confirmaban ya la presencia de los primeros europeos en la Península Ibérica. “Pero lo que nos faltaban eran los homínidos”, explica José María Bermúdez, codirector de las excavaciones de los yacimientos de Atapuerca, donde ha sido encontrado el resto fósil humano más antiguo de Europa, una mandíbula de 1,2 millones de años, que sitúa la llegada de los primeros homínidos al viejo continente casi 500.000 años atrás. “Ahora podemos presumir de tener al primer europeo”, añade Bermúdez.
       
El pasado 30 de junio, el equipo que dirige Bermúdez junto a Juan Luis Arsuaga y Eudald Carbonell descubrió en la sima del Elefante, en la sierra de Atapuerca, la mandíbula, que aún conserva algunos dientes. La primera implicación que supone el descubrimiento, cuyas conclusiones publica el último número de la revista Nature es, según Bermúdez, el hallazgo de “una especie genuinamente europea”, vinculada “provisionalmente” a la especie Homo Antecessor.

La tesis que sostiene el equipo de científicos de Atapuerca es que durante las migraciones de los primeros homínidos, que “partieron de África hace 1,8 millones de años”, se produjeron “cambios en la estructura genética de las poblaciones”. En concreto, en Europa hubo una “una especiación alopátrida”, es decir, la aparición de una nueva especie fuera de su lugar geográfico de origen.

En efecto, las primeras evidencias de estas migraciones “se encuentran en el yacimiento de Dmanisi (Georgia), donde hay fósiles humanos con una antigüedad de 1,7 millones, y en la isla de Java, con restos de 1,6 millones”, explica el paleontólogo, que señala que era lógico pensar que el “viaje” hubiera continuado por Europa hasta la Península Ibérica como demuestran las semejanzas entre la mandíbula de la sima del Elefante y los hallazgos del yacimiento de Dmanisi. Esto significa, según Bermúdez, que “se van a descubrir homínidos europeos todavía más antiguos, quizás en Bulgaria y Rumania”.

No obstante, también en Atapuerca podrían ser hallados fósiles humanos de mayor antigüedad. Una de las pruebas realizadas, el método de nucleidos cosmogénicos –que estudia las edades de distintos materiales en función de la acumulación de ciertos núcleos atómicos-, dató la mandíbula en el primer test en 1,4 millones de años, “aunque preferimos ser cautos y tomar la fecha que resultó de la segunda prueba, 1,2 millones”, comenta Bermúdez. Sin embargo, hay niveles inferiores a los que ahora se exploran que podrían esconder restos más primitivos, porque son “yacimientos inagotables”.

El descubrimiento de la mandíbula replantea las teorías que los científicos de Atapuerca expusieron en 1997 en la revista Science. Según Bermúdez, creían entonces que el Homo Antecessor era común de los neandertales y de las poblaciones modernas: “Pensábamos que podía ser una especia africana, pero ahora vemos que quizás no, que es una especie muy antigua”. (El País, 26/03/08)

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Los científicos examinan el fragmento de mandíbula encontrado

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Ciencia y política

En su libro “El político y el científico” (Alianza Editorial, Madrid, 1967) del que ya hecho alguna que otra mención en este blog, el sociólogo y filósofo alemán Max Weber se pregunta (pág. 207): que si ya “han naufragado todas esas ilusiones que veían en la ciencia el camino “hacia el verdadero ser”, “hacia el arte verdadero”, “hacia la verdadera naturaleza”, “hacia el verdadero Dios”, “hacia la felicidad verdadera”, ¿cuál es el sentido que hoy tiene la ciencia como vocación?” Y Weber se responde a sí mismo: “La respuesta más simple es la que Tolstoi ha dado con las siguientes palabras: “La ciencia carece de sentido puesto que no tiene respuestas para las únicas cuestiones que nos importan, las de qué debemos hacer y cómo debemos vivir”.
http://www.ibmb.csic.es/index.php?pIdPersonal=74&pIdioma=CAT
No parece verlo así el profesor Josep M. Casacuberta, investigador científico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y miembro del Panel de Organismos Modificados Genéticamente (POMG) de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (AESA), que en su artículo de hoy en El País pretende dar respuesta sobre cual es la función de la Ciencia en la sociedad actual, los límites de la misma y sus relaciones con la Política, defendiendo en todo caso la necesidad de independencia de la primera sobre la segunda. Sean felices. (HArendt)

http://www.ibmb.csic.es/backoffice/show_pic.php?pTable=personal&pField=vchfotopers&pIdField=nidpersonal&pId=74
El profesor Josep M. Casacuberta

 

“Ciencia democrática, política responsable”, por Josep M. Casacuberta

Últimamente se oyen voces, como la del filósofo Daniel Innerarity en este mismo periódico, que reclaman que la ciencia se democratice. La ciencia es demasiado importante, dicen, para dejarla sólo en manos de los científicos. ¿Qué estaremos haciendo mal para que propuestas como ésta nos parezcan casi lógicas? A mi modo de ver, dos son las causas principales, y las dos tienen que ver con la correcta definición de las funciones de la ciencia y de los límites de cada una de ellas.

