Tuesday, February 27, 2007

Primer ensayo de seducción

La simpatía que siento por Arnaldo Otegi es aproximadamente la misma que la gallina siente por los zorros. Pero el domingo, cuando leí sus declaraciones en La Vanguardia , me tuve que restregar los ojos. Ese ciudadano, que alimentó de asistencia popular al terrorismo, decía cosas como ésta: «El Estado español no tiene que pagar un precio político a ETA». Era exactamente lo mismo que habían dicho todos los demócratas de este país, de Izquierda Unida al Partido Popular. Pero la sorpresa no terminaba ahí, porque añadía: «La independencia sólo se puede construir desde vías pacíficas y democráticas». ¡Leñe!, exclamé. ¿Cuánto tiempo, cuántos años, cuántos muertos llevamos esperando para escuchar algo parecido?

Ha sido tal el asombro que produjeron estas declaraciones, que resultó difícil creerlas. ¿Cómo podemos dar crédito a un ciudadano como Otegi? ¿Qué busca? ¿Cuál es su intención oculta? El PP habló de trampa. Zapatero dio la bienvenida a su cambio de tono. La mayoría de los observadores entienden que estamos ante una nueva estrategia para allanar las dificultades legales de Batasuna para presentarse a las elecciones. Y a última hora todos siguen el discurso del presidente: sólo estamos ante palabras, ahora faltan los hechos, y los hechos son que Otegi y sus compañeros tienen que condenar la violencia.

Este cronista queda instalado en la confusión. Hoy, por enésima vez, es facilísimo confundir los deseos con la realidad. Los deseos son que las palabras de Otegi obedezcan a un proceso de reflexión y que incluso esté autorizado por ETA para mostrar ese signo de giro espectacular. La realidad es que Otegi habló así el viernes -fecha de la entrevista-, pero el sábado él y sus gentes hicieron del centro de Bilbao un campo de batalla, y todavía falta del requisito fundamental de condenar la violencia. Mientras veamos a las huestes de Batasuna en la lucha callejera y sepamos que se cobra el impuesto revolucionario, nadie se debe hacer la menor ilusión.

¿Cómo casar todo esto para que salga una explicación razonable? A lo mejor esa explicación no existe. Pero permítanme un toque que espero que no sea de ingenuidad: Otegi ha dicho lo que ha dicho. Ni los más optimistas del lugar podían esperar unas palabras como esas. Hay que recibirlas con toda prevención y desconfianza. Desconfianza radical. Pero, ya que se acerca al lenguaje democrático, dejémosle acercarse. Vale que el PP lo rechace como una trampa. Pero el presidente del Gobierno tiene la obligación de conseguir que se mantenga ese tono. Hoy por hoy, Batasuna quiere hacer lo que anuncia Otegi: pasar de la confrontación a la seducción. Acabamos de asistir al primer ensayo. (Fernando Ónega es periodista / La Voz de Galicia, 27/02/07).

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El método de Ségolène Royal

Al principio, nos sorprendió. Estábamos acostumbrados a campañas
presidenciales centradas en unos programas definidos previamente por
un acuerdo entre el candidato y el partido que le apoya. Es lo que
había hecho Nicolas Sarkozy. Es lo que no quiso hacer Ségolène Royal.
Fiel a la imagen que pretendía dar, de una práctica de la política
basada en la participación democrática de los ciudadanos, prefirió
lanzar amplios debates “participativos” (más de 6.000 en toda Francia)
en los que pudiera expresarse la palabra ciudadana, en los que
pudieran tenerse en cuenta los temores, las recriminaciones, las
rebeliones y las propuestas. Los debates se organizaban a propósito de
temas concretos (educación, empleo, jubilaciones, vivienda, sanidad,
la mezcla de nuestra sociedad, juventud, seguridad, etcétera) y en
cada ocasión estaba presente la candidata o algún otro dirigente, que
escuchaba los deseos de los ciudadanos y prometía integrarlos dentro
de un programa coherente. Se celebraron miles de reuniones así en todo
el territorio nacional y en ellas vimos a gente de todo tipo hablar,                         
proponer y reafirmar su condición de ciudadanos. En esa primera fase
observamos a una Francia anónima e indignada que decía cosas que se
callan a diario en los medios, denunciaba sufrimientos que la
indiferencia habitual oculta, proponía soluciones en las que los
políticos y los tecnócratas no piensan nunca. Mientras tanto, los
medios de comunicación, acostumbrados a las campañas tradicionales,
hablaban del programa de Nicolas Sarkozy, se quejaban de la lentitud
de la campaña de Ségolène, reclamaban confrontaciones públicas,
reprochaban a la candidata que no tuviera un programa.

Los sondeos confirmaban el análisis de los medios: Sarkozy subía,
Ségolène bajaba. Pero la candidata no se inmutaba, ni siquiera ante
los dirigentes del Partido Socialista. Dijo que anunciaría sus
propuestas el 11 de febrero. Y no cambió de estrategia, pese a los
sondeos y pese a un candidato de la derecha que no paraba de moverse
en los medios. En las reuniones del estado mayor de la campaña, todos
los martes por la noche, se notaba la impaciencia: había pataleos,
todos querían “entrar en combate”. Pero ella repetía, serena y
sonriente: “No voy a moverme”.

El programa se ha elaborado en las tres últimas semanas, con la
contribución de varios asesores. Después, un grupo de arbitraje ha
propuesto una versión coherente que ha servido de base para tomar,
junto con el primer secretario del Partido Socialista, François
Hollande, una decisión definitiva.

Este programa es una síntesis entre las principales propuestas
surgidas de los debates participativos y el proyecto global del 
Partido Socialista. Se han introducido asuntos nuevos, se han
presentado nuevas formulaciones y se han concretado propuestas. La
candidata lo detalló el 11 de febrero, ante más de 20.000 personas (la
víspera, en el comité de campaña, se preveía que hubiera alrededor de
9.000), a las afueras de París. El entusiasmo alcanzó su apogeo.
Ségolène, que había cometido muchos errores, que daba una impresión de
cierta inmadurez sobre asuntos complejos de política internacional,
sorprendió a todo el mundo. Su discurso, lírico y riguroso, lleno de
propuestas concretas pero abiertas a la adaptación, firme y solidario,
emocionante y humanista, transmitió no la voz tecnocrática del Estado,
sino la pasión rigurosa de una candidata decidida a ganar.

El proyecto. O, como dice Royal, “el pacto presidencial”, que califica
de “pacto de honor” con el pueblo francés, y que es, siempre según
ella, más que un pacto, una visión del mundo. Incluye 100 propuestas
repartidas en torno a una serie de grandes ejes.

Como es natural, la derecha se ha apresurado a criticar sus cifras.
¿Cuánto costará? 35.000 millones, responde el grupo de especialistas
presupuestarios de Ségolène Royal; es decir, más o menos lo mismo que
el proyecto del candidato de la derecha.

Un 42 % para investigación, universidad y desarrollo duradero; 30 %
para servicios públicos, prevención, ciudadanía y solidaridad con los
países en vías de desarrollo; 28 % para sostener el poder adquisitivo,
el empleo, las políticas sociales y la solidaridad. Es decir, un
presupuesto social, centrado en el trabajo, la investigación e
innovación y la solidaridad. Sarkozy ofrece otra visión, que hace más
hincapié en la competencia, la bajada de impuestos, la reducción
masiva del impuesto sobre las grandes fortunas, la financiación de las
empresas, el relanzamiento del empleo mediante la flexibilización y la
desregulación del mercado de tra-bajo, la disminución del número de
funcionarios (¡que pretende reducir a la mitad!), la privatización
progresiva de los servicios públicos… Dos concepciones opuestas. Dos
mundos.

