Thursday, May 31, 2007

Las despedidas de los reyes del mambo

1.- Pacto a la Navarra.- El pacto a la Navarra propuesto por Rajoy en la mañana del lunes al Partido Socialista es bueno para el Estado y excelente para Canarias. El problema consiste en que por un lado deja en evidencia la política de Zapatero con los grupos nacionalistas, como si el PP pretendiera demostrar que el presidente del Ejecutivo si consensúa con Nafarroa Bai logrará acercar más Navarra a las pretensiones independentistas de ETA, y por la otra alimenta las esperanzas de barones en entredicho tras los resultados electorales que, al reclamar para ellos la aplicación del tratado sobre la lista más votada, ponen en peligro la esencia del pacto, caso de Jaume Matas en Baleares, y de José Manuel Soria, en Gran Canaria.

Lo de este último es psiquiatría en carne viva: lleva tres días carcomiéndose las uñas, diciendo por las esquinas a los pocos íntimos que le quedan que aún puede ser presidente del Cabildo. De hecho, propuso a través de Paulino Montesdeoca, la presidencia de la citada institución a Román Rodríguez la noche del lunes. Enterado Saavedra de los impulsos sorianos lanzó en un santiamén a José Miguel Pérez para que rubricara su acuerdo con Román Rodríguez por si a Pepiño Blanco le daba por imponer la “solución Navarra”. Dicho acuerdo está firmado de palabra por dos personas que la tienen, por lo que ahora sólo cabe esperar si Juan Fernando López Aguilar es capaz de articular una oferta irrechazable hacia Coalición Canaria, oferta a realizar junta o por separado, es decir: a Paulino Rivero, y a cada uno de los grupúsculos que conforman la alianza nacionalista.

De Soria y de su mal perder electoral debe saberse que: a) en ningún modo le gusta la propuesta de Rajoy, puesto que no estar en el Gobierno autonómico le deja completamente a la intemperie ante la cantidad de actos irregulares y, tal vez, ilegales, que protagonizó en el Cabildo; necesita, por lo tanto, una guarida, tocar presupuesto, un lugar en el que acallar el descontento de los suyos. B) que una cosa es lo que dice en rueda de prensa, acatando, aparentemente, la orden de Madrid y otra, muy distinta, lo que hace; y lo que hace es seguir conspirando por detrás con Mauricio y Paulino Rivero para vertebrar un pacto autonómico al servicio de ATI al margen de las decisiones de su partido en Madrid. C) ejemplo de lo que afirmo es la comentada propuesta a la desesperada a Román Rodríguez para erigirle en presidente del Cabildo; la amenaza de su hombre en Tenerife, Ángel Llanos, indicándole a ATI que tiene la intención de pactar con socialistas (y otros) para dejar a Miguel Zerolo sin la Alcaldía de Santa Cruz de Tenerife, lo que no es más que un sencillo mensaje escrito en lenguaje chantajista; y la intención de impugnar todas las papeletas que pueda de Jerónimo Saavedra con el objeto de quitarle la mayoría absoluta, circunstancia en la que probablemente fracasará.

Y d) Entre las peticiones de Soria a Paulino Rivero hay que contar la de la presidencia de la Autoridad Portuaria; o sea: cambio de Mayoral –que ha efectuado una extraordinaria labor de gestión limpia y eficaz- por otro de la cuerda… ¿De la cuerda de quién? De Mauricio, por supuesto; alguien del perfil de Arnáiz o de Fernando González, que se someta completamente a las instrucciones de los capos de la zona.

Vamos, que el que es guarro por naturaleza lo será siempre y, desde luego, sólo los ingenuos pueden creerse que acata los deseos de los ciudadanos quien lo tuvo todo, dispuso de todo, compró lo comprable con dinero público, hizo, en fin, lo que le dio la gana en función de su voluntad al margen de cualquier rigor. Los tres, Paulino, Mauricio y Soria, siguen trabajando en la sombra para evitar al precio que sea que caigan 15 años de clientelismo.

2.- Oh, el voto de castigo.- Para la entelequia de gobernar la autonomía algunos socialistas contaban con la ayuda de Mauricio, el cual, en algún momento de los meses anteriores, se había propuesto como dinamitador de CC, pero que a resultas de los caprichos de los ciudadanos el que salió con el cerebro volatilizado tras su domingo negro fue él mismo, con lo que Canarias, este pobre Archipiélago y su proyección al mundo mundial, se quedó sin el brillante artificiero que un día pronosticó que López Aguilar había entrado por la ventana y saldría despedido por la puerta el 27 de mayo, y que, sin embargo, en una inusitada cabriola, sin duda injusta con la historia del personaje, lo condena a un final humillante que para muchos coincide, en su imaginario, exactamente con lo que se tenía merecido.

Es lo malo de la democracia: la gente vota y, pese a los límites que les imponen, es verdaderamente sincera. ¿Para cuándo una ley electoral que exima de presentarse a comicios a aquellos prohombres con inteligencia superior e infinitos recursos de todo tipo en cualquier nación que los proteja? Tanta sinceridad asusta, aunque la suma de los pecados de Mauricio sea inmensa.

Pero hay qué ver cómo funciona la memoria de la gente. Se acuerdan de la lapidación a la que sometió a Román Rodríguez, a la entrega del poder regional a ATI, a sus conchabos con unos y otros para sacar agua de la fuente para satisfacer su inacabable vanidad, y repartir, como el sargento de la plantación, los beneficios del erario público con los empresarios amigos.

Pónganle a él como uno de los principales herreros de la incomparable corrupción local y acertarán. Y póngale como uno de los entreguistas del denominado equilibrio insular y también acertarán. De hecho lo que la ciudadanía ha reprochado en estas elecciones es la irresponsabilidad de la pinza grancanaria que se monta tras el entierro de Román, con Adán Martín de presidente. Hablamos de todo aquel trasiego de Paulino Rivero, Soria y Mauricio, para seducir al malísimo de Dimas Martín para dar el control de Canarias a un insularista irreconducible, caso de Adán, además de un reparto del territorio que incluía suculentos negocios, que paso de contabilizar por estar en la mente de todos lo que fue y lo que intentó materializar, sin éxito, el denominado “clan de la avaricia”, y que ahora se intenta proseguir con el cese de Emilio Mayoral.

Termino con una paradoja final. Los periódicos de pago han tratado como si fuera un acontecimiento la despedida de Mauricio. A cinco columnas, en portada, y a lo bestia. Dirán que carezco de elegancia a la hora de despedirlo. Vale: estoy dispuesto a llevar la cruz conmigo. Pero es probable que el personaje llamara a Rajoy la noche del domingo para ofrecerle Canarias al PP, y que en estos instantes, oculto en la maleza de un adiós fervientemente publicitado, no haga otra cosa que trabajar para que Paulino Rivero sea el presidente autonómico y para que Soria salve la camisa en una eventual Vicepresidencia de un hipotético gobierno. Lo del cambio en la presidencia de la Autoridad Portuaria es compromiso suyo con los mismos que le han subvencionado las elecciones y otras cosas. No está muerto, se lo hace, aprendió de Julio Bonis que también adelantó su retirada meses antes de traicionar a Olarte y colocarse en la Consejería de la Presidencia en 2003.

Estamos de acuerdo en que vivimos el final de un ciclo por muchos anhelado. Pero pensar que los reyes del mambo se retiran a sus chalets y fundaciones a morir en paz y pactando con su conciencia, es no entender nada de los graves acontecimientos que aquí hemos vivido en los últimos veinte años, que parecen siglos, una eternidad de cambalacheos y de tomarse el voto de la gente por el pito del sereno.

Francisco J. Chavanel es periodista (Canarias Ahora, 31/05/07).

 

La república bananera de Canarias tiene nombres propios: José Carlos Mauricio, José Manuel Soria y Paulino Rivero. Es posible que sigan un tiempo más vomitando bilis, pero Canarias, y sobre todo Gran Canaria, hoy, huelen un poco más “limpio”. (HArendt).

 

 

 

 

 

 

 

 

El Hierro 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Gomera

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Palma 

 

 Tenerife

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gran Canaria 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lanzarote y La Graciosa 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuerteventura 

 

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Portadas de “El Jueves”

Deliciosas, y a veces delirantes, las portadas de El Jueves le han
sacado punta durante décadas a la política y la sociedad española. El
País publica una selección de 30 de ellas. Disfrútenlas pinchando en
la dirección de abajo.
  (HArendt).

http://www.elpais.com/fotogaleria/anos/Jueves/3941-1/elpgal/

 

 

 

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Wednesday, May 30, 2007

30 de Mayo: Día de Canarias

 
 
 
Las Islas Canarias desde el espacio 
 
 
 
¡FELICIDADES, CANARIAS! 
 
