No hay tiempo que perder
París. Tres de la tarde. El metro está prácticamente vacío.
Una joven acaba de sentarse enfrente de mí. Lleva un cochecito con un
bebé precioso. El niño me sonríe. Le respondo. Una sonrisa, luego otra
y otra. Cada uno en su turno. Entre nosotros se entabla toda una
conversación; muda, pero apasionante. Algunas estaciones más tarde, la
mujer se levanta. La criatura agita la mano: “adiós”. En ese momento,
un hombre de mediana edad se acerca y pregunta en un tono afable: “¿Es
usted Glucksmann?”. “Sí” -respondo-. “Le he estado observando
-prosigue sin la menor agresividad-. ¿Cómo puede usted sonreír a un
niño y votar a Sarkozy?”.
En París, el candidato de la derecha sonríe desde los tablones
oficiales caracterizado con el bigote y el flequillo del Fürher.
“Sarko = facha”, “Sarko = Hitler”, “Sarko = Mussolini”: las pintadas
de los muros despiden un tufillo a estupidez izquierdista. Los “Sarko
= guiri” exhalan perfumes más nauseabundos.
La primera vuelta de las presidenciales ha constituido una
espléndida victoria para la democracia: el número de votantes y el
descalabro de los extremismos -empezando por el Frente Nacional- han
reconciliado a la sociedad francesa con la República. Un milagro que
preservaremos si -y solamente si- en la segunda vuelta se juega
limpio, proyecto contra proyecto, programa para cinco años contra
programa para cinco años; si -y solamente si- las votaciones del 6 de
mayo no degeneran en un atraco a mano armada referendario o en una
caza al hombre. Desde el momento en que la consigna “Todo Salvo
Sarkozy”, TSS, actúa como vínculo de una mayoría de churras y merinas,
las elecciones se desvirtúan. La acumulación de noes de izquierdas y
noes de derechas, el rechazo de los de arriba y el desdén de los de
abajo, el enfurruñamiento del centro y las imprecaciones extremistas
señalan un camino que no conduce a ninguna parte.
Si gana Ségolène Royal, tiene que ser gracias a las
convicciones que transmite y a las medidas que propone. Flaco favor le
estarían haciendo a ella y a Francia si la coronasen presidenta de
prestado, puro producto de la angustia artificial suscitada por un
Sarkozy transfigurado en espantapájaros brutal y xenófobo y respaldado
en el muro del dinero. Transformar la segunda vuelta, en la que se
trata de escoger entre dos candidatos, en un contraplebiscito para
exorcizar a uno -¡que viene el coco!- equivale a infantilizar
premeditadamente al electorado y a reemplazar la inteligencia del
debate de ideas por los rumores descerebrados y el qué dirán.
Es verdad que Sarkozy divide. Las soluciones que propone no
pueden gustar a todo el mundo. En lo que se refiere a Europa, desafío
crucial para los próximos años, pretende poner fin a la parálisis
mediante un tratado institucional mínimo ratificado en el Parlamento.
Nada de nuevas consultas populares. No se puede decir que la intención
sea precisamente demagógica. Por el contrario, Ségolène Royal anuncia
un referéndum bis aderezado con un “protocolo social”, lo que equivale
a dejar la decisión para el día del juicio final. Ni su propio
partido, ni las izquierdas europeas, ni mucho menos las derechas, ni
tampoco los 27 países de la Unión se entienden sobre semejante
proyecto. ¿Por qué esta ideología referendaria? Los diputados disponen
del tiempo y la documentación necesaria para descifrar los ampulosos
términos de los textos diplomáticos, y para eso los ha elegido el
pueblo.
Respecto a la igualdad, Sarkozy perturba a propios y extraños
con su llamada a la “discriminación positiva”, que obliga a las
autoridades políticas y económicas a frenar las desigualdades de hecho
provocadas por la pobreza, el domicilio, el apellido o el color de la
piel. Respecto a la laicidad, el candidato la violenta para salvarla.
¿Cómo? Proponiendo construir mezquitas con fondos públicos para que
los fieles de la segunda religión de Francia no sigan reuniéndose
cuasi clandestinamente en sótanos y garajes. ¿Acaso alguien prefiere
que el integrismo fermente en esos cuchitriles? ¿Acaso es mejor que
unos patrocinadores más que dudosos financien prédicas terroristas?
Respecto a los servicios públicos, Sarkozy sugiere un servicio mínimo
de transportes garantizado a partir de este mismo año mediante un
acuerdo negociado con los sindicatos o, en su defecto, mediante una
ley aprobada en el Parlamento.
