Friday, May 18, 2007

Una teoría de la gratitud

En un cuento titulado El cobrador, del gran escritor brasileño
Rubem Fonseca, su protagonista sostiene la extravagante idea de que
todo lo que existe en el mundo, sean objetos o personas, le
pertenecen. Todo cuanto no cae en sus manos, él ya se encargará de
cobrárselo (de aquí el título de la pieza). Si alguien posee un coche
lujoso, se convence que es él el que tendría que ser su propietario.
Una mujer hermosa no escapa a su enfermiza teoría. Verla con alguien
que no fuese él, lo pondría fuera de sus casillas. Con nadie estará
mejor esa mujer que con él, puesto que sólo un anormal azar ha puesto
a ese ser en las manos que no correspondían.

A veces da la impresión de que nos movemos por la vida con esa
insultante y peligrosa seguridad. A nada ni a nadie tenemos que
agradecer nada. A aquel personaje de ficción no le sacaríamos nunca un
gesto de agradecimiento, si se nos ocurriera el estéril propósito de
obsequiarle, por ejemplo, con una entrada para el teatro o la final de
la Champion europea de fútbol. Cogería la entrada con la
autosuficiencia del que considera que ha recuperado eso que nunca se
debió dudar que le correspondía. Qué falta hace decir gracias por algo
que nos pertenece, a lo que tenemos derecho. Nos levantamos por las
mañanas y nos desayunamos con la puntual tostada. Mientras la untamos
de mermelada ni se nos ocurre que deberíamos dar las gracias por ese
milagro de las primeras horas del día. ¿A quién o a qué deberíamos
agradecer un hecho tan doméstico? ¿Por qué deberíamos dar las gracias
por algo que nos ganamos con nuestro trabajo, sin pensar que mucha
gente que trabaja en muchas latitudes del mundo, si tiene garantizado
su desayuno puede que no lo tenga tanto el sueldo para pagar un
alquiler y una eventual necesidad sanitaria?

Nunca deja de sorprenderme esa tópica secuencia de las
películas americanas donde los comensales, antes de comenzar su
almuerzo, agradecen a Dios que les permita disfrutar de esos
alimentos. Esa secuencia puede que ilustre una manera de vida muy
alejada de la nuestra. Y una manera de escenificar una creencia
religiosa. Incluso, para muchos, una manera de subordinación
trascendental. Pero desde el punto de vista de una estética de la
existencia humana, no deja de ser un gesto de recóndita humildad en
medio de tanta autosatisfacción y prepotencia contemporánea.

Al calor de esa si se quiere manida imagen, me gusta pensar
que lo que disfruto de la vida, desde esa insignificante tostada hasta
el libro que leo, pasando por una valiosa amistad, me ha sido
obsequiado por una suerte de inexplicable generosidad que no atino a
creer que me merezca del todo. Ni todo el caudal de autoestima de la
tierra que pueda atesorar, me puede hacer creer como a un idiota que
todo lo que tengo me lo merezco absolutamente. Hay una insondable
partícula de destino o azar o de gente buena que desconozco, que me
pone en el lugar y el instante exacto de un presente inesperado. Y
ésta es la oportunidad que nos da la vida a veces para dar las
gracias, aunque no sepamos a quién o a qué.

Estoy hablando evidentemente de la gratitud. Y este
sentimiento se expresa con una milagrosa palabra: gracias. Hace unos
días leí en un trabajo académico un hecho que dio pie a estas
consideraciones. Resulta que en Finlandia, en sus escuelas de
primaria, los alumnos suelen despedirse de sus maestros estrechándoles
la mano y dándoles las gracias por los conocimientos recibidos ese
día. Con esto se podría hacer un sinfín de reflexiones sobre la
educación en Finlandia y, de paso, sobre la educación en nuestro país,
donde no creo que nuestros alumnos tengan la sana costumbre de
despedirse de sus maestros hasta el día siguiente y mucho menos de dar
las gracias por nada. Un jugoso tema para políticos especialistas en
cambios de modelos educativos de una legislatura a otra. Yo me quedo
con la imagen de esos niños expresando su gratitud por los
conocimientos adquiridos. Ellos no creen que a sus maestros no se les
deba dar las gracias por el hecho de cobrar un sueldo. Son los
conocimientos lo que cuenta. El hecho casi providencial de un saber
nuevo en medio de la rutina escolar. ¿Qué cosa puede gratificar más,
más que un sueldo incluso, que unas pequeñas manos pegándose a las
tuyas en señal de gratitud por haberles ensanchado la mente y el
espíritu? Esto también conforma un ritual, sin duda. Como los
comensales de las películas que agradecen al cielo los alimentos
recibidos. Pero es un ritual imprescindible, el de la gratitud, que no
deberíamos abandonar si no queremos acabar muy pronto como el
inquietante cobrador de Rubem Fonseca.

J. Ernesto Ayala-Dip es crítico literario (El País, 18/05/07).

 

 

 

 

 

 

 

 

Niños en el aula 

 

Hermosa reflexión acerca de una de las más bellas palabras del lengüaje, con cualquier acento, de los humanos: la palabra “gracias”. Y del ejercicio cotidiano de su práctica: la gratitud… (HArendt).

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Thursday, May 17, 2007

Claridad moral

Las piezas van cayendo una detrás de otra, como en un lento
asedio. Ahora son el fiscal general, Alberto Gonzales, y el presidente
del Banco Mundial, Paul Wolfowitz, los que se hallan en el
disparadero. Cada uno ha hecho sus méritos, pero nadie puede dudar de
que George W. Bush se enfrenta a un cobrador del frac cargado con
todas las facturas de una guerra injustificable, mal concebida, peor
organizada y finalmente perdida, que es lo peor: sabemos que la
victoria lava todos los errores, pero que la derrota carga con los
pecados propios y ajenos. También Tony Blair ha pasado por taquilla y
José María Aznar, que ha transferido la factura a Mariano Rajoy sin
darle margen para eludir los pagos.

Pero ahora está a punto de caer el personaje más complejo e
interesante de todo este grupo humano que osó la aventura de modificar
el rumbo del planeta con los resultados que se han visto. Wolfowitz es
el mayor talento intelectual de todo el grupo, y de ahí que se le haya
reconocido como el arquitecto de la guerra de Irak. La historia de la
presidencia de Bush, aún no concluida, está ya hecha: la bibliografía
ya es una biblioteca, y en ella todas las referencias nos dicen lo
mismo. Wolfowitz ha sido la eminencia gris. Pensaba en derrocar a
Sadam Husein hace ya 20 años y por eso le dolió que Bush padre no
siguiera hasta Bagdad. Anduvo entonces elaborando documentos sobre la
hegemonía global norteamericana a través de la acción unilateral. A su
influencia atribuyen algunos politólogos la revolución en política
exterior de Bush hijo. Y con el 11-S fue de los primeros en clamar por
la inexistente relación entre Sadam Husein y los atentados de
Washington y Nueva York.

Esa pieza que ahora se tambalea es la mejor de todas ellas. Se
formó en las universidades de Chicago con Alfred Wohlstetter y en
Cornell con Allan Bloom, respectivamente. Wohlsetter fue uno de los
principales estrategas de la guerra nuclear e inspiró el personaje de
Doctor Strangelove de Stanley Kubrick (Teléfono rojo, volamos hacia
Moscú, en español). Bloom ejerció una gran influencia sobre el
pensamiento conservador, especialmente a través de su libro El cierre
de la mente americana. Saul Bellow lo convirtió en el protagonista de
su novela Ravelstein, en la que un antiguo discípulo llamado Phillip
Gorman le llama para contarle los últimos chismes de Washington: es
Wolfowitz, un personaje “con el talento para encantar a los poderosos
y llegar a ser su protegido sin convertirse en una amenaza”, según
George Packer (The Assasins Gate. America in Iraq).

Bush le llama Wolfi y tiene con él muy buenas relaciones.
Ambos creen en el mal. Los dos son apóstoles de la claridad moral y
ven a Estados Unidos como el abanderado del bien en un mundo
hobbesiano y maniqueo, autorizados por su superioridad moral a usar la
fuerza para imponer sus principios inmutables. Como Benedicto XVI
combaten el relativismo moral y el apaciguamiento. Con el mal no se
pacta.

