Continúo con la misma sequía informativa apolítica que me acuciaba ayer. No vi el debate entre Rodríguez Zapatero y Rajoy porque no quise. Esos no son debates políticos. Son monólogo a dos voces sin vida ni sustancia. Puro teatro. Me niego a verlos. Comparto lo que hoy comentan en sus blogs respectivos el escritor Basilio Baltasar y el periodista Lluís Bassets. A pesar de ello, no tengo la menor intención de modificar mi voto en favor de Zapatero.
Busco algo que comentar. Mi buen amigo Diego Fernández Magdaleno, músico, compositor y pianista vallisoletano, se indigna en su blog de lo leído en el de un presunto izquierdista riojano que con absoluta desfachatez se monta un extemporáneo homenaje al gran héroe de la revolución mundial que es Fidel Castro. Comparto su indignación y dejo una nota al susodicho riojano, que arrepentido de inmediato porque no le conozco de nada y tiene todo el derecho del mundo a decir las tonterías que quiera. borro sobre la marcha. En cualquier caso me alegra leer el blog del escritor francés Jean-Francois Fogel y comprobar que no soy el único izquierdista que detesta a Fidel y la dictadura cubana.
Pasada la medianoche del martes, encuentro un interesante artículo de Ramiro Pinto Cañón, ex candidato al Parlamento europeo por los Verdes, titulado “La falta de tiempo”, y publicado en la revista Libre Pensamiento en el verano de 2004. Articulo que se inicia con una incitadora reflexión del escritor y periodista polaco Riszard Kapuscinski, fallecido el verano pasado, sobre el diferente valor del tiempo en la cultura occidental y en la africana. Disfruten de él. Sean felices. Y el día 9, a votar. ¡Ah, y felicidades a mi paisano, el canarión de nacimiento, Javier Bardem, por su Óscar! Se lo merece. (HArendt)
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Alegoría del Tiempo gobernado por la Prudencia (1565)
Tiziano (National Gallery, Londres)
“La falta de tiempo”, por Ramiro Pinto Cañón
“Los europeos están convencidos de que el tiempo funciona independientemente del hombre, de que su existencia es objetiva, en cierto modo exterior, que se halla fuera de nosotros y que sus parámetros son medibles y lineales. (…) El europeo se siente como su siervo, depende de él, es su súbdito. Para existir y funcionar, tiene que observar todas sus férreas e inexorables leyes, sus encorsetados principios y reglas. Tiene que respetar plazos, fechas, días y horas. Se mueve dentro de los engranajes del tiempo; no puede existir fuera de ellos. Entre el hombre y el tiempo se produce un conflicto insalvable, conflicto que siempre acaba con la derrota del hombre: el tiempo lo aniquila”.
“Los africanos perciben el tiempo de manera bien diferente. Para ellos, el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso. El tiempo, incluso, es algo que el hombre puede crear, pues, por ejemplo, la existencia del tiempo se manifiesta a través de los acontecimientos, y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. (…) El tiempo aparece como consecuencia de nuestros actos y desaparece si lo ignoramos o dejamos de importunarlo. (…) Traducido a la práctica, significa que si vamos a una aldea donde por la tarde debía celebrarse una reunión y allí no hay nadie, no tiene sentido la pregunta: “¿Cuándo se celebrará la reunión?”. La respuesta se conoce de antemano: “Cuando acuda la gente”. (Ryszard Kapuscinski, “Ébano”)
Un día tal que el 13 de abril de 2002, la CGT de León convocó una manifestación contra la falta de tiempo . Pudo parecer una anécdota, pero quienes la convocamos pretendimos lanzar un debate, profundo y libertador, a la sociedad. Hay algún foro específico sobre este tema en la red, pero está visto que la mayoría de las personas carece de tiempo para reflexionar al respecto. Semejante carestía afecta a nuestra relación con todo lo que nos rodea. Y, desde luego, es un problema sindical de primer orden. O debería serlo.
Hay un dato significativo, como es que entre 1850 y 1950 el incremento de productividad se tradujo en una reducción de la jornada laboral hasta lograr llegar a las cuarenta horas semanales. Sin embargo, en las cinco décadas siguientes, en las que se ha incrementado la productividad y la aplicación tecnológica es muy superior, la reducción no ha continuado e, incluso, en muchos casos el número de horas de trabajo es mayor y, además, mal pagadas. Según fuentes oficiales de la Organización Internacional del Trabajo, el estrés laboral es el segundo problema de salud europeo, sólo después del tabaco, sin que sea éste un dato conocido por la opinión pública. ¿Acaso no habrá que poner un cartel en las empresas que diga: “El exceso de jornada y el trabajo precario y temporal son malos para la salud”, además de anuncios en televisión sobre esta cuestión?
