Saturday, March 31, 2007

Ausente hasta mediados de abril…

NO VUELVO HASTA MEDIADOS DE ABRIL. NOS VEMOS….

 

 

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Tuesday, March 27, 2007

Cuando se renuncia a tener…

Ya saben que los que escribimos aquí lo hacemos con dos semanas de antelación, así que ahora mismo se desarrolla la manifestación del 10 de marzo convocada por el Partido Popular en Madrid (y luego nos dicen privilegiados: nos cae todo aquí, desde los mayores atentados a las más multitudinarias concentraciones de gente iracunda), y se hace difícil sustraerse a las circunstancias. Pero intentaré no ceñirme sólo a la de hoy.

Al actual PP hay que agradecerle unas cuantas cosas, y me limitaré a señalar sus logros desde la oposición, porque si incluyo los de su Gobierno el espacio se me va a quedar chico. Hay que agradecerle, por ejemplo, que haya dado alas a una notable corriente anticatalana en el resto de España, aunque en este asunto contó con la inestimable colaboración de Carod-Rovira y su partido ERC. Pero fue el PP el que, escondiendo la mano, avivó una campaña de boicoteo a los productos catalanes, obligando a los convencidos idiotas a mirar con lupa las etiquetas de cada cosa que compraban, no fuera a estar contaminada. El motivo, lo recordarán, el nuevo Estatut que rompía España, a la cual no se le ve, de momento, más resquebrajamiento que el que propician el PNV y el propio PP. También hay que agradecerle la ola homófoba que desencadenó a cuenta de los matrimonios entre homosexuales, aquí con la ayuda de la Iglesia Católica, a la que, para ser coherente, el asunto tenía que haberle traído sin cuidado, ya que ella no reconoce más matrimonio que el eclesiástico, como quedó bien patente en el caso de la Princesa de Asturias, cuyo primer enlace civil ?dictaminó el portavoz-lumbrera Martínez Camino? simplemente no existía para la Iglesia. En aquella ocasión lo amenazado fue la familia, a la que no se le ve el menor rasguño hasta la fecha. Yo la veo fortalecida, de hecho, con tanta más gente afanosa por formar y formalizar una legalmente, cuando antes se juntaba de cualquier manera, sin la menor responsabilidad.

Al PP le debemos gratitud por haber puesto en tela de juicio la legitimidad de unas elecciones limpias, haciendo que parte de la población considere la victoria socialista en ellas una usurpación, y justificado el derribo del Gobierno sin que necesariamente haya urnas por medio. También por sus insinuaciones ?en el caso de Cerebrillo Licuado, como ya se conoce a un antiguo vocero de Aznar, son afirmaciones rotundas? de que el PSOE, en connivencia con ETA, fue el verdadero autor intelectual de las matanzas del 11-M, con tanta y tan inverosímil capacidad de predicción como para adivinar que algo así lo iba a aupar al poder. Y hay que agradecerle que haya sacado de las catacumbas a la extrema derecha, que llevaba hundida veinticinco años, y que además se haya dejado impregnar por ella. En estos últimos días yo he visto manifestaciones apoyadas por el PP en las que ondeaban banderas preconstitucionales, se gritaban consignas olvidadas desde el franquismo (“España, una”) y, en plena escalada de los viejos y sanguinarios conceptos de la España y la Antiespaña, se coreaban absurdos como “España sí, Gobierno no”, haciendo caso omiso de que a este Gobierno lo votaron once millones de españoles, más que a ningún otro anterior. Supongo que esos once, según esos manifestantes, van contra España (según Cerebrillo Licuado además son terroristas).

El PP hace tiempo que ha renunciado a tener razón. No la tuvo ni la tiene en esas cosas que le debemos agradecer. Tampoco en lo referente al etarra De Juana Chaos, que está en prisión atenuada ?por mucho que nos repugne y fastidie? conforme a la ley. Pero el PP, con su Magister Aznar a la cabeza, habla sin cesar de su “liberación”. ETA no aparece por ningún lado en el juicio del 11-M, pero el PP sigue empeñado en que tuvo que ver. Está claro que Zapatero no se había rendido a ETA, como por desgracia demostró el atentado contra la T-4, pero Rajoy y los suyos siguen sosteniendo que ha capitulado y ha vendido España. En esto el actual PP se parece a Batasuna y ETA. Es evidente que en el País Vasco no hay opresión (o sólo la que ejerce la propia ETA), pero la organización terrorista y sus corifeos la dan por hecho cierto y constante. Es la actitud del loco voluntario, que dice “Es de noche” cuando más brilla el sol. “Pero, ¿no ve que hace sol?”, se le refuta. “Eso no importa, porque es de noche”, responderá. Son personas que han renunciado a tener razón. No les importa. No disimulan apenas. “De Juana ha sido liberado”. “¿Pero no ve que está custodiado por guardias?” “Da igual. Ha sido liberado porque lo digo yo”. Cuando se renuncia a tener razón pueden suceder dos cosas. Una, que esa opción resulte atractiva y contagie a cada vez más gente, pues para mucha es una bendición: no tener que esforzarse, ni que argumentar, ni que convencer, ni que demostrar. Eso suele llevar a la locura colectiva: “Los judíos tienen cuernos, pezuñas y rabo y hacen sacrificios de niños”, clamaron los nazis, y el pueblo alemán lo secundó. La otra posibilidad es que haya suficientes personas que mantengan la cordura, perciban el delirio ajeno y se digan: “A estos medio chiflados y medio caraduras no se los puede votar”. Dentro de un año, a lo sumo, sabremos cuál de las dos opciones ha elegido nuestro país. Que es el de todos, mal que le pese al PP.

Javier Marías es escritor  (EPS, 25/03/07).

 

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Gabolatría y gabofobia

Se cuenta que hace poco Gabriel García Márquez invitó a comer en su
casa de México a un grupo de amigos para festejar algo que por lo
general los escritores no celebran: llevaba dos años sin escribir un
solo párrafo. Su primer retiro, hace casi un decenio, fue declararse
“reportero en reposo” y abandonar el periodismo. Después, como si
quisiera llegar paso a paso al silencio, decidió jubilarse también
como novelista. Hay personajes suyos que al final de sus vidas se van
quedando callados a la sombra de un árbol. Afortunadamente, García
Márquez no ha dado este otro paso hacia la mudez.

Que alguien dotado con el don prodigioso de volver sublime lo más
simple abandone el ejercicio que ha sido la razón de su existencia
tiene algo triste, sin duda. Pero al mismo tiempo, si hay alguien que
se puede permitir este silencio sin sentirse en deuda, es este raro
genio -único en la historia de Colombia- que nos ha regalado, con la
fuerza y el encanto de su imaginación solitaria, toda una saga de
leyendas, mitos y relatos que otras culturas elaboran en siglos de
paciencia y con la ayuda de muchos escritores y poetas.

Con García Márquez uno siempre está al borde de caer en la idolatría
(en la gabolatría, para ser más exactos), y por eso hay también en su
país y en todo el mundo una secta que profesa la devoción contraria,
es decir, la gabofobia. En particular, su más notoria debilidad
humana, una atracción fatal por quienes detentan el poder político en
el mundo, le ha granjeado detractores que saben aprovecharse de la
única grieta que resquebraja su imponente personalidad: su trágica
amistad con ese dictador moribundo del Caribe y su condescendencia con
muchos poderosos, incluyendo a todos los presidentes de Colombia
después de Turbay.