Mientras tanto, esta pelea de las “cifras” se ha cobrado una víctima,
el secretario nacional responsable del tema en el Partido Socialista,
Eric Besson, que no logró que le autorizaran a publicar sus cuentas
porque Ségolène se niega a entrar en esta disputa. Lo que le interesa
a la candidata es el concepto general del programa, puesto que sabe
que es imposible la concreción sobre una legislatura que debe durar
cinco años. Eric Besson ha dimitido y se ha marchado del partido.

No es una historia anecdótica, sino que revela una crisis real en el
interior del Partido Socialista. Porque hay que dejar claro que el PS
es un mosaico de reinos de taifas, en el que los clanes, las
tendencias y las alianzas dependen de los feudos locales y de
dirigentes que, muchas veces, confunden el interés del partido con sus
pequeñas influencias personales.

Algunos no han digerido la victoria de Ségolène y, aunque en su
mayoría, de buen o mal grado, se han decidido a entrar en la batalla,
otros no ocultan en privado su disconformidad con el método escogido
por ella. Le reprochan que se comporte como una aficionada frente a la
formidable maquinaria profesional de Sarkozy y, sobre todo, que no
haya comprendido que no podía prescindir de los elefantes del partido
para ganar. Es cierto que Ségolène ha creado un doble comité de
campaña: uno formado por sus consejeros y amigos más próximos, situado
fuera de los locales del partido, y otro compuesto por los dirigentes
nacionales del Partido Socialista y otros partidos aliados, que se
reúne para definir las grandes orientaciones estratégicas de la
campaña. Los vínculos entre las dos estructuras están poco definidos,
falta una coherencia general y los periodistas tienen la sensación
legítima de que existe cierta anarquía en la dirección de la batalla.
Esta situación ha provocado graves tensiones, hasta el punto de que
Ségolène ha tenido que revisar su organigrama. El 22 de febrero hizo
público un comité de campaña en el que se agrupan todas las tendencias
del partido y cada uno tiene ya unas atribuciones concretas. Por
supuesto, la derecha utiliza todas estas disensiones en provecho
propio.

Ahora comienza una situación nueva: el choque entre dos proyectos, el
de la derecha y el de la izquierda. En esta segunda fase de la
campaña, Ségolène intentará concretar sus propuestas y, sobre todo,
intervendrá mucho más en los medios. Se expondrá ante el público. En
cuanto a los dirigentes y los militantes, ya tienen a su disposición
un programa, de modo que pueden bajar al ruedo. Ségolène no quiere
perder la ventaja obtenida sobre el terreno gracias a los debates
participativos ciudadanos. Por eso ha pedido al Partido Socialista y
sus aliados que organicen más de 5.000 debates antes de la primera
vuelta de las elecciones (22 de abril), para discutir las 100
propuestas.

Ésa es su forma de hacer política. Y eso es lo importante. El hecho de
que dejara que, entre la tercera semana de enero y el 11 de febrero,
Nicolas Sarkozy desarrollase su programa mientras ella seguía
escuchando a los ciudadanos, ha creado un bache, una duda en el
electorado, que los medios sectarios se han complacido en transmitir y
aumentar. Pero esa situación no es diferente de la que también vivió
Nicolas Sarkozy entre finales de noviembre y finales de diciembre de
2006, periodo en el que no dejó de bajar en las encuestas. En      
realidad, es algo que tiene que ver con los ciclos mediáticos, cuyas
causas y cuya evolución son difíciles de valorar. Desde que Ségolène
apareció, el lunes 19 de febrero, en un destacado programa de
televisión, en el que tuvo una excelente actuación tanto mediática
como política -mejor que la de Sarkozy-, los vientos vuelven a soplar
a su favor. La afluencia de gente a sus mítines refuerza la impresión
de que está levantando grandes expectativas.

Lo que es innegable es que, independientemente del análisis que hagan
unos y otros sobre este método y sus resultados, aquí se ha puesto en
marcha una nueva manera de construir el vínculo social. Contra la
política-mercancía, contra el discurso autista de los partidos frente
a los ciudadanos, aquí está el esbozo de otra concepción de la
política en una sociedad de vieja tradición democrática. Ségolène no
deja de referirse en todos sus discursos a la Nación, una e
indivisible, a la República laica y solidaria, a Francia como
encarnación de lo Universal. Son referencias que gustan a los
franceses. ¿Pero tendrán el poder de convocatoria que necesita para
ganar? Tiene varias semanas para convencer, y todavía no hay nada
decidido.
(Sami Naïs es profesor invitado en la Universidad Carlos III, Madrid. Traducción de M.Luisa Rodríguez Tapia/ El País, 27/02/07).

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Monday, February 26, 2007

Decir lo que se piensa

No es tan sencilla, después de todo, esta obviedad: decir lo que uno piensa. Porque además no es fácil hacerlo. Se tienen muchos temores al ridículo, se apela a muchas estrategias oportunas o inoportunas, se mira de reojo a quienes han de sancionar en último extremo el amaestramiento de la libertad individual, lo más incómodo del mundo, para el poder establecido. En suma, decir lo que se piensa arroja al individuo a las fieras de la soledad. Es un claro ejercicio de incorrección política y social que vemos florecer escasamente, y sobre todo da sus frutos a una edad en la que ya no hay nada que aparentar, cuando no que perder, o en un momento político en que se está totalmente apartado. Me viene a la cabeza el caso de José María Aznar, por ejemplo, que ahora dice lo que piensa con toda libertad y, salvo en una o dos ideas nada originales, suele ser tan lamentable como cuando se guardaba para sí lo que de verdad pensaba. Pero un político como Aznar, tan nefasto para España, todo él lamentable en sí, hizo de la mentira un sistema y es poco creíble que lo que diga ahora sea en realidad lo que piensa y siempre calló, cuando me temo que siempre dijo lo que pensaba, porque siempre callaba, o a lo sumo parecía que hablaba sin llegar a decir nada               verdaderamente de interés. No me preocuparía demasiado este asunto si no fuera porque este doble lenguaje del decir y el pensar por separado afecta, hoy por hoy, a todo tipo de escritores, intelectuales y periodistas de izquierda. Y la dicotomía verdad versus apariencia correcta se ha instalado en el discurso habitual de analistas y opinadores. Nos hemos metido en el laberinto de la verdad tamizada, de la realidad explicada con perspectiva de futuro (luego esquivable en el presente), de la opinión maquillada y desteñida, del histérico tartufismo intelectual, que lleva a la coronación de una hipocresía, no nueva, pero sí demasiado extendida, entre los corifeos de las acciones (o inacciones) del Gobierno. A cierto borreguismo se le ha empezado a llamar “cerrar filas”, y estos que cierran filas y buscan una permanente justificación laudatoria de todas las cesiones y concesiones que el Gobierno de izquierdas hace para mantener el equilibrio inestable en que se encuentra (véase ese maridaje contra natura que es la asunción del nacionalismo como parte integrante de la evolución de la izquierda) son los que ya no dicen lo que piensan. Han envenenado las aguas de su pensamiento y han sacado en procesión un vetusto estalinismo intelectual que subyace en la autocomplacencia de un Gobierno incauto y su guardia pretoriana. A la autocrítica se le empieza a ver como deserción o cobardía. A la opinión discrepante se le tilda de arma maquiavélica o, peor aún, de traición. A quienes se desmarcan del “consignismo” propio de todo gobierno en apuros, se les estigmatiza como “de derechas”, y ya, desde ahí, desde esa nueva identidad, no vale la pena escucharlos porque dirán, a su vez, otras y taimadas consignas.

¿Qué pueden hacer aquellas personas que abominan del dúo chulesco y tramposo de Acebes-Zaplana, o del peroratismo destructivo del Nunca Electo Rajoy, pero que también tienen una clara noción del alto precio de honestidad que cuestan las torpezas y necedades de este nuestro Gobierno? ¿Acaso ver un cúmulo de prejuicios en el discurso que sostiene la izquierda, en materia de política exterior o de inmigración, hace que uno haya de ser           expulsado a los brazos de la derecha? ¿Es que pensar que no hay que negociar con ETA equivale a ser un fascista de extrema derecha peligroso? ¿Puede ser de recibo que desenmascarar a los falsos lobos vestidos de corderos que articulan que el nacionalismo tiene una bondadosa vertiente universalista sea tenido por reaccionario?

