Thursday, January 31, 2008

El Cuarto Poder

Seguro que todos ustedes han oído a menudo esa referencia a la prensa (antes exclusivamente escrita; ahora radiofónica, televisiva o electrónica), como Cuarto Poder, junto a los clásicos poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. La libertad de opinión y de poder expresarla públicamente es la esencia de la democracia, por encima y antes de la libertad de voto. Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos de América, decía siempre que prefería “periódicos sin gobierno a gobierno sin periódicos”. La primera enmienda que se incorporó a la Constitución de Estados Unidos, la más antigua del mundo, fue la que establecía las libertades de opinión, de prensa y de culto.

La escritora española Esther Bendahan, de origen sefardí, trae hoy a colación una historia que conmovió a Francia a finales del siglo XIX (este mes ha hecho 110 años) y que demostró que esa fuerza era real. Fue el denominado “caso Dreyfus”, un acontecimiento que sacudió los cimientos de la justicia militar y de la propia república francesa gracias al coraje de una sola persona: el escritor Emile Zola; su valiente alegato: “Je acusse”; la decisión de un periódico: L’Aurore; y la solidaridad de unos lectores. No dejen de leerlo, y por favor, ni se les ocurra buscar comparaciones. Sean felices. (HArendt)

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El capitán del ejército francés Albert Dreyfus

“Zola, un periódico y 300.000 lectores”, por Esther Bendahan

Hace 110 años, el 13 de enero de 1898, el escritor Emile Zola publicó su texto Yo acuso en L’Aurore. Pensó publicarlo como folleto, pero luego supuso que tendría mayor resonancia en un periódico. “Desde entonces”, escribió, “ese periódico se convirtió en mi refugio, en la tribuna de la libertad y de la verdad, donde podía decir todo”. Y para quienes defendemos el derecho a la inocencia, ésa es aún el alma de un periódico. Esa edición de L’Aurore, de la que se vendieron 300.000 ejemplares, supuso un cambio trascendental en la idea del periódico como espacio de opinión.

El texto de Zola, presentado como una carta a monsieur Felix Fauré, presidente de la República Francesa, analiza el caso Dreyfus. El autor defiende al coronel Picquard y a Dreyfus, “dos víctimas, dos seres honestos”. Y continúa: “Yo acuso a ocho personajes o instituciones que contribuyeron a la ocultación del caso”.

El caso Dreyfus avivó el odio antisemita despertado por el cautiverio de la razón. En 1894 el servicio de contraespionaje francés interceptó unas notas dirigidas al agregado militar alemán en París, donde se le daba información secreta. Había que encontrar un culpable y resultó que el oficial Dreyfus era judío, lo que le convertía automáticamente en sospechoso. Se le enjuició en 1895 por espionaje y fue condenado a cadena perpetua en la Guayana Francesa. Pero su familia no se rindió, convencida de su inocencia. Y en 1896 el coronel Picquard encontró pruebas que señalaban al comandante Ferdinand Walsin Esterhazy.

Picquard fue apartado del caso. Los movimientos más nacionalistas siguieron acusando a Dreyfus, mientras la izquierda creía en su inocencia. El caso se convirtió en un lienzo en blanco, como la obra Art de Yasmina Reza, donde proyectar prejuicios y miedos, donde pensar en la identidad y la nación.

Fueron los antidreyfusard quienes acuñaron la palabra “intelectuales” para referirse a quienes creían en la inocencia del judío. Se generó una oleada antisemita y un apasionado debate, especialmente a partir del texto de Zola. Éste denunciaba la ocultación de pruebas que exculpaban a Dreyfus y pedía la reapertura del caso. La resistencia a hacerlo era enorme. Hasta que el 12 de julio de 1906, cuatro años después de la muerte de Zola, Dreyfus fue rehabilitado. Era inocente.

El caso generó nuevas ideas que alumbraron las cavernas de Europa. Mostró que en el inconsciente de este continente, como se vería de manera feroz después, existía la pulsión del odio al otro. Hay que señalar que la perversa obra de ficción Los Protocolos de los sabios de Sión, un long-seller antijudío y antimodernidad, se publicó en Rusia en esa misma época.

¿Qué hubiera sucedido de ser culpable Dreyfus? ¿Puede un judío ser culpable sin que por ello se culpabilice a los demás?

Ya en el caso Dreyfus vemos que, como escribió Reyes Mate, “el judaísmo no es un asunto religioso que afecte meramente a los judíos. Es una cuestión europea que tiene que ver con toda nuestra cultura, con la filosofía y también con la política y con la historia”.

Uno debería preguntarse ante cada momento histórico: ¿de qué lado hubiera estado yo? El caso Dreyfus mostró, por una parte, que la idea sobre lo judío es una medida de la salud del pensamiento europeo, y, por otra, generó un movimiento basado en un anhelo espiritual milenario: el sionismo.

En París, en 1895, Teodor Herzl, según cuenta en sus memorias Stefan Zweig, “había asistido en calidad de corresponsal a la degradación pública de Alfred Dreyfus, había visto arrancar las charreteras a un hombre pálido que exclamaba “Soy inocente”. Y en aquel mismo instante se habría convencido, en lo más hondo de su conciencia, de que Dreyfus era inocente y de que sólo era acusado por ser judío”. El grito de “Muerte al judío” le dio a ese corresponsal la idea de un nuevo Estado donde ser judío no fuera una culpa.

Zola acaba su texto señalando que se pone a disposición de la justicia si su denuncia es considerada una difamación. Pero fueron las acusaciones a Dreyfus las que sobrepasaron el límite de lo opinable. Éste es otro aspecto que permite iluminar la actualidad: el derecho a la libre opinión frente el derecho a ser protegido de una idea delictiva. Es lo que está en cuestión en actual debate acerca del negacionismo. ¿Se puede considerar una opinión negar el Holocausto? ¿No es más bien una conducta justificativa del delito? ¿No se trata de un arma de la ideología nazi?

Zola, que murió asfixiado por una estufa -una muerte bajo sospecha-, había recibido numerosas amenazas. Su fallecimiento nunca fue aclarado del todo. En cualquier caso, este escritor fue un ejemplo de compromiso intelectual consciente y responsable. Zola estaba menos preocupado por la venta de libros y por el aplauso que por el despertar de conciencias. Daba valor y significado a la palabra, impidiendo así la derrota del pensamiento. Abrió en su tiempo una brecha en los prejuicios.

Pero detrás de Zola había un periódico impreso y además 300.000 compradores, cada uno de ellos una voz y una conciencia. Y ellos hablaron en los hogares, las fábricas, las tabernas, contribuyeron a pensar y a cambiar una injusta situación.

La palabra debe buscar la verdad, pero nada dice si no encuentra ese “tú” que le escucha. También este enero es el aniversario de esos lectores del Yo acuso. Esos lectores comprometidos dieron los primeros pasos de la modernidad. (Diario El País, 31/01/08)

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La escritora Esther Bendahan

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Fontaneros


No aparece en el Diccionario de la Real Academia Española, ni tampoco en el Panhispánico de Dudas, pero seguro que todos ustedes han oido esa expresión de “fontaneros” para referirse a los asesores de los gobernantes, normalmente expertos no funcionarios, que se encargan de aquellos asuntos que no pueden o deben resolverse siguiendo las normas administrativas… ¿Me entienden, verdad? El humorista Forges ha retratado hoy en su viñeta de El País a uno de esos asesores inteligentes y sinceros que se convierten en “moscas cojoneras” (tampoco busquen la acepción en el Diccionario porque no la van a encontrar) de quienes les pagan… Lástima de tiempo y dinero invertido en él; estoy seguro que Rajoy (de espaldas en la viñeta) no le va a hacer caso; pero debería… Sean felices.
(HArendt)

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Forges (Diario El País, 31/01/08)

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Wednesday, January 30, 2008

Misoginia

Se la ve cabreada, y con toda la razón, a la escritora Elvira Lindo (la “mamá” de “Manolitos Gafotas”). Hay que ser unos hijos de muy mala madre y peor padre, es decir, unos auténticos hijos-de-puta (con todo respeto para las putas) para llamar a las mujeres que se manifestaban días pasados pidiendo una Ley de Plazos sobre el aborto “viejas” y “feas”. Con toda seguridad ninguno de esos energúmenos ha pasado, ni de cerca, por el horrible dilema que para una mujer supone el aborto. A una compañera mia de Facultad, sus bienpensantes padres la llevaron a la fuerza a Londres para abortar: se había quedado embarazada de su novio, siendo menor de edad; le costó años superar el trauma y volver a tener relaciones íntimas consentidas con un hombre. Otra amiga mia llevó a su hija, también menor de edad a abortar a escondidas de su marido; no se lo dijo jamás: caballero de misa diaria, estaba segura de que habría matado a su hija. Eso ocurría hace una decena de años, y seguimos con el mismo sangrante problema.

