Sunday, February 11, 2007

El regreso del idiota…

Hace diez años apareció el Manual del perfecto idiota latinoamericano
en el que Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro
Vargas Llosa arremetían con tanto humor como ferocidad contra los
lugares comunes, el dogmatismo ideológico y la ceguera política que
están detrás del atraso de América Latina. El libro, que golpeaba sin
misericordia, pero con sólidos argumentos y pruebas al canto, la
incapacidad casi genética de la derecha cerril y la izquierda boba
para aceptar una evidencia histórica -que el verdadero progreso es
inseparable de una alianza irrompible de dos libertades, la política y
la económica, en otras palabras de democracia y mercado-, tuvo un
éxito inesperado. Además de llegar a un vasto público, provocó
saludables polémicas y las inevitables diatribas en un continente
“idiotizado” por la prédica ideológica tercermundista, en todas sus
aberrantes variaciones, desde el nacionalismo, el estatismo y el
populismo hasta, cómo no, el odio a Estados Unidos y al “neo
liberalismo”.

Una década después, los tres autores vuelven ahora a sacar las espadas
y a cargar contra los ejércitos de “idiotas” que, quién lo duda, en
estos últimos tiempos, de un confín al otro del continente
latinoamericano, en vez de disminuir parecen reproducirse a la
velocidad de los conejos y cucarachas, animales de fecundidad
proverbial. El humor está siempre allí, así como la pugnacidad y la
defensa a voz en cuello, sin el menor complejo de inferioridad, de
esas ideas liberales que, en las circunstancias actuales, parecen
particularmente impopulares en el continente de marras.

Pero ¿es realmente así? Las mejores páginas de El regreso del idiota
están dedicadas a deslindar las fronteras entre lo que los autores del
libro llaman la “izquierda vegetariana” con la que casi simpatizan y
la “izquierda carnívora”, a la que detestan. Representan a la primera
los socialistas chilenos -Ricardo Lagos y Michelle Bachelet-, el
brasileño Lula da Silva, el uruguayo Tabaré Vásquez, el peruano Alan
García y hasta parecería -¡quién lo hubiera dicho!- el nicaragüense
Ortega, que ahora se abraza con, y comulga con frecuencia de manos de
su viejo archienemigo, el cardenal Obando. Esta izquierda ya dejó de
ser socialista en la práctica y es, en estos momentos, la más firme
defensora del capitalismo -mercados libres y empresa privada- aunque
sus líderes, en sus discursos, rindan todavía pleitesía a la vieja
retórica y de la boca para fuera homenajeen a Fidel Castro y al
comandante Chávez. Esta izquierda parece haber entendido que las
viejas recetas del socialismo jurásico -dictadura política y economía
estatizada- sólo podían seguir hundiendo a sus países en el atraso y
la miseria. Y, felizmente, se han resignado a la democracia y al
mercado.

La “izquierda carnívora” en cambio, que, hace algunos años, parecía
una antigualla en vías de extinción que no sobreviviría al más longevo
dictador de la historia de América Latina -Fidel Castro-, ha renacido
de sus cenizas con el “idiota” estrella de este libro, el comandante
Hugo Chávez, a quien, en un capítulo que no tiene desperdicio, los
autores radiografían en su entorno privado y público con su desmesura
y sus payasadas, su delirio mesiánico y su anacronismo, así como la
astuta estrategia totalitaria que gobierna su política. Discípulo e
instrumento suyo, el boliviano Evo Morales, representa, dentro de la
“izquierda carnívora”, la sub-especie “indigenista”, que, pretendiendo
subvertir cinco siglos de racismo “blanco”, predica un racismo quechua
y aymara, idiotez que, aunque en países como Bolivia, Perú, Ecuador,
Guatemala y México carezca por completo de solvencia conceptual, pues
en todas esas sociedades el grueso de la población es ya mestiza y
tanto los indios y blancos “puros” son minorías, entre los “idiotas”
europeos y norteamericanos, siempre sensibles a cualquier estereotipo
relacionado con América Latina, ha causado excitado furor. Aunque en
la “izquierda carnívora” por ahora sólo figuran, de manera inequívoca,
tres trogloditas -Castro, Chávez y Morales- en El regreso del idiota
se analiza con sutileza el caso del flamante presidente Correa, del
Ecuador, grandilocuente tecnócrata, quien podría venir a engordar sus
huestes. Los personajes inclasificables de esta nomenclatura son el
Presidente argentino Kirchner y su guapa esposa, la senadora Cristina
Fernández (y acaso sucesora), maestros delcamaleonismo político, pues
pueden pasar de “vegetarianos” a “carnívoros” y viceversa en cuestión
de días y a veces de horas, embrollando todos los esquemas racionales
posibles (como ha hecho el peronismo a lo largo de su historia).

