Tuesday, May 15, 2007

Los jueces de la democracia

Los jueces de la democracia no pueden conformarse con ser la boca que
pronuncia o repite mecánicamente las palabras de la ley como pensaba
el tan traído y llevado Montesquieu. El juez es, por encima de todo,
una parte sustancial en la creación del derecho. Si se refugia en el
ritual de las togas y los juramentos, se convierte en una estatua
ornamental y lo que es peor, en un peligroso instrumento para la
convivencia social y la estabilidad democrática.

El juez que sólo sabe o maneja las normas legales es como un autómata
que pudiera ser sustituido, con ventaja, por un sistema inteligente de
tratamiento informático. El conocimiento jurídico, desprovisto de
cualquier acercamiento a la rica pluralidad social, ignora el papel
del jurista y del juez en una sociedad democrática en continua
transformación por su propia esencia y dinámica. Los valores
superiores -la justicia, la libertad y la igualdad-, están por encima
de cualquier lectura literal, fría e incluso despiadada de la ley, por
mucho que ésta sea el producto de las mayorías. Las leyes, pueden
ajustarse o no a los valores constitucionales, la decisión corresponde
al Tribunal Constitucional.

Los jueces que administramos en exclusiva el Poder Judicial, tenemos
la misión de actuar como contrapeso o balanza contra los excesos o
pretendidas inmunidades del poder. Un juez de la democracia no puede
decir que la ley es la ley y hay que cumplirla como si fuera una
orden. Este positivismo descarnado ha llevado a muchos juristas a
convivir con naturalidad e incluso entusiasmo, con regímenes
autoritarios y criminales. Al final algunos pagaron sus culpas en los
Tribunales de Núremberg.

No basta con jurar o prometer acatamiento a la Constitución para tener
convicciones democráticas. Es necesario integrar en la vida de cada
uno, los sentimientos, los principios y los valores que deben estar
presentes en la aplicación de la ley.

Muchas veces he tenido que afrontar críticas porque la Asociación a la
que pertenezco se denomine Jueces para la Democracia. Nos reprochan
que pretendamos monopolizar petulantemente la sigla democracia. Nos
dicen que todos los jueces son, por esencia, demócratas. Me gustaría
que así fuese. Aunque a muchos les cueste asumirlo, el juez es algo
más que un funcionario o un profesional.

Determinadas resoluciones judiciales, sobre todo en sus razonamientos
y manejo de valores, son el resultado de un sistema de selección de
jueces que estimo profundamente equivocado y sin parangón en el
panorama europeo.

Todos los poderes emanan de la soberanía popular, salvo el Poder
Judicial que brota de las Facultades de Derecho. Sólo los licenciados
en ciencias jurídicas, tienen la posibilidad de ser investidos de la
potestad de juzgar y decidir sobre vidas y haciendas.

Los médicos adquieren conocimientos prácticos en sus Facultades, los
ingenieros y otros científicos terminan con cierta habilitación para
desempeñar sus funciones. Los licenciados en Derecho terminan sus
estudios sin dominar la práctica y, como es lógico, sin experiencia
vital.

Un juez debe ser un personaje en contacto permanente con la realidad
que le va a salir al paso en cada uno de los conflictos que tendrá que
resolver. La experiencia no sólo le forma jurídicamente, también
humanamente.

El problema de la selección de los jueces, comienza, como hemos dicho,
en las Facultades de Derecho. Los estudios son excesivamente teóricos
y abstractos, se transmiten oralmente y se exigen cuentas por escrito,
cualquiera que sea el comportamiento del alumno. Es igual que
participe o se muestre indiferente, que sea habitual su concurrencia o
que pase trimestre tras trimestre en el más absoluto absentismo. Al
final sus posibilidades de superar la asignatura y pasar el curso son
prácticamente iguales.

Superado el trámite de la licenciatura, las ofertas son muy variadas.
La mayor parte optan por ponerse a estudiar, lo que revela las
carencias que la propia Universidad admite resignadamente. Puestos a
sacrificar el tiempo y torturar la mente con desgaste memorístico
inútil, se elige la oposición.

En el caso de que opten por la judicatura deben pasar horas y años
inmovilizados ante los temas que después cantan, según el argot
acuñado en el mundo de los opositores. Esta forma de valorar sus
esfuerzos es suficientemente expresiva de la inanidad de los
conocimientos memorísticos y de la superior importancia de la música
sobre la letra.