 
 
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Sunday, May 27, 2007

Muchos lectores, mala prensa / Los espías lentos, los espías cornudos

Decía Italo Calvino que la escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún periódico o libro que hable de otro libro vale más que el libro en cuestión; en cambio -añadía- hacen todo lo posible para que se crea lo contrario. Lo explicaba de esta manera: por una inversión de valores muy difundida, la introducción, el aparato crítico, la bibliografía, hacen las veces de una cortina de humo para esconder lo que el texto tiene que decir y que sólo puede decir si se lo deja hablar sin intermediarios que pretendan saber más que él. Calvino reflexionaba así explicando por qué había que leer los clásicos al margen de la arrogancia de la crítica especializada, muy dada a repartir arbitrarias patentes de calidad, pero tengo para mí que la conclusión también es válida para reivindicar la validez de las novelas de actualidad que alcanzan grandes tiradas y copioso número de lectores. Hablo de los llamados best sellers, un mundo en el que, claro está, hay de todo y por lo tanto también literatura de calidad.

Best seller fue -y sigue siéndolo- Sinuhé el egipcio, la novela de Mika Waltari que ha encendido la curiosidad de dos generaciones de lectores, abriendo las puertas de la imaginación al misterioso mundo de los faraones. El éxito de esta gran novela -y la película de Hollywood que inspiró- en España, sin duda allanaron el camino a otro “superventas”: hablo de No digas que fue un sueño, el libro de Terenci Moix cuya evocación de Cavafis fue el guiño con el que el añorado Terenci quiso congraciarse con los “Sainte-Beuve” de guardia y de uñas ante un fenómeno -los libros “superventas”- que irrita sobremanera al grueso de especialistas en crítica literaria. Terenci leía a Cavafis al igual que Frederick Forsyth -autor de Chacal, el gran best seller del último tercio del siglo XX- se confiesa admirador de Josep Conrad. En El corazón de las tinieblas, Conrad retrata con portentosa lucidez la infamia y el crimen que rezumaba la colonización belga del Congo; en Chacal, un thriller político, Forsyth describe con maestría la ofuscación de un grupo de colonialistas franceses que no dudan en recurrir al crimen en un intento desesperado -y fallido- de acabar con De Gaulle, general-presidente que había comprendido que correspondía a los argelinos decidir el destino de Argelia.

¿El personaje del capitán Marlow -la criatura de Conrad- tiene “calidad literaria” y no la tiene Chacal, el killer ideado por Forsyth? ¿Quién lo decide? ¿El crítico? ¿Los lectores? ¿El editor? Hablando de editores: ¿quién acertó, el editor catalán que rechazó el original de Cien años de soledad o los lectores de García Márquez que convirtieron la saga del coronel Aureliano Buendía en uno de los mayores best sellers de todos los tiempos? Señalo el caso de Cien años de soledad, pero como ejemplo también podría servir la peripecia vivida por Giuseppe Tomasi de Lampedusa cuando le rechazaron el texto de Il Gattopardo.

¡Claro que hay best sellers que adolecen de falta de calidad literaria! Pero no se puede generalizar, porque hay otros que están muy bien escritos. El Conde de Montecristo habría sido considerado una novela de segunda por algunos de los críticos que hace unos años proclamaban la virtud de El desierto de los tártaros o de quienes quieren hacer creer que fuera de Joyce no hay salvación. Margarita Yourcenar, con su inolvidable Memorias de Adriano, o Robert Graves, con Yo, Claudio, o Umberto Eco, con El nombre de la rosa, son claros ejemplos de autores que han logrado conquistar a todos los públicos, no sólo a los eruditos. Por no hablar de un autor más cercano, Arturo Pérez-Reverte, que mientras vendía miles de libros en todo el mundo algunos críticos se complacían en aguijonear su obra. Hoy, Pérez-Reverte es académico y quienes le criticaban continúan estando donde estaban.

El por qué algunos libros se convierten en éxitos de ventas y otros no es casi un misterio, que no he logrado que me desvelen ni siquiera los muchos libreros que he conocido en estos últimos años. La mayoría coincide en que la mejor y más exhaustiva campaña de marketing puede ayudar a vender unos cuantos miles de libros, pero no a convertirlos en éxitos de ventas. Es el boca a boca lo que funciona, son los lectores los que tienen la última palabra más allá de las recomendaciones de los críticos o de la publicidad. Ésa es la magia de los libros, el factor inesperado que hace que unos lleguen al corazón de los lectores y otros no.

Ya les gustaría a los editores, y no digamos a los escritores, lo confiesen o no, conocer la fórmula mágica que convirtiera en éxito de ventas cuanto escriben. Pero esa fórmula no existe. Ni todos los libros que se venden mucho carecen de calidad literaria ni los que apenas llegan a poco más que unos cientos de lectores son extraordinarios.

Volviendo a Italo Calvino, el máximo “rendimiento” de la lectura de los clásicos, de las grandes obras, lo obtiene quien sabe alternarla con la lectura de actualidad. Con la lectura de los best sellers, libros de actualidad que entretienen y hacen vivir aventuras a millones de lectores cuya vida no tiene otro misterio que vivir. No es poco. (Julia Navarro: “Muchos lectores, mala prensa”).


No es fácil trazar la línea que separa el valor literario de aquello que no lo posee. Pero por simplificar cabría decir que es literatura la obra que construye el mundo, la que no lo deja tal cual estaba antes de ser escrita. Al lector de literatura le gusta sobre todo que lo descoloquen, que le desmonten sus ideas preconcebidas, que le obliguen a releer y, releyendo, a pensar. Es un lector que busca un interrogante donde antes había una respuesta. Visto así, lo literario es aquello que, por seguir simplificando, aportan autores como Kafka, como Borges, en el sentido de que antes de Kafka no existía lo kafkiano, ni antes de Borges lo borgiano. En literatura lo que importa por encima de todo es la visión personal, la inteligencia. Y el estilo, aquella forma singular de usar las palabras que permite al escritor verdadero ayudarnos a pensar el mundo de nuevo.

En cambio, el principio rector de las obras que no buscan sino el entretenimiento suele ser precisamente lo contrario: dejar el mundo tal cual está, y ahorrarle al lector el trabajo de pensar. El mejor entretenimiento es sin duda aquel que nos obliga a avanzar apresuradamente en la lectura a fin de salir de la angustia que nos produce no saber quién es el asesino, no estar seguros de si el chico y la chica podrán finalmente casarse. Son obras que pueden estar mejor o peor escritas, mejor o peor narradas, pero tienden por lo general a cumplir las reglas del juego y repetir más o menos miméticamente modelos previos.

Así ocurre con buena parte de la actual novela española de género histórico o histérico, fantasioso o filibustero, que tan buena acogida tiene en las listas de superventas y en las conversaciones de la gente educada. Sus autores son los hijos tardíos de Vicente Blasco Ibáñez, aquella magnífica fábrica de historias que más de una y de dos veces nutrió la imaginación de los guionistas de Hollywood. En mi opinión muy personal, este fenómeno supone un enorme paso adelante en relación con los bodrios de los años (y siglos) en los que aquí se confundía la literatura con los refinamientos léxicos o estilísticos, y que nos condujeron a ser una de las más tediosas y menos traducidas literaturas del universo. Como mínimo, nuestros actuales novelistas de género son al menos narradores, predecibles sin duda, poco dados a darnos quebraderos de cabeza, pero con un afán encomiable por practicar el arte de contar historias.

Pero hecho el elogio de lo literario, y relativizado el valor de los libros de entretenimiento, veamos si es posible salir del atasco en el que se han metido ciertos rese-ñistas, pues ellos ni verán el reino de los cielos, ni permitirán que lo vean quienes hacen caso de su maniquea división del mundo entre bestselleros y literatos.

Hay en la historia ejemplos indiscutibles de feliz matrimonio de la inteligencia artística con el éxito de público. Como William Shakespeare. Es cierto que pasó sus horas bajas en la época neoclásica, durante la cual su combinación de lo cómico con lo truculento hizo que los tribunales del buen gusto le condenaran al infierno de los zafios. Pero en su tiempo fue un autor gloriosísimo, y en el siglo XX y lo que llevamos del XXI debe de ser uno de los autores más representados del universo mundo. Y malo del todo no es, y cuando decimos shakesperiano sabemos lo que decimos (y tan rico es su universo que decimos al menos veinticinco cosas, todas ellas shakesperianas).

Más cerca de nosotros, Arturo Pérez-Reverte ha hecho la hombrada de arrancar El pintor de batallas como una novelilla de género (un hombre vive tranquilo junto al mar hasta el día en que aparece otro que le anuncia que ha ido a matarle) para luego desarrollar en forma de complejos diálogos todo un ensayo acerca de la realidad y su reproducción fotográfica o pictórica, y no por ello ha dejado de vender varios cientos de miles de ejemplares. Javier Marías es un autor de grandes ventas, y lo es a pesar de que jamás en la historia de la novela ha tardado tanto ningún personaje en dar el paso que lo lleva de un peldaño al siguiente como en su reciente trilogía (Tu rostro mañana) acerca de ese peculiar espía suyo tan español, tan británico, que atiende al nombre de Deza, pero sólo a veces. Y grandes ventas consigue cada tres por cuatro Eduardo Mendoza, que se inventó un verano a Gurb, el extraterrestre más tierno de nuestra literatura, única lectura obligatoria y feliz a un tiempo de nuestros desdichados bachilleres. Y miles de lectores tiene Juan José Millás, que afina cada vez más la puntería en su afán por deconstruir la difícil vida conyugal y cotidiana de nuestros tiempos, como los tiene Fernando Savater cuando habla públicamente con su hijo Amador, a ver si el personal aprende dos o tres cosillas sobre ética y política.

