Thursday, August 30, 2007

Cuestión demográfica: renovarse o desaparecer…

Recién terminada mi licenciatura en Geografía e Historia en la Universidad Nacional de Educación a Distancia, me planteé doctorarme en Demografía Urbana. Incluso llegué a elaborar un proyecto de investigación referido a aspectos demográficos y de desarrollo humano sobre la ciudad de Las Palmas que presenté a la Caja de Ahorros de Canarias en busca de financiación y que fue buen acogido en principio… Todo se quedó ahí. Vicisitudes personales y profesionales me llevaron por otros caminos y no seguí con el proyecto, pero me quedó un gran interés y entusiasmo por las cuestiones de demografía que no ha decaido en ningún momento.

Afortunadamente para nosotros, los humanos, Thomas Robert Malthus (1766-1834) se equivocó en sus conclusiones al formular sus famosas Leyes sobre Población Humana… Bien planteadas desde un punto de vista teórico, fue incapaz de prever los inmensos adelantos técnicos y materiales de los hombres y la sabiduría natural de las mujeres de la especie para procrear en la medida justa… Y en esas estamos.

Lo explicita muy bien en su artículo de hoy en El País el profesor emérito de Historia Económica, y ex rector de la Universidad Complutense de Madrid, Francisco Bustelo, haciendo un repaso al estado de la cuestión, con ejemplos paradigmáticos, y una sencilla conclusión: o renovamos nuestra población o perecemos… Así que, las/los que estén en edad de fecundación y de procrear, ya lo saben, tasa mínima: 2,1 de hijos. Al menos hacedlo, aparte de por lo agradable del proceso, por aseguraros la pensión… (HArendt).

http://rainbow.ldeo.columbia.edu/courses/v1001/malthus.jpg

Thomas Robert Malthus

“La pasión entre los sexos”, por Francisco Bustelo.

A un país se le pueden plantear dos problemas en lo que atañe al número de sus habitantes. Uno es que ese número crezca demasiado, con lo que la llamada tarta nacional, si no aumenta en proporción, tendrá que repartirse entre más personas y cada una tocará a menos. Un país pobre, donde tal suceda, en lugar de salir de la pobreza, se hundirá más en ella. Pero también puede darse el problema contrario, a saber, que la población, en vez de crecer, disminuya. Entonces, la cifra de personas económicamente activas acabará bajando y, en cambio, la de jubilados aumentará, creándose una situación insostenible a la larga. ¿Por qué ocurren cosas tan diferentes, ambas negativas?

Natalidad, mortalidad y migración son los tres factores que deciden la evolución del número de habitantes de un país. Lógicamente, ese número crecerá o disminuirá a tenor de los que nacen, de los que mueren y de los que llegan o se van. El primero de esos factores, la natalidad, debería ser constante, ya que la pasión entre los sexos que dijo Malthus también lo es. Aunque a veces se dice que esa pasión ha sido sustituida por otros entretenimientos más tontos como ver la televisión, tal afirmación no se ve corroborada por las encuestas, que muestran que la gente tiene tiempo para todo. Sin embargo, la natalidad varía mucho entre los países y también dentro de un mismo país de una época a otra. Y es que uno de los hechos más notables de los tiempos modernos es que el coito, aunque sea frecuente, tal como ocurre en las parejas estables, no conduce ya normalmente a una concepción cuando la mujer está en edad reproductiva. Incluso la concepción tampoco conduce siempre a un nacimiento, por la interrupción voluntaria del embarazo, cuya cifra en algunos países, verbigracia Japón y Rusia, supera a la de nacimientos.

Anticoncepción y aborto provocado son dos hechos recientes en la historia de la humanidad. Aparecieron cuando se vio que, gracias al progreso, de las tres causas de muerte, esto es, hambre, enfermedad y vejez, sólo subsistía en lo principal la tercera. Desaparecía así el ajuste natural de la población, donde nacían muchos pero morían también muchos, con lo que la población total no crecía o lo hacía muy poco. Hubo que buscar, por tanto, otro ajuste, ya que si la mortalidad desciende y la natalidad no, habrá una explosión demográfica. Entre 1950 y 1970, periodo en el que humanidad tuvo el crecimiento más rápido de su historia, los habitantes del planeta aumentaron su número en un cincuenta por ciento. Con una calculadora de bolsillo es fácil estimar que si ese ritmo se mantuviera siglo tras siglo, en el año de gracia de 2800 habría en el planeta tres personas por metro cuadrado. Ello no ocurrirá, claro es, puesto que la explosión demográfica ya ha empezado a desactivarse. Se calcula que hacia 2020 la tasa de crecimiento de la población mundial será la mitad de la de 1950-1970 y seguirá bajando, por lo que se prevé que esa población se estabilizará antes de finales de siglo en torno a los 10.000 millones de personas.

Ello se debe a que tener pocos hijos corre parejas con el progreso. Se trata de una ley universal que, tarde o temprano, ha afectado o afectará a todo país, sea cristiano, budista, musulmán o animista. De que ocurra antes o después dependerá el que crezca mucho, poco o nada la población. Su correlato, claro está, es el descenso de la mortalidad. A nadie le parece mal que, como consecuencia del progreso, la causa con mucho más importante de defunción sea la edad avanzada. En cambio, tener pocos hijos suscita objeciones por parte de algunos. La Iglesia católica, por ejemplo, se opone a los anticonceptivos y no digamos al aborto. Para evitar demasiados nacimientos en una familia o en un país pobre sólo aconseja la castidad, un consejo que a los fieles les debe de sonar como las coplas de Calaínos. Países católicos como España, Italia y Polonia tienen las tasas de fecundidad más bajas del mundo, pero no ciertamente por su mayor continencia, sino por el uso generalizado de la contracepción y también, hasta cierto punto, por el recurso al aborto. La Iglesia dice que controlar la natalidad es antinatural, en lo que no le falta razón. Pero igual de antinatural es controlar la mortalidad. Puestos a ser naturales, habría que dejar que viejos y enfermos se murieran sin cuidados, que es lo que ocurre en lo más natural que hay, es decir, en el mundo animal.

Aunque las previsiones a cincuenta años vista apunten hacia una población mundial estabilizada, no es seguro que ello ocurra. El simple sentido común nos dice que para que tal cosa suceda, el número medio de hijos por pareja tendría que ser dos, ya que así a cada individuo le sustituirá otro, un hijo o una hija, y no más o menos. (En realidad, la tasa de fecundidad de sustitución es de 2,1 o 2,2 para tener en cuenta a quienes no tienen hijos porque no quieren o porque son estériles o porque no se emparejan o lo hacen con persona del mismo sexo). Esa cifra mágica de dos y pico no es fácil, sin embargo, de conseguir, al depender de la voluntad de ciudadanas y ciudadanos. ¿Qué le pasaría a la humanidad si casi todas las parejas decidieran, generación tras generación, tener un solo hijo? Evidentemente, la humanidad terminaría desapareciendo por extinción. Ello, claro es, no sucederá, como tampoco lo contrario, esto es, que acabemos viviendo amontonados unos sobre otros por falta de espacio. Que el ajuste para que no ocurra una cosa ni otra es, con todo, difícil lo demuestra el que algunas poblaciones sigan creciendo más de la cuenta, mientras otras disminuyen. Todavía hay una docena de países, todos ellos muy pobres, donde las parejas tienen de promedio más de seis hijos. Otros, en cambio, ven cómo su población disminuye, sin saber muy bien qué hacer. El Japón, segunda potencia económica mundial, podría tener en 2050 95 millones de habitantes en lugar de los 130 millones actuales. No es que ser menos en un país tan poblado constituya un problema. Pero sí lo es y grande el tener una población envejecida, lo que resulta inevitable cuando el número de habitantes desciende, no porque aumente la mortalidad, sino porque baja la natalidad. Como los nipones son muy suyos y no quieren inmigrantes, para poder seguir pagando las pensiones a su creciente proporción de jubilados, con menos personas cotizando, tendrán que elevar apreciablemente la edad de retiro, medida, huelga decir, poco popular, amén de lograr que trabajen más mujeres y a la vez tengan más hijos, lo que es casi la cuadratura del círculo.

España no ha imitado a los japoneses y en los últimos años ha admitido a muchos inmigrantes, con resultados hasta ahora claramente positivos. Se han cubierto puestos de trabajo que los españoles, como nos hemos vuelto algo señoritos, no queremos, hay más cotizaciones a la Seguridad Social, se cubren necesidades de la sociedad que de otro modo quedarían desatendidas y aumenta la tasa de fecundidad, ya que las parejas de inmigrantes suelen tener más de dos hijos. De no ser por todo ello nuestra economía no sería tan pujante. Compartir un poco de riqueza, además, con gente más necesitada de otras partes mitiga algo nuestro egoísmo de país rico.

