Tuesday, February 12, 2008

Juego sucio, juego limpio

No me gusta hablar en exceso de la cita electoral. Me resisto como gato panza arriba porque es un asunto que me aburre y me agota al mismo tiempo. Lo cual no quiere decir que no me interese: me interesa y mucho, pero es un interés personal que no tengo el menor deseo de exponer a criterio público, aunque mi modesto apoyo esté claro a favor de quién está … Hasta que leo las cosas que leo y entonces, salto. Por ejemplo, las críticas de la derecha más rancia, casposa y maloliente a los artistas, intelectuales, autores, escritores y profesionales del mundo de la cultura promotores de PAZ (Plataforma de Apoyo a Zapatero). Les ha contestado muy bien hoy en su editorial de Cuatro, Iñaki Gabilondo, así que me ahorro la reseña.

También hoy, el escritor y diplomático José María Ridao, escribe un duro artículo en relación con la pre-campaña electoral criticando la estrategia de la mayor parte de los partidos en liza de no abordar en profundidad las grandes cuestiones que afectan al país, limitándose en el mejor de los casos a zaherirse mutuamente con el consabido “pues tu, más”, sin ser capaces de ofrecer un programa ilusionante al electorado.

Por último, Tomás Delclós, director del suplemento Ciberpaís, publica un interesante artículo sobre el uso de Internet por los políticos y los aparatos de propaganda de los partidos de cara a la cita electoral de marzo. Aunque piensa que es aún un instrumento de participación política “en pañales”, el poder latente que desprende es inmenso y de ahí el interés que “despierta” y los riesgos que afrontan los políticos que se aventuran en él sin la debida preparación.

En la página electrónica de Cuatro puede verse ya la entrevista que esta noche ha realizado Iñaki Gabilondo a José Luis Rodríguez Zapatero, y la realizada a Mariano Rajoy días pasados. Disfrútenlas si tienen voluntad para ello. Y sean felices. Ya saben: no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista… Y el 9 de marzo, a votar. (HArendt)


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Mariano Rajoy (PP) y José Luis Rodríguez Zapatero (PSOE)

“La Opinión de Gabilondo: 11 de febrero”

“Está apasionante la precampaña, porque los sondeos no descartan ningún resultado. Y hay nervios. Y hay algunas cosas denunciables: un grupo de importantes figuras del espectáculo expresa públicamente su apoyo a un candidato, y es tratado como una banda de forajidos. Sin embargo, apoyos así son normales en cualquier país. Se entiende que
son ciudadanos y que están ejerciendo un derecho. En España, no. En España se les llama estómagos agradecidos, gentecilla que se deja untar por el canon digital. De ese modo, personalidades que conviven con el éxito desde hace décadas, que tienen la vida resuelta gracias a su trabajo, que forman parte del sustrato cultural de nuestro país, son tratados como pedigüeños, sin honor, vergüenza, ni principios. Desde el líder de la oposición hasta un enjambre de comentaristas, que no paran de hablar de libertad de expresión, se la niegan. Y cualquier “mindundi” de quinta división en la política o el periodismo se atreve burlarse de artistas como Serrat, Sabina, Almodóvar, Bardem, Ana Belén, Víctor. Y a calificarlos de parásitos. El abanderado de esta causa, el que les bautizó como los titiriteros, Jiménez Losantos, no tiene la menor duda de que apoyan a Zapatero por interés. Por qué, si no, dado que carecen de principios. No como él, que apoya abiertamente al PP, sí, pero por razones profundamente meditadas y llenas de altruismo; que babea ante Esperanza Aguirre, sí, que no le encuentra nunca el menor defecto, sí, pero por convicción, no porque le adjudicara unas cuantas emisoras de Televisión Digital Terrestre. ¡Qué país, Miquelarena, dijo Mourlane Michelena!”
(Cuatro TV, 11/02/08)

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El periodista Iñaki Gabilondo (Cuatro TV)

