Saturday, November 25, 2006

Sobre el Estatuto de Canarias (Septiembre, 1996)

La verdad, triste verdad, es que cualquiera que siga con un mínimo de atención la controversia partidista sobre la necesidad de reformar el sistema electoral canario se dará cuenta de que ninguno de los partidos está por la labor. No sé de qué podemos extrañarnos, porque eso era de esperar: todos ellos tienen con el actual sistema asegurada una parte del pastel y, aunque de boquilla para afuera discutan, se peleen y se pasen propuestas alternativas, ninguno, repito, ninguno que tenga la más mínima posibilidad de perder un solo escaño con el cambio dejará que ésas prosperen.

Respecto al Movimiento Ciudadano por una Lista Regional, pienso que tienen una buena parte de razón, pero que la reforma, no por necesaria, puede o debe quedarse sólo en eso, en la inclusión de una nueva circunscripción electoral regional que permita elegir diez o veinte diputados directamente a toda la población del Archipiélago.

El estudio de la reforma del Estatuto de Canarias por las Cortes Generales, que se abre en el otoño, debería ser aprovechado por los partidos canarios con representación parlamentaria, por el Parlamento y por el Gobierno de Canarias también, por los políticos y la sociedad canaria en general, para afrontar con decisión y con urgencia un tema fundamental: qué queremos que sea Canarias y cómo vertebrarla de cara a nuestro pueblo, a España y a Europa, perdónenme el tópico, de cara al siglo XXI.

De cara a nuestro propio pueblo, a la sociedad canaria, me parece claro que, si no se parte del reconocimiento de la isla, particular. concreta, individual, como realidad fundamental de Canarias. como hecho irreversible impuesto por la naturaleza y por la historia, no se va a ninguna parte. Pero es que también existe otro hecho que tiene existencia real indudable, producto igualmente de la geografía y de la historia, que es el de la existencia del Archipiélago. y el de la unidad social, cultural, económica y política de su población en una entidad globalizadora que es Canarias.

Si el problema es, simplificando un mucho la cuestión, armonizar los intereses del concepto isla y del concepto archipiélago, supongo que una posible
solución sería la de integrar ambos conceptos políticamente a través de una renovada estructura de poderes donde ambos tengan representación.

Una forma de hacerlo podría ser la de un Parlamento bicameral, con una Cámara de representación popular, elegida por todo el pueblo del Archipiélago, en circunscripción electoral única y con un sistema proporcional puro (Israel lo hace así, y es la única democracia real de Oriente Medio, a pesar de todos los problemas), y otra cámara o cabildo general donde estuvieran representados paritariamente los cabildos de las siete islas, elegidos por y de entre sus consejeros respectivos por mayoría de dos tercios.

Ambas cámaras participarían en el proceso legislativo en un plano de igualdad, con similares competencias; el Cabildo general gozaría de la facultad de veto, habría una comisión mixta para la resolución de las discrepancias entre ambas cámaras, y en su caso, la decisión última correspondería a la cámara popular por mayoría absoluta de sus miembros. El Gobierno canario sería elegido por la cámara popular y respondería políticarnente ante ella y. lógicamente, debería gozar de la potestad de disolución de la misma. La duración de sus mandatos sería de cuatro años, pero el Cabildo general se renovaría cuando correspondiera hacerlo a los respec tivos cabildos insulares y no podría ser disuelto por el Gobierno, ni, lógicamente, exigir la responsabilidad política del mismo.

Renovada la estructura político representativa del Parlamento, la clave del arco se llamaría ahora descentralización, federalización o como ustedes prefieran, pero las islas deben asumir el papel que les corresponde en la vida política del Archipiélago y, para ello, tienen que recibir y ejercer la competencia plena de todo aquello que por su propia naturaleza sea delegable, reservándose el Parlamento y el Gobierno canario la representación, dirección, unidad, planificación, ordenación y control de todos los recursos humanos, físicos y materiales del Archipiélago como entidad globalizadora. Supongo que la tarea es ambiciosa, pero es que para el viaje que nos preparan ahora no hace falta alforjas de ningún tipo.