Ahora bien, toda inmigración plantea problemas de asimilación social y cultural. Tiene, asimismo, un efecto de llamada inevitable sobre quienes buscan ilegalmente y a la desesperada una vida mejor. Pero incluso cuando es legal y ordenada, entraña el riesgo, si se mantiene tiempo y tiempo, de desdibujar la identidad de un país. Por ello, aparte de seguir recibiendo inmigrantes en congruencia con las necesidades económicas, también convendría elevar la fecundidad de las parejas españolas con miras a que la población indígena no disminuya. Los 2.500 euros del presidente Zapatero para cada nuevo hijo coadyuvan, pero no resuelven el problema. Tener hijos se puede fomentar con ayudas económicas a la familia. Mucho depende, sin embargo, de que se concilien trabajo y maternidad. Colaboración del padre en el hogar no sólo a la hora de procrear, permisos generosos a ambos progenitores cuando tienen descendencia, guarderías públicas suficientes, facilidades por parte de las empresas a las madres trabajadoras, son cosas tan necesarias como aquellas ayudas. Si no se avanza en esos aspectos, España sólo tendrá una solución para que su economía no acabe deteriorándose: más y más inmigrantes.

Francisco Bustelo fue Rector de la Universidad Complutense de Madrid (El País, 30/08/07).

Información sobre las Leyes de Malthus puede verse en la siguiente dirección electrónica:
http://www.filosofia.org/enc/eui/e320570.htm

 

No se puede mostrar la imagen “http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/6/6c/Pir%C3%A1mide_de_poblaci%C3%B3n_de_Espa%C3%B1a_(2007).png/250px-Pir%C3%A1mide_de_poblaci%C3%B3n_de_Espa%C3%B1a_(2007).png” porque contiene errores.

España, 2007 (Pirámide de población) 

 

 

Informe reciente sobre la demografía española puede verse en:

http://images.google.es/imgres?imgurl=http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/6/6c/Pir%C3%A1mide_de_poblaci%C3%B3n_de_Espa%C3%B1a_(2007).png/250px-Pir%C3%A1mide_de_poblaci%C3%B3n_de_Espa%C3%B1a_(2007).png&imgrefurl=http://es.wikipedia.org/wiki/Demograf%25C3%25ADa_de_Espa%25C3%25B1a&h=239&w=250&sz=30&hl=es&start=2&tbnid=sKyfybOwjOoTPM:&tbnh=106&tbnw=111&prev=/images%3Fq%3DEspa%25C3%25B1a:%2BPir%25C3%25A1mide%2Bde%2Bpoblaci%25C3%25B3n%26gbv%3D2%26svnum%3D10%26hl%3Des%26sa%3DG

 

O en la página electrónica oficial del Instituto Nacional de Estadística:

http://www.ine.es

 

 

 

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Una guerra absurda (Islas Malvinas, abril-junio de 1982)

¿Todas las guerras son absurdas? No lo se; jamás me atrevería a responder tajantamente a una pregunta así. La segunda invasión de Iraq por Bush y algunos de sus aliados (Blair y Aznar entre los más destacados) al margen del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, lo parece. No solo por sus consecuencias, gravísimas, sino también por los errores y mentiras de principio que llevaron a ella. También lo fue la guerra de Las Malvinas, hace veinticinco años. Y es a ella a la que quiero referirme después de ver esta noche una hermosa y terrible película de guerra: “Iluminados por el fuego”, una producción argentina de 2005, dirigida por Tristán Bauer, que relata, desde las vivencias de tres jóvenes reclutas argentinos de apenas dieciocho años, enviados a un combate absurdo, la banalidad de esa guerra, de casi todas las guerras. Esta en concreto, iniciada por la Junta Militar que gobernaba Argentina para exacerbar el sentimiento patriótico de su pueblo ante la gravísima crisis social, económica y política que asolaba el país, y que con la derrota, aceleró su descrédito y caída posterior y la restauración de la democracia.

La de las  Malvinas duró exactamente 73 días (entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982) y en ella se enfrentaron unos 11.000 hombres por cada bando. El resultado final fue de 901 muertos (645 soldados argentinos, 253 británicos y 3 mujeres residentes en las Islas) y unos cuatro mil heridos entre soldados argentinos y británicos, y la recuperación de las islas por Gran Bretaña, bajo cuya soberanía siguen. (HArendt).

 

 

 

 

http://www.20minutos.es/data/img/2007/03/29/577666.jpg

Soldados argentinos en las Islas Malvinas (abril-junio de 1982) 

 

 

Información exhaustiva sobre la guerra de Las Malvinas puede leerse en la siguiente dirección electrónica:
http://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_de_las_Malvinas

Y varios avances de la película comentada en:
http://es.youtube.com/results?search_query=Iluminados+por+el+fuego&search=Buscar

Pero yo les recomiendo que vean y escuchen la dirección electrónica que indico más abajo la canción “Para la vida”, interpretada por León Gieco, y que forma parte de la banda sonora de “Iluminados por el fuego”. Preciosa y emocionante:

http://es.youtube.com/watch?v=-YUmwY1CZx8

 

 

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Wednesday, August 29, 2007

Umbral ya está en el Paraiso…

Seguro que he leido más libros suyos pero ahora, a bote pronto, solo recuerdo su Trilogía de Madrid, que me encantó. De Umbral, excelente escritor en la mejor línea costumbrista de mi paisano Benito Pérez Galdós y mejor cronista y tertuliano periodístico, se podrán decir muchas cosas salvo que era correcto en su trato con los demás. Es posible que lo fuera en su círculo más íntimo, pero de cara al gran público era un provocón, pedante, insufrible, insoportable y maleducado, pero con clase… Nada que ver, por ejemplo, con ese otro provocón, pedante, insufrible, insoportable y maleducado, pero sin clase, de Fernando Sánchez-Dragó. No hay muchos más en la fauna ibérica como él. Umbral acompaña ya en su Paraiso a otros dos geniales maleducados y provocadores nacionales: Salvador Dalí y Camilo José Cela. Como decían los latinos: “Que la tierra le sea leve”. Se lo merece. Echaremos de menos sus siempre elegantes exabruptos, sus manías de seductor y mujeriego empedernido, sus alabanzas del Viagra, su bufanda blanca… Porque Umbral era Umbral, único e irrepetible… Les dejo con el artículo del escritor Vicente Verdú que hoy publica El País sobre él. (HArendt).

 

 

 

http://www.fuerteventuradigital.com/fotos_noticias/FOTOS_GRANDES/20070828070107.jpg

Francisco Umbral

 

 

 

“El seductor sin género”, por Vicente Verdú.

Será obsceno proclamarlo pero yo adoraba a Paco Umbral. No teníamos, en el fondo, nada que ver puesto que su pozo biográfico y el mío han sido muy distintos pero nos entendíamos en la forma. O mejor dicho: pensaba yo hace años que nadie le entendería mejor.

El arte de la escritura posee vida propia pero incluso doble vida cuando la trata el amante oportuno y la invita al pecado y la transgresión. En las manos de Umbral, la escritura nunca fue un ser ya escrito sino una criatura en continua invención a la que daba un rebelde y finísimo aliento. Todo era posible para él ante la página en blanco que, muy lejos de ser cursi amenaza para el autor, se alzaba ante él como la tórrida ocasión de la conquista. Desde el principio, como con las mujeres, había deseado ocuparla y complacerse en ella. Más aún, siempre pareció que le faltaba papel para seguir escribiendo, pista para continuar bailando o blasonando. Si se atuvo, por ejemplo, a los límites de la columna fue porque en los periódicos cortan sin piedad y, probada esa ley, es preferible no alargarse hasta el degüello. En lugar, pues, de seguir escribiendo unas líneas sin tasa, Umbral se tasaba el reloj para hacer una firme unidad entre redacción y mecanografía, pulso y pulsación, mente y dedo.

A ese punto crítico de fusión había llegado su quehacer y su placer conjuntos. A nadie más recuerdo con tanto ímpetu en la vocación y con una carrera tan pugnaz y caudalosa Desde que le conocí hace medio siglo acodado en el bar del Instituto de Cultura Hispánica, su monomanía se dividía en dos: escribir y ligar, ligar y escribir, enlazados en un nudo narcisista que finalmente lo lubricaba todo.

Divertido, irónico, airado, sorprendente, megalómano, memorioso, colérico, heroico, Umbral ha disfrutado de los mejores atributos para hacerse leer mediante adoradores, adictos y feroces enemigos. Fue duro cuando se lo propuso pero también cariñoso, mimoso y tierno hasta la disolución. Su escritura es tan propiamente escritura que resulta intraducible a cualquier otra expresión o formato porque, efectivamente, cuando el texto es preciso nada hay que logre su reproducción. De esta manera devota y frívola nos entendíamos. No basta decir algo por hondo o trascendente que llegue a ser. Lo verdaderamente importante es la inmanencia, la energía de su instante y su pegada.

Escritor y periodista, periodista y escritor, Umbral ha dejado bien claro, por si fuera necesario, que el oficio de escribir llega mucho más allá del género. ¿Novelista? ¿Ensayista? ¿Columnista? ¿Poeta? Umbral ha sido, como su amado Pla, el gran escritor sin clasificación previa. La raza de escritor que siendo tan auténtico y grande no cabrá nunca en el modoso corte y confección del género.

Vicente Verdú es escritor (El País, 29/08/07).

 

 

 

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Vicente Verdú

 

 

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Tuesday, August 28, 2007

Otra visión de España…

El artículo que hoy presento, del economista y secretario de la Asociación Información y Conocimiento Ignacio Muro Benayas, nos habla de otra visión de España. De una visión de una España plural y desde la izquierda, que para nada tiene que avergonzarse de ser distinta a “esa otra” que la derecha nacionalista española pretende inmutable.  Esa España de “todos”, ciudadanos y pueblos, puede hacerse. Esa España “nación de naciones” no es solo una frase. Esa España es posible sin deshacer lo andado, sino profundizando en lo hecho. Al menos intentémosla. (HArendt).