“El humillante voto del miedo”, por José María Ridao

Las invitaciones a votar por miedo al adversario son el desenlace lógico de una legislatura marcada por la estrategia de la crispación. Lo extraño sería que, a estas alturas, los partidos reclamaran una adhesión de los ciudadanos a las políticas que proponen, y no un rechazo frontal de las contrarias. Más confiados en los errores ajenos que en la propia capacidad de movilización, no se presta suficiente atención a los problemas que se perfilan para la próxima legislatura. Ante una economía internacional cuyas turbulencias acabarán por afectarnos, la respuesta sólo ha sido discutir si la coyuntura española es o no es la de una crisis, además de anunciar medidas fiscales más destinadas a fidelizar el voto que a reforzar la capacidad de intervención del Estado. Tener una estrategia significa disponer de una respuesta para la peor de las hipótesis y, en este sentido, resulta hasta cierto punto irrelevante preguntarse si el deterioro de los indicadores económicos en los últimos meses son o no la evidencia de una crisis. Lo fundamental sería conocer de qué recursos se dispone y cómo se emplearían en el caso de que, en efecto, esos indicadores fuesen signo de malos tiempos.

El amplio superávit de las cuentas públicas llevaría a pensar que, en esta oportunidad, España no estaría en mala posición para amortiguar los efectos de una desaceleración. Pero la improvisación electoralista con la que se están comprometiendo los recursos del¡ Estado, ya por la vía de anunciar nuevos gastos de dudosa eficacia, o por la de prometer alegres rebajas de impuestos, hace suponer que nadie está dispuesto a definir una estrategia. Si finalmente resultara que estamos ante una crisis, como tantos datos parecen indicar, la capacidad de reacción se habría visto mermada en un vistoso ejercicio de pájaros y flores.

Otro tanto sucede en el terreno estrictamente político, donde las dificultades e, incluso, las amenazas sobre el sistema siguen intactas. El bloqueo de los principales órganos judiciales, en gran parte debido a la trascendencia política de algunas decisiones pendientes, como el recurso del PP contra el Estatuto de Cataluña, no se resolverá por arte de magia pasadas las elecciones, sobre todo si los resultados no dan una mayoría clara a ninguno de los dos grandes partidos. La pretensión de convocar una consulta este mismo año, reiterada en cada ocasión por el lehendakari Ibarretxe, tampoco tiene por qué encontrar una solución automática después del 9 de marzo. Poco se ha escuchado sobre asuntos que, como éstos, han envenenado la legislatura hasta límites inimaginables. Y aunque tal vez este silencio resulte explicable en el caso de la consulta de Ibarretxe, es más difícil comprenderlo cuando se trata del futuro de la Justicia.

Pero, en realidad, tampoco se han escuchado grandes cosas sobre tantos otros problemas que, a diferencia de los anteriores, y pese a su trascendencia, sólo han reclamado una atención esporádica en estos cuatro años, como la sanidad o la educación. La transferencia del grueso de estas competencias a las autonomías parece haber actuado como una coartada de doble uso: cuando se avecinan elecciones locales, se recuerda que el Estado central tiene la llave última de la financiación, y cuando son las generales las que se avecinan, entonces se argumenta que estas competencias son de las Comunidades Autónomas.

El caso Leganés no sólo ha mostrado hasta dónde está dispuesto a llegar el Partido Popular en la lucha política; además, ha dejado al descubierto que las listas de espera y la saturación de los centros hospitalarios no son las únicas carencias del sistema sanitario español. En términos generales, la reacción ante la tropelía del Gobierno de Esperanza Aguirre ha sido pronunciarse sobre el derecho a la muerte digna. Otra manera de hacerlo hubiera sido comprometerse a dotar los hospitales con unidades de cuidados paliativos.

Si no otras virtudes, el Informe Pisa tuvo al menos la de servir de aldabonazo sobre el estado de la Educación en España. Pero la preocupación que desencadenó no parece haber encontrado por ahora un hueco en la precampaña. No es que la escuela no haya aparecido, sino que lo ha hecho vinculada a propuestas sobre la lengua o, más recientemente, sobre el velo, impulsada por el PP. Puede que una parte de las deficiencias de la educación obedezca a la legislación. Pero el problema principal siguen siendo los recursos. Más escuelas públicas, con más profesores y mejor retribuidos es una promesa electoral preferible a nuevas leyes sobre la lengua o el velo.

