Monday, December 25, 2006

El Papa aprende una lección

Durante su reciente visita a Turquía, el papa Benedicto XVI no se limitó a la retórica amistosa. El teólogo no se ha convertido en diplomático, como sugirieron algunos comentaristas, pero su estancia en el país turco demostró que, desde su discurso del 12 de septiembre en Ratisbona, el Papa ha aprendido la lección.

Los comentarios sobre el islam que citó en su discurso de Ratisbona no sólo eran poco diplomáticos, sino que estaban equivocados. Las enseñanzas del profeta Mahoma no fueron en absoluto inhumanas. Elevó a las tribus árabes al nivel de una religión monoteísta y ética. El islam no es una religión violenta, sino una religión de sumisión al Dios único, el mismo Dios de los judíos y los cristianos. Y Alá -nombre con el que también se refieren a Dios los árabes cristianos- no es un Dios arbitrario, sino un Dios de justicia y misericordia.

Es evidente que el Papa ha aprendido una lección, porque la polémica conferencia de Ratisbona ya se ha publicado en una tercera versión revisada, en la que se han hecho correcciones sutiles en 30 páginas y se han añadido 13 notas a pie de página con aclaraciones. No obstante, la aclaración podría ir mucho más allá: por ejemplo, la teología musulmana otorga especial importancia a la afirmación de que la fe musulmana es racional y no exige creer en ningún dogma que se oponga a la razón.

En beneficio del Papa, 38 distinguidos eruditos musulmanes de todo el mundo han respondido punto por punto, con una frialdad admirable, a las confusiones y malas interpretaciones más habituales entre los cristianos. Esto, en sí mismo, es un paso sin precedentes. Y es importante además porque refuta, por fin, el extendido tópico de que los musulmanes no quieren el diálogo.

En su viaje a Turquía, el Papa no repitió las citas sobre el islam que había hecho en Ratisbona. Al contrario, se mostró dispuesto a aprender sobre el islam -personalmente y en público- del presidente de la autoridad religiosa estatal, Alí Bardakoglu. Era lo que correspondía tras el llamamiento del propio Papa a mantener un diálogo sincero, puesto que un requisito de ese diálogo es que cada una de las partes tenga acceso a una información seria sobre la otra religión.

Otro requisito es la empatía, la sensibilidad hacia los demás, y en este aspecto Benedicto XVI también ha aprendido la lección. Claramente escandalizado por la enérgica e incluso violenta reacción del mundo musulmán a sus palabras, el Papa mostró en Turquía una empatía con la que seguramente no se habría permitido ni soñar en Ratisbona. Estuvo admirablemente contenido en Hagia Sophia, el museo y antigua mezquita que se construyó como iglesia cristiana. Rezó en silencio con el gran muftí en la Mezquita Azul, el equivalente musulmán de Hagia Sophia. Después ondeó una bandera turca.

Muchas veces, esas imágenes y esos gestos son más eficaces que las palabras. Pero no sirven de nada si no van seguidos de un compromiso de diálogo permanente. Y, además de la información y la empatía, dicho diálogo necesita un tercer elemento: la reflexión y la autocrítica por parte de ambos interlocutores.

A este respecto, por ejemplo, el documento Dominus Jesus -publicado por el cardenal Joseph Ratzinger en el año 2000, cinco años antes de ser elegido Papa- tiene una urgente necesidad de revisión. Este documento renueva con frialdad dogmática la arrogante afirmación de la Iglesia Católica de que ella es superior a otras iglesias y otras religiones, una pretensión que la mayoría de la gente creía ya abandonada desde el Concilio Vaticano II (1962-1965).

Ahora bien, si la Iglesia Católica necesita adoptar un tono menos presuntuoso respecto a otras confesiones, también los países musulmanes, como Turquía, deben mejorar en el trato que ofrecen a sus minorías religiosas.

La clave es la libertad religiosa. Bajo el gobierno de Erdogan, Turquía está llevando a cabo un experimento histórico, el de ver hasta qué punto puede ser compatible un Estado laico con el islam. La Iglesia Católica tardó siglos -hasta el Concilio Vaticano II- en aceptar los derechos humanos y especialmente la libertad de culto, pero al final acabó haciéndolo. El islam también debería ser capaz de ello.

La evolución de Turquía se sigue muy de cerca en todo el mundo islámico: ¿logrará emprender una vía entre el laicismo que vaen contra de la religión y el fundamentalismo religioso? En cualquier caso, los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 y fechas posteriores han suscitado un intenso debate sobre la violencia y el terrorismo en muchos países musulmanes. Y ése también es un dato importante para un diálogo sincero.

Un diálogo constructivo entre cristianos y musulmanes no debe construir nuevos muros contra la modernidad laica. La principal función de la religión no es oponerse sino apoyar, estar al lado de los hombres y mujeres de hoy.