Es muy difícil ser tan famoso, prestarse al contacto y no ser
manoseado en algún momento por la untuosa mano de los poderosos. Por
eso el mismo García Márquez, a veces, debe de sentir nostalgia por ese
tiempo remoto en que era conocido como Trapoloco (por el color
estridente de sus camisas y sus medias), por esos años en que podía
mamar gallo sin ser citado al día siguiente como un oráculo en la
prensa, y en el que tenía la serenidad y la altivez secreta de que
nadie diera un comino por su futuro como persona y mucho menos como
escritor. Cuando las propias palabras adquieren tanto peso que hasta
un chiste nocturno es citado por la mañana como si fuera la meditada
sentencia de un filósofo, deben dar muchas ganas de quedarse callado
para siempre.

Cuando la devastadora fama empezó, con Cien años de soledad, García
Márquez se inventó un conjuro para no ser sepultado por la hojarasca
de la vanidad: se repetía por dentro que él no seguía siendo otro que
el hijo del telegrafista de Aracataca. Casi la mitad de cien años han
pasado desde entonces y no sólo su anonimato y su pobreza se han
vuelto fama y prosperidad, sino que ahora hay cientos de profesores en
todo el mundo que viven de analizar su obra, decenas de periodistas
que ganan su sustento tratando de imitar sus reportajes, biógrafos que
se saben su vida con más detalles que él mismo y muchos escritores que
viven de elogiarlo o denigrarlo, según el vaivén de sus humores
gástricos, literarios y políticos.

Alfonso Reyes, al final de La experiencia literaria, y el mismo García
Márquez al promediar el primer tomo (que al parecer será el único) de
sus memorias, recuerdan una polémica que hubo en Colombia a mediados
del siglo XX. Podríamos llamarla con el título que le dio el poeta
Eduardo Carranza a su intervención en la misma: Un caso de
bardolatría. Se trataba de definir si Guillermo Valencia era el mayor
poeta de Colombia, tan grande como Dante y como Lucrecio, como
afirmaba Sanín Cano, o si, en cambio, como pensaba Carranza, se
trataba “apenas de un buen poeta” que había encorsetado la poesía
colombiana con su gélido parnasianismo. El comentario de Reyes es
elegante, como siempre. Concluía sin apasionamiento: “Cuando un
sistema de expresiones se gasta por el simple curso del tiempo y no
porque carezca en sí mismo de calidad intrínseca, lo más que podemos
decir es: ‘Lo que emocionó a los hombres de ayer, porque para ellos
fue invención y sorpresa, a mí ya no me dice nada. He absorbido de tal
forma ese alimento, que se me confunde con las cosas obvias. Agradezco
a los que me alimentaron y continúo mi camino en busca de nuevas
conquistas’. Pero en manera alguna tendremos derecho de negar el valor
real, ya inamovible en el tiempo y en la verdad poética, que tales
obras o expresiones han representado y representan, puesto que en el
orden del espíritu siempre es lo que ha sido”.

Con García Márquez es difícil no caer en la bardolatría que padeció
Sanín Cano ante la obra de Valencia, pero en el caso del cataqueño con
más sobrados motivos. Difícil no ser gabólatra porque aunque sea
cierto que su sombra ha opacado a algunos grandes representantes de la
novela colombiana de la segunda mitad del siglo XX (Mejía Vallejo y
Germán Espinosa, por citar dos), esa sombra espesa no la proyecta
porque lo hayamos encaramado en un pedestal inmerecido, sino porque se
funda en su capacidad asombrosa de contar nuestra realidad y nuestra
historia con una gracia y un encanto sobrenaturales.

Pero hay algo más, que es quizá el terreno que pisan los gabófobos
cuando atacan a García Márquez ya no política, sino literariamente: el
país ha cambiado, tal vez para peor, y las nostalgias que han
gobernado esa obra inmensa e inimitable para las nuevas generaciones
ya no tienen la misma resonancia mítica. El mundo es otro, nuestras
infancias son otras, y algunas recetas del realismo mágico se han
desgastado, no por obra de su máximo creador, sino por el cansancio
que producen sus peores y muy numerosos epígonos. El arma maravillosa
de la exageración (abusada y desgastada por otros) produce ya en
algunos la indiferencia del acostumbramiento. Y así como a veces
Borges parecía imitarse a sí mismo, también hay páginas de García
Márquez, sobre todo al final de su carrera, que estaban hechas con su
misma técnica impecable pero sin la sangre y la médula vital que las
habitaba al principio. Él mismo lo notó, y creo que su silencio de los
últimos años se debe a que ya estaba escribiendo con la inercia del
oficio y no con el vigor de las entrañas.

Ahora García Márquez tiene la dudosa suerte de ser un clásico en vida,
y de que sus libros ya no se prohíban (como sucedía hace cuarenta años
en algunos colegios colombianos), sino que se receten en las mismas
cucharadas con que a los escolares les formulan cantos de Homero y
capítulos de El Quijote. Así es fácil llegar a ser más venerado que
leído, y más fácil aún levantar aplausos cuando los gabófobos toman
impulso para la diatriba y el insulto.

La abuela de García Márquez decía que su nieto Gabito era adivino. De
adivino a divino hay sólo una vocal de distancia. No hay que dar ese
paso: García Márquez fue y sigue siendo un gran escritor de este
mundo. Escribió novelas inmensas que, si el español sobrevive, se
seguirán leyendo a través de los siglos. Pedir más es imposible, y
decir más es pecar de idolatría.

Ojalá sus coterráneos seamos capaces, no de insultarlo ni de
convertirlo en un dios, no de subirnos sobre sus hombros para intentar
ver más lejos (porque en la literatura no hay progreso), no de
imitarlo usando como bastón sus invenciones, sino de seguir adelante
por nuestro propio camino, sin emular su estilo sino su vitalidad, su
amor por el arte y su confianza en que la literatura sigue siendo una
herramienta maravillosa para “desembrujar los secretos del mundo”.

(Héctor Abad es escritor / EP, 27/03/07)

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Monday, March 26, 2007

Consejo Europeo: Declaración de Berlín

Durante siglos Europa ha sido una idea, una esperanza de paz y entendimiento. Esta esperanza se ha hecho realidad. La unificación europea nos ha procurado paz y bienestar, ha cimentado nuestra comunidad y superado nuestras contradicciones.

Cada miembro ha contribuido a unificar Europa y a fortalecer la democracia y el Estado de derecho. Gracias al ansia de libertad de las gentes de Europa Central y Oriental, hoy se ha superado definitivamente la división artificial de Europa.

Con la unificación europea hemos demostrado haber aprendido la lección de las confrontaciones sangrientas y de una historia llena de sufrimiento. Hoy vivimos juntos, de una manera que nunca fue posible en el pasado.

Nosotros, los ciudadanos y ciudadanas de la UE, para fortuna nuestra, estamos unidos.

I. En la Unión Europea estamos haciendo realidad nuestros ideales comunes; para nosotros el ser humano es el centro de todas las cosas. Su dignidad es sagrada. Sus derechos son inalienables. Mujeres y hombres tienen los mismos derechos. Nos esforzamos para alcanzar la paz y la libertad, la democracia y el Estado de derecho, el respeto mutuo y la responsabilidad recíproca, el bienestar y la seguridad, la tolerancia y la participación, la justicia y la solidaridad. En la UE vivimos y actuamos juntos de manera singular, y esto se manifiesta en la convivencia democrática entre los Estados miembros y las instituciones europeas. La UE se funda en la igualdad de derechos y la convivencia solidaria. Así hacemos posible un equilibrio justo entre los intereses de distintos Estados miembros. En la UE preservamos la identidad de los Estados miembros y la diversidad de sus tradiciones. Valoramos como una riqueza nuestras fronteras abiertas y la viva diversidad de nuestras lenguas, culturas y regiones. Hay muchas metas que no podemos alcanzar solos, pero sí juntos. Las tareas se reparten entre la UE, los Estados miembros, sus regiones y sus municipios.