Las invitaciones a votar por miedo al adversario equivalen, en el fondo, a exigir un cheque en blanco para la propia actuación. Y eso es, precisamente, lo que desalienta a muchos ciudadanos. Quieren votar convencidos de suscribir el programa del partido al que votan, no convertir su voto en una humillante demostración de cobardía. (Diario El País, 11/02/08)

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El escritor y diplomático José María Ridao

“Internet también vota el 9-M”, por Tomás Delclós

Los jóvenes de entre 16 y 24 años dedican un 22% más de su tiempo a navegar por Internet que a ver la televisión. Es lógico, pues, que los partidos piensen en el ciberespacio para conquistar ese difícil voto. De todos los cabezas de lista para las próximas elecciones, sólo 18, un 15%, tenían en enero algún tipo de espacio personal en Internet, según el blog e-xaps. A estas horas seguro que el número es mayor, pero ello sólo demuestra un interés tan súbito como poco fiable por el medio. No son habitantes de Internet, simplemente lo usan en campaña. A los políticos españoles en épocas electorales les toca visitar algún que otro mercado y, ahora, es inevitable, Internet. Tienen claro que hay que estar, pero si en su vida política no tienen tratos con el planeta digital, se trata de una visita protocolaria.

Mientras Internet se contemple como un espacio para lucir la mensajería electoral y no un territorio de acción política cotidiana, la presencia de los líderes en este continente tan poblado tendrá algo de simulacro. Es una presencia vicaria, de los equipos de campaña, fugaz, con más vídeos que conversación.

Los políticos tienen una relación conflictiva con Internet porque, además, una parte de esta audiencia mantiene una actitud claramente desafecta hacia el aparataje político. Con todo, los partidos españoles están abriendo áreas de diálogo digital. Internet es una pieza importante de la campaña, pero también está claro, como recuerda José Frèche, responsable de sarkozy.fr y que tuvo que vencer la luminosa blogosfera de Ségolène Royal, que… “quien al final gana las elecciones es el candidato”. La tarea principal de un candidato es colocar sus ideas. Las réplicas son un engorro y en Internet hay muchas, incontrolables y, muchas veces, antipáticas. Además, la multiplicación de plataformas, la intensidad de la web social, muy participativa, complican la organización de esta presencia. Hay incomodidad.

Rajoy ha abierto un espacio en Facebook, que tiene unos 5.000 amigos, pero la crisis de Gallardón alcanzó ahí una dimensión indeseada. Por otra parte, cuando Rajoy felicita el cumpleaños de uno de esos amigos, que al registrarse ha dado la fecha de nacimiento, el tufo a trámite robotizado desmiente el espíritu de contacto personal del lugar. Y luego están los bromistas. El PP, a quien suministre un teléfono, manda un mensaje de Rajoy reclamándole a una reunión programática. Más de uno ha recibido esta llamada sin haberla solicitado, porque un amigo ha dado su número, lo que resulta un tanto contraproducente. Y otros han dado números internacionales para subir la factura de la promoción. Será por eso que el servicio muchas veces no funciona.

Rodríguez Zapatero, en su página web, abrió un espacio para las propuestas de los ciudadanos y en ellas ha reinado la oposición al canon. El esfuerzo del equipo que gestiona la página para argumentar la posición socialista es enorme. Mientras que para explicar la política de precios de la vivienda se dedican 3.230 caracteres con espacios, en la respuesta para defender el canon digital se emplean 5.159, un kilometraje muy significativo. Este espacio ya está cerrado.

Llamazares, para que lo suyo no parezca cuento, se ha comprometido a responder personalmente en vídeos las preguntas de los internautas. Ha grabado un repertorio de respuestas a preguntas previsibles, pero cuando se hace una inesperada, por ejemplo si le gusta más carne o pescado, Llamazares responde que “eso lo vereis en el programa
electoral que está más desarrollado”.