Carlos Campos es historiador. (La Gaceta de Canarias, 05/09/1996).

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Cabemos más

Hombre… Uno, como la mayoría del personal isleño, anda preocupado –medianamente preocupado, porque hay asuntos que le inquietan más- por el aumento demográfico que se registra en el Archipiélago y por lo que los especialistas llaman el sobrepeso poblacional. O así. No obstante, me parecen exagerados y demagógicos quienes afirman que aquí, o sea, en estas asirocadas ínsulas (que diría Pepe Alemán) no cabemos más. José Luis Rivero, que es un hombre de abierto talante y de agudo ingenio, lo comentaba el otro día en los periódicos: la inmigración, el territorio y el incremento de de las gentes que se instalan aquí –y las que nacen aquí, no hay que olvidarlo- no se pueden contemplar como si hablásemos de latas y de sardinas. Es otra cosa. Y mucho más compleja.
 
A uno, si quieren que les diga, la realidad cotidiana le demuestra que sí cabemos más. Que cabemos, si lo miramos con objetividad, muchísimos más. Quienes se manifiestan para evitar que el gentío residente se siga multiplicando, no dicen ni mu respecto al desmelenado desarrollismo de la oferta turística, un suponer, que continúa engordando por nuestras costas mayormente a un ritmo vertiginoso pese a todo el paripé de las diversas moratorias. Parece como si esa presión humana, coyuntural pero persistente, no tuviese la menor importancia. Pero, doce o trece millones de turistas al año son una pasada para un Archipiélago como el nuestro. Y el deterioro medioambiental y paisajístico que ese crecimiento constante de la oferta genera debería ser tan preocupante o más que otros movimientos y vaivenes del personal. Entre esos visitantes que nos llegan por los aeropuertos, se encuentran, además, la mayoría de los delincuentes peligrosos y de miembros de las mafias internacionales que siembran con sus actividades el crimen profesional, en todas sus variantes, por nuestros litorales atlánticos. No hay manifestantes ni líderes del “ni uno más” que hablen de esas cosas.

Posiblemente, ya digo, cabemos un montón más de lo que podríamos imaginar. Basta con censar el número de casas y de pisos en venta y actualmente deshabitadas en nuestra Comunidad –aunque el de la vivienda sea uno de los máximos problemas al que se enfrenta en canario del común- para comprender que no sólo podríamos admitir el arribo de miles y miles de personas que quisieran instalarse aquí, sino que, incluso, tendríamos lugares más que suficientes donde alojarlas.

Aquí lo que hay, a parte de falta de espacio y de un territorio –el tópico, aunque responda a la verdad geográfica no deja de serlo- escaso y fragmentado, es mucha demagogia. Y escasa voluntad política para planear un futuro mínímamente habitable y confortable. Antes de pensar o exigir una ley de residencia, habría que encarar otras normas mucho más sencillas de aplicar, pero que, probablemente, afectarían a los intereses y recortarían las ganancias de muchos.

 
José H. Chela es periodista (Canarias Ahora, 25/11/2006).
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El Campeonato de palabras entre el cristianismo y el islam

La entrada del Papa en el último partido del choque de civilizaciones -el Campeonato de palabras entre el cristianismo y el islam- fue seguida con avidez en todos los rincones del mundo excepto uno: las salas de juntas de las finanzas occidentales. Desde el 11-S, los bancos y las instituciones financieras cortejan a los eruditos islámicos, pagándoles generosos salarios de más de un millón de euros por emitir fatwas o legitimar sus productos adaptados a la sharia

