Monday, December 11, 2006

La última oportunidad de Bush

Aunque el detonante ha sido la necesidad de concebir una estrategia para salir del atolladero de Irak, el desalentador informe del Grupo de Estudios sobre Irak es una crítica devastadora de toda la política exterior del Gobierno de Bush. El informe pone en tela de juicio los principios fundamentales de una Administración que ha trabajado guiada por la fe y de un presidente cuyo evangelio político le hizo alejarse por completo de la cultura de la resolución de conflictos para emprender una cruzada basada en la pura fuerza.

No poder terminar una guerra es, a veces, peor que perderla. Por consiguiente, el informe sobre Irak es más que un plan para salvar el país es una hoja de ruta para sacar a Estados Unidos del caos de una guerra imposible de ganar. Por mucho que el Grupo de Estudios haya rehuido hacer recomendaciones de retirada precipitada y haya evitado calendarios exactos para el repliegue, su informe no sólo es un rechazo inequívoco de la obsesión de Bush por “mantener el rumbo”, sino que aconseja salir corriendo.

La verdad es que no es realista pensar que el ejército y la policía iraquíes pueden asumir las responsabilidades de combate ni el mantenimiento del orden a corto plazo. Todo el aparato de seguridad en Irak está corrupto e infiltrado por los rebeldes. Tampoco está claro hasta qué punto siguen creyendo los iraquíes en la idea de un Irak unido por el que merece la pena luchar. El informe prácticamente exige que cese por completo el apoyo al Gobierno iraquí si éste no asume sus responsabilidades.

Ninguno de los problemas de Oriente Próximo tiene solución militar, y ninguno puede solucionarse mediante acciones unilaterales. Por tanto, el informe tiene razón cuando rechaza la insistencia de Bush en descartar a Irán y Siria como interlocutores para lograr un orden regional más estable. Irán es el país que más influencia tiene dentro de Irak, y Siria se ha convertido en un cruce de caminos fundamental para la circulación de armas e insurgentes hacia el campo de batalla iraquí. Es sencillamente imposible que Irak se estabilice mientras Estados Unidos no cambie su política en relación con estos dos grandes aguafiestas regionales y pase de ignorarlos a negociar con ellos.

Es decir, el informe constituye un rechazo a toda la filosofía del eje del mal de Bush. Se niega a atribuir al hermético Estado iraní una rigidez ideológica que tal vez no es cierta. De hecho, Irán ha demostrado su capacidad de comportarse con un pragmatismo asombroso en más de una ocasión: por ejemplo, en la relación con Israel y Estados Unidos durante su guerra contra Irak en los años ochenta y cuando ayudó a los estadounidenses en la guerra contra los talibanes en Afganistán.

Pero Irak no es el único que necesita unos grupos de apoyo regional para alcanzar una mínima estabilidad. Todos los problemas de Oriente Próximo -Irak, la disputa árabe-israelí, la necesidad de reformas políticas, el terrorismo islámico- están interrelacionados. La conexión entre los problemas en el círculo externo de la región, y los del conflicto árabe-israelí, en el círculo interno, la demostró el Gobierno de Bush padre, que, en octubre de 1991, tras la primera guerra del Golfo, organizó una gran conferencia internacional con el objetivo de lograr una paz entre árabes e israelíes.

Tampoco se puede esperar que el Gobierno israelí y su íntimo aliado en la Casa Blanca aplaudan el llamamiento del Grupo de Estudios a volver a aplicar esa lógica, porque contradice todo lo que ha defendido la Administración de Bush hijo. La recomendación del informe sobre una conferencia internacional al estilo de la conferencia de paz de Madrid no sólo es una referencia oportuna a la conexión entre el conflicto árabe-israelí y otros problemas de la región; es también un recordatorio muy necesario de que las negociaciones bilaterales entre las partes no pueden servir para lograr un acuerdo. Esa constancia impulsó la iniciativa de paz panárabe de 2002, que estableció las condiciones para un acuerdo global entre israelíes y árabes.

Desgraciadamente, por mucho que los dos partidos hayan participado en la elaboración del informe del Grupo de Estudios, no hay que pensar que Bush vaya a admitir todas sus recomendaciones y reconocer la quiebra de toda su política exterior. Es más, ya ha expresado sus objeciones a entablar conversaciones directas e incondicionales con Irán y Siria. Y tampoco parece dispuesto a crear desavenencias con Israel y arrastrar a su Gobierno a una conferencia internacional, como hizo su padre con el primer ministro Isaac Shamir en 1991.

A Bush le resultará especialmente difícil cambiar su política con respecto a Irán. Este país, para asegurarse de que Estados Unidos se sintiera constantemente acosado y, por tanto, incapaz de amenazarle, ha obstruido de manera sistemática la misión de transformación regional de Bush. El informe insta al presidente a ser consciente de que los aguafiestas no van a dejar de serlo como requisito previo para las negociaciones, sino sólo después y como consecuencia de ellas. Lo que está en juego es una decisión dolorosa para Bush: hacer que Estados Unidos coexista con lo que considera una teocracia islámica repugnante.

