Sunday, January 27, 2008

Propósito de enmienda

No es normal, no, que un reputado profesor universitario, intelectual de renombre mundial, y político en activo (todo en uno) reconozca que se ha equivocado en sus juicios. Es lo que ha hecho el canadiense Michael Ignatieff públicamente en Cartagena de Indias, Colombia, al referirse al apoyo que dio en su día al presidente Bush y a la invasión de Iraq. Algunos dirán que es oportunismo; otros, entre ellos yo, pensamos que es decencia. De él he leído su magnífico libro “El honor del guerrero” y su insuperable “Isaiah Berlin. Una vida” , la mejor biografía que se ha escrito del famoso filósofo británico de origen báltico. Y sobre “Los errores de Iraq”, ésto es lo que escribía en agosto del pasado año. Sean felices. (HArendt)

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El intelectual y político canadiense Michael Ignatieff

“Para combatir el terrorismo hay que comprenderlo”, por Juan Cruz

No es común que un intelectual reconozca en público sus errores, y aún menos común resulta que lo haga un político. Michael Ignatieff reúne las dos condiciones, es un intelectual de reputación mundial y es diputado liberal en Canadá, y dijo en la noche del viernes en Cartagena de Indias, Colombia, que se había equivocado apoyando la guerra de Irak. Declaró, además, que nadie quiere, sobre todo en América Latina, que Estados Unidos mande en el mundo. Ignatieff advirtió también sobre los peligros de la guerra sucia a la que a veces son tentados los gobiernos.

El arrepentimiento de Ignatieff alcanzó aquí, en el marco del Festival Hay, el grado de una confesión pública. Le escucharon mil personas, en silencio, como si estuvieran ante un sacerdote laico. Ignatieff, autor de El honor del guerrero, El mal menor y una celebrada biografía de Isaiah Berlin, no dejó ningún tema internacional sin abordar. He aquí algunos.

El error. “Me equivoqué apoyando la guerra de Irak. Había estado en ese país en 1992, había comprobado por mi mismo las matanzas de Sadam Hussein, y pensé que de ese dictador sanguinario había que desprenderse de cualquier modo. Me equivoqué, nos engañaron con el asunto de las armas de destrucción masiva, y en unos seis meses comprobamos, además, que los norteamericanos lo hacían muy mal y causaron un problema aún mayor. Acepto mi responsabilidad como intelectual por el error que cometí. Lo que ocurre abre interrogantes sobre el respeto a la soberanía de los estados. ¿Se debe intervenir cuando se producen matanzas, como ocurrió en Bosnia, como ocurre en Zimbabue, o el mundo debe mirar para otro lado? La apariencia obvia es que el mundo sólo interviene en sitios que tienen petróleo”.

Afganistán. “Nosotros [Canadá] estamos presentes en Afganistán, defendemos ese país de los talibanes, tenemos derecho a estar ahí. Si no estuviéramos, nosotros y otros países, sería tanto como dejarlo todo en manos de los norteamericanos, y nadie quiere que el mundo viva bajo la potencia militar de Estados Unidos. En lugar de criticar lo que hacemos [yendo a Afganistán] deben decidir qué mundo queremos para el futuro; no es suficiente sentarse en un café a decir que lo que hacemos está mal”.

El terrorismo. “No hay reto mayor. El terrorismo es una provocación. Sólo podemos combatirlo, desde los estados democráticos, con una mano atada a la espalda; no se puede detener a los ciudadanos sin juicio, no se puede torturar, se puede obtener información sin meter a los terroristas en agua helada para hacerles confesar, se puede conseguir información sin torturarlos, sin agresión psicológica. La legitimidad frente al terrorismo es lo que nos hace victoriosos. La democracia no puede usar armas que no son legítimas a menos que la sociedad empiece a perder su alma. Con respecto al terrorismo mismo, ninguna injusticia justifica que se tome de rehén a un civil, que se mate a un inocente. Para combatir el terrorismo hay que comprenderlo. Uno no puede derrotar lo que uno no comprende. Comprender no es perdonar. Para ganar hay que comprender. Cuando se demoniza a los terroristas es cuando se empieza a perder la batalla. Si se comprende por qué se está peleando uno puede empezar a ganar. El Estado ha de combatir el terrorismo con una mano tras la espalda. Cuando uno se aleja del Estado de derecho destruye lo que uno trata de defender”.

Seguridad, medios. “El mundo ha cambiado para mal. Se nos quitan libertades poco a poco. En los aeropuertos (¡especialmente en Miami!) se nos somete a torturas de seguridad, para darnos confianza; el papel de la oposición [en los países] es cuestionar si estas medidas son necesarias o legítimas. Ese es el papel del político, y el de una prensa libre es el de hacerse preguntas cada día frente a una situación que se deteriora. Los medios están ahora por el entretenimiento; enfocan su luz sobre unos asuntos y olvidan otros, y eso los conduce a la parcialidad moral. Por ejemplo, la agonía de Colombia no se cubre adecuadamente”.