 

 

 

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Alegoría de la España Federal 

 

 

“España, España, España… desde la izquierda”, por Ignacio Muro Benayas.

Decía el fundador de la Falange que España es una unidad de destino en lo universal. Exageraba. Pero no está mal como metáfora para orientar la navegación en las procelosas aguas de la globalización. En este tiempo de cambios, cada nación necesita una brújula para corregir rumbos con rapidez y un ancla para fortalecer sus identidades.       

España fue pronto un Estado, pero sólo muy tarde alcanzó la suficiente integración para empezar a sentirse una nación. Culminó a finales del siglo XIX, al término de las guerras carlistas, cuando la burguesía industrial y comercial, precisamente vasca y catalana, apoyó la desaparición de los fueros y aranceles internos que impedían el desarrollo de “una nación, un mercado”. Todavía hoy, uno de los más viejos Estados europeos duda en presentarse como una nación de naciones, mientras aumenta su peso en el mundo. Cuarenta años de franquismo y demonización de rojos y separatistas, tampoco resolvieron su unidad. Sólo la libertad ha reforzado los intereses comunes: los años de mayor descentralización del poder han resultado los más eficaces para reconstruir esa unidad de destino.

Que España es plural no es una invención de la izquierda. Cataluña y Euskadi muestran, elección tras elección, una realidad tozuda: la mitad aproximada de sus ciudadanos eligen opciones nacionalistas. Más aun: en otras seis comunidades el voto nacionalista o particularista ronda, desde 1980, el 20% de promedio: son Canarias, Galicia, Navarra, Baleares, Aragón y Cantabria. Más de la mitad de España está afectada por alguna singularidad. ¿Hay alguien que imagine un futuro diferente?

Por eso, la solución a los problemas de esta España, no se conjuga en términos de mayorías y, menos aún, absolutas. Al contrario: se conjuga en términos de minorías, algo que todos somos en alguna circunstancia. Resulta difícil que cualquier mayoría del 51% pueda imponer un estatus al resto, algo especialmente válido para el País Vasco y Cataluña. Ningún nacionalismo, tampoco el español, puede salir victorioso sin provocar la quiebra social o la destrucción mutua. La capacidad para el acuerdo es determinante. Pensar desde las minorías es la mejor forma de crear unidad.

El españolismo del PP alimenta los nacionalismos contrarios. Su reafirmación de una Navarra española ha provocado la subida espectacular de Nafarroa Bai; sus ataques a Esquerra Republicana de Catalunya colocó en 2003 a esta formación en cotas nunca alcanzadas; su política de frente constitucionalista, provocó en 2001 el mejor resultado histórico del PNV. No se hace patria con boicots a los productos de Cataluña, haya o no un Gobierno de izquierdas, intente o no una OPA una empresa catalana como Gas Natural.

Son meras excusas. A este PP no parece importarle echar gasolina al fuego con tal de conseguir parcelas de poder. Progresivamente, se incapacita para ilusionar a la otra España: su débil posición en el País Vasco, 15%, y casi irrelevante en Cataluña, 10%, le inhabilita como instrumento de cohesión. Su hegemonía en el Madrid de “todos Losantos” parece compensarles. Desde el liberalismo integrista de Esperanza Aguirre simulan construir un centro que simbolice “la suma de todos”, un buen eslogan que destrozan con su pulso sectario.

Ocupar un papel central en cada territorio es infinitamente mejor que ser centralista, pero corresponde a la izquierda demostrarlo tomando la iniciativa y hablando claro de los problemas reales. El acierto general que ha supuesto la España de las autonomías, construida sin un diseño previo, no impide que aniden dinámicas perversas en la distribución del poder. Ninguna prudencia debe impedir denunciar los problemas.

Mas autonomía territorial no siempre significa necesariamente mayor calidad democrática. Las élites locales prefieren alimentar victimismos y déficit históricos antes que subir impuestos. Su dominio sobre las cajas de ahorro y las televisiones autonómicas y locales -con Telemadrid y Onda Cádiz, ambas gobernadas por PP, como paradigma sectario- completan una concentración de poder político, económico y mediático, inexistente en el nivel central. Ello proporciona a los gobernantes locales un fuerte blindaje que se refleja también en la falta de alternancia política: nueve autonomías cumplen más de 20 años de gobierno ininterrumpido del mismo partido. Son síntomas de una situación insana que nos avisa de que el Estado no se aligera, sólo se traslada a niveles inferiores, allí donde las ideologías liberales del reparto de poder pierden vigencia.

Son también vicios típicos de una transición inconclusa cuya solución pasa por perfeccionar la libertad y el Estado. Hay que concluir el traspaso de competencias territoriales sin ser cicatero, pero condicionándolas legalmente a la colaboración con el resto de autonomías. A más competencias más colaboración. Federar, es decir, unir, pasa a ser el lema.

Convertir el Senado en Cámara territorial es el camino imprescindible y urgente para renovar la idea de España como unidad de voluntades y el instrumento para reforzar la cooperación en la solución de los problemas. Las Conferencias de Presidentes autonómicos y las sectoriales sobre sanidad, agua, agricultura o educación, son el medio para fortalecer la colaboración, hoy debilitada. El boicot del PP actual a estas iniciativas es la expresión de que su patriotismo es inferior a su ansia de poder.

No hay que retornar hacia atrás, hay que seguir adelante perfeccionando los mecanismos que garanticen la suficiente unidad de acción. Garantizados derechos y oportunidades, es positivo reconocer asimetrías porque las hay de todos los colores, no sólo identitarias. Un ejemplo: Madrid y Cataluña, como motores de España, tienen la común obligación de estar a la altura de las regiones avanzadas europeas. Favorecer todos los dinamismos, estén donde estén, sin penalizarlos con déficit de infraestructuras como los manifestados en Cataluña, es esencial. Solidaridad y riqueza deben crecer juntas.

Legitimar las autonomías supone también fortalecer la lógica federal en los partidos y la institucionalización de los conflictos: la descalificación sufrida este verano por el PSN en Navarra es un golpe no suficientemente explicado ni fácilmente asumible. El discurso territorial debe ser más consistente para no tener que bascular entre la “ingenuidad democrática” -se hará lo que quiera Navarra y el PSN o Cataluña y el PSC- y los comportamientos burocráticos y disciplinarios. Si la izquierda quiere contribuir al progreso debe saber combinar inteligencia y lealtad para fortalecer la cooperación desde las singularidades plurales. Y superar sus residuos conservadores.

Hacer más grande la España real significa no dejarse enrocar en el patriotismo “de charanga y pandereta” del PP, siempre coqueto con los históricos reflejos centralistas y autoritarios. Al contrario, hay que desarrollar la máxima pedagogía para saber derrotarlos. La experiencia demuestra que sólo así es posible incorporar a esta derecha a la mejor lógica democrática. Por el bien de España y su unidad de destino en lo universal.

Ignacio Muro Benayas es economista (El País, 28/08/07).

 

 

http://english.safe-democracy.org/media/ignaciomurobenayas_01.JPG

Ignacio Muro Benayas 

 

 

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Monday, August 27, 2007

Sobre Bergman, de nuevo…

Otro bello panegírico, esta vez del escritor Gustavo Martín Garzo, sobre la persona y la obra de Ingmar Bergman, que no precisa de comentario previo alguno por mi parte. Les dejo con el precioso texto de Martín Garzo y con uno de los emotivos videos realizados en homenaje del inolvidable cineasta sueco recientemente fallecido. (HArendt).

http://es.youtube.com/watch?v=2QP1YuaR9L4

 

 

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Gustavo Martín Garzo

 

 

 

“¿Se puede vivir sin Bergman?”, por Gustavo Martín Garzo

Me pregunto cómo podemos convivir con la muerte. Cómo nos las arreglamos para aceptarla a nuestro lado sin caer en la desespera-ción o enfermar de tristeza, para continuar nuestra vida convencidos de que con un poco de limpieza todo será como antes, como nos pasa con esos invitados que al alejarse dejan un rastro de vasos sucios, colillas y ceniceros sobre la alfombra. Me pregunto cómo podemos acostumbrarnos a esas idas y venidas, a que la muerte esté aquí cada día, con sus mil caras, sus mil disfraces distintos, cobrándose sus víctimas como los cazadores se cobran ciervos, perdices, patos o conejos. Cómo podemos acostumbrarnos, sobre todo, a que esas víctimas puedan ser los seres que amamos, nuestros amigos, nuestros familiares y los que han sido objeto de nuestra devoción. Cómo, por ejemplo, pudimos escuchar hace poco la noticia de la muerte de Ingmar Bergman y dejar que todo fuera pasando hasta que pareciera algo normal, algo que ni siquiera había que lamentar en exceso, pues se trataba de un hombre mayor, alguien que acababa de cumplir 89 años y que había tenido una vida fecunda que muchos envidiarían. Alguien que había sido famoso y querido, y al que príncipes, presidentes de Gobierno y otros poderosos del mundo habrían querido visitar, aunque él no se dejara visitar por nadie, ni aceptara premios, ni invitaciones que le obligaran a dejar la isla en que vivía. Y es verdad que llevaba años viviendo en esa isla, en un voluntario retiro, y que había dejado prácticamente de dirigir obras de teatro y hacer películas. Pero aun así, me pregunto cómo podemos aceptar que ahora ya no esté allí, que no ocupe aquel discreto lugar, ni que la luz que en la noche ilumine las ventanas de su casa no sea la de su conciencia. Qué vamos a hacer ahora que sabemos que ya nunca romperá sus promesas y abandonará su isla para visitar su teatro en Estocolmo o rodar, tal vez para televisión, otra de sus películas, como pasó con Saraband, la última que rodó. Fue sólo hace dos o tres años, y en ella volvió a sorprendernos a todos, pues Bergman fue uno de los creadores más excepcionales que ha existido jamás, alguien cuyas películas, representaciones teatrales y libros tenían el poder de conmovernos, maravillarnos y horrorizarnos a la vez, en que vida y muerte, ternura y rigor, amor y desesperación iban de la mano, como sólo pasa en la obra de los más grandes, aquellos que nunca deberían morir.

