Monday, June 18, 2007

Alianza de valores comunes

Las dos citas que encabezan Elogio de la diversidad, de Ramin
Jahanbegloo -”Un país no tiene que ser considerado apto para la
democracia, tiene que volverse apto mediante la democracia”, de
Amartya Sen, y “Ninguna crítica puede vivir si intenta ser exclusiva”,
de Mahatma Gandhi-, delimitan con claridad el espacio en el que se
desenvuelven las aguijadoras reflexiones del escritor iraní. Ante la
creciente ideologización de las tradiciones religiosas en los últimos
treinta años y, paralelamente a ella, la pretensión de imponer un
modelo único de civilización global -el de la modernidad occidental y
su presunto ecumenismo salvífico- ¿cómo escapar al dilema que nos
atrapa entre un asimilacionismo forzado y un multiculturalismo sin
límites? La pregunta vale no sólo para el subcontinente indostánico en
el que se centra preferentemente el análisis del autor, sino también
para los países de la Unión Europea, con sus crecientes minorías de
origen asiático y africano en las que el islam radical, aunque muy
minoritario, se disemina al amparo de las distintas corrientes
salafistas.

El desafío -o “pregunta crucial” en términos del autor- consiste en
“cómo hallar valores morales transnacionales susceptibles de ser
compartidos sin coerción ni opresión”. El diálogo interreligioso,
sobre todo entre la cristiandad y el islam, iniciado en el siglo XV
con la propuesta audaz de un concilio entre ambos por el obispo Juan
de Segovia, no ha dado como sabemos resultados concretos, más allá del
hecho del diálogo mismo. Pero, como advierte Ramin Jahanbegloo, el
quid de la cuestión radica en lo que cabría llamar alianza de valores
comunes a los credos enfrentados, mediante la cual las personas con
creencias distintas encontrarán un ámbito cívico-moral de
entendimiento.

El diálogo entre culturas, a veces secularmente opuestas, debería
conducir así a la admisión de la diversidad propia y ajena: de una
diversidad en los antípodas del extremismo político y el fanatismo
religioso antioccidental, antijudío y antimusulmán. Partiendo de la
premisa de que ningún credo religioso puede erigirse en excepción de
la ley natural y de que una civilización sólo alcanza a desenvolverse
en la medida en que se abre al contacto e influjo de las demás -la
desertización cultural de la España inquisitorial a mediados del siglo
XVII es un buen ejemplo de ello-, el autor examina con lucidez los
retos a los que se enfrenta actualmente el islam. Tras un repaso a la
vida y obra de escritores y filósofos musulmanes no exclusivistas ni
vio-lentos, como Mohamed Iqbal -cuya obra leí con gran interés hace ya
unos años-, Maulana Kalam Azad y Jan Abdul Ghaffar Jan -que
compartieron el sueño de Gandhi en una India diversa frente a la
intolerancia y persecución religiosa y étnica que condujeron al
asesinato del gran líder pacifista y culminaron en el desmembramiento
del subcontinente asiático entre India y Pakistán-, Ramin Jahanbegloo
observa: “Desde el siglo XIX, el sueño musulmán de un renacer musulmán
ha adquirido formas y proporciones diversas. Creo que la verdadera
lucha se libra entre quienes creen que una reconstrucción de la
civilización islámica sólo puede realizarse mediante la experiencia de
la modernidad y la democracia, y quienes, por el contrario, luchan con
violencia por un proyecto que pide una reproducción del modelo
original del islam. Se rechazan las ideas de modernidad y democracia,
y algunos propugnan incluso la creación de un mundo islámico global.
Pienso que el resultado de la lucha intermusulmana, y no el conflicto
entre el fundamentalismo musulmán y Occidente, determinará en última
instancia la respuesta musulmana a la globalización de la modernidad”.