Éstas y otras reformas, reclamadas desde hace lustros por una
mayoría de franceses, suscitan aprensiones y corren el riesgo de
molestar a algunos. Y es que Sarkozy inquieta. Tanto en estos asuntos
como en otros de igual importancia (energía nuclear, disuasión,
pensiones…), cuando se trata de enfrentarse a decisiones dolorosas,
Ségolène Royal contemporiza, invoca una multitud de “moratorias” y
aplaza las reformas urgentes para más tarde, o hasta nunca.
Dicen que Royal “une” mientras que Sarkozy “enfrenta”. ¿La
bella y la bestia? Henos aquíante dos métodos. ¿Cuál es más
democrático? ¿El de Sarkozy, que no retrocede ante las disensiones y
se atreve a presentar las alternativas a unos electores llamados a
decidir con conocimiento de causa, o el de Royal, que promete la
unidad a cualquier precio y promueve el inmovilismo?
Francia lleva treinta años vegetando en una burbuja
pospolítica. Sus dirigentes no quieren indisponerse con nadie,
enseguida pretenden unir a dos franceses de cada tres (Giscard
d’Estaing) o reconciliar definitivamente al país con sus
representantes (Mitterrand). La misma abulia se apoderó de Chirac, que
nunca se recuperó de aquel 82% accidental de 2002. Ségolène Royal se
inscribe en esa herencia. Su baza es la de no tomar partido entre los
defensores del sí en el referéndum sobre Europa y los que hicieron
triunfar el no, entre los que algunos tachan de “socioliberales” y los
que veneran sus viejas glorias estatistas, entre los propalestinos y
los amigos de Israel, los laicos y los simpatizantes del islam, los
atlantistas y los soberanistas, los que celebran y los que deploran
las 35 horas, los que quieren limitar la inmigración clandestina y los
que quieren regularizaciones masivas, etc. A todos los cuales se suman
en esta segunda vuelta unos centristas hasta ahora anatemizados como
“consustancialmente de derechas”. Para pescar todos esos peces,
Ségolène dice una cosa y la contraria. Trascendiendo las diferencias,
más allá de las oposiciones y los conflictos, pone a todo el mundo de
acuerdo… sobre nada.
A base de no querer ofender a nadie, el “círculo virtuoso” de
las uniones sagradas nos condena a dar vueltas en redondo. ¿Cuándo
subiremos al tren de los países europeos que han enderezado sus
economías -Dinamarca, Inglaterra, Irlanda, España…-? Hasta nuestro
socio alemán, afrontando con más decisión unas dificultades que son
también las nuestras, ha podido integrar a 17 millones de ciudadanos
pobres de la antigua RDA (los “ossis”) a partir de la caída del Muro,
mientras que Francia expulsaba del mercado de trabajo a millones de
jóvenes y no tan jóvenes. Ha llegado el tiempo de las reformas.
Habría, no obstante, que proponerlas antes de ir a votar para que las
urnas les concediesen una legitimidad democrática incuestionable.
Queda la objeción suprema: el noqueador de Le Pen es
“racista”, como demuestra su intención de crear un ministerio
infernal. En mi opinión, los verdaderos lepenistas son esos beatos de
izquierda y de centro que, sin dudar, presuponen que la única relación
posible entre identidad nacional e inmigración ha de ser la de
exclusión. ¿Por qué entender necesariamente que un ministerio de
inmigración e identidad nacional tiene que ser un ministerio de la
identidad contra la inmigración? ¿Qué les da derecho a tan
malintencionada interpretación? A Sarkozy de nada le sirve repetir que
la identidad francesa no es étnica, que la nación se ha enriquecido
sin cesar con las sucesivas oleadas de inmigrantes -de las que su
familia formó parte-, que frente a Vichy, la resistencia al nazismo
debe mucho a los republicanos españoles, a los armenios, a los
judíos… Es inútil. Un canalla inmundo acaba de saltarse la línea
continua.
A lo mejor Olivier Besancennot, François Bayrou y Ségolène
Royal necesitaban que viniese el lobo feroz para abrazarse en una
paupérrima comunión espiritual. El 6 de mayo, en la cabina electoral,
cada ciudadano escogerá entre dos papeletas, una para Royal, otra para
Sarkozy. Y no entre un sí o un no dirigidos a un fantasma. Esgrimir la
fórmula mágica “Todo Salvo Sarkozy” para abrirle las puertas del
Elíseo a Ségolène, diga lo que diga hoy y haga o no haga mañana, es lo
más parecido a una estafa. Sería como enterrar el magnífico despertar
de la primera vuelta, como reiterar el cártel del no que cortó en seco
el impulso europeo y perpetuar tres décadas de estancamiento y
debilitamiento francés. Y no tenemos cinco años que perder.
André Glucksmann es filósofo. (El País, 05/05/07).
Nicolas Sarkozy