Pero Bush no tiene demasiadas opciones si pretende evitar que su presidencia pase a la historia como un completo fracaso. Desde el principio tuvo un estilo suicida de gobierno. Si no cambia de rumbo en Irak y otros asuntos, su presidencia puede echar el telón sobre largos decenios de hegemonía estadounidense en Oriente Próximo, en perjuicio de sus más estrechos aliados en la región.

Shlomo Ben-Ami (El País, 11/12/2006).

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Así paga el diablo

En la película El aviador, Martin Scorsese plantea, mediante la hiperbólica fobia de Howard Hughes, que, incluso en la figura de un empresario genial y combativo, la alianza entre el vértigo de la técnica y el capitalismo guarda en su matriz una aberración delirante. La locura del magnate es metáfora de ese presagio y la letanía final una sentencia: “El camino del futuro, el camino del futuro…”. Sin embargo, al fácilmente épico Scorsese se le olvidó que, además de las contiendas con Samuel Goldwyn, o Juan Trippe, presidente de la compañía aérea Pan Am, el señor Hughes mantuvo escaramuzas menos heroicas, y alguna de entre ellas sólo era sacudirse de la solapa, una vez y otra, algo invisible, angustioso y molesto. Lo que hacen los ricos y los aquejados de delirium tremens. El más vergonzoso de esos tics fue destruir la carrera de uno de los mayores talentos del cine, de la narrativa, del siglo XX: Preston Sturges.

Asociados en una productora, California Pictures Corporation, dispuesta a competir con los grandes de Hollywood, Sturges cayó desde el primer momento bajo la tiránica soberbia y el agudo rencor de los triunfadores que aquejaba a Mr. Hughes. El asunto es que, si hacemos una lista de afinidades, Sturges y Hughes comparten muchas de ellas. A los dos les gustaban los aviones, la ingeniería, las mujeres, los clubs, el desafío a las instituciones y coquetear con la ruina. Los dos escondían bajo la frescura de sus innovaciones una mórbida relación con la muerte. Sin embargo, aquello que les distinguía era fundamental, y no hablamos sólo de la línea, o el hemisferio, que distingue a un artista de un megalómano: esas vidas casi paralelas forman el paradigma entre lo que el mundo sólo ha dado algunas veces (Sturges, Mozart) y lo que ofrece cada cierto tiempo (otro Hughes, otro Napoleón). En sus últimos años, Hughes se encerró en la planta noble de un hotel de Las Vegas, rodeado de mormones y con cajas de detergente a modo de zapatos. Sturges, según dicen, acabó sus días de gorrón de altos vuelos en la terraza del hotel George V de París -”un Courvoisier a cambio de mi historia”-, circunstancia que recuerda el inicio de su primera película, Así paga el diablo (The Great McGinty). El anónimo y tantas veces denostado ser que retitula las películas en español acertó por una vez. Sturges fue profético al adivinar el propio camino del futuro.

Como exclamó un célebre actor en su agonía: “Morir es fácil, lo difícil es la comedia”. La comedia no es fácil, desde luego, pero explicar su grandeza sin hacer el ridículo es poco menos que imposible. De todos modos, diré que la mejor comedia es una tragedia sin evidencia trágica, excentricidad en movimiento con la intención de afinar las mayores verdades, pero, sobre todo, hacer reír. Y viceversa, porque la mejor comedia pica alto y excava hondo. Como asegura sin falsa modestia Witold Gombrowicz, un artista muy similar a Sturges: “Formo parte de ese grupo de ambiciosos tiradores que, si debe hacer muecas, las hace participando en la caza mayor”. Aun así, la mejor comedia, la única comedia, es popular, surge del centro mismo de un sistema y, en su grado óptimo, provoca distintas risas en distintos niveles.

Empujado únicamente por afán de libertad para hacer buenas películas, Sturges consiguió innovar el sistema de Hollywood. Fue el primer guionista en ascender a director y el primer director en recibir porcentaje sobre los beneficios. Fue uno de los directores de más éxito en su época sin hacer la mínima concesión, precisamente porque vivía y contaba su época, no la publicidad de su época. Su reinado fue breve, pero no lo hubo más glorioso. Trece espléndidas películas en una década y, en ese tour de force, dos obras maestras en el mismo año, 1941: Las tres noches de Eva y Los viajes de Sullivan. De muy pocos nombres de la cultura se puede decir lo mismo sin ruborizarse. Y aún menos, de aquellos que han trabajado bajo los avatares de un implacable sistema industrial. La comedia de Sturges fue, es y será el asalto de la risa al implacable camino del futuro.

Francisco Casavella (El País, 11/12/2006).

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