Friday, June 29, 2007

Aceptabilidad de la derrota

Con frecuencia he defendido la idea de la aceptabilidad de la derrota como elemento esencial del funcionamiento democrático. La solía contraponer a la alternancia defendida por los más. Después he ido reflexionando en público sobre las actitudes de los que son incapaces de aceptar la derrota, afirmando lo fácil que resulta aceptar la victoria.

El paso del tiempo y la observación de los comportamientos me llevan a considerar más complejas las implicaciones de estas afirmaciones.

Sigo creyendo, con mi amigo A. Prezowsky, que la aceptabilidad de la derrota es más definitoria de la democracia que la alternancia. Ésta puede no producirse por la libre decisión de los ciudadanos, que, durante prolongados periodos de tiempo, pueden seguir prefiriendo una determinada opción política sobre la que constituiría la alternativa de poder, sin que esto reste un ápice de valor al funcionamiento de la democracia.

Sin embargo, si no se dan razonables condiciones de igualdad de oportunidades entre las opciones en juego, la derrota podría no ser aceptable de manera legítima y estaríamos poniendo en peligro la validez del sistema, porque se haría imposible el triunfo de la alternativa de poder y ésta tendría la tentación de romper ese sistema.

Insistiré en la razonable igualdad de oportunidades, para que los que ofrecen alternativas irreales o alejadas de las percepciones mayoritarias, es decir, para los que representan opciones minoritarias socialmente, no trasladen la escasez de sus apoyos a la desigualdad de oportunidades. O para que se comprenda que no existe nunca igualdad plena de oportunidades ni deja de existir una cierta dosis de juego sucio, que pese a todo no invalidan el juego.

La importancia para el funcionamiento de la democracia radica en la expectativa que se genera en el perdedor de la contienda. Perdieron pero podían haber ganado, lo que conlleva la posibilidad de conseguirlo en la próxima o en la siguiente. Esta expectativa mantiene al grupo dentro del juego, evita la tentación de ruptura y termina fortaleciendo y validando al propio sistema democrático.

Los elementos que constituyen la aceptabilidad de la derrota, o si lo prefieren la razonable igualdad de oportunidades de las fuerzas en presencia, son diversos, aunque algunos sean esenciales y otros más ligados a las circunstancias.

Una clara división de poderes, por ejemplo, es de los esenciales. Si el poder judicial actúa de manera sesgada en favor de una opción política, puede desequilibrar gravemente las oportunidades.

Lo mismo ocurre cuando los medios de comunicación no tienen un grado de pluralismo razonable y se concentran -exageradamente- en torno a una de las opciones en juego, o cuando se desequilibra dramáticamente la financiación de los partidos sin marco regulatorio que cree ciertos límites.

Entre las fuerzas en liza, las consideraciones sobre las derrotas se deslizan con frecuencia hacia la autojustificación. Es decir, se niegan a analizar sus propios fallos, sus carencias, para cargar sobre otros factores la derrota. Obviamente no me estoy refiriendo a esto, que no tiene nada que ver con la aceptabilidad de la derrota sino con la condición de malos perdedores. Y aquí empezaría la segunda reflexión.

Que la derrota sea aceptable no es lo mismo que los perdedores sean capaces de aceptar la derrota. He repetido en público, sin aclararlo, que lo difícil es aceptar la derrota, ya que la victoria siempre resulta aceptable, para añadir que a los auténticos demócratas se les conoce por su capacidad para aceptar la derrota.

Además de aclarar las diferencias entre aceptabilidad y aceptación, intento destacar que a los demócratas, como a los buenos deportistas, se les conoce también por el uso que hacen de la victoria. Por su reacción y por su comportamiento a partir del triunfo.

Lo peculiar de esta aproximación es que cuando alguien no sabe perder las posibilidades de que tampoco sepa ganar son altísimas. Así, los políticos que no saben aceptar su derrota, cuando les llega el triunfo, hacen un uso abusivo del poder que obtienen. Se dice que se les sube el poder a la cabeza y pierden el sentido de la realidad o la dimensión de su propia estatura. Es bastante adecuado para definir los comportamientos de este tipo de personajes.

Rara vez las cosas ocurren por primera vez, aunque sea así en la experiencia personal de casi todos los seres humanos. Por eso hay tantos gobiernos “adanistas”, que creen que todo lo que hacen, o lo que les pasa, es la primera vez que ocurre. Esto los lleva a pensar que están creando siempre ex novo, que están reinventando la res pública, hasta que se les viene encima el peso de la historia, con sus constantes sociales y su propio ritmo, con sus idas y venidas inevitables.