No hago más que lamentar, día tras día, cuánto se ha perdido de la libertad individual y de la palabra individual, sobre todo cuando esa libertad y esa palabra se convierten en voz que aspira a ser colectiva, a decir a los demás que existe una tercera opción, y que ésa es la del ejercicio de la verdad aunque moleste. Y hay mucha gente, entre los periodistas, los tertulianos radiofónicos, los escritores de medios de comunicación, que piensan una cosa (y la manifiestan en el ámbito privado) y dicen otra en el ámbito público. Porque hay miedo a perder el estatus tan bien y peligrosamente conseguido entre las filas de los adoradores del poder. Y hay miedo a ser quien se es, por si acaso, al final, no hay recompensa. Lo terrible, bien mirado, es que a derecha e izquierda van asentándose unos cuantos personajes que enarbolan palabras muy incendiarias y amenazas muy veladas, y pienso en que, esos mismos, en otra España, lejana en el tiempo tan sólo, habrían llevado armas, redactado listas y justificado crímenes en aras de una ideología. Siempre, decir lo que se piensa, se paga. Aunque puede que tal vez no, que la democracia sea una verdad más valiosa de lo que creemos y decir lo que se piensa sea respetado y aplaudido. Esperemos. (Adolfo García Ortega es escritor / El País, 26/02/07).

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Sunday, February 25, 2007

Los huesos del Che

Los periodistas Maite Rico y Bertrand de la Grange -ella española y él francés- se especializan en reportajes tan fascinantes como políticamente incorrectos y, por lo mismo, polémicos. En 1998 publicaron una minuciosa investigación contrastando el mito y la realidad del Comandante Cero (Marcos, la genial impostura) que revelaba todos los embauques y arrestos publicitarios con que se había inflado la figura del enmascarado de Chiapas, entonces en pleno apogeo (y, hoy, enanizada hasta el eclipse). Su segundo libro, aparecido hace tres años, ¿Quién mató al obispo? Autopsia de un crimen político, era un rastreo tan exhaustivo como apasionante del bárbaro asesinato, el 26 de abril de 1998, en Ciudad de Guatemala, del obispo Juan Gerardi, y de la telaraña de intrigas y corrupción que rodeó, en los ámbitos militares, eclesiásticos y políticos, el juicio a los reales o supuestos culpables del crimen.                                

Ahora, la pareja, indiferente a la hostilidad y a los intentos de acallar sus verdades incómodas de que han sido víctimas sus trabajos anteriores, vuelve por sus fueros, en un extenso reportaje, en el número de febrero de la revista Letras Libres, que dirige Enrique Krauze, titulada “Operación Che. Historia de una mentira de Estado” que irritará a bastante gente, sobre todo entre la vasta cofradía de devotos que han peregrinado al imponente mausoleo erigido por la Revolución Cubana en Santa Clara -la ciudad que Ernesto Che Guevara liberó durante la guerra contra Batista- para guardar sus restos.

Estos despojos fueron encontrados, en julio de 1997, junto con los de otros seis guerrilleros, en una fosa común, vecina al aeropuerto de Vallegrande -en el oriente boliviano- por un equipo cubano integrado por tres ingenieros geofísicos, un antropólogo forense, un arqueólogo y una historiadora, y dirigido por el doctor Jorge González, entonces director del Instituto de Medicina Legal de La Habana. Los restos fueron sacados entre gallos y media noche de Vallegrande -pues la población quería que se quedaran allá- y llevados a la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, donde, en el Hospital Japonés, los forenses cubanos juntaron las piezas óseas y realizaron las necropsias obligatorias. Allí, el doctor González anunció que el “esqueleto número 2″ era inequívocamente el del Che. Carecía de manos (el Ejército boliviano, después de asesinarlo, se las había hecho cortar para tener pruebas de su muerte), y las características craneales coincidían así como la dentadura con la ficha dental que se tenía del guerrillero. Además, en la fosa, junto a su esqueleto, se había encontrado el cinturón y la chamarra verde del Che con los que aparecía su cadáver, expuesto a los fotógrafos en la lavandería del hospital Señor de Malta después del asesinato.

El entonces presidente de Bolivia, Gonzalo Sánchez de Losada, que había autorizado la búsqueda, permitió también la expatriación de los restos del Che, que volaron a Cuba el 12 de julio de 1997. Coincidencia feliz, llegaron a la isla a tiempo para los festejos de la conmemoración del asalto al cuartel Moncada, el 26 de julio. Tres meses más tarde, en una apoteósica ceremonia, los huesos ilustres quedaron instalados en el mausoleo de Santa Clara, ante miles de miles de cubanos y consagrados con un kilométrico discurso de Fidel Castro. Ese año -otra oportuna coincidencia- había sido declarado en Cuba “El año del Che” en recuerdo del 30 aniversario de su muerte.

Maite Rico y Bertrand de la Grange han entrevistado, en Bolivia, Cuba y Argentina, a gran número de personas que estuvieron involucradas de algún modo con la búsqueda de los restos, o, antes, con lo que sucedió con el cadáver desde el asesinato hasta el descubrimiento de la fosa tres décadas más tarde. Y han cotejado todos los testimonios históricos y periodísticos susceptibles de aportar alguna luz sobre el tema. Los resultados de esta pesquisa se leen con la curiosidad y la expectativa de una excelente novela policial, condimentada de crueldad, truculencia, revelaciones inesperadas y hallazgos que desbaratan las que parecían inamovibles certidumbres.

De todo ello concluyen que los restos del Che no son los que reposan en el mausoleo de Santa Clara, que aquéllos nunca fueron encontrados, y que el supuesto descubrimiento fue una pura representación teatral rigurosamente fraguada para complacer a Fidel Castro, que,en un momento difícil, casi crítico para la Revolución Cubana por la desaparición de la Unión Soviética y el fin de los cuantiosos subsidios que de ella recibía, había decidido montar una gran movilización revolucionaria de distracción en torno a la figura mítica del “Guerrillero Heroico”.

No puedo resumir aquí todos los argumentos en que Maite Rico y Bertrand de la Grange fundamentan su denuncia, pues son muy numerosos. Diré sólo que, a mi juicio, los más persuasivos proceden de los campesinos y lugareños de Vallegrande entrevistados por los periodistas, gentes que, como el agricultor Casiano Maldonado o el alemán Erick Blössl, afirman haber visto el cadáver del Che después de que los restos de los otros guerrilleros habían sido ya         enterrados en la fosa secreta de Vallegrande. En cuanto a la conjetura de que el Che probablemente fue incinerado por el teniente coronel Andrés Selich, en cumplimiento de las órdenes precisas que había recibido del alto mando del Ejército boliviano, tal vez de los mismos generales Alfredo Ovando y Juan José Torres en persona, podría ser cierta, pero nada parece probarlo de manera fehaciente todavía. Y, por otra parte, las declaraciones de ambos generales son contradictorias.

¿Cómo pudo ser posible que el descubrimiento de los restos del Che no fuera cuestionado por las instancias científicas internacionales a pesar de que el doctor González y su equipo nunca los sometieron a la prueba del ADN, pese a que lo habían prometido?, se preguntan los autores. No sólo eso. Las conclusiones del equipo cubano fueron avaladas por respetables forenses argentinos, que estuvieron en Bolivia poco después del hallazgo, y el doctor González ha presentado los resultados de su investigación en congresos de especialistas que, por lo visto, no los han puesto en duda.