Todos ellos, y algunos más, demuestran que la calidad y la inteligencia no están reñidos con las grandes ni con las grandísimas ventas. Especial interés, en la discusión que motiva estas líneas, tienen los casos limítrofes. Mencionaré sólo uno: John Le Carré. Es cierto: las suyas son novelas de género, del género de espías (con un poquito más de acción que las de Marías, sin duda), y apenas se apartan de las reglas que lo rigen. Pero hay un mundo de Le Carré que es sólo de Le Carré y que no estaba en nuestro mundo hasta que él lo creó. Y no me refiero a su noble afán por defender cuantas causas nobles hay en el mundo, sino a su personalísima creación del personaje del cornudo. No hay cornudos mejores ni más interesantes ni singulares que los cornudos de Le Carré. Su mayor aportación al entendimiento del mundo no es tanto el universo del espionaje funcionarial, que hasta su llegada al género no existía, sino la voluble, adorable y sutil recreación del alma del cornudo, asunto poco comercial donde los haya. Pese a lo cual las novelas de John Le Carré venden decenas de miles de ejemplares en español y centenares de miles de ejemplares en inglés y en todos los idiomas del mundo. ¿Existe entonces algún tipo de incompatibilidad entre la literatura y el éxito de ventas? (Enrique Murillo: “Los espías lentos, los espías cornudos”).).

 

JULIA NAVARRRO es escritora y periodista / ENRIQUE MURILLO es editor y escritor (El País, 27/05/07).

 

 

 

Homero


Hoy votamos. Y podemos seguir hablando de literatura mientras lo hacemos. Hace unos días discutíamos una buena amiga bilbaina, su novio y yo mismo sobre “buena y mala literatura” entre los superventas… Con los ejemplos clásicos: “El Código Da Vinci”, “Los pilares de la tierra”, “La sombra del viento”, “La Catedral del Mar”, “Cabo Trafalgar”, etc., etc… De las citadas, “Los pilares de la tierra” me parece la mejor escrita. “Cabo Trafalgar”, no me gustó, y lo mismo me pasó con “La Catedral del Mar”. Con las otras dos, lo confieso, me entretuve mucho y me divertí mucho, aunque me parecen mal escritas. ¿Son buena o mala literatura por eso? Pues no lo se; no tengo elementos de juicio para decidirlo ni soy crítico literario; a mi no me parecieron gran cosa. Creo que todos tenemos, como dice Chomsky respecto al lenguaje humano, una capacidad innata que nos permite dilucidar con acierto aquello que nos pruduce placer estético o rechazo. Seguro que varía, en grado, de una persona a otra, pero existir existe. Y se forma y se educa y se fortalece con la lectura, así que, por favor, aprovechen el día de asueto y antes y después de votar, lean. Lo que ustedes quieran, lo que tengan más a mano, o por citar algunos títulos, los que se mencionan en los dos artículos que hoy traigo a colación. Todos esos títulos son buenos y todos son superventas. Si es buena o mala literatura lo decidirán las generaciones futuras de lectores. Ahora, simplemente lean y disfruten. En la foto, Homero, celebrado autor de los dos primeros superventas de la literatura occidental.
(HArendt).

 

 

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Saturday, May 26, 2007

Las letras rebeldes de África

Las literaturas africanas escritas cuentan apenas con un siglo y medio de existencia. Sus orígenes surgen del contacto con la cultura occidental a raíz de los procesos de descubrimiento y de conquista del continente africano reafirmados e intensificados a partir de la conferencia de Berlín iniciada en 1885 y el reparto colonial del continente. Desde las primeras dos décadas del siglo XX estas literaturas han asumido la tensión entre la enajenación del colonialismo y la tentación del poscolonialismo, realizando a través de sus letras lo que Occidente hizo en varios siglos.

Escritas en las distintas lenguas de los antiguos colonizadores, han originado conjuntos literarios muy diferenciados en las áreas de influencia francófona, anglófona, lusófona e hispanófona. Todas ellas beben de unas fuentes primigenias que son los modos y expresiones plurales de la oralidad, de la palabra hablada tradicional. Más allá de sus distintas expresiones lingüísticas actuales, estas literaturas poscoloniales comparten rasgos que aparecen como unas constantes temáticas. Es lo que Gilles Deleuze considera las funciones de las literaturas menores: la desterritorialización de la lengua, la relación directa entre el individuo y lo político inmediato y la enunciación colectiva en un contexto de modernidad inconclusa.

En cuanto a desterritorialización de la lengua, desde sus orígenes, las literaturas africanas escritas mantienen una relación a la vez compleja, contradictoria y subversiva con las respectivas lenguas de escritura, impuestas por la colonización. Teniendo en cuenta la multiplicidad de lenguas de cada país, hoy en día las lenguas occidentales son tanto medios de promoción y de movilidad social como lenguas de cohesión nacional. Al asumir estas lenguas como propias se han fundado tradiciones narrativas consolidadas sobre todo a partir del momento en que los escritores consiguieron crear sus propios lenguajes literarios dentro de la lengua heredada. Han surgido autores que han sabido subvertir, hacer vivir y gozar en la lengua adoptada ya sea el inglés, el francés, el portugués o el español a partir de las particularidades del malinké (Ahmadou Kourouma), del lingala y el kikongo (Sony Labou Tansi y Henri Lopes), el yoruba (Wole Soyinka), el kikuyu (Ngugi wa Thiongo), el pidgin inglés (Ken Saro Wiwa) o el criollo portugués (Germano de Almeida).

Unas palabras de Sony Labou Tansi, talentoso escritor congoleño, parecen resumir los fundamentos de una estética literaria africana a partir de una plena conciencia de su enunciación histórica: “Ser poeta en nuestros días es querer con todas sus fuerzas, toda su alma y toda su carne, frente a los fusiles, frente al dinero que también se convierte en fusil y sobre todo frente a la verdad preestablecida sobre la cual nosotros, poetas, estamos autorizados a mearnos, que ninguna faceta de la realidad humana se vea empujada bajo el silencio de la Historia. He nacido para contar esa parte de la Historia que lleva cuatro siglos sin comer”.

De la reivindicación de la cultura africana de la negritud hasta las propuestas de los escritores transcontinentales de hoy, de forma implícita o explícita, la escritura se asume, en África negra, como un vehículo de transfiguración y de participación histórica entre una historia soñada y su negación: un espacio de afirmación de la singularidad africana, de su cultura y de una contribución a la historia contemporánea. Pero también es un acto de subversión ante la relación entre un Occidente triunfalista y sus antiguas colonias, que no deja de cuestionar los estereotipos o representaciones sobre el otro de origen africano. Lo literario trasluce igualmente un profundo lamento frente al desengaño por el fracaso que va de las independencias políticas acaecidas desde los años sesenta hasta el proceso democrático doloroso e inacabado actual. Por ello, la narrativa -y la poesía también- toma forma a través de urgentes relatos críticos de resistencia que acompañan la historia, la niegan, la contradicen o la validan, o sea, relatos que recuperan y potencian multiplicidades de voces marginadas, tales como la realidad de la situación de la mujer o el uso de los niños soldados en los conflictos étnicos.

Esta obsesión por la historia ha hecho del tema de las dictaduras -tan comunes y violentas en la historia africana- un subgénero narrativo de primer orden. Partiendo del modelo de la gran novela de la dictadura latinoamericana (Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez), destacadas obras como La vie et demie (1979), de Sony Labou Tansi; Reír y llorar (1982), de Henri Lopes; Los poderes de la tempestad (1997), de Donato Ndongo-Bidyogo, y Esperando el voto de las bestias salvajes (1998), de Ahmadou Kourouma, cristalizan una literatura esencialmente de compromiso y de denuncia de los poderes políticos posindependistas, en sus excesos sin límites, sus irrenunciables formas de violencia y su firme voluntad de destruir a los seres y a las cosas.

Hay un intento de conciliar la crítica sociopolítica con lo estético que se vislumbra a través de un patrimonio literario fundado sobre angustias, lutos, fantasías, frustraciones, visiones y anhelos compartidos o no alrededor de una identidad política y cultural común. En ella se legitiman espacios utópicos y una apremiante necesidad de emancipación del africano transformado de objeto en sujeto histórico. Los mestizos textos de sus creadores -una dialéctica entre lenguas, literaturas e identidades- configuran una mediación cultural entre múltiples imaginarios, lo que es, sin lugar a dudas, una innegable contribución en la literatura universal, o mejor dicho, a lo que el poeta senegalés Léopold Sédar Senghor llama “la civilización de lo universal”.