II. Nos enfrentamos a grandes desafíos que no se detienen en las fronteras nacionales. La UE es nuestra respuesta a ellos. Sólo unidos podemos preservar en el futuro nuestro ideal europeo de sociedad, en beneficio de todos los ciudadanos y las ciudadanas de la UE. Este modelo europeo aúna el éxito económico y la responsabilidad social. El mercado común y el euro nos hacen fuertes. Con ellos podemos amoldar a nuestros valores la creciente interdependencia mundial y la cada vez más intensa competencia que reina en los mercados internacionales. La riqueza de Europa se basa en el conocimiento y las capacidades de sus gentes; ésta es la clave del crecimiento, el empleo y la cohesión social. Vamos a luchar juntos contra el terrorismo, la delincuencia organizada y la inmigración ilegal. Y lo haremos defendiendo las libertades y los derechos ciudadanos incluso en el combate contra sus enemigos. Nunca más debe dejarse una puerta abierta al racismo y a la xenofobia. Defendemos que los conflictos del mundo se resuelvan de forma pacífica y que los seres humanos no sean víctimas de la guerra, el terrorismo y la violencia. La UE quiere promover en el mundo la libertad y el desarrollo. Queremos hacer retroceder la pobreza, el hambre y las enfermedades. Para ello vamos a seguir ejerciendo nuestro liderazgo. Queremos llevar juntos la iniciativa en política energética y protección del clima, aportando nuestra contribución para contrarrestar la amenaza mundial del cambio climático.

III. La UE se nutrirá también en el futuro de su apertura y de la voluntad de sus Estados miembros de consolidar, juntos y acompasadamente, el desarrollo interno de la UE. Ésta seguirá promoviendo también la democracia, la estabilidad y el bienestar allende sus fronteras. Con la unificación europea se ha hecho realidad un sueño de generaciones anteriores. Nuestra historia nos reclama que preservemos esta ventura para las generaciones venideras. Para ello debemos seguir adaptando la estructura política de Europa a la evolución de los tiempos. Henos aquí, por tanto, cincuenta años después de la firma de los Tratados de Roma, unidos en el empeño de dotar a la UE de fundamentos comunes renovados de aquí a las elecciones al Parlamento Europeo de 2009.

Porque sabemos que Europa es nuestro futuro común.

Berlín, 25 de marzo de 2007.


 

 

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Sunday, March 25, 2007

Roma en dos tiempos

La primera vez que vine a Roma estuve alojado en el monte Mario, en el Albergue de la Juventud. Ocurrió en el tórrido verano de 1959, cuando, con sólo cien dólares en el bolsillo y dos kilométricos de tercera de tren -pasajes muy económicos que permitían, durante un tiempo determinado, bajar y subir en cualquier estación-, Julia, mi esposa de entonces, y yo realizamos la proeza de recorrer cinco ciudades italianas a lo largo de un mes sin desfallecer de hambre y pasándola bastante bien.

El secreto estaba en caminar mucho, evitando incluso los autobuses, y alojarse siempre en los Albergues de la Juventud, que, en Italia, eran más que decorosos y baratísimos, aunque había que pagar parte de la hospitalidad tendiendo camas, barriendo pisos y pelando papas. Pero el ambiente era simpático, multicultural y babélico y una fuente inagotable de informaciones útiles para el viaje. Sólo en Venecia resultó el albergue un problema más que una solución, pues, como estaba situado en la isla de la Giudecca, las idas y venidas a la ciudad en el motoscafo significaron un forado considerable en nuestro presupuesto. Los museos eran bastante caros, incluso para estudiantes, y muchos de ellos no pudimos visitarlos. Nos consolábamos con las gratuitas iglesias, pero en Roma hicimos un doble dispendio -la Capilla Sixtina y una representación de la ópera de Aída, en las termas de Caracalla, de la que, creo, sólo alcanzamos a ver, en nuestros remotos asientos, al par de elefantes que en un momento dado irrumpían espectacularmente en el escenario- por culpa del cual debimos suprimir a Sicilia del itinerario. Yo quería llegar a Palermo, a entrevistar a Danilo Dolci, un socialista cristiano que en esos años intentaba organizar a los campesinos de esa región para defenderse de las exacciones de que eran víctimas por parte de latifundistas y mafiosos. Pero como nos quedamos sin blanca debimos regresar de prisa a Madrid, en un viaje interminable de más de treinta horas, gastándonos las últimas liras en la estación de Roma en unos panecillos sin relleno y sin gracia.

Cuando les cuento estas anécdotas a mis nietas Josefina y Ariad-na, a las que estoy mostrándoles las maravillas de Roma en estos días, advierto en sus ojos un escepticismo tenaz. Al principio pensé que lo que les resultaba difícil de creer es que su abuelo hubiera pasado tantos apuros económicos en su primera venida a Roma, pero luego descubrí que lo que las deja totalmente incrédulas es que yo hubiera sido, alguna vez, un adolescente, uno de esos jóvenes mochileros venidos de medio mundo que nos salen al paso por todos los rincones del paisaje romano. Quién como ellas, están todavía en esa deliciosa edad en la que el flujo del tiempo no existe, cuando la vida es nada más que puro presente inmóvil.

¿Por qué, en este viaje, el recuerdo de aquella primera visita a Roma, de hace casi medio siglo, no se aparta casi de mi memoria? Debo haber venido a esta ciudad desde entonces una docena de veces por lo menos, acaso más, y es la primera vez que ese recuerdo me acompaña como mi sombra. Hasta me he soñado con aquella cena en casa de Julio Macera, la única cena digna de ese nombre -con mesa puesta, vino, servilleta y postres- que tuvimos en todo aquel mes. A lo mejor se debe a que, como en aquella primera visita, dispongo en ésta de todo mi tiempo, soy por cinco días un ser absolutamente libre, sin otra obligación que escudriñar las bellezas y fealdades de la eterna ciudad: ni conferencias, ni presentaciones de libros, ni entrevistas, ni cócteles. Esta felicidad me sobreviene tan rara vez que, pese a pasarlo tan bien sirviendo de cicerone a Josefina y Ariadna, por momentos me ataca el remordimiento y me siento abusando de la ociosidad.

Son los últimos días de un invierno de mentiras, caluroso y con sol. Bares y restaurantes han sacado sus mesas a las veredas y uno camina por las calles del centro literalmente entre pastas y pizzas, oyendo todas las lenguas del planeta. Yo recuerdo, en aquellos días calenturientos del verano romano, cómo a Julia y a mí se nos hacía agua la boca cada vez que

pasábamos junto a una heladería o veíamos a los turistas, en las mesas de la calle, atragantándose con esos manjares indescriptibles, los helados italianos.

A mis nietas las historias de Rómulo y Remo, amamantados por una loba, les encantan, así como las de los mártires cristianos devorados por las fieras en el Coliseo y acribillan a los guías con preguntas sobre el particular. Pero los frescos de Miguel Ángel, Botticelli y el Perugino en la Capilla Sixtina las dejan más bien frías, aterradas como están en medio de esta muchedumbre medio asfixiada en el estrecho local a la que las palmadas constantes de los celadores, imponiendo un silencio que ellos no hacen más que romper, confunde, irrita y tiene al borde de la explosión. Para entrar a San Pedro hacemos una paciente cola de casi una hora y media, pero, adentro, resulta casi imposible divisar la Pietà, de la que nos separa una espesa masa, un verdadero bosque humano compuesto, en partes iguales, por seminaristas y japoneses. Les digo que hace cincuenta años todavía era posible acercarse hasta las mismas orillas de estas estatuas y murales y quedarse allí todo el tiempo del mundo, contemplándolas.