Entre los que insultan a las mujeres está el escritor que cita la Sra. Lindo, un misógino, tiralevitas y meapilas, de mal carácter, al que hace unos semanas oí decir en una tertulia televisiva que las clínicas abortivas eran mucho peor que los campos de exterminio nazis, todas las prostitutas unas viciosas, y las mujeres, en general, la encarnación del pecado; y se quedó tan pancho después de soltarlo… Desde luego hay algunos hombres a los que tiene que ser que se las cogen con papel de fumar, porque si no, no se explica… Sean felices, a pesar de todo. (HArendt)

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La mujer pare, la mujer decide

“Feas”, por Elvira Lindo

Pocas y viejas. Así, tan reveladoramente, definía el presidente de E-Cristians a las asistentes a las manifestaciones proderecho a una ley de plazos (no proaborto, por favor, porque no hay nadie que desee realizar una actividad tan traumática). Por si la definición no nos había herido suficientemente, el escritor Juan Manuel de Prada nos la explicó, con sorna, en una columna. Lo que ese despreciativo “pocas y viejas” encerraba era un adjetivo que saltaba, al parecer, a la vista: feas. Mujeres feas que habían sobrepasado la edad de procrear y que por tanto deberían esconderse en su casa para que la libido, tan sensible, de ciertos varones no se viera afectada. Bien es cierto que no se sabe que en la historia de las reivindicaciones callejeras haya nada escrito sobre la edad, el sexo, la belleza o la raza que deben cumplimentar los manifestantes, y que la presencia de estas mujeres maduras apoyando la libertad de las jóvenes no responde sino a un deseo de solidaridad que, por cierto, debería haberse contagiado a muchos hombres, que en este tipo de casos muestran su indignación de forma perezosa. ¿Qué culpa tienen de que la naturaleza dejara caer la responsabilidad sobre los hombros de ellas?

Pocas, viejas, feas. Se podría respetar casi todo, incluso la no aceptación del aborto, si no fuera porque esa defensa de “la vida” nunca se reduce a ese acto sino que encierra una idea despreciable de la mujer, que nunca parece ser adulta para decidir sobre su propio destino. Viejas, feas. Adjetivos que escupe la boca de aquel que entiende que sólo se ejerce la masculinidad rebajando a las mujeres. Palabras que se siguen escupiendo en esta España que a veces se expresa como hace cuarenta años. Y es que para que algo hubiera cambiado en nuestra esencia eterna este artículo debiera haber sido escrito por un hombre. (Diario El País, 30/01/08)

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La escritora Elvira Lindo

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Hace hoy 75 años…

Hoy hace 75 años que el presidente de la república alemana, el mariscal Paul von Hindenburg, nombró a Adolf Hitler canciller del Reich y le encomendó formar gobierno. Lo que sucedió después, es sabido de todos y forma parte de uno de más trágicos episodios de la historia humana. Julián Casanova, historiador y profesor de la Universidad de Zaragoza, lo contaba días pasado en la revista Domingo, de El País. Mucho ha cambiado el mundo desde entonces, pero no todos los demonios parecen conjurados; aprendamos a contenerlos porque la mayor parte de las veces están dentro de nosotros mismos. Tampoco olviden; perdonen si pueden y quieren, pero no olviden. Sólo recordando podremos reconocer los síntomas que anuncien la vuelta de una edad oscura. Curiosamente, no he visto la menor referencia a la efemérides en la prensa de hoy. Y me parece lamentable. (HArendt)

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Hitler, canciller del Reich, saluda al presidente Hindenburg

“El día de la vergüenza”, por Julián Casanova

El miércoles se cumplen 75 años de la llegada de Hitler al poder en Alemania, con Hindenburg de cómplice, el Parlamento de víctima, la depresión de caldo de cultivo y el victimismo de acicate

El día 30 de enero de 1933, a las 11.30, Paul von Hindenburg, presidente de la República alemana, nombró canciller, jefe del Gobierno, a Adolf Hitler. En apenas unos meses, Hitler y su partido, el NSDAP, comúnmente conocido como los nazis, tomaron el control del Estado y de la sociedad a través de una combinación de cambios en las leyes y de violencia política contra sus oponentes. Las libertades democráticas y los derechos civiles fueron eliminados, y la República parlamentaria de Weimar, destruida. A mediados del año 1933, Alemania era ya una dictadura con un único partido.

Catorce años había durado la primera democracia de la historia de Alemania, nacida en la ciudad de Weimar a comienzos de 1919, como consecuencia de la derrota militar del imperio en la I Guerra Mundial y del hundimiento del orden monárquico existente. La República vivió unos primeros años de crisis (1919-1923), una fase de relativa estabilidad (1924- 1929) y un periodo final (1930-1933) de desintegración y destrucción del régimen democrático. En esos mismos 14 años, el partido nazi pasó de ser un minúsculo grupo de extrema derecha nacionalista a un movimiento de masas, con una violenta y numerosa organización paramilitar, las SA, y una amplia representación en el Reichstag, en el Parlamento de la República. Adolf Hitler fue siempre la figura dominante en el partido, su árbitro y líder carismático.

La derrota militar de Alemania en la I Guerra Mundial; el estallido de la revolución del 9 de noviembre de 1918, que causó la abdicación del káiser Guillermo II, y el armisticio, le sorprendieron a Hitler en un hospital militar de la región de Pomerania, adonde había sido trasladado para recuperarse de una ceguera parcial producida por un ataque inglés con gas mostaza. Desde ese momento, Hitler se convirtió en uno de los mayores propagadores de la leyenda de la “puñalada en la espalda”; la creencia de que no habían sido los militares, sino los políticos, “los criminales de noviembre”, quienes habían abandonado a la nación con la petición de un armisticio.

En los años posteriores a la guerra, Hitler se abrió camino muy pronto entre los círculos políticos de la extrema derecha de Múnich. Allí entró en contacto con algunas de las personas que tan importantes iban a ser después en el movimiento nazi, y que constituirían el grupo de amigos más íntimo: Hermann Göring, Ernst Röhm, Rudolf Hess y Alfred Rosenberg. Y en Múnich conoció también al general Erich Ludendorff, enemigo furibundo de la paz de Versalles y que se propuso desde el principio echar abajo al nuevo orden republicano. Él y Hitler fueron los principales organizadores del golpe de Estado del 9 de noviembre de 1923, planeado en la cervecería Bürgerbräukeller, para el que lograron reclutar a unos 2.000 hombres armados y que fracasó estrepitosamente. En los enfrentamientos murieron 14 insurrectos y cuatro policías. Pese a la gravedad de los hechos, Hitler fue condenado a una sentencia de cinco años en prisión. En realidad, sólo estuvo unos meses, hasta el 20 de diciembre de 1924. Allí escribió, a sugerencia del editor nazi Max Amann, un relato de su vida y de sus opiniones, que apareció publicado un año después como Mein kampf (Mi lucha).