Y sin embargo es verdad que nos quedan sus obras y bien podemos decir que nos basta con ver las películas, escuchar los discos o leer los libros de los escritores cineastas o músicos que amamos, para que en cierta forma éstos regresen para acompañarnos en esas lecturas o en las salas en que escuchamos o vemos sus obras. Hace unos días, en un precioso artículo, Javier Marías hablaba de ese poder que hay en libros, discos y películas para vencer a la muerte. Y es cierto. En el arte hablan los desaparecidos, y basta con abrir un libro, poner un disco o ver una película, para que al instante podamos percibir no sólo las palabras, sino el temblor luminoso de los gestos y el sonido de las voces de los que ya no están. Una biblioteca, por ejemplo, es una reunión de muertos, ya que una buena parte de los autores presentes en sus estantes ya no están en el mundo. Y sin embargo, nos basta con abrir sus libros para volver a escuchar las mismas palabras que ellos escribieron y tener con ellas sus pensamientos y sus deseos más ocultos.

Todo el cine de Bergman gira sobre ese misterio de la presencia. No buscó otra cosa y su amor al cine y al teatro lo demuestra. Quería las palabras de los hombres, pero también sus rostros y sus cuerpos, verlos reír y llorar. Y sus personajes eran como él, por eso se buscaban con ese encono, por eso eran capaces de decirse o hacerse lo más terrible. Querían ser reales, contar para los demás. Cuando se acusa a Bergman de ser abstracto, de no tener sentido de lo concreto, es porque no se sabe nada sobre él ni se sabe nada de sus películas. Posee, más que ningún otro, el sentido de la encarnación. En Los comulgantes, un pobre hombre se obsesiona por la bomba atómica y, al no poder soportar el dolor de la extinción del mundo, decide poner fin a su vida; en Fanny y Alexander, el amoroso padre regresa de la muerte porque no puede renun-ciar a los que ama; en Fresas salvajes, un viejo profesor vive convencido de que nada de lo que ha sido existencia puede desaparecer del todo. Todos tienen el mismo temor, el temor a que todo desaparezca, a que no quede nada. Todos viven llevando una llama en sus manos, la llama de su conciencia. Quieren que la vida continúe, a pesar de que ninguno la entiende. En El séptimo sello, el caballero se las arregla para entretener a la muerte y conseguir que la familia de comediantes se sal-ve y pueda seguir la función en otro lugar. Ese espectáculo reno-vado es el símbolo de la vida, la vida que se siente contemplada por otras vidas, que vive y que hace vivir. La vida vista a la luz de la conciencia. El poder del cine y el teatro es el poder del amor. Encender las luces que permiten iluminar la escena y transformar la vida en epifanía.

Todo el cine de Bergman está lleno de homenajes a este poder del arte. Homenajes a los espectadores que llenan sus butacas y se quedan absortos en la escena, como pasa en la secuencia inicial de La flauta mágica, donde al tiempo que escuchamos la hermosa obertura de la ópera de Mozart la pantalla se puebla de los rostros que la escuchan. Rostros iluminados no por una luz exterior, sino por la luz de su propia conciencia, la luz que nace de la contemplación. Y su cine está lleno de personajes que miran, que observan a los demás. La enfermera de Persona, el profesor de Fresas salvajes, el hermano de El espejo, el niño que recorre en El silencio el oscuro hotel, la criada de Gritos y susurros. Y por supuesto los niños protagonistas de Fanny y Alexander. Nadie que haya visto esta película podrá olvidar su defensa de la infancia, de la vida como creación incesante, de su capacidad para surgir luminosa de la noche.

El mismo Bergman decía en una de sus últimas entrevistas que si su cine gustaba era porque emocionalmente era un niño y hablaba a los espectadores como un niño. Y todos somos niños cuando vamos al cine. Somos niños cuando escuchamos música o cuando leemos. Como son niños todos los grandes artistas. Chaplin tenía el poder supremo de transfigurar las cosas, Dreyer hablaba con los muertos, Hitchcock tendía trampas a las niñas rubias para luego poderlas salvar, Tarkovski quería vivir en una casa en llamas, John Ford soñaba con peleas interminables y en rivales nobles como caballos. Y el niño quiere sentir que la belleza le está destinada. Quiere hacerla suya, saltar sobre ese muro que la separa de nosotros, superar la nostalgia insufrible y tomar la belleza en sus manos, como hace con los pájaros que se acercan a él.

Es lo que quieren los personajes de Bergman y por eso son feroces, porque nada les basta. Mentirosos, ávidos, perversos, incapaces de callarse lo que piensan, siempre están dispuestos a insultarse y decirse las cosas más terribles, incluso a pegarse. Pero, ¿por qué iban a hacer algo así si no fuera para sentirse vivos? Quieren abandonar este mundo de fantasmas, “las sucias cavernas de la realidad”. Y es verdad que sus películas rondan en ocasiones lo insoportable, pero no lo es menos que hasta pueden resultar graciosas, y tal vez habría que considerar a Bergman como un secreto humorista. Escenas de un matrimonio nos sitúa, por ejemplo, ante una pareja que literalmente se despellejan ante nosotros, pero a la vez hay algo cómico en esa forma extraña, obsesiva de buscarse. Y sus discusiones y peleas bien podrían recordarnos aquellas escenas del cine mudo en que los personajes se arrojaban tartas de merengues y se daban todo tipo de golpes, para estar al momento otra vez en pie, como tentetiesos. Strinberg dijo que puede que no haya nada más terrible que un hombre y una mujer que se detesten, pero puede que tampoco haya nada más cómico, y las comedias están llenas de parejas así. Parejas que se detestan y que a pesar de todo no pueden renunciar a estar juntos. Ninguno de los personajes de Bergman quiere madurar, y esa es la razón por la que se pelean y lloran. Ninguno quiere envejecer, todos quieren encontrar el hechizo que les proteja del dolor. “Todo comienza”, dice uno de los personajes de Creadores de imágenes, “con un grano de arena que entra en la ostra y le causa dolor. Entonces la ostra la rodea de nácar y crea la perla. Sin dolor no hay perla y sin hechizo sólo queda la arena”.

Todo el cine de Bergman gira sobre esta búsqueda de la transfiguración que sólo el arte, y su hermano gemelo, el amor, pueden ofrecer. En Sonrisas de una noche de verano, uno de los personajes dice que el amor es un juego de malabarismo. Hay tres pelotas en el aire: la primera son las palabras; la segunda, el cuerpo, y, la tercera, el corazón.

Cuando Bergman rodó Saraband tenía 85 años. En ella vuelve el mejor Bergman. Un Bergman implacable en su lucidez, que no se cansa de contemplar el extraño e inagotable espectáculo de la vida. Hay una escena que nunca olvidaremos. El feroz anciano corre al cuarto de su vieja amante y se pone a temblar en camisón junto a su puerta. Es entonces cuando el milagro del malabarista vuelve a producirse y sentimos zumbar en el aire, junto a las palabras terribles y los cuerpos gastados, esa tercera pelota que es el corazón del hombre.

En ningún otro lugar de la obra está mejor ejemplificada esa magia que en Fanny y Alexander, que puede que sea la película más hermosa que se haya rodado jamás. La vida se transforma en ella en una hermosa función donde todos tienen un papel que cumplir. No importa que no se sepa qué función es ésa, ni lo que significa, pues todo en esta película está cargado de sentido. Su enseñanza se confunde con la enseñanza eterna del amor: que la simple presencia de las cosas es más importante que las explicaciones que no tenemos.

Gustavo Martín Garzo es escritor. (El País, 25/08/07).

 

 

 

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El indudable placer de la lectura…

Muy interesante el artículo de hoy en El País del profesor de la Facultad de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, Enrique Gil Calvo, sobre la falsa disyuntiva entre la tradicional lectura en papel de libros, revistas o periódicos y la nueva modalidad electrónica propiciada por Internet a base de hipertextos que permiten enlazar automáticamente unas páginas con otras.

Comparto con el autor del artículo la distinta finalidad de la lectura en papel y de la lectura electrónica, la “no interferencia” de la una con la otra, la fecundidad de ambas y el indudable predominio cultural de la primera, al menos por unos cuantos cientos de años más… (HArendt).