Como gran parte de los responsables de la guerra de Irak,
empezando por Bush, Wolfi se las apañó para no hacer el servicio
militar en Vietnam. Luego ha tenido la deferencia de la discreción, lo
que no es el caso del vicepresidente Dick Cheney (“Tenía otras
prioridades en los años sesenta más importantes que el servicio
militar”) o del ex embajador en Naciones Unidas John Bolton (“Confieso
que no tenía ganas de morir en un campo de arroz del sudeste
asiático”) que sirvió en la Guardia Nacional, como George W. Bush,
para evitar la guerra. No es su única situación inconsecuente en la
vida, como demuestra el lío del Banco Mundial. Bajo su vara aplicó
estrictos criterios de transparencia y de control de la corrupción.
Aunque hacía la vista gorda cuando estos males se producían en un país
donde Estados Unidos tiene intereses estratégicos.

El escándalo va a generar nuevos costes para la Casa Blanca.
La resistencia numantina suele traducirse en un desgaste que crece de
forma exponencial. Estados Unidos puede perder, gracias a la
resistencia de Wolfi y al apoyo incondicional de Bush, el derecho a
nombrar el presidente del Banco Mundial, tal como dicen unos acuerdos
tácitos que vinculan a los países accionistas. Este presidente cercado
y debilitado ya tiene un nombre sobre la mesa que le permitiría
compensar a los socios europeos y darse satisfacción a sí mismo: ni
más ni menos que Tony Blair. Pero ni así saldrá del agujero negro en
que está metido con sus neocons: belicistas que no van a la guerra,
moralistas que aplican a sus vidas códigos morales especiales,
antimultilateralistas que utilizan las instituciones multilaterales
para sus propios fines. Seguirán cayendo piezas.

Lluís Bassets es periodista (El País, 17/05/07).

 

 

 

 

 

 

 

 

Paul Wolfowitz 

 

¡Qué cosas tiene la vida! Hagan ustedes el ejercicio mental de ubicar
la situación que relata  Lluís Bassets en estos lares y no me digan que
no ven similitudes… Que Rajoy no es Paul Wolfowitz, está cantado… Que
George Bush (hijo) no es Aznar, pues que quieren que les diga… Ni por
supuesto Alfred Wohlstetter y Allan Bloom son Federico Jiménez
Losantos y César Vidal, respectivamente. El único que es el mismo,
inalterable, es S.S. Benedicto XVI, pero la verdad es que en está
historia no tiene mucho papel… Y bueno ¿les suena la música?, porque
la letra está clarísima… (HArendt).

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La magia de los números y de la aritmética

Un bello ejemplo de lo mágicos que pueden resultar los números y la aritmética cuando se sabe jugar con ellos. Disfrútenlo; merece la pena. (HArendt)

 

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Tuesday, May 15, 2007

Los jueces de la democracia

Los jueces de la democracia no pueden conformarse con ser la boca que
pronuncia o repite mecánicamente las palabras de la ley como pensaba
el tan traído y llevado Montesquieu. El juez es, por encima de todo,
una parte sustancial en la creación del derecho. Si se refugia en el
ritual de las togas y los juramentos, se convierte en una estatua
ornamental y lo que es peor, en un peligroso instrumento para la
convivencia social y la estabilidad democrática.

El juez que sólo sabe o maneja las normas legales es como un autómata
que pudiera ser sustituido, con ventaja, por un sistema inteligente de
tratamiento informático. El conocimiento jurídico, desprovisto de
cualquier acercamiento a la rica pluralidad social, ignora el papel
del jurista y del juez en una sociedad democrática en continua
transformación por su propia esencia y dinámica. Los valores
superiores -la justicia, la libertad y la igualdad-, están por encima
de cualquier lectura literal, fría e incluso despiadada de la ley, por
mucho que ésta sea el producto de las mayorías. Las leyes, pueden
ajustarse o no a los valores constitucionales, la decisión corresponde
al Tribunal Constitucional.

Los jueces que administramos en exclusiva el Poder Judicial, tenemos
la misión de actuar como contrapeso o balanza contra los excesos o
pretendidas inmunidades del poder. Un juez de la democracia no puede
decir que la ley es la ley y hay que cumplirla como si fuera una
orden. Este positivismo descarnado ha llevado a muchos juristas a
convivir con naturalidad e incluso entusiasmo, con regímenes
autoritarios y criminales. Al final algunos pagaron sus culpas en los
Tribunales de Núremberg.

No basta con jurar o prometer acatamiento a la Constitución para tener
convicciones democráticas. Es necesario integrar en la vida de cada
uno, los sentimientos, los principios y los valores que deben estar
presentes en la aplicación de la ley.

Muchas veces he tenido que afrontar críticas porque la Asociación a la
que pertenezco se denomine Jueces para la Democracia. Nos reprochan
que pretendamos monopolizar petulantemente la sigla democracia. Nos
dicen que todos los jueces son, por esencia, demócratas. Me gustaría
que así fuese. Aunque a muchos les cueste asumirlo, el juez es algo
más que un funcionario o un profesional.

Determinadas resoluciones judiciales, sobre todo en sus razonamientos
y manejo de valores, son el resultado de un sistema de selección de
jueces que estimo profundamente equivocado y sin parangón en el
panorama europeo.

Todos los poderes emanan de la soberanía popular, salvo el Poder
Judicial que brota de las Facultades de Derecho. Sólo los licenciados
en ciencias jurídicas, tienen la posibilidad de ser investidos de la
potestad de juzgar y decidir sobre vidas y haciendas.

Los médicos adquieren conocimientos prácticos en sus Facultades, los
ingenieros y otros científicos terminan con cierta habilitación para
desempeñar sus funciones. Los licenciados en Derecho terminan sus
estudios sin dominar la práctica y, como es lógico, sin experiencia
vital.

Un juez debe ser un personaje en contacto permanente con la realidad
que le va a salir al paso en cada uno de los conflictos que tendrá que
resolver. La experiencia no sólo le forma jurídicamente, también
humanamente.

El problema de la selección de los jueces, comienza, como hemos dicho,
en las Facultades de Derecho. Los estudios son excesivamente teóricos
y abstractos, se transmiten oralmente y se exigen cuentas por escrito,
cualquiera que sea el comportamiento del alumno. Es igual que
participe o se muestre indiferente, que sea habitual su concurrencia o
que pase trimestre tras trimestre en el más absoluto absentismo. Al
final sus posibilidades de superar la asignatura y pasar el curso son
prácticamente iguales.

Superado el trámite de la licenciatura, las ofertas son muy variadas.
La mayor parte optan por ponerse a estudiar, lo que revela las
carencias que la propia Universidad admite resignadamente. Puestos a
sacrificar el tiempo y torturar la mente con desgaste memorístico
inútil, se elige la oposición.

En el caso de que opten por la judicatura deben pasar horas y años
inmovilizados ante los temas que después cantan, según el argot
acuñado en el mundo de los opositores. Esta forma de valorar sus
esfuerzos es suficientemente expresiva de la inanidad de los
conocimientos memorísticos y de la superior importancia de la música
sobre la letra.

La selección de los sufridos aspirantes es aleatoria. Siempre me
resultó difícil discernir los que podían ser los mejores por sus
cualidades humanas e intelectuales. Primaba y prima la carrera contra
el reloj y la lotería de las bolas que fatídicamente te marcan, entre
más de quinientos complejos temas jurídicos, los cinco que tienes que
engranar en una hora. Si te recreas en alguna materia que dominas,
pierdes el tren de alta velocidad que te exige perentoriamente dejar
la vía expedita y pasar al tema siguiente. Si muestras criterio o
ciertas dosis de sentido común y te quedas en blanco en el “censo a
primeras cepas o el censo enfitéutico” (perdonen los lectores pero no
pienso desvelarles el apasionante misterio), tienes todas las
posibilidades de ser eliminado.