Estos esfuerzos están dando sus frutos. En junio de 2006, Lloyds TSD (Reino Unido) anunció que ofrecería servicios financieros islámicos en todas sus sucursales en el país. “A partir de hoy, los dos millones de musulmanes británicos tendrán acceso a cuentas corrientes e hipotecas que cumplen con la ley islámica (la sharia), en las 2.000 sucursales bancarias”, declaraba el banco. Deutsche Bank también ha abierto una “ventana islámica”, un fondo de dinero específico para sus actividades islámicas, con sede en Londres pero, de acuerdo con The Financial Times, “estrictamente separado del resto del banco”. En junio de 2006, Deutsche Bank anunció que actuaba como director de emisión conjunto de 400 millones de euros de activos sukuk (bonos que cumplen con la sharia) para el Banco de Desarrollo Islámico (BDI), con sede en Yedá, Arabia Saudí. En septiembre de 2006, debía empezar a funcionar en la ciudad de Birmingham el Islamic Bank of Britain, primer banco islámico de Reino Unido.

Aunque debatida durante décadas, la banca islámica nació tras la primera crisis del petróleo. En 1974, unos cuantos personajes visionarios como Mohammad al Faisal (hijo del fallecido rey Faisal de Arabia Saudí), Saleh Kamel de Arabia Saudí, Ahmed al Yasin de Kuwait y Sami Hamud de Jordania, canalizaron parte de la riqueza producida por la primera crisis petrolífera hacia la formación de una nueva camada de bancos islámicos. Especialistas en sharia y clérigos dibujaron la estructura monetaria de los nuevos bancos. Por consiguiente, el núcleo de la economía de la sharia lo constituye una excepcional empresa conjunta entre musulmanes ricos y especialistas en sharia. La inusual asociación entre los poderosos económicamente y los líderes religiosos es un fenómeno exclusivo de la economía moderna. Una empresa conjunta idéntica se está forjando hoy entre bancos occidentales y especialistas en sharia. Por lo tanto, la asociación es la raíz de las finanzas islámicas. Nace del concepto de umma, el conjunto de creyentes, fundamental en el espíritu del islam.

La umma se considera una sola entidad; prolifera, piensa y ora con una sola voz, es el alma interior del islam. La asociación es también el latido del corazón de la economía islámica. La filosofía subyacente es arriésgate a compartir. El prestamista debe compartir el riesgo del prestatario (convirtiendo a ambos en socios de hecho). Ese punto de vista la separa definitivamente de las finanzas occidentales, que intentan maximizar los beneficios y minimizar las pérdidas mediante la diversificación y la transferencia de riesgos. Además, hay que poner el dinero a trabajar.

Dado que las finanzas islámicas prohíben el interés, o riba, buscan ingresos derivados de arrendamientos, derechos, beneficios empresariales y corrientes de mercancías (una hipoteca, por ejemplo, es un arrendamiento para comprar acomodo). Así, la economía conceptualmente islámica es la opuesta a las finanzas occidentales, centradas en el individuo y cuyo acicate es la constante búsqueda de riqueza personal. Dos grandes crisis mundiales han fomentado las finanzas islámicas: el hundimiento del mercado asiático en 1997 y el 11-S. El primero provocó un atrincheramiento y el segundo un cierre respecto a la economía al estilo occidental.

Malaisia, un país musulmán comprometido, abrió el camino a estos cambios drásticos. En 1997, en plena crisis asiática, el entonces primer ministro malaisio, Mohamad Mahazir, rechazó la intervención del FMI y atacó públicamente a los especuladores monetarios extranjeros, acusándolos de arruinar a un país musulmán próspero y de rápido crecimiento. Jugó una baza inesperada: garar, la prohibición islámica de la especulación. Transmitió al mundo islámico la imagen de que Malaisia era víctima de los avariciosos comerciantes occidentales. Todavía más impactante fue la justificación de su comportamiento. “Llamar al FMI habría sido un desastre para la umma de Malaisia”, declaraba en 2000 durante un discurso pronunciado al aceptar un premio de la empresa financiera islámica LARIBA, en Estados Unidos.