Creo que dicho planteamiento es justo, y el autor rechaza con una
argumentación sólida las famosas predicciones de Huntington sobre el
choque de civilizaciones, cuyo precedente halla con razón en Spengler
y su La decadencia de Occidente, para dejar bien sentado que la
contienda se produce “entre quienes están a favor de la idea de
diversidad y quienes se oponen a ella. Se trata de la tradicional
lucha entre el odio y el miedo por una parte y la esperanza y el valor
por otra. Es una lucha entre la arrogancia de la violencia y la
responsabilidad de la no violencia. Y, en una época de pensamiento y
actuación globales en que los países y los individuos dependen unos de
otros y en que nuestro futuro será común o no será, el resultado de
este choque entre la intolerancia y el diálogo decidirá por completo
nuestro destino”.

Y los grandes textos religiosos -la Biblia, la Torá, los Evangelios,
el Corán- admiten, como sabemos, multiplicidad de lecturas, puesto que
sus conceptos, parábolas e imágenes se prestan a ello, y por dicha
razón autorizan interpretaciones antagónicas, ya sean pacíficas, ya
violentas. Si por un lado fomentan un sentido comunitario capaz de
enriquecer y dar un sentido a la vida de sus fieles, por otro pueden
provocar el exclusivismo radical y la persecución religiosa del
disidente. La historia de la cristiandad y del islam nos procuran
abundantes ejemplos de ello. Con una concisión encomiable, el autor
concluye que “una creencia es un modo de vida, no un pretexto para
imponer ese modo de vida a todos los demás”.

Con la misma justeza y nitidez, Elogio de la diversidad responde a
muchas de las preguntas que se nos plantean de cara a una
mundialización que vehicula imparablemente sus males de un continente
a otro gracias al fundamentalismo de la tecnociencia y el ubicuo
terrorismo yihadista difundido por internet. Su autor subraya la
necesidad de promover unos valores universales por encima de los
poderes políticos y de las iniquidades del poder económico: valores de
solidaridad frente a las monstruosas diferencias entre países ricos y
pobres; de reconocimiento de las culturas diversas frente al
hegemonismo de una sobre otras y el recurso a la guerra o a la
imposición por la fuerza del discurso ultranacionalista o
ultrarreligioso. En España sufrimos las heridas de ambos -de ETA y del
11-M- y por ello mismo las reflexiones de Ramin Jahanbegloo merecen
ser leídas con particular atención: “La cultura de la democracia es
inseparable del diálogo intercultural. Si, según la vieja máxima, la
guerra es demasiado importante para dejarla en manos de los generales,
el diálogo entre culturas es demasiado importante para ser dominio
exclusivo de políticos y diplomáticos. Un diálogo cultural
ininterrumpido puede cambiar el planeta entero: el paso de un mundo
cerrado de certidumbres a un mundo infinito de interrogantes”.
Imposible decir más y mejor en tan breves y sencillas palabras.

Juan Goytisolo es escritor. (El País, 18/06/07).

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Ramin Jahanbegloo
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Juan Goytisolo
 
 
 
Muy interesante el artículo de Juan Goytisolo. De su contenido, me quedo
con la citabque reproduce del iraní Ramin Jahanbegloo: “Una creencia es un modo de vida, no un
pretexto para imponer ese modo de vida a todos los demás”. Supongo,
aunque no se si es mucho suponer, que la iglesia católica española, y
algunos de sus “voceadores” políticos, podrían aplicársela a la hora
de anatemizar a los defensores del divorcio, el matrimonio homosexual,
el aborto reglado, la investigación con células madre o algo tan
elemental como la impartición de una asignatura sobre los valores de
la ciudadanía en democracia.

Este mismo artículo me ha hecho reflexionar también sobre el llamado
“Diálogo de civilizaciones”, propuesto por el presidente del gobierno
de España, José Luis Rodríguez Zapatero en septiembre de 2004 ante la
Asamblea General de Naciones Unidas, que tanta hilaridad produjo en
nuestra civilizada, cristiana y democrática derecha. En la dirección
electrónica citada más abajo se puede leer, en un artículo de la
Wikipedia, el desarrollo y aceptación que tal propuesta ha recibido
hasta ahora.