 

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Enrique Gil Calvo 

 

 

“¿Quién teme al hipertexto feroz?”, por Enrique Gil Calvo

Cuando sueña que es engullida por el irresistible ascenso de Internet, la Galaxia Gutenberg se echa a temblar. Y su pesadilla se parece al cuento de Caperucita, pues quienes están siendo devoradas no son las empresas editoriales, cuyas sucursales electrónicas hacen de cazadores mercenarios vendidos al lobo feroz, sino las criaturas juveniles, cuya cándida mente se deja seducir por los perversos peligros que les acechan en el bosque digital: pederastia, pornografía, manipulación, etcétera.
        
En efecto, la educación sentimental de los menores de la e-generación está guiada por el influjo de la lectura digital, y ya no por el espíritu de la lectura impresa como se cree que sucedía con las generaciones previas. Y al decir de los oráculos, ese cambio educativo ejercerá consecuencias decisivas, venturosas para los panglosianos que ensalzan las virtudes mágicas del digitalismo, desastrosas para los agoreros que denuncian sus vicios perversos. Pues aunque unos lo interpreten como un impacto providencial y los otros catastrófico, tecnófilos y tecnófobos coinciden en atribuir una importancia desmedida al cambio de soporte lector, sin que se les haya ocurrido que estemos ante otro caso de vino viejo en odres nuevos.

Los apologistas del digitalismo simbolizan sus virtudes en el hipertexto: un espacio virtual de mayor complejidad que el texto escrito tradicional, pues todas las páginas digitales están conectadas por enlaces en cadena que las remiten a otras páginas derivadas hasta componer un laberinto multinivel análogo al borgiano jardín de los senderos que se bifurcan. Pero además, el hipertexto permite leer y escribir simultáneamente, para conectarse en tiempo real a una conversación plural que se reescribe sobre la marcha por la acción espontánea de múltiples vo-luntarios. Así se abre el acceso colectivo a un discurso emergente con forma de diálogo polifónico que aúna la doble virtualidad de la oralidad y la escritura y en el que desaparece la separación asimétrica entre autor y lector, permitiendo a todos interactuar de tú a tú en pie de igualdad. Lo cual democratiza la república de las letras, que deja de ser una oligarquía platónica de sabios autores para convertirse en una sociedad abierta de lectores-escritores.

Frente a esto, los detractores del digitalismo atacan el hipertexto con el argumento de que impide aprender a pensar con la misma eficacia que lo hacía la escritura tradicional. Es posible que la lectura digital sea superior a la impresa por su mayor capacidad de información, pero la lectura impresa es muy superior a la digital por su mayor capacidad de formación, pues para aprender a pensar hacen falta textos lineales escritos por autores consagrados. Textos lineales porque sólo se aprende a pensar leyendo relatos de hechos consecutivos cuyo hilo argumental esté lógicamente encadenado por consecuencias de causa a efecto. Algo que el hipertexto no permite hacer, pues sus unidades están interconectadas aleatoriamente careciendo de estructura lógica. Y de autores revestidos de autoridad universal para aprender de ellos a evaluar la realidad, rechazando el relativista todo vale del hipertexto arbitrario cuya única jerarquía es el ranking cuantitativo.

Pero este modelo canónico de lectura lineal y autorizada es una caricatura improbable de la lectura efectiva, pues nadie lee en realidad así. Recuérdese el libro de Daniel Pennac Como una novela que revela el proceso real de adquisición del hábito lector, incluyendo su decálogo de derechos: a hojear, a releer y a no leer, a saltarse las páginas, a no terminar el libro, a leer cualquier cosa y en cualquier lugar… No se aprende a leer linealmente y de pe a pa sino sólo fragmentariamente y a salto de mata, empezando los libros por la mitad, saltando de uno a otro y leyendo el final antes del principio. Y nadie respeta el santoral del canon autorizado, pues se mezcla a los autores malditos o genéricos con los consagrados. Pero esto es lo mismo que se hace con la lectura digital, navegando a tientas a través del hipertexto de unas páginas virtuales a otras con pasos adelante y atrás. Así que no hay nada nuevo bajo el sol: es la misma vieja lectura sólo que leída en vistosos odres virtuales de flamante factura digital. De ahí que se pueda establecer una fertilización cruzada entre el hipertexto impreso y el digital, colonizando como depredadores oportunistas un hipertexto mixto que se saquea a placer con objeto de saciar la avidez del lector. Y esas lecturas cruzadas se combinan de forma compleja en la memoria del lector digital e impreso hasta que aprende a pensar espontáneamente a partir de su dispersa experiencia lectora. De modo que la nueva lectura digital es la continuación de la vieja lectura impresa leída por otros medios. Así lo demuestra la evidencia de los índices de lectura, pues son los mismos jóvenes escolarizados quienes lideran tanto la lectura impresa como la digital. No es extraño, por tanto, que la vieja industria editorial se esté pasando con armas y bagajes a su presunto enemigo digital, esperando expandirse por su abierto territorio para colonizarlo en provecho propio. Pero ¿por qué cambian los jóvenes de soporte lector, pasando de uno a otro sin solución de continuidad? Hoy los jóvenes buscan en las páginas digitales la realización de unas promesas que antes encontraban en las páginas impresas pero que ahora éstas ya no saben ofrecer. Entre ellas destaca la promesa de innovación y creatividad, muy importante para los jóvenes cuya inexperiencia les lleva a identificarse con la última novedad. También influye la promesa de identidad y reconocimiento, pues en la red se encuentran virtuales fraternidades de pares. Pero la más atrayente es la promesa de misterio, secreto y peligrosidad.

Al decir misterio me refiero al clima enigmático de riesgo, incertidumbre y expectación que atrae como un imán en las novelas de suspense y aventuras. Pero eso se encuentra hoy mejor en la red, un laberíntico archipiélago poblado de islas misteriosas donde la aventura aguarda a la vuelta de cada esquina. Al decir secreto aludo al turbio clima de simulación y clandestinidad que permite ocultarse tras identidades anónimas para llevar una doble vida contando con la complicidad fraterna. Es lo que Daniel Pennac llama bovarismo para la literatura: el morboso estigma de pecado y culpa colectiva que se comparte con los demás afiliados a la sociedad secreta de lectores viciosos en la que se ingresa con la adicción a la lectura. Pero ese bovarismo literario está hoy amplificado gracias a la red, transmisora de virulentas epidemias de bovarismo virtual y poblada por multitud de sectas que garantizan la fraterna complicidad de los adictos a su culto secreto.

Y al decir peligro apunto al malsano clima de transgresión y perversidad que aguarda a quienes se introducen en los moralmente dudosos paraísos artificiales prometidos por las páginas digitales. Baudelaire erigió a las flores del mal en emblema de la poética moderna, un legado maldito que después heredaría el surrealismo para hacer del cadáver exquisito y del disparo indiscriminado contra la muchedumbre la máxima expresión estética. Pero lo mismo puede decirse de la poética digital que hace del malditismo transgresor su espina dorsal, creando una morbosa expectación por lo freaky que atrae poderosamente a la juventud. Algo que debería preocupar a los detractores del digitalismo que alertan contra los presuntos efectos perversos del hipertexto feroz, pues cuanto más peligroso y transgresor parezca, mucho más atractivo resultará para los jóvenes. Y es que vino viejo o vino nuevo poco importa, con tal de que la lectura atrape lectores y cumpla la función embriagadora y espirituosa que le es propia.

Enrique Gil Calvo es sociólogo (El País, 27.08.07).

 

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Friday, August 24, 2007

Oui, mais…

El 27 de abril de 1969 Francia le dijo “no” en referéndum al presidente de la república y a su propuesta de regionalización y descentralización administrativa. Ese mismo día el general De Gaulle presentaba su dimisión irrevocable y se marchaba a su casa dejando a la V República huérfana de padre. Uno de los personajes políticos que más influyó en la victoria del “no” fue su ex ministro de Finanzas y Economía, hasta 1965, Valery Giscard d’Estaing, autor y protagonista principal de un manifiesto que comenzaba con esas dos palabras que se hicieron un lugar en la Historia: “Oui, mais…” (Sí, pero…).

Es más o menos lo que le viene a decir al gobierno de España Joan Subirats, catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Barcelona en el artículo que comentamos. Las grandes cifras de la economía española no solo van bien, son espectaculares; pero eso no parece repercutir, sino al contrario, en la situación de muchos españoles, que ven como -en contra de todo lo que dicen los datos, datos que nadie pone en duda- ven como su nivel de vida desciende en caída libre.

Lamento no recordar la fuente de la cita, pero hace tiempo alguien escribió que los pueblos libres y bajo regímenes democráticos eran capaces de soportar sin sublevarse ni cabrearse en exceso una mala situación económica, incluso situaciones de alarmante desequilibrio económico y diferencias sociales entre las distintas capas del país (en ese sentido, yo no diría -como parece insinuar el profesor Subirats-, que hay varias “Españas”, pero sí que cada vez hay más españoles de primera y de segunda y con más “distancia” entre ellos) pero que lo que no soportan nunca es una mala situación económica sin libertades públicas. No es ese, afortunadamente, el caso de España hoy. Y es una lástima que una excelente labor gubernamental de políticas sociales largamente añoradas no se vea implementada por un poco más de audacia en politicas de reparto de la creciente riqueza nacional. De acuerdo, para repartirla más equitativamente, primero hay que crearla, pero lo que no se puede hacer es seguir posponiendo esas políticas de reparto ad calendas graecas mientras los que más tienen más crecen y los que menos tienen más menguan… (HArendt).