Al poner los intereses de la comunidad musulmana, el bienestar de la umma, por encima de los principios de la economía de mercado, Mahazir recordó a los inversores musulmanes que la fuerza de la economía islámica reside en la asociación. Por lo tanto, el dinero del Golfo siguió fluyendo mientras la crisis en Malaisia alcanzaba su cenit, y en rápida sucesión llegaron los controles de capitales, la retirada de la moneda malaisia de los mercados internacionales porque ya no era convertible, el despido del gobernador del Banco Central, el despido y posterior encarcelamiento del entonces ministro de Economía y primer ministro adjunto Anuar Ibrahim. La decisión malaisia de dar la espalda a las finanzas occidentales era irreversible. A partir de 1997, los esfuerzos económicos del país se centraron en construir un sistema financiero alternativo, basado en la sharia.

Para cuando Al Qaeda echó abajo las Torres Gemelas, Malaisia había desarrollado un sistema bancario islámico bastante avanzado. El atentado provocó una prisa de los inversores musulmanes por islamizar su cartera. Temiendo que la Ley Patriótica introdujera controles más duros, restricciones de visados y la posible congelación de activos, debido a las nuevas políticas financieras contraterroristas de Estados Unidos, los inversores musulmanes se trasladaron a países que ofrecían finanzas islámicas, y Malaisia estaba preparada para recibirlos. Desde entonces, el mercado financiero malaisio ha experimentado un auge. De acuerdo con Moody’s, en 2004 se habían emitido 33.000 millones de euros en todo el mundo, y de ese total, 24.800 millones de euros, el 75%, se habían emitido en Malaisia, y sólo 8.200 millones en el Golfo. Mientras la atención del mundo se centra completamente en el campeonato de palabras entre Oriente y Occidente, la plana mayor de las finanzas mundiales está forjando alianzas rentables.

Las finanzas islámicas constituyen hoy el sector más dinámico y más rápido de las finanzas mundiales; todo producto financiero occidental puede convertirse en instrumento amoldado a la sharia: microfinanzas, hipotecas, exploración petrolífera y de gas, construcción de puentes, hasta patrocinio de acontecimientos deportivos.
Las finanzas islámicas son innovadoras, flexibles y extremadamente rentables en potencia. Operan en setenta países con unos activos entre 400.000 y 600.000 millones de euros, y están listas para expandirse geométricamente. Con más de mil millones de musulmanes ansiosos por formar parte de ellas, los analistas prevén que en 2008 suponga aproximadamente el 4% de la economía mundial.

Al contrario de lo que muchos creen, los bancos occidentales son la fuerza motriz de ese crecimiento. Los tres grupos bancarios con más activos en 2005 en las finanzas islámicas fueron el suizo UBS (1.300 millones de euros); el estadounidense Citigroup (1.200 millones de euros); y el japonés Mizuho Financial Group (1.000 millones de euros). Bank of America, que ocupa el décimo lugar entre los principales grupos bancarios, dispone de activos por valor de 900 millones de euros, un 400% más que los activos de todas las instituciones islámicas.

Los seguidores de los partidos del choque de civilizaciones tal vez no sepan que los bancos con los que hacen negocios están adaptando sus finanzas a la ley islámica. Quizá deberían reflexionar sobre la lección que enseñan las finanzas internacionales: cuando se trata de dinero, todos somos iguales.

Loretta Napoleoni es economista (El País, 25/11/2006).