Del cambio climático a la clonación, de la terapia génica a los transgénicos, existen muchas cuestiones que preocupan a la sociedad que tienen un componente científico esencial. La sociedad pide a los científicos que analicen estos problemas y le aconsejen sobre las posibles soluciones; que desarrollen nuevas técnicas, nuevas terapias, que busquen soluciones; y también, cada vez más, que se decidan a dejar el laboratorio y creen pequeñas empresas de base tecnológica. Que sean realmente útiles y colaboren en dinamizar la nueva economía del conocimiento. Así las cosas, acabamos viendo al científico en un doble o a veces triple papel de experto, empresario e, incluso, político, y es comprensible que esto resulte inquietante. ¿Por qué tendríamos que creer a un científico, por eminente que sea, cuando nos asesora sobre una tecnología prometedora si él mismo ha creado una empresa para explotarla?

Éste es ciertamente un problema que se ha acentuado en los últimos años. El indudable éxito de la ciencia en producir conocimiento que puede ser aplicable al desarrollo tecnológico, y por lo tanto tener un valor mercantil, hace que ésta se esté convirtiendo en su función principal. En una sociedad en la que la utilidad y el rendimiento alcanzan las más altas cotas de prestigio no es extraño que la ciencia no rentable se vaya relegando a los márgenes del sistema. Cada vez es más difícil conseguir dinero para investigar si no se orienta la investigación hacia objetivos aplicados y se valora, y a menudo se exige, la participación directa de las empresas en la investigación.

En los últimos años la presión sobre los científicos para que se conviertan ellos mismos en empresarios ha aumentado considerablemente. Y aunque la existencia de científicos-empresarios sea beneficiosa para la economía y nuestro tejido industrial, corremos el riesgo de identificar a esta ciencia con la ciencia misma, con toda la ciencia. Más que nunca necesitamos ciencia no directamente productiva, y no sólo porque es la fuente de la ciencia rentable del futuro, sino porque necesitamos científicos independientes que puedan asesorarnos en problemas complejos de base científica.

La segunda razón que podría explicar el recelo creciente que genera la ciencia y los científicos podría buscarse en el uso y el abuso político de la ciencia. Existen distintas organizaciones y agencias de análisis y asesoría científica a las que nuestra sociedad puede acudir, y de hecho acude. Sin embargo, para que el sistema funcione correctamente, no sólo es indispensable que el trabajo de estas agencias se base en el rigor y la independencia de sus científicos, también es esencial que la sociedad utilice correctamente la información que le proporcionan. Es decir, que una vez asesorados en sus aspectos científicos, los políticos, teniendo en cuenta las otras muchas caras que los problemas complejos tienen, tomen una decisión política y, sobre todo, la justifiquen como tal.

Demasiado a menudo se busca una ciencia a medida que justifique determinadas decisiones políticas o se opta por desprestigiar a quienes no asesoran en una determinada dirección. No se puede negar el calentamiento global para justificar el no tomar medidas de ahorro energético con un coste evidente para la economía o el nivel de vida de los ciudadanos, de la misma forma que no se puede bloquear el cultivo de transgénicos parapetándose en unos supuestos problemas ambientales o para la salud que ningún estudio científico riguroso avala.

Si cuando hablamos de democratizar la ciencia estamos hablando de introducir criterios políticos en el diseño, el análisis y la interpretación de los resultados experimentales, estamos pidiendo el fin de la ciencia como tal. Permitamos que los científicos hagan su trabajo, preservemos una ciencia no rentable y responsabilicémonos todos de nuestras decisiones políticas. La democracia saldrá ganando. (El País, 26/03/08)

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El proceso de investidura (I)

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Peridis (El País, 24/03/08)

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El proceso de investidura (II)

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Peridis (El País, 25/03/08)

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El proceso de investidura (III)

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Peridis (El País, 26/03/08)

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