Wednesday, October 31, 2007

Cosa juzgada

El Corpus Iuris Civiles o Digesto de Justiniano (siglo VI d.C.) sigue siendo hoy día una fuente inagotable de aforismos y principios de Derecho en todo el mundo occidental. Sobre la “cosa juzgada”, dice así: “Res iudicata dicitur, quae finem controversiarum pronuntiatione iudicis accepit, quod ved commdenatione, vel absolutione contingit”. (Dícese cosa juzgada la que puso término a las controversias con el pronunciamiento del juez, lo que tiene lugar o por condenación o por absolución). Libro XLII, título I, ley 1. Y más adelante sigue: “Res iudicata, pro veritate accipitur” (La cosa juzgada se admite como verdad). Libro L, título XVII, ley 207. Eso es así en todo el mundo civilizado, menos para la COPE; ellos son de otro mundo: AMGD (A Mayor Gloria De Dios) Y por supuesto para el PP, ahora encabezando la cruzada para descubrir a los “autores intelectuales” del atentado, que “están cerca,muy cerca”, como recordó el inefable Aznar. No tienen remedio, son como son, y así hay que aceptarlos. Sean felices a pesar de todo. (HArendt)

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La Libertad enamorada de la Justicia

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Desmemoria+Despropósito+Desvergüenza=PP


Dentro de diez horas se hará pública la sentencia sobre los atentados del 11 de Marzo de 2004 en Madrid. Sea cual su resolución se pone fin con ella a toda especulación. Es posible, no lo se, que la justicia no triunfé, pero en todo caso, esa sentencia es la verdad judicial. Y punto. Así funcionan las sociedades democráticas: el menos malo de todos los regímenes posibles.

Poniéndose la venda antes de la herida el secretario general del PP, el impresentable Acebes, decía ayer en público que el PP no ha dudado nunca de la autoría islamista de los atentados de Madrid; que el PP nunca ha dicho que ETA estuviera detrás de los atentados de Madrid; que el PP jamás ha dudado de la profesionalidad y eficacia de las fuerzas de seguridad del Estado ni de los fiscales y jueces que han dirigido la investigación sobre los atentados en Madrid.

Así se escribe la Historia por parte del PP, en el más puro estilo de Joseph Goebbels: tergiversando la verdad hasta hacerla irreconocible, mintiendo sin reparo alguno, sin miedo a las hemerotecas. Ese partido es indigno de pretender dirigir el gobierno de España. A ese partido no la hace falta ninguna ley de Memoria Histórica porque la Memoria y la Historia le importan un cuerno. Y Acebes, si tuviera el más mínimo pudor, porque vergüenza ya sabemos que no tiene, estaría mañana mismo camino de la jubilación forzosa. Sean felices a pesar de todo. (HArendt)

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El secretario general del PP: Sr. Acebes

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Monday, October 29, 2007

Josu Jon Imaz: Cada día más mejor…

Josu Jon Imaz cada día que pasa está más mejor. No, no es un error: es sintaxis canaria; ¿verdad que es hermosa? Ayer, según cuenta Aitor Guenaga en El País, Josu Jon Imaz, aún presidente del Partido Nacionalista Vasco, volvió a decir verdades que evidencian que no todo el monte vasco es orégano fundamentalista. ¡Bien por él! Y por José Antonio Ardanza… Se lo merecen. (HArendt)

http://www.e-libertad.es/DOCS/imaz2_elcorreo_archivos/025viz22fot1.jpg
El presidente del PNV, Josu Jon Imaz

“Eso que ellos llaman su patria no es la nuestra”, por Aitor Guenaga.

Imaz pide al PNV que lidere la deslegitimación de ETA. El líder del PNV, Josu Jon Imaz, lleva dosificando sus intervenciones desde que anunció en septiembre su decisión de no presentarse a la reelección como presidente de su partido. Pero cada discurso, siempre cuidadosamente construido, se está convirtiendo en un auténtico articulado de futuro, una suerte de tablas de Moisés de actuación política en donde su apuesta por la transversalidad (el acuerdo entre nacionalistas y no nacionalistas) y su denuncia de la violencia “mafiosa” y “fascista” de ETA se llevan la parte del león.

Ayer, en la sede bilbaína de Sabin Etxea, rodeado de gudaris -a los que con un sentido respeto denominó “soldados vascos de la paz” y “gudaris de la democracia y las libertades”-, puso tarea para el futuro presidente peneuvista y su nueva ejecutiva: “ser abanderados en la deslegitimación de ETA, Batasuna y su mundo de intolerancia”. Imaz defendió la “necesaria unidad democrática” como un valor en sí mismo: anteponer la libertad a los proyectos partidistas como hicieron, recordó, en 1936 nacionalistas, republicanos, socialistas y comunistas, frente al totalitarismo franquista.

La semana pasada, el ex lehendakari José Antonio Ardanza recogía uno por uno los principales postulados defendidos por Imaz en sus cuatro años al frente del PNV al recordar que no se puede hacer política a espaldas de la pluralidad vasca y que Euskadi para “avanzar” requiere de un acuerdo entre nacionalistas y no nacionalistas. Ayer, en la celebración del Gudari Eguna (Día del soldado vasco), Imaz puso en valor el discurso de Ardanza tras el asesinato del concejal del PP Miguel Ángel Blanco en julio de 1997. Si Ardanza aseguró entonces que de Batasuna y de ETA “nos separa los medios y también los fines”, el presidente del PNV subraya que los fines de ETA y de su brazo político “no son los nuestros. Decid al mundo que eso que ellos llaman su patria no es la nuestra”, recalcó entre aplausos de los presentes en la sede central del PNV.

Imaz ilustró la intolerancia, la amenaza y la violencia de la que se valen algunos en Euskadi para “imponer su proyecto político” con los últimos ejemplos de ataques de kale borroka, el último atentado de la organización terrorista o la obligación de ir escoltado. La quema de los coches del presidente de la gestora de Ondarroa (PNV) y de la hija del alcalde de Andoain (PSE) le sirvieron además para recordar que “estos últimos días hemos visto amenazas al más puro estilo mafioso”. Hay “padres, casi ancianos a los que se insulta porque sus hijos ocupan una representación institucional”.

En un día tan señalado como el de ayer, con la beatificación de 498 mártires en Roma, el presidente peneuvista tuvo palabras de recuerdo para los 16 sacerdotes y religiosos vascos asesinados en las tapias de los pueblos de Euskadi. Sacerdotes que “no serán beatificados hoy en Roma”. “Sus pecados, no pertenecer al bando ganador (…), no ser franquistas”. Imaz criticó que nunca hayan tenido un reconocimiento por la Iglesia. Y acusó a la “jerarquía” eclesiástica de haberlos olvidado. Una jerarquía, dijo, que “opta por la política en lugar de por el Padrenuestro”.