Cuando les cuento que, aunque parezca un crimen de lesa cultura decir esto, mi mejor recuerdo de mi primera venida a Roma no fueron los museos ni las basílicas ni las ruinas, sino la invitación a cenar que nos hizo un amigo peruano, ya avecindado y casado en esta ciudad, Julio Macera, tampoco me creen, pero es la verdad. Fue una experiencia inolvidable y deliciosa comer tan bien, en un ambiente tan cálido y grato, sin tener que calcular a cuánto ascendería la cuenta.

De todas mis anécdotas de aquel viaje la que divierte más a Ariadna y Josefina es la aventura de Ostia. Hasta parece que me la creen. Ocurrió tal cual. Fuimos a conocer Ostia y después de dar un larguísimo paseo por la playa y las casas de veraneo, entramos al restaurante que parecía más pobrecito. Entonces, a diferencia de ahora, los restaurantes no exhibían sus menús con los precios a la entrada, para que el parroquiano supiera a qué atenerse. Cuando, ya sentados en una mesa, pedimos la carta, nos dio un patatús. Aquello era carísimo, totalmente fuera de nuestro alcance. Nos dio vergüenza levantarnos. Optamos por una fórmula ridícula: pedir sólo una ensalada para Julia y un vaso de agua para mí. El camarero nos observaba con una sonrisita burlona, perfectamente al tanto de nuestro problema, sin creer un ápice que yo no pedía nada por un asunto de salud. Al final, se apareció no con un plato, sino con una enorme fuente de ensalada, y dos cubiertos, que colocó en medio de nosotros, con un guiño entre solidario y maquiavélico. Pero lo más extraordinario estaba todavía por venir. Cuando le pedí la cuenta, movió negativamente la cabeza, y nos sonrió, señalando la puerta: “Niente, niente”. Ariadna, que es la más pequeña, quiere que vayamos a Ostia ahora mismo, busquemos el restaurante de mi historia, indaguemos hasta dar con ese hombre magnífico, comamos allí y lo premiemos por lo que hizo con una gran propina.

Si algo ha cambiado mucho en Roma en todo este tiempo son las librerías. Sigue habiendo muchas, y hay incluso algunas, como la nueva que acaba de abrir Feltrinelli en la Galería que lleva el nombre del actor cómico Alberto Sordi, gigantescas. Pero ya son librerías sólo a medias, porque en todas las que visité, cuatro o cinco, los libros ocupaban sólo una parte de las estanterías, dedicada la otra a los vídeos y los discos, secciones que por lo general atraían un público más numeroso, y, sobre todo, más joven que el que merodeaba entre los libros. En cambio, no encontré una sola de esas pequeñas librerías polvorientas y familiares, que uno escarba siempre esperanzado en el hallazgo, que estoy seguro de haber descubierto siempre en mis viajes anteriores. Seguramente existen todavía, pero cada vez más pocas y más apartadas de los circuitos turísticos, empujadas hacia los márgenes y las catacumbas, al igual que en todas las otras ciudades del mundo. No lo digo de manera plañidera. Me parece muy bien que ahora las librerías sean grandes almacenes donde los libros comparten el espacio con las películas y la música, que a mí también me gustan mucho. Lo que no deja de inquietarme es que aquellos caros amigos parecen estar como a la defensiva, en una lenta retirada, conscientes de su inferioridad frente a competidores tan solicitados y poderosos.

Lo que en Roma no cambia nunca son las escalinatas de Piazza di Spagna, que no recuerdo haber visto nunca vacías, sino siempre abarrotadas de jóvenes que, de mañana, de tarde y de noche, se asolean o enfrían allí bajo el sol y las estrellas o la lluvia, contemplando el aire, los contornos ocres y dorados, en un estado de concentración hipnótico. Es un imán que atrae invenciblemente a todos los forasteros, incluidos por supuesto los italianos del interior que vienen a conocer Roma. La palabra mágica es una palabra tan usada y abusada que ya no sirve para casi nada. Pero no sé qué otra emplear para describir este extraño espectáculo que siempre me ha recibido en Roma: el de esos centenares de personas trepadas y acuñadas en las escalinatas de la plaza de España, mirando fijamente al frente, o al cielo, o a los adoquines de la calle, embebidas, absortas, sin duda descansando pero también divagando o sumidas en aquella vacuidad que para las religiones orientales representa la sabiduría. ¿Se concentra aquí el espíritu de la vertiginosa historia que ha vivido esta ciudad y es eso lo que imanta a tantas muchachas y muchachos y los tiene aquí, horas de horas, en estado de inercia, aquejados de una especie de sonambulismo? En todo caso, Josefinita y Ariadna me exigen trepar esas gradas y sentarnos allí, nosotros también, un largo rato. No se pasa mal, en verdad, transubstanciado con las piedras romanas. Aunque no lo tengo en la memoria, es muy probable que Julia y yo lo hiciéramos, aquella vez. Lo que entonces no hicimos es lo que vamos a hacer ahora, después de un largo rato de contemplación del vacío, mis nietas y yo: sentarnos en la primera terraza romana donde haya una mesa libre y empastelarnos el estómago de helados.

(Mario Vargas Llosa es escritor / EP, 25/03/07).

 

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Europa sigue en marcha…

¡Feliz Aniversario!

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Saturday, March 24, 2007

El sueño europeo cumple 50 años.

Mañana, 25 de marzo, la Unión Europea (UE) celebra el 50º aniversario de la firma del Tratado de Roma, por el que se estableció la Comunidad Europea. La UE es una extraordinaria estructura de gobierno sin paralelo en la historia. Quinientos millones de seres humanos en 27 países, desde el Mar de Irlanda hasta las puertas de Rusia, se han agrupado en menos de tres generaciones para crear el primer espacio político transnacional del mundo.

Tengo que decir, ante todo, que no soy ingenuo respecto a Europa, sobre todo en cuanto al lado oscuro de su historia. Soy consciente de que se ha derramado más sangre en Europa que en ninguna otra región del mundo. Sin embargo, tras dos mil años de luchas y conflictos, Europa salió de la Segunda Guerra Mundial decidida a empezar un nuevo capítulo en las relaciones entre los seres humanos. Y lo ha conseguido.

A diferencia de otras formas de gobierno en el pasado, cuya razón de ser siempre era la extensión del poder y la expropiación de personas, recursos y territorios, la UE se concibió con un objetivo distinto: el deseo de aunar los intereses colectivos, ampliar la reciprocidad y crear una paz duradera basada en la confianza entre los pueblos.

Lo que ha cambiado es que, por primera vez en la historia, un colectivo determinado de la raza humana se atreve a pensar como especie. En este sentido, el experimento de gobierno de la Unión Europea es tanto un vuelco revolucionario en la conciencia como un cambio en la imaginación política.

Desde mi punto de vista, el de un observador estadounidense que ha pasado gran parte de su vida en Europa, lo que está claro en medio de la ciénaga cotidiana de peleas mezquinas, restos de prejuicios e hipocresías vergonzosas, es que poco a poco va saliendo a la superficie una nueva visión del sentido de la vida, al menos entre los europeos con formación universitaria.

En primer lugar, el Sueño Europeo es muy distinto del Sueño Americano que marcó la pauta en el mundo durante los siglos XIX y XX. El Sueño Americano habla de oportunidades individuales. Definimos nuestra libertad en función de la autonomía y la movilidad; por eso estamos enamorados del automóvil. Nos enseñan que la lucha para lograr nuestros propios intereses, a solas, en el mercado, es la mejor vía hacia la felicidad personal y el progreso de la sociedad. Y, hasta hace poco, el Sueño Americano gozaba de buena salud.