El sistema es totalmente aleatorio. Las condiciones personales del
aspirante son desconocidas por los examinadores, su serenidad de
ánimo, su escala de valores cívicos, su capacidad de persuasión y
razonamiento o formación cultural, no juegan ningún papel en esta
carrera de obstáculos con un final incierto y un vencedor siempre
imprevisible.

Gracias a muchos compañeros que se dedican a escucharles y
transmitirles otros valores, se suplen las llamativas carencias del
sistema. Al final, de forma milagrosa, se producen satisfactoriamente,
magníficos servidores de la justicia y del Estado de Derecho. El
problema radica en la imposibilidad de detectar personalidades
anómalas que constituyen una lacra generada por el propio sistema de
selección de los llamados por la Constitución a juzgar y hacer
ejecutar lo juzgado.

El lord Canciller inglés, Lyndhurst, decía con el proverbial sentido
del humor británico, que un juez debe ser ante todo un caballero
(ahora también una dama), tener una cierta dosis de valor y sentido
común y si además añade unos ciertos conocimientos de derecho le será
muy útil. Daba por sentado que las convicciones democráticas eran
inherentes a su cultura. Ha llegado el momento inaplazable, de buscar
ese modelo de juez que necesita nuestra democracia.


José Antonio Martín Pallín es magistrado emérito del Tribunal Supremo
(El País, 15/05/07).

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Iconografía de la Justicia

Valiente la crítica del magistrado Martín Pallín, Y bastante inusitada
en una profesión afectada de uno de los grados de corporativismo más
acusado (junto a la médica) de la sociedad española. No dice nada
nuevo, pero se queda corto. No solo es el proceso de selección y
formación de los jueces, es el propio sistema judicial el que hace
aguas por todos sus poros. No si razón es, la judicial, la instancia
pública peor valorada por los españoles: incluso peor que los partidos
políticos. La verdad es que Sus Señorías hacen muy poco por mejorar
esa imagen… Y respecto a la posibilidad de sustituir jueces y
magistrados por ordenadores, propongo otra solución más sencilla,
rápida y eficaz: sustituir los procesos judiciales por una moneda al
aire: cara, absuelto; cruz, culpable…

¡Qué lejana resulta aquella hermosa definición de Derecho del
Digesto del emperador Justiniano (año 533 d.C.), que lo formula como “la técnica de lo bueno y de lo justo”!                  Y añade sobre los destinados a aplicarlo: “En razón de lo cual se nos
puede llamar sacerdotes; en efecto, rendimos culto a la justicia y
profesamos el saber de lo bueno y de lo justo, separando lo justo de
lo injusto, discerniendo lo lícito de lo ilícito, anhelando hacer
buenos a los hombres, no solo por el temor de los castigos,sino también
por el estímulo de los premios, dedicados, si no yerro, a una
verdadera y no simulada filosofía”.

¡Yerras, añorado Justiniano, yerras!.. (HArendt).

 

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Demasiadas cosas prohibidas

Comprendo que vivimos en sociedad, la mayoría de nosotros en grandes grupos, cada vez más hacinada la población en las ciudades. Y comprendo que, para que la convivencia sea posible, son precisas un montón de normas y de leyes, un montón de restricciones y de prohibiciones. Lamento, sin embargo, que, en lugar de aplicarlas con cierta flexibilidad, con un mínimo sentido común, ateniéndose a las circunstancias de cada caso, los agentes de la ley las apliquen con frecuencia a rajatabla, lo cual, qué duda cabe, hace más sencillo su trabajo. Y me llena de asombro que mucha de la gente que me rodea, lejos de aceptar estas prohibiciones como un mal menor, las acoja con entusiasmo intransigente, encantada de tener oportunidad de echarte una reprimenda o de denunciarte. Todo esto puede ser muy cívico y tal vez con el tiempo lleguemos a ser un país tan ordenado como Suiza, pero ¿no crea una atmósfera un poco asfixiante? ¿No resulta muy dura, al menos para los miembros de mi generación que nos considerábamos de izquierdas y habíamos hecho de la libertad un mito, esa merma creciente de las libertades individuales?

El tabaco es nocivo, y yo misma, cuando veo a chicos y chicas jóvenes fumando por la calle, tengo que reprimirme para no darles sabios consejos que no iban a escuchar. Pero el fanatismo antitabaco -como cualquier fanatismo-, sobre todo el de los ex fumadores, su intolerancia absoluta, su falta de comprensión, me desagrada tanto que yo, que nunca he fumado, enciendo un cigarrillo. He buscado en vano, en el aeropuerto de Barcelona, un rincón para fumadores, como los hay en todos los aeropuertos que conozco, y no lo he encontrado. Y a una de mis amigas la denunciaron, sin ni siquiera advertírselo antes, por fumar a solas en su despacho. ¿No da un poco de miedo ese deseo fervoroso de algunos ciudadanos por colaborar con la ley?

Sin pretender en absoluto defender el tabaco, señalaré algo que me sorprende. Hace unos años, cuando un hombre nos preguntaba cortésmente a las mujeres si nos molestaba que encendiera un cigarrillo, todas sin excepción asegurábamos que no. ¿Cómo es posible que ahora resulte físicamente insoportable que alguien fume, o haya fumado, al otro extremo del edificio?

A todos nos molesta que por la noche los ruidos del vecindario no nos dejen dormir y es razonable que se regulen. Pero también aquí debiera existir cierta flexibilidad. No es lo mismo, por ejemplo, la noche de Fin de Año que otra noche cualquiera. Y, aunque una deteste los petardos, no llamará a la policía una noche de verbena. El pasado agosto, en Cadaqués, celebrábamos el cumpleaños de un chico, la casa era pequeña, hacía calor, y nos pusimos, dos niños, sus padres y dos amigas, a bailar y bromear en la calle. No eran todavía las once de la noche. Los vecinos nos llamaron la atención. Paramos en el acto. Pues, aun así, allí estaban a los cinco minutos los mossos, porque nos habían denunciado.

No se puede llevar a los perros a la playa. Y es razonable. Se sacuden, te mojan, te arañan dentro del agua, pisotean las bolsas y las toallas. Molestan. De modo que, también en Cadaqués, llevo a mis perros antes de las siete de la mañana a una playa alejada, donde no hay nadie (y si hay gente durmiendo no protesta, porque también se sienten en falta, ya que está prohibido dormir en la playa, o en el coche, o aparcar la roulotte o hacer camping donde se te ocurra), y voy bien provista de bolsas para recoger lo que ensucien. Pero aun así llegan los mossos, y, como la amiga que me acompaña no se ha enterado y sigue bañando a los perros, me exigen les entregue el carné de identidad.

Me he resignado a que el Estado vele por mi integridad física y me obligue a utilizar, incluso en ciudad y en los asientos traseros, el cinturón de seguridad, aunque no estoy segura de que mi integridad no sea asunto mío, como debiera serlo prolongar o no mi propia vida, pero ¿no es excesivo que, movido por su afán protector, el médico de la seguridad social amenace al paciente con no hacerle las recetas para conseguir gratis los medicamentos, si no se vacuna antes contra la gripe?

Seguramente estamos, habida cuenta de que buena parte de la izquierda supera en este aspecto el puritanismo de la derecha, en el camino correcto. Con un poco de suerte dentro de unos decenios -en un mundo donde se habrán extinguido cientos de especies animales, donde habremos dejado morir sin que se nos mueva un pelo la mitad de la población de África, donde el Mediterráneo se habrá convertido en un estercolero- seremos un país tan civilizado como el que más.

Las libertades individuales no deben de ser tan importantes, dado que no parecen importarle a casi nadie, y supongo que todos, qué remedio, nos habituaremos a sobrevivir, sin excesiva asfixia, entre ese cúmulo creciente de cosas prohibidas. Sin excesiva asfixia, pero con resquicios de rebeldía y de tristeza.