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Todos son víctimas

Sin comentario. No merece la pena. Descansen en paz: “Con la iglesia hemos topado, Sancho”, dijo nuestro universal caballero; y tuvo que envainársela… Enrique Miret Magdalena es teólogo. (HArendt)


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El teólogo Enrique Miret Magdalena

¿Dónde están los martires?, por Enrique Miret Magdalena.

Uno se pregunta, ¿dónde están esos mártires que la Iglesia beatificó ayer? Si miramos a la historia nos perdemos en la oscuridad de los tiempos. Esos 498 mártires beatificados, cuando tanto se habla de memoria histórica, es preciso clarificarlos. Hay que hablar con sentido de la historia, no dejándose llevar por el sentimiento, sino por los hechos.

Los católicos ultraconservadores y la mayor parte de la jerarquía eclesiástica han manifestado una falsa alegría por la decisión de la Santa Sede de celebrar ayer un multitudinario acto para honrar el martirio de aquellos que fueron en gran parte muertos en España por las fuerzas republicanas, dejándose llevar unos y otros por razones políticas más que religiosas.

Hace años, hice un esfuerzo para alcanzar la realidad en mi libro de memorias, Luces y sombras de una larga vida, ya que había vivido aquello de lo que actualmente se habla sin gran fundamento. Insisto, yo aquello lo había vivido personalmente, y en parte padecido, de muy distinta manera a como se cuentan ahora los hechos sucedidos, siguiendo falsos recuerdos. Muchos de los que ahora hablan no vivieron personalmente aquellos momentos y no tienen en cuenta la verdadera realidad histórica. Ya que ésta ha sido falseada por motivos políticos o religiosos de quienes los esgrimen, pero no fueron testigos de ellos.
Más nos valdría callarnos sobre lo que no vivimos, guardar sobre ello un discreto silencio.

Acabo de referirme a todo esto en una entrevista para la radio, procurando ceñirme a lo que sé directamente, sin falsear lo ocurrido con hechos que desconozco o que ocurrieron de otro modo.

Lo primero que se debería recordar es un hecho decisivo: que el papa Pablo VI dio marcha atrás a estos procesos de beatificación de quienes murieron por una u otra causa en nuestra Guerra Civil.

Afirmo, pues, que los hechos han sido frecuentemente modificados por quienes no los vivieron ni los estudiaron objetivamente. En primer lugar, por quienes no vivieron aquellos tristes sucesos. En segundo término, por los que no conocen de cerca su historia. En tercero, por los que no saben lo que es ser mártir. Y, por último, por desconocimiento de lo que la teología enseña acerca de lo que es una beatificación y una canonización.

¿Sabemos de todo esto? Son preguntas que toda persona seria, creyente o no creyente, debe hacerse. Y después adoptar la postura que le parezca más razonable.

Es el trabajo que pediría a todos los que hablan de uno u otro modo de memoria histórica. Y, si no lo hacen, deberían callarse.

Repasaba todo lo que digo en este artículo para clarificar mi propia mente y no dejarme arrastrar por la precipitación o la ignorancia.

En primer lugar, unos y otros condenaron a muerte por sus ideas al otro bando durante la Guerra Civil española. Y a veces por cosas que no tenían que ver con las ideas. Yo tuve en Aragón un tío mío, hombre de derechas, que fue asesinado por los franquistas por motivos interesados, que nada tenían que ver ni con la religión ni con la política.

Por otro lado, me interesé en mis memorias por recordar a unos sacerdotes católicos que por cumplir con su deber de lealtad a las instituciones y el Gobierno legalmente elegidos por los españoles de entonces fueron vilmente asesinados, resultaron víctimas del modo más injusto.

Esto le pasó también a muchos seglares católicos que quisieron una República democrática, y por ella estuvieron en el lado republicano, respetando siempre a quienes pensaban de otro modo, como pasó, por ejemplo, en Cataluña. Fueron fusilados de mala manera por las fuerzas franquistas, que no tenían el menor respeto alguno a sus ideas democráticas.

E incluso hubo militares republicanos de alta graduación, como los generales Miaja y Rojo, que eran convencidos católicos, así como los generales Batet y Aranguren. Por no hablar de alguien que es tenido popularmente por santo: el coronel Antonio Escobar, que luchó convencidamente por defender a la República en Barcelona en nuestra Guerra Civil y que era un ferviente católico.

Ésa y no otra es la verdadera memoria histórica.

Pero ahora el Vaticano sólo se fija en la masa de los frailes y monjas asesinados por los republicanos, y ello sin tener en cuenta su vida personal, recogiendo los nombres de 498 religiosos muertos injustamente y declarados mártires sin conocimiento detallado de sus vidas. Olvidando de paso a los muchos seglares que murieron en circunstancias semejantes por su fe y que son ejemplo para los católicos. Porque, recordemos, la condición clerical no es lo verdaderamente importante como ejemplo de vida cristiana.

Y es que, una vez más, la jerarquía eclesiástica se olvida de su manifestación de fe vital en la vida corriente y se fija en cambio en una piedad empalagosa que más bien aparta de la verdadera fe, porque no atrae hacia un Evangelio sencillo de la vida.

Es un error tanta beatificación clamorosa como la de esos 498 beatos que poco o nada dicen al cristiano que sigue la vida corriente con responsabilidad y sin alharacas. Esos flamantes beatos no aportan nada de particular para lo importante: llevar una vida responsable todos los días de la semana, que es lo que pide el Evangelio.

Conclusión: dejémonos de masivas celebraciones como la de ayer y pongamos de relieve la figura del seglar católico, que muchas veces es el verdadero mártir de la vida.

(El País, 29/10/2007)

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Sunday, October 28, 2007

Museo del Prado, Madrid: 30 de octubre… ¡y no estoy allí!…


¡Qué envidia! Sana, pero envidia al fin y al cabo… Me hubiera gustado estar en Madrid el próximo 30 de octubre… Aunque tuviera que repetir las siete horas de cola que hice con motivo de la última exposición de Velázquez. No importa: me hubiera gustado poder contarles a mis nietos que yo estuve allí, en Madrid, en uno de los mejores museos de pintura del mundo, el día que se reinauguró. Les dejo con el artículo que en El País Semanal firma la historiadora del arte Julia Luzán. Y con mi envidia… (HArendt)

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La condesa de Vilches, de Federico Madrazo

“Juana La Loca resucita en El Prado”, por Julia Luzán.