Los jóvenes europeos, en cambio, tienen otro sueño. Cuando se les pide que digan qué visión tienen del futuro, inevitablemente responden que sueñan con una “buena calidad de vida”, que es un interés más colectivo.

A pesar de las numerosas diferencias que existen en la que es, sin duda, la región con más diversidad cultural del mundo, hay ciertos denominadores comunes que comparten casi todos los europeos jóvenes y con educación. Facilitar la buena calidad de vida, asegurar el desarrollo sostenible, propugnar los derechos humanos y sociales, hallar el equilibrio entre trabajo y ocio, responsabilizarse de los que son menos afortunados y construir puentes hacia la paz: éstos son los rasgos determinantes del incipiente Sueño Europeo y lo que de verdad se celebra en el 50º aniversario de la Unión.

Como es natural, los sueños son lo que a la gente le gustaría ser, no lo que es. Los europeos tienen que recorrer todavía mucho camino hasta que sus sueños se hagan realidad. Pero lo que es más interesante del experimento europeo, a pesar de todos los fallos humanos, es que una parte significativa de la raza humana esté intentando -aunque sea débilmente- aspirar a una “conciencia global” en una era interconectada a escala mundial.

Los aniversarios son una oportunidad, no sólo de reflexionar sobre los logros del pasado, sino también de fijar futuros objetivos. Me gustaría sugerir cuatro prioridades fundamentales para los próximos 50 años de integración europea.En primer lugar, los europeos deben sentar un ejemplo para el mundo transformando las relaciones internacionales y abandonando la lucha geopolítica tradicional que ha dominado las relaciones entre pueblos y naciones desde la Paz de Westfalia de 1648 para iniciar una “política de la biosfera”. En años venideros, nuestro bienestar individual y colectivo va a depender cada vez más de nuestra capacidad de entender que la biosfera del planeta es nuestro hogar común. El cambio climático, la pérdida de ecosistemas y hábitats, la extinción de especies y la disminución de las reservas de agua dulce son una amenaza para la mera supervivencia de la civilización, y exigen un cambio de paradigma en nuestra forma de pensar sobre la tierra.

Segundo, los europeos tienen que mostrar al mundo que los seres humanos pueden vivir juntos en esta tierra, con toda su diversidad. De hecho, el apodo de la UE es “unidad y diversidad”. En la práctica, los europeos todavía tienen que demostrar que Europa puede ser verdaderamente una plaza pública mundial, un lugar en el que las diásporas culturales del mundo puedan vivir juntas respetándose mutuamente y en un espíritu de tolerancia. La creciente xenofobia y el ascenso de los movimientos políticos ultranacionalistas están sembrando las semillas de un nuevo y violento sentimiento en contra de los inmigrantes en algunas regiones de Europa. La prueba de fuego del Sueño Europeo será su capacidad de acoger e integrar a millones de inmigrantes procedentes de fuera de la UE, sobre todo las minorías musulmanas del norte de África y Oriente Próximo. Por su parte, los nuevos inmigrantes tienen que encontrarse con sus anfitriones europeos a medio camino y convertir el Sueño Europeo en parte de su propio sueño.

Tercero, los Estados miembros de la Unión Europea necesitan encontrar una forma de racionalizar y equilibrar su modelo social y su modelo de mercado para asegurarse de que las virtudes de cada uno complementan los puntos débiles del otro. Fomentar la iniciativa personal, recompensar el espíritu emprendedor y promover el desarrollo del mercado, sin dejar de garantizar el reparto amplio y justo de los frutos del progreso económico, son pasos fundamentales para el futuro de una Europa social.

Por último, los europeos deben tener un papel mucho más importante en el escenario mundial y convertir su modelo de paz y cooperación transnacional en un modelo para todo el mundo. En Asia, Latinoamérica y África están en marcha intentos de crear espacios políticos internacionales como la Unión Europea. La UE puede facilitar el proceso si comparte sus “mejores prácticas”, actúa como espuela y como conciencia y construye relaciones de cooperación con otras regiones que estén disponiéndose a emprender su propio recorrido hacia una era mundial transnacional.

Por ahora, es suficiente con que todos los que procedemos de otras partes del mundo digamos feliz 50º aniversario a la Unión Europea y a nuestros amigos europeos. Vuestros logros son una fuente de inspiración y un reto que nos empuja al resto a aspirar también a más.

(Jeremy Rifkin es escritor / EP, 24/03/07).

En enero de 2005 pronuncié en Las Palmas un discurso en defensa del proyecto de Constitución Europea que pocas semanas más tarde se sometería a referéndum. Como conclusión del mismo cité unas premonitorias palabras del escritor francés Víctor Hugo pronunciadas en 1848 que dicen así: “Llegará un día que todas las naciones del continente, sin perder su idiosincracia o su gloriosa individualidad, se fundirán estrechamente en una unidad superior y constituirán la fraternidad europea. Llegará un día que no habrá otros campos de batalla que los mercados abriéndose a las ideas. Llegará un día en que las balas y las bombas serán sustituidas por los votos”. Mañana hace 50 años que ese sueño de Víctor Hugo comenzó a hacerse realidad. No dejemos que muera. Es un sueño que merece la pena.

(HArendt)

 

 

 

 

 

 

 

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Friday, March 23, 2007

Las diosas se desnudan en El Louvre

Una ambiciosa exposición rastrea al misterioso Praxíteles, el gran escultor de la Grecia clásica ¿Qué sabemos de Praxíteles? La tentación de decir aquello de “sólo sé que no sé nada” es fuerte, máxime cuando, tras visitar la gran exposición monográfica que le dedica el Museo del Louvre (que estará abierta al público del 23 de marzo al 18 de junio), hemos podido comprobar que del centenar largo de obras que se exponen sólo dos son con certeza del más célebre de los escultores de la Grecia clásica y una tercera pudiera serlo. Añadamos que las dos que lo son con seguridad hoy son meros pedestales sin escultura, pero pedestales que conservan la firma del genio. ¿Cómo exponer lo que no existe? Primero, a través de copias, luego a partir de obras inspiradas por él, por fin a través de obras que hacen referencia a su universo. Praxíteles, un ateniense de familia de escultores, vivió entre el 400 y el 330 antes de Jesucristo. De él, de su importancia, tenemos el testimonio escrito de Plinio el Viejo, de Luciano y de Pausanias. El primero de los tres historiadores nos cuenta el origen de la celebridad de Praxíteles.

En su día Praxíteles esculpió dos diosas Afrodita: una vestida, la otra desnuda. Los del pueblo de Cos, gente seria, según Plinio el Viejo, eligieron la vestida. Los de Cnido, al llegar después, tuvieron que quedarse con la desnuda. Era el primer desnudo total de la historia de la escultura, o al menos eso es lo que nos cuentan los cronistas. ¿Iba desnuda porque lo exigía el guión? Es verdad que acaba de lavarse pero la serenidad de la pose y el gesto se avienen mal con cuestiones de higiene. ¿Iba desnuda porque espera a alguien a quien ama? Aunque mira hacia la izquierda no lo hace ni con inquietud ni con impaciencia. Sencillamente, es una diosa. Del amor, pero diosa. Según Plinio, las gentes de Cnido nunca quisieron vender la estatua, que estaba bajo cubierto pero al aire libre, visible de todos. Y explica también que un vecino, enamorado de sus formas, pasara toda una noche en sus brazos, dejando una mancha indeleble como testimonio de que el suyo no era un amor platónico.

