Monday, August 27, 2007

Sobre Bergman, de nuevo…

Otro bello panegírico, esta vez del escritor Gustavo Martín Garzo, sobre la persona y la obra de Ingmar Bergman, que no precisa de comentario previo alguno por mi parte. Les dejo con el precioso texto de Martín Garzo y con uno de los emotivos videos realizados en homenaje del inolvidable cineasta sueco recientemente fallecido. (HArendt).

http://es.youtube.com/watch?v=2QP1YuaR9L4

 

 

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Gustavo Martín Garzo

 

 

 

“¿Se puede vivir sin Bergman?”, por Gustavo Martín Garzo

Me pregunto cómo podemos convivir con la muerte. Cómo nos las arreglamos para aceptarla a nuestro lado sin caer en la desespera-ción o enfermar de tristeza, para continuar nuestra vida convencidos de que con un poco de limpieza todo será como antes, como nos pasa con esos invitados que al alejarse dejan un rastro de vasos sucios, colillas y ceniceros sobre la alfombra. Me pregunto cómo podemos acostumbrarnos a esas idas y venidas, a que la muerte esté aquí cada día, con sus mil caras, sus mil disfraces distintos, cobrándose sus víctimas como los cazadores se cobran ciervos, perdices, patos o conejos. Cómo podemos acostumbrarnos, sobre todo, a que esas víctimas puedan ser los seres que amamos, nuestros amigos, nuestros familiares y los que han sido objeto de nuestra devoción. Cómo, por ejemplo, pudimos escuchar hace poco la noticia de la muerte de Ingmar Bergman y dejar que todo fuera pasando hasta que pareciera algo normal, algo que ni siquiera había que lamentar en exceso, pues se trataba de un hombre mayor, alguien que acababa de cumplir 89 años y que había tenido una vida fecunda que muchos envidiarían. Alguien que había sido famoso y querido, y al que príncipes, presidentes de Gobierno y otros poderosos del mundo habrían querido visitar, aunque él no se dejara visitar por nadie, ni aceptara premios, ni invitaciones que le obligaran a dejar la isla en que vivía. Y es verdad que llevaba años viviendo en esa isla, en un voluntario retiro, y que había dejado prácticamente de dirigir obras de teatro y hacer películas. Pero aun así, me pregunto cómo podemos aceptar que ahora ya no esté allí, que no ocupe aquel discreto lugar, ni que la luz que en la noche ilumine las ventanas de su casa no sea la de su conciencia. Qué vamos a hacer ahora que sabemos que ya nunca romperá sus promesas y abandonará su isla para visitar su teatro en Estocolmo o rodar, tal vez para televisión, otra de sus películas, como pasó con Saraband, la última que rodó. Fue sólo hace dos o tres años, y en ella volvió a sorprendernos a todos, pues Bergman fue uno de los creadores más excepcionales que ha existido jamás, alguien cuyas películas, representaciones teatrales y libros tenían el poder de conmovernos, maravillarnos y horrorizarnos a la vez, en que vida y muerte, ternura y rigor, amor y desesperación iban de la mano, como sólo pasa en la obra de los más grandes, aquellos que nunca deberían morir.

Y sin embargo es verdad que nos quedan sus obras y bien podemos decir que nos basta con ver las películas, escuchar los discos o leer los libros de los escritores cineastas o músicos que amamos, para que en cierta forma éstos regresen para acompañarnos en esas lecturas o en las salas en que escuchamos o vemos sus obras. Hace unos días, en un precioso artículo, Javier Marías hablaba de ese poder que hay en libros, discos y películas para vencer a la muerte. Y es cierto. En el arte hablan los desaparecidos, y basta con abrir un libro, poner un disco o ver una película, para que al instante podamos percibir no sólo las palabras, sino el temblor luminoso de los gestos y el sonido de las voces de los que ya no están. Una biblioteca, por ejemplo, es una reunión de muertos, ya que una buena parte de los autores presentes en sus estantes ya no están en el mundo. Y sin embargo, nos basta con abrir sus libros para volver a escuchar las mismas palabras que ellos escribieron y tener con ellas sus pensamientos y sus deseos más ocultos.