Dos cajas de cartón son la improvisada maqueta en la que Javier Barón y José Luis Díez, conservadores de la pintura española del siglo XIX en el Prado, llevan meses estudiando cómo han de colgarse los cuadros de los pintores decimonónicos en las nuevas salas temporales del museo, obra del arquitecto Rafael Moneo. “Teníamos la idea de inaugurar con una exposición propia”, afirma el director de la institución, Miguel Zugaza. “La ampliación nos ha permitido realojar las colecciones que han estado durante muchos años en un emplazamiento aislado y nos ha ofrecido la posibilidad de incorporar por primera vez ese siglo al discurso interrumpido del museo, algo necesario para que el público conociera esas obras que durante tantos años han estado ocultas”.

En las “casitas de papel”, Barón y Díez, los comisarios de la muestra, cambian, mueven y ultiman los preparativos de lo que será la recuperación de una parte fundamental de nuestra historia del arte: las grandes obras de Eduardo Rosales, Joaquín Sorolla, los Madrazo, Vicente López, José Casado del Alisal o Carlos de Haes, entre muchos otros, almacenadas desde hace años en el Casón del Buen Retiro. “Los cuadros los conocemos y sabemos cómo funcionan entre sí, pero el edificio nuevo, no, y hay que tener en cuenta que son cuadros muy diferentes, ya que tenemos desde uno pequeñísimo, la joya exquisita de El desnudo de Portici, de Fortuny, que mide 12 por 20 centímetros, hasta El fusilamiento de Torrijos, que alcanza los seis metros y medio. Ha habido que pensar la exposición con estas maquetas porque cuando llevas muchos años en este oficio sabes que algo que en papel queda fantástico, cuando cuelgas los cuadros son ellos quienes piden dónde han de colocarse”.

Por los libros de texto hemos conocido el arte fundamental del XIX español, un siglo lleno de turbulencias que vio pasar reyes, pronunciamientos militares, guerras carlistas, revoluciones y la I República. Obras que fueron utilizadas como emblemas durante el franquismo, que vio en ellas una oportunidad de oro para exaltar los valores patrios. “Por eso hemos tenido una cierta aprensión a esta clase de pintura. Y ésa ha sido también una de las losas que han pesado sobre estos cuadros”, explica José Luis Díez. “Otra es el peso de artistas como Velázquez o Goya en el Prado, que oprime todo lo que viene después hasta el engarce con Picasso”.

La recuperación de ahora, según Zugaza, llega “en el momento adecuado”: “El siglo XX no se entiende sin el XIX, y es un signo de madurez de la institución el que seamos capaces de no aislar ninguna parte de la historia por razones coyunturales o convencionales. El museo se va a ver más entero, más completo”.

Nuestros mitos nacionales colgarán por fin de las paredes del edificio racionalista de Juan de Villanueva, después de inaugurar las salas construidas por Rafael Moneo. Por fin, el XIX tendrá un sitio de honor, y descubriremos que el óleo de Juana la Loca, pintado por Pradilla en 1877, no tiene nada que envidiar a la monumental Coronación de Napoleón, del francés Jean-Louis David, que congrega cada año a miles de visitantes en el Louvre, en París. La imagen de la reina viuda, embarazada, vestida con tocas de riguroso luto, con la orla de su capa manchada por el barro y la mirada ida ante el féretro de su amado Felipe el Hermoso es una puesta en escena teatral, una pintura magistral. En el cuadro puede olerse incluso el humo de la hoguera movido por el viento. Es una lección de historia tan romántica como alguna de las leyendas que escribió Gustavo Adolfo Bécquer. Varios de estos lienzos inspiraron el cine histórico de nuestra posguerra. Juan Comba, un discípulo de Rosales, fue el asesor artístico del director de cine Juan de Orduña y de la distribuidora Cifesa para el rodaje de películas como Alba de América, sobre el Descubrimiento de Colón (1951), o Locura de amor (1948), en el que la obra de Pradilla aparece en el último fotograma del filme.

Otros cuadros, como El entierro de san Sebastián, de Alejandro Ferrant, compañero de promoción de Pradilla, no se han podido ver desde que el Museo de Arte Moderno cerrara sus puertas en 1971. Ahora se ha restaurado, y los comisarios de la exposición aseguran que será una de las estrellas, un absoluto descubrimiento.

Más de una generación, diez promociones de alumnos de bellas artes, no han podido estudiar en vivo el arte de los pintores del XIX. Los cuadros, enrollados y almacenados en el Casón del Buen Retiro, hace una década que no se exponen, y como lo que no se ve, no se aprecia, el gusto por este tipo de pintura se ha perdido. El arte histórico, para muchos algo rancio, recordaba una época dolorosa, la de la pérdida de las últimas colonias y el gran fracaso de la política española. El desánimo de los escritores del 98 trasladado con creces a la pintura.

La cercanía de los grandes pintores arrinconó a los que llegaban posteriormente. Ahora, el paso del tiempo ha puesto las cosas en su sitio. “Quien desee conocer la obra de Velázquez, de El Greco o de Goya sabe que ha de visitar el Prado, y a partir de ahora eso se amplía a las grandes obras de Eduardo Rosales, Federico de Madrazo o Vicente López”, afirma rotundo Javier Barón. La calidad es la principal característica de la colección del XIX que atesora el Prado. “Cuando se contempla, por ejemplo, Los amantes de Teruel, Los hijos del pintor en el salón japonés, de Fortuny, o el Retrato de señora vestida de negro, de Federico de Madrazo, solamente se pueden entender si ves que detrás de ellas están los grandes maestros como Velázquez o Goya”.

Según Miguel Zugaza, este rescate “es un reconocimiento de una parte de una colección que está muy unida a la identidad y a la imagen del propio museo. El Prado se fundó en 1819. Una buena parte de su historia pertenece a ese periodo, e influyó decisivamente en el arte español y en el de fuera de nuestras fronteras. Por ejemplo, la que ejerció en un pintor como Edouard Manet, que llega a España y se encuentra con la obra de Velázquez, algo decisivo para entender el arte de vanguardia del siglo XIX. Además, la mayor parte de los directores que tuvo el museo a lo largo del XIX eran los artistas de ese siglo, como José de Madrazo y Federico, su hijo, que ahora vuelve a este edificio”.