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Joan Subirats

 

 

“Españas”, por Joan Subirats.

Estamos en una situación curiosa a pocos meses de las elecciones. El Gobierno afirma que todo va bien, la oposición afirma que si bien ciertos temas van bien, aunque podrían ir mejor, hay muchas cosas que van fatal. Y mientras, mucha gente en España no ve reflejadas sus preocupaciones ni por unos ni por otros. Seguramente, lo que está ocurriendo es que aumenta el número de personas que son cada vez más invisibles para las instituciones públicas. Desde mi punto de vista crecen los procesos de dualización social en España, y esa preocupante situación no tiene quien la canalice políticamente de manera adecuada. La situación económica es aparentemente mejor que nunca. El paro ha disminuido a niveles que resultan difíciles de recordar en la España democrática. Los indicadores macroeconómicos expresan una salud envidiable. Corre el dinero, se venden pisos, se exporta más que nunca, los bancos y las empresas españolas invierten en cualquier rincón del mundo. Pero, todo ello, como acostumbra a pasar, no se reparte o afecta de la misma manera a los habitantes del país. Al mismo tiempo que el bienestar general aumenta, se acrecienta el malestar particular de muchos. La sociedad española es más rica, pero es también más desigual. Más gente que no llega a final de mes. Más gente que se endeuda de manera creciente. Más jóvenes que no logran estabilizar su empleo, ni emanciparse de sus dependencias familiares. Más ancianos, y sobre todo ancianas, que se las ven y se las desean para poder seguir viviendo dignamente. Los inmigrantes sin papeles siguen estando en niveles de supervivencia muy básicos, y sin posibilidades de acceder a la condición de ciudadanos. Hay barrios en las grandes ciudades que tienen niveles de vida y de convivencia que están muy alejados de otros barrios de esas mismas ciudades (en Barcelona, las diferencias en renta familiar disponible entre el barrio de Besós Mar o zonas del Raval y zonas de Pedralbes es de 1 a 6). Crece sin parar la población reclusa en España, y los lugares de procedencia y los colores de la piel de los recluidos van concentrándose de manera inequívoca. Podríamos seguir.

Políticamente, esa realidad, que aumenta en vez de disminuir, no encuentra “voz” en el sistema institucional. Son personas, colectivos y territorios cada vez más invisibles. El mapa de la abstención en España es muy elocuente, si uno pasa de la macrocifra de la provincia o de la ciudad a la del barrio o de las secciones censales. Las correlaciones entre abstención electoral, nivel de estudios y de renta, asustan. La autonomía individual plena se consigue a través de la participación efectiva en la vida pública, y si bien ello no tiene por qué pasar estrictamente por ir a votar en unas elecciones, los políticos que acostumbran a centrar la capacidad de transformación social en la acción desde las instituciones no deberían mirar a otro lado cuando esa exclusión política acontece. La apatía política no es una causa sino una consecuencia de la falta de presencia activa de cada quien. ¿Es necesario recordar que política y cotidianeidad no son compartimientos estancos, y que por tanto, si tu día a día está lleno de sinsabores, problemas, marginalidades y exclusiones, difícilmente podrás imaginarte o pensarte como ciudadano sólo para ir a votar en unas elecciones llenas de mensajes simplificadores y de dramaturgias para iniciados? Uno es ciudadano, o sujeto activo, en política si lo es y se siente como tal en su vida cotidiana. La abstención selectiva, ese plus de ausencia de voz, no nos debería pasar por alto.

En este sentido, pienso que uno de los peores errores de un político es no ser capaz de recibir señales de su entorno. Si uno está en el Gobierno, ello puede ocurrir al producirse el llamado efecto group thinking, por el cual el líder queda cortocircuitado de lo que realmente ocurre, ya que la información le llega filtrada por un entorno que sólo transmite lo que resulta positivo, o coherente con la estrategia que ellos mismos han diseñado. Pero, puede también ocurrir que sea el propio líder el que “filtra” y descarta, de manera consciente o inconsciente, todo aquello que le resulta incómodo o contradictorio con su propia posición. ¿Ocurre ello en España? Si hacemos caso de lo que van diciendo el presidente Zapatero o el ministro Solbes, parecería que a veces ello es así. Y si observamos a la oposición que realiza el Partido Popular, no parece que ello le preocupe demasiado, enfrascado como está en el sonsonete del terrorismo, la fractura de España, el adoctrinamiento de los niños y jóvenes en las escuelas o los peligros que aparentemente corre la libertad religiosa. ¿Quién representa a los sin voz? Necesitamos un poco más de radicalidad democrática, recordando que democracia no es sólo el mantenimiento de unas reglas de juego y de representación determinadas sino que los valores que la democracia transporta, sus “promesas” (parafraseando a Bobbio), son también promesas de igualdad y de transformación social. El problema que tratamos de plantear no es estrictamente de sistema electoral. Evidentemente, sería mejor un sistema que combinara más personalización de la representación con mecanismos que aseguren que la proporcionalidad no se pierde. Pero el tema central no es ése. De lo que estamos hablando es de mejorar las condiciones de vida de la gente. Si estamos en lo cierto, a más igualdad, bienestar y educación, más participación. No basta que la gente se asuste con que va a ganar el PP, o que si gana el PSOE España se hunde. Sólo con temor no arreglaremos el tema. Necesitamos visión, convicción y sensación de que votando, mi vida, nuestras vidas, pueden mejorar. Si no recibimos esas señales, cambiando políticas y prioridades, acabaremos, de hecho, deslegitimando la propia democracia.

Joan Subirats es profesor de Universidad Autónoma de Barcelona (El País, 24/08/07).

 

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Palacio de La Moncloa, sede de la Presidencia del Gobierno de España

 

 

Un dato económico de la prensa de hoy (La Provincia-Diario de Las Palmas) sobre los beneficios bancarios en España puede verse en:

http://www.laprovincia.es/secciones/noticia.jsp?pNumEjemplar=1523&pIdSeccion=8&pIdNoticia=100213

 

Y unas preciosas imágenes de esta tierra mágica que es el archipiélago canario (la segunda de las canciones que se escucha es el Himno de Canarias) pueden verse en:

http://es.youtube.com/watch?v=t1×6sFGEG1M&NR=1 

 

 

 

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Thursday, August 23, 2007

Una furtiva lacrima…

A mi también me da bastante pereza y cierta grima traer a colación de nuevo el asunto de la Educación para la Ciudadanía, pero tal y como lo plantea Fernando Savater en el artículo que sigue, como resultado de una confrontación entre los conceptos de “instrucción” y “educación”, merece la pena leerlo con atención.

Casualmente, un amigo de hace muchísimos años, Julio Santamaría, también filósofo, hoy mismo me dice en un correo electrónico que la Filosofía debería ser el instrumento y la posibilidad de profesores y alumnos de  desenvolverse en la crítica, que viene a ser también la opinión del articulista.

A los que no creemos en dogmas porque nuestra fe en el más alla no nos da para más, hacer de esta cuestión -como están haciendo algunos- cuestión nacional, nos aburre y nos irrita a partes iguales, pero este nuevo frente abierto, quizá, a la larga, resulte positivo. (HArendt).

 

http://maelko.typepad.com/photos/uncategorized/fernandosavater.jpg

Fernando Savater

 

 

“Instruir educando”, por Fernando Savater.

Creo que fue Azorín quien dijo que “vivir es ver volver”. Razón no le faltaba, al menos en cuestiones de debate intelectual. Yo estoy tan escarmentado de la manía de suponer que ciertos conceptos periclitan o que algunas polémicas han sido definitivamente superadas que no me extrañaría mañana encontrarme con defensores de la doctrina del éter, del flogisto o de la infalibilidad del Papa. Cuestión de paciencia, nada más. Aun así, me ha sobresaltado un poco tropezar de nuevo con la oposición irreductible entre instrucción y educación, suscitada en un artículo de Sánchez Ferlosio (“Educar e instruir”, EL PAÍS, 29-VII-07) y prolongada después en otro de Xavier Pericay (“Educación, instrucción y ciudadanía”, Abc, 14-VIII-07). Como telón de fondo y pretexto ocasional está la polémica en torno a la Educación para la Ciudadanía, que no parecía en sí misma muy estimulante -en los términos truculentos en que se ha planteado- pero que quizá vaya a tener la inesperada virtud de traer a primer plano cuestiones importantes sobre la educación en general. Si es así, bendita sea.