De ese fracaso, Hitler sacó varias enseñanzas. Abandonó la idea de llegar al poder a través de un putsch, para concentrar sus esfuerzos “dentro de la ley”, sin excluir el uso de la violencia, en la movilización de masas, en controlar el partido, extenderlo por todas partes y marcas las distancias con los otros grupos nacionalistas y patrióticos. Hitler tenía un programa, un embrión de ideas básicas esbozadas en Mein kampf: nacionalismo, hostilidad al socialismo, destrucción de los enemigos internos de Alemania, un virulento racismo y Lebensraum, que podría encontrarse en el este de Europa y en Rusia en particular, que conduciría a la conquista militar y devolvería a Alemania su condición de primera potencia mundial.

Pero ni la organización del partido, ni la movilización de las masas, ni la capacidad de Hitler para desarrollar el papel de un líder carismático, con excepcionales dotes de orador y propagandista, dieron grandes frutos en esos años de relativa estabilidad de la República de Weimar, hasta que la crisis económica mundial, iniciada con la quiebra de la Bolsa de Nueva York a finales de octubre de 1929, sacudió a Alemania de lleno en ese invierno de 1929-1930. Los créditos extranjeros, de los que dependía fundamentalmente el desarrollo de la economía alemana, fueron retirados, y la situación política fue dominada a partir de ese momento por el acelerado crecimiento del paro, que pasó de poco más de un millón de personas en septiembre de 1929 a tres millones un año después y alcanzó la cifra de seis millones a comienzos de 1933.

Alemania estaba gobernada entonces por una precaria coalición de partidos, dirigida por el socialista Hermann Müller y en la que había representantes católicos, liberales y nacionalistas liberales. A la hora de tomar medidas para paliar el impacto de la depresión, el SPD, los socialistas, apoyados por sus influyentes sindicatos, y el DPV, los nacionalistas liberales, estrechamente conectados con los intereses de los grandes negocios, tuvieron fuertes disputas, especialmente en torno al mantenimiento del seguro del paro, que los socialistas querían mantener, y los nacionalistas liberales, recortar. Müller presentó la dimisión el 27 de marzo de 1930, y allí se acabaron los Gobiernos parlamentarios. Las decisiones políticas ya no se iban a tomar en el Reichstag. Antes de ese año, el Parlamento se reunía un promedio de cien veces al año. A partir de la dimisión de Müller, las sesiones parlamentarias eran cada vez más escasas, y en los seis meses antes de la subida de Hitler al poder, el Reichstag sólo se reunió tres días.

El poder político se movió a otros sitios, al círculo de confianza de Hindenburg, el mariscal de campo del ejército alemán durante la guerra, presidente de la República desde comienzos de 1925, tras la muerte del socialista Friedrich Ebert. Pero quien realmente aumentó el poder en esas circunstancias fue el ejército, y en particular el general Kurt von Schleicher, quien iba a tener un papel protagonista en el drama final. Ni él ni Hindenburg mostraron intención de devolver el poder al Parlamento, y Hindenburg nombró el primero de los llamados Gobiernos presidenciales, el del católico Heinrich Brüning, que ya no necesitaba depender de los votos en el Reichstag para aprobar leyes, sino que gobernaría a través de decretos de emergencia firmados por el presidente de la República.

La depresión, por tanto, con sus consecuencias económicas y psicológicas, metió de lleno a Alemania en una grave crisis política. Los nazis aprovecharon esa circunstancia para presentar la crisis como un resultado del sistema democrático. En las elecciones al Reichstag del 14 de septiembre de 1930 pasaron de 12 a 107 diputados. Casi dos años después, en las elecciones del 31 de julio de 1932, obtuvieron 13 millones de votos, el 37,4%, con 230 diputados. Los comunistas ganaban también votos en detrimento de los socialistas y los partidos tradicionales, los conservadores y liberales, y los nacionalistas se hundían.

La mayoría de los votos a los nazis procedían de los grupos protestantes de los distritos rurales, de las pequeñas y medianas ciudades, de los terratenientes y pequeños y medianos propietarios. Y aunque un sector importante de su electorado pertenecía a las clases medias, la investigación histórica ha roto con el estereotipo del NSDAP como un partido sólo de clases medias bajas. Era un electorado de composición social variada, con muchas mujeres también, que incluía a muchos empleados de oficinas y talleres, y, frente a lo que erróneamente se ha supuesto, los parados, procedentes sobre todo de las grandes industrias, no los votaron y dieron su apoyo a los comunistas.

De ahí que haya que precaverse frente a las generalizaciones sobre el apoyo del “pueblo alemán” a los nazis. Antes de que Hitler fuera nombrado canciller, el porcentaje más alto del voto que obtuvieron fue el 37%. Un 63% de los que votaron no les dio el apoyo, y además, en las elecciones de noviembre de 1932, comenzaron a perder votos y todo parecía indicar que habían tocado techo. El nombramiento de Hitler no fue, por consiguiente, una consecuencia directa del apoyo de una mayoría del pueblo alemán, sino el resultado del pacto entre el movimiento de masas nazi y los grupos políticos conservadores, con los militares y los intereses de los terratenientes a la cabeza, que querían la destrucción de la República. Todos ellos maquinaron con Hindenburg para quitarle el poder al Parlamento y transformar la democracia en un Estado autoritario. El 30 de enero de 1933, Hitler fue investido canciller del Reich, porque Hindenburg así lo quiso; jefe de un Gobierno dominado por los conservadores y los nacionalistas, donde sólo entraron dos ministros nazis, aunque en puestos clave para controlar el orden público: Wilhelm Frick y Hermann Göring.

Parecía un gabinete presidencial más, como el de Brüning, Franz von Papen o Schleicher. Pero no era así. El hombre que estaba ahora en el poder tenía un partido de masas completamente subordinado a él y una violenta organización paramilitar que sumaba cientos de miles de hombres armados. Nunca había ocultado su objetivo de destruir la democracia y de perseguir a sus oponentes políticos. Cuando el anciano Hindenburg murió el 2 de agosto de 1934, a punto de cumplir 87 años, Hitler se convirtió en el führer absoluto, combinando los poderes de canciller y presidente del Reich. La semilla iba a dar sus frutos: guerra, destrucción y exterminio racial. Lo dijo Hitler apenas tres años después de que Hindenburg le diera el poder: “Voy siguiendo, con la seguridad de un sonámbulo, el camino que trazó para mí la providencia”. (Domingo, 27/01/08)

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El historiador Julián Casanova

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Tuesday, January 29, 2008

Como jarrones chinos

Hoy he pasado el día prácticamente fuera de casa: Por la mañana, paseando y jugando en la playa de Las Canteras, en Las Palmas, con mi hija mayor y mis dos nietos; por la tarde, con mi mujer, en nuestra casa de Maspalomas, donde fuimos a depositar las cenizas de Michel, uno de nuestros gatos, que murió hace unos días de leucemia. No es hasta ahora, las diez de la noche, que me pongo ante el portátil sin tener muy claro si escribir algo hoy en el blog o dejar el día en blanco, pues en la prensa no he encontrado noticia alguna que me animara a comentario. Me doy una vuelta por las ediciones electrónicas de mis revistas favoritas, Revista de Libros y Claves de Razón Práctica, y encuentro en esta última (en su número 179) un interesante artículo de Justo Serna, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia, sobre el ex presidente Aznar, titulado “Tres autorretratos de Aznar”.