Las colecciones reales formaron el grueso de los fondos del Prado, enriquecidos posteriormente con obras procedentes de las exposiciones nacionales de Bellas Artes, fomentadas para promocionar a los jóvenes artistas. El cuadro que obtenía el primer premio era adquirido por el Estado. Solían ser obras con argumentos muy del gusto oficial. Ya no estaban de moda los héroes mitológicos, sino los de carne y hueso. “Los pintores recuperan el ideario del gran pasado español, los Reyes Católicos y el imperio, y ahí es donde radica el mayor atractivo de estos cuadros”. Aunque el origen haya que buscarlo en el deseo de legimitación de Isabel II. La batalla por la sucesión que entabla Carlos María Isidro da pie a una operación de imagen de la Corona, y los partidarios de Isabel vuelven sus ojos hacia el pasado. Un pintor madrileño, Vicente López, con ocasión de la proclamación de la hija de Fernando VII como princesa de Asturias, refleja en un lienzo la figura de Isabel la Católica guiando a su nieta, la futura reina Isabel, hacia el templo de la gloria. Con toda intención, une ambas figuras para demostrar que Isabel II es la legítima heredera. Es el arte con mensaje que prima en todas las pinturas de la época. “Eso explica que cuando Rosales presentó el gran icono Doña Isabel la Católica dictando su testamento dio en la diana porque escoge el momento crucial de la historia española: está dejando escrito el futuro de España”, asegura Díez. Rosales consiguió el primer premio en 1871 con esta obra, pero también críticas por su factura excesivamente moderna. Paradójicamente, el siguiente cuadro histórico que pintó Rosales tiene un matiz bien distinto. En La muerte de Lucrecia, lo que representa es el triunfo de la República.

Hay quien ve estos grandes cuadros como el final de una ópera de Verdi. El honor, el amor y la muerte, los tres grandes baluartes del ideario romántico, son los valores que los artistas exaltan en sus obras. Algunos se han formado en Roma, otros han pasado por París, pero la mayoría ha tenido como escuela la contemplación de las mejores obras de Velázquez en el nuevo museo público. Todos tienen oficio y buena condición física. Y la necesitan, porque a menudo han de enfrentarse con lienzos gigantescos de más de 15 metros. Respetan la “verdad moral” de los acontecimientos, pero no atienden a la “verdad histórica” porque lo importante es lograr despertar la emoción en el espectador (en La rendición de Granada, por ejemplo, se muestra a caballo a Isabel la Católica, que nunca estuvo allí).

Los conflictos políticos influyen en los artistas. Cuando Antonio Gisbert pinta Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga (1887-1888), su obra maestra, lo hace por encargo directo del Gobierno liberal que preside Sagasta con el fin de inmortalizar la injusticia del absolutismo de Fernando VII. Un real decreto exige que se exhiba en el Prado “para que sea ejemplo para generaciones venideras”. Es el primer caso, muchos años antes de que Picasso pintara el Guernica, en que un cuadro sobrecogedor se convierte en un manifiesto en defensa de las libertades.

El recorrido de la exposición se ha estructurado en tres salas y nueve secciones. Para abrir boca, tres retratos pintados por Goya: La marquesa de Santa Cruz (1805), “el retrato neoclásico por excelencia en la indumentaria, en la pose, con esos rojos y negros tan de Velázquez”; el de La duquesa de Abrantes (1816), y el de Juan Bautista Mu¬-guiro (1827), hecho por Goya justo un año antes de su muerte. Junto a ellos, el retrato que Vicente López hizo a Goya cuando éste acababa de cumplir los 80 años y había regresado a Madrid desde Burdeos para arreglar su pensión. Cuando Goya se autorretrata, lo hace descamisado; en cambio, Vicente López sabe que ese cuadro estará en el museo real y lo muestra impecablemente vestido con traje, camisa de chorreras y sus instrumentos de pintor.

En esa primera sala está también representada la corriente neoclásica con José de Madrazo, el primero de la saga de los artistas, con La muerte de Viriato, jefe de los lusitanos (1807). En esa misma línea, otra gran obra, Cincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma (1806), de Juan Antonio de Ribera, exalta al gobernante que no tiene apego al poder. El majestuoso cuadro de De Ribera no fue muy aprecido en su tiempo, ensombrecido por los de José de Madrazo. Al fin y al cabo, este último era director del Prado, y en cuanto tomó posesión lo primero que hizo fue colgar su Viriato, en detrimento del Cincinato, la obra maestra de la pintura neoclásica española, que ha estado depositado cerca de un siglo en el Museo de Cáceres. “Eso demuestra que el Prado, cuando enseña o esconde obras, está haciendo historia del arte. Tener oculta una colección durante tanto tiempo ha influido, no cabe duda, en los precios del mercado. Con esta exposición pretendemos también hacer una reflexión sobre cómo se comportan las instituciones respecto al arte del XIX. Hemos querido ser objetivos y mostrar las cosas tal como se produjeron”, señalan los comisarios.

En pintores como Eugenio de Lucas es donde mejor se aprecia a simple vista la herencia de Goya. En los cuadros de De Lucas está la Inquisición, la España negra o las corridas de toros. Aunque posiblemente la obra que mejor refleje el romanticismo sea la de Los poetas contemporáneos. Una lectura de Zorrilla en el estudio del pintor (1846), de Antonio María Esquivel. El que fuera uno de los fundadores del Liceo Artístico y Literario, germen de la ilustración de la época (tenía su sede en el palacio de Villahermosa, hoy Museo Thyssen), quiso dejar constancia de los que formaban el ghota de la intelectualidad. Lo ideó como un cuadro dentro de otro. Como paisaje, su propio estudio a rebosar de óleos pintados por él y otros que coleccionaba. Entre los personajes allí retratados aparecen Hartzenbusch ?autor de Los amantes de Teruel?, Bretón de los Herreros, el Duque de Rivas ?creador de Don Álvaro o la fuerza del sino, germen de la ópera de Verdi La forza del destino? y Zorrilla, el protagonista de la reunión. Esquivel se representa en el centro, como si fuera el Velázquez de Las meninas, pintando un cuadro. Esquivel es autor también de uno de los mejores desnudos, a juicio de los expertos, del romanticismo: El nacimiento de Venus. El cuadro se encontraba en una colección privada, la de los condes de Santamarca. Fue donado a un convento de monjas, quienes se deshicieron de obras tan inmorales, y su último propietario, hasta que el Prado lo compró, fue el doctor Andreu, el inventor de las pastillas para la tos.

Otro gran descubrimiento de la exposición será el de Federico de Madrazo, director del Prado hasta 1894. Su obra El Gran Capitán, el antecedente de la gran explosión de pintura histórica, fue donado al museo hace cinco años y ahora se expondrá por vez primera.