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La hora política de las mujeres

Las democracias occidentales se han quedado sin líderes y lo que es más grave, sin voluntad política. Al haber reducido toda acción pública a la sola brega, áspera y agresiva, por la conquista y usos del poder, los principios, programas y contenidos han dejado de ser la materia sustancial del proyecto político y se han convertido exclusivamente en armas arrojadizas al servicio de esa brega. El poder por el poder, la cratofilia en estado puro lo ha devorado todo y en primer lugar a los actores y sus posibles acciones. Esto explica que llevemos tantos años considerando resignadamente los grandes problemas de nuestras sociedades sin ni siquiera haber intentado hacerles frente. Sólo dos ejemplos. Los Estados democráticos podrían haber puesto fin a los conflictos bélicos que desde la última Guerra Mundial superan los 60, con cerca de 60 millones de víctimas, sobre todo civiles, mediante la reducción de la industria del armamento, desistiendo de la venta de sus productos, limitando su producción a las necesidades de la seguridad y la defensa de sus países y renunciando a vender sus excedentes. Pero han sido incapaces de presdindir de esa fuente de ingresos.
 
El segundo es la criminalidad organizada, cuyo soporte principal son los paraísos fiscales que se han creado para eso, para albergar al dinero procedente de la corrupción política y/o fiscal y del crimen. Gibraltar, Andorra, Mónaco, Luxemburgo, Liechtenstein, Suiza, plataformas especializadas en el comercio del dinero negro, que siguen funcionando porque nuestros Estados y la Unión Europea quieren que sigan haciéndolo. En el caso paradigmático de la sociedad Clearstream y sus cuentas secretas lo importante no es que hubiera entre sus titulares personalidades políticas de relieve, sino el que su sola razón de ser sea el operar con esos espacios impunes. Si las cosas están así en estas dos cuestiones mayores también lo están en todas las otras; partiendo del caos mundial y de sus dramáticos desórdenes: la destrucción del planeta; el sida y las enfermedades contagiosas; la violencia social; el hambre y la miseria en el mundo; la explosión de las desigualdades -cada día el mundo es más rico y los que lo hacen posible más pobres-; la violencia social; el aumento del hambre y la miseria en el mundo; la radicalización de las identidades colectivas; los enfrentamientos asesinos de condición político-religiosa. Con los que convivimos, sin que a los que nos gobiernan, que son en su mayoría hombres, les causen grandes zozobras.

Dado este inmenso fracaso del género masculino, tal vez conviniera probar con las mujeres. Porque si no lograsen tampoco sacarnos de los pozos sin fondo de nuestra contemporaneidad, al menos introducirían otros modos de hacer política, menos retórico-convencionales, menos inútilmente hirientes, más directos y pragmáticos. Las mujeres políticas dicen las cosas sin enredarse en las perífrasis, con un certero instinto para asumir lo más útil de lo nuevo, con una capacidad de escucha sorprendente frente a los hombres, que sólo suelen escucharse a sí mismos, con una obstinada pero suave obstinación en sus propósitos, con una administración de sus egos compatibles con los demás. En el Consejo de Europa tuve de secretaria general a Catherine Lalumière y en la Sorbona viví unos años bajo la mano rectora de Michèle Gendreau-Massaloux. De ambas experiencias muy positivas derivo esta descripción tipológica que acabo de presentar. Ahora tenemos en la palestra a Nancy Pelosi, Angela Merkel, Michelle Bachelet, Hillary Clinton, Ségolène Royal, entre nosotros a María Teresa Fernández de la Vega, todas ellas “fortiter in re, suaviter in modo” así como la costumbre de ir al grano. En este periódico publiqué una columna sobre Ségolène Royal valorando su voluntad de escucha y su capacidad para identificarse con las tendencias dominantes de la sociedad francesa, como lo probaba su temprano descubrimiento de la vigencia de la democracia de opinión. Claro que para un debate es menos brillante y eficaz, quiero decir, está menos entrenada y resabiada que Fabius o Strauss-Kahn, pero la política hace ya tiempo que ha dejado de dirimirse en las lides retóricas. Puesto que ya no tenemos ni proyectos ni contenidos concentrémonos en las prácticas, en especial en las político-femeninas. Estamos en tiempo de hechos. Es la hora de las mujeres.