Obama, Clinton. “Me entusiasma la idea de que gane Obama. Su retórica es imbatible, proviene de los predicadores negros, que fundaron la lengua de la libertad desarrollada por los esclavos; porque estoy en la política me importa la retórica, y este hombre tiene un gran dominio del idioma. Con respecto a la señora Clinton, me asustó escuchar a su marido declarar que seguramente ella hubiera intervenido en Ruanda para evitar aquella matanza. Es muy desafortunado que un ex presidente le deje a su mujer la tarea de cumplir un propósito que él no supo llevar a cabo”. (Diario El País, 27/01/08)

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Hipocresía

Me ha producido un desasosiego profundo el artículo de la escritora y editora Esther Tusquets, con la que tantas cosas comparto, que reproduzco más abajo. No por su contenido, que suscribo completamente, sino por esa alegación final suya a un hipotético ajuste de cuentas divino hacia los poderosos y opulentos. No me lo creo. No es posible que piense en serio que Dios les va a pedir cuentas a los ricos por lo que hayan hecho o dejado de hacer en su vida terrenal… Por lo demás, excelente y oportuna la apostilla sobre lo que significa “ser de izquierdas”: El hombre de izquierdas no tiene como misión repartir sus bienes, ni sentar en su mesa a los mendigos; su misión es luchar para que se instaure en el planeta Tierra un orden más justo, menos brutal y menos insensato”. Sean felices. (HArendt)

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La escritora Esther Tusquets

“Los cristianos, los marxistas y la opulencia”, por Esther Tusquets

Hay frases que oigo y leo muy a menudo, sin que suelan suscitar protestas, y que a mí me sorprenden. Aunque lo cierto es que casi siempre también las dejo pasar en silencio, porque da pereza a cierta edad ponerse a discutir algo que para uno es obvio y que le hace sospechar en el otro tan distintos puntos de vista que toda discusión va a resultar inútil, dado que sólo es fructífera la polémica si se parte de una mínima base común.

Algunas de esas frases, muy similares todas ellas, pretenden descalificar a intelectuales, artistas, políticos y ciudadanos de a pie que se autodefinen como “de izquierdas” por llevar una vida supuesta o realmente opulenta, como si esta contradicción les quitara toda credibilidad. Se habla y se escribe sobre “suntuosas” quintas de recreo, piscina “climatizada”, coches “espectaculares”, yates “de lujo”, etcétera, de muchos famosos que militan en el socialismo o en el comunismo. Entiendo estas agresiones en gente humilde, irritada por las enormes diferencias que se dan en nuestra sociedad, pero no suelen partir de ellas, sino de personas acomodadas, conservadoras y con gran frecuencia cristianas. Y de ahí nace mi perplejidad.

Confieso haber leído con mayor detención los Evangelios que los textos marxistas, y la doctrina de Cristo respecto a la riqueza es diáfana y no permite equívocos ni malentendidos. No sólo elige nacer y vivir entre los humildes, no sólo exige a los apóstoles que lo abandonen todo y le sigan, no sólo se muestra por primera y acaso única vez enfurecido, y llega por primera y única vez a la violencia física, al echar a los mercaderes del Templo (¿qué violencia no emplearía contra los dignatarios de su Iglesia, que han acumulado a lo largo de dos mil años riquezas incalculables?), no sólo hace de la caridad (que no se centra en lo material, pero tampoco lo excluye) el centro de su doctrina, sino que pronunció una sentencia terrible: “Es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que entre un rico en el Reino de los Cielos”.

Y a los cristianos ricos, que deberían sentirse, me parece a mí, aterrorizados, no se les mueve un pelo (tal vez piensen que Cristo estaba aquel día de mal humor, que se pasó de rosca, que no hay que tomarlo todo al pie de la letra), y se permiten, en cambio, criticar las quintas y las piscinas y los coches y los yates de los pocos miembros de la izquierda que acceden a ellos.

Es cierto que las teorías marxistas postulan como objetivo una mayor, acaso total, igualdad entre los hombres, pero no invocan para ello la caridad sino la justicia. No se trata de que los ricos repartan generosamente sus bienes, sino de establecer, por medios más o menos violentos, un sistema más justo. Y en esta lucha, cuyo protagonista principal es sin duda el proletariado, participan asimismo miembros de las clases sociales elevadas, que estarán en falta si sus negocios son ilícitos, si eluden impuestos, si explotan a sus obreros y empleados, si cometen abusos de poder, pero no tienen por qué rendir cuentas de su nivel de vida. Determinados lujos, en un mundo donde tanta gente muere de hambre, harán que se sientan más o menos incómodos, pero es un problema íntimo y personal, que nos atañe a muchos, que genera una mala conciencia que cada cual resuelve como puede, y que nos quita algunas noches -no tantas como estaría justificado- el sueño.

El hombre de izquierdas no tiene como misión repartir sus bienes, ni sentar en su mesa a los mendigos; su misión es luchar para que se instaure en el planeta Tierra un orden más justo, menos brutal y menos insensato. Y, cuando se trata de un hombre rico, esta lucha va contra sus propios intereses. A esos tipos tan criticados por sus casas y sus coches y sus yates les sería más favorable militar y votar en un partido de la derecha. Pero no lo hacen, y ahí radica su coherencia. Y por eso creo que se les debe un respeto. Sobre todo por parte de personas optimistas y pudientes que creen que para ellas se abrirán de par en par las puertas del Reino de los Cielos, aunque no hayan visto todavía, ¡qué extraño!, pasar un camello por el ojo de una aguja. (Diario El País, 27/01/08)

Posted by HArendt in 22:33:13 | Permalink | No Comments »