Escritores como el Nobel nigeriano Wole Soyinka, Mongo Beti, Tchicaya U’tamsi, Yambo Ouloguem, Nuruddin Farah, Emmanuel Dongala, Tierno Monenembo, Calixthe Beyala, Moses Isegawa y Fatou Diome, entre otros, cultivan el tema de la rebeldía, la cuestión de la libertad que logrará sobrepasar la violencia estructural de la sociedad africana, promoviendo la cultura de la disidencia, la existencia incondicional e inminente de las bolsas de libertad, la transgresión de los valores feudales, la insumisión de los poderes absolutos que se instalaron tras las independencias y las democracias nacientes. Unas escrituras y otras son portadoras de un proyecto de descolonización mental, de resistencia cultural y de proyección de un futuro esperanzador.

Desgraciadamente, estas propuestas estéticas no llegan a todo el público deseado ya que la edición de libros en África vive en situación precaria. Aun así últimamente pequeños editores populares en la mayoría de los países hacen esfuerzos por acercar la producción literaria local a un público inmediato ansioso de lecturas. Pero, sin duda, las literaturas africanas conocidas y reconocidas son las escritas, publicadas y leídas fundamentalmente en Occidente, lo que genera una interacción problemática entre el público africano y el escritor, debido a su escaso acceso a las lenguas occidentales de escritura y al coste de los libros, que los hace inaccesibles debido al bajo poder adquisitivo de sus potenciales lectores.

A pesar de ello, las nuevas escrituras africanas, herederas de los hallazgos expresivos de la literatura oral, subvierten sus respectivas lenguas de escritura y se transforman en relatos transcontinentales que indagan asuntos como la tensión entre tradición y modernidad, el desarraigo de las identidades, el exilio interior y geográfico y la inserción de la mujer en la vida social y cultural, sin dejar de proponer una inventiva conciencia intercultural, conscientes del lugar de las sociedades poscoloniales en plena globalización.

En su fecunda y audaz novela, La carretera hambrienta (1991), el nigeriano Ben Okri condensa, metafóricamente, la condición africana a través de las vivencias de su protagonista-narrador que es un niño-espíritu, que encarna las frustraciones y los anhelos de la sociedad africana en una confluencia de lo maravilloso, lo fantástico y lo real: “Nací no sólo porque hubiera concebido la idea de quedarme, sino porque, finalmente, después de tantas idas y venidas, sentía ya, asfixiándome, la presión de los grandes ciclos temporales. Recé para que se me concediera la risa, pedí una vida sin hambre y recibí paradojas por respuesta. Sigue siendo para mí un enigma por qué nací sonriendo”.

El niño-espíritu de esta fábula de Ben Okri proyecta, a la vez, la memoria del pasado y del futuro, el proceso de autoconciencia y de autoproyección de África para otra travesía de su porvenir. Asumiendo la identidad de un niño-espíritu, las literaturas africanas escritas han sido, desde sus inicios, un intento de nombrar y superar una condición o situación poscolonial insostenible al nivel político-económico e histórico. Conscientes de su papel social, pero también de incentivar la fantasía, sus retos han sido, casi siempre, indagar, revelar enigmas y paradojas de las sociedades africanas, en sus interacciones con ella misma y con otras partes del mundo.

LANDRY-WILFRID MIAMPIKA es profesor en la Universidad de Alcalá de Henares (Babelia, 26/05/07).

 

 

 

Léopold Sédar Senghor (1906-2001)

 

 

Jornada de reflexión. Que mejor excusa que ésta para acercanos a la literatura, y en concreto a una literatura tan “lejana” a nuestras inquietudes culturales, y quizá, precisamente por ello, tan atractiva. Canarias (a la que me gusta definir como un estado de ánimo rodeado de agua por todas partes), archipiélago atlántico, escindinda afectivamente por su condición de territorio tricontinental (pies en África, corazón en América y mente en Europa), a tres grados del Trópico de Cáncer y apenas cien kilómetros de la costa del Sahara, vive de espaldas a África: como el resto de España; como el resto del mundo. Parece que de ella solo nos interesaran sus caladeros de pesca en el banco sahariano y sus fosfatos. Y es un error que pagaremos un día. Pero hoy no hablamos de política. Disfruten de la lectura y reflexionen. La foto adjunta es de Léopold Sédar Senghor, senegalés: humanista, político, hombre de letras y alma y portavoz de la “negritud” como concepto existencial de África. (HArendt).

 

 

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Friday, May 25, 2007

Descripción de la mentira


En 1977, cuando el hoy premio Cervantes Antonio Gamoneda era un perfecto desconocido, publicó un libro de poesía que a muchos nos conmocionó. Se llamaba -se llama- Descripción de la mentira.

Cuando apareció ese libro, Antonio Gamoneda llevaba 17 años sin publicar. Así que, para los jóvenes como yo era, como para la mayoría de los que lo leyeron, Descripción de la mentira supuso todo un descubrimiento. Se trataba de una poesía distinta, hermética, pero bellísima, y, sobre todo, llena de interpretaciones. No hace falta que yo diga que para mí aquel libro sería fundamental.

Sé que a Antonio Gamoneda, tan poco amigo de las simplificaciones, la lectura que algunos hicimos entonces de su libro no le agradaría mucho, aunque, con su buen estilo, nunca dijo nada en contra. Me refiero a esa lectura que identificaba un tanto simplistamente (era la época y era también nuestra ingenuidad) la mentira del título de su libro con la que este país había vivido durante años. A través de ella, versos como el que abre el texto -”El óxido se posó sobre mi lengua como el sabor de una desaparición / El olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el olvido / y no acepté otro valor que la imposibilidad”- cobraban a nuestros ojos un sentido muy directo, tan directo quizá como distinto al que el poeta había querido darles. Y no digamos aquellos otros que expresamente apuntaban: “Los que sabían gemir fueron amordazados por los que resistían la verdad, pero la verdad conducía a la traición / Algunos aprendieron a viajar con su mordaza y éstos fueron más hábiles y adivinaron un país donde la traición no es necesaria: un país sin verdad”. Esto, para mí y para mis amigos, en aquel año de 1977, era toda una declaración.

Recordaba todo eso mientras Antonio Gamoneda, con su educación antigua, leía su discurso sobre la poesía y la pobreza delante de un auditorio -el de los premios Cervantes, en Alcalá de Henares- la mayoría del cual seguramente no sabía quién era hasta esa mañana y me venía a la cabeza aquella lejana época en la que yo pensaba que la mentira era algo del pasado, algo que afortunadamente se terminaba por fin en este país. ¡Qué ingenuos éramos todos! ¡Qué infelices creyendo que aquel libro que leíamos como si fuera una revelación no era una visión del mundo, sino el epitafio de una época concreta!

Aquel país ha cambiado mucho, pero los versos de Gamoneda siguen vigentes, por desgracia para nosotros. Y continuarán estándolo, me temo, habida cuenta de hasta qué punto la mentira ha arraigado en nuestros comportamientos, sobre todo en los de la vida pública. Basta leer los periódicos, mirar las televisiones, escuchar los discursos de nuestros dirigentes o los debates de los opinadores para ver cómo esa palabra, la mentira, es la más utilizada por todos ellos, eso sí, atribuyéndosela siempre al otro. Y lo peor es que esas acusaciones ni siquiera se toman en serio, al menos no como para denunciarlas (en el caso, claro está, de que fueran infundadas), como si la acusación de mentir fuera algo natural, tan natural como la mentira en sí. Al fin y al cabo, se justifica, éste es el país de la picaresca.

Desde hace tiempo, esa situación se ha acentuado hasta el punto de que continuamente nuestros políticos se acusan mutuamente de mentir, cuando no mienten abiertamente, como ocurrió con el 11-M. Que alguien lo haga es ya grave en sí, pero más grave es la impunidad con la que tal comportamiento es tomado por el resto, impunidad que lleva a algunas personas (el ex presidente Aznar, a propósito de los motivos para la invasión de Irak, por ejemplo) a reconocer que mintieron o que no dijeron la verdad completa sin dimitir a continuación ni pedir perdón a los ciudadanos, como si el solo reconocimiento de la mentira bastase para borrarla de sus currículos y sus efectos de la vida de la comunidad. Eso cuando no se da un salto adelante y se pretende borrar la mentira con otra nueva, como ahora hacen quienes nos niegan que durante varios años han sostenido, incluso contra las pruebas, que los autores de la matanza del 11-M la ejecutaron en colaboración con ETA. Doble mentira que ofende aún más, por cuanto la primera se agranda con la segunda, como ocurre con esos errores que se pretenden subsanar con otros.

Seguimos, pues, nadando en el mismo fango que el poeta Gamoneda describía hace tres décadas (“El silencio y sus círculos, el ácido que depositas sobre mi salud / la suciedad obligatoria de mi alma: éste es el precio de la paz”), sólo que ahora sabiendo que eso es así. Ahora no hay velos que disimulen la mentira y el engaño, como antes, pese a lo cual ambos continúan vigentes. Y continúan vigentes por lo que he dicho: porque nos hemos acostumbrado a mentir y a que nos mientan, porque la mentira aquí no tiene el rechazo que en otras partes, porque en la patria de la picaresca no está mal visto -al revés- engañar al oponente, siempre y cuando se haga con gran cinismo, porque la mentira, en fin, forma parte de nuestra idiosincrasia, especialmente de la de aquellos que aprendieron a mentir en los tenebrosos años en los que “los que sabían gemir fueron amordazados por los que resistían la verdad”.

