Monday, June 4, 2007

La civilización del espectáculo

En algún momento, en la segunda mitad del siglo XX, el periodismo de
las sociedades abiertas de Occidente empezó a relegar discretamente a
un segundo plano las   que habían sido sus funciones principales
-informar, opinar y criticar- para privilegiar otra que hasta entonces
había sido secundaria: divertir. Nadie lo planeó y ningún órgano de
prensa imaginó que esta sutil alteración de las prioridades del
periodismo entrañaría cambios tan profundos en todo el ámbito cultural
y ético. Lo que ocurría en el mundo de la información era reflejo de
un proceso que abarcaba casi todos los aspectos de la vida social. La
civilización del espectáculo había nacido y estaba allí para quedarse
y revolucionar hasta la médula instituciones y costumbres de las
sociedades libres.

¿A qué viene esta reflexión? A que desde hace cinco días no hallo
manera de evitar darme de bruces, en periódico que abro o programa
noticioso que oigo o veo, con el cuerpo desnudo de la señora Cecilia
Bolocco de Menem. No tengo nada contra los desnudos, y menos contra
los que parecen bellos y bien conservados, tal el de la señora
Bolocco, pero sí contra la aviesa manera como esas fotografías han
sido tomadas y divulgadas por el fotógrafo, a quien, según la prensa
de esta mañana, su hazaña periodística le ha reportado ya 300.000
dólares de honorarios, sin contar la desconocida suma que, por lo
visto, según la chismografía periodística, la señora Bolocco le pagó
para que no divulgara otras imágenes todavía más comprometedoras. ¿Por
qué tengo que estar yo enterado de estas vilezas y negociaciones
sórdidas? Simplemente, porque para no enterarme de ellas tendría que
dejar de leer periódicos y revistas y de ver y oír programas
televisivos y radiales, donde no exagero si digo que los pechos y el
trasero de la señora de Menem han enanizado todo, desde las degollinas
de Irak y el Líbano, hasta la toma de Radio Caracas Televisión por el
Gobierno de Hugo Chávez y el triunfo de Nicolas Sarkozy en las
elecciones francesas.

Ésas son las consecuencias de aceptar que la primera obligación de los
medios es entretener y que la importancia de la información está en
relación directamente proporcional a las dosis de espectacularidad que
pueda generar. Si ahora parece perfectamente aceptable que un
fotógrafo viole la privacidad de cualquier persona conocida para
exponerla en cueros o haciendo el amor con un amante ¿cuánto tiempo
más hará falta para que la prensa regocije a los aburridos lectores o
espectadores ávidos de escándalo mostrándoles violaciones, torturas y
asesinatos en trance de ejecutarse? Lo más extraordinario, como índice
del aletargamiento moral que ha resultado de concebir el periodismo en
particular, y la cultura en general, como diversión y espectáculo, es
que el paparazzi que se las arregló para llevar sus cámaras hasta la
intimidad de la señora Bolocco, es considerado poco menos que un héroe
debido a su soberbia performance, que, por lo demás, no es la primera
de esa estirpe que perpetra ni será la última.

Protesto, pero es idiota de mi parte, porque sé que se trata de un
problema sin solución. La alimaña que tomó aquellas fotos no es una
rara avis, sino producto de un estado de cosas que induce al
comunicador y al periodista a buscar, por encima de todo, la primicia,
la ocurrencia audaz e insólita, que pueda romper más convenciones y
escandalizar más que ninguna otra. (Y si no la encuentra, a
fabricarla). Y como nada escandaliza ya en sociedades donde casi todo
está permitido, hay que ir cada vez más lejos en la temeridad
informativa, valiéndose de todo, aplastando cualquier escrúpulo, con
tal de producir el scoop que dé que hablar. Dicen que, en su primera
entrevista con Jean Cocteau, Sartre le rogó: “¡Escandalíceme, por
favor!”. Eso es lo que espera hoy día el gran público del periodismo.
Y el periodismo, obediente, trata afanosamente de chocarlo y
espantarlo, porque ésta es la más codiciada diversión, el
estremecimiento excitante de la hora.