No es imposible que la hipótesis de Maite Rico y Bertrand de la Grange sea cierta. Fidel Castro necesitaba que el cadáver del Che reapareciera oportunamente para echarle una mano, en una gran operación de desvío de la atención y manipulación de la opinión pública cubana, golpeada con dureza por la crisis económica y la incertidumbre. Y toda la maquinaria del Estado se puso en marcha para encontrar ese cadáver, o fabricarlo, si no aparecía el verdadero. Por eso la fosa de Vallegrande fue abierta de noche, fuera de las horas permitidas para la excavación, y por eso nunca se hizo la prueba de ADN al “esqueleto número 2″.

Lo demás, añadiría yo, lo hizo el mito por sí solo. El Che Guevara ya alcanzó esa categoría, un sitial que pone a quien lo ocupa por encima de las leyes de la historia y de la pedestre realidad. Un ser que de histórico pasa a ser mítico no es juzgado con criterios racionales sino mediante actos de fe y de ilusión. Es el caso del Che. Su figura es hoy día, como muestra otro de los colaboradores del número de Letras Libres dedicado a su figura, “una marca capitalista” de valor seguro, a la que empresarios de toda clase explotan en los cinco continentes, y a la que veneran, citan, tienen presente y les merece admiración y simpatía, innumerables jóvenes que no alientan el menor entusiasmo revolucionario y, algunos, ni siquiera sabrían ubicar a Cuba o Bolivia en los mapas. No importa. El Che representa una hermosa ficción, un personaje del que la historia contemporánea está huérfana: el héroe, el justiciero solitario, el idealista, el revolucionario generoso y desprendido que realiza hazañas soberbias y es, al final, abatido, como los santos, por las fuerzas del mal. No importa que los historiadores serios muestren, en trabajos exhaustivos, que el Che Guevara real, de carne y hueso, estaba muy lejos de ser ese dechado de virtudes milicianas y éticas. Que fue valiente, sí, pero también sanguinario, capaz de fusilar a decenas de personas sin el menor escrúpulo, y que, desde el punto de vista militar, sus fracasos y errores fueron bastante más numerosos que sus éxitos. Es verdad que era consecuente con sus ideas, sobrio y austero, incapaz de las payasadas y dobleces de los politicastros profesionales. Pero, también, que la violencia y eso que Freud llamó “la pulsión de muerte” lo atraían y guiaron su conducta tanto como su pasión por la aventura y la revolución. El mito exigía que los restos del Che aparecieran. Por eso, cuando ocurrió, todos los que los esperaban, creyeron, sin pensarlo dos veces. Así se escribe a veces la historia. Y así enriquecen las bellas ficciones la grisácea realidad. (Mario Vargas Llosa. Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, 25/02/07).

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Saturday, February 24, 2007

La política del resentimiento

En contra de lo que era lógico esperar, la estrategia de oposición radical que ejerce el Partido Popular (PP) contra el Gobierno de Zapatero se está intensificando al acercarse el ciclo electoral que cerrará la legislatura. Esto es sorprendente, pues lo razonable hubiera sido una secuencia de dos fases equilibradas: una etapa sostenida de oposición frontal, destinada a cohesionar a sus bases sociales y afianzar su fidelidad; y un último tramo, al acercarse las elecciones, de retorno al centro, a fin de buscar el voto moderado de las clases medias que deciden el resultado electoral.

Pues bien, a tres meses de las próximas elecciones locales, el PP sigue sin retomar su olvidado viaje al centro; y en lugar de moderarse, por el contrario extrema su populista radicalismo antisistema. ¿Cómo se explica esta táctica aparentemente irracional, que amenaza con resultar tan contraproducente para sus intereses electorales, según pronostican los sondeos demoscópicos?

La interpretación convencional la entiende como una estrategia nihilista y destructiva, que busca no atraer a los electores moderados sino, al revés, apartarlos de las urnas para que se abstengan y dejen de votar a su rival. Por eso el PP siembra la sospecha, el descrédito y la desconfianza en contra de Zapatero, a fin de que los tibios e indecisos dejen de apoyarle, le retiren su confianza y deserten de las urnas. Ahora bien, esta estrategia es arriesgada, pues si su oposición antisistema se radicaliza demasiado, el PP corre el peligro de despertar un latente voto de castigo o miedo contra sus propias siglas. Al fin y al cabo, si Zapatero gobierna no es porque ganase las pasadas elecciones sino porque las perdió el PP, dada la indignación ciudadana contra la ejecutoria última del Gobierno de Aznar. Y algo parecido podría ocurrirle también ahora al PP. Si extrema demasiado su oposición antisistema es posible que los ciudadanos indignados (o atemorizados por su radicalismo extremista) se precipiten a las urnas a fin de pararle los pies, evitando su ominoso retorno al Gobierno. De modo que, dado este riesgo, y si el PP fuera un calculador racional, para prevenirlo debería moderar su mensaje opositor. Y sin embargo no lo hace. Al revés, cada día se muestra más radical y fanático. ¿Cómo entender este enigma que parece irracional?

Una posible explicación es que los estrategas del PP hayan dado por superada la hipótesis expuesta al comienzo, según la cual son las clases medias moderadas las que deciden el resultado electoral, lo que exige ofrecerles          programas políticos de corte centrista para tratar de atraerlas. Ahora bien, es posible que este silogismo ya no resulte aplicable en estos tiempos de acelerado cambio socioeconómico, caracterizado por la incertidumbre del empleo precario, la individualización (Beck), la modernidad líquida (Bauman) y el declive del capital social (Putnam). Hoy la estructura de clases se está desvertebrando de tal forma que ya no se puede decir que la nuestra sea una sociedad de clases medias. Por el contrario, según ciertos observadores, estamos asistiendo al fin de la clase media, que es la siguiente pieza a caer después de que la aburguesada clase obrera se hubiera desintegrado hace ya tiempo. Y ante este proceso de desclasamiento generalizado, deja de tener sentido una estrategia política de tipo centrista que se dirigía a una clase media que ahora mismo ya no existe, porque se está descomponiendo ante nuestra vista.

¿Y qué es lo que queda en su lugar? Un agregado disperso de fracciones de clase residuales que se parece demasiado a aquella pequeña burguesía del periodo de entreguerras, base social del fascismo, el nazismo y los demás movimientos populistas de corte radical. Lo cual explica muy bien el actual retorno de la nueva derecha integrista y reaccionaria que en EE UU está representada por los neocon (mesianismo imperial) y los teocon (fundamentalismo religioso); en Europa por el populismo xenófobo (Le Pen, Haider, Fortuyn, Vlaams Blok, etc), cuya música sociológica está detrás de la letra política del programa deSarkozy, y en España por la santa alianza (encarnada por la COPE) entre el catolicismo conservador (Abc) y el radicalismo pequeñoburgués (El Mundo), las dos sensibilidades ideológicas que hoy inspiran la cultura política del PP.

No obstante, por plausible que parezca este nuevo escenario sociológico, no acaba de explicar por completo la extremista radicalización del PP. Si sólo fuera por eso, Rajoy debería hablar como Sarkozy. Pero lejos de hacerlo así, el PP recurre a una retórica agresiva de hostilidad entre las dos Españas que no se corresponde con la realidad objetiva de nuestra estructura social. Para eso fabrica un enemigo interior al que acusa de balcanizar España (con su política autonómica) y de traicionar a los muertos (con su política antiterrorista).

¿Por qué se empeña el PP en recrear una imaginaria fractura civil, de dudosa verosimilitud y escasa rentabilidad en el mercado electoral? Aquí entramos en un terreno difícilmente analizable en términos objetivos y racionales que es el de las pasiones (Hirschman) o las emociones políticas (Elster), pues en esta dimensión psicosociológica es donde hay que buscar el sentido último de lo que cabe llamar la estrategia del resentimiento (o la política del despecho) que hoy anima al PP.