Dicen los historiadores que los efectos de una dictadura tardan décadas en desaparecer y el ejemplo quizá sea España. Aunque mucha gente sostenga que estamos homologados con los países de nuestro entorno, aunque nuestra economía crezca pujante, por delante incluso de las de aquéllos, aunque, desde hace ya tiempo, el ejercicio de la política se atenga a las normas de la democracia, todavía arrastramos un déficit de normalidad que hace que sobrevivan entre nosotros comportamientos pertenecientes a otros sistemas y que ello se contemple con cierta indiferencia por la gente. Debe de ser la costumbre. Vuelvo a los versos de Gamoneda, aquellos que yo leía a finales de los setenta como si fueran una revelación: “De la verdad no ha quedado más que una fetidez de notarios / una liendre lasciva, lágrimas, orinales / y la liturgia de la traición (…) / ¿Qué lugar es éste, qué lugar es éste?”

Julio Llamazares es escritor (El País, 25/05/07).

 
Antonio Gamoneda
 
 
 

Sin comentarios. Ya está todo dicho y todo a la luz. Ahora, a votar. Los mentirosos no pueden ganar; no deben ganar. (HArendt).

 

 

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Wednesday, May 23, 2007

Zapatero y la izquierda: orden, discurso y método

Algunos se preguntan si todavía existen la derecha y la
izquierda. Pues bien, existen. La razón de ser de la izquierda conecta
ahora con nuevos riesgos: el unilateralismo, la política de hechos
consumados o el ejercicio del poder como artimaña, que amenazan con
convertirse, otra vez, en dominantes. La derecha se blinda de patria e
integrismos y coquetea con la extrema derecha en cada vez más países.
Gastado el neoliberalismo y fracasadas las tesis del fin de las
ideologías y de la historia, la gestión del miedo se percibe como la
inversión más provechosa. No es algo espontáneo ni intuitivo, es un
“planteamiento científico” que defienden poderosos think tank de todo
el mundo. El liderazgo de la globalización y el orden mundial puede
depender -eso piensan- de la capacidad de manipular las emociones de
las clases medias sobre terrorismo, inmigración y religión.

Orden, orden, orden. La izquierda no debe buscar “votos en los
caladeros de la derecha”, como reclama José Bono, ni gritar “patria,
religión y disciplina”, pero debe ser consciente de los peligros de
ser asociada al desorden. Debe reajustar su discurso y sus métodos
para compatibilizar reformas y orden, presentar cada cambio como
imprescindible para lograr más estabilidad. A mayor velocidad en los
procesos tecnológicos y sociales, más necesidad de referencias
estables tiene la gente. Si en la “bolsa de valores sociales” cotiza
al alza la necesidad de reformas, más aún la estabilidad y la firmeza.

Zapatero ha cambiado el discurso de la izquierda. Si Felipe
González agregó liberalismo a la tradición socialdemócrata, el
republicanismo de ZP ha añadido unas gotas de radicalismo que le
permiten enlazar con determinadas clases profesionales. Su laicismo,
soporte de un nuevo socialismo de los ciudadanos, se convierte en
referencia internacional por su capacidad de integrar en un todo
coherente la ampliación radical de derechos civiles y la del modelo
social de bienestar.

La ingenuidad de la izquierda vuelve a parecer como un valor,
sinónimo de sinceridad e idealismo, lo que la habilita para resucitar
la pasión por la política e integrar utopías diversas. Ya no seduce la
deslumbrante y escurridiza retórica reformista de Tony Blair.

Los cambios comienzan en el modo de abordar las diferencias.
Zapatero reavivó, desde la oposición, el consenso como un valor y
promovió pactos que el Gobierno de Aznar aceptó a regañadientes:
terrorismo, justicia, inmigración. Ahora el PP se aprovecha de ello y
lo sacraliza convirtiéndolo en una barrera, en una especie de derecho
a veto. La facultad de gobernar para la izquierda se plantea en
términos crudos: o paraliza sus reformas y convierte en inútil su
hegemonía o aparece como responsable del disenso. Puestos a elegir,
Zapatero prefiere arrostrar, sin dramatismo, el disenso antes que la
parálisis, mientras procura ampliar, mediante pactos directos con las
organizaciones sociales más representativas, el respaldo de la
sociedad civil.

Si todo método es, principalmente, un modo de gestionar el
tiempo, la velocidad ha sido una de las señas de identidad de
Zapatero: no sólo considera esencial cumplir sus promesas, sino
cumplirlas rápido. La izquierda, dice, “debe hacer valer pronto el
poder democrático de los votos o quedará impregnada de realismo y
paralizada”. Sabe que “los valores públicos se vuelven irreversibles”
y que, si las reformas están bien planteadas, no tendrán retorno. Cree
imposible evitar conflictos demorando los tiempos, como hizo Felipe,
porque con la derecha actual, dispuesta a transgredir cualquier norma
para recuperar el poder, cuanto más tiempo de exposición, más
fragilidad.

Pero, en política, la máxima velocidad permitida es la que los
ciudadanos digieren. Las reformas que no se conocen suficientemente no
existen para la gente, ni cuentan como activo político. La
concentración de nuevas leyes solapa las narraciones -en las que se
alternan prohibiciones y liberalizaciones-, merman la comprensión del
discurso y difuminan su mensaje. Cada reforma necesita ajustes que
provocan alguna confusión; muchas reformas juntas generan ansiedad
ciudadana y facilitan la sensación de desorden, aprovechada por el PP
para convertirla en vértigo.

La comunicación y la gestión de los medios, siempre esencial,
se convierten entonces en determinante del éxito político. Si la
potencia de los altavoces mediáticos del PP triplica, en principio, la
del PSOE -medida como suma de audiencias de los medios conservadores o
progresistas, incluidos los regionales- la simpleza de sus mensajes
los hace más efectivos. Si al PP le basta con una política de tierra
quemada, la izquierda necesita ilusionar. Para ello, debe asumir que a
mayor comunicación, menor manipulación y “más difícil resulta ocultar
la realidad a la inmensa mayoría”. Mientras el PP boicotea a PRISA,
Zapatero promueve entrevistas en medios que no le son afines. Y lo
hace después de independizar a RTVE, operación que certifica la
veracidad del discurso ético sobre el poder.

Intemperie no es sinónimo de indefensión, pero también se cae
en ella. La escasa comunicación del Gobierno se suele achacar a un
éxito de la estrategia del ruido y la tensión del PP. Lo peor es que
es también una trampa del propio discurso que presume de autolimitarse
en el uso de los recursos del Estado. En un artículo reciente
publicado en este diario, el secretario de Estado de Comunicación se
jactaba de los límites y autocontroles impuestos a la publicidad del
Gobierno, pero reconocía la imposibilidad de extenderlos a autonomías
y ayuntamientos, que en manos del PP despilfarran autobombo sin
control. Más que ética, parece un canto a la virginidad, camino del
suicidio.

Último rasgo: Zapatero confía en su capacidad para establecer
una conexión directa con los ciudadanos pero le falta construir una
imagen coral: su discurso descansa demasiado en muy pocos. Ganó las
elecciones bajo la marca personal de ZP, sólo tres años después de
ganar, por la mínima, el congreso del PSOE. No ha tenido tiempo
material para madurar un nuevo discurso colectivo en el partido,
sacudirle de tics conservadores o de una imagen tosca. Necesita
modernizarlo e incorporar a muchos buenos a cada tarea, sin considerar
edad o familia.

Acoplar orden, discurso y método es imprescindible para
conseguir que las mejores iniciativas sean percibidas por la gente y
que no se diluya un discurso de izquierdas adecuado a este siglo y
bien trazado. Porque la fuerza de los argumentos se mide, conviene no
olvidarlo, en la capacidad de replicar a compañeros, familiares y
amigos en bares y tertulias. Es en ese trabajo de muchos, que es
necesario alimentar, donde se encarna una política, es ahí donde se
desperezan las conciencias. El reto es inmenso y colectivo: frenar el
resurgir de patrias e integrismos, poner un poco de cordura en este
mundo.

Ignacio Muro es economista (El País, 23/05/07).