No me refiero sólo a la prensa amarilla, a la que no leo. Pero esa
prensa, por desgracia, desde hace tiempo contamina con su miasma a la
llamada prensa seria, al extremo de que las fronteras entre una y otra
resultan cada vez más porosas. Para no perder oyentes y lectores, la
prensa seria se ve arrastrada a dar cuenta de los escándalos y
chismografías de la prensa amarilla y de este modo contribuye a la
degradación de los niveles culturales y éticos de la información. Por
otra parte, la prensa seria no se atreve a condenar abiertamente las
prácticas repelentes e inmorales del periodismo de cloaca porque teme
-no sin razón- que cualquier iniciativa que se tome para frenarlas
vaya en desmedro de la libertad de prensa y el derecho de crítica.

A ese disparate hemos llegado: a que una de las más importantes
conquistas de la civilización, la libertad de expresión y el derecho
de crítica, sirva de coartada y garantice la inmunidad para el libelo,
la violación de la privacidad, la calumnia, el falso testimonio, la
insidia y demás especialidades del amarillismo periodístico.

Se me replicará que en los países democráticos existen jueces y
tribunales y leyes que amparan los derechos civiles a los que las
víctimas de estos desaguisados pueden acudir. Eso es cierto en teoría,
sí. En la práctica, es raro que un particular ose enfrentarse a esas
publicaciones, algunas de las cuales son muy poderosas y cuentan con
grandes recursos, abogados e influencias difíciles de derrotar, y que
lo desanime a entablar acciones judiciales lo costosas que éstas
resultan en ciertos países, y lo enredadas e interminables que son.
Por otra parte, los jueces se sienten a menudo inhibidos de sancionar
ese tipo de delitos porque temen crear precedentes que sirvan para
recortar las libertades públicas y la libertad informativa. En verdad,
el problema no se confina en el ámbito jurídico. Se trata de un
problema cultural. La cultura de nuestro tiempo propicia y ampara todo
lo que entretiene y divierte, en todos los dominios de la vida social,
y por eso, las campañas políticas y las justas electorales son cada
vez menos un cotejo de ideas y programas, y cada vez más eventos
publicitarios, espectáculos en los que, en vez de persuadir, los
candidatos y los partidos tratan de seducir y excitar, apelando, como
los periodistas amarillos, a las bajas pasiones o los instintos más
primitivos, a las pulsiones irracionales del ciudadano antes que a su
inteligencia y su razón. Se ha visto esto no sólo en las elecciones de
países subdesarrollados, donde aquello es la norma, también en las
recientes elecciones de Francia y España, donde han abundado los
insultos y las descalificaciones escabrosas.

La civilización del espectáculo tiene sus lados positivos, desde
luego. No está mal promover el humor, la diversión, pues sin humor,
goce, hedonismo y juego, la vida sería espantosamente aburrida. Pero
si ella se reduce cada vez más a ser sólo eso, triunfan la frivolidad,
el esnobismo y formas crecientes de idiotez y chabacanería por
doquier. En eso estamos, o por lo menos están en ello sectores muy
amplios de -vaya paradoja- las sociedades que gracias a la cultura de
la libertad han alcanzado los más altos niveles de vida, de educación,
de seguridad y de ocio del planeta.