Otra Venus o afrodita célebre: la llamada de Arles. En ese caso fue rescatada de las ruinas del teatro romano en 1651. Un escultor le añadió los brazos perdidos, ahora con una manzana y un espejo en cada mano. El mito de Frankenstein pero con la belleza como resultado.

No está el efebo de Maratón, que se conserva en el museo nacional de Atenas. El ministro griego no ha querido prestarlo. “Demasiado frágil” dijo primero. Luego se refirió a que figura en un catálogo de “obra inamovible”. El argumento real es, sin duda, otro y tiene que ver con el expolio de que ha sido objeto el patrimonio griego clásico, hoy mejor representado en Berlín, París o Londres que en la propia Atenas.

Praxíteles es, en definitiva, un ausente muy presente. Ausente porque de él apenas nos queda la firma y algún ejemplo de identidad dudosa de su maestría con el mármol. Presente porque durante, como mínimo seis siglos, fijó un canon de belleza. Los romanos lo adoptaron y no fue hasta que su agotamiento fue absoluto, hasta que el carácter intercambiable de cuerpos, brazos y cabezas empezó a convertir los jardines, baños y casas de Roma en un catálogo de exvotos de mármol que aparecieron con otras formas. Que esas fueran las del románico, que todo tuviera que fijarse en un arte simbólico, alérgico al realismo, frontal y rudimentario, es un capricho de la historia, pero seis siglos de escultura sin ninguna gota de humor hubieran sido suficientes para acabar ahogando la creatividad del propio Praxíteles.

Un bronce, rescatado del fondo del mar en 1997 y que según Paolo Moreno es un original de Praxíteles, cierra la exposición y abre otras hipótesis, pues su movimiento, su dramatismo, su intensidad, no tienen nada que ver con la serenidad divina del resto de la producción. En resumen, otro Praxíteles es posible.

La exposición del Louvre es la primera, de carácter monográfico, que el gran museo dedica a un artista de la Grecia o Roma clásica. El ejercicio es arriesgado y difícil, como lo prueba el que antes sólo Francfort, interesándose en Policleto y Roma, con Lisipo como protagonista, aceptaran ese desafío.

Friné era la modelo y amante de Praxíteles. Su belleza era celebrada por todos y por ella misma, sin duda menos modesta de lo que aconsejan los manuales. Un día la asamblea de sabios atenienses, hartos de oírla decir que ella era más hermosa que nadie, la acusaron de blasfemia en un cielo tan lleno de diosas como el suyo, sobre todo de diosas tan poco ajenas a los deseos humanos. Cuando, ante el areópago, el defensor de Friné se quedó sin argumentos, optó por quitar a Friné la ropa con que ocultaba su desnudez. La asamblea de jueces, ante la maravilla de un cuerpo perfecto, abandonó toda idea de impiedad.

Jean-Léon Gérôme pintó el episodio en 1861 y desató otro escándalo. El público parisiense se identificó con los barbudos que miran a la chica y se sintió tratado de rijoso. Gérôme era un virtuoso en la materia y en ese juego fue luego aún más lejos cuando en 1890 pintó Pigmalión y Galatea, en la que el escultor besa su escultura y hace que ésa cobre vida. Se cerraba así un círculo que se había abierto en Cnido 2.300 años antes.

(Octavio Martí / El País, 21/03/07).

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un disparo en la moral

Los científicos muestran que el juicio moral depende de las emociones.
Cierto daño cerebral lleva a decisiones éticamente discutibles aunque
la razón esté intacta. “Un amigo está infectado por un virus y planea
contagiar a otros. Algunos morirán. Tu única opción es dejar que
ocurra o matarle. ¿Aprietas el gatillo?” Lo preguntan los
neurocientíficos Marc Hauser y Antonio Damasio, pero es un dilema
moral clásico. ¿Matarías a tu hijo para salvar a 10 personas? La
mayoría de la gente responde que no, aun cuando admitan que deberían
responder que sí, pero los pacientes de Hauser y Damasio apretarían el
gatillo. El estudio demuestra por vez primera que las emociones son
esenciales para el juicio moral. Los pacientes de Hauser y Damasio
creen que hacen lo moralmente correcto, puesto que matan a uno y
salvan a diez. “Debido a su daño cerebral, tienen unas emociones
sociales anormales, carecen de compasión y de empatía [la capacidad
para ponerse en la piel del otro]“, dice el miembro del equipo Ralph
Adolphs, del Instituto Tecnológico de California (Caltech, en
Pasadena).

“Los dilemas morales de esas características dividen internamente a la
mayor parte de la gente, pero no a estos pacientes que hemos
estudiado”, afirma Damasio, último premio Príncipe de Asturias de
investigación. El enfoque filosófico dominante ha sido el
racionalista, que sostiene que la moral del individuo proviene de unos
principios abstractos y del razonamiento consciente sobre ellos. Desde
los años noventa, sin embargo, los estudios que han examinado la
actividad cerebral asociada a tareas morales han apuntado una y otra
vez a circuitos emocionales bien conocidos. Pero esa mera correlación
no es ninguna amenaza para el racionalismo: podría no deberse a que la
moral sea emocional, sino a que sea emocionante.

Los laboratorios de Antonio Damasio, de la Universidad de Iowa, y Marc
Hauser, de Harvard, presentan hoy en Nature la demostración de ese
nexo causal: la primera prueba experimental de que las emociones no
sólo se asocian a los juicios morales, sino que son cruciales para
elaborarlos.

Damasio y Hauser han examinado a seis personas con daños muy
localizados en el córtex prefrontal ventromedial (VMPC), uno de los
nodos centrales de la red emocional del cerebro, muy estudiado desde
el 13 de septiembre 1848, cuando una explosión accidental disparó una
barra de hierro de un metro de largo y seis kilos de peso exactamente
hacia el VMPC de Phineas Gage, el capataz de una cuadrilla de
trabajadores del ferrocarril. Sobrevivió, y sin daños en la capacidad
del lenguaje ni en otras funciones intelectuales. Pero como dijo poco
después un amigo suyo: “Este hombre ya no es Phineas Gage”.

“Lo que es absolutamente asombroso”, prosigue Hauser, “es lo selectivo
que es el déficit. El daño en los lóbulos frontales deja intacto un
conjunto de capacidades para resolver problemas morales, pero daña
específicamente los juicios en los que una acción repugnante se pone
en conflicto directo con un fuerte resultado utilitario”. El
“utilitario” viene del utilitarismo, la moral del “mejor cuanta más
gente quede satisfecha”, o feliz, según versiones.

“Nuestro trabajo aporta la primera evidencia causal del papel de las
emociones en los juicios morales”, afirma Hauser. “Esto no quiere
decir, sin embargo, que todo el razonamiento moral dependa de las
emociones de manera tan fuerte”. La zona que perdió Phineas Gage
alberga la compasión, la vergüenza y la culpa, muy relacionadas con
los valores éticos

Los pacientes que tienen destruido el córtex prefrontal ventromedial
(VMPC) “muestran una disminución general en su capacidad de respuesta
emocional y una marcada reducción de las emociones sociales -como la
compasión, la vergüenza y la culpa- que están estrechamente
relacionadas con los valores morales”, escriben los científicos en
Nature . Sin embargo, su trastorno es muy limpio : todos los graves
defectos que muestran se refieren a la respuesta a los estímulos
emocionales o a la regulación de los propios sentimientos. “Las
capacidades de la inteligencia general, el razonamiento lógico y el
conocimiento de las normas sociales y morales aparecen preservadas”,
afirman los científicos.