 

 

Ignacio Muro

 

 

Un amigo gallego al que aprecio mucho, antiguo compañero mio de andanzas y avatares universitarias, me comenta en relación con el artículo de Ignacio Muro que, copiado literalmente: “Zapatero le parece un psicópata”. Es posible que tenga razón y algo de psicópata tengamos el Sr. Rodríguez Zapatero, mi amigo gallego, y yo mismo. Paradojas (o ignorancia supina por mi parte) de la medicina: yo no entiendo como una persona “normal” puede votar por el PP o por un partido nacionalista. Y sin embargo, votan por ellos. Y millones… ¡Admirable!… Entonces, pienso que el anormal soy yo… y eso no solo me deja desasosegado, sino que me lleva a pensar que un país en que la mitad de su población vota por un psicópata y la otra mitad, a juicio de la primera, necesita urgentemente una lobotomía es que no anda muy bien de salud. Así que mejor me lo tomo a broma. De todas maneras, todas esas reflexiones no me van a  llevar a cambiar mi voto. ¡Antes muerto que sencillo!, que dice mi admirada Maitena…

Me había prometido a mi mismo no entrar en la campaña electoral. Por varias razones: me aburre soberanamente; se dicen y prometen cosas que todo saben que no se van a cumplir, y, mienten; nos mienten descaradamente: unos más que otros, eso sí. Pero es que lo de hoy ha sido demasiado… Porque, hablando de lobotomías, no me digan que la penúltima de nuestro ínclito y nunca bastante bien ponderado ex-presidente, don Pepemarí Aznar, no es para pensar que la necesita con urgencia… ¿O será que ya se la hicieron en el rancho de Bush y no nos hemos enterado y por eso dice las cosas que dice y hace las cosas que hace?: “Cualquier voto al PSOE es un voto a ETA”; “Estamos al borde la guerra civil”… ¿…? ¿Este tio es normal? ¡No me lo creo!. ¿O quizá es que tiene un problema con las denominaciones de origen últimamente? Decía Josep Ramoneda en su artículo de ayer que la izquierda estaba llena de complejos… Desde luego que sí. Y debe dejarlos a un lado porque sino se la va a acabar comiendo una derecha reaccionaria y sotanizada (con “o” de sotana) no solo sin complejos, sino también sin el más mínimo atisbo de pudor, vergüenza o dignidad.  Así que, a partir de ahora sin complejos, a los sinvergüenzas: ¡sinvergüenzas!; y a los mentirosos, pues eso: ¡mentirosos! (HArendt).

 

La última de José Mari comentada en Youtube por el periodista José Oneto:

http://www.youtube.com/watch?v=ETGTwyBI230

 

 

 

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Tuesday, May 22, 2007

La canción del silencio


“La política exterior de nuestro país no es ni de derechas ni
de izquierdas. Defiende los intereses de Francia en un mundo que se
reinventa cada día”. Lo escribe Bernard Kouchner en Por qué he
aceptado, un artículo publicado en Le Monde en que intenta explicar a
los suyos -la gente de izquierdas (“siempre he sido un militante de la
izquierda abierta”)- su aceptación del cargo de ministro de Asuntos
Exteriores y Europeos en el primer gobierno Sarkozy. Participar o no
participar en la guerra de Irak junto a los americanos, no sé si es de
derechas o de izquierdas, porque había mucha gente de derechas
(empezando por Chirac) que estaba en contra de la guerra y algunos,
pocos, de izquierdas (por ejemplo, Kouchner) que estaban a favor, pero
sí sé que no es lo mismo. Ir a la guerra es una decisión incompatible
con no ir a la guerra y viceversa. No hay, por tanto, una sola
política extranjera posible, porque no hay una sola manera de entender
los intereses de Francia, como no hay una sola manera de entender
cualquier conflicto de carácter político. Y esta confrontación de
posiciones es indispensable a la democracia. Sin ella, sin dos campos
que se disputan el poder, sin Gobierno y oposición, no hay democracia
posible. La defensa del interés general no puede utilizarse como
coartada para disimular el conflicto de intereses, porque el interés
general surge precisamente a partir de la confrontación de posiciones
diversas.

La política de apertura de la que Sarkozy ha hecho bandera en
el arranque de su presidencia puede leerse de dos maneras: como un
hecho de coyuntura política o como una decisión que pretende plantear
cuestiones de fondo, entre otras el sentido de la oposición
derecha-izquierda. Me recuerda a Giscard d’Estaing en el 74. Giscard,
como Sarkozy, era un candidato outsider en la derecha, que para ganar
las elecciones tuvo que imponerse previamente -con la ayuda de la
traición de Chirac- al candidato heredero del gaullismo, Chaban
Delmas. Su victoria sobre Mitterrand fue por un margen muy corto, un
punto y medio, y quiso demostrar su capacidad de integración formando
un Gobierno en el que la periodista François Giroud jugaba el papel
que Bernard Kouchner juega en éste. Aquella primavera duró poco y la
presidencia Giscard ha quedado para siempre como una promesa
inacabada. En España, hemos tenido algunos ejemplos de estos gestos
oportunistas que casi siempre acaban mal. El más ruidoso, sin duda, el
caso Garzón. Felipe González le fichó para salvar las elecciones del
93. Las salvó y después se produjo un choque de egos que acabó en
explosión atómica. Para suerte de Sarkozy, Kouchner no es juez, o sea,
que los riesgos son más limitados. En cualquier caso, la lección del
caso Garzón fue tan clara que cuando se formó el primer tripartito
desde la dirección del PSC le llegó a Maragall una consigna
innegociable: ni Garzones ni Semprunes en el Gobierno.

Podría ser, por tanto, que Nicolas Sarkozy, si consigue la
mayoría absoluta en las legislativas del próximo mes, con el objetivo
cumplido, se olvide de la apertura, todo vuelva a su cauce natural y
dentro de unos años el paso de Kouchner por el ejecutivo francés sea
una pura anécdota. Pero a mí me parece interesante contemplarlo desde
otra perspectiva: la voluntad de poner en duda la pervivencia de un
conflicto entre derecha e izquierda.

Como denunció con éxito Giscard d’Estaing en su momento, la
izquierda ha creído tener el monopolio del corazón y la derecha lo ha
vivido con cierto complejo, hasta el punto de que, aún hoy, a menudo
parece como si la derecha tuviera vergüenza de serlo. Por eso, desde
la derecha se repite tan a menudo que la distinción izquierda-derecha
no tiene sentido. Que en España la derecha quisiera esconderse podría
entenderse por el lastre del franquismo que, inevitablemente, lleva en
la mochila, pero en Francia hay pocas razones para que la derecha viva
acomplejada. Al fin y al cabo, el colaboracionismo fue una enfermedad
bastante transversalmente extendida y, en cambio, en la resistencia la
derecha tiene sus galones como la izquierda. Y, sin embargo, la
campaña de Sarkozy ha estado centrada en buena parte en reivindicar
para la derecha un patrimonio moral y echarle en cara a la izquierda
haberlo dilapidado.

La fantasía de todo gobernante cuando llega al poder es
acapararlo todo. Pero ésta es una fantasía antidemocrática y uno de
los objetivos de este complejo artefacto llamado democracia es evitar
que esto ocurra. Entre nosotros tenemos a los nacionalistas, para los
que esta fantasía es estructural: ellos se pretenden los únicos
representantes de la verdad de la patria, con lo cual quieren hacernos
creer que están por encima de cualquier contradicción terrenal, las
que corresponden a los elementales conflictos sociales de interés. La
democracia es incompatible con proyectos de movimiento nacional.

Sarkozy se ha apuntado un éxito importante seduciendo a
Kouchner y a Martin Hirsch, ex presidente de Emaus, del que se habla
menos, y son estos dos personajes, no el presidente, los que tienen
que asumir su pirueta. Kouchner dice “que le juzguemos sobre los
resultados” y que le avisamos “si le pillamos en flagrante delito de
renuncia”. Lo haremos. Pero a la izquierda corresponde demostrar el
sentido de la confrontación, la necesidad de una dialéctica permanente
entre Gobierno y oposición sin la cual la democracia, por lo menos
como la hemos entendido hasta ahora, no existe. Y los cantos de sirena
de la derecha a menudo adormecen a la izquierda.

En España hemos tenido la suerte de que Aznar quitó los
complejos a la derecha y se convirtió a la revolución conservadora
liderada por George Bush. A la izquierda le fue así muy fácil adquirir
conciencia de sí misma. Y así renació en la calle como en las urnas.
Es el poder el que ahora la está atrapando demasiado.

Pero el debate sobre el sentido de la derecha y la izquierda,
por encima de todo, lo que demuestra es la dificultad de la izquierda
de engarzar un proyecto en el actual estadio del proceso de
globalización. La izquierda está atrapada en un cierto miedo a
defender sus valores. En vez de apostar por la radicalidad
democrática, por la reinvención de la idea de progreso, por la defensa
de la dignidad de los ciudadanos y por la lucha contra la humillación
permanente de éstos, asume con mala conciencia el discurso del
autoritarismo y del orden, y las baratijas ideológicas de la pérdida
de valores y del discurso del miedo. Y sus campañas, como sus
discursos, se hacen planas y temerosas, tratando de pasar de puntillas
sobre todo lo que es delicado. Hasta llegar, a veces, a hacer del
silencio virtud. Es más difícil tener un discurso propio sobre
fiscalidad, seguridad, inmigración o vivienda, pongamos por caso, que
ponerse en la ola de la corrección política conservadora. Pero, a la
larga, esto se paga: la ciudadanía acaba inclinándose por el original
cuando ve que lo otro sólo es copia. La izquierda española y catalana
le lleva ventaja a la izquierda francesa: ya ha asumido el paradigma
liberal. Pero éste tiene más de una interpretación. Y la izquierda
tiene que hacer urgentemente la suya. Reinventarse a fondo. De lo
contrario morirá en silencio.

