Deborah Kerr: Un lugar en la eternidad
Seguro que hay noticias mucho más importantes que merecerían hoy comentario por mi parte, pero prefiero obviarlas. Hoy, me sumo con admiración al homenaje que todos los cinéfilos del mundo rinden a esa gran estrella,
Deborah Kerr, muerta a los 86 años de edad en su Gran Bretaña natal.No recuerdo con precisión el argumento de la película que la hizo famosa,
De aquí a la eternidad, en la que protagonizó junto a Burt Lancanster el que seguramente es el beso más sensual y famoso de la historia del cine, aunque se que la vi cuando aun era yo muy joven. Sí, en cambio, recuerdo muy bien su intepretación de la institutriz de los hijos del rey de Siam, en El rey y yo; y también en Bonjour, tristesse, ya en su espléndida madurez como mujer y como actriz; y en muchas otras de sus numerosas y excelentes películas. Pienso, sinceramente, que hoy sobran las palabras. El martes pasado Deborah Kerr entró en la eternidad. Una eternidad que le pertenece ya para siempre…Les dejo con el artículo que la escritora Elvira Lindo le dedica en El País de hoy. Disfrútenlo. Pero sobre todo, si pueden, vuelvan a ver sus películas. Siempre merecerá la pena.
(HArendt)

La actriz británica Deborah Kerr
“Un beso que se adelantó a su tiempo”, por Elvira Lindo.
Hay artes que se aprecian con el tiempo. El juicio juvenil, tendente a admirar la belleza en su sentido más obvio, no suele apreciar cierto talento. El arte de la interpretación de esta actriz, Deborah Kerr, está seguramente inscrito en toda esa lista de tesoros que nuestros ojos juveniles no podían disfrutar del todo. A la Academia de Cine americano le debió pasar lo mismo porque, siendo una actriz respetadísima, nunca la consideró merecedora de un Oscar. Mejor dicho, se lo concedió cuando ya no quedaba más remedio, al final de una carrera plena de interpretaciones preciosas. Desde siempre recuerdo a Deborah Kerr pero mis ojos de niña o adolescente preferían a las actrices más arrebatadas o más guapas. Ahora, mi experiencia me permite disfrutar de toda la sutileza de su estilo. Una sutileza que la encasilló en papeles de mujer contenida y atormentada y de la que ella intentó zafarse atreviéndose a protagonizar ese De aquí a la eternidad, que contiene una de las escenas más calientes del cine de esa época y de ésta, en la que lo caliente siempre parece estar relacionado con lo obvio. La Kerr era de todo menos obvia y previsible, y todos los papeles que interpretó están abordados de una manera muy moderna, que la enmarca más en el naturalismo de los
grandes actores de ahora mismo, que afrontan la naturaleza de los personajes no sólo desde lo que dice sino también en lo que se contiene y se calla.
Los grandes directores supieron ver el talento de esta actriz con formación teatral -lo cual siendo una actriz inglesa significa poseer una gran preparación- y no es casualidad que John Huston, Mankiewicz, Zinnemann o Jack Clayton se rindieran a esta mujer de belleza nada estridente y tan rica en unas emociones interiores que la hacían apropiadísima para interpretar a personajes de grandes turbulencias psicológicas. Aunque los buenos títulos que protagonizó son muchos y serán en estos días reseñados por los expertos, yo, como simple admiradora, me quedo con dos momentos y papeles que guardo como esenciales en mi memoria cinematográfica y que compartiré con muchos espectadores: el tórrido beso en De aquí a la eternidad con Burt Lancaster en la playa, donde todo lo que puede expresarse sobre el deseo sexual está en esos dos cuerpos mojados sobre la arena, y la inquietante personalidad de la institutriz de Otra vuelta de tuerca, de la que no llegamos a discernir si está en esa casa para aterrorizar a unos pobres inocentes o si está inocentemente aterrorizada. Tuvo la suerte de protagonizar películas eternas, de esas que han superado con toda justicia la criba del tiempo, y las supo enriquecer con la fuerza de un raro, nada usual atractivo. Demostró su capacidad de interpretar papeles muy diversos aunque creo que hay algo que le hubiera resultado imposible: desprenderse de su delicada feminidad y de una tremenda elegancia. Dicen que ha muerto sin recuerdos, sin saber que ella era Deborah Kerr.