Una novedad en El regreso del idiota sobre el libro anterior es que
ahora el fenómeno de la idiotez no lo auscultan los autores sólo en
América Latina; también en Estados Unidos y en Europa, donde, como
demuestran estas páginas con ejemplos que producen a veces carcajadas
y a veces llanto, la idiotez ideológica tiene también robustas y
epónimas encarnaciones. Los ejemplos están bien escogidos: encabeza el
palmarés el inefable Ignacio Ramonet, director de Le Monde
diplomatique, tribuna insuperable de toda la especie en el viejo
continente y autor del más obsecuente y servil libro sobre Fidel
Castro -¡y vaya que era difícil lograrlo!-; y lo escolta Noam Chomsky,
caso flagrante de esquizofrenia intelectual, que es inspirado y hasta
genial cuando se confina en la lingüística transformacional y un
“idiota” irredimible cuando desbarra sobre política. La Madre Patria
está representada por el dramaturgo Alfonso Sastre y sus
churriguerescas distinciones entre el terrorismo bueno y el terrorismo
malo, y los Premios Nóbel por Harold Pinter, autor de espesos dramas
experimentales raramente comprensibles y sólo al alcance de públicos
archiburgueses y exquisitos, y demagogo impresentable cuando vocifera
contra la cultura democrática.

En el capítulo final, El regreso del idiota propone una pequeña
biblioteca para desidiotizarse y alcanzar la lucidez política. La
selección es bastante heterogénea pues figuran en ella desde clásicos
del pensamiento liberal, como Camino de servidumbre, de Hayek, La
sociedad abierta y sus enemigos, de Popper, y La acción humana, de von
Mises, hasta novelas como El cero y el infinito, de Koestler, y los           

mamotretos narrativos de Ayn Rand El manantial y La rebelión de Atlas.
(A mi juicio, hubiera sido preferible incluir cualquiera de los
ensayos o panfletos de Ayn Rand, cuyo incandescente individualismo
desbordaba el liberalismo y tocaba el anarquismo, en vez de sus
novelas que, como toda literatura edificante y propagandística, son
ilegibles). Nada que objetar en cambio a la presencia en esta lista de
Gary Becker, Jean François Revel, Milton Friedman y (el único hispano
hablante de la selección) Carlos Rangel, cuyo fantasma debe sufrir lo
indecible con lo que está ocurriendo en su tierra, una Venezuela que
ya no reconocería.

Pese a su buen humor, a su refrescante insolencia y a la buena cara
que sus autores se empeñan en poner ante los malos vientos que corren
por América Latina, es imposible no advertir en las páginas de este
libro un hálito de desmoralización. No es para menos. Porque lo cierto
es que a pesar de los casos exitosos de modernización que señala -el
ya conocido de Chile y el promisorio de El Salvador sobre el que
aporta datos muy interesantes, así como los triunfos electorales de
Uribe en Colombia, de Alan García en el Perú y de Calderón en México
que fueron claras derrotas para el “idiota” en cuestión- lo cierto es
que en buena parte de América Latina hay un claro retroceso de la
democracia liberal y un retorno del populismo, incluso en su variante
más cavernaria: la del estatismo y colectivismo comunistas.

Ésa es la angustiosa conclusión que subyace este libro afiebrado y
batallador: en América Latina, al menos, hay una cierta forma de
idiotez ideológica que parece irreductible. Se le puede ganar batallas
pero no la guerra, porque, como la hidra mitológica, sus tentáculos se
reproducen una y otra vez, inmunizada contra las enseñanzas y
desmentidos de la historia, ciega, sorda e impenetrable a todo lo que
no sea su propia tiniebla.
(Mario Vargas Llosa es escritor / El País,
11/02/07)
.

Se podrán compartir o no al cien por cien sus opiniones, yo las
comparto. Al menos en este caso, en las referencias a Castro, Chavez y
Morales. Sobre Chomsky y Ramonet, a los que conozco (literariamente,
se entiende) “¡chapeau!”. Imposible describirlos con más acierto. La
prosa de Vargas sigue siendo magistral. Quedé cautivado por ella en
“La tia Julia y el escribidor”, “Pantaleón y las visitadoras” o “La
guerra del fin del mundo”. Y como crítico literario me parece
excepcional. Voy a buscar el libro que comenta y leerlo con fruición.
(HArendt).

Posted by HArendt in 09:05:10 | Permalink | Comments (1) »