Josep Ramoneda es periodista (El País, 22/05/07).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Josep Ramoneda

 

 

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Monday, May 21, 2007

La educación cordial

Hace unos treinta años este país inició una transición
política hacia la democracia, alentada por una transición ética que ya
se había venido produciendo en el seno de la sociedad civil.
Transiciones una y otra envidiadas por algunos países que hubieran
querido tener una experiencia semejante, admiradas por otros que no
necesitaron la primera.

Una parte de la población estaba preocupada entonces por
descubrir un capital ético conjunto, al que cabría llamar ética
cívica, ética de los ciudadanos de una sociedad pluralista. Porque las
sociedades son pluralistas, no laicas. El que tiene que ser laico -no
confesional ni laicista- para arropar a una sociedad pluralista es el
Estado. Las sociedades son monistas o pluralistas, y la nuestra venía
demostrando que era lo segundo desde tiempo atrás.

Creímos contar con ese capital de valores éticos, o al menos
ése fue el balance hace treinta años, y era el que importaba
transmitir en la educación, pero no sólo eso. Era vital incorporarlo
en las instituciones políticas, plasmarlo en las empresas y en el
conjunto de la vida económica, encarnarlo en la sanidad, las
universidades, los medios de comunicación, la opinión pública, y en
todos esos ámbitos que componen una sociedad moderna.

Distintos proyectos educativos fueron diseñando los trazos de
esa educación ética, que algunos tacharon de excesivamente
racionalista, de excesivamente centrada en el conocimiento; otros, de
sobradamente sentimental, porque tampoco la ética es negocio sólo del
sentimiento. Unir ambas cosas se hacía necesario, pero también sacar a
la luz otras que quedaban en la penumbra y, sin embargo, forman parte
de lo más profundo de las personas. Aquella ética cívica tenía que
desvelar su dimensión cordial. Porque no hay ética pública ni privada
sin corazón. Tal vez porque nos falta estamos tan cansados de
discordia en la vida pública, de inmisericordia en la privada.

En la vida pública, cuando los partidos políticos se
descalifican mutuamente hasta la náusea; cuando se partidizan las
opiniones de los ciudadanos difundiendo argumentarios ya hechos,
siendo así que lo propio de los ciudadanos es pensar por sí mismos;
cuando el terrorismo de Al Qaeda o de ETA quita vidas y libertad;
cuando las gentes de a pie no se atreven a decir lo que piensan por
miedo a ser tachadas de una cosa u otra.

En la vida privada, en esas noticias de violencia doméstica
que exigen a menudo medidas legales, y hay que tomarlas. Pero también
en esos tristes sucesos que las cadenas de televisión explotan hasta
el hastío y que, como bien decía una “carta al director” en este mismo
diario, más son expresión de desamparo social que de violencia
doméstica. “Quien ha cuidado durante décadas a un cónyuge enfermo tan
anciano como él”, decía en su carta María Victoria Antón, de Madrid,
el 20 de febrero, “no puede definirse como violento. ¿No deberíamos
llamarlo desamparo social?”. Proponía la carta implementar la Ley de
Acompañamiento, y llevaba toda la razón. Sucesos así piden proximidad,
cercanía, nunca expectación morbosa.

Falta corazón, podría ser el diagnóstico. Tendríamos que
educar para la concordia.

Pero también es verdad que estas expresiones dan pánico. Por
ellas se entiende inmediatamente toda una sarta de consejos ñoños,
sermones edulcorados, pláticas empalagosas, mojigatería y moralina.

Por si faltara poco, la fama del corazón anda muy deteriorada
gracias a las revistas que informan sobre las vidas de los famosos, a
las tertulias que sacan a la luz los trapos sucios de presentes y
ausentes para diversión del público. Parece que su color es ya el rosa
y su discurso preferido o bien el insulto o bien la ñoñería. Y, sin
embargo, nada más lejos de la realidad: el corazón tiene entresijos
que la prensa rosa desconoce. La buena moral no es moralina, sino
“moralita”, como decía Ortega y Gasset.

“Corazón de León”, era el nombre de aquel rey Ricardo, cuya
vida no interesa ahora, sino cómo quisieron recordarle las gentes para
expresar coraje, temple, arrojo. Cordelia era la hija del rey Lear, la
que acompañó a su padre en el esplendor y en la desgracia,
precisamente porque tenía la capacidad de compadecer el gozo y también
la amargura.

El corazón (cor-cordis) es el centro, la clave de algo:
también de las personas. En ellas, es el lugar del afecto, pero
también de la inteligencia, el espíritu, el talento, incluso el
estómago. Porque hay que tener estómago -y mucho- para bregar por la
justicia y para hacerse el ánimo de aspirar a la felicidad, que son
las dos grandes metas de la ética. Importa educar ciudadanos en todas
estas dimensiones del corazón, sobre todo en la justicia, porque, en
caso contrario, habremos perdido la partida.

Una educación en la ciudadanía cordial atendería a la
inteligencia para descubrir cuál es nuestro interés más fuerte, y
sucede que nos interesa actuar bien si no queremos perder vida y
propiedad; al cultivo de los sentimientos con los que descubrimos
mundos inéditos, como el sufrimiento, el gozo y la indignación ante la
injusticia; al reino de los valores con los que podemos acondicionar
el mundo y hacerlo habitable; a la autonomía por la que somos
protagonistas de nuestras vidas, autores de nuestra propia novela.
Pero también a la compasión, al ser con otros que nos constituye como
personas, y es un descubrimiento de la razón cordial.

“Conocemos la verdad no sólo por la razón, sino también por el
corazón” es el célebre “Pensamiento” de Pascal. Conocemos la verdad,
pero sobre todo la justicia.

Educar para el siglo XXI sería formar ciudadanos con buenos
conocimientos y con prudencia para calibrar qué les interesa. Pero
también con un profundo sentido de la compasión. Por eso la virtud
soberana del siglo XXI será la cordura, que es un injerto de la
prudencia en el corazón de la justicia.

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía política de la
Universidad de Valencia (El País, 19/05/07).

Adela Cortina

 

 

Sin embargo, a la jerarquía católica española y al PP, le salen
sarpullidos solo de pensar en la nueva aisgnatura de Educación para la
ciudadanía. Incluso, llegan a llamar a la insumisión y la objeción de
conciencia contra ella. Claro, ambos a dos, prefieren súbditos sumisos
a ciudadanos responsables. Normal. No se de que nos extrañamos…
(HArendt)

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Friday, May 18, 2007

Mi Europa

Nuestra tierra común está llena de contradicciones. Los
europeos hemos escalado las cimas más sublimes del conocimiento y de
la sensibilidad: Cervantes, Beethoven, la Ilustración, los derechos
humanos, la pasión por la igualdad o el Estado del Bienestar. Pero
hemos descendido también a los abismos más profundos del dolor que un
ser humano pueda causar a otro. En muchos momentos no ha resultado ser
descabellada la frase del escritor Amos Oz: “Europa, ese continente
maravilloso y asesino”.

Y es también muy ilustrativo del ser europeo que fueran los
horrores de las Guerras Mundiales los que inspiraran una idea nueva y
radical para la unificación del continente. Intentos había habido
desde largo tiempo, pero el proyecto alumbrado tras la tragedia es
decididamente nuevo y genial: la unidad en libertad; la paz a través
de la apertura y la integración. La semilla dio un hermoso fruto. Ha
creado una comunidad de Derecho, lo que considero nuestro mayor logro.
Hace ya más de medio siglo que la paz y la estabilidad son realidades
cotidianas de nuestro continente. Y no son fruto del equilibrio de
poderes como antaño, sino consecuencia de normas e instituciones
sólidas que se mantienen más allá de los avatares de la lucha
política.

Pero eso es sólo una parte de lo que hace a la Unión Europea
tan especial. La otra es los valores sobre los que se funda. La
esencia de la Unión es el compromiso con un conjunto de valores
compartidos. Democracia, tolerancia, derechos humanos, solidaridad y
justicia social. Son esos valores los que sustentan nuestras leyes y
nuestras instituciones y las hacen sólidas. Son los que nos convierten
en una Unión política, más allá del vínculo económico. Es un logro, de
proporciones históricas, basar un proceso de integración en un
conjunto de valores. Por eso tuvo y tiene pleno sentido condicionar la
entrada en la Unión a la aplicación real de esos valores y al
compromiso de defenderlos. El genio de los padres fundadores fue dejar
abierta, sin respuesta, la pregunta sobre el destino final de este
proyecto. Políticamente esa actitud era la única posible ya que no
podía haber acuerdo sobre ese estadio final. Ni tenía sentido tratar
de adivinar el futuro.