No tengo un juicio especialmente favorable de nuestro ex presidente, y después de leer su artículo, tengo la impresión de que el profesor Serna tampoco comparte excesiva admiración por él, pues desmenuza con ironía y a veces un cierto sarcasmo, (edulcorada, eso sí, por una exquisita prosa académica) los tres últimos libros escritos (se supone que por Aznar) y publicados por Planeta: “Ocho años de gobierno” (2004), “Retratos y perfiles” (2005), y “Cartas a un joven español” (2007), en los que nuestro novel y prolífico autor aparece ante nuestros ojos, visto por sí mismo, como líder, memorialista, retratista, mentor y ex presidente, sucesivamente. No es mi intención leerlos, ni siquiera por curiosidad morbosa, así que no emito juicio alguno sobre ellos (¡Dios me libre de tamaña monstruosidad!) limitándome a dejar constancia del hecho por si alguien tiene tiempo, valor y constancia para ello. Termina su artículo el profesor Serna mencionando una anécdota que se dice atribuida al también ex presidente Felipe González, en la que éste comparaba a los ex presidentes con jarrones chinos en una casa pequeña: son valiosos pero incómodos, dijo, al parecer…

La lectura de este artículo, y las referencias que en el mismo se hacen a la obra del sociólogo alemán Max Weber titulada “El político y el científico” (Alianza Editorial, Madrid, 1967), me han hecho repasar las notas que a pie de página escribí en ese libro en 1994, cuando lo releía con motivo de mis trabajos académicos, sobre la clase política. Dice en él: “Hay dos formas de hacer de la política una profesión. O se vive “para” la política o se vive “de” la política. La oposición no es en absoluto excluyente. Por el contrario, generalmente se hacen las dos cosas, al menos idealmente; y, en la mayoría de los casos, también materialmente. Quien vive “para” la política “hace de ellos su vida” en un sentido íntimo; o goza simplemente con el ejercicio del poder que posee, o alimenta su equilibro y tranquilidad con la conciencia de haberle dado un sentido a su vida, poniéndola al servicio de “algo”. En ese sentido profundo, todo hombre serio que vive para algo vive también de ese algo. La diferencia entre el vivir “para” y el vivir “de” se sitúa, pues, den un nivel mucho más grosero, en el nivel económico. Vive “de” la política como profesión quien trata de hacer de ella una fuente duradera de “ingresos”; vive “para” la política quien no se halla en este caso”. Publicado en el verano de 1919, “El político y el científico”, era el texto de la conferencia de Weber ante la Asociación Libre de Estudiantes, de Munich, en el invierno revolucionario de ese mismo año… ¿Les suena? Parece escrito para ahora mismo: Marbella, Madrid, Murcia, Telde, Santa Cruz de Tenerife… Seguimos lo mismo. Sean felices a pesar de todo, a pesar de Aznar. (HArendt)

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El ex presidente José María Aznar

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Monday, January 28, 2008

Himen


Dice la noticia que comento que en Bélgica, la Seguridad Social reconstruye gratis el himen de las jóvenes musulmanas que han perdido la virginidad antes del matrimonio, y que por motivos sociales y religiosos desean “reparecer” intactas ante sus futuros esposos… Me parece bien. Lo de la gratuidad ya es más extraño, pero por lo visto se puede conseguir haciéndolo pasar por una reconstrucción vaginal postparto, operación sí amparada por la Seguridad Social con carácter general.

En la España del siglo XVI la reconstrucción del himen de las jóvenes damas casaderas que lo habían “perdido” se practicaba por hechizeras y alcahuetas con notable amplitud si nos dejamos llevar por lo que se cuenta en “La Celestina (Editorial Crítica, Barcelona, 2000) de Fernando de Rojas. Tres ejemplos: Al comienzo de la trama, Sempronio le comenta a su amo, Calixto, que conoce en la ciudad “a una vieja barbuda que se dice Celestina, hechicera, astuta, sagaz en cuantas maldades hay …/… que pasan de cinco mil los virgos que ha hecho y desecho por su autoridad en esta ciudad…”. Poco después, Pármeno, el otro criado de Calixto, le traslada a su vez que Celestina, entre sus numerosos oficios, tenía los de “labrandera, perfumera, maestra de hacer afeites y de hacer virgos, alcahueta y un poquito hechicera”, y le explica con detalle el procedimiento que seguía nuestra heroína: “Esto de los virgos, unos hacía de vejiga y otros curaba de punto. Tenía en un tabladillo, en una cajuela pintada, unas agujas delgadas de pellijeros, y hilos de seda encerados, y colgadas allí raíces de hojaplasma y fuste sanguino, cebolla albarrana y cepacaballo. Hacía con esto maravillas, que cuando vino por aquí el embajador francés, tres veces vendió por virgen a una criada que tenía”. Como se ve, y como dirían los clásicos, pocas cosas hay nuevas bajo el sol… Sean felices. (HArendt)

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Escena de una representación teatral de La Celestina

“Recomponer la honra es gratis en Bélgica”, por Ana Carbajosa

Las musulmanas europeas reparan su himen con cirugía. Una argucia legal permite hacerlo con ayudas públicas. “Hola. Busco con urgencia un sitio donde me puedan reconstruir el himen antes de mi boda con un musulmán. Es muy urgente; si no, será el fin de mi vida. Cuento con vosotras”. Bajo seudónimo, Sabby, como Nana o Farida, cuelgan en un foro de Internet frecuentado por musulmanas francófonas de Europa su grito desesperado. Shimen1, una ciberamiga acude al rescate: “Entré por la mañana y salí por la tarde. La intervención me costó 300 euros y todo fue bien. El ginecólogo es supersimpático y no te juzga. Dos meses más tarde me casé, y la noche de bodas fue un éxito. Me dolió como la primera vez y sangré”. El trasiego de testimonios en la Red saca a la luz el dilema de muchachas musulmanas europeas, criadas en entornos religiosos, que viven a caballo entre el mundo en el que se mueven a diario y las exigencias culturales de sus familias. Han nacido y crecido en Europa, han compartido pupitre, recreo y centro comercial con los chicos y chicas belgas de su edad, pero un abismo les separa cuando el casamiento comienza a vislumbrarse en el horizonte.

En Bélgica, la llamada himenoplastia no figura entre las operaciones que financia la seguridad social, pero vericuetos legales hacen posible el reembolso si el médico accede a inscribirlo en la casilla de las reconstrucciones vaginales -propias de complicaciones posparto-, que la sanidad pública sí contempla, según explica Marleen Temmerman, del centro para la salud reproductiva del hospital internacional de Gante. El Inami, la institución que gestiona los pagos sanitarios de la seguridad social cifró en 2.760 las reconstrucciones vaginales en 2004, casi el doble que las registradas en el año 2000, según datos obtenidos por el diario Le Soir. Los expertos advierten además de que la mayoría de las mujeres que deciden operarse prefiere permanecer en el anonimato y que sus nombres no figuren en los papeles de la Administración.

“Como cualquier joven, tienen relaciones sexuales a espaldas de sus padres. El problema es cuando a partir de los 20 años sus padres buscan a alguien para casarlas en su país de origen. Allí les hacen un chequeo para comprobar que son vírgenes. Y antes de arruinar el honor familar, buscan una solución”. Rock Goerdin sabe de lo que habla. Es ginecólogo y ofrece esa “solución” por 2.100 euros. En una clínica belga de Genk, cerca de la frontera con Holanda, reconstruye el himen a unas 30 mujeres al año. Goerdin calcula que el 75% de sus pacientes son inmigrantes de segunda y tercera generación cuyas familias llegaron a Europa desde Marruecos o Turquía buscando una vida mejor.

Es el caso de los padres de Mina Chebaa que, como buena parte de los 600.000 musulmanes que viven en Bélgica -unos 20 millones en toda Europa-, emigraron desde Marruecos. Chebaa, de 38 años y miembro de la Plataforma para la emancipación de las mujeres musulmanas, tiene tres hijas a las que trata de educar como “buenas musulmanas”, aunque reconoce que no es fácil debido a la vida que llevan las chicas de su edad en Amberes, ciudad flamenca en la que viven. Dice que su hija mayor, de 15 años, a veces se queja porque le gustaría hacer lo que las demás. “Si vas a la discoteca. ¿Qué vendrá luego? Allí puede conocer a gente que no le conviene. Ella sabe que tiene que ir a fiestas donde sólo haya mujeres y que un día encontrará a la persona con la que se vaya a casar. Cuando llegue ese día, tendrá que estar limpia”, cuenta esta mujer sonriente que se considera a sí misma “una musulmana moderna”. Además, muchos de los jóvenes musulmanes europeos optan por casarse con mujeres marroquíes o turcas que no han pisado Europa y están libres de la “contaminación occidental”.