Es cierto que la inevitable secularización de la modernidad ha llevado en parte al consumismo, el relativismo y el nihilismo, con consecuencias inhumanas. En este sentido, la crítica que le hacen el islam y el cristianismo está justificada.

Pero el cristianismo y el islam también han tenido a menudo consecuencias inhumanas. Hoy deben demostrar que son defensores de la humanidad y, por fortuna, muchas veces lo hacen. Y esa entrega a la humanidad debe llevarse a cabo indudablemente en compañía de hombres y mujeres de pensamiento laico, partiendo de los valores y criterios comunes que llamamos ética humana o ética global.

¿Y qué hay de la Iglesia Ortodoxa? El objetivo principal de la visita a Turquía era mejorar las relaciones con ella. Este Papa ha hecho mejoras en las relaciones con el islam, pero ¿ha progresado algo con sus hermanos cristianos?

Prácticamente nada. Con todas las lecciones que el Papa ha aprendido en otras áreas, en este frente no ha ocurrido casi nada. Es verdad que Benedicto XVI ha dicho a menudo que uno de sus objetivos es la unidad plena entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa, lo mismo que dijeron sus predecesores Pablo VI y Juan Pablo II. Ahora, igual que ellos, ha vuelto a invitar a los dirigentes ortodoxos a participar en un diálogo fraterno para determinar nuevas formas posibles de ejercer el ministerio de Pedro sin dejar de respetar su naturaleza y su esencia.

¿A qué se refiere con eso? ¿Qué está ocurriendo?

Dedicar más años a trabajar en comisiones sobre diversos aspectos del papado es completamente superfluo. Hace mucho tiempo que están sobre el tapete las soluciones propuestas por teólogos y comisiones, y Roma las ha ignorado. No faltan los conocimientos teológicos. Lo que falta por parte de Roma es la voluntad de renunciar, en un espíritu cristiano, a las pretensiones de poder.

¿Qué dirían los jefes supremos de nuestras iglesias si los cristianos quisieran reconciliarse pero se limitaran a anunciar todo el tiempo conversaciones, pequeños pasos, más oraciones y la fe en el Espíritu Santo? Seguramente se impacientarían y exigirían más compromiso, más honradez y más deseo de asumir riesgos, de avanzar en el amor y la transparencia.

¿Posee Benedicto esa voluntad de compromiso, esa fuerza?Su encuentro con el patriarca Bartolomé I -un patriarca abierto al ecumenismo- fue decepcionante. No pasó realmente del beso fraternal que se dieron Pablo VI y el patriarca Atenágoras en Jerusalén, en 1964.

Entonces se revocaron las excomuniones mutuas de 1054, el año del cisma. ¿Por qué no restablecer la antigua comunión ahora, más de cuarenta años después de aquella reunión en Jerusalén, con una celebración compartida de la eucaristía? En vez de eso, en Estambul, el obispo de la Vieja Roma se limitó a asistir pasivamente a una eucaristía celebrada por el obispo de la Nueva Roma.

El principal obstáculo para restablecer la antigua unidad de la Iglesia es y sigue siendo la idea de que el Papa tiene poder sobre las iglesias orientales, una afirmación que se remonta al siglo XI. Como escribió mi colega de Tubinga, Joseph Ratzinger -en un texto que aún podía encontrarse impreso en 1982-, Roma no debe exigir a Oriente ninguna doctrina de primacía más que la que se formuló y practicó en el primer milenio.

De ser así, no habría ni una primacía de jurisdicción muy poco bíblica sobre las iglesias orientales -que Roma reclama sólo desde el siglo XI-, ni una primacía honorífica de escasas consecuencias. Por el contrario, de acuerdo con la tradición común del primer milenio, el obispo de Roma debería tener estrictamente una primacía pastoral ecuménica. Juan XXIII puede servir de ejemplo: en general, se limitó a ser un dirigente espiritual, capaz de inspirar, mediar y coordinar. Mi consejo amistoso al papa Benedicto XVI sería: ¡aprenda, por favor, del profesor de Tubinga Joseph Ratzinger!

Hans Küng es teólogo (El País, 24/12/2006)

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Grass confiesa su peor secreto

El premio Nobel alemán desató una cruda controversia al revelar que militó en las filas de las SS hitlerianas. El pasado verano, un grupo muy selecto de críticos literarios y amigos de Günter Grass recibía los ejemplares de una cortísima tirada de presentación de su nuevo y muy esperado libro: Beim Häuten der Zwiebel (Pelando la cebolla). “Solo para uso personal. Críticas embargadas hasta el 1 de septiembre”, advierte la portada. Era, nadie lo ha negado siquiera en los más agrios debates surgidos durante los tormentosos meses siguientes, un nuevo gran libro del escritor de lengua alemana más famoso, leído e influyente desde Thomas Mann. Igual que el autor de Los Buddenbrooks, Grass había unido a su celebridad y gloria como autor su prestigio como intelectual comprometido y una aureola de autoridad moral que le llevaba a emitir opiniones con gran repercusión sobre muchas cuestiones políticas, sociales, económicas y morales.