Me ha tocado vivir una época de grandes cambios. Seguramente los más rápidos y profundos de la historia contemporánea de nuestro país, pero también aquellos que cambiaron la realidad mundial en la frontera de 1989, con las consecuencias de la caída del Muro de Berlín y la revolución tecnológica que está tras la llamada globalización. Pero siempre me ha acompañado la convicción de que la condición humana tiene unas constantes que nos permiten ver a Cervantes o a Aristóteles como contemporáneos nuestros. Probablemente por eso fui siempre un reformista, no un revolucionario.

Mucho más en corto, como dicen al otro lado del Atlántico, las cosas que ocurren en nuestro país, o en los países hermanos de América, me dan la sensación de haberlas vivido ya.

Se trate de lo ocurrido con ETA, del comportamiento de los dirigentes del PP con este tema y con la derrota del 14 de marzo de 2004, o de las “refundaciones” nacionales en la otra orilla, siempre viene a mi mente la misma imagen: me parece haberlo visto ya. Una repetición de la película. Sin duda, noto también las variantes, casi siempre menores pero no siempre mejores o peores.

Me entristece pensar que los líderes crean que saben adónde van sin preocuparse de saber de dónde vienen.

Felipe González fue presidente del gobierno español (El País, 29/06/07).

 

 

http://www.fil.com.mx/alb_fot/fil06/dom01/F_Gonzalez_01_gr.jpg

Felipe González

 

 

http://es.wikipedia.org/wiki/Felipe_Gonz%C3%A1lez_M%C3%A1rquez 

 

 

 

Interesante la reflexión del ex presidente González sobre este esencial aspecto de la actitud política en democracia que es la aceptación de la derrota en las urnas. No suele prodigarse en exceso en nuestra clase política. Hay actitudes ejemplarizantes en ambos sentidos. La dimisión fulminante de Joaquín Almunia al frente del partido socialista la misma noche de la derrota electoral ante Aznar. Los sucesivos “el pueblo se equivoca”, de Julio Anguita, después de cada derrota electoral. La incalificable postura de Rajoy y su partido tras la derrota de marzo de 2004, acusando a los socialistas (hasta hoy) de estar al lado de ETA y tras los atentados en Madrid… Si a así se portan ante la derrota, asusta pensar lo que harán cuando venzan… No es extraña, por tanto, la admiración de Rajoy por los “gemelos” polacos, o de Aznar por su idolatrado George Bush, hijo. Son tal para cual… (HArendt). 

 

 

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El mundo sabe ya lo que da esto de sí

Hace unos años era el Reino Unido el que correteaba con un reloj por los pasillos de la Comunidad Europea, en Bruselas, lamentándose como el conejo amigo de Alicia: “Ay, señor, ay, señor, llegaré demasiado tarde”. Ahora es toda la Unión Europea la que llega tarde, demasiado tarde a su cita con el resto del mundo: la Europa política que pretendía hablar algún día con una única voz en el concierto internacional fue derrotada la semana pasada en la última cumbre de la UE.

Los euroescépticos pueden estar felices, pero no se comprende la satisfacción que exhiben los que confiaban en aquel otro proyecto. Cierto, la UE ya no está completamente paralizada. Se puede avanzar en temas importantes: comercio, servicios, capitales… Incluso podemos ponernos de acuerdo, juntos o por cooperaciones reforzadas, en temas de fronteras y policías. Está bien. Pero en Bruselas hemos aceptado una Europa mucho menos importante en términos políticos y, sobre todo, hemos perdido, quizás, la última oportunidad para dar aunque sólo fuera un pequeño paso en esa dirección. Esa puerta ha quedado cerrada y no parece que se pueda volver a entreabrir. Más bien, lo probable es que se vayan colocando nuevos sacos de cemento en las rendijas. No es que la Europa política que algunos divisaron en Maastricht haya quedado aplazada. Es que ha ganado una parte de Europa que, simplemente, no quiere que la Unión sea así. Ni ahora, ni nunca.

La credibilidad del proyecto de una Unión Europea capaz de actuar en el futuro como una potencia equiparable a las que ya dominan, o dominarán, el escenario mundial (Estados Unidos, Rusia, China, India) ha quedado desintegrada. El resto del mundo estaba mirando y ya sabe lo que da de sí todo esto: muy poco. Es difícil que alguien pueda dirigirse a nosotros confiando en que se le ofrezca un modelo distinto para hacer frente a los desafíos mundiales. Simplemente no es verosímil.