La selección de los sufridos aspirantes es aleatoria. Siempre me
resultó difícil discernir los que podían ser los mejores por sus
cualidades humanas e intelectuales. Primaba y prima la carrera contra
el reloj y la lotería de las bolas que fatídicamente te marcan, entre
más de quinientos complejos temas jurídicos, los cinco que tienes que
engranar en una hora. Si te recreas en alguna materia que dominas,
pierdes el tren de alta velocidad que te exige perentoriamente dejar
la vía expedita y pasar al tema siguiente. Si muestras criterio o
ciertas dosis de sentido común y te quedas en blanco en el “censo a
primeras cepas o el censo enfitéutico” (perdonen los lectores pero no
pienso desvelarles el apasionante misterio), tienes todas las
posibilidades de ser eliminado.

El sistema es totalmente aleatorio. Las condiciones personales del
aspirante son desconocidas por los examinadores, su serenidad de
ánimo, su escala de valores cívicos, su capacidad de persuasión y
razonamiento o formación cultural, no juegan ningún papel en esta
carrera de obstáculos con un final incierto y un vencedor siempre
imprevisible.

Gracias a muchos compañeros que se dedican a escucharles y
transmitirles otros valores, se suplen las llamativas carencias del
sistema. Al final, de forma milagrosa, se producen satisfactoriamente,
magníficos servidores de la justicia y del Estado de Derecho. El
problema radica en la imposibilidad de detectar personalidades
anómalas que constituyen una lacra generada por el propio sistema de
selección de los llamados por la Constitución a juzgar y hacer
ejecutar lo juzgado.

El lord Canciller inglés, Lyndhurst, decía con el proverbial sentido
del humor británico, que un juez debe ser ante todo un caballero
(ahora también una dama), tener una cierta dosis de valor y sentido
común y si además añade unos ciertos conocimientos de derecho le será
muy útil. Daba por sentado que las convicciones democráticas eran
inherentes a su cultura. Ha llegado el momento inaplazable, de buscar
ese modelo de juez que necesita nuestra democracia.


José Antonio Martín Pallín es magistrado emérito del Tribunal Supremo
(El País, 15/05/07).

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Iconografía de la Justicia

Valiente la crítica del magistrado Martín Pallín, Y bastante inusitada
en una profesión afectada de uno de los grados de corporativismo más
acusado (junto a la médica) de la sociedad española. No dice nada
nuevo, pero se queda corto. No solo es el proceso de selección y
formación de los jueces, es el propio sistema judicial el que hace
aguas por todos sus poros. No si razón es, la judicial, la instancia
pública peor valorada por los españoles: incluso peor que los partidos
políticos. La verdad es que Sus Señorías hacen muy poco por mejorar
esa imagen… Y respecto a la posibilidad de sustituir jueces y
magistrados por ordenadores, propongo otra solución más sencilla,
rápida y eficaz: sustituir los procesos judiciales por una moneda al
aire: cara, absuelto; cruz, culpable…

¡Qué lejana resulta aquella hermosa definición de Derecho del
Digesto del emperador Justiniano (año 533 d.C.), que lo formula como “la técnica de lo bueno y de lo justo”!                  Y añade sobre los destinados a aplicarlo: “En razón de lo cual se nos
puede llamar sacerdotes; en efecto, rendimos culto a la justicia y
profesamos el saber de lo bueno y de lo justo, separando lo justo de
lo injusto, discerniendo lo lícito de lo ilícito, anhelando hacer
buenos a los hombres, no solo por el temor de los castigos,sino también
por el estímulo de los premios, dedicados, si no yerro, a una
verdadera y no simulada filosofía”.

¡Yerras, añorado Justiniano, yerras!.. (HArendt).

 

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Demasiadas cosas prohibidas

Comprendo que vivimos en sociedad, la mayoría de nosotros en grandes grupos, cada vez más hacinada la población en las ciudades. Y comprendo que, para que la convivencia sea posible, son precisas un montón de normas y de leyes, un montón de restricciones y de prohibiciones. Lamento, sin embargo, que, en lugar de aplicarlas con cierta flexibilidad, con un mínimo sentido común, ateniéndose a las circunstancias de cada caso, los agentes de la ley las apliquen con frecuencia a rajatabla, lo cual, qué duda cabe, hace más sencillo su trabajo. Y me llena de asombro que mucha de la gente que me rodea, lejos de aceptar estas prohibiciones como un mal menor, las acoja con entusiasmo intransigente, encantada de tener oportunidad de echarte una reprimenda o de denunciarte. Todo esto puede ser muy cívico y tal vez con el tiempo lleguemos a ser un país tan ordenado como Suiza, pero ¿no crea una atmósfera un poco asfixiante? ¿No resulta muy dura, al menos para los miembros de mi generación que nos considerábamos de izquierdas y habíamos hecho de la libertad un mito, esa merma creciente de las libertades individuales?