Esther Tusquets es escritora (El País, 15/05/07).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esther Tusquets 

 

El dilema entre libertad y seguridad es, como dijera el que fuera presidente de las Cortes durante la transición, Torcuato Fernández Miranda, una clásica trampa saducea. Elijas la opción que elijas te quedas cojo… Y es que, como ya comentara en este blog en ocasión anterior, libertad y seguridad son caras distintas de una misma realidad, la sociedad democrática, que necesita de las dos para sobrevivir. Yo también tengo la sensación de que estamos renunciando demasiado alegremente a cotas de libertad (que difícilmente podrán recuperarse) en aras de una seguridad que nadie está en condiciones de garantizarnos. Y me viene a la memoría de nuevo la genial y premonitoria frase de Thomas Jefferson, uno de los “padres” de la nación estadounidense: “quién renuncia a su libertad en aras de su seguridad acaba por perder ambas”. Espero equivocarme. (HArendt).

 

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Monday, May 14, 2007

Los cien años del Cardenal Tarancón

Hoy hace un siglo nacía en Burriana Vicente Enrique y Tarancón. A los
38 años fue nombrado obispo de Solsona (1946-1964). Las pastorales del
obispo más joven del Episcopado suscitaron enseguida gran interés en
la mayoría de las diócesis españolas. Le nombraron arzobispo de Oviedo
en 1964, cuando los sacerdotes obreros habían tomado partido ya a
favor de los mineros huelguistas. Le tocó presidir la famosa Asamblea
Conjunta de obispos y sacerdotes (1971) y durante diez años la
Conferencia Episcopal. Como primado de Toledo y cardenal arzobispo de
Madrid, tuvo que enfrentarse a un Gobierno que no renunciaba a las
ventajas del Estado confesional. No es fácil encontrar otro
eclesiástico español que tuviera que asumir y negociar con visión de
futuro tantas y tan graves responsabilidades de la secular “cuestión
religiosa” en España.

Durante los ocho años de la posguerra en Vinaroz y los dieciocho de
obispo en Solsona se esfuerza por llevar a la práctica una “pastoral
de diálogo”, distinta a la “de autoridad”, que venía predominando en
la comunidad católica española. Como consiliario propagandista de la
Acción Católica, durante el último trienio de la Segunda República
recorrió la mayoría de las diócesis españolas, escuchó los comentarios
de muchos obispos y se convenció de que aquella manera de pensar de
los eclesiásticos y de las clases acomodadas españolas conduciría de
manera inevitable a un enfrentamiento fratricida. Por otra parte,
aquella convivencia en la Casa del Consiliario, bajo la influencia de
Ángel Herrera, le ayudó a familiarizarse con la doctrina social de la
Iglesia y a mantener conversaciones largas en el extranjero (Roma,
Bruselas, París, etcétera) con los líderes de los movimientos obreros
católicos. Aprendió a contemplar los procesos del socialismo y del
capitalismo, no como movimientos dirigidos expresamente contra la
Iglesia sino como secuencias razonadas de determinadas concepciones
filosóficas y movimientos sociales. Sus Cartas Pastorales están
sembradas de citas de encíclicas sociales de los Papas, desde León
XIII hasta Pablo VI.

Se dio cuenta enseguida de que la guerra en España, si por un lado
había sido inevitable, por otro había aumentado los odios y la
relajación de las costumbres. En la primera de sus Pastorales, escrita
en mayo de 1946, dos meses después de tomar posesión de la diócesis,
afirma claramente: “Pareció por un momento que la guerra había de
producir una sana reacción en este sentido. Pero la realidad ha sido
muy otra de la que todos esperábamos. Después de la guerra el egoísmo
ha crecido en el corazón de los hombres de una manera alarmante”.
Cuatro años más tarde (febrero de 1950) lo afirmará con más
rotundidad: “El fenómeno ha sido extraño y triste, aunque muy
aleccionador. El ambiente de cruzada y de reacción contra el laicismo
no ha cuajado en nuestro pueblo. El ambiente oficial ha cambiado; pero
el ambiente real de nuestro pueblo no. La moral iba descendiendo antes
de la guerra y ha dado un bajón terrible después de la misma. El
ambiente religioso de nuestros pueblos se había desvanecido y todavía
no lo hemos recuperado”.

De sus Recuerdos de juventud, publicados en 1984, doy especial
importancia a la reflexión que hace después de narrar sus primeros
pasos en Vinaroz, aún no terminada la guerra: “Fue una verdadera
lástima, creo yo, que en plan diocesano y hasta nacional no se hiciese
una reflexión seria y profunda de aquellos momentos que podían ser
decisivos para el futuro del cristianismo en nuestra patria. Demasiado
fácilmente nos acogimos a las seguridades que nos ofrecía la victoria
militar” (página 250). Y más adelante confiesa: “No supimos
desprendernos de las connotaciones religioso-políticas de aquella
época. La unidad católica, que prácticamente se convertía en lo que
después se ha llamado el nacionalcatolicismo, pesaba mucho en nuestro
ánimo. El carácter triunfalista y de dominio social del catolicismo lo
considerábamos como una exigencia de la misma fe. Nos faltó a todos,
principalmente a mí, la decisión necesaria para romper moldes y
presentar a horizontes nuevos que después han sido abiertos por el
Concilio” (página 248).

Faltaba el sujeto pensante o la estructura de diálogo entrelos obispos
y de éstos con los sacerdotes. Basta citar como ejemplo el
protagonismo del Cardenal Segura, exiliado en Francia, que publicó una
pastoral en nombre de todo el Episcopado, para censurar duramente el
proyecto de Constitución de la Segunda República (25 de junio de
1931). Malogró las conversaciones que mantenía Vidal y Barraquer,
presidente en funciones de la Junta de Metropolitanos, con Alcalá
Zamora y Lerroux. El arzobispo de Tarragona estaba convencido de que
tarde o temprano se calmarían las aguas y la Iglesia podría encontrar
un hueco en la República mediante la celebración de un modus vivendi
con el Gobierno. Pero a Vidal y Barraquer no le apoyaron los católicos
españoles, que ya habían adoptado una actitud beligerante. Segura
recomendaba a los católicos que defendieran a la Iglesia “por medios
legítimos” y actuaran en la “vía pública” con prudente decisión y
energía.

La Iglesia española experimentó transformaciones muy profundas a
partir de finales de los cincuenta: en la práctica litúrgica, en la
formulación catequética, en las reformas de las congregaciones
religiosas, en el estilo y actuaciones de la acción pastoral. Había
aumentado increíblemente su presencia pública y disminuido
paralelamente su influencia social. A final de la Guerra Civil, se
partía de un “catolicismo de prácticas religiosas”, identificado
prácticamente con los vencedores. Tarancón hizo notar esta situación y
la relacionó con la degradación moral. Desde diversos sectores de la
Iglesia comienza a detectarse “la ineficacia social del catolicismo”.

Durante la década de los sesenta se producen cambios notables en la
sociedad española: el declive rápido de la población agrícola, la
emigración a la ciudad y al extranjero con el consecuente e inevitable
desarraigo de las generaciones jóvenes. Comienzan a disminuir las
vocaciones y tanto este cambio sociocultural como el Vaticano II
influyen de forma decisiva en el pensamiento religioso y la vida de la
Iglesia. La contestación de los sacerdotes se había hecho presente en
Europa, pero en España adquirió comportamientos muy visibles.

Tarancón tuvo que acceder a la presidencia en funciones de la
Conferencia Episcopal, por la muerte prematura de don Casimiro
Morcillo (30 de mayo de 1971). Desde la Santa Sede se seguía con
especial preocupación el enfrentamiento del clero con sus obispos. Fue
Pablo VI el que, al dirigirse públicamente a los cardenales de la
Curia, en junio de 1969, mencionó expresamente la Iglesia española y
recomendó a sus obispos que dialogaran más con los sacerdotes jóvenes.
Estas palabras irritaron a algunos obispos, en el seno de la
Conferencia, que pretendían distinguir entre la autoridad de Montini y
la de Pablo VI.