Por sí sólos, estos datos son preocupantes. Pero es mucho más, porque se convierte en un problema social que se transmite de lo económico a las demás facetas de la vida. La falta de tiempo es un instrumento con el cual se nos domina y con el que “construimos el Poder”. Nos impone pautas y conductas, pensamientos y emociones, a cada individuo concreto. Lo curioso es que, por paradójico que parezca, tales pautas parten de cada sujeto. Es a través de la falta de tiempo por donde podemos darnos cuenta de cómo se construye el Poder y somos dominados, sin advertirlo, porque somos los ejecutores y las víctimas, al mismo tiempo, de dicho proceso. Una situación que deberá ser estudiada en profundidad, ya que es un factor que si no se comprende es imposible controlar y, mucho menos, luchar contra él. Esta nueva categoría no es sino una fase más en la evolución del Poder. En consecuencia, la lucha contra la merma de libertades debe avanzar en este sentido. Si no lo hacemos así, las demás luchas serán estériles. Para entender esta situación pensemos en algo tan cotidiano como encender la televisión. Tenemos la libertad de elegir el canal que queramos, de poner en funcionamiento o no el aparato. Pero más allá de esas elecciones, la televisión se ha convertido en el electrodoméstico más usado y en una forma de ocio que ocupa un lugar privilegiado en nuestros hogares. Los programas más bodrios son los que más audiencias tienen, sin que en apariencia nadie ni nada nos obligue a ello. Como audiencia, construimos una industria de la imagen que mueve miles de millones de euros, y a la vez nos somete a su programación y a su visión del mundo-consumo.
No es lo mismo ir de prisa que ir con prisa. El problema es cuando las prisas forman parte de nuestro ritmo vital. Llegamos a tener prisa como una sensación permanente, independientemente de que tengamos que ir rápido o no. Dicha sensación es lo que, de una manera aproximada, podemos llamar estrés. Pero normalizamos tal sensación al querer justificarla y hacemos más y más cosas porque tenemos prisa, o mejor decir: tenemos sensación de prisa. O sea: no tenemos prisa porque tengamos mucho que hacer, sino que hacemos muchas cosas porque sentimos la prisa dentro de nosotros . Esto puede ser una paradoja teórica, pero nos va a permitir comprender muchas situaciones que tienen que ver con el mundo laboral moderno y con la economía actual.
La prisa es un ritmo que afecta a nuestra vida cotidiana. Nos impide elegir actividades que requieren reposo y sosiego, como son leer, reflexionar, asistir a reuniones, tertulias, charlar… No tenemos tiempo para este tipo de actividades, pero sí para otras, que requieren de un ritmo trepidante: dar una vuelta por un centro comercial lleno de barullo en el que el consumidor lo es compulsivamente, sin plantearse si no está cumpliendo con un ritual de rapidez/eficacia en el consumo que le perjudica, ir de bares, asistir a actividades masivas en las que siempre hay que estar entrando a empujones… Somos espectadores de espectáculos que hacen pasar el tiempo de manera rápida. Por ejemplo, en el montaje cinematográfico actual predomina la velocidad ante todo, agobiante en muchas películas, acostumbrando a generaciones de espectadores/consumidores que se aburren ante cualquier ritmo más lento y/o intimista. Semejante proceso provoca la costumbre de hacer zaping al ver la televisión o el convertir las noticias de prensa en un estímulo de ansiedad, en lugar de reflexión. Se ven a toda velocidad en los telediarios, o se leen rápidamente en la prensa, después de haberse escrito y realizadas a una velocidad de vértigo, para el consumo de sensaciones de actualidad. Se pierden, de esta manera, las referencias históricas de cualquier suceso, para convertirlo en un espectáculo mediático, y entramos en dicho juego cuando reducimos a ello las luchas sociales, sindicales o políticas. Se vacían de contenido.
La realidad ha cambiado tanto que muchos aspectos se han invertido, sin que nos hayamos parado a pensar sobre ello. Hasta hace medio siglo la actividad fue una manera de tener conciencia del mundo. Poco a poco, la actividad insistente y acelerada hace que ocurra lo contrario: perdemos la conciencia sobre el mundo cuanta más actividad tenemos, especialmente la actividad material del trabajo.