En principio, la instrucción -que describe y explica hechos- y la educación, que pretende desarrollar capacidades y potenciar valores, son formas de transmisión cultural distintas pero complementarias, es decir, en modo alguno opuestas ni mutuamente excluyentes. Por poner un ejemplo: dar cuenta objetiva de ciertos sucesos y procesos es instructivo; verificar así lo valioso de la objetividad para el conocimiento humano es educativo. Otro: constatar la reprobación casi universal del asesinato dentro de las comunidades humanas es instructivo; deducir de ello el notable valor de la vida del prójimo (aunque no así, ay, el de los menos próximos) para los hombres resulta educativo. Etcétera… Perdónenme la obviedad, mañana les prometo volver a ser ingenioso. La instrucción promueve el conocimiento de lo que hay, la educación se basa en ella para conseguir destrezas y hábitos que nos permitan habérnoslas lo mejor posible con lo que hay. Pero ello no implica que la instrucción carezca de propósito referente a cómo vivir ni que la educación tenga licencia para convertirse en mero voluntarismo contrafáctico. A mí no me parece tan difícil de entender, pero quizá sea yo demasiado simplón.

La contraposición instrucción-educación es semejante en más de un aspecto a la que en periodismo se establece entre información y opinión. Sostiene la sana doctrina que nunca debe confundirse en un medio de comunicación la una con la otra: la información de lo que sucede no debe contaminarse con la opinión que interpreta y valora lo que sucede. Pero todos sabemos que incluso la información más objetiva implica elementos opinativos, sea en la forma de redactarse, en la selección de lo relevante frente a lo negligible o en la importancia que se concede a unos hechos sobre otros similares, que no siempre coincidirá con lo que preferiría la subjetividad de cada cual: si el mismo día muere mi padre y fallece el Rey (q. D. g.), los medios de comunicación primarán el segundo acontecimiento sobre el primero, aunque para mí el impacto de ambos sucesos sea inverso. De modo paralelo, los artículos de opinión y los comentarios más fiables serán -o creo yo en mi simpleza optimista que deberían ser- los que se apoyen en una información mejor documentada, sin la cual las opiniones son meros caprichos o exabruptos. Por tanto, distinguir y presentar separadamente información y opinión dentro de lo posible es muy aconsejable, pero ello en modo alguno comporta que la información nunca opine o que la opinión deba estar desinformada. Pues bien, la distinción (y la vinculación necesaria) entre instrucción y educación es de un corte bastante parecido.

Me parece que enfrentar la instrucción y la educación, incluso llegando a valorar una como recomendable y la otra como manipuladora, resulta absurdo cuando se considera en su conjunto el sentido de la transmisión cultural. Ambas responden a la necesidad de proporcionar a los jóvenes los elementos que consideramos más útiles para que su vida y la armonía social tengan esperanza de prosperidad. Según este cri-terio, tan importante es que el neófito conozca el dato objetivo de que la carne humana es comestible como la pauta moral que recomienda enérgicamente otro tipo de dieta. Y así llegamos a la asignatura de Educación para la Ciudadanía, que parece destinada a nacer bajo el sol melancólico de Saturno, devorador de sus propios hijos.

Entre los adversarios que ya tiene la neonata, los menos virulentos admiten que debería centrarse solamente en la enseñanza de los Derechos Humanos y de la Constitución, pero sin pretender referirse a cuestiones éticas (que por lo visto son atribución exclusiva de los padres y no pueden ser generalizadas gubernamentalmente sin incurrir en totalitarismo). La primera pregunta que se me ocurre ante este asombroso planteamiento es: ¿cómo puede instruirse a nadie sobre tales derechos y tal ley fundamental sin mencionar las implicaciones morales de que están llenos y los principios éticos en que se basa? Si un alumno pregunta por qué debe respetar tal legislación… ¿qué habrá que contestarle? ¿Que si no cumple con lo que mandan las autoridades irá a la cárcel y sanseacabó? Al hablar de los Derechos Humanos, ¿podrá contarse su historia, las luchas de que provienen contra poderes y tradiciones, sus enemigos seculares… el primero de los cuales por cierto fue el papado? Al instruir sobre la Constitución, ¿cabrá mencionar que ampara libertades y garantías que fueron negadas por la pasada dictadura y por otras actuales? ¿Podrá subrayarse su carácter de acuerdo histórico y que como tal puede ser modificada si parece conveniente a la mayoría, para reforzar los valores que pretende establecer? ¿O tales explicaciones deben ser cuidadosamente omitidas para no caer en lo tendencioso?

 Aún hay duros de mollera que se escandalizan al escuchar que ciertas disposiciones éticas responden a las exigencias mayoritarias de convivencia y no a la conciencia de cada cual. Pues sin embargo así es, al menos en las democracias del siglo XXI. Por eso también la Educación para la Ciudadanía no puede ni debe confundirse sin más con la formación moral. Hay una dimensión ética que corresponde a las convicciones de cada cual y en la que ninguna autoridad académica puede intervenir: nadie debe imponerme la obligación moral de considerar aceptable la homosexualidad o el aborto, si mis creencias o mi razón me dictan otro criterio. Pero es necesario que conozca el valor moral de tolerar cívicamente aquellos comportamientos que no apruebo o incluso que detesto, siempre que no transgredan la legalidad y en nombre de la armonía social pluralista. Aún más: debo comprender la valía ética -estrictamente ética- de las normas instituidas que permiten el pluralismo de convicciones y actitudes dentro de un marco común de respeto a las personas. Y eso delimita una frontera entre lo que puede y no puede aceptarse también a nivel personal: tengo derecho a considerar vicio nefando la homosexualidad pero no a hostilizar o proscribir las parejas homosexuales. Puedo tener personalmente por importantísimas las raíces cristianas de Europa, pero no puedo considerar mal europeo a quien no sea cristiano ni mal español a quien no sea católico. Y puedo tener la íntima convicción de que muchos malvados merecen la pena de muerte, pero no debo ocultar a los jóvenes que la sociedad democrática en que vivimos ha adoptado como norma la abolición del castigo capital por sus implicaciones deshumanizadoras. Es decir: debe haber una asignatura de ética que reflexione sobre el origen, fundamento y necesidad de los valores humanos en general y una asignatura de Educación para la Ciudadanía que transmita la exigencia moral de tener valores comunes instituidos legalmente, que sirvan de directrices al comportamiento social aunque no puedan serlo siempre de la conciencia personal.

Es preciso instruir y es preciso educar. Lo que no es aconsejable es el puro “adoctrinar”, o sea, presentar lo que es un resultado de debates y acontecimientos históricos como algo inamovible, llovido directamente de la eternidad. Dar a entender que todos los profesores de la nueva asignatura son dóciles marionetas al servicio de los intereses gubernamentales es una majadería calumniosa que no merece más comentario. Pero no es imposible que entre ellos aparezca algún iluminado de esos que bloquean el aprendizaje crítico de los alumnos a fuerza de consignas incendiarias y de empeñarse en subvertir lo que aún ni se ha molestado en enseñar (tal como explicó Hannah Arendt). Y es de temer que aún más frecuentes sean los enseñantes que se refugien en la corrección perogrullesca y tímida, en vista del jaleo organizado en torno a este asunto. Es preciso no dejar solos a quienes creen en la oportunidad de la asignatura y están dispuestos a esforzarse entre lógicos tanteos por darle la mejor realidad posible, con prudencia pero también con cierta audacia. De modo que los demás no tendremos más remedio que seguir polemizando en defensa de lo obvio, con la pereza que da…

Fernando Savater es filósofo y profesor de la Uniuversidad Complutense de Madrid (El País, 23/08/07).

 

 

En compensación por mi falta de fe, les dejo con la interpretación de “Una furtiva lacrima” (L’Elisir d’Amore, de Donizetti) cantada por mi inmortal paisano Alfredo Kraus. Silencio, por favor… Disfrútenla…

http://es.youtube.com/watch?v=oN0n4fdeEU0

 

 

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De un genio a otro genio: Allen opina sobre Bergman

Como hemos estado todo el día en Maspalomas no ha sido hasta la noche, de vuelta en Las Palmas, que he encendido mi portátil, leido los correos electrónicos de mis amigos y escrito en el blog la entrada titulada “Nostalgias” que acaban de leer y que me estuvo rondando la cabeza desde la mañana “gracias a/o por culpa de” Ana Belén, Cibeles, Madrid y Nietzshe (citados por orden de aparición).

Son las doce y cuarenta y cinco de la noche y abro la página electrónica de El País, ya de ayer, y me encuentro con este precioso, sentimental y entrañable artículo de Woody Allen en torno a Ingmar Bergman. Y que quieren que les diga… Aunque me esté cayendo de sueño, quiero que ustedes lo disfruten como lo he disfrutado yo. Nos lo merecemos. Porqué no es tan normal como parece que un genio alabe a otro genio, aunque esté último ya esté muerto… Que pasen una buena noche. (HArendt).

 

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Ingmar Bergman

 

 

 

“Un hombre de preguntas difíciles”, por Woody Allen.

Me enteré de que había muerto Bergman en Oviedo, una pequeña y encantadora ciudad del norte de España en la que estoy rodando una película. Cuando estaba en pleno rodaje, me dieron el recado telefónico de un amigo mutuo. Bergman me dijo una vez que no quería morir en un día soleado; como no estaba allí, no sé si logró tener ese tiempo gris que tanto gusta a todos los directores; así lo espero.

Lo he dicho en alguna ocasión, hablando con gente que tiene una visión romántica del artista y considera sagrada la creación: al final, el arte no salva a la persona. Por muy sublimes que sean las obras que uno ha creado (y Bergman nos proporcionó un menú de asombrosas obras maestras del cine), no le protegen de la fatídica llamada a la puerta que interrumpía al caballero y sus amigos al final de El séptimo sello. Y así es como, en un veraniego día de julio, Bergman, el gran poeta cinematográfico de la mortalidad, no pudo prolongar su inevitable jaque mate; y con él falleció el mayor cineasta de todos los que yo he conocido.