Y por último, una reflexión sobre la advertencia que los electores
franceses acaban de dar a Sarkozy en las elecciones legislativas: “No
todo el monte es orégano”, mon ami. La debacle de la izquierda no ha
sido tal y Ségolène Royal se encuentra en inmejorables condiciones
para liderarla.
(HArendt).


http://es.wikipedia.org/wiki/Alianza_de_Civilizaciones

 
 
 
 


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La guerra de los Bacevich

Perdí a mi hijo en un conflicto al que me opongo. Ambos cumplíamos con nuestro deber. Los padres que pierden a un hijo, ya sea por un accidente o por una enfermedad, inevitablemente se preguntan qué podrían haber hecho para impedir su pérdida. Cuando mi hijo de 27 años falleció en Irak a principios de mayo, me sorprendí reflexionando sobre mi responsabilidad en su muerte.

Entre los cientos de mensajes que hemos recibido mi mujer y yo, dos trataban directamente esta cuestión. Ambos me hicieron sentir culpable, al insistir en que mi oposición pública a la guerra había ofrecido ayuda y consuelo al enemigo. Ambos decían que la muerte de mi hijo fue una consecuencia directa de mis escritos contra la guerra.

Ésta puede parecer una vil acusación proferida contra un padre apenado. Pero, en realidad, se ha convertido en un elemento básico de la retórica política estadounidense, repetido incesantemente por quienes tienen un interés en dar carta blanca al presidente Bush para que libre su guerra. Al animar a “los terroristas”, los que se oponen al conflicto en Irak acrecientan el riesgo para las tropas de EE UU. Aunque la Primera Enmienda protege a los detractores de la guerra de ser juzgados por traición, no ofrece amparo para la acusación igualmente grave de no apoyar a los soldados, el equivalente civil actual a una negligencia en el cumplimiento del deber.

¿Cuál es exactamente el deber de un padre cuando envían a su hijo a una situación de peligro? Entre las muchas posibilidades para responder a esa pregunta, la mía fue ésta: al igual que mi hijo hizo todo lo posible por ser un buen soldado, yo me esforcé por ser un buen ciudadano.

Como ciudadano, desde el 11 de septiembre de 2001 he tratado de fomentar una interpretación crítica de la política exterior de EE UU. Sé que incluso ahora, la gente de buena voluntad admira en muchos sentidos la respuesta de Bush a ese fatídico día. Aplauden su doctrina de la guerra preventiva. Secundan su cruzada para propagar la democracia por el mundo musulmán y eliminar la tiranía de la faz de la Tierra. Insisten no sólo en que su decisión de invadir Irak en 2003 fue correcta, sino también en que todavía puede ganarse la guerra. Algunos, los miembros de la escuela de pensamiento que considera que la ampliación de las tropas ya está funcionando, manifiestan incluso que ven la victoria en el horizonte.

Creo que esas ideas son totalmente erróneas y están condenadas al fracaso. En libros, artículos y escritos de opinión, y en charlas con un público numeroso o escaso, he dicho lo mismo. “Una guerra larga es imposible de ganar”, escribía en The Washington Post en agosto de 2005. “Estados Unidos ha de finiquitar su presencia en Irak, y dejar en manos de los iraquíes la responsabilidad de decidir su destino y crear un espacio para que otras potencias regionales ayuden en la mediación de un acuerdo político. Hemos hecho todo lo que podíamos”.

En ningún momento esperé que mis esfuerzos cambiaran algo. Pero sí abrigaba la esperanza de que mi voz, sumada a la de otros -maestros, escritores, activistas y gente corriente-, instruyera a la ciudadanía sobre lo desatinado que era el rumbo que había emprendido el país. Esperaba que esos esfuerzos generaran un clima político que indujera un cambio. Realmente pensaba que si el pueblo hablaba, nuestros líderes en Washington escucharían y responderían.