Todo el cine de Bergman gira sobre ese misterio de la presencia. No buscó otra cosa y su amor al cine y al teatro lo demuestra. Quería las palabras de los hombres, pero también sus rostros y sus cuerpos, verlos reír y llorar. Y sus personajes eran como él, por eso se buscaban con ese encono, por eso eran capaces de decirse o hacerse lo más terrible. Querían ser reales, contar para los demás. Cuando se acusa a Bergman de ser abstracto, de no tener sentido de lo concreto, es porque no se sabe nada sobre él ni se sabe nada de sus películas. Posee, más que ningún otro, el sentido de la encarnación. En Los comulgantes, un pobre hombre se obsesiona por la bomba atómica y, al no poder soportar el dolor de la extinción del mundo, decide poner fin a su vida; en Fanny y Alexander, el amoroso padre regresa de la muerte porque no puede renun-ciar a los que ama; en Fresas salvajes, un viejo profesor vive convencido de que nada de lo que ha sido existencia puede desaparecer del todo. Todos tienen el mismo temor, el temor a que todo desaparezca, a que no quede nada. Todos viven llevando una llama en sus manos, la llama de su conciencia. Quieren que la vida continúe, a pesar de que ninguno la entiende. En El séptimo sello, el caballero se las arregla para entretener a la muerte y conseguir que la familia de comediantes se sal-ve y pueda seguir la función en otro lugar. Ese espectáculo reno-vado es el símbolo de la vida, la vida que se siente contemplada por otras vidas, que vive y que hace vivir. La vida vista a la luz de la conciencia. El poder del cine y el teatro es el poder del amor. Encender las luces que permiten iluminar la escena y transformar la vida en epifanía.

Todo el cine de Bergman está lleno de homenajes a este poder del arte. Homenajes a los espectadores que llenan sus butacas y se quedan absortos en la escena, como pasa en la secuencia inicial de La flauta mágica, donde al tiempo que escuchamos la hermosa obertura de la ópera de Mozart la pantalla se puebla de los rostros que la escuchan. Rostros iluminados no por una luz exterior, sino por la luz de su propia conciencia, la luz que nace de la contemplación. Y su cine está lleno de personajes que miran, que observan a los demás. La enfermera de Persona, el profesor de Fresas salvajes, el hermano de El espejo, el niño que recorre en El silencio el oscuro hotel, la criada de Gritos y susurros. Y por supuesto los niños protagonistas de Fanny y Alexander. Nadie que haya visto esta película podrá olvidar su defensa de la infancia, de la vida como creación incesante, de su capacidad para surgir luminosa de la noche.

El mismo Bergman decía en una de sus últimas entrevistas que si su cine gustaba era porque emocionalmente era un niño y hablaba a los espectadores como un niño. Y todos somos niños cuando vamos al cine. Somos niños cuando escuchamos música o cuando leemos. Como son niños todos los grandes artistas. Chaplin tenía el poder supremo de transfigurar las cosas, Dreyer hablaba con los muertos, Hitchcock tendía trampas a las niñas rubias para luego poderlas salvar, Tarkovski quería vivir en una casa en llamas, John Ford soñaba con peleas interminables y en rivales nobles como caballos. Y el niño quiere sentir que la belleza le está destinada. Quiere hacerla suya, saltar sobre ese muro que la separa de nosotros, superar la nostalgia insufrible y tomar la belleza en sus manos, como hace con los pájaros que se acercan a él.

Es lo que quieren los personajes de Bergman y por eso son feroces, porque nada les basta. Mentirosos, ávidos, perversos, incapaces de callarse lo que piensan, siempre están dispuestos a insultarse y decirse las cosas más terribles, incluso a pegarse. Pero, ¿por qué iban a hacer algo así si no fuera para sentirse vivos? Quieren abandonar este mundo de fantasmas, “las sucias cavernas de la realidad”. Y es verdad que sus películas rondan en ocasiones lo insoportable, pero no lo es menos que hasta pueden resultar graciosas, y tal vez habría que considerar a Bergman como un secreto humorista. Escenas de un matrimonio nos sitúa, por ejemplo, ante una pareja que literalmente se despellejan ante nosotros, pero a la vez hay algo cómico en esa forma extraña, obsesiva de buscarse. Y sus discusiones y peleas bien podrían recordarnos aquellas escenas del cine mudo en que los personajes se arrojaban tartas de merengues y se daban todo tipo de golpes, para estar al momento otra vez en pie, como tentetiesos. Strinberg dijo que puede que no haya nada más terrible que un hombre y una mujer que se detesten, pero puede que tampoco haya nada más cómico, y las comedias están llenas de parejas así. Parejas que se detestan y que a pesar de todo no pueden renunciar a estar juntos. Ninguno de los personajes de Bergman quiere madurar, y esa es la razón por la que se pelean y lloran. Ninguno quiere envejecer, todos quieren encontrar el hechizo que les proteja del dolor. “Todo comienza”, dice uno de los personajes de Creadores de imágenes, “con un grano de arena que entra en la ostra y le causa dolor. Entonces la ostra la rodea de nácar y crea la perla. Sin dolor no hay perla y sin hechizo sólo queda la arena”.

Todo el cine de Bergman gira sobre esta búsqueda de la transfiguración que sólo el arte, y su hermano gemelo, el amor, pueden ofrecer. En Sonrisas de una noche de verano, uno de los personajes dice que el amor es un juego de malabarismo. Hay tres pelotas en el aire: la primera son las palabras; la segunda, el cuerpo, y, la tercera, el corazón.