No sería la primera vez que ocurre algo parecido, pues para poder explicar la seducción del pueblo alemán por parte del nazismo también ha habido que recurrir a la política del resentimiento. Véase el reciente opúsculo de Philippe Burrin, un reputado historiador suizo experto en la “solución final” que dio a los judíos el nazismo: Resentimiento y apocalipsis (traducido por Katz Editores, Buenos Aires, 2006). Su autor sostiene que el exterminio masivo se adoptó como consecuencia del aprendizaje de la descivilización inducida por la política del resentimiento antijudío que desarrolló Hitler en su ascenso al poder. La fabricación de un enemigo inventado, el cosmopolitismo judío, al que se atribuía la doble derrota a traición (la célebre “puñalada por la espalda”) sufrida por los alemanes ante el internacionalismo bolchevique y el universalismo liberal, fue una forma eficaz de nacionalizar al pueblo alemán creando una comunidad popular cohesionada por su odio al enemigo interior. Y cuando la guerra se dio por perdida, el resentimiento indujo a morir matando como hizo Sansón con los filisteos, mediante el exterminio preventivo de los judíos para hacerles pagar la futura derrota alemana por anticipado.

Pues bien, mutatis mutandis, y a otra escala de magnitud incomparable, esa misma retórica del resentimiento es la que hoy está desplegando el PP a fin de cohesionar a sus bases sociales, nacionalizándolas a través del odio a un enemigo interior fabricado para la ocasión: el presidente Zapatero, al que se atribuye la puñalada por la espalda sufrida por el PP entre el 11-M y el 14-M.

Es por puro despecho ante la derrota entonces sufrida que el PP ha designado a Zapatero como el enemigo interior, en tanto que beneficiario de aquella traición figurada al Gobierno del pueblo español. De ahí que, cegado por el resentimiento, el PP anteponga su ansia de venganza a cualquier cálculo electoral, estando dispuesto a perder las elecciones con tal de destruir a Zapatero, que es su forma de morir matando a la manera de Sansón. Y para ello siembra la fractura civil esperando contagiar el virus del resentimiento a sus seguidores para que aprendan a odiar al enemigo interior, formando contra él una comunidad cohesionada por el despecho. Lo malo es que al hacerlo así también se contagia el aprendizaje de la descivilización, derribando el civismo y las instituciones democráticas como hizo Sansón con el templo de los filisteos. (Enrique Gil Calvo es profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid / El País, 24/02/07).

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Inmigración: ¿dónde está el peligro?

 Los acontecimientos de los últimos tiempos en España han reavivado en
toda Europa el debate sobre la inmigración. En este tema tan amplio,
no podemos aferrarnos ni al miedo ni a los buenos sentimientos. ¿Es
posible extraer una idea clara de todos los debates actuales? Creo que
sí, y voy a expresarla de la manera más sencilla posible: no existe
problema de integración de los inmigrantes (o equivalente), pero sí
resistencias y rechazos por parte de la población circundante. Por
consiguiente, el esfuerzo debe hacerse en este segundo aspecto, y no
en el primero.

En la situación actual hay una primera observación casi obligatoria.
Decenas de millones de hispanos -mexicanos, centroamericanos,
colombianos, dominicanos y otros- entran en Estados Unidos, muchos de
forma clandestina, y el resultado es extraordinario: esos millones de
inmigrantes crean o encuentran trabajo y alcanzan unos ingresos que ya
son equiparables a los de los afroamericanos. Es cierto que algunos                                                        

políticos e intelectuales temen que EE UU acabe “colonizado” por los
hispanos y que el español termine siendo lengua oficial, al mismo
nivel que el inglés. Samuel Huntington ha tocado a rebato para
despertar a unos estadounidenses, que, en realidad, no se sienten
amenazados. Los recién llegados no son invasores, pero son tan
numerosos que suscitan una pregunta: ¿serán simplemente
estadounidenses de origen mexicano, si situarán en una categoría
intermedia o desarrollarán esa “cultura de la frontera” de la que
tanto hablan los sociólogos de Tijuana? Pasemos por alto lo más
básico: esos inmigrantes son ante todo emigrantes que se marchan de su
país con el fin de encontrar en otra parte trabajo para ellos y sus
familias.

¿Tenemos en Europa una opinión pública movilizada a propósito de la
inmigración masiva hacia Italia y España? ¿Tenemos todos miedo de que
nos invadan los habitantes de la antigua Europa del Este, incluidos
los gitanos? Porque tampoco en este caso han desencadenado las
inmigraciones masivas ninguna crisis grave.

Francia es un caso particular. Se trata de un viejo país de
inmigración, sobre todo en la primera mitad del siglo XX. Pero ya hace
unos años que Francia empezó a cerrar sus fronteras. Actualmente,
Francia es el país en el que la llegada de inmigrantes es más
reducida, pese a las cifras extravagantes y sin base alguna que hablan
de una masa inmensa de inmigrantes sin documentación. Lo que sí es
cierto es que, según los sondeos, los franceses tienen miedo al
futuro, y eso ayuda a explicar su voto negativo sobre el proyecto de
Constitución Europea. Todo lo que llega del exterior es una amenaza, y
ese sentimiento ha hinchado el electorado del Frente Nacional, un
movimiento importante, duradero y que en 2002 llegó a la segunda
vuelta de las elecciones presidenciales francesas. Sin embargo, los
hombres y mujeres a los que así se rechaza están, en su mayor parte,
integrados.

Ese miedo no está dirigido contra los inmigrantes. Muchas veces se oye
hablar del índice de natalidad de los inmigrantes, tan superior al de
los europeos que, en algunas ciudades y algunos barrios, su proporción
respecto a la población general está aumentando a toda velocidad. Pero
también en este sentido los demógrafos -especialmente, en Francia, a
través del excelente estudio publicado recientemente por el Instituto
Nacional de Estudios Demográficos (INED)- han demostrado que esa idea
es falsa. En general, no es la inmigración lo que explica el alto
índice de natalidad en Francia, muy superior al de los países vecinos.

Estas referencias son demasiado rápidas, pero ofrecen unos resultados
tan contundentes que es preciso aceptarlas. Sobre todo porque los
europeos cada vez se muestran más pesimistas sobre su futuro, y de
ahí, por ejemplo, su terror a la deslocalización masiva de las
actividades industriales, que, en realidad, no ha alcanzado todavía un
nivel digno de alarma. El empuje de los movimientos nacionales
populistas de extrema derecha, que están penetrando también en la
extrema izquierda, procede de esa inquietud, que no deja de ser
razonable.

Europa se amplía, incorpora a países con un nivel de vida muy inferior
al de Europa occidental y, al mismo tiempo, no sabe dotarse de mejores
instituciones ni manifiesta una voluntad de tener grandes ambiciones,
es decir, de intervenir en los asuntos mundiales, de forma que el
gigante económico europeo sigue siendo un enano político.

Pero, cuidado, un error de juicio puede tener consecuencias
desastrosas. Lo hemos visto en Francia, donde la densidad de población
extranjera es hoy menor que en muchos otros países. Aun si se tiene en
cuenta la concentración de extranjeros en ciertas áreas, lo que la
sociedad francesa achaca a los inmigrantes es su propia debilidad, y
esa falsa interpretación hace que sea todavía más difícil abordar los
verdaderos problemas.

España debe apresurarse a comprender lo peligroso que es sentirse más
amenazado de lo que se está en realidad. Un peligro que hasta ahora ha
estado contenido y quizá sea posible todavía parar, pero con la
condición de no perderse en el debate sobre la diferencia, sino, por
el contrario, devolver a los españoles y a todos los europeos la
confianza sobre la posibilidad de asumir mayores responsabilidades en
el mundo. Es la mejor manera de impedir que los poor whites
que son los que más temen a los inmigrantes, logren reunir a un número
cada vez mayor de gente que vive con dificultad las transformaciones
actuales.
(Alain Touraine es sociólogo y director del Instituto de
Estudios Superiores de París. Traducción de María Luisa Rodríguez
Tapia / El País, 24/02/07).