Federico de Madrazo aprendió de Ingres cómo retratar a sus modelos con glamour y belleza, pero, a diferencia del francés, los colores y trazos del español tienen la huella de los Tiziano, Tintoretto y Velázquez que veía de niño cuando su padre dirigía el Prado. Su retrato de Amalia de Llano, la condesa de Vilches, retratada al modo francés, desinhibida y mirando al espectador, desprende por todos sus poros sensualidad y belleza.

La sala de los pintores de historia, que Lafuente Ferrari llamaba con toda intención “la de los muertos”, reúne los grandes cuadros del género: Los amantes de Teruel, de Moreno Carbonero; La campana de Huesca, de Casado del Alisal, o La expulsión de los judíos (1889), de Emilio Sala, el epílogo del género, donde mejor se aprecia el cambio ideológico. Mientras en el de Isabel la Católica se reivindica el esplendor del imperio español, a finales del siglo XIX, la historia de España se ve ya de manera más crítica.

El círculo se cierra con un retrato de Sorolla. En 1906, el valenciano retrató a la actriz María Guerrero vestida como el personaje de La dama boba, de Lope de Vega, a la manera de la infanta Margarita, de Velázquez. Cuando Sorolla lo pinta, lo hace con la intención de colgarlo en el Prado. O al menos así lo dejó escrito el pintor valenciano en una de sus cartas a sus amigos: “Un día le dije a María: tú tienes que estar en el Prado, y además en un retrato que te pinte yo”.

La exposición ‘Grandes maestros del siglo XIX’ podrá verse en las nuevas salas del Prado desde el 30 de octubre hasta febrero de 2008.

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Saturday, October 27, 2007

Babelia


Mi primera salida de casa esta mañana ha sido para comprar El País. No suelo hacerlo, pues lo leo cada día en su versión electrónica, pero tenía mucho interés en ver el primer número de su revista de cultura y libros, Babelia, en el nuevo formato que inaguraba hoy. Magnífica en presentación y en contenido. Y para mi sorpresa el primer artículo de la revista es de mi admirado profesor Lledó. Se titula
Identidad, y comparto plenamente lo que en él se dice. Nunca he acabado de entender el ombliguismo nacionalista que opone una identidad a otra: me siento tan por igual identificado con mi condición de vecino de Maspalomas, como de ciudadano de Gran Canaria, de Canarias, de España y de Europa. Ninguna de esas identidades excluye a la otra; ninguna me produce rechazo; ninguna es para mi más o menos importante que la otra. Y además, no acepto que me obliguen a escoger; no quiero renunciar a ninguna de ellas; todas forman parte de mí.

Pero hay más cosas en Babelia, claro está; entre ellas, una magnífica crítica de José-Carlos Mainer de la novela Las benévolas, de la que ya he hablado en anteriores ocasiones en este blog y que acaba de ser publicada en castellano por RBA y en catalán por Quaderns Crema (creo que ya está a la venta), con una interesante entrevista a su autor, Jonathan Littell, por parte de Jesús Ruiz Mantilla. Aunque me asustan un poco sus 992 páginas voy a leerla. Lo mismo que haré con Vida y destino, de Vasili Grossmann, publicada por Galaxia Gutemberg-Círculo de Lectores, que también he comentado ya anteriormente. Voy a comprármelas ya, ahora, como autoregalo de Navidad, y las guardaré hasta las Fiestas para leerlas entonces. Por cierto, ya encontré Ibis, la novela del colombiano José Vargas Vila que tanto amaba mi padre y que busqué a través de Internet: uno de mis sobrinos madrileños me remitió a una página de libros en Internet a través de la cual contacté con una Librería de Viejo, y ya está en camino hacia Gran Canaria.

Si no la han ojeado en papel les recomiendo vean la edición electrónica de Babelia en el enlace que he puesto más arriba: merece la pena. Les dejo con el magnífico artículo del profesor y académico Emilio Lledó. Disfruten de él. Y buen fin de semana: pienso que nos lo merecemos. (HArendt)

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El escritor Jonathan Littell

“Identidad”, por Emilio Lledó.


Lo que nos hace seres humanos parece que consiste en hablar, entender, comunicar. La voz en que se expresa esa habla que, en sus orígenes, fue la pura, inmediata, oralidad, y que se perdía en el aire de cada sonido, adquirió, con los siglos y con la escritura, formas más complicadas, más sustanciosas y firmes. La escritura facilitó la memoria e inventó un reflejo de la pervivencia, del impulso hacia el amor y la solidaridad, del deseo de inmortalidad.

Con el invento de las letras, el tiempo se hacía tierra y surco en el que caían las semillas de nuestras palabras y podían, así, fructificar con otros soles distintos de aquel bajo el que se sembraban. Tal vez por ello, se llamó “cultura” a esa siembra que alargaba el instante en lo porvenir, y descubría en el originario, efímero, “sueño de una sombra” la existencia del tiempo y de la historia…

Pero “cultura” se dijo antes Paideia, “educación”, creación de un sonido interior que convertía al individuo que habla en un “animal interesante”: un ser que podía construirse, mejorarse y, sobre todo, que debía luchar por establecer un mundo ideal donde resonar esos conceptos que dibujan el horizonte de un progreso nada utópico, por mucho que la experiencia de la realidad y sus contradicciones nos golpee y nos desconcierte.

La primera mirada libre sobre el mundo observó la existencia de los elementos que, como el agua, el aire, el fuego y la tierra, construían la naturaleza y permitían su aliento. Con el paso del tiempo, se buscaron también elementos sustentadores de la cultura, que permitiese la siembra y la humanización exclusiva de sus frutos. A esos elementos singulares, metidos en el corazón de la existencia, llamaron “Bien”, “Verdad”, “Belleza”, “Justicia”. Sin duda que se necesitaban para vivir, porque se pusieron, como ideas, delante de nuestros ojos y, desde entonces, por mucho olvido que haya caído sobre ellos, siguen vivos y presentes como un añorado y difícil paraíso.

Tal vez la palabra cultura y esos conceptos que la alimentan, a fuerza de utilizarlos, de malversarlos, han ido convirtiéndose en cantos rodados, en monedas sin troquelado, que decía Nietzsche. Precisamente por el exceso de información de que hoy disponemos, podría ocurrir que nos dominase más que nunca la ignorancia, y que hablásemos sin saber qué decimos y escribiésemos sin saber, verdaderamente, qué queremos comunicar.