No todos los razonamientos morales están afectados en estas personas.
El trastorno afecta específicamente a los dilemas en que el bienestar
(o el placer, o la satisfacción) de varias personas, o del grupo
social en un sentido más abstracto -un cálculo típico de la filosofía
utilitarista- se contrapone directamente a un estímulo aversivo de
gran contenido emocional, como en el ejemplo clásico de matar a una
persona para que se salven varias otras. La destrucción del VMPC deja
intacta la capacidad del cálculo utilitarista, pero destruye el
contrapeso emocional de la aversión.

Según Damasio, estas reacciones aversivas en las personas normales son
una combinación del rechazo al acto (matar a alguien, sea quien sea) y
de la compasión por otro ser humano. El neurólogo, autor del El error
de Descartes , cree que estos resultados tendrán implicaciones
filosóficas muy concretas: algunos sistemas morales pueden recibir
apoyo experimental, y otros podrán perderlo.

Al capataz que inició todo esto, Phineas Gage, la barra de hierro le
entró por la mandíbula, le pasó por detrás del ojo izquierdo, salió
por lo alto del cráneo y aterrizó 30 metros más atrás. “La
circunstancia más singular relacionada con este caso melancólico”,
escribía al día siguiente un reportero, “es que el señor Gage seguía
vivo en la tarde de ayer, en plena posesión de sus facultades mentales
y libre de todo dolor”.

Gage había sido un buen capataz, eficaz pero sensato y equilibrado con
los peones que tenía bajo su mando. Su memoria, su percepción y su
capacidad lingüística estaban intactas. Pero se había vuelto
caprichoso, vacilante, irreverente, maleducado, impaciente, terco y
cruel con los empleados. Era la misma razón, pero no la misma persona.
Gage murió 12 años después, en 1860. Su cráneo y la barra de hierro
que lo perforó se conservan en la Escuela de Medicina de la
Universidad de Harvard.

(Javier Sampedro / El País, 22/03/07).

 

 

 

 

 

 

 

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Ejecutados por Stalin

Las imágenes de estas páginas corresponden a fichas policiales de personas asesinadas en la purgas estalinistas efectuadas en los años treinta del siglo pasado en la URSS. En ellas desaparecieron millones de ciudadanos. Estos retratos inéditos fueron encontrados en los archivos de la Lubianka, la sede de la policía secreta soviética en Moscú. Allí se guardan decenas de miles más. Sus rostros componen una galería macabra, una suerte de dramático fotomatón, irónico nombre de esa cabina equipada para retratar rauda y veloz, en un aquí te pillo y aquí te mato. Así sucedió con estos hombres y mujeres: desaparecieron en un hoy te arresto y mañana te ejecuto.

Lo dejó dicho el escritor Vassili Grossman, que supo mucho de aquel tiempo: “El nombre de Stalin ha quedado inscrito para toda la eternidad en la historia rusa”. Y así fue. En 1917, los sóviets toman el poder en el país y se entierra para siempre un mundo: la etapa zarista. Cinco años después comienza Josef Stalin a brillar de verdad, cuando Lenin le asciende a secretario general del Partido Comunista, con dudas, sí, pero sin alcanzar a imaginar que él, uno de sus seis cargos de confianza antes de su muerte, en 1924, llegaría a acabar con los otros cinco. Y de paso, con sus conciudadanos en un verdadero ejercicio de exterminio social.

A los protagonistas de todos estos retratos desconocidos, días antes de morir, horas antes, minutos o segundos antes, les mandan salir de la celda, caminar por pasillos inmundos y oscuros, después de haber sido interrogados y torturados; les hacen posar ahí, delante del fotógrafo (“Mira aquí, mira; mantén la pose, mira a la cámara”), al aire libre, con luz natural para que quede mejor, más real, en un rincón cualquiera, en un patio? Quizá estén solos y se llamen Oleg Alexandrovich Kamenetski, estudiante de arte de 21 años, acusado de contrarrevolucionario, que va a ser fusilado el 12 de julio de 1929 y su memoria no quedará rehabilitada hasta 1990; o Aziza Rajimovna Shirinskaia, maestra de escuela, de 37, detenida junto a sus hermanos Akmet-Kemil, Shakir y Selim-Girei por participar en actividades antisoviéticas, que serán fusilados el 10 de enero de 1933, sin que nadie pueda limpiar su imagen hasta 1990; o María Skibitskaia-Tseitlin, médica, de 44, con cargos que se ignoran, condenada y ejecutada el 21 de junio de 1937, a la que nadie ha rehabilitado.

O quizá se encuentren junto a otros de los detenidos esta misma noche, ayer, hace unos días, durante una u otra razia. Y tras el baile consiguiente de autoinculpaciones, acusaciones mutuas, mentiras (“Danos nombres, queremos nombres”), ellos y ellas se quedan quietos, posan, miran al objetivo detenidamente? Y por su rostro, por sus ojos, van desfilando todos los sentimientos posibles, la incredulidad, el espanto, el desprecio, la ira, la tristeza, el orgullo, el dolor, la provocación, el miedo, incluso alguna sonrisa de esas tontas que se escapan ?se deben escapar? cuando ya la esperanza está perdida, uno o una sabe que va a morir y punto; cuando ya se ha agostado incluso el deseo imperioso de salvar la vida, de alargarla como sea, de sobrevivir a cualquier precio; o de rescatar al hijo, al esposo, al padre también prisioneros, desterrados, congelados en un agujero en Siberia, en los Urales (“Prohibidas las visitas y las cartas durante 10 años”, era lo mínimo), para siempre ya desaparecidos.

Las personas de estas fotografías vivieron la misma situación millones de veces vivida en la Europa trágica de la primera mitad del siglo XX: ciudadanos convertidos en enemigos de otros ciudadanos; víctimas unos de otros, y todos a manos de dementes en el poder: Hitler, Franco, Mussolini o Stalin. Sólo que los que fueron ejecutados durante el mandato de este último (de 1929 a 1953) resultan víctimas dobles. Por haber muerto sin pruebas ni garantías y por no encontrar razón última (si es que algún asesinato la tiene) para morir: en su caso no había por medio, en general, conflictos de religión, raza o nacionalidad, ni siquiera políticos, de odio centenario u enemistad territorial, lucha por los recursos o conflicto tribal? No consta.

No había nada para justificar lo injustificable, viene a decir David King, el autor de Ciudadanos comunes. Las víctimas de Stalin (Francis Boutle Publishers, Londres), un libro donde se publican algunos de los retratos descubiertos en la Lubianka. Sólo ansia de poder y afán por hacer desaparecer a los otros, la misma saña y minuciosidad con que Stalin ?conocido como “el devorador de imágenes”? manipulaba las fotografías oficiales, amputaba, tachaba, rehacía, retiraba de ellas a aquellos que no le interesaban; hacía como si nunca hubieran existido. “Estar o no estar en la foto”, ésa era la clave.

Le sucedió primero a León Trotski, y luego, a muchos otros que, de su completa adhesión al régimen y a la causa bolchevique, pasaron al olvido. Como Nikolai Yezhov, el mejor pupilo de Stalin, comisario del Pueblo de Asuntos Internos, jefe de la policía secreta durante la llamada Gran Purga entre 1936 y 1938, cuando el hip parade de la propaganda clamaba en carteles lo de “limpiemos el partido de individuos clasistas y elementos hostiles, degenerados, traidores, arribistas, egoístas, burócratas y personas moralmente decadentes”. Yezhov se dedicó en cuerpo y alma a eliminar todo rastro trotskista. Se cree que, sólo en 1936, 3.000 oficiales superiores de la policía secreta fueron asesinados bajo su mandato. Se le atribuyen millones de fusilamientos políticos. En el verano de 1938 fue relevado de su cargo; el 10 de abril de 1939, detenido, y nunca más visto: se quedó sin imagen.