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Mis lecturas (Febrero, 2007)

 No han sido muchas mis lecturas en este mes de febrero; desde mi anterior anotación al respecto, del 31 de enero: Libros. Todo lo que hay que leer, de Christiane Zschirnt, comentada el ocho de febrero; Una mujer en la oscuridad, de Dashiell Hammet, comentada el día nueve; Roma eterna, de Robert Silverberg, comentada el quince; y Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías, comentada el día de ayer. Pendiente de lectura tengo una novela que hace unos días me regaló mi hija Ruthmi hija Ruth: Las mujeres de César, de Colleen McCullough (Barcelona, Planeta-Booket, 2006), que forma parte de la pentalogía de esta conocida autora australiana sobre la historia de la Roma republicana, conformada por “El primer hombre de Roma”, “La corona de hierba”, “Favoritos de la Fortuna”, la mencionada “Las mujeres de César”, y la última de ellas, “Cesar”, de las que solo he leido con anterioridad Favoritos de la Fortuna, que me pareció una excelente novela histórica. Espero terminar de leer en lo que queda del mes El libro negro, de Orhan Pamuk, que ya tengo bastante avanzado, y comenzar con Cartas a una joven matemática, de Ian Stewart y Lo mejor que le pueda pasar a un cruasán, de Pablo Tussets. Y para marzo me gustaría concluir una lectura que tengo pendiente desde hace mucho tiempo: el Ulises, de James Joyce y que me avegüenza no decidirme a terminar. Esta vez estoy dispuesto a conseguirlo. (HArendt).
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Friday, February 23, 2007

Mañana en la batalla piensa en mí

 Ayer en la guagua, camino del taller para recoger mi coche que se había quedado sin servodirección, termino de leer Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías (Barcelona, Random House Mondadori, 2006), la hermosa novela que en enero pasado me regalara mi amiga Ana. En la contraportada del libro se puede leer que ”es el libro máshermoso compuesto por un autor contemporáneo”, opinión del crítico´literario Pietro Citati, del diario italiano La Repubblica. Yo sólo recuerdo haber leido de Marías su novela Corazón tan  blanco, que me encantó, pero reconozco que ésta me ha dejado cautivado. Y eso que me costó entrarle dada la propia estructura narrativa del libro, escrito en primerísima persona del singular por el protagonista y narrador de la historia, a modo de un larguísimo monólogo consigo mismo en que nos irá relatando lo que le ha acontecido desde el desdichado día en que aceptó la cita para cenar en la casa de una joven mujer casada a la que apenas había conocido horas antes. Pero es que, aparte de la propia estructura narrativa de la historia, ese largo monólogo del protagonista/narrador con el lector, esta asimismo la del libro: escrito de un tirón, sin puntos y aparte, prácticamente, y en capítulos no sólo intitulados, sino tan siquiera numerados, que no son nada más que pausas en la narración o cambios de              escenario de la misma. Da igual, la historia engancha desde su comienzo, en que el protagonista, un escritor madrileño de medio pelo, separado de su esposa recientemente, que vive relativamente bien como escritor de guiones cinematográficos que no ven nunca la luz, o de hacer de “negro” fabricando por encargo textos y discursos que otros se atribuirán, acepta la invitación de una mujer casada a la que acaba de conocer para cenar en su casa, sin saber que poco después de la cena, cuando ni tan siquiera han comenzado los rituales amorosos que le han llevado hasta allí, muere repentinamente en sus brazos. Sin saber muy bien que hacer, abandona la casa llevándose las pruebas de su presencia allí y dejando a la joven muerta en la casa, en la que queda también un pequeño de dos años hijo de la mujer. A partir de ese momento, el protagonista volverá una y otra vez a rememorar, obsesionado, lo ocurrido; incluso asistirá al entierro de la joven sin darse a conocer a la familia, con la que posteriormente irá entrando en contacto y desvelando y conociendo los secretos que unos y otros guardan en el interior de sus almas. Una apasionante novela, sin duda, plagada de citas literarias y cinéfilas, que recomiendo efusivamente. (HArendt).

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Nenikékamen!

Según EL PAÍS del 13-IX-06, Dan Bartlett, asesor de la Casa Blanca,
acababa de decir: “Todo se debe encaminar a un solo objetivo: la
victoria en Irak”. Se podría demostrar hasta qué punto es falso que el
ejército sea un instrumento; no lo ha sido nunca, y uno de los
argumentos está en el hecho de que la victoria sea primordialmente, y
con gran diferencia, un fin para el ejército mismo; cualesquiera otros
fines alegados, aun de buena fe, para la guerra, se dejarán de lado
con tal de que el ejército consiga el suyo: la victoria. Que el
presidente haya lanzado ahora el eslogan de “una estrategia de
victoria” debe de ser porque sabe que para recobrar el favor de los
americanos hay que remontar el que a ese pueblo de “winners” el número
de muertos estuviese empezando a olerle ya a derrota. Pero el
presidente arriesga mucho en esta última jugada, si tenemos en cuenta
que la índole esencial de la victoria connota un componente simbólico
imposible de eludir; certeramente lo decía mi malogrado amigo don
Jacinto Batalla y Valbellido: “Lo que hace victoria a una victoria no
es el hecho, sino la noticia”.

Un proceso de paulatina reducción de los entrecruzados conflictos
iraquíes, aun en el improbable supuesto de que se lograra, carecería
del carácter de notificabilidad capaz de euforizar y embanderar esa
mala pasión de borrachos de aguardiente de alcohol de quemar que es el
patriotismo, con su “lujuria por los bombardeos en masa”, que decía
Susan Sontag. El paradigma de la victoria sigue siendo el de la
clásica batalla campal, que coronaba de sangre y de gloria un día
singular -”jornada” la llamaban los cronistas castellanos- y dejaba
clavada “en la historia” una fecha memorable. Si el ejército lograse
en Irak algo al menos análogo a esto, algo que acabase cuajando en un
momento preciso en que se pudiese decir “¡Hemos ganado!”
(“Nenikékamen!”, en la lengua del corredor de Maratón), sin necesidad
de que marcase el fin de la guerra, pero con las dimensiones
requeridas, que no son otras que las de las letras de tamaño mayor de
los titulares de primera plana y a seis columnas de los grandes
rotativos, ya veríamos la actual impopularidad del presidente
espectacularmente invertida de un día para otro en un clamoroso
“landslide”, saludado por una delirante explosión de orgullo
americano. Que algo espectacular quiere intentarse, tras el envío de
los 21.500 hombres de refuerzo, lo hacen sospechar ciertas noticias,
como la de EL PAÍS del 5-II-07: “… el coronel Doug Heckman señaló
que EE UU pondrá en marcha ‘pronto’ una campaña para estabilizar
Bagdad y la ofensiva contra los militantes será de una escala jamás
vista en estos cuatro años de ocupación. ‘Será una operación nunca
vista en la ciudad’, subrayó el coronel”.

A esto se sacrificarían probablemente otros supuestos fines, entre
ellos, el tantas veces repetido de que las fuerzas iraquíes puedan
llegar a valerse por sí mismas; respecto de lo cual el presidente no
se ha recatado en la desvergüenza de amonestar a Nuri al Maliki,
diciéndole que “la paciencia de los Estados Unidos es limitada” (Abc,
26-X-06), como recriminándole de que no se emplee a fondo con las
fuerzas armadas que tiene a su disposición. Pero todos sabemos cómo
todo encuentro más o menos intenso entre cualesquiera facciones
iraquíes se ha resuelto al final con bombardeos, de helicóptero o de
avión, o cañoneo de tanques, todo ello armamento americano, del que no
están dotadas las fuerzas iraquíes. Últimamente ha habido incluso
quejas por parte del gobierno de Al Maliki, apelando precisamente al
hecho de que mientras, por una parte, se le exige más empeño y más
esfuerzo en valerse por sí mismo, por la otra, se retrasa cada vez la
provisión de armamento y otros medios de guerra hace ya tiempo
prometidos. Se dice que los americanos no acaban de fiarse de los
iraquíes para dotarlos de un instrumental de muerte que podría acabar
en manos que lo volviesen contra los propios proveedores, lo cual, a
juzgar por las cosas que se dicen, no parece infundado.