Habría que pensar si los profesionales del día a día cultural, si los periodistas que han de bregar con la cultura, y a los que se pide que sean independientes, no tendrían que revisar como una moneda sin troquelado, como vacía frase hecha, este venerable concepto de independencia. Porque el periodismo cultural, todo periodismo necesita, hoy más que nunca, un par de ideas claras, sencillas, que nos sirvan para desbrozar la angustiosa, enmarañada, selva de noticias, el continuo chaparrón de informaciones, que nos asfixia.

Esas ideas podríamos, tal vez, encontrarlas dando vueltas al concepto de identidad e independencia. Es claro que la personalidad de quien escriba con la consciencia de que su escritura tiene el deber de educar la inteligencia, la sensibilidad, y la felicidad de sus lectores, no puede caer en la inercia de dejarse arrastrar por el torrente de los intereses, por muy respetables que sean. El periodista tiene que depender de esos conceptos esenciales que sustentan la vida de los seres humanos. Hace tiempo, un famoso semanario alemán publicó un reportaje con el título Malos tiempos para la bondad. Efectivamente, ¿cómo acariciar el ideal del bien y la cultura en un mundo que produce crueldad y muerte? ¿Cómo no rendirse al pesimismo que, solapadamente, inyectan los promotores de la avaricia y la ignorancia?

La educación por la cultura exige una revisión y análisis del viciado tópico de la identidad. Una identidad democrática, una identidad global, como la del maravilloso concepto de “filantropía” -ese amor a todos los seres humanos-, que propusieron los griegos del helenismo, pide una ruptura con lo peor de tantas tradiciones que acaban encerrándose en el huerto del fanatismo y la irracionalidad. El horizonte último de esta reflexión tiene que comprenderse en una sola tesis: hay que amar la vida, toda la vida, y no sólo la nuestra, la de los nuestros. Una empresa difícil, que ha de concretarse en instituciones capaces de expandir esa necesaria forma de nueva identidad. -

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El profesor Emilio Lledó

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Friday, October 26, 2007

Paz y Concordia: Shalom


Acabo de ver por televisión, con emoción contenida, el acto de entrega de los Premios Príncipe de Asturias que se ha celebrado esta tarde en Oviedo. Especialmente emotivo el homenaje expresado a los diez supervivientes de los campos de exterminio nazis. Y de paz y concordia habló, como no podía ser menos, uno de los premiados: el escritor israelita Amos Oz. Ayer, en su blog de El País, el historiador José Andrés Rojo, dejaba constancia de unas palabras del galardonado escritor en su novela Fima, de 1991, que reflejan aún con rotundidad cuales son las premisas de una paz justa y duradera en el conflicto que asola Tierra Santa desde hace sesenta años:

“Debemos aprender -dice Oz- de una vez por todas a sobrevivir y actuar en situaciones provisionales que pueden prolongarse durante muchos años en lugar de jugar furiosos con la realidad. Nuestra indisposición mental para vivir una situación incierta, nuestro deseo de llegar de inmediato a la última línea y determinar al instante cuál será el final, esas son las verdaderas causas de nuestra impotencia política”.

Están escritas para una situación histórica concreta pero son válidas ante cualquier otra circunstancia en que la intolerancia amenace la paz y la concordia. Me sumo a ellas y les dejo con el vídeo de bailes y músicas del grupo sefardí Mashalá. Y en El País Semanal pueden leer la interesante entrevista que realiza al flamante Premio Príncipe de Asturias de las Letras la escritora Rosa Montero. Que lo disfruten. Y sean felices a pesar de todo. Shalom. (HArendt)

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La “Menorá”: Es el símbolo del pueblo judío desde hace más de 3000 años

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Thursday, October 25, 2007

Y palabra tras palabra construimos el mundo…

Un recorrido por los personajes y las historias que nutren la importante obra de Amos Oz, un escritor y luchador por la paz que mañana recibe el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Así resume el escritor Gustavo Martín Garzo su artículo en El País de hoy sobre el escritor israelí. Que lo disfruten. Por hoy, ya está bien de Libros. Y mañana, espero ver por la televisión la entrega de los premios Príncipes de Asturias: en opinión del británico Anthony Giddens, los más prestigiosos que hoy por hoy se dan en el mundo. (HArendt)

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El escritor israelí Amos Oz

“Amos Oz en su tienda de palabras”, por Gustavo Martín Garzo.

Un pueblo vive aislado en un valle. Es un valle silencioso, de noches oscuras y temibles, del que han desaparecido los animales. Fue hace tanto tiempo que ya nadie se acuerda de ellos, ni siquiera si fueron reales alguna vez. Los niños han crecido en ese silencio y no saben lo que es tener un gato en las manos, acariciar un caballo o sorprender en un árbol el nido de un pájaro. Y una noche un niño y una niña se internan en el bosque tratando de resolver el enigma de esa paz tan parecida a la muerte. (De repente en lo profundo del bosque).
       
Un escritor cuenta la historia de su familia. La historia de sus padres y abuelos, de sus vicisitudes por la Europa de antes de la guerra, y de su llegada a Israel, donde se conocen y finalmente nace él. Es hijo único y se pasa los días rodeado de mayores. Y nos cuenta cómo son, y toma nota de sus palabras y sus gestos. Nos habla del amor al estudio de su padre, al que siempre recuerda rodeado de libros; y, sobre todo, de su madre, que le rodea de historias cálidas llenas de fantasía. Y cómo un día, sucede algo inesperado y terrible que acaba con ese mundo y cambia su vida para siempre. (Una historia de amor y de oscuridad).

       
Una pareja se casa y pronto surgen problemas entre ellos. Él es geólogo, un hombre práctico y amable, y ella ama su nobleza y su cálido cuerpo, pero a la vez echa de menos a su lado algo que no sabe lo que es, ni si pertenece a este mundo, y se pregunta por qué el amor no puede ser de otra manera, un mundo de fantasías, de apuestas extrañas, ni por qué las lágrimas, como le pasó a Miguel Strogoff, no tienen el poder de salvarnos. (Mi querido Mijael).

       
Un niño israelí se hace amigo de un sargento de policía inglés. Son los tiempos de la ocupación, y los otros niños le acusan de estar traicionando su pueblo. Pero a él le gusta estar con ese sargento, que es apacible y bondadoso, y aprende que la traición tiene que ver con el amor, pues “si no amamos ¿cómo podemos traicionar?”, pero también que el que ofrece piedad termina encontrando piedad. (Una pantera en el sótano).