El Episcopado nombró una comisión especial donde figuraban los
cardenales de más autoridad y algunos obispos. Por primera vez el
Episcopado español iba a contar colectivamente con el clero mediante
una gran encuesta. Contenía 268 preguntas que fueron contestadas por
15.445 sacerdotes, un 85% de los que podían hacerlo. Más de la mayoría
absoluta consideraba positivos los cambios realizados en la Iglesia
posconciliar. El 72% de los sacerdotes diocesanos confesaba que “no
estaba preparado para orientar a los hombres sobre los problemas
económicos y sociales”. Sólo estaba de acuerdo con el régimen
franquista un 10,8%. El 57% confesaba que “las relaciones entre los
diversos grupos de presbíteros constituía un problema”. Fue necesario
organizar la Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes, primero en
cada diócesis y después en el plano nacional, ya bajo la presidencia
del cardenal Tarancón, en septiembre de 1971. Entre las conclusiones,
merecen destacarse las siguientes: de 241 votos válidos, 218 votaron a
favor de la separación de la Iglesia y el Estado. En proporción
equivalente se pronunciaban en contra del Concordato y a favor de unos
acuerdos parciales. No logró los dos tercios de los votantes, y por
tanto no pudo ser aceptada oficialmente, la proposición siguiente:
“Reconocemos humildemente y pedimos perdón porque no siempre supimos
ser verdaderos ministros de reconciliación en el seno de nuestro
pueblo, dividido por una guerra entre hermanos”. El Gobierno y sus
colaboradores en Roma lograron que se redactara un informe que
pretendía desautorizar a la Asamblea. La entrevista personal de
Tarancón con Pablo VI y una carta del secretario de Estado Villot
restablecieron la confianza de los obispos españoles.

Tarancón permaneció 10 años en la presidencia, un récord todavía no
superado. Fueron diez años de incomprensión proveniente de la extrema
derecha. Fue tajante su oposición al Concordato y al Estado
confesional, a pesar de la tozudez y subterfugios de los ministros
López Bravo y López Rodó. Los tristes acontecimientos en torno al
conato de expulsión de Mons. Añoveros y del asesinato del almirante
Carrero hicieron más notoria su gallardía y paciencia. Durante la
transición política fue consultado por los líderes políticos de
izquierdas, de centro y de derechas más notorios. Por fin la secular
“cuestión religiosa” encontró una sensata solución en el artículo 16
de la Carta Magna. Pensábamos que así Iglesia y Estado saldaban sus
cuentas con el pasado. Ahora están resurgiendo cuestiones pendientes
que en aquel clima hubieran encontrado más fácil solución.

José María Martín Patino es teólogo. (El País 14/05/07).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cardenal Vicente Enrique y Tarancón

 

No quisiera haberles dado ni siquiera la satisfacción de la crítica…
¡pero es que tan abismal la diferencia!… Supongo que envidia, sana
envidia por lo que hizo y significó el Cardenal Tarancón en una época
-esa sí, dura de verdad- los actuales rectores de la iglesia católica
española no la tendrán. La envidia es uno de los peores pecados
capitales, y eso sería impensable en tan santos varones….La
vergüenza, que es humana, si deberían sentirla, pero seguro que
tampoco. ¿Por qué iban a tenerla, mantenidos como están? Otro gallo
les cantaría si tuvieran que pagarse ellos sus manifestaciones, sus
COPES, sus guerras de religión… Vergüenza siento yo cuando les oigo
y les veo… (HArendt).

 

Posted by HArendt in 15:44:12 | Permalink | No Comments »

Marilyn en estado puro

Realmente nunca supo qué le pasaba a su cuerpo, por qué de repente un día se le había llenado de tantas curvas mortales. A los 12 años, cuando era sólo una adolescente de Los Ángeles y aún se llamaba Norma Jean Baker, se sorprendía de que los hombres volvieran bruscamente la cabeza a su paso con el peligro de romperse la nuca. A una edad en que cualquier niña apenas reconoce su propia sexualidad, ya se vio cercada por miradas de deseo que trepaban por su cuerpo como babosas: ésos fueron los primeros homenajes y también las primeras heridas que recibió, un hecho misterioso que al mismo tiempo la halagaba y la llenaba de pánico. Entre estos dos embates de admiración y lascivia comenzó Marilyn Monroe a ser zarandeada por la vida hasta la madrugada del 5 de agosto de 1962, en que la criada Eunice Murray la descubrió muerta -boca abajo, con medio cuerpo fuera de la cama, el teléfono descolgado y un tubo vacío de Nembutal en la mesilla- en su casa de Brentwood. Mientras el alma de esta chica luchaba con mucha dificultad por abrirse paso hacia el exterior a través de un cuerpo explosivo, todos los hombres que se acercaban a ella a su vez detenían siempre en la superficie su viaje porque unas formas detonantes les impedía ir más allá. Probablemente al interior de Marilyn sólo llegó Joe Di Maggio, y esa hazaña fue debida a la sensibilidad que este campeón de béisbol escondía bajo la aparente rudeza. Por otra parte, Marilyn no guardaba dentro ningún tesoro especial, sino los traumas de una infancia muy breada, siempre de acá para allá entre padrastros y orfelinatos. Hija de un padre desconocido y de una madre esquizofrénica, que tuvo que ser recluida en un psiquiátrico, Marilyn temía que la locura la visitara también a ella un día en medio de la gloria.

En la última sesión de fotos, que en 1962 Bert Stern realizó de la estrella en una suite del hotel Bel-Air de Los Ángeles, el cuerpo más adorado de Norteamérica fue inmolado ante la cámara del fotógrafo dejando a la intemperie su alma lacerada. Atrás quedó una larga historia en que Marilyn había sido sacrificada en el circo a sucesivos leones mucho más carnívoros que los del coliseo romano en tiempos de Nerón.

Aparte de que algún pariente rompiera a la niña mediante violación y que luego ella se dejara devorar por algún tipo de su camada en la oscuridad de un callejón, el cuerpo de Marilyn comenzó a ser oficialmente majado, batido y molturado a los 16 años por un vecino, soldado de la Marina, Jim Dougherty, que sería su primer marido, del que se divorciaría en Reno al año siguiente. Después fue ofrecida al consumo de camioneros con su desnudo de calendario y declarada “conejita del mes” por la revista Playboy. Por su piel pasaron, sin dejar huella todavía, actores y directores de cine: Elia Kazan, el inevitable Sinatra, el galán Yves Montand…, hasta terminar como una muñeca rubia a punto de romperse de un Kennedy a otro.

Realmente sólo se la vio enamorada del intelectual Arthur Miller, quien la exhibió en Nueva York como un trofeo de caza mayor. Él le impartía desde las alturas de la inteligencia una sonrisa complaciente y conmiserativa. Ella le correspondía desde abajo con una mirada bizca de admiración. Cuando este dramaturgo escribió para la actriz una historia de caballos salvajes, que se llamó Vidas rebeldes, los tres protagonistas de la película ya estaban a punto de estallar. A Clark Gable, el galán de la sonrisa de bigotillo y las orejas desabrochadas, fue el primero al que se le reventó el corazón. A continuación, el neurótico Montgomery Clift, que ya no era nadie después de haberse partido la cara en un accidente de coche, atiborrado de drogas hasta las cejas, bajó definitivamente los brazos y se fue hacia las tinieblas de la eternidad. Durante el rodaje, Marilyn aparecía muy macerada. Tenía una mirada desvalida y parecía dispuesta a entregarse también a un destino aciago. Había pasado el tiempo de esplendor en que el lunar situado en su mejilla izquierda, a una distancia perfecta de la comisura de los labios, era el punto sobre el que giraba todo el universo de la fascinación. No obstante, quebradiza dentro de aquel jersey de punto gordo, estaba más seductora que nunca.

Cuando al final del camino el cuerpo de Marilyn ya no impedía llegar a su alma, el fotógrafo Bert Stern y la revista Vogue trataron de convencer a la estrella para que se sometiera a una sesión. Su manager les llamó con la noticia de que la estrella aceptaba. Sin salir todavía de su asombro, Bert Stern apostó muy fuerte. Le propuso fotografiarla en estado puro, desnuda, sin maquillaje, sólo con un toque de rojo en los labios.

-Entiendo. Se trata de un trabajo creativo, ¿no es eso? -exclamó Marilyn con ironía.