Como he podido comprobar, era una ilusión. El pueblo ha hablado y no ha cambiado nada esencial. Las elecciones legislativas de noviembre de 2006 expresaron un repudio inequívoco a las políticas que nos han conducido a nuestra difícil situación actual. Pero medio año después, la guerra continúa, y no se atisba el final. De hecho, con el envío de más soldados a Irak (y al alargar el despliegue de quienes, como mi hijo, ya estaban allí), Bush ha demostrado su desprecio absoluto por lo que en su día se denominó curiosamente “la voluntad del pueblo”.

Para ser justos, la responsabilidad de la prolongación de la guerra ahora recae a partes iguales en los demócratas que controlan el Congreso y en el presidente y su partido. Tras la muerte de mi hijo, los senadores de mi Estado, Edward M. Kennedy y John F. Kerry, telefonearon para darme el pésame. Stephen F. Lynch, nuestro congresista, asistió al velatorio. Kerry estuvo presente en la misa. Mi familia y yo agradecimos mucho esos gestos. Pero cuando planteé a cada uno de ellos la necesidad de poner fin a la guerra, me dieron calabazas. Para ser más exacto, después de fingir sólo durante unos momentos que me escuchaban, todos me ofrecieron una enrevesada explicación que básicamente decía: yo no tengo la culpa.

¿A quién escuchan Kennedy, Kerry y Lynch? Conocemos la respuesta: a la misma gente que goza de la confianza de George W. Bush y Karl Rove, es decir, a los individuos y las instituciones con dinero.

El dinero compra acceso e influencia. El dinero engrasa el proceso que nos dará un nuevo presidente en 2008. En lo relativo a Irak, el dinero garantiza que las preocupaciones de las grandes empresas, los peces gordos del petróleo, los belicosos evangélicos y los aliados de Oriente Próximo serán escuchadas. En comparación, la vida de los soldados estadounidenses parece una ocurrencia tardía.

El Día de los Caídos, los oradores dirán que la vida de un soldado no tiene precio. No se lo crean. Sé qué valor otorga el Gobierno de EE UU a la vida de un soldado: ya me han entregado el cheque. Equivale más o menos a lo que pagarán los Yankees a Roger Clemens por cada entrada cuando empiece a lanzar el mes que viene.

El dinero mantiene el duopolio de la trivializada política de republicanos y demócratas. Confina el debate sobre política estadounidense a unos canales bien establecidos. Preserva intactos los clichés de 1933 a 1945 sobre aislacionismo y apaciguamiento, y la llamada del país a “un liderazgo global”. Inhibe cualquier informe serio sobre cuánto están costando exactamente nuestras desventuras en Irak. Ignora por completo la cuestión de quién paga en realidad. Niega la democracia, y convierte la libertad de expresión en poco más que un medio para documentar el disentimiento.

No se trata de una gran conspiración. Así es como funciona nuestro sistema.

Al alistarse en el ejército, mi hijo siguió los pasos de su padre: antes de que él naciera, yo había servido en Vietnam. Como oficiales del ejército, compartíamos una especie de irónica afinidad, ya que ambos hacíamos gala de un peculiar don para elegir la guerra equivocada en el momento equivocado. Sin embargo, él era mejor soldado: valiente, férreo e incontenible.

Sé que mi hijo hizo todo lo posible por servir a nuestro país. A través de mi oposición a una guerra profundamente insensata, yo creí estar haciendo lo mismo. En realidad, mientras él lo daba todo, yo no hacía nada. En este sentido, le fallé.

Andrew J. Bacevich es profesor de Historia y Relaciones Internacionales en la Universidad de Bostón (El País, 17/06/07).

 

 

 

 

 

 

 

 

Andrew J. Bacevich

 

 

Me resulta difícil, por no decir imposible, glosar las palabras de un hombre de bien que ha perdido a su hijo en una guerra no sólo injusta, sino lo que es peor: estúpida. Malditos sean los que las promueven y las justifican. Malditos sean los que ponen a la patrias por encima de las personas. Malditos sean los que ponen a los dioses por encima de los hombres. Malditos sean una y mil veces… (HArendt).

 

 

Posted by HArendt in 00:05:24 | Permalink | No Comments »