Actualidad de Darwin
¿Actualidad de Darwin? La oposición frontal del PP y de la Conferencia Episcopal a la asignatura de Educación para la Ciudadanía, secundada por el sector más reaccionario de la judicatura, parece demostrar que sí. Anclados en un pensamiento decimonónico, no acaban de entender que educar ciudadanos es la base de la libertad y la democracia. O puede que sí, que lo entiendan muy bien, y por eso se oponen a educar a nuestros hijos y nietos en el pensamiento libre y prefieran mantenerlos maniatados intelectualmente. Acabarán pagándolo caro. Dos preciosos textos publica hoy El País sobre la obra y la figura de Charles Darwin. El primero, del catedrático de Historia de la Ciencia y miembro de la Real Academia Española José Manuel Sánchez Rón, titulado “El victoriano revolucionario”, que cuenta como fue la vida del gran pensador británico, un hombre hogareño, amante de su familia, conservador y aquejado por graves enfermedades que supo mantenerse firme en sus convicciones y hacer frente a la incomprensión de la sociedad de su época. El segundo, del escritor y periodista Miguel Ángel Villena, se titula “El Darwin oculto, al fin en español”, nos transmite la feliz noticia de que por fin van a ser publicados en español los textos inéditos del gran naturalista, lo que dice más bien poco del afán y curiosidad científica de los españoles a estas alturas del siglo XXI. Espero que los disfruten. Sean felices. Y buenas vacaciones. (HArendt)

Retraro de Charles Darwin en su juventud
“El victoriano revolucionario”, José Manuel Sánchez Ron.
¿Quién hubiera imaginado el destino que aguardaba a aquel joven de buena familia que perdía el tiempo buscando escarabajos, rocas y plantas, por los alrededores de Edimburgo, en cuya Universidad se suponía que obtendría el título de médico (abandonó, incapaz de soportar el sufrimiento que veía en los pacientes), y luego en Cambridge, ahora ya con la más humilde pretensión de convertirse en clérigo? ¿Habría pensado su desesperado padre (médico) que llegaría el día en que el cuerpo de su hijo Charles yacería enterrado en la abadía de Westminster, justo al lado del gran Newton?
El hecho es, sin embargo, que Charles Darwin (1809-1882) llegó a ser uno de esos raros faros intelectuales que iluminan el mundo del pensamiento por encima del tiempo y el espacio. De muy pocos descubrimientos, teorías o científicos se puede decir, en efecto, lo que se puede manifestar a propósito de Darwin: que generó una revolución que fue más allá de los confines de la ciencia socavando creencias profundamente enraizadas en los humanos. Si Copérnico separó a la Tierra del centro del universo, Darwin despojó a la especie humana del lugar privilegiado que religiones y filosofías le habían asignado en la naturaleza.
Depurada por el paso del tiempo, la idea básica de la teoría darwiniana de la evolución de las especies, o de la selección natural, es que no hay una tendencia intrínseca que obligue a las especies a evolucionar en una dirección determinada; evolucionan, sí, pero siguiendo leyes surgidas de la azarosa y no predeterminada lucha por la supervivencia. Como es bien sabido, el lugar en el que Charles Darwin planteó, y sustanció con múltiples ejemplos, tal tesis es un libro que forma parte de lo mejor del patrimonio de la humanidad: El origen de las especies por medio de selección natural, o la preservación de especies favorecidas en la lucha por la vida (1859).
El camino que le llevó a publicar esta obra fue largo. Y más que probablemente nunca lo habría recorrido si no hubiese sido aceptado como naturalista en el barco HMS Beagle, que zarpó de Portsmouth en diciembre de 1831, en un viaje de cinco años que le llevó alrededor del mundo. En aquellos años de aprendizaje, trabajando en ese laboratorio único que es la naturaleza, convertido en un atrevido aventurero que recorría las pampas argentinas durmiendo al raso, exploraba islas (como las Galápagos) y se adentraba en selvas, se forjó el naturalista cuyas ideas cambiarían el mundo.
