Tuesday, May 22, 2007

La canción del silencio


“La política exterior de nuestro país no es ni de derechas ni
de izquierdas. Defiende los intereses de Francia en un mundo que se
reinventa cada día”. Lo escribe Bernard Kouchner en Por qué he
aceptado, un artículo publicado en Le Monde en que intenta explicar a
los suyos -la gente de izquierdas (“siempre he sido un militante de la
izquierda abierta”)- su aceptación del cargo de ministro de Asuntos
Exteriores y Europeos en el primer gobierno Sarkozy. Participar o no
participar en la guerra de Irak junto a los americanos, no sé si es de
derechas o de izquierdas, porque había mucha gente de derechas
(empezando por Chirac) que estaba en contra de la guerra y algunos,
pocos, de izquierdas (por ejemplo, Kouchner) que estaban a favor, pero
sí sé que no es lo mismo. Ir a la guerra es una decisión incompatible
con no ir a la guerra y viceversa. No hay, por tanto, una sola
política extranjera posible, porque no hay una sola manera de entender
los intereses de Francia, como no hay una sola manera de entender
cualquier conflicto de carácter político. Y esta confrontación de
posiciones es indispensable a la democracia. Sin ella, sin dos campos
que se disputan el poder, sin Gobierno y oposición, no hay democracia
posible. La defensa del interés general no puede utilizarse como
coartada para disimular el conflicto de intereses, porque el interés
general surge precisamente a partir de la confrontación de posiciones
diversas.

La política de apertura de la que Sarkozy ha hecho bandera en
el arranque de su presidencia puede leerse de dos maneras: como un
hecho de coyuntura política o como una decisión que pretende plantear
cuestiones de fondo, entre otras el sentido de la oposición
derecha-izquierda. Me recuerda a Giscard d’Estaing en el 74. Giscard,
como Sarkozy, era un candidato outsider en la derecha, que para ganar
las elecciones tuvo que imponerse previamente -con la ayuda de la
traición de Chirac- al candidato heredero del gaullismo, Chaban
Delmas. Su victoria sobre Mitterrand fue por un margen muy corto, un
punto y medio, y quiso demostrar su capacidad de integración formando
un Gobierno en el que la periodista François Giroud jugaba el papel
que Bernard Kouchner juega en éste. Aquella primavera duró poco y la
presidencia Giscard ha quedado para siempre como una promesa
inacabada. En España, hemos tenido algunos ejemplos de estos gestos
oportunistas que casi siempre acaban mal. El más ruidoso, sin duda, el
caso Garzón. Felipe González le fichó para salvar las elecciones del
93. Las salvó y después se produjo un choque de egos que acabó en
explosión atómica. Para suerte de Sarkozy, Kouchner no es juez, o sea,
que los riesgos son más limitados. En cualquier caso, la lección del
caso Garzón fue tan clara que cuando se formó el primer tripartito
desde la dirección del PSC le llegó a Maragall una consigna
innegociable: ni Garzones ni Semprunes en el Gobierno.

Podría ser, por tanto, que Nicolas Sarkozy, si consigue la
mayoría absoluta en las legislativas del próximo mes, con el objetivo
cumplido, se olvide de la apertura, todo vuelva a su cauce natural y
dentro de unos años el paso de Kouchner por el ejecutivo francés sea
una pura anécdota. Pero a mí me parece interesante contemplarlo desde
otra perspectiva: la voluntad de poner en duda la pervivencia de un
conflicto entre derecha e izquierda.

Como denunció con éxito Giscard d’Estaing en su momento, la
izquierda ha creído tener el monopolio del corazón y la derecha lo ha
vivido con cierto complejo, hasta el punto de que, aún hoy, a menudo
parece como si la derecha tuviera vergüenza de serlo. Por eso, desde
la derecha se repite tan a menudo que la distinción izquierda-derecha
no tiene sentido. Que en España la derecha quisiera esconderse podría
entenderse por el lastre del franquismo que, inevitablemente, lleva en
la mochila, pero en Francia hay pocas razones para que la derecha viva
acomplejada. Al fin y al cabo, el colaboracionismo fue una enfermedad
bastante transversalmente extendida y, en cambio, en la resistencia la
derecha tiene sus galones como la izquierda. Y, sin embargo, la
campaña de Sarkozy ha estado centrada en buena parte en reivindicar
para la derecha un patrimonio moral y echarle en cara a la izquierda
haberlo dilapidado.

La fantasía de todo gobernante cuando llega al poder es
acapararlo todo. Pero ésta es una fantasía antidemocrática y uno de
los objetivos de este complejo artefacto llamado democracia es evitar
que esto ocurra. Entre nosotros tenemos a los nacionalistas, para los
que esta fantasía es estructural: ellos se pretenden los únicos
representantes de la verdad de la patria, con lo cual quieren hacernos
creer que están por encima de cualquier contradicción terrenal, las
que corresponden a los elementales conflictos sociales de interés. La
democracia es incompatible con proyectos de movimiento nacional.

Sarkozy se ha apuntado un éxito importante seduciendo a
Kouchner y a Martin Hirsch, ex presidente de Emaus, del que se habla
menos, y son estos dos personajes, no el presidente, los que tienen
que asumir su pirueta. Kouchner dice “que le juzguemos sobre los
resultados” y que le avisamos “si le pillamos en flagrante delito de
renuncia”. Lo haremos. Pero a la izquierda corresponde demostrar el
sentido de la confrontación, la necesidad de una dialéctica permanente
entre Gobierno y oposición sin la cual la democracia, por lo menos
como la hemos entendido hasta ahora, no existe. Y los cantos de sirena
de la derecha a menudo adormecen a la izquierda.

En España hemos tenido la suerte de que Aznar quitó los
complejos a la derecha y se convirtió a la revolución conservadora
liderada por George Bush. A la izquierda le fue así muy fácil adquirir
conciencia de sí misma. Y así renació en la calle como en las urnas.
Es el poder el que ahora la está atrapando demasiado.

Pero el debate sobre el sentido de la derecha y la izquierda,
por encima de todo, lo que demuestra es la dificultad de la izquierda
de engarzar un proyecto en el actual estadio del proceso de
globalización. La izquierda está atrapada en un cierto miedo a
defender sus valores. En vez de apostar por la radicalidad
democrática, por la reinvención de la idea de progreso, por la defensa
de la dignidad de los ciudadanos y por la lucha contra la humillación
permanente de éstos, asume con mala conciencia el discurso del
autoritarismo y del orden, y las baratijas ideológicas de la pérdida
de valores y del discurso del miedo. Y sus campañas, como sus
discursos, se hacen planas y temerosas, tratando de pasar de puntillas
sobre todo lo que es delicado. Hasta llegar, a veces, a hacer del
silencio virtud. Es más difícil tener un discurso propio sobre
fiscalidad, seguridad, inmigración o vivienda, pongamos por caso, que
ponerse en la ola de la corrección política conservadora. Pero, a la
larga, esto se paga: la ciudadanía acaba inclinándose por el original
cuando ve que lo otro sólo es copia. La izquierda española y catalana
le lleva ventaja a la izquierda francesa: ya ha asumido el paradigma
liberal. Pero éste tiene más de una interpretación. Y la izquierda
tiene que hacer urgentemente la suya. Reinventarse a fondo. De lo
contrario morirá en silencio.

Josep Ramoneda es periodista (El País, 22/05/07).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Josep Ramoneda

 

 

Posted by HArendt in 16:20:42
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