Desde el Ejecutivo de musulmanes de Bélgica, el organismo interlocutor ante el Estado, su presidente, Coskun Beyazgül, explica que el Profeta aconseja no beber alcohol y expresó su preferencia por los matrimonios con mujeres vírgenes, pero tiene muy claro que la integración de los jóvenes “no tiene nada que ver con ir a la discoteca o beber alcohol; hay muchas otras cosas”. A Beyazgül le preocupa mucho más la “discriminación laboral, entre otras, que sufren las musulmanas en Europa por llevar el velo”. Las llamadas dos uves, velo y virginidad, se han convertido en señas de identidad de una comunidad que busca reafirmarse ante los ataques y la incomprensión.

El presidente del Ejecutivo de musulmanes reconoce que las familias musulmanas europeas conviven con el conflicto a la hora de educar a sus hijos en los valores del islam, pero no sólo en Europa. “Los chicos ven las series americanas, la publicidad y quieren vivir como los que salen en la tele”. Beyazgül dice que “hay que respetar a los hombres que sólo quieran casarse con una mujer virgen”, pero que su institutción respeta cualquier opción individual.

De vuelta en Genk, el doctor Goerdin explica que seis semanas después de la operación de reconstrucción de himen, la chica esta lista para la gran noche de boda. Hace 12 años que Goerdin hace este tipo de operaciones, pero gracias a Internet la han llovido la clientas en los últimos años. Para este cirujano, la reconstrucción del himen es una suerte de “trabajo social” gracias al cual salva “del deshonor” a las jóvenes.

Pero no todos los médicos en Europa piensan igual y algunos se niegan incluso a realizar una intervención que consideran un ataque a la libertad sexual y la integridad física de la mujer sin justificación médica alguna. Se quejan además de que en muchos casos cuente con financiación del Estado.

El Consejo Nacional de Ginecólogos de Francia recomendó en 2006 a sus médicos que “rechacen radicalmente las himenoplastias y animen a sus pacientes a que se opongan a esas tradiciones machistas”. No existen cifras oficiales sobre el número de intervenciones en Bélgica ni en otros países europeos con fuerte presencia de población musulmana como Francia o Alemania. Algunas estimaciones locales apuntan a que se trata de un fenómeno considerable que va en aumento. Marleen Temmerman, del centro para la salud reproductiva del hospital internacional de Gante, piensa que es a las mujeres musulmanas a las que les toca acabar con el mito del himen. “¿Es que no se dan cuenta de que hay mujeres que nacen sin himen?”. En su hospital se opera a una veintena de mujeres al año; sólo los casos en los que “la mujer esté desesperada, sufra mucho estrés y no haya otra solución”.

Defensores y detractores de la himenoplastia piden que de una vez por todas el debate salga a la luz y los países europeos adopten una posición clara respecto a lo que consideran un creciente problema social, difícil de medir precisamente por su naturaleza semiclandestina. (Diario El País, 28/01/08)

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Jóvenes, musulmanas y europeas

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Laissez faire…

Laissez faire, laissez passer… Eso dice la clásica receta liberal para el funcionamiento de la economía. Y daba la impresión de que era verdad… Hasta ahora. Porque esto de la economía se está yendo de las manos… Lo han dicho en Davos, Suiza, en el Foro Económico Mundial que acaba de celebrase y que reune anualmente a las mejores cabezas pensantes del sector. Lo dicen también, sottovoce, los que no acaban de creerse que un joven analista de inversiones francés, más bien poquita cosa, haya sido capaz de hacer perder a su banco 50.000 millones de euros antes de que se percatarán de lo que estaba pasando… Algo no va bien, desde luego. Creo que es hora de que los ciudadanos comiencen a exigir que la economía se supedite un poco a la política, porque se está viendo que dejarla únicamente en manos de los economistas no es la mejor solución. Sean felices a pesar de todo. (HArendt)

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Asistentes al Foro Económico Mundial de Davos. Suiza

“Nerviosismo en los mercados: La metástasis”, por Joaquín Estefanía

La crisis financiera ha alarmado al mundo. Su verdadera dimensión se conocerá en abril, pero ya se sabe que febrero y marzo serán muy malos. Dos banqueros se encuentran a primeros del pasado mes de enero en Acapulco. Se abrazan y se felicitan las fiestas: “¡Feliz año 2009!”. Entre ellos existe el implícito de que el ejercicio en curso será malo para su sector. Lo han descontado. No sólo por la posible recesión en Estados Unidos, por las dificultades de Japón de continuar en la senda del crecimiento, o por la lentitud económica de la vieja Europa; sino, sobre todo, por los problemas que asuelan al sistema financiero mundial desde que a finales del pasado mes de julio estallase la crisis de las hipotecas de alto riesgo (subprime).

La discusión latente sobre si EE UU está en recesión (dos trimestres seguidos de decrecimiento económico) o en una desaceleración profunda (un crecimiento del PIB menor al 1%) es, para esos banqueros, una polémica académica y bastante estéril. Lo que les importa es que se determine con rapidez si después de los casos conocidos de entidades contaminadas por las hipotecas locas, van a aparecer más, o si la crisis se va a extender a otra tipología de empresas financieras no necesariamente bancarias. A principios del año 2008 reina la opacidad: no se sabe quién tiene qué enfermedad.

Cuando llega el primer Lunes de Pasión del año, el 21 de enero, y las Bolsas de valores caen con estrépito en porcentajes olvidados al menos por una generación de ciudadanos -una bajada equivalente se produjo en 1987, hace 21 años- los primeros análisis atribuyen el crash y el pánico desatado entre los inversores a los temores de que en EE UU se vaya a iniciar una recesión profunda y duradera. Nada más incierto: una caída fuerte de la economía americana, que se está produciendo, está descontada en las expectativas y en las percepciones: seis de cada 10 ciudadanos americanos consideran que la recesión ya afecta a sus bolsillos.

Además, si esos temores sirviesen como argumento principal para explicar la caída en picado de las Bolsas, ¿cómo interpretar las inmediatas subidas, casi en los mismos porcentajes, de los valores que antes bajaron? ¿Quizá como la expresión de que tal recesión se aleja del horizonte sin que haya datos que lo avalen? ¿O se trata más bien del tradicional rebote del gato muerto, una espectacular subida que resulta ser falsa? Las Bolsas se han comportado durante la semana pasada mucho más como una montaña rusa, plagada de volatilidad, que como una línea recta hacia el infierno.

El crash bursátil del lunes 21 de febrero tiene otras causas. Cuarenta y ocho horas antes, la agencia de calificación del riesgo Fitch rebajaba la solvencia a Ambac Assurance, una de las principales compañías aseguradoras de bonos de EE UU, conocidas como monolines. Después de incorporar a nuestra jerga las hipotecas subprime debemos añadir al léxico de una pequeña cultura financiera las monolines.

Una empresa cualquiera emite bonos para financiarse, los bancos invierten en esos bonos y aseguran ese riesgo a través de las monolines. Rebajar la calificación a una de las monolines más importantes indica a los inversores y a los mercados que existe la posibilidad de que la misma no pueda atender a los riesgos contraídos. Máxime cuando quien lo hace, una agencia de calificación de riesgos, ha sido acusada de haber mirado para otro lado (versión piadosa) o no haber advertido voluntariamente (versión inculpadora) de la mala calidad de las hipotecas locas. Si la crisis financiera se trasladase desde los grandes bancos norteamericanos (Citigroup, Merrill Lynch, JP Morgan, Bank of America, …) a otro sector tan considerable como el de las aseguradoras de bonos, significaría que la metástasis ha avanzado. A partir de ese momento sería legítimo preguntarse, por ejemplo, cuánto tiempo tardará en aparecer un hedge fund (fondos de alto riesgo) contaminado también por el mismo problema. La innovación financiera de estos últimos tiempos ha consistido, entre otros aspectos, en parcelar, repartir y transformar el riesgo de modo sistemático; hay productos financieros que se empaquetan hasta siete u ocho veces, y a continuación se titulizan. ¿Qué hay dentro de ellos? ¿Cuál es su composición, sus tripas? De nuevo, nadie sabe quién tiene qué.