Ya no es una realidad externa la que nos domina, sino que hay un conflicto interno, que deja de serlo cuando nos doblegamos a las condiciones que nos impone un ritmo que aceptamos como lo real, como el inevitable peaje de la modernidad, cuando ni mucho menos lo es. Es una construcción social, como cualquier otra, que asumimos. No sólo eso, sino que las prisas son un elemento socializador de primer orden. A los hijos e hijas se les mete prisa para llegar pronto al colegio, para coger el autobús, para que recojan los juguetes: las prisas son una constante en la educación de la infancia. No es desechable el dato de que un 40% de niños españoles padecen estrés como enfermedad y otro 10% depresión. Añadamos a este dato el de los accidentes de tráfico, fundamentalmente entre jóvenes, que se deben en el 87% de los casos a un exceso de velocidad, que se nos vende como factor diferenciador incuestionable.
La prisa es un elemento dinamizador, símbolo de eficacia, y nos acabamos sacrificando para su consecución, igual que en otras épocas se sacrificó la vida a los dioses. La prisa es una forma de creencia, que llevamos tan dentro que forma ya parte de nuestro ser. En el mundo laboral, la eficiencia se instauró con el modelo de producción taylorista; es decir, la eficacia por unidad de tiempo. Ello significó organizar de una manera determinada el empleo industrial en pro de la eficacia. Trasladado a los servicios, el mismo consumidor fue forzado a organizar su vida en función del tiempo. Un ejemplo ya clásico es el viaje programado de ir doce horas a París, nueve a Viena y recorrer en siete días varios países en cadena haciendo fotos y dejando constancia de haber estado allí. En la actualidad, los juegos de ordenador se basan en lograr unos objetivos en unidades de tiempo cada vez más rápidas. Poco a poco la eficiencia es un modo de producir y de consumir. También de vivir.
Compartimentamos en unidades de tiempo la vida familiar, la relación con los amigos; incluso las relaciones sexuales cada vez se compartimentan (planifican) más. Siempre tenemos una razón a mano o queremos dar un sentido a algo que en verdad nos arrastra. La política ya no se mide en ideas o proyectos sociales, sino en resultados por unidades de tiempo, que son periodos electorales o entre unas elecciones y otras. De tal forma que la mercadotecnia anula la reflexión y el pensamiento político. Las críticas y manifestaciones contra la guerra, por ejemplo, llegaron a ser reduccionistas y simplonas, ligadas al logro de efectos mediáticos y nada más. De esta manera, estamos dominados, sin poder lograr una transformación de la realidad. Precisamente porque tenemos la sensación de que se trasforma permanentemente, cuando no es sino una sensación, que adquiere realidad en nuestra prisa interior, la ideología dominante y vacía de hoy.
En los últimos cincuenta años, el desarrollo de la tecnología ha cambiado la vida social en todos los ámbitos más que cualquier revolución de antaño o algún nuevo invento de otras épocas. La tecnología se extiende mediante su comercialización y cambia hábitos, costumbres, relaciones laborales, personales, de salud. Ahora bien, sucede una paradoja. Por ejemplo, respecto a la salud, hay mejores medios técnicos para atender enfermedades o urgencias, nuevas tecnologías para operar y curar enfermedades que hasta hace poco eran impensables, desde el trasplante de todo órgano a todo lo que significa la clonación o el uso de células madres. Pero esa misma tecnología genera radiaciones, ondas electromagnéticas, contaminación y demás que afecta negativamente a la salud, física y psíquica, de la población.
Tener más tiempo… para vivir menos. Se supuso que la tecnología iba a sustituir una gran parte del trabajo de los seres humanos -tal es su sentido y esencia- y que ello nos permitiría tener más tiempo disponible. Lo que ha sucedido es que la vivencia del tiempo se ha acelerado, la tecnología ha impuesto un ritmo, que unido a la mentalidad de eficacia, arrastra y controla nuestras vidas. En lugar de disfrutar los nuevos avances, los padecemos. Gracias a las nuevas tecnologías, en cualquier trabajo el ahorro de tiempo es de un 50% como mínimo. Pero no se reduce el tiempo laboral, sino que se incrementa. Por ejemplo, en la banca, se traduce en horas extras y fuera del horario laboral. Sobran horas, y lo que se hace es prejubilar a un porcentaje amplio de la plantilla, para los demás ocupar más tiempo laboral. El trabajo doméstico es mucho más cómodo con los aparatos electrodomésticos. Se suponía que cada vez sería más compatible el trabajo casero con el de fuera. El resultado es que las mujeres entre 35 y 55 años padecen tres veces más la enfermedad del estrés laboral que el resto de la población, tal como aporta un conocido estudio de Viçenc Navarro.