Luego vendrían las décadas, el resto de su vida en realidad, de reflexión, experimentación y búsqueda de leyes explicativas, en las que el antiguo Indiana Jones decimonónico se trasmutó en un sedentario padre de familia de muy mala salud, asentado en el pueblo de Down, cerca de Londres, viviendo de las rentas familiares y con escasos contactos personales con sus colegas, con los que, sin embargo, mantuvo una copiosísima correspondencia. Se dice que apenas podía trabajar dos o tres horas al día. Si fue así, ¡que rendimiento tan extraordinario! Al tiempo que leía, estudiaba, experimentaba y estaba al tanto en su disciplina, de su pluma salieron libro tras libro (y miles de cartas).
Fue, es cierto, un victoriano conservador y un devoto padre de familia, pero su obra científica le convirtió en un revolucionario, y como tal sufrió el destino frecuente de estos innovadores: críticas y adhesiones, odios y lealtades. Todavía resuenan los ecos del magnífico enfrentamiento que tuvo lugar en Oxford el 30 de junio de 1860 entre el obispo Samuel Wilberforce y el biólogo Thomas Henry Huxley. “Querría preguntar”, manifestó Wilberforce, “al profesor Huxley sobre su creencia de que desciende de un mono. ¿Procede esta ascendencia del lado de su abuelo o del de su abuela?”. A lo cual Huxley replicó: “No sentiría ninguna vergüenza de descender de los monos; pero sí que me avergonzaría proceder de alguien que prostituye los dones de la cultura y la elocuencia al servicio de los prejuicios y la falsedad”. Pero la defensa y argumentos de Huxley no fueron suficientes: el creacionismo ha resultado ser un sujeto duro de roer.
Por su parte, Marx y Engels recibieron con entusiasmo la idea de la lucha por la supervivencia, que entendieron como “lucha de clases”, mientras que, en las antípodas del comunismo, algunos entendieron que el darwinismo proporcionaba la base científica para justificar los excesos del capitalismo. La ciencia de Darwin se convirtió así en arma política, como bien se pudo apreciar en España, en donde fueron frecuentes durante el siglo XIX los enfrentamientos ideológicos a propósito de la teoría de la evolución darwiniana.

Caricatura de Charles Darwin del siglo XIX
“El Darwin oculto, al fin en español”, por Miguel Ángel Villena.
Cuando escribió su autobiografía, Charles Darwin evocó del siguiente modo el éxito de El origen de las especies, uno de los libros científicos más trascendentes de todos los tiempos, publicado en 1859. “Ha sido traducido a casi todos los idiomas”, señaló el naturalista británico, “incluso a algunos como el español, el bohemio, el polaco o el ruso”. Lo que ignoraba Darwin es que su obra más famosa, que cambió literalmente la visión del mundo y de la evolución de la humanidad, había tardado nada más y nada menos que casi 20 años en ser traducida al castellano en una muestra del atraso científico español en el siglo XIX respecto de lenguas como el alemán o el francés. Sin embargo, todavía resulta más escandaloso que, a principios del siglo XXI, cuando estamos a punto de celebrar el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin (1809-1882), una mayoría de libros del naturalista sigan inéditos en español.
“De los 17 libros publicados por el científico inglés”, comenta el biólogo y profesor Martí Domínguez, “más de 9.000 páginas impresas, sólo se han traducido El origen de las especies, El origen del hombre, El viaje de un naturalista, La expresión de las emociones en los animales y en el hombre y, hace poco, La estructura y distribución de los arrecifes de coral. Los demás títulos permanecen inéditos en español y, por eso, la editorial Laetoli ha comenzado recientemente una biblioteca-colección sobre Charles Darwin con la publicación de La fecundación de las orquídeas, que pretende dar a conocer el resto de su obra”.
Tanto Domínguez, autor del prólogo de La fecundación de las orquídeas, como Serafín Senosiáin, el director de Laetoli, una editorial de referencia en temas de ciencia con sede en Pamplona, coinciden en señalar las razones que explican esta anomalía española con respecto a Darwin. “En primer lugar, revela un rasgo claramente anticientífico de la sociedad española, que ha mejorado algo con el paso del tiempo, pero no lo suficiente. En segundo lugar, el mundo académico en general ha prestado poca atención al autor de El origen de las especies. Y como tercer motivo básico, el conservadurismo de la Iglesia católica ha pesado en España como una losa”.