Eso fue lo primero que llamó la atención a King cuando un buen día buscaba material gráfico sobre Trotski en los archivos soviéticos. No había. Y King, ex editor del Sunday Times Magazine, residente en Londres, apasionado de la URSS y que cuenta hoy con un fondo de más de 250.000 imágenes (www.davidkingcollection.com), se empeñó en buscar y coleccionar esas piezas retocadas que pretendían reescribir la realidad. Con todo ello publicó en 1997 un volumen titulado The commissar vanishes, en el que mostraba el increíble desarrollo de la falsificación fotográfica bolchevique (de ahí nació en 2003 en el Centro Andaluz de la Fotografía, CAF, la exposición Stalinfagia, de la que un crítico, Luis M. Ruiz, dijo: “De golpe, por obra y gracia de un especialista en trucajes y unos minutos de laboratorio, se rescindía un esqueleto y la carne que lo recubría? se eliminaba el primer cigarrillo, la tos, la última carta de amor? en cierto sentido, suprimir a un hombre supone dejar al mundo cojo”).

El británico hurgó en los archivos de los procesos de 1936, 1937 y 1938, los de la depuración del Ejército y la extinción de la Vieja Guardia, tras los retratos de los acusados, hasta que se topó con Memorial, una organización de Derechos Humanos en Moscú; allí descubrió las fichas de miles de ciudadanos comunes. Pura ironía: a pesar de los deseos de Stalin por limpiar el mundo gráfico a su antojo, aquí están, inmortalizados, los rostros de los asesinados, retratados por esos mismos fotógrafos oficiales anónimos a los que el Estado soviético negó la independencia artística entre 1920 y 1960. “Había tantos retratos que fue un dolor elegir sólo dos centenares para el libro. Los seleccioné por su calidad, sus expresiones, por la variedad de procedencias, de entorno, de trabajo?”, cuenta. El material ha servido de nuevo al CAF para producir una exposición que acaba de cerrar sus puertas en Almería y que se moverá por otras ciudades (más información en caf.ccul@juntadeandalucia.es).

“Las fotos de las fichas encontradas son pequeñas, tamaño carné, y están pegadas a la cartulina gris de la NKVD, la Comisaría del Pueblo para Asuntos Internos, en formatos estarcidos y sellados con dígitos, nombres y fechas”, cuenta King. “Los datos personales y tristes de la existencia de cada ejecutado se escribieron en papel rayado con esa caligrafía tan ejemplar que antaño tanto apreciaban los burócratas soviéticos. Todo figura en orden alfabético”, describe. De forma puntillosa y con calidad. Así trabajó la policía secreta bajo sus distintas denominaciones al correr del tiempo: la Cheka, OGPU, NKVD? “Y es también una macabra ironía que la mirada letal de esa policía secreta pudiese haber creado retratos tan sensibles”, dice King.

Rostros atormentados, expresiones conmovedoras. Cada imagen, un número, una vida. Y muchas, con ese giro vertiginoso que produce todo movimiento circular: los que un día eran amigos, ejecutores, denunciantes, torturadores, acaban convertidos años después en enemigos, detenidos, prisioneros, víctimas, ejecutados. Es el caso de Alexander Malchenko. Amigo y camarada de Lenin desde sus inicios revolucionarios: la madre de éste le ocultaba de la policía de San Petersburgo en sus años mozos. Luego, borrado. O el de Mijaíl Frinovski, subcomisario del NKVD que fue considerado criminal contrarrevolucionario, y con él, su esposa, su hijo, sus parientes? Todos ejecutados. Hay muchos más: compañeros de partido o jefes del ejército de confianza un día que al siguiente se convierten en espías, en sospechosos, en intrigantes, en terroristas. Hay en esta galería retratos de comunistas y no comunistas, afiliados o no al partido, simpatizantes o no, directores de teatro, granjeros colectivistas, obreros concienciados de fábricas, secretarias, maestras de escuela, ingenieros, físicos, actores, aviadores, estudiantes o comandantes del mismísimo Ejército Rojo. Ni los héroes de la patria durante la guerra civil se salvaron de la labor de purga criminal. Como Mijaíl Iliich Kossa. Su ficha policial dice: “Nacido en Malo-Ekaterinovka en 1921. Miembro del Partido Comunista. Héroe de la Unión Soviética. Comandante de sección en un centro de entrenamiento militar? Arrestado el 24 de septiembre de 1949. Condenado a muerte por el Consejo Militar de la Corte Suprema de la URSS el 20 de abril de 1950. Cargos: traición a la patria, secuestro de un avión con destino a un país extranjero y vínculos con la Gestapo. Fusilado el mismo día. Se rehabilitó su memoria en 1966″.

Este archivo valiosísimo está custodiado por Memorial, asociación de asociaciones, creada para documentar los crímenes estalinistas al calor de Gorbachov y la perestroika allá por 1989, cuando cayó el muro en Berlín y se derrumbó exhausto ese periodo de la historia. Fue entonces cuando se inició la segunda fase de rehabilitación (la primera se produjo tras la muerte de Stalin, en 1953) de aquellos acusados de crímenes políticos no probados. “Luchamos por prevenir cualquier totalitarismo, por que se sepa la verdad del pasado, por tener libre acceso a los archivos históricos, y desarrollamos proyectos para desvelar lo que sucedió, apoyamos a los familiares de las víctimas?”, indican. Y aseguran oponerse de pleno “al intento reciente y creciente de engrandecer la figura de Stalin”. La lista de personas cuya biografía se ha limpiado de cargos falsos por los que Stalin les robó la vida supera ya el millón de nombres protegidos por la Ley de Rehabilitación de 1991.

Entre las fotos, las hay también de artistas, escritores y poetas? Stalin los consideraba sus peores enemigos. El poder de la palabra. Sin embargo, “ese espíritu ruso”, decía Jorge Edwards, “ese estado de ánimo, esa actitud profundamente creadora, podía existir a pesar de Stalin”. Y existió. Los detalles de aquel tiempo han quedado escritos y descritos en la obra de muchos autores, fusilados o condenados a trabajos forzados en el gulag (“reeducación mediante el trabajo”, era la máxima; un subterfugio para obtener mano de obra gratis que explotara las minas, que levantara obras públicas, para la industrialización). Ellos describen lo que sus ojos ven a diario, lo que sus cuerpos sufren y sus mentes sueñan; narran su lucha por sobrevivir, por continuar siendo personas. Como Isaac Babel, que trabajaba en una novela sobre la Cheka, la policía secreta de Lenin, y nunca la llegó a terminar; Osip Mandelstam, congelado de por vida por culpa de un poema sobre Stalin (“Él puede matar y a la vez ser dulce / Es un georgiano de gran corazón”, escribió); Varlam Shalamov, quien pagó un alto precio, tres lustros de encierro, por desvelar el testamento de Lenin y sus dudas sobre Stalin; Solzhenitsin, que mostró al mundo los crímenes del totalitarismo; Evgenia Ginzburg, arte y parte culpable del estalinismo un tiempo y luego víctima de su represión?

“Lo que yo he visto, un hombre no lo ha de ver, ni siquiera lo ha de conocer”, escribió un día Shalamov desde ese encierro al que consiguió sobrevivir y que describió en sus Relatos de Kolyma, un centenar de historias breves que no se publicaron en Rusia hasta los ochenta; un documento estremecedor sobre la degradación y la deshumanización de la vida en los campos de prisioneros de Stalin, por los que se cree pasaron unos 20 millones de personas. “¿Cómo contar lo que no puede ser contado? Es imposible encontrar las palabras. Morir tal vez habría sido más sencillo”, concluye.

(Lola Huete Machado es periodista / El País Semanal, 18/03/07).

 

 

 

 

 

 

 

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