A Amos Oz le complace compararse con un tendero. Su oficio, nos dice, consiste en acudir a su tienda todos los días y levantar sus postigos. Eso es ser escritor para él, tener una tienda humilde, y atender a los que entran en ella. Una tienda llena de palabras que cualquiera puede tomar y llevarse consigo, de la misma forma que nos llevamos las legumbres, el azúcar o el té de los puestos del mercado. Una tienda donde satisfacer esa necesidad tan humana de ponernos en el lugar de los otros y aprender a mirar por sus ojos. Y aquí encontrará hermosas historias que le permitirán hacerlo y se quedarán en su corazón. Historias donde hombres y mujeres buscan lo bueno y llegan a hacerse daño porque no es posible conocer a nadie, ni siquiera a los que están más cerca de nosotros; y hermosas parábolas que hablan de la vida como misterio y placer, y de la necesidad de brillar. De cómo las cosas y los seres brillan, aunque no sepamos por qué lo hacen ni para qué sirve ese brillo.

Por ejemplo, las historias del río que devolvía las cosas y la del niño que había aprendido a pedir. Proceden de dos de sus libros más hermosos: Una historia de amor y de oscuridad y Una pantera en el sótano. En la primera, una madre le cuenta a su hijo cómo de pequeña había vivi-do con la idea de que todo era posible y que la persiana que arrojabas al río podía regresar días después a tus manos. Lo había creído de niña y ahora se preguntaba por qué no podía ser. Las leyes de la naturaleza lo negaban, pero ¿por qué esas leyes no podían cambiar? Los hombres habían creído a lo largo del tiempo que la tierra era plana, que no había continentes, que los astros giraban alrededor en esferas de cristal, y que todas las criaturas estaban compuestas de cuatro humores, cuyas mezclas diversas daban lugar a los distintos modos de ser. Pero estas ideas habían sido sustituidas por otras. ¿Por qué entonces las cosas que perdíamos no podían regresar de nuevo a nuestras manos?

Y es verdad que nada está escrito, y que las leyes del mundo cambian a cada instante. Cuando amamos a un animal, ¿no estamos a su lado en el bosque? Al perder a un ser querido, ¿no le hablamos más allá de la muerte? ¿Un recién nacido no desmiente las teorías de Copérnico haciendo que estrellas, constelaciones y palabras giren a su alrededor? ¿El cuerpo amado no contiene el mundo con todos sus frutos, sus fuentes y sus pájaros? ¿No vemos en las llamas de las velas la imagen de nuestra alma, en el agua que corre la de nuestros pensamientos, en la oscuridad la de nuestros deseos? Todo vuelve, todo vive eternamente en nuestro corazón. La persiana puede regresar a las manos que la han arrojado al agua de la misma forma que basta con empezar a contar algo para que al momento vuelva con nuestras palabras todo lo que creíamos perdido. Las cosas no desaparecen, sólo necesitan el hechizo que las haga regresar. Y ese hechizo casi siempre tiene que ver con las palabras.

En Una pantera en el sótano una muchacha va a cuidar a un niño. El niño la ha visto desnudarse desde la terraza, lo que le avergüenza y hace temer que le haya podido descubrir. Ella se queda a su lado esa noche porque sus padres han tenido que viajar a otra ciudad y le han pedido que lo cuide mientras están fuera. La muchacha le prepara una sabrosa cena y, cuando se ponen a hablar, el chico descubre que sí sabe que la ha estado espiando, pero que no le importa que lo haya hecho y le parece normal que quiera verla desnuda, por lo que a partir de ahora se limitará a bajar la persiana de su cuarto cuando se vaya a acostar. Y le dice que lo que más le gusta de él es que “en un mundo donde casi todos son generales o espías él es un niño de palabras”, y que le den lo que le den, “siempre se comporta como si le hubieran dado un regalo, como si le hubiese ocurrido un milagro”. Y aún añade otra cosa: que todos los problemas que tenemos en la vida surgen porque no sabemos pedir. “En la vida real, la mayoría de la gente pide to-da clase de favores pero los pide mal. Luego dejan de pedir, pero se ofenden y te ofenden. Empiezan a acostumbrarse, y una vez que se han acostumbrado ya no hay tiempo. La vida se acaba”.

Los libros de Amos Oz están llenos de niños y muchachas que no dejan de pedir. Piden palabras a las cosas; a los seres que quieren que nunca les abandonen; a los animales que regresen del bosque. Piden a los vestidos que vuelen a su alrededor, a los helados que iluminen sus labios, al agua que dé a su piel el aroma de la hierba. Es lo que hacía Orfeo. Iba por los caminos y, al tocar su lira, los árboles inclinaban sus ramas para ofrecerle sus frutos, las aves dejaban de volar y las ovejas levantaban sus cabezas para mirarle. Todo porque él les había pedido que estuvieran atentos.

También escribir es pedir. La escritura es una máquina de pedir deseos. Cada palabra, cada frase, una pequeña súplica. Con ellas viajamos por el mundo real, pero también por el tiempo buscando trasformar la arena del pasado en un puñado de piedras preciosas. Ese es el poder de las verdaderas historias, crear un lugar donde puedan escucharse las voces del mundo. Las voces de las fuentes y los ríos, de los bosques y los animales. Las voces de los viajeros y de los que viven a nuestro lado. Y para hacerlo es preciso olvidarse de uno mismo, disponerse a recibir no lo que tenemos y es nuestro sino lo que nunca lo fue. Y así todo florece porque, como dice el poeta israelí Yehuda Amijai, “donde tenemos razón no crecen las flores”. Eso es una tienda (un libro), un lugar donde aprendemos a pedir. Amos Oz ha creado con los suyos un lugar así. Sería una pena que pasaran de largo.

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El escritor Gustavo Martín Garzo

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Sagrados libros


Los libros son la memoria sagrada de la humanidad. Los que queman libros lo hacen a sabiendas de que con ellos arde la parte más sensible de los seres humanos: su lengua y su memoria. De acuerdo que no todos los libros tienen el mismo valor literario, científico, humano, pero todos ellos son parte de nuestra memoria: Destruir un solo libro es destruir una parte de nosotros mismos. No dejemos que ocurra nunca más. Sobre libros quemados y destruidos trata el artículo en El País de hoy de la escritora checa, y residente en España, Monika Zgustova. Disfrútenlo y no olviden ni perdonen a los que los destruyen.
(HArendt)

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La escritora Monika Zgustova

“Bombardear libros”, por Monika Zgustova.


En la noche del 25 al 26 de agosto de 1992, la artillería del Ejército ultranacionalista serbio apuntó a Sarajevo con un único objetivo: destruir la Biblioteca Nacional de Bosnia. Durante semanas y hasta meses, páginas ennegrecidas por el fuego flotaron sobre la ciudad, introduciéndose en las casas a través de los cristales destrozados de las ventanas.