Por su parte, el Partido Demócrata, hoy ya mayoritario en las dos
Cámaras, tampoco parece que tenga nada que hacer, si tenemos en cuenta
hasta qué punto la sacrosanta y conminatoria religión nacional del
patriotismo ejerce permanentemente su extorsión desde la propia base
electoral. Y, por si no bastara, el presidente mismo se ha cuidado de
atizar esa extorsión, potenciándola con la que he dado en llamar la
“doctrina Jeremy Moore” (este general británico, vencedor de la Guerra
de las Malvinas, dijo: “Ahora las Falkland son nuestras porque las
hemos pagado

[cursiva mía] con vidas de jóvenes británicos; todo intento de
cuestionar este derecho es, sin más, una ofensa a los muertos”),
consistente, como se ve, en el principio de capitalización moral y
hasta jurídica de los muertos. El presidente Bush, al esgrimirla
contra cualquier opción de retirarse de Irak antes de “haber cumplido
la misión” (EL PAÍS, 22-X-06), ha sido aun más explícito: “… irnos
deshonraría a los hombres y mujeres que han dado sus vidas allí,
significaría que su sacrificio ha sido en vano”. El populismo de
esgrimir en sus alocuciones dirigidas al pueblo americano el honor de
los muertos le permite, así pues, al presidente hacer rentables las
vidas de los combatientes como instrumento de extorsión indirecta
(“indirecta”, puesto que se tramita a través del electorado) de los
senadores o los representantes, que, por temor a la reprobación de sus
propios electores, no le pondrán muchas trabas para seguir su guerra.

La patria, nacida en el antagonismo y la victoria (“la violencia
creadora de derecho” de Walter Benjamin), se perpetúa bajo un signo de
amenaza; los sucesivos hijos de la patria, engendrados en el seno del
acatamiento de aquel derecho originario, tienen congénita la condición
de vencedores y se reputan por legitimados para conminar a los que
desacatan: “Vae uictis!”. Así se forma la tacha de “antipatriotismo”
como un estigma socialmente execrable, que los trances de guerra, al
remedar su origen, exasperan y agigantan. Cualquier palabra
mínimamente atenuante sobre el enemigo provoca la clásica, 

amenazadora, pregunta: “Oye, ¿tú de qué lado estás?”. No digo ya el
pacifismo, sino cualquier tendencia hacia lo que hoy se designa como
“apaciguamiento” es una ofensa a los muertos, porque intercepta el
odio al enemigo. He dado a este fenómeno el nombre de
“escatologización de los antagonismos”. “Escatologizar” significa
llevar hasta el fin, hasta ellímite (y “más allá del límite”, si nos
atenemos a la certera observación de Hegel: “pensar el límite es
traspasarlo”); la resonancia teológica no es inoportuna, ni tan
siquiera metafórica, dado el halo religioso que envuelve las reuniones
de la Casa Blanca, y aun la propia guerra de agresión a Afganistán y a
Irak; “Faith-Based War” la llama el comentarista Garry Wills; y el
propio presidente Bush consagró sus hazañas con estas palabras: “Ha
llegado el Juicio Final para los terroristas”.

Una carta recuadrada del Abc del 15 de enero, titulada “¡No queremos
paz, sino victoria!”, se lamenta del triste destino de la palabra
“paz” -”tan hermosa”, “tan profundamente cristiana”-, por haberse
visto “manipulada, manoseada”, casi “prostituida” por la “hipocresía”
de los colectivos pacifistas a raíz del “desplome del Muro de Berlín”.
“Con un lenguaje más subliminal pero igualmente falso”, la misma
palabra “paz” habría sido de algún modo cómplice en que “la actitud
mezquina y cobarde” de cierto sector de la opinión pública occidental,
especialmente europea, con el terrorismo islamista esté permitiendo
“una especie de ’síndrome de Estocolmo’ en nuestra sociedad hasta
límites que resultan nauseabundos”. Un tal proceso de envilecimiento y
degeneración de la palabra “paz” viene a hacer, finalmente, rechazable
cualquier posible actitud que de algún modo, tan siquiera indirecto o
meramente sospechoso, pueda arrimarse a la noción de paz en relación
con la ETA. Y a esto venía la exclamación del título, con la oposición
entre la paz y la victoria y la enfática opción por la victoria, que
ahora el texto explicita y corrobora: “Queremos la victoria del bien
sobre el mal, del orden sobre el desorden, de la democracia sobre la
dictadura separatista, de España sobre el terrorismo de cualquier
signo”. Y, más abajo: “Esa es la paz que queremos. La paz que es
consecuencia de la lucha. La verdadera paz que resulta de la legítima
victoria”.

No digo que haya sido necesario que viniese de América, con su
reciente serie de conflictos, este aumento generalizado del rechazo y
la exasperación contra todo lo que de lejos pueda sonar a lo que hoy
se designa como “apaciguamiento”, pero sí que me parece que la
absolutización escatológica de la polaridad maniquea entre el Bien y
el Mal, elevada de facto a la categoría de “universal real”, puede muy
bien ser reflejo de las febriles reuniones religioso-patrióticas de
las salas capitulares de la Casa Blanca. Una tan tenebrosa imagen del
abismo entre los destinados a la bienaventuranza y los destinados a la
condenación como la que está detrás de esta especie de neomaniqueísmo
americano es mucho más propia de las representaciones de ciertas
sectas o iglesias reformadas que de las representaciones de la iglesia
Romana. A pesar de lo cual -con una gran parte de la jerarquía
eclesiástica aparentemente hundida en un preocupante síndrome de
afasia- no faltan indicios, al menos en un sector de los católicos
españoles -autoridades incluidas-, de que ya no ofrecen resistencia
alguna al neooscurantismo religioso de Ultramar.

En La Razón del 18 de mayo del 2006, bajo un titular que dice:
“Blázquez indigna a las víctimas al pedirles que perdonen a sus
verdugos”, se cuenta cómo monseñor Blázquez, obispo de Bilbao, con una
prudencia o hasta una timidez rayana en la disculpa, avanzó unas
palabras que aspiraban a ser conciliatorias y que terminaban
expresando el deseo de “que se pida perdón, que se ofrezca y se
reciba, para que se pueda llegar a una reconciliación”. A estas
palabras podría ciertamente reprochárseles la indigencia de no
apartarse un soplo de las rutinarias inercias del púlpito, pero, para
enorme sorpresa y estupefacción de lo que uno habría esperado, fueron
incriminadas justamente por todo lo contrario: por ofender los oídos
de los fieles como una escandalosa novedad, que hasta rozaba tal vez
la heterodoxia. A algo aproximadamente así debieron de sonarle por lo
menos al señor Miquel Buesa, presidente del Foro Ermua, por cuanto se
mostró partidario de que monseñor Blázquez estudiase su renuncia como
obispo de Bilbao y como presidente de la Conferencia Episcopal, ya que
sus palabras “le descalificaban totalmente como pastor de almas” y sus
planteamientos sobre la cuestión terrorista diferían “bastante” de lo
que piensan los católicos.