La Unión Europea ha dejado escrito en Bruselas que nunca hablará con una voz propia en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, ni en ninguno de los organismos internacionales en los que todos juntos podríamos tener algo serio que decir. Como ya no hay nadie que no se carcajee de la fuerza, por separado, de Reino Unido, Francia o Alemania, está claro que Europa renuncia a ser otra cosa que un fiel financiador de decisiones ajenas.

Lo más honesto sería advertir ya a todos los ciudadanos de que esto es lo que hay. Dejen de marearnos con ideas sobre una Europa potente y decisiva, capaz de defender valores comunes y de ayudar a equilibrar un mundo peligroso e injusto. Dejen de utilizar ese banderín de enganche para después llevar a todo el mundo, precisamente, por otro camino. Somos, simplemente, un fantástico mecanismo mercantil, que nos da prosperidad, relaciones pacíficas y estabilidad económica. No es poco, desde luego. Es incluso verdaderamente estupendo. Pero no es de lo que se hablaba hace diez años.

La verdad es que se hicieron tantas cosas mal en relación con la fenecida Constitución europea, se hizo todo tan tarde, con la ampliación a 25 ya en la mesa, y se cometieron tantos errores, que hasta puede que tengan razón quienes piensan que lo ocurrido en Bruselas no es lo peor que podría haber pasado. La mayor catástrofe, dicen, era continuar paralizados. El acuerdo que han cocinado Merkel y Sarkozy, con el apoyo de Rodríguez Zapatero, permite engrasar un poco los obstruidos mecanismos de funcionamiento, tomar decisiones por mayoría en muchos más asuntos digamos técnicos y volver a poner en marcha un motor que parecía ahogado. Los españoles, en concreto, hemos salido de Bruselas en bastante buena posición, con todas las ventajas que exigía Polonia y con ninguno de los costes que han tenido que pagar los gemelos diabólicos, por mucho que ahora no sean conscientes de ello.

Pero los europeos, los españoles también, hemos salido sin que un ciudadano polaco pueda reclamar ante un tribunal de la UE los derechos que antes le reconocía directamente la Carta constitucional. Europa acepta que Europa eche a funcionarios y profesores homosexuales. Rousseau decía que resistía mejor los dolores agudos que la tristeza prolongada. solg@elpais.es

Soledad Gallego-Díaz es periodista (El País, 29/06/07).

 

http://www.rtve.es/files/74-23998-FOTO_NOTA_PRENSA_399/20061026_TVE_Enfoque_Gallego_01_w.jpg

Soledad Gallego-Díaz

 

 

http://www.e-leusis.net/comunicacion/Mujeres_periodistas_ver.asp?id_monografico=34

 

 

Muy crítica, con una dureza inusitada en ella, la opinión de Soledad Gallego-Díaz sobre el Consejo Europeo celebrado en Bruselas la pasada semana. Y como reconocen muchos, podía haber sido peor.

Desde luego la velocidad a la que se mueve la Unión puede parecer, y de hecho ser, exasperante… Pero se mueve: eso es innegable, y hacia adelante. Basta con recordar como estaba Europa hacia veinte o veinticinco años. ¿Qué sólo es inercia? No lo creo: la inercia también puede movernos hacia atrás…. Triste, muy triste, los recortes de libertades que se vislumbran en Polonia y en otros lugares, que con una Constitución europea podrían haberse solventado. También es cierto, y en eso no hay opinión contraria, que el derecho europeo sigue teniendo (ya la tenía antes de elaborarse el tratado constitucional) primacía sobre el derecho nacional, así que, a exigirlo cuando corresponda. Y a esperar que los electorados polacos y checos reaccionen y envíen a sus reaccionarios gobernantes camino de la jubilación política. Tampoco parece muy lógico que no sean ellos los primeros en intentarlo, aunque cuenten con nuestra solidaridad expresa…

En la página electrónica oficial del Consejo Europeo pueden leerse en español las conclusiones presentadas al finalizar el mismo por la presidenta de turno de la Unión, la Sra. Angela Merkel. Aun redactadas en lenguaje diplomático, son muy interesantes. (HArendt).

 

http://europa.eu/european_council/index_es.htm

 

 

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Una metáfora canaria

En medio de los dimes y diretes políticos a que ha dado lugar la última contienda electoral, a Canarias ayer le amaneció una noticia especialmente feliz. Para todas las islas. Porque el Teide, el pico más alto de los existentes en España, un volcán que se sitúa, majestuoso, como una atalaya del archipiélago, ha sido declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco.