Aquel fue el evento más trágico de la reciente historia cultural europea. Se perdieron unos 600.000 volúmenes, el 40% de los fondos. Tres meses antes, el Ejército de Karadzic ya había devastado el Instituto Oriental y destruido una de las mejores colecciones de literatura medieval en árabe, persa y turco y documentos valiosísimos en cuatro alfabetos: latino, árabe, cirílico y bosnio antiguo. Con este afán por borrar la memoria colectiva de un pueblo, los ultranacionalistas serbios completaban su intento de genocidio de los bosnios.

Desde el fin de las hostilidades, la reconstrucción de la Biblioteca de Sarajevo fue tarea prioritaria para los bosnios. Sus 108 empleados se habían reducido a 69. Algunos murieron en la guerra, otros huyeron como refugiados, otros simplemente desaparecieron. Los supervivientes iniciaron la recuperación de los fondos y editaron una revista, Bosniaca, para recobrar el pulso intelectual de la institución. Se inició entonces el debate sobre qué hacer con las ruinas: ¿preservarlas como memoria de la ignominia o reconstruir la biblioteca? Se optó por la segunda opción, iniciándose los trabajos en noviembre de 1995 con la ayuda de Austria, la Unión Europea, el Banco Mundial y la Unesco. Y estos días se produce la buena noticia de la inauguración de la fachada de la Biblioteca de Sarajevo, cuya rehabilitación ha sido posible gracias al Ministerio de Cultura español, que ha destinado a ello un millón de euros.

Cuando visité Sarajevo pocos años después de la guerra, pedí visitar las ruinas de la biblioteca, un edificio terminado en 1896, cuando Bosnia formaba parte del imperio austrohúngaro. Entonces albergaba el gobierno municipal y en 1951 pasó a ser la sede de la biblioteca. El arquitecto vienés Carl Patch lo proyectó en estilo modernista con acentos orientales, recordando la herencia turca de Bosnia y subrayando su mosaico de culturas: la turca y la judía sefardí, la ortodoxa y la vienesa. Fue esa memoria colectiva multicultural lo que Milosevic quiso destruir.

Durante mi segunda visita, hace tres años, la biblioteca ya tenía abiertas varias salas de lectura, su catálogo era accesible online y había iniciado una importante labor de reedición de textos clásicos. Esos días albergaba una intervención de Jannis Kounellis, quien bloqueó con libros, piedras y máquinas de coser las 12 puertas del atrio, llenando así lo vacío para intensificar el dramatismo de la ausencia causada por la destrucción. Algunas puertas estaban pintadas de blanco, blanco de la nada que queda tras una limpieza étnica, el mismo que refulge aún hoy en los enormes cementerios musulmanes donde yacen las víctimas de la guerra.

Nuestro pasado está lleno de episodios de quema de libros, desde la Inquisición hasta los totalitarismos del siglo XX. Pero nunca como en la guerra de los Balcanes se quiso destruir a conciencia una biblioteca nacional. Y ese furor de aniquilamiento, esa fría voluntad de arrasar una cultura, encontró precisamente en la literatura su alimento.

Como denunció el escritor bosnio Dzevad Karahasan, la literatura ayudó muy activamente al resurgir del nacionalismo radical serbio. A finales del siglo XX, célebres poetas como Cosic o Jaksic (¿quién les ha exigido responsabilidades?) escribían: “Hermanos, ¡meteros en la sangre! ¡Quemad la aldea! ¡Lanzad a las llamas a los niños vivos!”. El resto, ya lo conocemos: los líderes políticos aprovecharon la exaltación nacionalista que los poetas sembraron para iniciar, con el asentimiento de una parte de la población serbia, la limpieza étnica en la antigua Yugoslavia. Y especialmente en la multiétnica, multicultural y multireligiosa Bosnia-Herzegovina.

Hablando de nacionalismos, una vez me dijo Juan Goytisolo que “el de los extremistas serbios y croatas tiene muchas semejanzas con el ultranacionalismo español: la España sagrada, por un lado, y la Serbia Celeste, por otro; el rey don Rodrigo y el príncipe Lazar… Cambias los nombres y ves lo mismo”. Goytisolo tenía razón: no sólo en los Balcanes sino también en el Occidente europeo, algunos escritores y periodistas siguen apelando a los instintos más bajos del ser humano, como la arrogancia que enaltece una nación por encima de las demás.

La sociedad debe rechazar esos cantos de sirenas si no quiere que negros pedazos de páginas de libros vuelvan a flotar sobre una ciudad.

http://www.ucm.es/BUCM/bba/images/kounellis.JPG
Fachada de la Biblioteca Nacional de Sarajevo

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Con Cataluña y con los catalanes

Me sumo sin fisuras ni complejos a las palabras del periodista Iñaki Gabilondo de ayer: Cataluña y los catalanes no se merecen el trato que están recibiendo . En este momento, yo también soy catalán. (HArendt)

Junto a la votación de presupuestos, de resultado apretadísimo, el gran asunto de la actualidad ha sido la borrasca política en torno a Cataluña. El gobierno está tocado y todos saltan a su yugular. El final de legislatura va a librar en Cataluña batallas decisivas, tal vez determinantes en el resultado electoral. De hecho, toda la legislatura ha resultado muy catalana. Aunque han ocurrido muchísimas cosas en todos los ámbitos, Cataluña ha sido desde el principio escenario y argumento de grandes episodios nacionales. Se han confabulado las torpezas, las desgracias, los elementos, para que esa comunidad lleve tres años en el centro de cuanto se descacharra. En ese tiempo se han roto muchos espejos, y se ve como desconcierto el antiguo seny, y la imagen de robustez y prosperidad, de modernidad y vanguardia, se nos aparece llena de desconchones y telarañas. Ahora, hoy, en el senado y en el Parlament, Cataluña ha sido proyectil político pero, ¿quién se está acordando de los catalanes?. Tantos años criticando su insolidaridad, ¿qué pueden estar deduciendo ellos de la nuestra?. Unos se asoman al balcón para divertirse con el espectáculo de sus dificultades, y otros cuentan votos a ganar o a perder. Todo es administrativo y contable. Nadie ha transmitido el más leve mensaje de apoyo o afecto. Si Cataluña estaba lejos, tal vez ahora lo esté más.” (Iñaki Gabilondo, presentador del telediario de la noche de Canal Cuatro-TV, ayer miércoles)

Escudo de Cataluña

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