Alguna vez he dicho, en broma, que el arte es el catolicismo del intelectual, es decir, una voluntad de creer en el más allá. Yo creo que, más que vivir en el corazón y la mente del público, preferiría seguir viviendo en mi apartamento. Y es evidente que las películas de Bergman seguirán vivas, en museos, televisiones y DVD, pero, conociéndole, ésa es poca compensación, y estoy seguro de que le habría encantado cambiar cada uno de sus filmes por un año más de vida. De esa forma habría podido disfrutar, aproximadamente, de 60 años más para seguir haciendo películas; una producción extraordinaria. No tengo la menor duda de que a eso habría dedicado el tiempo extra, a hacer lo que más le gustaba de todo: crear películas.

Bergman disfrutaba con el proceso. Le importaba poco lo que pensaran de sus películas. Le gustaba que le apreciasen, pero, como me dijo una vez, “Si una película que he hecho no gusta, me preocupa… durante unos 30 segundos”. No le interesaban los resultados de taquilla; productores y distribuidores le llamaban para contarle cómo había ido en el primer fin de semana, pero las cifras le entraban por un oído y le salían por otro. Decía: “A mitad de semana, sus absurdos pronósticos optimistas se quedaban en nada”. Gozaba del aplauso de la crítica, pero nunca lo necesitó, y, aunque quería que a los espectadores les gustaran sus obras, no siempre las hacía comprensibles.

No obstante, las que más costaba comprender merecían la pena. Por ejemplo, cuando uno entiende que las dos mujeres en El silencio no son, en realidad, más que dos aspectos enfrentados de una misma, el filme, que hasta entonces es un enigma, se abre de manera fascinante. También resulta útil refrescar los conocimientos de filosofía danesa antes de ver El séptimo sello o El rostro, pero sus dotes de narrador eran tan asombrosas que podía cautivar, fascinar al público con un material difícil. He oído decir a gente que salía de alguna de sus películas: “No entiendo exactamente lo que he visto, pero me ha tenido en ascuas hasta el último plano”.

Bergman tenía raíces teatrales y era un gran director de escena, pero su obra cinematográfica no estaba embebida sólo de teatro; se inspiraba en la pintura, la música, la literatura y la filosofía. Su obra examina las más hondas preocupaciones de la humanidad y produce, muchas veces, profundos poemas en celuloide. La mortalidad, el amor, el arte, el silencio de Dios, la dificultad de las relaciones humanas, la agonía de la duda religiosa, el fracaso de un matrimonio, la incapacidad de comunicarse de las personas.

Y, sin embargo, era un hombre cálido, divertido, bromista, inseguro de su inmenso talento, enamorado de las mujeres. Conocerle no era entrar de pronto en el templo creativo de un genio temible, intimidante, sombrío y melancólico, que entonase con acento sueco complejos análisis sobre el terrible destino del hombre en un universo deprimente. Era más bien así: “Woody, tengo un sueño estúpido en el que aparezco en el plató para rodar una película y no tengo ni idea de dónde poner la cámara; lo que pasa es que sé que se me da bastante bien y llevo muchos años haciéndolo. ¿Alguna vez tienes tú este tipo de sueños angustiosos?”. O: “¿Crees que puede ser interesante hacer una película en la que la cámara nunca se mueva ni un centímetro y los actores entren y salgan del encuadre? ¿O la gente se reiría de mí?”.

¿Qué contesta uno por teléfono a un genio? A mí no me pareció una buena idea, pero, en sus manos, supongo que habría acabado siendo una cosa especial. Al fin y al cabo, el vocabulario que inventó para investigar las profundidades psicológicas de los actores también debía de parecer absurdo para quienes aprendían a hacer cine de manera ortodoxa. En la escuela de cine (estudié cine en la Universidad de Nueva York en los años cincuenta, pero me echaron enseguida), daban siempre la máxima importancia al movimiento. El cine son imágenes en movimiento, decían, y la cámara tiene que moverse. Y los profesores tenían razón. Pero Bergman colocaba la cámara sobre el rostro de Liv Ullmann o el de Bibi Andersson, la dejaba allí sin moverla, y pasaba el tiempo, y ocurría algo maravilloso y exclusivamente propio de su talento. El espectador se veía atrapado por el personaje y, en vez de aburrirse, salía entusiasmado.

A pesar de sus manías y sus obsesiones filosóficas y religiosas, Bergman era un hilador de historias nato, que no podía evitar ser entretenido incluso cuando, en su cabeza, estaba dramatizando las ideas de Nietzsche o Kierkegaard. Yo tenía largas conversaciones telefónicas con él. Me llamaba desde la isla en la que vivía. Nunca acepté sus invitaciones porque me preocupaba el viaje en avión, no me apetecía volar en avioneta hasta un puntito cerca de Rusia en el que la comida iba a consistir probablemente en yogur. Siempre hablábamos de cine y, por supuesto, yo dejaba que hablase sobre todo él, porque me parecía un privilegio oír sus ideas. Veía cine a diario y nunca se cansaba de ver películas. De todo tipo, mudas y sonoras. Antes de dormirse veía alguna película que no le hiciera pensar para relajarse; a veces, una de James Bond.

Como todos los grandes estilistas del cine, como Fellini, Antonioni y Buñuel, por ejemplo, Bergman tuvo sus detractores. Pero, aparte de algún desliz ocasional, las obras de todos estos artistas han encontrado ecos profundos en millones de personas de todo el mundo. Y la gente que más sabe de cine, los que lo hacen -directores, guionistas, actores, directores de fotografía, montadores- son quizá los que más veneran la obra de Bergman.

Como le he elogiado con tanto entusiasmo durante tantos años, tras su muerte muchos periódicos y revistas me han llamado para pedirme un comentario o una entrevista. Como si yo tuviera algo de valor que añadir a la triste noticia, aparte de volver a ensalzar su genialidad. ¿Qué influencia tuvo en mí?, me preguntan. No puede haberme influido, respondo, él era un genio y yo no lo soy, y el genio no puede aprenderse ni su magia puede transmitirse.

Woody Allen es cineasta (El País, 22/08/07).

 

 

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Woody Allen, Premio Príncipe de Asturias 

 

 

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Wednesday, August 22, 2007

Nostalgias…

Hay días, días sencillos y tiernos, en que la nostalgia te puede… A mi me ha pasado hoy, camino de Maspalomas. Apenas treinta y cinco o cuarenta minutos de viaje desde Las Palmas por la autopista GC-1, incluyendo parada en la gasolinera de la Shell, en Arinaga, para desayunar en su concurrida y magnífica cafetería; lo más parecido que tenemos aquí a esos estupendos restaurantes de carretera que te encuentras en la península plagados de camiones y camioneros (que son los que más saben de eso). Dos cafés, solos, y un sandwich mixto, que compartimos mi mujer y yo, y de nuevo en marcha. Pongo en el casete del coche una desgastada por el uso cinta de Ana Belén que llevo en la guantera desde hace años.

La mañana, son poco más de las nueve, está preciosa. Hay una luz que todavía no es cegadora y deja ver con nitidez las cumbres de la isla a la derecha de la carretera, y el mar azul perdiéndose en el horizonte a la izquierda… Mi mujer lee, distraida, una revista de decoración que acaba de comprar en la estación, y es en ese momento que comienza a sonar “A la sombra de un león”, y a mi, se me vienen de golpe a la memoria -sin saber muy bien porqué- todas las hermosas vivencias y recuerdos que tengo de Madrid: mis años de niñez y de primera juventud, todas las experiencias posteriores, ya adulto, que allí viví con mis padres y hermanos, con mi mujer y mis hijas, con mis amigas y amigos que aun conservo, con mis compañeros de universidad y como sindicalista… Todo eso en cuatro minutos escasos de canción .., Y mientras Ana Belén me cuenta como llora “la Cibeles”, yo me muerdo los labios y comienzo también a llorar sin ruido, quédamente, mientras mi mujer, distraida, continua leyendo su revista de decoración…

Más tarde, ya en nuestra casa de Maspalomas, me tomo un Ballantine con hielo mientras leo a Nietzsche, y en su “Así habló Zaratustra”, encuentro una frase que me hace pensar que es en la insignificancia de nuestro presente, en el disfrute de las cosas sencillas y puras de la vida como son la amistad, el amor, la familia y los hijos, donde se manifiesta mejor la grandeza del hombre, en aceptar que somos un  puente y no un fin; en reconocer que lo que hay en nosotors más digno de ser amado es el ser un tránsito y un crepùsculo… (HArendt).

 

No se puede mostrar la imagen “http://platea.pntic.mec.es/~anilo/mitos/fotos/Cibeles02.jpg” porque contiene errores.

La diosa madre Cibeles (Madrid)

 

 

Les dejó con “A la sombra de un león” cantada por Ana Belén y Joaquín Sabina al alimón… Disfrútenla.

http://es.youtube.com/watch?v=9xcT0nL-Jws

 

 

 

 

Posted by HArendt at 23:59:24 | Permalink | Comments (2)