Es el final de una lucha que ha llevado el Gobierno canario con la complicidad del Ejecutivo central, y que corona de alguna forma la labor del presidente que se despide, Adán Martín, que dice adiós a la política. Grandes escritores, como André Breton, o naturalistas, como Alexander Humboldt, señalaron al Teide siempre como una metáfora de lo que la naturaleza es capaz de hacer sobre sí misma; en el caso de Breton, que fue a la isla de Tenerife en el apogeo del surrealismo, en 1935, era un puñetazo en el aire, y para Humbdolt era la visión -la del valle de La Orotava, desde donde lo vio- que colmaba las aspiraciones de belleza que podían ansiar los hombres. Con esos mimbres históricos, y con una inquietud por el futuro -¿qué pasará, en un mundo que cada vez desprecia más cuanto puede tocar, con un paisaje así?- los canarios se lanzaron, en comandita, a buscar amparo internacional para semejante riqueza. En una tierra tan falta de unanimidades, y tan perjudicada por el nefasto pleito insular, que va y viene como una mala pesadilla, los insulares han hallado en el Teide un punto incontrovertible de lucha común, y en este momento de general alegría. Que el Teide se sustente ahora sobre la declaración universal que preserva para siempre su extraordinario patrimonio no sólo es una buena noticia, sino una excelente metáfora.

(El País, 29/06/07).

 

 

 

No se puede mostrar la imagen “http://www.ii.uib.no/~petter/mountains/Teide/d3012.jpg” porque contiene errores.

El Teide (Tenerife, Islas Canarias) en una de sus más bellas, impresionantes y tópicas vistas

 

 

 

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El Caballero Rushdie

Como ciudadana de una república, la idea de recibir honores reales me resulta un poco anticuada. Más aún, es evidente que la idea de que un escritor postcolonial como Salman Rushdie acepte una condecoración del “imperio” suscita dudas sobre la sinceridad de sus escritos antiimperialistas. Por tanto, no puedo decir que me alegrara demasiado saber que Salman Rushdie figuraba en la lista anual de títulos concedidos por la reina Isabel II.

Pero entonces llegó la noticia inevitable de que “el mundo musulmán” estaba indignado por la distinción. Un miembro del Parlamento paquistaní afirmó que la concesión del título “justificaba” los atentados suicidas. Fue como encontrarnos de nuevo ante el reality show de fanáticos que domina nuestra época
Aparte de estar harta (¡otra vez!) de ese increíble puñado de fanáticos analfabetos dedicados a la violencia, me pregunto si esta última polémica significa que sir Rushdie va a pasar todavía más tiempo en conciertos de rock y desfiles de moda. O quizá las protestas tengan un efecto positivo, después de todo. Quizá las amenazas de bomba reduzcan su trepidante vida social y le obliguen a volver a escribir. ¿Será posible que, con todo esto, Rush-die vuelva a escribir otra gran novela, en vez de los materiales reciclados que ha producido últimamente?

Sin embargo, lo más importante para mí ha sido que los acontecimientos recientes me han recordado mi descubrimiento de la obra de Rushdie cuando tenía 16 años y me propuse la tarea de leer todas sus novelas, empezando por Hijos de la medianoche (en la época en la que obtuvo el premio Booker, yo era demasiado joven para leer literatura “de adultos”).

Durante aquellos cálidos días de verano en Varanasi, empecé devorando Hijos de la medianoche, luego Grimus y, por último, Vergüenza. Con los libros sujetos con las puntas de los dedos, para no llenar las páginas de sudor, leía tendida en frescos suelos de piedra roja, apoyada solamente en un almohadón bajo los codos. Por supuesto, había que dar la vuelta a la almohada para buscar el lado fresco cada 10 minutos. Después de toda una tarde leyendo, me dolía todo, el estómago, las rodillas, la espalda. Pero el suelo era la única parte fresca de la casa, en medio de un calor que hacía insoportables la ropa, la madera y todo lo demás.

No obstante, las incomodidades no importaban. Las novelas abrieron un mundo nuevo a una adolescente que había intuido algunas verdades literarias y lingüísticas relacionadas con el hecho de escribir en inglés, pero no había contado con el apoyo de profesores, medios de comunicación ni otros escritores. Rushdie demostró que era posible vapulear y transformar el inglés para que sonara como la lengua que hablábamos en el patio del colegio y en el mercado. Nos enseñó que no hacía falta tratarlo con la deferencia y el respeto en los que insistían nuestros profesores. Nos hizo ver que podíamos ignorar a los “grandes maestros (europeos)” de la novela y contar una historia como quisiéramos. Eran unas afirmaciones espléndidas y muy necesarias para toda una generación nacida 30 años después que los hijos de la medianoche.