Cuando Bergman rodó Saraband tenía 85 años. En ella vuelve el mejor Bergman. Un Bergman implacable en su lucidez, que no se cansa de contemplar el extraño e inagotable espectáculo de la vida. Hay una escena que nunca olvidaremos. El feroz anciano corre al cuarto de su vieja amante y se pone a temblar en camisón junto a su puerta. Es entonces cuando el milagro del malabarista vuelve a producirse y sentimos zumbar en el aire, junto a las palabras terribles y los cuerpos gastados, esa tercera pelota que es el corazón del hombre.

En ningún otro lugar de la obra está mejor ejemplificada esa magia que en Fanny y Alexander, que puede que sea la película más hermosa que se haya rodado jamás. La vida se transforma en ella en una hermosa función donde todos tienen un papel que cumplir. No importa que no se sepa qué función es ésa, ni lo que significa, pues todo en esta película está cargado de sentido. Su enseñanza se confunde con la enseñanza eterna del amor: que la simple presencia de las cosas es más importante que las explicaciones que no tenemos.

Gustavo Martín Garzo es escritor. (El País, 25/08/07).

 

 

 

Posted by HArendt in 22:31:56 | Permalink | Comments (2)

El indudable placer de la lectura…

Muy interesante el artículo de hoy en El País del profesor de la Facultad de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, Enrique Gil Calvo, sobre la falsa disyuntiva entre la tradicional lectura en papel de libros, revistas o periódicos y la nueva modalidad electrónica propiciada por Internet a base de hipertextos que permiten enlazar automáticamente unas páginas con otras.

Comparto con el autor del artículo la distinta finalidad de la lectura en papel y de la lectura electrónica, la “no interferencia” de la una con la otra, la fecundidad de ambas y el indudable predominio cultural de la primera, al menos por unos cuantos cientos de años más… (HArendt).

 

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Enrique Gil Calvo 

 

 

“¿Quién teme al hipertexto feroz?”, por Enrique Gil Calvo

Cuando sueña que es engullida por el irresistible ascenso de Internet, la Galaxia Gutenberg se echa a temblar. Y su pesadilla se parece al cuento de Caperucita, pues quienes están siendo devoradas no son las empresas editoriales, cuyas sucursales electrónicas hacen de cazadores mercenarios vendidos al lobo feroz, sino las criaturas juveniles, cuya cándida mente se deja seducir por los perversos peligros que les acechan en el bosque digital: pederastia, pornografía, manipulación, etcétera.
        
En efecto, la educación sentimental de los menores de la e-generación está guiada por el influjo de la lectura digital, y ya no por el espíritu de la lectura impresa como se cree que sucedía con las generaciones previas. Y al decir de los oráculos, ese cambio educativo ejercerá consecuencias decisivas, venturosas para los panglosianos que ensalzan las virtudes mágicas del digitalismo, desastrosas para los agoreros que denuncian sus vicios perversos. Pues aunque unos lo interpreten como un impacto providencial y los otros catastrófico, tecnófilos y tecnófobos coinciden en atribuir una importancia desmedida al cambio de soporte lector, sin que se les haya ocurrido que estemos ante otro caso de vino viejo en odres nuevos.

Los apologistas del digitalismo simbolizan sus virtudes en el hipertexto: un espacio virtual de mayor complejidad que el texto escrito tradicional, pues todas las páginas digitales están conectadas por enlaces en cadena que las remiten a otras páginas derivadas hasta componer un laberinto multinivel análogo al borgiano jardín de los senderos que se bifurcan. Pero además, el hipertexto permite leer y escribir simultáneamente, para conectarse en tiempo real a una conversación plural que se reescribe sobre la marcha por la acción espontánea de múltiples vo-luntarios. Así se abre el acceso colectivo a un discurso emergente con forma de diálogo polifónico que aúna la doble virtualidad de la oralidad y la escritura y en el que desaparece la separación asimétrica entre autor y lector, permitiendo a todos interactuar de tú a tú en pie de igualdad. Lo cual democratiza la república de las letras, que deja de ser una oligarquía platónica de sabios autores para convertirse en una sociedad abierta de lectores-escritores.

Frente a esto, los detractores del digitalismo atacan el hipertexto con el argumento de que impide aprender a pensar con la misma eficacia que lo hacía la escritura tradicional. Es posible que la lectura digital sea superior a la impresa por su mayor capacidad de información, pero la lectura impresa es muy superior a la digital por su mayor capacidad de formación, pues para aprender a pensar hacen falta textos lineales escritos por autores consagrados. Textos lineales porque sólo se aprende a pensar leyendo relatos de hechos consecutivos cuyo hilo argumental esté lógicamente encadenado por consecuencias de causa a efecto. Algo que el hipertexto no permite hacer, pues sus unidades están interconectadas aleatoriamente careciendo de estructura lógica. Y de autores revestidos de autoridad universal para aprender de ellos a evaluar la realidad, rechazando el relativista todo vale del hipertexto arbitrario cuya única jerarquía es el ranking cuantitativo.