El tabaco es nocivo, y yo misma, cuando veo a chicos y chicas jóvenes fumando por la calle, tengo que reprimirme para no darles sabios consejos que no iban a escuchar. Pero el fanatismo antitabaco -como cualquier fanatismo-, sobre todo el de los ex fumadores, su intolerancia absoluta, su falta de comprensión, me desagrada tanto que yo, que nunca he fumado, enciendo un cigarrillo. He buscado en vano, en el aeropuerto de Barcelona, un rincón para fumadores, como los hay en todos los aeropuertos que conozco, y no lo he encontrado. Y a una de mis amigas la denunciaron, sin ni siquiera advertírselo antes, por fumar a solas en su despacho. ¿No da un poco de miedo ese deseo fervoroso de algunos ciudadanos por colaborar con la ley?

Sin pretender en absoluto defender el tabaco, señalaré algo que me sorprende. Hace unos años, cuando un hombre nos preguntaba cortésmente a las mujeres si nos molestaba que encendiera un cigarrillo, todas sin excepción asegurábamos que no. ¿Cómo es posible que ahora resulte físicamente insoportable que alguien fume, o haya fumado, al otro extremo del edificio?

A todos nos molesta que por la noche los ruidos del vecindario no nos dejen dormir y es razonable que se regulen. Pero también aquí debiera existir cierta flexibilidad. No es lo mismo, por ejemplo, la noche de Fin de Año que otra noche cualquiera. Y, aunque una deteste los petardos, no llamará a la policía una noche de verbena. El pasado agosto, en Cadaqués, celebrábamos el cumpleaños de un chico, la casa era pequeña, hacía calor, y nos pusimos, dos niños, sus padres y dos amigas, a bailar y bromear en la calle. No eran todavía las once de la noche. Los vecinos nos llamaron la atención. Paramos en el acto. Pues, aun así, allí estaban a los cinco minutos los mossos, porque nos habían denunciado.

No se puede llevar a los perros a la playa. Y es razonable. Se sacuden, te mojan, te arañan dentro del agua, pisotean las bolsas y las toallas. Molestan. De modo que, también en Cadaqués, llevo a mis perros antes de las siete de la mañana a una playa alejada, donde no hay nadie (y si hay gente durmiendo no protesta, porque también se sienten en falta, ya que está prohibido dormir en la playa, o en el coche, o aparcar la roulotte o hacer camping donde se te ocurra), y voy bien provista de bolsas para recoger lo que ensucien. Pero aun así llegan los mossos, y, como la amiga que me acompaña no se ha enterado y sigue bañando a los perros, me exigen les entregue el carné de identidad.

Me he resignado a que el Estado vele por mi integridad física y me obligue a utilizar, incluso en ciudad y en los asientos traseros, el cinturón de seguridad, aunque no estoy segura de que mi integridad no sea asunto mío, como debiera serlo prolongar o no mi propia vida, pero ¿no es excesivo que, movido por su afán protector, el médico de la seguridad social amenace al paciente con no hacerle las recetas para conseguir gratis los medicamentos, si no se vacuna antes contra la gripe?

Seguramente estamos, habida cuenta de que buena parte de la izquierda supera en este aspecto el puritanismo de la derecha, en el camino correcto. Con un poco de suerte dentro de unos decenios -en un mundo donde se habrán extinguido cientos de especies animales, donde habremos dejado morir sin que se nos mueva un pelo la mitad de la población de África, donde el Mediterráneo se habrá convertido en un estercolero- seremos un país tan civilizado como el que más.

Las libertades individuales no deben de ser tan importantes, dado que no parecen importarle a casi nadie, y supongo que todos, qué remedio, nos habituaremos a sobrevivir, sin excesiva asfixia, entre ese cúmulo creciente de cosas prohibidas. Sin excesiva asfixia, pero con resquicios de rebeldía y de tristeza.

Esther Tusquets es escritora (El País, 15/05/07).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esther Tusquets 

 

El dilema entre libertad y seguridad es, como dijera el que fuera presidente de las Cortes durante la transición, Torcuato Fernández Miranda, una clásica trampa saducea. Elijas la opción que elijas te quedas cojo… Y es que, como ya comentara en este blog en ocasión anterior, libertad y seguridad son caras distintas de una misma realidad, la sociedad democrática, que necesita de las dos para sobrevivir. Yo también tengo la sensación de que estamos renunciando demasiado alegremente a cotas de libertad (que difícilmente podrán recuperarse) en aras de una seguridad que nadie está en condiciones de garantizarnos. Y me viene a la memoría de nuevo la genial y premonitoria frase de Thomas Jefferson, uno de los “padres” de la nación estadounidense: “quién renuncia a su libertad en aras de su seguridad acaba por perder ambas”. Espero equivocarme. (HArendt).

 

Posted by HArendt in 20:08:46 | Permalink | No Comments »