La reacción positiva de las Bolsas de valores a este problema se produjo no sólo cuando la Reserva Federal (Fed) -en un gesto que no había tenido desde una fecha tan excepcional como el 11 de septiembre de 2001, con motivo de los atentados terroristas al Pentágono y a las Torres Gemelas- bajaba los tipos de interés en una reunión extraordinaria (nada menos que en tres cuartos de punto; en los últimos cuatro meses los ha bajado 1,75 puntos y los mercados esperan que aún lo haga en otro medio punto en su reunión ordinaria del próximo miércoles), sino cuando se gestaba una operación de rescate de las monolines, mucho menos publicitada.

El pasado miércoles, las autoridades reguladoras del sector del seguro del Estado de Nueva York anunciaban una negociación con la banca de un plan de apoyo financiero a las aseguradoras de riesgo. Es decir, los mercados de valores subieron cuando los inversores tuvieron alguna seguridad de que los poderes públicos no dejarían caer a ninguna entidad importante del sector de los seguros. Se repetía la misma historia que en el año 1998: ante la posibilidad de la quiebra de un fondo de alto riesgo, el Long Term Capital Management (LTCM), la muy liberal Reserva Federal se olvidó de sus principios de no intervención y de su filosofía de que cada palo aguante su vela, y lideró un paquete de ayudas al fondo en el que participaron los más importantes bancos de inversión de EE UU. Ante una crisis de estas dimensiones, con capacidad de contagio al conjunto del sistema financiero, las autoridades olvidan el laissez faire y acuden en ayuda de lo privado. Cuando la necesidad aprieta, los poderes públicos se convierten en caballeros blancos de las instituciones privadas, con el aplauso de éstas. En última instancia, el capital confía en la salvación pública.

La experiencia indica que casi todo ha pasado antes y casi todo va a volver a pasar, aunque los problemas se manifiesten de diferentes formas. El maestro Galbraith, tan agraviado por los neoliberales por mostrar que el rey está desnudo, escribió en su Breve historia de la euforia financiera que la memoria da síntomas de extrema fragilidad cuando se trata de asuntos financieros: “En consecuencia, el desastre se olvida rápidamente. Cuando vuelven a darse las mismas circunstancias u otras muy parecidas, a veces con pocos años de diferencia, aquéllas son saludadas por una nueva generación a menudo plena de juventud, y siempre con una enorme confianza en sí misma, como un descubrimiento innovador en el mundo financiero y, más ampliamente, en el económico. Debe haber pocos ámbitos de la actividad humana en los que la historia cuente tan poco como en el campo de las finanzas. La experiencia pasada, en la medida que forma parte de la memoria de todos, es relegada a la condición de primitivo refugio para aquellos que carecen de la visión necesaria para apreciar las increíbles maravillas del presente”. En sus recientes memorias, el antes silente ex presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, lo resume de modo tajante: cada burbuja y cada boom da lugar a su propia recesión.

La última fase de la globalización, tal como se está desarrollando, tiene dos características recurrentes. La primera es una acumulación de crisis financieras, de distinta naturaleza, que se repiten cada pocos años: en 1987, el citado crash bursátil; en 1992, el debilitamiento y posterior estallido del Sistema Monetario Europeo; en 1994, la quiebra de México, ejemplo de país emergente que cumplía con los dictados de la economía ortodoxa y del Fondo Monetario Internacional, y el efecto tequila (contagio a muchos otros mercados, muy alejados del mexicano); en 1997, la crisis asiática motivada por una serie de devaluaciones en cadena, que comenzó en la lejana Tailandia y a la que se denominó la primera crisis global; en 1998, la suspensión de pagos de Rusia; ese mismo año y el siguiente, nueva crisis de América Latina, a través de Argentina y Brasil; en 2000, el estallido de la burbuja de Internet y la desaparición del 90% de las empresas puntocom; en 2001, el caso Enron y la multiplicación de los escándalos en la América corporativa, con la complicidad de las compañías auditoras y de los bancos de negocios. Y hoy, las hipotecas subprime, cuyo alcance todavía no se adivina en el horizonte.

En la crisis de las hipotecas locas se dan tres singularidades, que la distinguen de la mayoría de las anteriores convulsiones: la primera, que la contaminación emerge del corazón del sistema -EE UU y la aristocracia financiera de Wall Street-, no de los países emergentes como en muchos de los anteriores episodios. La segunda, que los contaminados son los Estados del primer mundo, fundamentalmente los europeos. La tercera singularidad es la más novedosa: los salvadores de los bancos en crisis con necesidades urgentes de capitalización son los países emergentes a través de los fondos soberanos (sovereign-wealth funds); los fondos soberanos son empresas de capital público de aquellos países (China, Arabia Saudí, Abu Dhabi, …) que tienen gigantescas reservas de divisas por poseer materias primas con los precios al alza, fundamentalmente petróleo, y que invierten parte de las primeras en bancos y empresas privadas del primer mundo, sin participar en la gestión de las mismas. La paradoja es evidente: la periferia acude en salvación del centro del sistema.

La segunda característica de la globalización realmente existente es la financiarización de la economía. Lo financiero ha pasado a primer plano, es lo hegemónico; lo productivo o lo industrial es subsidiario de lo financiero. Ello se ve, sobre todo, en el protagonismo que han adquirido los mercados de valores en sus diferentes modalidades. El valor de la acción de una empresa es más importante, muchas veces, que la producción o los servicios que genera.

¿Cuándo se conocerá la profundidad y la extensión de la crisis de las hipotecas subprime? Al aparecer los primeros casos de entidades financieras contaminadas, a finales del pasado mes de julio, se dijo que la fecha oportuna sería en el momento de hacer públicas las cuentas parciales de los bancos, en el último trimestre de 2007. Entonces se distinguirían las buenas prácticas de las nocivas, los bancos con dinámicas ortodoxas de aquellos que habían prestado sin pedir las necesarias garantías con las que cubrir los créditos fallidos. Vencida la opacidad y triunfante la transparencia, el sistema financiero recuperaría la confianza y los bancos sanos volverían a prestar dinero a los bancos sanos. No ocurrió así. En estas semanas se están publicando las cuentas bancarias correspondientes a todo el año 2007 y hay muchas entidades internacionales que anuncian unos resultados muy inferiores a los previstos, atribuibles a la crisis en cuestión. Pero los mercados no se los creen y opinan, con su tremenda desconfianza, que habrán de aparecer nuevos números rojos.

En el sistema interbancario es hoy imposible obtener financiación a tres, dos o siquiera a un año. Los analistas opinan que el problema se sitúa ahora en las compañías auditoras, bajo lupa, que han de valorar los activos titulizados, de una gran volatilidad. Hasta que los auditores no emitan sus informes preceptivos no cambiará el ambiente. Y ello será a partir del mes de abril. Febrero y marzo serán meses muy malos en cuanto a la percepción del problema que, en definitiva, son los excesos de la innovación. A partir del cuarto mes del año debería conocerse la dimensión de los agujeros, el verdadero valor de las titulaciones (los colaterales) y las repercusiones de la posible quiebra de estos vehículos financieros en los balances de los bancos. Entonces se producirá la discriminación y los bancos comenzarán a prestarse unos a otros. Pero nadie tiene la seguridad de que vaya a ser así o si se necesitará un nuevo plazo para acabar con la opacidad.