Por su parte, el arzobispo de Toledo y Cardenal Primado, monseñor don
Antonio Cañizares, en una entrevista de El Mundo del 10 de julio del
2006, también defiende el perdón: “El perdón está en la entraña de la
fe cristiana. Jesucristo perdonó en la cruz, dijo ‘perdónales, porque
no saben lo que hacen’ y siempre estuvo dispuesto a perdonar. Pero el
perdón reclama arrepentimiento. ETA debe admitir no sólo que se ha
equivocado, sino que ha hecho un gravísimo daño”. Pero aquí el señor
Arzobispo incurre en un lapsus de contradicción con la letra de las
Sagradas Escrituras; en efecto, si el perdón “reclama
arrepentimiento”, si la ETA “debe admitir” su equivocación y el
gravísimo daño que ha hecho, para obtener perdón, este perdón
condicionado ya no es el de Cristo en la cruz -”Perdónales, Señor,
porque no saben lo que hacen”-, porque sólo se les otorga a los que
“saben lo que han hecho”, y además, tal como implica el
arrepentimiento, lo reconocen como mal. Aquí también parece que los
vientos de Ultramar han llegado a soplarle al arzobispo de Toledo la
doctrina de la absolutización escatológica de los antagonismos hoy
renaciente en ciertas sectas o iglesias reformadas. Tal influencia
podría estar corroborada por el hecho de que nuestro buen Arzobispo de
Toledo parezca incluso compartir con el propio presidente Bush, ya sea
la doctrina Mejía-Víctores, ya la Jeremy Moore. La primera ya la
enuncié otra vez en otro texto: el general guatemalteco Óscar Arnulfo
Mejía-Víctores, elevado hace años a jefe del Gobierno y preguntado si
pensaba negociar con la guerrilla, dijo: “Quien negocia pierde”; la
segunda es la ya mencionada más arriba, que postula la capitalización
moral de los muertos, lo que sólo en términos de victoria alcanza su
criterio y expresión. Recogiendo, así pues, el Arzobispo, en la misma
entrevista (de El Mundo, 10-VII-06), la referencia del entrevistador a
la equiparación bastante difundida entre “parlamentar” y “claudicar” o
entre “negociación” y “rendición”, no se para en matices y profiere
directamente estas palabras: “Rendirse es perverso, y por eso a ETA
hay que derrotarla. Las víctimas no pueden plantearse la duda de que
tantos muertos no han servido de nada si al final los terroristas
logran su propósito”. Y aquí conviene detenerse un momento en señalar
y remediar otra muy comprensible -dado el ambiente forestal en que se
mueve esta cuestión- distracción del Arzobispo, pues la correlación
entre las partes se le entrecruza de manera equívoca: los propósitos
para cuyo logro se pretende que las víctimas sean de alguna utilidad
no pueden ser más que los propósitos de los que las hacen, o sea de
los etarras. Si las víctimas son, por tanto, producidas por los
propios terroristas para servir a sus propósitos, el deseo del
victimato tendría que ser precisamente el de que las víctimas no hayan
servido para nada, lo que, de un modo más explícito, equivale a decir
que no les hayan servido a los terroristas para avanzar en sus
propósitos o fines. Pero no puede haber ningún razonamiento que no sea
una enramada de pura logomaquia capaz de hacer idéntica o siquiera
equivalente la inutilidad de las víctimas para los fines de la ETA en
utilidad alguna para nadie. En todo caso, aunque mal puede haber
ninguna gana para ello, cabría congratularse de que al menos hayan
tenido la fortuna de no haber servido para nada.

(Rafael Sánchez Ferlosio es escritor / El País, 23/02/07).

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Thursday, February 22, 2007

El GAL de las Azores

Habrá que regresar a los escenarios del crimen, repasar una y otra vez las declaraciones, escudriñar cada una de las frases para analizarlas a la luz de los nuevos hechos. En los mismos días en que el Parlamento Europeo aprobaba su investigación sobre los vuelos secretos de la CIA para el transporte ilegal de prisioneros, más conocido como informe Fava, se ha conocido el intenso trajín de policías, espías y funcionarios españoles en la base militar norteamericana de Guantánamo, desde pocos meses después de la creación de la prisión en enero de 2002. Hasta ahora, se había documentado la utilización de territorio español para el transporte ilegal de prisioneros en manos de los norteamericanos, en un tráfico que incluye a Guantánamo pero conduce también a otros campos de detención en terceros países. Pero la nueva oleada de datos permite ya concluir que Estados Unidos ofreció a sus aliados la posibilidad de interrogar y extraer información de sus detenidos ilegales y que un buen número de ellos lo aceptaron.

Vayamos por un momento a uno de los puntos álgidos de esta historia, la cena de Bruselas en la que Condoleezza Rice propuso a los ministros de Exteriores europeos “enfrentarse con el gorila de 800 libras”, es decir, con el asunto maloliente de la lucha ilegal contra el terrorismo. La secretaria de Estado enunció ante sus colegas cuatro reglas o principios, utilizando a la vez una poderosa técnica de restricción mental:

1. EE UU se atiene a la ley y no ordena a sus ciudadanos que actúen fuera de la legislación americana o de las obligaciones internacionales. (No significa que no permita e incluso organice que lo hagan otros fuera de Estados Unidos, en limbos legales como Guantánamo o prisiones de terceros países. Tampoco que la ley americana no tenga una laxa interpretación bajo la óptica de la autorización al presidente para utilizar todos los medios a su alcance en la guerra contra el terror, hasta el punto de permitir el secuestro y la detención ilegal, legalizar la tortura o las escuchas sin control judicial).

2. EE UU tiene “la responsabilidad moral y la obligación de no convalidar la tortura”, en la que no va a comprometerse ningún americano, dentro o fuera de EE UU. (Otros, no americanos, serán quienes la practiquen y cuando sean funcionarios americanos lo harán siguiendo unas peculiares y durísimas reglas de interrogatorio que los juristas de la Casa Blanca consideran que no pueden definirse como tortura, en contra del criterio de todas las organizaciones internacionales).

3. La inteligencia es secreta por naturaleza, por lo que no cabe seguir hablando de esta cuestión. (Este argumento extiende un velo argumental, de forma que permite ocultar todo lo que convenga a los aliados que lo convalidan. Condoleezza Rice lo explicó con enorme precisión en una declaración leída antes de viajar a Europa: “Algunos gobiernos han querido cooperar con EE UU en inteligencia, endurecimiento de la ley y asuntos militares. Es una cooperación de doble vía. Compartimos inteligencia que ha ayudado a proteger a los países europeos de ataques, ayudando a salvar vidas europeas. Es cuestión de estos gobiernos y sus ciudadanos decidir si desean trabajar con nosotros para prevenir estos ataques terroristas contra sus países u otros y decidir qué información sensible hay que dar al público”.

4. Las convenciones de Ginebra sobre prisioneros de guerra, que cubren y protegen a los combatientes regulares, no lo hacen con los combatientes ilegales, que no pertenecen a ningún Estado (stateless les llama), aunque el presidente Bush ha pedido que también se les apliquen a ellos los criterios generales. (Esta licencia da el máximo margen de maniobra con los prisioneros: no hay límite legal para interrogarles, pero cuando se conoce alguna vulneración, como fue el caso de Abu Ghraib, permite realizar castigos aparentemente ejemplares contra quienes hayan violado estos criterios. Pero está claro que las extralimitaciones se producen por el mero hecho de la inexistencia de límites legales para el interrogatorio o incluso por la transmisión no siempre formal en niveles intermedios e inferiores de órdenes explícitas de malos tratos y torturas).

Antes de la foto de las Azores, en la que se declaró una guerra preventiva, sin autorización de organización internacional alguna, George Bush recabó y obtuvo un amplio consenso en su guerra global contra el terror declarada tras el 11-S, en la que tampoco iban a respetarse las reglas de la guerra utilizadas hasta entonces. Los servicios secretos de los países aliados fueron presumiblemente invitados a participar activamente en ella, cubiertos por el velo de silencio que los caracteriza. Y muchos países, incluso algunos de los que luego no participaron en la guerra, estuvieron ya en esa foto invisible de unas Azores sumergidas en las cloacas del Estado de derecho. Ahora no hay más remedio que arrojar toda la luz sobre tanta infamia. (Lluís Bassets es periodista / El País, 22/02/07).

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