En una época en que los integristas religiosos cristianos ponen en cuestión las teorías evolucionistas y defienden el creacionismo, ahora llamado con mucha pompa diseño inteligente, el editor Senosiáin no tiene dudas en apuntar sus dardos contra la jerarquía católica. “La historia de España”, manifiesta el responsable de Laetoli, “ha sido la que ha sido, plagada de dictaduras, oscurantismo y dominio de la Iglesia católica, que siempre tuvo a Darwin como un objetivo a combatir. Por otra parte, el desdén que en líneas generales ha tenido la sociedad española hacia el naturalista sería inconcebible si hubiera mantenido esa actitud con un novelista como Tolstói o cualquier otro de primera fila”.
Si el editor se manifiesta tan crítico con los eclesiásticos, Martí Domínguez arremete contra muchos universitarios. “Darwin se lee poco o muy poco en la Universidad”, afirma este investigador, docente y periodista científico, “hasta el punto de que incluso en carreras como Ciencias Biológicas lo consideran un clásico poco relevante para la formación de los estudiantes. No sería exagerado afirmar que buena parte del profesorado de ciencias no ha leído El origen de las especies”. Precisamente para cubrir esa evidente e incomprensible laguna cultural, Laetoli tiene programado publicar en los próximos meses títulos como Plantas carnívoras, Variaciones en los animales y las plantas, La forma de las flores y Las plantas enredaderas, al margen de lanzar una nueva edición de El origen del hombre, en 2009, un año que la comunidad científica de todo el mundo dedicará a honrar la memoria del naturalista británico.
Al igual que ocurre con otras obras aparentemente menores del naturalista, La fecundación de las orquídeas va más allá de un texto técnico o de interés limitado a los eruditos. Cualquier aficionado a la botánica descubrirá que los concienzudos y pacientes experimentos de Charles Darwin en su casa de Down, a 25 kilómetros de Londres, aspiraban, como toda su obra, a demostrar sus teorías sobre la evolución. Martí Domínguez cita una biografía de Janet Browne (Charles Darwin. The power of place, 2002) sobre el científico para concluir que “hasta entonces [mediados del siglo XIX] las orquídeas eran consideradas como la obra más sublime y directa de la mano de Dios, y Darwin quiso demostrar que incluso aquellas plantas tan extraordinarias podían explicarse como resultado de una maravillosa suma de adaptaciones evolutivas”.
Poco dado a la soberbia intelectual, el científico no pudo reprimir su satisfacción cuando avanzaron sus descubrimientos sobre aquellas preciosas flores que él también consideraba una maravilla. Aunque no de origen divino. Durante sus experimentos -que condujeron a la publicación del libro en 1862 con el enrevesado título, muy propio de la época, de Los varios ingenios mediante los cuales las orquídeas británicas y foráneas son fecundadas por insectos-, no pudo reprimir su orgullo. “En un futuro no muy lejano”, escribió en aquellas fechas a un amigo, “los naturalistas escucharán con sorpresa, quizás con mofa, que en tiempos anteriores hombres serios y cultivados mantuvieron que estos órganos fueron especialmente creados y dispuestos en su lugar adecuado como platos en una mesa por una mano omnipotente ‘para completar el esquema de la naturaleza”.
La fecundación de las orquídeas demuestra también el talante de aquel investigador metódico, que dedicó su vida entera a analizar todos los hallazgos que había realizado en aquel viaje de cinco años en el Beagle, iniciado en 1831 cuando ese hijo de médico rural apenas contaba 22 años de edad. Como desvela en su Autobiografía, publicada en España por Belacqua, Darwin se refugió en la campiña inglesa, en un pueblo cerca de Londres, con su mujer, Emma Wedgwood, que era también su prima, y con los siete hijos que sobrevivieron de los 10 que tuvo el matrimonio.
Una inmejorable prueba de la huella que el viaje del Beagle dejó en Darwin la encontramos en Hacia los confines del mundo (Salamandra), una novela de publicación reciente en España y que han elogiado todos los darwinianos. En esta obra de ficción, pero ambientada sobre un verídico fondo histórico y geográfico, su autor, Harry Thompson, repasa el pulso que mantuvieron el capitán del Beagle, Robert Fitzroy, y el joven naturalista Charles Darwin. De esa pugna entre un creyente en Dios y en el origen divino de la creación y un científico, fascinado por unos descubrimientos que alumbraron la teoría de la evolución, nació una colosal obra que comienza a estar al alcance de los lectores en español. (El País, 15/03/08)

Retrato de Darwin al final de sus días