Mientras tanto, las entidades habrán de lograr la liquidez a través de los bancos centrales y multiplicando sus depósitos, lo que los encarecerá, como ya está pasando: hay un enorme desplazamiento del dinero de los clientes desde los fondos de inversión hacia los depósitos a plazo.

El magnate norteamericano de origen húngaro George Soros declaró la semana pasada en el Foro Económico Mundial de Davos que la crisis de las hipotecas subprime es la más grave desde la II Guerra Mundial. Sin duda su conocimiento es amplio, porque Soros ha sido uno de los grandes beneficiarios de las convulsiones pasadas (su intervención logró sacar a la libra esterlina del Sistema Monetario Europeo, en 1992). Pero añadió algo más: la inanidad de los controles y de los reguladores nacionales ante unos hechos globales. La innovación financiera siempre ha ido por delante de la regulación necesaria. Ésta es una de las grandes lecciones de las actuales convulsiones financieras: la política ha ido por detrás de la economía, salvo cuando ha sido imprescindible acudir en auxilio de la segunda. (Diario El País, 27/01/08)

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Sunday, January 27, 2008

Propósito de enmienda

No es normal, no, que un reputado profesor universitario, intelectual de renombre mundial, y político en activo (todo en uno) reconozca que se ha equivocado en sus juicios. Es lo que ha hecho el canadiense Michael Ignatieff públicamente en Cartagena de Indias, Colombia, al referirse al apoyo que dio en su día al presidente Bush y a la invasión de Iraq. Algunos dirán que es oportunismo; otros, entre ellos yo, pensamos que es decencia. De él he leído su magnífico libro “El honor del guerrero” y su insuperable “Isaiah Berlin. Una vida” , la mejor biografía que se ha escrito del famoso filósofo británico de origen báltico. Y sobre “Los errores de Iraq”, ésto es lo que escribía en agosto del pasado año. Sean felices. (HArendt)

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El intelectual y político canadiense Michael Ignatieff

“Para combatir el terrorismo hay que comprenderlo”, por Juan Cruz

No es común que un intelectual reconozca en público sus errores, y aún menos común resulta que lo haga un político. Michael Ignatieff reúne las dos condiciones, es un intelectual de reputación mundial y es diputado liberal en Canadá, y dijo en la noche del viernes en Cartagena de Indias, Colombia, que se había equivocado apoyando la guerra de Irak. Declaró, además, que nadie quiere, sobre todo en América Latina, que Estados Unidos mande en el mundo. Ignatieff advirtió también sobre los peligros de la guerra sucia a la que a veces son tentados los gobiernos.

El arrepentimiento de Ignatieff alcanzó aquí, en el marco del Festival Hay, el grado de una confesión pública. Le escucharon mil personas, en silencio, como si estuvieran ante un sacerdote laico. Ignatieff, autor de El honor del guerrero, El mal menor y una celebrada biografía de Isaiah Berlin, no dejó ningún tema internacional sin abordar. He aquí algunos.

El error. “Me equivoqué apoyando la guerra de Irak. Había estado en ese país en 1992, había comprobado por mi mismo las matanzas de Sadam Hussein, y pensé que de ese dictador sanguinario había que desprenderse de cualquier modo. Me equivoqué, nos engañaron con el asunto de las armas de destrucción masiva, y en unos seis meses comprobamos, además, que los norteamericanos lo hacían muy mal y causaron un problema aún mayor. Acepto mi responsabilidad como intelectual por el error que cometí. Lo que ocurre abre interrogantes sobre el respeto a la soberanía de los estados. ¿Se debe intervenir cuando se producen matanzas, como ocurrió en Bosnia, como ocurre en Zimbabue, o el mundo debe mirar para otro lado? La apariencia obvia es que el mundo sólo interviene en sitios que tienen petróleo”.

Afganistán. “Nosotros [Canadá] estamos presentes en Afganistán, defendemos ese país de los talibanes, tenemos derecho a estar ahí. Si no estuviéramos, nosotros y otros países, sería tanto como dejarlo todo en manos de los norteamericanos, y nadie quiere que el mundo viva bajo la potencia militar de Estados Unidos. En lugar de criticar lo que hacemos [yendo a Afganistán] deben decidir qué mundo queremos para el futuro; no es suficiente sentarse en un café a decir que lo que hacemos está mal”.

El terrorismo. “No hay reto mayor. El terrorismo es una provocación. Sólo podemos combatirlo, desde los estados democráticos, con una mano atada a la espalda; no se puede detener a los ciudadanos sin juicio, no se puede torturar, se puede obtener información sin meter a los terroristas en agua helada para hacerles confesar, se puede conseguir información sin torturarlos, sin agresión psicológica. La legitimidad frente al terrorismo es lo que nos hace victoriosos. La democracia no puede usar armas que no son legítimas a menos que la sociedad empiece a perder su alma. Con respecto al terrorismo mismo, ninguna injusticia justifica que se tome de rehén a un civil, que se mate a un inocente. Para combatir el terrorismo hay que comprenderlo. Uno no puede derrotar lo que uno no comprende. Comprender no es perdonar. Para ganar hay que comprender. Cuando se demoniza a los terroristas es cuando se empieza a perder la batalla. Si se comprende por qué se está peleando uno puede empezar a ganar. El Estado ha de combatir el terrorismo con una mano tras la espalda. Cuando uno se aleja del Estado de derecho destruye lo que uno trata de defender”.

Seguridad, medios. “El mundo ha cambiado para mal. Se nos quitan libertades poco a poco. En los aeropuertos (¡especialmente en Miami!) se nos somete a torturas de seguridad, para darnos confianza; el papel de la oposición [en los países] es cuestionar si estas medidas son necesarias o legítimas. Ese es el papel del político, y el de una prensa libre es el de hacerse preguntas cada día frente a una situación que se deteriora. Los medios están ahora por el entretenimiento; enfocan su luz sobre unos asuntos y olvidan otros, y eso los conduce a la parcialidad moral. Por ejemplo, la agonía de Colombia no se cubre adecuadamente”.

Obama, Clinton. “Me entusiasma la idea de que gane Obama. Su retórica es imbatible, proviene de los predicadores negros, que fundaron la lengua de la libertad desarrollada por los esclavos; porque estoy en la política me importa la retórica, y este hombre tiene un gran dominio del idioma. Con respecto a la señora Clinton, me asustó escuchar a su marido declarar que seguramente ella hubiera intervenido en Ruanda para evitar aquella matanza. Es muy desafortunado que un ex presidente le deje a su mujer la tarea de cumplir un propósito que él no supo llevar a cabo”. (Diario El País, 27/01/08)

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Hipocresía

Me ha producido un desasosiego profundo el artículo de la escritora y editora Esther Tusquets, con la que tantas cosas comparto, que reproduzco más abajo. No por su contenido, que suscribo completamente, sino por esa alegación final suya a un hipotético ajuste de cuentas divino hacia los poderosos y opulentos. No me lo creo. No es posible que piense en serio que Dios les va a pedir cuentas a los ricos por lo que hayan hecho o dejado de hacer en su vida terrenal… Por lo demás, excelente y oportuna la apostilla sobre lo que significa “ser de izquierdas”: El hombre de izquierdas no tiene como misión repartir sus bienes, ni sentar en su mesa a los mendigos; su misión es luchar para que se instaure en el planeta Tierra un orden más justo, menos brutal y menos insensato”. Sean felices. (HArendt)

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La escritora Esther Tusquets

“Los cristianos, los marxistas y la opulencia”, por Esther Tusquets

Hay frases que oigo y leo muy a menudo, sin que suelan suscitar protestas, y que a mí me sorprenden. Aunque lo cierto es que casi siempre también las dejo pasar en silencio, porque da pereza a cierta edad ponerse a discutir algo que para uno es obvio y que le hace sospechar en el otro tan distintos puntos de vista que toda discusión va a resultar inútil, dado que sólo es fructífera la polémica si se parte de una mínima base común.