Varias generaciones de alemanes se han educado y han crecido con los libros y las opiniones de Günter Grass, y muy especialmente en lo que se refiere al pasado nacionalsocialista de Alemania. La inmensa quiebra moral que supuso el triunfo del hitlerismo para el pueblo alemán, que de forma muy mayoritaria lo apoyó primero en su proyecto político criminal y después en sus guerras de agresión, hizo que, después de los años de ocupación y reconstrucción, el ejercicio de la memoria se convirtiera en la mayor obsesión cultural y política de este país, especialmente en la parte occidental, que retornó a la democracia y pudo acceder a la libertad de expresión, debate y creación. Desde muy pronto, al abrirse este proceso de recapitulación o superación de la historia (Vergangenheitsbewältigung) en los años sesenta, Grass, ya plenamente reconocido en una carrera literaria que en 1999 habría de culminar con los premios Nobel y Príncipe de Asturias, estaba en primera línea en la demanda implacable de recuperación de la memoria y como fustigador de quienes querían olvidar su pasado nazi individual o común.

Cuando este verano se anunciaba el nuevo libro para otoño, el éxito editorial estaba ya más que asegurado. Grass no necesita escándalos para promocionar unos libros con los que ha ganado fortunas que él nunca podría gastar con sus muy recatados gustos y hábitos de intelectual izquierdista y ecopacifista. Su muy sólida vanidad no demanda más que reconocimiento. Le sobra el dinero. El celebrado autor de El tambor de hojalata, novela con la que ya en 1959 alcanzó la gloria literaria y que después confirmó con una amplísima obra que ha marcado como nadie la literatura y el escenario cultural general de la Alemania de posguerra, volvía con un libro ya plenamente instalado en el género autobiográfico. Entonces algunos lo leyeron y dentro encontraron algo más que buena literatura alemana. Muy pronto, mucho antes del 1 de septiembre -fecha muy simbólica en la que Hitler decide comenzar una guerra contra Polonia precisamente con el pretexto de una agresión a la ciudad natal de Grass, Danzig, la actual Gdansk-, estallaba la bomba: el caso Grass. El 12 de agosto, el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung publicaba una entrevista con Grass en la que, por primera vez, éste reconocía haber pertenecido a las Waffen SS, unas unidades de élite nazis a las órdenes de Heinrich Himmler, catalogadas en los procesos de Núremberg como “organización criminal”. La División Fundsberg -en la que pasó Grass, según propia revelación, los últimos meses de la guerra- fue culpable de tremendas atrocidades precisamente en aquella fase final de la guerra, en la que se dedicó a ejecutar a prisioneros rusos y a alemanes acusados de derrotismo o deserción.

La revelación de Grass causó estupor en todo el mundo. Por el fondo y por la forma. El gran padre de las letras alemanas contemporáneas revelaba que había estado en una de las organizaciones nazis más asesinas y que lo había ocultado durante sesenta años “porque no sabía en qué forma decirlo”. A partir de ahí, las contradicciones no hicieron sino multiplicarse, y si un día atacaba a todos los que le reprochaban lo que no era difícil de considerar falta de honestidad y coherencia y quitaba valor a su confesión, al siguiente estaba casi pidiendo conmiseración por el terrible lastre que había tenido que cargar con su secreto.

Grass no sería él si ahora callara sus opiniones por temor a que le señalaran sus incoherencias. Pero cierto es que su pedestal como autoridad moral sí ha quedado hecho añicos. Y no por haber ocultado la perfecta ridiculez de haber sido un fanático a los quince o dieciséis años en una división asesina de un régimen, sino por un acto de suprema hipocresía continuado durante seis décadas y con toda la publicidad que un genio de la literatura y Nobel genera.

El drama Grass de este año ha hecho correr ríos de tinta; generado vilipendios, descalificaciones gratuitas, injurias, rumores, medias verdades; ha desatado afanes de venganza, y también ha despertado muchos y muy genuinos esfuerzos de afrontar con honestidad intelectual una verdad mayor que la revelada en este libro por Grass. Sobre la responsabilidad individual, el respeto a la verdad, la ocultación de la misma, el derecho al pudor, la memoria y sus trampas, la hipocresía y la debilidad humana; es decir, un gran debate sobre el hombre.

Hermann Tertsch es periodista (El País, 24/12/2006)

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