Algo falló, pues, en algún momento. Y valdría la pena reaccionar,
antes de que sea demasiado tarde. La civilización del espectáculo en
que estamos inmersos acarrea una absoluta confusión de valores. Los
iconos o modelos sociales -las figuras ejemplares- lo son, ahora,
básicamente, por razones mediáticas, pues la apariencia ha reemplazado
a la sustancia en la apreciación pública. No son las ideas, la
conducta, las hazañas intelectuales y científicas, sociales o
culturales, las que hacen que un individuo descuelle y gane el respeto
y la admiración de sus contemporáneos y se convierta en un modelo para
los jóvenes, sino las personas más aptas para ocupar las primeras
planas de la información, así sea por los goles que mete, los millones
que gasta en fiestas faraónicas o los escándalos que protagoniza. La
información, en consecuencia, concede cada vez más espacio, tiempo,
talento y entusiasmo a ese género de personajes y sucesos. Es verdad
que siempre existió, en el pasado, un periodismo excremental, que
explotaba la maledicencia y la impudicia en todas sus manifestaciones,
pero solía estar al margen, en una semiclandestinidad donde lo
mantenían, más que leyes y reglamentos, los valores y la cultura
imperantes. Hoy ese periodismo ha ganado derecho de ciudad pues los
valores vigentes lo han legitimado. Frivolidad, banalidad,
estupidización acelerada del promedio es uno de los inesperados
resultados de ser, hoy, más libres que nunca en el pasado.

Esto no es una requisitoria contra la libertad, sino contra una deriva
perversa de ella, que puede, si no se le pone coto, suicidarla. Porque
no sólo desaparece la libertad cuando la reprimen o la censuran los
gobiernos despóticos. Otra manera de acabar con ella es vaciándola de
sustancia, desnaturalizándola, escudándose en ella para justificar
atropellos y tráficos indignos contra los derechos civiles.

La existencia de este fenómeno es un efecto lateral de dos conquistas
básicas de la civilización: la libertad y el mercado. Ambas han
contribuido extraordinariamente al progreso material y cultural de la
humanidad, a la creación del individuo soberano y al reconocimiento de
sus derechos, a la coexistencia, a hacer retroceder la pobreza, la
ignorancia y la explotación. Al mismo tiempo, la libertad ha permitido
que esa reorientación del periodismo hacia la meta primordial de
divertir a lectores, oyentes y televidentes, fuera desarrollándose en
proporciones cancerosas, atizada por la competencia que los mercados
exigen. Si hay un público ávido de ese alimento, los medios se lo dan,
y si ese público, educado (o maleducado, más bien) por ese producto
periodístico, lo exige cada vez en mayores dosis, divertir será el
motor y el combustible de los medios cada día más, al extremo de que
en todas las secciones y formas del periodismo aquella predisposición
va dejando su impronta, su marca distorsionadora. Hay, desde luego,
quienes dicen que más bien ocurre lo opuesto: que la chismografía, el
esnobismo, la frivolidad y el escándalo han prendido en el gran
público por culpa de los medios, lo que sin duda también es cierto,
pues una cosa y la otra no se excluyen, se complementan.

Cualquier intento de frenar legalmente el amarillismo periodístico
equivaldría a establecer un sistema de censura y eso tendría
consecuencias trágicas para el funcionamiento de la democracia. La
idea de que el poder judicial puede, sancionando caso por caso, poner
límite al libertinaje y violación sistemática de la privacidad y el
derecho al honor de los ciudadanos, es una posibilidad abstracta
totalmente desprovista de consecuencias, en términos realistas. Porque
la raíz del mal es anterior a esos mecanismos: está en una cultura que
ha hecho de la diversión el valor supremo de la existencia, al cual
todos los viejos valores, la decencia, el cuidado de las formas, la
ética, los derechos individuales, pueden ser sacrificados sin el menor
cargo de conciencia. Estamos, pues, condenados, nosotros, ciudadanos
de los países libres y privilegiados del planeta, a que las tetas y
culos de los famosos y sus “bellaquerías” gongorinas, sigan siendo
nuestro alimento cotidiano.

Mario Vargas Llosa es escritor (El País, 03/06/07).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cecilia Bolocco de Menem 

 

De culo, cuesta abajo y sin frenos… dice el dicho popular. Así
avanzamoa, a velocidad de crucero, hacia la banalidad absoluta. Lo
curioso es que la mayoría de nosotros creemos sinceramente que “eso
que nos pasan” a todas horas por las parrillas televisivas y
radiofónicas es algo que no afecta a nuestra capacidad de juicio ni
discernimiento; que no nos embrutece; que es sólo puro entretenimiento
o chismorreo divertido sin consecuencias… Pero no es verdad: nos
estamos convirtiendo en borregos que se tragan sin rechistar todo lo
que nos ponen delante…, camino del matadero. Lo que ocurre es que,
como casi siempre, el remedio puede resultar muchísimo peor que la enfermedad:
Iraq, por ejemplo.
(HArendt).