La emergencia del Internet político, como plaza donde los ciudadanos hacen política, pone en cuestión las viejas leyes electorales. En 2005, Takafumi Horie, el empresario de un popular portal japonés, tuvo que batallar por un escaño en Hiroshima sin poder emplear Internet porque una ley de los años cincuenta prohíbe la difusión masiva de imágenes. Lo que hizo Horie fue invitar a sus fiestas electorales a bloggers, ellos sí podían hacer política en la Red. El final de la historia no es muy edificante: Horie perdió y en 2007 fue condenado por falsear las cuentas de su emporio.

La prohibición de publicar sondeos en vigilias electorales ya resulta una antigualla desde que, en 1997, el diario La Tribune de Genève publicó en su sitio digital uno sobre las elecciones de sus vecinos franceses cuando los medios domésticos no podían hacerlo y, de hecho, aquel mismo año algunos lo hicieron. Y eso sin contar que la Red ofrece otro tipo de sondeos más heterodoxos: las apuestas. En Betfair, por citar uno de los concurridos locales digitales de envite, los jugadores creen en la victoria de Zapatero (su victoria se paga a 1,26 libras) frente a Rajoy (4,3 libras).

Pero el empleo de Internet como megáfono electoral es sólo una mínima parte del previsible uso político de la Red. Joe Trippi es un asesor que ganó una gran notoriedad en las primarias demócratas de 2003 al conseguir, a través de la Red, una recaudación de fondos insólita para su candidato Howard Dean. Trippi lo ha relatado en un libro, The revolution will not be televised. Trippi considera que las campañas populares de recaudación de fondos en el Internet norteamericano han de servir para romper la influencia de los lobbies de donantes (“si 630 donantes millonarios pueden recoger más de un millón de dólares para Bush, dos millones de americanos los pueden derrotar aportando cada uno menos de 100 dólares”) pero también para movilizar al electorado. El fracaso final de Dean, con todo, espoleó el debate sobre cómo movilizar realmente las llamadas muchedumbres inteligentes. El presidente de Google, Eric Schmidt, es de los que creen que Internet todavía no modifica el voto, pero no tardará. Si la televisión ha creado la presente generación de políticos, Schmidt se pregunta ¿qué hará Internet con la próxima generación? Y anuncia herramientas maliciosas como un predictor de la verdad que ante cualquier declaración de un candidato permitirá al internauta clicar un icono para saber si lo que dice es cierto o falso gracias a un complejo manejo de bases de datos por parte de la máquina. Para este chequeo ya existen en Internet herramientas más humildes como la
española Lo prometido es deuda, que recoge y archiva las promesas de campaña para que el internauta pueda tener un recordatorio fácil de los compromisos y… pedir explicaciones

Trippi, en su libro, reduce el papel de la televisión: “Es grande para ver Ley y orden, pero no es buena para hacer leyes y mantener el orden”. Pero la convergencia de las pantallas puede corregir esta profecía. En julio y noviembre del año pasado, la cadena CNN y YouTube organizaron sendos debates con los candidatos demócratas y republicanos a las primarias. Las preguntas se enviaban en vídeo a YouTube y se respondieron en directo en una sesión televisada. Después, en YouTube, los internautas analizaban las respuestas… Varias televisiones en España han importado la fórmula para esta campaña.

El 58% de los internautas españoles tiene menos de 35 años. Los jóvenes de entre 16 y 24 años, además, dedican un 22% más de su tiempo a navegar por Internet que a ver la televisión. Es lógico, pues, que los partidos piensen en Internet como una granja de este difícil voto, pero se equivocarán si sólo trasladan las astucias de la mercadotecnia política existente. En Estados Unidos hay una muy amplia literatura que aplica el concepto de open source (código abierto) a la dinámica política. Con distinto grado de euforia y realismo sobre su alcance, trasladan la filosofía de este movimiento del software a la política. El open source consiste en programas de código abierto, accesible, que cualquier voluntario puede modificar, corregir los errores, aprovechar y revertir a la comunidad. Un detalle importante: para corregir un código no basta con consumir informática hay que saber algo, o mucho, de sus tripas algorítmicas. En política supondría un modelo participativo que combatiría, en palabras de Micah Sifry, las organizaciones egocéntricas a favor de una práctica política en Red, más participativa. Veremos. (Diario El País,11/02/08)

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El periodista Tomás Delclós

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