El problema del sometimiento moderno sucede desde una mentalidad determinada, de manera que acontece un conflicto mental, bastante extendido, como elemento visible. En este terreno sucede el estrés. Como analizó Michael Foucault, el conflicto mental sólo se soluciona cuando se establecen nuevas relaciones con el medio. Lo que quiere decir que actualmente tenemos que plantearnos nuevos ritmos y una nueva relación con el tiempo. Es un cambio muy profundo en el seno de nuestra economía, que ha invertido el sentido del trabajo. Por una parte el empleo ha dejado de ser un medio para resolver necesidades de subsistencia o de enriquecimiento y se ha transmutado en una finalidad, de manera que se crean necesidades e incentivos fiscales para promover la creación de puestos de trabajo, lo cual es absurdo y acaba perjudicando a la sociedad en su conjunto. Por otro lado, se han creado los créditos al consumo y masificado las hipotecas, para dinamizar la economía mediante el endeudamiento. Con ello sucede algo sumamente tergiversador de la realidad, como es que se transforma el hecho de trabajar para consumir en función a las posibilidades de cada cual en consumir para luego tener que trabajar , de cara a mantener ese ritmo de consumo. De manera que un trabajo en la familia es insuficiente, hay que buscar otras fuentes de ingreso y así se entra en una espiral en la que no queda tiempo ni para disfrutar de ese consumo. Es una rueda que nos atrapa. No sabemos cómo, porque no nos paramos a pensar sobre nuestra manera de vivir.
La rapidez con que sucede todo esto hace que no nos demos cuenta y que entremos en una inercia que hace que funcione por sí solo este engranaje, del cual es muy difícil salir. De alguna manera, el Poder, como diría Foucault, se construye, y lo estamos construyendo desde dentro, de manera que quedamos atrapados en él. Y no sólo es represivo, sino que produce consumo y prisa. De esta manera, a la vez que se privatizan los bienes públicos, dejamos de ser ciudadanos y ciudadanas para pasar a ser clientes, tanto de productos como de partidos políticos o de actos culturales. Porque la falta de tiempo afecta a nuestra comunicación con el mundo y a nuestra manera de ser.
El tiempo también se construye y su vivencia en la actualidad tiene mucho que ver con la técnica. En su obra El Ser y el Tiempo , Martín Heidegger analizaba este tema. Cuando reflexionaba al respecto, empezaba a emerger el tiempo como “problema social”. Hoy vivimos su apogeo. Por tal motivo, sus palabras adquieren gran actualidad. Para este filósofo existencialista, “el ser es el tiempo, como sentido de ser en el tiempo”. Y lo relaciona con la técnica, la cual, según él, no es nada técnico, sino que hace que todo suceda sin un debate, sin una reflexión. El resultado es la supeditación del individuo a la técnica, siendo ésta la que marcará el ritmo de vida. Pensemos que actualmente estamos en los albores de una nueva dimensión social. Podemos darnos cuenta del fenómeno de la prisa, pero el gran debate sobre los avances científicos se desarrolla sin cauce político, sin ser capaces de colocar sus resultados desde el pensamiento social y político. Temas como la clonación, la agricultura transgénica o las nuevas formas energéticas deben ser conocidas por todos y entre todos razonar su desarrollo.
Para Heidegger, el tiempo se presenta a la conciencia como intuición vacía, por eso se muestra en el tiempo. Llega un momento en el que la función del tiempo se apodera del ser. Es lo mismo que un caballo de carreras: llega un momento en el que pierde su sentido de animal, de correr como algo propio, y se convierte en mercancía, en objeto. De la misma manera, las personas modernas pierden la capacidad de ser sujetos, y pasamos a ser objetos de un mundo económico que nos domina y define. La cura de esta situación puede parecerse a lo que el filósofo al que nos hemos referido llama ” temporar la temporalidad “, en un sentido fenomenológico, lo cual quiere decir que la lucha por tener libertades y ejercerlas debe acompañarse de otra más profunda y necesaria, que es la de ser libres . En este proceso adquiere gran relieve la capacidad de tomar conciencia de nuestro tiempo y controlar nuestro ritmo, antes de que nos siga dominando a nosotros, a partir de lo cual viene el convertirnos en objetos de un mercado global, ser engranajes de una maquinaría productiva que nos arroja al consumo de manera que nos transformamos en objetos de la economía, lo mismo que los fanáticos lo son de sus creencias religiosas o ideologías políticas. Como dirían los bosquimanos de África, ” vosotros tenéis los relojes, nosotros el tiempo “. (Revista Libre Pensamiento, nº 45, verano 2004)