 

 

Posted by HArendt in 14:22:31 | Permalink | Comments (1) »

Embajadora de la contumacia

Si la imagen exterior de España depende de que nos visite Condoleezza Rice, estamos apañados. Y si la vuelta de Zapatero a la escena mundial va a servir para alimentar discusiones bizantinas sobre un modelo de intervenciones que ya no tienen ningún futuro, mejor sería que se quedase en la Moncloa a consolar a su amigo Sebastián. Porque España y Europa se juegan mucho en este envite, y no tiene sentido confundir a los ciudadanos dando pábulo a la idea de que la política de Bush tiene algo de aprovechable, o que puede reconducirse sobre la base de un diálogo de sordos como el que practica la secretaria de Estado con los países que, cualquiera que sea la idea que tenemos de nosotros mismos, siempre seremos bananeros para tan encumbrada dama.

Si usted ha perdido su tiempo escuchando la entrevista concedida por Rice a TVE, ya sabe que en el fondo de sus planteamientos no hay una sola rectificación del credo ideológico que engendró las últimas guerras, que sigue pretendiendo arreglar el mundo mediante la guerra y al servicio de América, y que sigue creyendo que el criminal gulag de Guantánamo es un servicio que su país está prestando a la democracia global. Tampoco se vio ninguna intención de restaurar la legalidad internacional, de cambiar las relaciones -bastante desleales- con la UE, o de abandonar la idea de que el mundo es un conglomerado informe en el que sólo es posible diferenciar a los pueblos en razón de su amistad o enemistad con el imperio americano. Y por eso es razonable pensar que a lo único que vino Rice es a compartir la derrota de sus guerras ilegales -Afganistán e Irak- con lo que ella llama «sus aliados», a pedir que le ayudemos a dominar la Cuba poscastrista, y a advertirnos de que en su próxima guerra contra el mal quiere vernos alineados y prietas las filas -recias, marciales- como en los tiempos de Aznar.

No se trata de negarle a Rice su visita de ocho horas a los indígenas de Iberia, ni de quitarle importancia al país que todavía marca la agenda internacional en forma y medida poco aconsejable. Lo único que pido es que esta visita se contextualice como corresponde, que se reconozca que es un incordio bastante grande, y que se les deje ver a los españoles de a pie que esta secretaria de Estado ya no representa en absoluto lo que fueron Kissinger, Albright e incluso Powell. Porque es evidente que el mundo está cambiando, que Europa tiene que ser una parte activa e importante de ese cambio, y que no vale la pena babearse de gusto ante los iconos del decadente pasado. Porque si algún día Estados Unidos recupera su credibilidad no será, gracias a Dios, por los caminos de Bush.

Xosé Luis Barreiro Rivas es periodista (La Voz de Galicia, 04/06/07).

 

 

 

 

 

 

 

 

Condolezza Rice

 

 

Plantarle cara a la administración Bush en su garrafal enfoque de las relaciones internacionales no debería suponer que somos desleales a la amistad y la alianza con los Estados Unidos de América. Si algunos, por ejemplo el Sr. Aznar y sus “hooligans” mediáticos lo entienden así, pues peor para ellos. Al revés, que el gobierno de una modesta potencia internacional como España se atreva a decirle a su poderoso aliado, precisamente por la lealtad debida a la misma como aliada suya, que se está equivocando, y hacerlo con dignidad, nos debería llenar de orgullo. A mi al menos, me enorgullece. (HArendt).

 

Posted by HArendt in 13:36:26 | Permalink | Comments (1) »