-Eso es -contestó el fotógrafo.

-Acabo de operarme de la vesícula hace poco más de un mes. Espero que no se me verá la cicatriz.

-Descuida. La vamos a ocultar.

Fue el más humano de sus caprichos. El fotógrafo Bert Stern comenzó a sacrificar su cuerpo con 2.571 disparos de Hasselblad y a abrasarlo con fogonazos de magnesio hasta extraer todo el desamparo que llevaba dentro, con la espléndida belleza madura a punto de ajarse. En la misma sesión, Marilyn también posó vestida de negro. Fue el único trabajo que Vogue se atrevió a publicar. El número de la revista salió a los quioscos días después de la muerte de Marilyn. El auricular del teléfono descolgado se balanceaba al pie de la cama con el pitido de una llamada sin respuesta.

La cicatriz en forma de queloides que divide el vientre de Marilyn, lejos de romper el mito, es todo un homenaje a la humanidad. Entre ese costurón y el lunar por encima del labio está la historia de la mujer más deseada del mundo. Fotografiar a Marilyn era como fotografiar la luz. Joyas, champaña, soledad. En este álbum de fotos, al desnudo de Marilyn se le ha evaporado el Chanel nº 5, que era el único pijama con que dormía. Ahora aquel perfume sólo es su alma derrotada, bellísima.

Manuel Vicent es escritor (EPS, 11/05/07).

El reportaje fotográfico que publica El País puede verse pinchando en:

http://www.elpais.com/articulo/paginas/Marilyn/estado/puro/elppor/20070513elpepspag_5/Tes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Marilyn Monroe

 

¡Qué bella era!… Ningún varón mayor de cincuenta podrá olvidar esa figura y ese rostro… Yo la recuerdo, sobre todo, en su última película, “Vidas rebeldes”, que cita Manuel Vicent. A toro pasado resulta fácil adivinar lo que estaba por venir; pero no es verdad: Marilyn estaba bellísima, con esa belleza serena que dan los años, las palizas de la vida, los desengaños amorosos y las manipulaciones y traiciones de los hombres (¡esos Kennedy, tan humanos, en su desvergüenza!). Resulta duro y manido decir que tuvo la fortuna de morir en el momento más oportuno, antes de que su estrella se fuera apagando. Gracias a eso, pero no solo por eso, Marilyn siempre será bella y joven en nuestro recuerdo. ¡Sit tibi terra levis, Marilyn!. Amén. (HArendt).

Posted by HArendt in 11:17:38 | Permalink | No Comments »

Sunday, May 13, 2007

Genial Forges

No todo va a ser trascendencia… Un poco de humor ácido, sarcástico y genial… Como el de Forges, en el fichero adjunto. También iba a escribir sobre el mundo de los “blogs”, ese instrumento de comunicación e intercambio de información que está, digan lo que digan algunos, cambiando nuestra forma de ver el mundo. Pero eso será otro día. Hoy, sólo como aperitivo, dos magníficos. Uno sobre política internacional, de Lluís Bassets; el otro, sobre el mundo de la cultura y los libros, de mi paisano, Juan Cruz. Disfrútenlos. (HArendt).

 

 

 

 

 

 

 

 

HArendt (Teror, Gran Canaria, Mayo/07)

http://blogs.elpais.com/lluis_bassets

http://blogs.elpais.com/juan_cruz

GenialForges.pps

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¿Está Dios en los genes?

En los pucheros, en los que sufren, en los laberintos virtuales de la
Red Omnipresente, se busca a Dios por todas partes. El florecimiento
del pensamiento científico parecía esbozar el final de la fe, el
desvanecimiento de la espiritualidad trascendente. Dios dejaría de ser
la justificación de los hechos inexplicables de la naturaleza porque
la ciencia encontraría las respuestas, las razones. Han pasado dos
siglos y el 98% de la población mundial afirma creer en una fuerza
superior; el 50% la denomina Dios. Ante la evidencia, parece que la
ciencia no ha tenido más remedio que plegarse a la búsqueda. Se busca
a Dios entre las moléculas. Algunos investigadores escudriñan en el
entramado celular del complejo cerebro Sapiens sapiens y otros
rastrean la elegante doble hélice del ADN. ¿En qué lugar de la
bioquímica se encuentra el templo del Altísimo? ¿Por qué tenemos fe?

Andrew Newberg, investigador de la Universidad de Pensilvania cuyo
último libro se titula “Por qué creemos lo que creemos”, asegura que
nuestro cerebro “es esencialmente una máquina creyente porque no tiene
otra opción”. Por su parte, Dean Hammer, genetista de los Institutos
Nacionales de la Salud de EE UU, afirma en El gen de Dios que “la
espiritualidad es una de nuestras herencias básicas. Es, de hecho, un
instinto. Tenemos una predisposición genética para la creencia
espiritual”. El fundamento de tal afirmación no sólo lo sitúa en sus
investigaciones, sino en una encuesta realizada por la institución a
la que pertenece. Más de un tercio de los participantes aseguraba
haber tenido algún tipo de contacto con una poderosa fuerza
espiritual. Conviene apuntar que al mismo tiempo que se ha constatado
un aumento de la fe, han disminuido las prácticas religiosas,
subrayando de nuevo que, aunque a menudo se identifican, no es lo
mismo religión que espiritualidad.

El área de la ciencia que más pistas ha recabado sobre la posible
morada de Dios es la neurología; de hecho, hace años que se habla de
una subdisciplina cuyo nombre lo dice todo: neuroteología. Claro que
la realidad depende de los ojos que la miren porque los resultados de
los experimentos sirven a unos para demostrar la existencia de Dios, y
a otros, para afirmar que son la constatación de que el Supremo es
sólo un producto mental más. Los más prudentes dicen: “Estamos
biológicamente determinados para encontrar sentido a nuestras vidas.
Sin embargo, si Dios es una mera creación de nuestro cerebro o no,
todavía no está probado científicamente”. Así contestaba Newberg por
correo electrónico.

Newberg tiene experiencia en la exploración de lo divino en lo humano.
Ha tomado numerosas imágenes de los cerebros de monjes de distintas
confesiones y de otros voluntarios en estado de meditación u oración
profunda. De este modo, ha visto que en los momentos álgidos se
producen varios fenómenos neuronales simultáneamente. Aumenta la
actividad en las áreas frontales encargadas de focalizar la atención,
lo cual corresponde con la concentración propia de los estados de
recogimiento profundo; también se observa una sobreactivación del
sistema límbico, un grupo de estructuras asociadas a las emociones y a
la memoria. Pero el hallazgo más sorprendente fue que al mismo tiempo
se desactivan los lóbulos parietales, las regiones situadas
aproximadamente debajo de la coronilla en los dos hemisferios. Se
podría decir que esta área es la residencia del sentido del yo, es
donde radica el concepto de individualidad. La reducción de la
actividad durante la meditación o la oración tiene como consecuencia
la disolución de las fronteras entre el yo y el entorno y conduce a la
sensación de comunión con el universo, de pertenencia a la totalidad.
Exactamente lo que describen los que alcanzan un estado profundo de
trascendencia espiritual, de misticismo.

Uno de los pioneros de la búsqueda de Dios en el laberinto neuronal es
Michael Persinger, neurocientífico de la Laurentian University
(Canadá), que hace 20 años escribió un libro titulado “La base
neurofisiológica de la creencia en Dios”. Persinger estaba interesado
en descubrir por qué personas de distintas confesiones, culturas y
estatus sociocultural podían experimentar estados de iluminación tan
similares. Para ello comenzó a aplicar campos electromagnéticos
débiles, pero muy precisos, al cerebro de quienes se prestasen. El
objetivo era encontrar el área cerebral y la configuración
electromagnética que permite a algunas personas experimentar la
presencia de seres sobrenaturales. El 80% de las personas que se
pusieron el famoso casco de Dios describieron cómo se habían
encontrado con la divinidad. Aquellos que ya tenían experiencias
previas aseguraron que las sensaciones generadas por el casco eran las
mismas que las espontáneas. El propio Persinger, no siendo creyente,
experimentó un contacto con Dios mientras aplicaba los campos
magnéticos a otro. Para este neurocientífico, la morada de Dios se
encuentra en los lóbulos temporales, las regiones del cerebro situadas
sobre las orejas. Las conclusiones de Persinger estuvieron en
entredicho cuando un grupo de investigación sueco no pudo reproducir
sus resultados. La polémica se cerró sin un acuerdo claro.