Pero este modelo canónico de lectura lineal y autorizada es una caricatura improbable de la lectura efectiva, pues nadie lee en realidad así. Recuérdese el libro de Daniel Pennac Como una novela que revela el proceso real de adquisición del hábito lector, incluyendo su decálogo de derechos: a hojear, a releer y a no leer, a saltarse las páginas, a no terminar el libro, a leer cualquier cosa y en cualquier lugar… No se aprende a leer linealmente y de pe a pa sino sólo fragmentariamente y a salto de mata, empezando los libros por la mitad, saltando de uno a otro y leyendo el final antes del principio. Y nadie respeta el santoral del canon autorizado, pues se mezcla a los autores malditos o genéricos con los consagrados. Pero esto es lo mismo que se hace con la lectura digital, navegando a tientas a través del hipertexto de unas páginas virtuales a otras con pasos adelante y atrás. Así que no hay nada nuevo bajo el sol: es la misma vieja lectura sólo que leída en vistosos odres virtuales de flamante factura digital. De ahí que se pueda establecer una fertilización cruzada entre el hipertexto impreso y el digital, colonizando como depredadores oportunistas un hipertexto mixto que se saquea a placer con objeto de saciar la avidez del lector. Y esas lecturas cruzadas se combinan de forma compleja en la memoria del lector digital e impreso hasta que aprende a pensar espontáneamente a partir de su dispersa experiencia lectora. De modo que la nueva lectura digital es la continuación de la vieja lectura impresa leída por otros medios. Así lo demuestra la evidencia de los índices de lectura, pues son los mismos jóvenes escolarizados quienes lideran tanto la lectura impresa como la digital. No es extraño, por tanto, que la vieja industria editorial se esté pasando con armas y bagajes a su presunto enemigo digital, esperando expandirse por su abierto territorio para colonizarlo en provecho propio. Pero ¿por qué cambian los jóvenes de soporte lector, pasando de uno a otro sin solución de continuidad? Hoy los jóvenes buscan en las páginas digitales la realización de unas promesas que antes encontraban en las páginas impresas pero que ahora éstas ya no saben ofrecer. Entre ellas destaca la promesa de innovación y creatividad, muy importante para los jóvenes cuya inexperiencia les lleva a identificarse con la última novedad. También influye la promesa de identidad y reconocimiento, pues en la red se encuentran virtuales fraternidades de pares. Pero la más atrayente es la promesa de misterio, secreto y peligrosidad.

Al decir misterio me refiero al clima enigmático de riesgo, incertidumbre y expectación que atrae como un imán en las novelas de suspense y aventuras. Pero eso se encuentra hoy mejor en la red, un laberíntico archipiélago poblado de islas misteriosas donde la aventura aguarda a la vuelta de cada esquina. Al decir secreto aludo al turbio clima de simulación y clandestinidad que permite ocultarse tras identidades anónimas para llevar una doble vida contando con la complicidad fraterna. Es lo que Daniel Pennac llama bovarismo para la literatura: el morboso estigma de pecado y culpa colectiva que se comparte con los demás afiliados a la sociedad secreta de lectores viciosos en la que se ingresa con la adicción a la lectura. Pero ese bovarismo literario está hoy amplificado gracias a la red, transmisora de virulentas epidemias de bovarismo virtual y poblada por multitud de sectas que garantizan la fraterna complicidad de los adictos a su culto secreto.

Y al decir peligro apunto al malsano clima de transgresión y perversidad que aguarda a quienes se introducen en los moralmente dudosos paraísos artificiales prometidos por las páginas digitales. Baudelaire erigió a las flores del mal en emblema de la poética moderna, un legado maldito que después heredaría el surrealismo para hacer del cadáver exquisito y del disparo indiscriminado contra la muchedumbre la máxima expresión estética. Pero lo mismo puede decirse de la poética digital que hace del malditismo transgresor su espina dorsal, creando una morbosa expectación por lo freaky que atrae poderosamente a la juventud. Algo que debería preocupar a los detractores del digitalismo que alertan contra los presuntos efectos perversos del hipertexto feroz, pues cuanto más peligroso y transgresor parezca, mucho más atractivo resultará para los jóvenes. Y es que vino viejo o vino nuevo poco importa, con tal de que la lectura atrape lectores y cumpla la función embriagadora y espirituosa que le es propia.

Enrique Gil Calvo es sociólogo (El País, 27.08.07).

 

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