Al acabar aquel verano, nos fuimos a vivir a Nueva York, una ciudad que hace mucho que se me quedó pequeña, pero que es hoy el hogar escogido por Rushdie. Mi raído ejemplar de Hijos de la medianoche fue conmigo y me sirvió para rememorar el hogar en el que mi abuela tenía los labios manchados de betel, los noviazgos se desarrollaban con arreglo a códigos misteriosos y la niñez estaba rodeada de temores no expresados al “estado de emergencia”. Y, sobre todo, la novela se convirtió en un recordatorio de que, incluso en el país de Bellow, Faulkner y Hemingway, yo podía escribir -y escribiría- como una india.

Cuando Rushdie publicó Los versos satánicos, yo estaba en la universidad. Recuerdo haber leído el libro tendida en un lugar mucho más cómodo, el césped del campus, bajo el sol de otoño que llena toda Nueva Inglaterra de rojo y oro. Recuerdo haberme reído con muchas cosas del libro, especialmente con las travesuras de Gibreel Farishta y las sigilosas referencias a los cotilleos de Bollywood. Mientras que en la universidad norteamericana era una especie de intrusa, la novela me permitía sentirme experta en un mundo que estaba cerrado a mis colegas no indios.

Cuando se proclamó la fatua y Rushdie se vio obligado a esconderse, no me sorprendió demasiado, aunque las razones alegadas me parecieron insostenibles. Había estudiado el islam brevemente en el colegio, durante la estancia de mi familia en Pakistán y traté, en vano, de encontrar los fragmentos “blasfemos” o, por lo menos, otros que no fueran los que figuran de una u otra forma en textos anteriores de autores musulmanes.

La tercera vez que leí la novela, me di cuenta -con la excitación que sólo una persona joven es capaz de sentir- de que lo que le ofendía al ayatolá no era la “blasfemia”. El crimen de Rushdie era algo mucho más sencillo y personal, y yo lo había visto ya en la primera lectura. Ya entonces, había admirado su valor al escribir el trozo en el que Gibreel vuelve la vista atrás y ve al líder islámico radical (claramente, el estimado ayatolá) devorando a miles de sus seguidores.

¿No era una suerte que ninguno de los fanáticos religiosos se hubiera molestado en leer la novela? ¡Cuánto mejor para el ayatolá proclamar que la novela insultaba al Profeta que decir que se sentía ofendido porque se le representaba como un oportunista asesino, excéntrico e irracional! Aquel descubrimiento me condujo a otro bien triste: el sentido del humor es la primera víctima del autoritarismo.

Sin embargo, también me enseñó otra lección importante para un escritor. Si las novelas anteriores de Rushdie habían dejado claro que podía sentirme totalmente libre para cambiar la forma, el lenguaje y el contenido -aunque fuera una india que escribía en inglés-, Los versos satánicos me enseñó a apreciar el valor como parte del repertorio de herramientas de un autor.

En los últimos años, la pluma de Rushdie parece haber perdido el filo, en la medida en que han adquirido prioridad sus apariciones sociales. Pero su hazaña inicial sigue siendo más importante y duradera que cualquier fatua y cualquier controversia: Salman Rushdie abrió de par en par las sagradas puertas de la literatura en inglés para toda una generación de escritores de las antiguas colonias. Y lo hizo en medio de alegres carcajadas y con una prosa luminosa que nos emocionó y nos encantó.

Aunque nunca volviera a escribir una sola palabra más, su obra es digna de respeto. Sólo por eso, merece el título de Caballero. Además, es la respuesta más apropiada a los fanáticos que exigen su cabeza.

Sunny Singh es india y escritora (El País, 29/06/07).

No se puede mostrar la imagen “http://www.club-masala.com/images/sunny2.gif” porque contiene errores.

Sunny Singh

 

 

http://www.sunnysingh.net/

Otro bello texto, menos crítico, más lírico, más intimista (¡también de mujer; curioso!..)que el comentado hace pocos días por mi en esta Bitácora sobre el escritor británico de origen indio Salman Rusdhie. Comparto con él la mayor parte de las apreciaciones que hace sobre la obra y la vida de Rushdie, quizá porque me veo reflejado en los sentimientos que, como comenta su autora, le afloraron con la lectura de sus obras y la vicisitudes de su vida… El final del artículo hace buena, por esta vez, la aseveración maquiavélica de que “el fin justifica los medios”… Esta vez. sí. ¡Felicidades, Sir Rushdie! (HArendt).

 

 

Posted by HArendt in 10:11:55 | Permalink | Comments (2)