Los más evolucionistas se preguntarán qué interés evolutivo puede
tener para el ser humano la capacidad para tener experiencias
místicas. “El cerebro nos da dos funciones básicas: automantenimiento
y autotrascendencia. Nos ayuda a adaptarnos y cambiar a lo largo de la
vida. La religión y la espiritualidad también nos proporcionan estas
funciones básicas, así que ofrecen beneficios sustanciales al
individuo”, dice Newberg. Dean Hammer comparte su opinión: “Sostengo
que uno de los papeles más importantes de los genes de Dios en la
selección natural es proporcionar a los humanos un innato sentido del
optimismo”. Y el optimismo, opina, “mejora la salud humana y prolonga
la vida”. De hecho, la mayoría de las personas que han vivido una
experiencia mística dicen que su vida mejoró y su percepción del mundo
cambió. Según Hammer, ese efecto se debe a que esas personas están
obligadas a plantearse “la cuestión más importante de la vida: la
consciencia. Sin ella no sabríamos quiénes somos ni adónde vamos. Sin
embargo, nunca pensamos en ella”. Cabe añadir aquí los estudios que
indican que la meditación y las creencias religiosas tienen un impacto
positivo en la salud y en la longevidad.

Los trabajos de Hammer para buscar los genes de Dios parten de
estudios con gemelos. Éstos indican que los gemelos coinciden en sus
creencias espirituales más que los hermanos no gemelos. Tras rastrear
fragmentos de ADN, el investigador identificó un gen conocido como
VMAT2. Como todos, presenta unas cuantas variantes que se diferencian
entre sí por algunas de las letras que lo componen. Hammer postula que
las personas que tienen en su genoma una de ellas tienen mayor
tendencia espiritual, más disposición a lo que describe como
autotrascendencia. Curiosamente, el supuesto gen de Dios nos remite de
nuevo al cerebro porque el VMAT2 controla el uso de un grupo de
neurotransmisores muy interesantes. Entre ellos, la dopamina y la
serotonina, dos moléculas asociadas con el placer y la felicidad y
también con sus reversos: la adicción y la depresión.

Hammer no es el único experto que relaciona la doble hélice con la
divinidad. Un científico del prestigio de Francis Collins, responsable
del consorcio público que secuenció el genoma humano, afirma que
estudiando el código genético ha encontrado a Dios porque una
complejidad semejante sólo puede ser obra de un Creador. Eso sí,
aclara que no cuestiona la evidencia de la evolución, pero en su
opinión la teoría de Darwin no está reñida con la existencia de una
inteligencia superior. Gregg Braden, un ingeniero que ha trabajado en
el desarrollo aeroespacial e Internet, es otro buscador de lo divino
que ha unido elegantemente ciencia y tradiciones espirituales y que
también ha encontrado la huella del Creador en la doble hélice. En “El
código de Dios” expone sus investigaciones sobre la Cábala, la lengua
hebrea y su paralelismo con los elementos químicos que componen el
código genético. Braden propone que el nombre de Dios está escrito en
el ADN de cada una de nuestras células, Dios está en nuestro interior.

Buena parte de la comunidad científica no quiere ni oír hablar de
Dios; unos, porque consideran que son campos radicalmente diferentes,
y otros, porque los consideran incompatibles. Entre los últimos se
encuentra el ferviente ateo y apasionado discípulo de Darwin Richard
Dawkins. Este biólogo británico despliega su armamento para fulminar a
Dios y defender la teoría de evolución, que, según él, explica la
vida. Su último libro se titula “El espejismo de Dios”. Dawkins habla
sobre todo de religión, no de espiritualidad, y la considera una
amenaza para la ciencia y para los espíritus racionales. Hammer, que
lo menciona en varios capítulos de su libro, escribe que
“irónicamente, al final ha resultado que Dawkins cree en una religión,
la ciencia, que sigue más por fe que por lógica”. Por su lado, Newberg
afirma que, “puesto que siempre estaremos atrapados en nuestro
cerebro, todos nosotros, desde el más devoto hasta el ateo más
recalcitrante, tenemos creencias. Simplemente son diferentes”.

Y en el repaso de la búsqueda científica de la divinidad, es obligado
mencionar la física. Michael Faraday, el descubridor de la inducción
electromagnética, decía que “toda la materia se mantiene en su lugar
gracias a una fuerza. Tenemos que asumir que detrás de esa fuerza
existe una mente consciente e inteligente”. Casi dos siglos después,
la física persigue la llamada partícula de Dios, es decir, el bosón de
Higgs. El apodo viene de que esta escurridiza partícula parece haber
existido sólo durante una decena de segundos después del Big Bang,
pero en su corta existencia podría haber originado toda la materia. A
pesar de que los físicos la buscan desde los años sesenta, aún no ha
sido detectada. Dios se hace de rogar.

Algunos metafísicos proponen que Dios ha caído del cielo y que se está
despertando en cada individuo para crearse a sí mismo a través de su
propia criatura. De modo que tal vez haya que buscar a Dios en las
acciones.

Ángela Boto es química (EPS, 13/05/07).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Creación (Miguel Ángel)

 

 

Formo parte de ese dos por ciento de la población mundial que no cree
en la existencia de una fuerza superior creadora e ingeniera del
universo. Sin embargo, comparto plenamente esa opinión que se niega a
identificar religión y espiritualidad. Y pienso, con toda honestidad,
que la segunda es inmensamente superior a la primera. Pero no puedo
demostrarlo; los que piensan lo contrario, tampoco… A Dios, gracias.

(HArendt).

 

 

Posted by HArendt in 14:04:46 | Permalink | Comments (2)

El jardín secreto

John Keats escribió que había que saber conformarse con la mitad del conocimiento. Es decir, que si queríamos penetrar en el misterio del mundo debíamos ser capaces de no buscar a cada momento una explicación a lo que nos sucedía en él. Es lo que suelen hacer los personajes de los cuentos infantiles y por eso pueden vivir sus aventuras. Es lo que hace Alicia, cuando corre tras el Conejo Blanco, o Wendy cuando Peter Pan la conduce a la Isla de Nunca Jamás. O lo que hace Mary Lennox, la protagonista de El jardín secreto, la hermosa novela de Francis Hodgson Burnet. La pequeña Mary viaja a casa de un tío suyo, al quedarse huérfana, y se ve obligada a pasar largas horas de soledad, pues su tío siempre está de viaje. Y en ese deambular sin tiempo, Mary descubre un día un jardín en el que no puede entrar. Ve sus tapias y los árboles, cuyas copas asoman por encima, pero no encuentra su puerta. Y aprende a amar ese jardín, antes de saber nada de él.

Cuando Wendy pregunta a Peter Pan, en pleno vuelo, que dónde está la Isla de Nunca Jamás, éste le contesta que no lo sabe. “La Isla de Nunca Jamás, no se puede buscar. Es ella la que te encuentra”. En cierta forma, es lo que la pasa a Alicia con el País de las Maravillas, o a Dorothy, en El mago de Oz, con la Ciudad Esmeralda, ya que en realidad son ese país y esa ciudad quienes las encuentran a ellas. La historia de Mary con el jardín secreto es también así. Quiere entrar en él pero tendrá que ser un petirrojo el que le proporcione la llave y le diga cómo hacerlo. Pero ni Wendy, ni el príncipe de La Bella Durmiente, ni la niña protagonista de El jardín secreto, ni por supuesto Alicia o Dorothy, hacen demasiado por vivir aventuras, se ven arrastradas a ellas. Mary Leenox se ocupa del jardín antes de saber nada él; Wendy se instala en la Isla de Nunca Jamás, con los Niños Perdidos, con la naturalidad con que lo habría hecho en la casa de sus vecinos; Alicia se va detrás del Conejo Blanco sin dudarlo; Dorothy acepta como compañeros a criaturas tan extravagantes como un Espantapájaros, un León y un Hombre de Hojalata; y el príncipe de La Bella Durmiente, acude sin preguntar a la llamada secreta de la estancia encantada. Y todos ellos se conforman con la mitad del conocimiento para vivir sus respectivas aventuras.