Esta reflexión me lleva de los valores de Europa a Europa como
valor; de su esencia a su propósito. No es difícil enunciar este
propósito: si compartimos nuestros recursos y trabajamos juntos
podremos moldear nuestro futuro de manera más brillante y prometedora
de lo que ninguno de nosotros podría hacerlo actuando solo. Esto es
aún más importante en un mundo en el que se han desencadenado fuerzas
y movimientos que ningún gobierno puede controlar o detener. En el que
seguimos conviviendo con la violencia, la opresión y la pobreza
extrema. Un mundo en el que muchos no comparten nuestro compromiso con
el multilateralismo y el Imperio de la Ley.

Estoy convencido de que debemos continuar por la senda de la
construcción europea. En el pasado nos hemos apoyado en un tríptico
muy particular: ampliar, profundizar, reformar. Cada uno de estos
elementos ha dependido del otro para tener éxito; incluso para tener
sentido. Con la ampliación hemos reunificado Europa sin imponer nada a
nadie, simplemente por la enorme atracción que ha ejercido la Unión
sobre el resto de los Estados europeos. Es un éxito histórico.

Pero la Unión es un proceso, una labor continua. Y
precisamente por ello, albergo la convicción de que necesitamos
cambios. En diversos campos: en qué cosas hacemos y en cómo las
hacemos; en cómo nos comunicamos con los ciudadanos, en cómo gastamos
su dinero, en cómo nos relacionamos con el mundo.

Pero por encima de todo, necesitamos salvaguardar la capacidad
de Europa para actuar. El mundo está cambiando muy rápidamente. Nuevos
actores se incorporan a los centros de poder y decisión; cambian
también los grandes flujos económicos; las tendencias del pensamiento
se alejan en muchos casos de nuestro modelo humanista; la innovación
científica y tecnológica se extiende a regiones del mundo donde
hubiera sido impensable encontrar ese tipo de conocimiento hace sólo
unas décadas. Ante esos cambios profundos, ante esos retos de alcance
impredecible, lamento tener que constatar que nuestra Unión está
reaccionado con una paralizante estrechez de miras. Cuando más alerta
debemos estar, cuando más demanda de Europa hay en el mundo, la Unión
se ha replegado sobre sí misma en una estéril crisis institucional. No
podemos continuar así. Debemos resolver esto cuanto antes, en este año
2007. Deseo por ello apoyar sin la menor reserva los esfuerzos de la
canciller doctora Merkel para poner fin al paréntesis en el que nos
encontramos y volver a situar a Europa sobre bases sólidas para
afrontar el futuro.

Y debemos abordarlo con decisión porque Europa significa no
sólo grandes ideas, sino también realizaciones concretas. Ha habido
muchas, y de gran importancia: el mercado único, el euro, la
ampliación, el desarrollo de capacidades para llevar a cabo
operaciones militares y civiles de gestión de crisis. Pero nuestros
ciudadanos quieren algo más que un mercado y un proyecto de
estabilización regional. También quieren que la Unión sea un actor
global. Y quieren que, al actuar globalmente, sea un factor de paz.

La política internacional sólo se puede hacer hoy en día desde
plataformas continentales. Europa tiene intereses que preservar,
amenazas a las que hacer frente, problemas que le afectan y debe
resolver. Para cumplir estos objetivos tenemos que desarrollar una
auténtica política exterior y una política de defensa y seguridad. En
los últimos años hemos avanzado mucho por este camino, pero lo hemos
hecho gracias a la convicción y al trabajo duro, a la buena voluntad
de muchos, llegado el caso, improvisando soluciones según aparecían
los problemas. Y estamos muy cerca del límite de lo que se puede conseguir por ese camino. Nadie mejor que nosotros los europeos sabe que si se quiere que las
políticas duren deben sustentarse en instituciones. Sólo podremos
desarrollar una auténtica política exterior si nos dotamos de las
estructuras necesarias.

Hay una relación muy especial entre política exterior y
construcción europea. Como ya he señalado, es evidente el interés en
actuar juntos en un mundo en el que Europa sólo puede influir si actúa
colectivamente. Pero ésa es sólo una parte de cómo la política
exterior contribuye al proyecto europeo. La otra aparece cuando se
reflexiona sobre el vínculo, sutil y fructífero, entre identidad y
política exterior. Estoy profundamente convencido de la causalidad
inmediata entre cómo nos definimos y cómo actuamos en el exterior. Lo
que hacemos en el mundo es fiel reflejo de lo que somos. Hay una forma
europea de hacer las cosas en el mundo, de abordar los problemas
internacionales: dialogar, cooperar, tender puentes, y también
proteger al vulnerable, hablar en nombre de aquel al que obligan a
callar.

Pero la relación entre identidad y política exterior se
manifiesta en los dos sentidos. Actuamos reflejando lo que somos, pero
también ese “somos”, ese proyecto europeo, se va moldeando según
actuamos juntos. Nuestras experiencias conforman lo que queremos ser.
Tenemos que actuar en un mundo cada día más complejo, y en algunos
aspectos, más peligroso. Un mundo en el que asistimos a un
renacimiento de políticas excluyentes, que se definen muchas veces por
simple oposición al otro. Pero, y quiero subrayarlo, ninguna de esas
políticas se define frente a Europa: somos vistos como parte activa
pero no como factor de amenaza. Y es así por el legado de la idea
inicial sobre la que nos fundamos: leyes e instituciones sólidas;
búsqueda sin descanso del consenso, espíritu de compromiso. Ello nos
permite jugar un papel único en la solución de muchos problemas.

Tomemos la cuestión de las armas nucleares y del desarme. El
sistema instaurado para evitar la proliferación de este tipo de armas
está hoy sometido a serias tensiones. Este sistema se basa en un
delicado equilibrio entre tres pilares que deben progresar en
paralelo: la no-proliferación, el desarme y la transferencia de
tecnología. El problema es que, en estos momentos, un número
importante de países, en particular entre los no alineados, consideran
que hay un desequilibrio creciente entre esos tres pilares. Por esta
razón, existe un riesgo cierto de que terminen abandonando este marco
multilateral, como respuesta a una situación que perciben como injusta
y perjudicial para su desarrollo energético. O la situación de muchos
países africanos, con razón más preocupados por la proliferación de
las armas ligeras que causan la muerte de miles de personas cada año y
son un factor de inestabilidad permanente.

Pues bien, puedo asegurarles que la Unión Europea es,
seguramente, el actor mejor situado, con el necesario capital político
y acreedor de confianza entre todas las partes implicadas, para
iniciar un proceso de diálogo que pueda resolver esta grave situación.

La construcción europea arranca con la voluntad de sellar la
paz entre Alemania y Francia. Cuarenta años después ha sido la clave
en la reunificación pacífica del continente. En Europa hemos sido
capaces de abandonar el viejo y estéril concepto de basar nuestra
seguridad en la debilidad del otro. Ahora sabemos que seremos fuertes
y prósperos si nuestros vecinos lo son. Y debemos dar el siguiente
paso: ser factor de paz en la Comunidad Internacional. La juventud
europea es generosa. Participa masivamente en multitud de acciones
destinadas a paliar la situación de los que más sufren. He recorrido
tres continentes visitando las misiones de la Unión en las que
policías, soldados, jueces, jóvenes europeos de todo origen luchan por
la paz. Lo que empezó como un proyecto de paz europeo debe en el siglo
XXI ser un factor de paz en el mundo. Nuestros jóvenes estarán sin
dudar tras un proyecto de esta naturaleza. Porque son los principales
portadores de un sueño, el sueño de un mundo así. Nuestros ciudadanos
lo demandan. Es lo que se espera de nosotros fuera de Europa. Tenemos
los medios: somos 500 millones, generamos un cuarto del producto bruto
mundial, la primera potencia comercial, representamos la mitad de la
ayuda al desarrollo. Con estos materiales se debe construir mucho y
muy alto.

Europa, un actor global. Hablando con una sola voz. Factor
decisivo en la paz y la estabilidad mundiales. Elemento insoslayable
en la solución de cualquier conflicto o crisis internacional. Punto de
referencia para un mundo basado en normas e instituciones sólidas y
respetadas. Ésa es mi Europa. Y creo de todo corazón, que ese puede y
debe ser el próximo logro del gran proyecto europeo. Tenemos la
capacidad. Pongamos la voluntad política. Y hagámoslo realidad.

Javier Solana es el Alto Representante de la Unión Europea para
Política Exterior y de Seguridad Común (El País, 18/05/07).

 

 

 

 

 

 

 

 

Javier Solana

 

Este texto de Javier Solana, pronunciado ayer en la ciudad de
Aquisgrán (Alemania) es la parte central de su discurso de aceptación
del Premio Carlomagno, premio que otorga anualmente el Ayuntamiento de
esa ciudad, antaño capital y corte del Emperador Carlomagno, a
aquellas personalidades que se hayan destacado por favorecer la
integración y la unidad europea. Instituido por vez primera en 1950,
tres españoles lo han recibido con anterioridad a Javier Solana: el
filósofo e historiador Salvador de Madariaga (1973), el rey Juan
Carlos (1982) y el ex-presidente del gobierno, Felipe González (1993).
Pienso que es un motivo de satisfacción que ayer lo recibiera un compatriota de la talla humana, moral y política  de Javier Solana.

(HArendt).

Posted by HArendt at 23:56:10 | Permalink | No Comments »