Algunas de esas frases, muy similares todas ellas, pretenden descalificar a intelectuales, artistas, políticos y ciudadanos de a pie que se autodefinen como “de izquierdas” por llevar una vida supuesta o realmente opulenta, como si esta contradicción les quitara toda credibilidad. Se habla y se escribe sobre “suntuosas” quintas de recreo, piscina “climatizada”, coches “espectaculares”, yates “de lujo”, etcétera, de muchos famosos que militan en el socialismo o en el comunismo. Entiendo estas agresiones en gente humilde, irritada por las enormes diferencias que se dan en nuestra sociedad, pero no suelen partir de ellas, sino de personas acomodadas, conservadoras y con gran frecuencia cristianas. Y de ahí nace mi perplejidad.

Confieso haber leído con mayor detención los Evangelios que los textos marxistas, y la doctrina de Cristo respecto a la riqueza es diáfana y no permite equívocos ni malentendidos. No sólo elige nacer y vivir entre los humildes, no sólo exige a los apóstoles que lo abandonen todo y le sigan, no sólo se muestra por primera y acaso única vez enfurecido, y llega por primera y única vez a la violencia física, al echar a los mercaderes del Templo (¿qué violencia no emplearía contra los dignatarios de su Iglesia, que han acumulado a lo largo de dos mil años riquezas incalculables?), no sólo hace de la caridad (que no se centra en lo material, pero tampoco lo excluye) el centro de su doctrina, sino que pronunció una sentencia terrible: “Es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que entre un rico en el Reino de los Cielos”.

Y a los cristianos ricos, que deberían sentirse, me parece a mí, aterrorizados, no se les mueve un pelo (tal vez piensen que Cristo estaba aquel día de mal humor, que se pasó de rosca, que no hay que tomarlo todo al pie de la letra), y se permiten, en cambio, criticar las quintas y las piscinas y los coches y los yates de los pocos miembros de la izquierda que acceden a ellos.

Es cierto que las teorías marxistas postulan como objetivo una mayor, acaso total, igualdad entre los hombres, pero no invocan para ello la caridad sino la justicia. No se trata de que los ricos repartan generosamente sus bienes, sino de establecer, por medios más o menos violentos, un sistema más justo. Y en esta lucha, cuyo protagonista principal es sin duda el proletariado, participan asimismo miembros de las clases sociales elevadas, que estarán en falta si sus negocios son ilícitos, si eluden impuestos, si explotan a sus obreros y empleados, si cometen abusos de poder, pero no tienen por qué rendir cuentas de su nivel de vida. Determinados lujos, en un mundo donde tanta gente muere de hambre, harán que se sientan más o menos incómodos, pero es un problema íntimo y personal, que nos atañe a muchos, que genera una mala conciencia que cada cual resuelve como puede, y que nos quita algunas noches -no tantas como estaría justificado- el sueño.

El hombre de izquierdas no tiene como misión repartir sus bienes, ni sentar en su mesa a los mendigos; su misión es luchar para que se instaure en el planeta Tierra un orden más justo, menos brutal y menos insensato. Y, cuando se trata de un hombre rico, esta lucha va contra sus propios intereses. A esos tipos tan criticados por sus casas y sus coches y sus yates les sería más favorable militar y votar en un partido de la derecha. Pero no lo hacen, y ahí radica su coherencia. Y por eso creo que se les debe un respeto. Sobre todo por parte de personas optimistas y pudientes que creen que para ellas se abrirán de par en par las puertas del Reino de los Cielos, aunque no hayan visto todavía, ¡qué extraño!, pasar un camello por el ojo de una aguja. (Diario El País, 27/01/08)

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Saturday, January 26, 2008

Diosa del Olimpo

No todo va a ser teología, ciencia, literatura o política… Dejemos hablar al cuerpo, la sensualidad, los sentidos y el goce y el placer de la carne… ¡Bienvenidos al Carnaval! ¡Bienvenidos a Gran Canaria! Sean felices; esta vez, sí.
(HArendt)

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La nueva Reina del Carnaval de Las Palmas


“Iraya Viera se convierte en la nueva reina del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria” (Agencia EFE)

La reina lucía la fantasía, ‘Las Palmas Mon Amour’, del diseñador Fernando Méndez. La gala fue presentada por Roberto Herrera y Teté Delgado.

El Olimpo griego, con sus templos, dioses, semidioses, héroes y musas, ha revivido esta noche una mágica Gala de la Reina del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria, en la que Iraya Viera ha sido coronada como nueva Afrodita de la belleza carnavalera, posiblemente gracias a la mano de Poseidón.

Y es que la nueva alteza de las carnestolendas de la Ciudad de la Luz, en la mitad del Atlántico, es una joven de 21 años licenciada en Comercio Exterior y Marketing, amante de la playa y el submarinismo, y de ahí que el dios de los mares pudiera haber ejercido influjo para su elección por incluso el mismísimo Zeus, el gran ausente de la gala.

El parque de Santa Catalina, el panteón de la fiesta de la capital grancanaria, volvió esta noche a concentrar a más de cuatro mil personas que asistieron de público a un espectáculo colosal de ingenio y derroche, que no desmereció de la espectacular escenogafía que envuelve estos días el escenario principal del Carnaval.

Iraya Viera lucía la fantasía Las Palmas Mon Amour, del consagrado Fernando Méndez, con el que hizo perfecta conjunción para convertirse en la mítica Afrodita, ahora grancanaria, que surgió de la espuma del mar. La gala fue conducida con buen hacer por el presentador canario Roberto Herrera y con desparpajo por la actriz Teté Delgado, buena conocedora del espíritu insular, ya que vivió varios meses en la capital grancanaria con motivo de la representación de una obra de teatro.

Por eso triunfó con un monólogo que amenizó el espectáculo, que duró casi tres horas, mientras desfilaban las guapísimas doce candidatas al trono del Carnaval 2008, entre ellas una “mujer” transexual y una disminuida física.

La reina aquí es la reina, sin duda, y lo es hasta el próximo Carnaval, pero como dios cantó el colombiano Juanes, con doce premios grammys latinos en sus bolsillos, y muy versado también en los gustos grancanarios, pues arrolló con sus últimos éxitos.

Si espectacular es el escenario, la fiesta en sí, y el artista invitado, también lo fue la obertura de la gala, en la que participaron unos 250 figurantes que representaron todo el universo heleno con sus dioses, semidioses y humanos, con sus filias y fobias, grandezas divinas y mezquindades terrenales.

Para esta magnífica introducción, el director artístico del Carnaval, Israel Reyes, contó con las coreógrafas Marietta Calderón y Montse Colomé y el diseñador Unai Tellería, que recrearon la magia del Olimpo en esta isla atlántica subtropical.

Afilarmónicas, murgas y comparsas, desde Los Nietos de Kika a Los Serenquenquenes y Cubatao, todas ellas premiadas en los concursos de 2008, fueron desfilando por el escenario y destilaron carnaval por sus voces, letras y coreografías. La importancia del Carnaval de este año se puso de manifiesto en un dato: doscientos periodistas, o mensajeros del dios Hermes, de medios nacionales y extranjeros se acreditaron para cubrir la Gala de Elección de la Reina.

Finalmente al alcalde de la ciudad, el socialista Jerónimo Saavedra, coronó a la Reina Yraya, después de dar marcha atrás a su intención inicial de no hacerlo para evitar, según había anunciado, politizar el Carnaval. El clamor popular se lo reclamó, porque siempre la Reina había sido coronada por la primera autoridad de la ciudad desde los primeros años de la Transición, y el alcalde ha sabido rectificar. Reina y alcalde, pues, de nuevo fueron el colofón de una noche mágica en la que los dioses malos, como Demeter, Ares y Hades, se quedaron en casa, porque el Carnaval, fiesta de carne, es para disfrutar por los mortales en libertad. (Diario El País, 26/01/08)

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