Pero lo maravilloso, al contrario de lo que suele decirse, no nos aparta del mundo sino que hace de ese mundo el reino de la posibilidad. Todos los niños proceden de un mundo así, de forma que bien podemos decir que ese jardín secreto es una representación de nuestra propia infancia perdida. San Agustín, en sus Confesiones, habló así de ese lugar: “De niño pasé a ser muchacho, o lo que fuera que viniera a mí ocupando el lugar de la infancia. La infancia, no obstante, no se marchó: pues ¿a dónde iba a ir? Sencillamente, dejó de estar ahí. Pues ahora no era un crío, sin habla, sino un muchacho que hablaba”.

La infancia permanece con nosotros como reino secreto. Un reino de silencio, donde se habla el lenguaje de las cosas mudas. Cuando Eneas pide a Dido que le cuente la guerra de Troya éste replica: “Indecible, reina”. Lo que es lo mismo que decir que todo lo que sucedió en ese lugar y en ese tiempo es tan singular, tan lleno de excepción, que no cabe en nuestras palabras de adultos, las palabras con las que tomamos posesión de las cosas. Ese reino mudo es el reino de la infancia, que significa literalmente incapacidad de hablar. Y por eso son tan frecuentes en los cuentos los personajes que no pueden hacerlo. La Sirenita tiene que perder su voz para acceder al reino de los hombres, y en realidad la Bella Durmiente también tiene el mismo problema: está dormida, y no puede hablar. La paradoja es que ese silencio renueva el lenguaje, y por eso en los cuentos todos hablan sin parar. No sólo los niños y las princesas, sino las ranas, las estrellas y los árboles. La niña de los gansos oye hablar a la cabeza de su caballo y luego termina hablando con una estufa, que es a la que cuenta todos sus pesares. Pero ¿todos estos mundos descritos no están tocados por la locura? ¿No lo está el País de las Maravillas con todos sus extravagantes personajes? ¿no lo está el país que visita Dorothy en El mago de Oz, no es la Isla de Nunca Jamás una jaula de grillos? Hay adultos que no soportan este barullo y se apartan de los niños sin entender que en su locura, como acertadamente supo ver Bachelard, está siempre la posibilidad de un nuevo comienzo.

Montaigne no aprobaba la pasión de hacer carantoñas a los recién nacidos, por considerar que carecían de toda actividad mental y eran indignos de nuestro amor, llegando a no soportar que se les diera de comer en su presencia, y durante mucho tiempo el niño que era demasiado pequeño para participar en la vida de los adultos sencillamente no contaba para nada. Los niños siempre han vivido en ese mundo de intersticios y grietas, un mundo que despierta de su sueño, cuando los adultos se retiran a descansar. Alicia se cuela por una de esas grietas y va a parar a ese mundo tan extraño como disparatado en el que tienen lugar sus aventuras. De pronto, la Reina de Corazones quiere cortarle la cabeza. Alicia trata de rebelarse y una baraja de naipes se arroja sobre su cabeza. Quiere quitárselos de encima y se descubre tumbada en la ribera del río con la cabeza apoyada en la falda de su hermana, que le está quitando cariñosamente unas hojas que le habían caído de los árboles.

J. M. Barrie, el autor de Peter Pan, nos dice que todas las niñas cuando crecen se transforman en unas vulgarísimas mujeres casadas, pero ¿de verdad son tan vulgares? Y si lo fueran ¿por qué contarían a sus hijos esas historias tan locas? En realidad todas las madres cuentan a sus hijos cuentos para decirles que puede que en el mundo no haya criaturas más raras y fantásticas que ellos. Tan raros son los niños que un buen día desaparecen y nunca más se les vuelve a encontrar. Para eso les cuentan historias, para hablarles de lo que pasó en aquella casa mientras ellos estuvieron allí. Sabes una cosa, les dicen, una vez me encontré a un niño como tú. Un niño que no sabía de dónde venía. Te encontré como la hija del Faraón encontró a Moisés, flotando en las aguas de un río, y eras tan guapo que, en vez de dejarte solo o tirarte a la basura o llevarte al hospicio, decidí quedarme contigo. Y luego tuve que cuidarte y fuiste creciendo y, aunque no sabía quién eras, me tenía que conformar con la mitad del conocimiento y vigilarte y estar a tu lado a todas las horas, pues vivías rodeado de peligros y de cosas extrañas. Y, cuando te ibas a la cama, acostumbraba a contarte historias. No podían ser historias vulgares porque tú no eras en absoluto vulgar. Y en esas historias hablaba de dragones, de hadas egoístas, de princesas dormidas y de hombres de hojalata que andaban buscando su corazón, pero en realidad sólo estaba hablando de lo que me pasaba al estar junto a ti. Y unas veces era como dar de comer a un pajarillo que estaba hambriento, y otras como correr detrás de un becerro que no sabía que hacer con su fuerza. Y así hasta que un día, cuando fui a buscarte a tu cuarto, ya no estabas en él. Porque los niños, no se sabe por qué, un día desaparecen, y en su lugar dejan a un muchacho o una muchacha, que pueden ser muy guapos y cariñosos pero que no es lo mismo, porque ellos no pueden colarse por el hueco de un árbol, ni son capaces de darse cuenta de que, tras el sonido de la hierba, lo que se escuchan son las pisadas del Conejo Blanco, y tras el sonido de las esquilas el tintineo de las tazas de porcelana de la Liebre de Marzo.

Y cuando tú te hagas mayor y tengas tus propios niños también te pasará lo mismo, y les contarás cuentos en que le hablarás de tu visita a esa Isla de Nunca Jamás que fue tu propia infancia. Y también una noche, cuando vayas a despedirte de ellos, encontrarás acostados en sus camas a un muchacho a una muchacha que habrán ocupado su lugar, y con los que no podrás hacer gran cosa, aunque te den mucha pena, por lo mucho que se parecen a aquel hijito que tenías, y no llegues a decírselo nunca y te quede el consuelo de pensar que también ellos una vez tendrán un niño a su lado y podrán hacer lo mismo que hiciste tú, que no fue sino lo que hicieron Alicia y Wendy cuando se hicieron mayores. Que seguían conservando “el mismo corazón sencillo y entusiasta de su niñez, y que reunían a su alrededor a otros chiquillos, y hacían brillar los ojos de los pequeños al contarles un cuento extraño”, quizá este mismo sueño del País de las Maravillas o de su fuga con Peter Pan que habían tenido años atrás. Que es lo que pasa siempre que una madre toma en sus brazos a su niño y recordando “los felices días del verano de antaño, hace suyas sus pequeñas tristezas y se alegra con sus ingenuos goces”. Y después de maravillarse de lo hermoso que es y de que haya en él tanta locura, piensa enseguida que si ahora está en el mundo debe de ser por alguna poderosa razón, aunque no llegue a saber cuál es. Lo que tampoco le importa demasiado, pues se conforma con la mitad del conocimiento.

Gustavo Martín Garzo es escritor (El País, 13/05/07).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gustavo Martín Garzo 

 

Precioso el texto de Gustavo Martín Garzo. Aquellos que ya estamos algo más que “Nel mezzo del cammin di nostra vita…” que dice Dante al inicio de su Comedia, creo que añoramos más de lo que nunca nos atreveríamos a confesar esa etapa de nuestra vida llena de “jardines secretos” que es la infancia. Maleados, en el mejor de los casos; apaleados, desgraciadamente, otros, por esa sucesiva aceptación de derrotas que es el transcurrir de la vida, agradecemos que se nos recuerde que una vez, nosotros, también fuimos niños… y soñamos. (HArendt).

 

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