José Vidal-Beneyto es sociólogo (El País, 25/11/2006).

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Friday, November 24, 2006

Reales tópicos

Eduardo Cobián fue el primer ministro español que visitó Canarias. Lo era de Marina y vino en mayo de 1905. Siete años antes, España había perdido Cuba y Filipinas y aquel trauma colonial le generó al gobierno aprensiones respecto de la posibilidad de que las islas cogieran otros rumbos. Se aciñaron tópicos como el de “estas islas no por alejadas menos queridas”: o el “trozos predilectos de la Patria”: al rey Juan Carlos le faltó tiempo a su llegada el miércoles a Tenerife para largar lo de esta tierra “lejana en la distancia, pero tremendamente próxima en nuestro corazón”.
 
Cobián vino a informarse sobre el terreno para preparar la visita de Alfonso XIII, la primera de un monarca español a Canarias, que tuvo lugar en marzo de 1906, hace cien años. Fue viaje de Estado. Al trauma colonial se añadió una situación internacional marcada por el ascenso de Estados Unidos a potencia mundial y la creciente rivalidad anglo-germana. El colonialismo adoptaba entonces nuevas formas (derechos de prioridad, zonas de privilegio y monopolio, construcción de infraestructuras en puntos estratégicos, como los puertos canarios) a costa de los Estados colonizadores más débiles o arruinados, como España.

Tenían fundamento las aprensiones españolas. Washington había acariciado la idea de hacerse con las islas, de la que desistió al hacerle ver los ingleses que, después de todo, ellos ya estaban aquí; temerosos de que el primo americano dañara sus intereses. En este contexto vino Alfonso XIII. Desde 1898 buscaba España garantías internacionales de su integridad territorial; las que conseguiría con los Acuerdos de Cartagena de 1907, que miraban hacia este lado nuestro. Canarias era punto estratégico del suministro de carbón, eje del pulso anglo-germano de la época. Los ingleses habían llegado primero, controlaban el tráfico marítimo y dieron en obstaculizar la Weltpolitik alemana, que desarrollaba el programa Flotenban de construcciones navales para lograr su porción de tarta. Así, en 1906, la Woermann obtuvo en el Puerto de La Luz su solitaria concesión frente a buen número de compañías inglesas, entre las que destacaba Elder. Ángel Crossa quiso poner una segunda pica germana en Tenerife, pero la presión británica logró retrasarla varios años.

Ahora, un siglo después, don Juan Carlos repite el periplo de su abuelo con miras más allá de lo conmemorativo. Dijo el Rey que viene a renovar el compromiso de la Corona con los canarios y a nadie se le escapa que lo hace justo cuando hay motivos de alarma respecto a la evolución de África occidental, Sáhara incluido, y la globalización en la perspectiva de la creciente virulencia del islamismo radical; aunque oficialmente las autoridades canarias sólo se enteraran cuando comenzaron a llegar cayucos a Tenerife. Una hora menos, ya saben.

 
José A. Alemán es periodista (Canarias Ahora, 24/11/2006). 
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La víctima número 64

Ayer fue asesinada otra mujer. Era una anciana de 82 años. Su marido, de 88, la mató y después intentó suicidarse. Es un homicidio que podríamos calificar de ya visto: una señora enferma a quien su marido quizá quiso dejar de ver sufrir. Pero ¿qué importa la intención del hombre que empuñó el arma? Si me he permitido asomarme a ella es para mostrar que la casuística de esta violencia es infinita: desde el crimen pasional a la compasión, pasando por las repetidas historias de infidelidad y celos. Lo trascendente es que esa mujer de Segorbe (Castellón) hizo el número 64 de las víctimas de la violencia familiar en este 2006. La crueldad continúa. Su crónica se hace interminable. Ya dan igual las palabras, pero podemos insistir en el tópico de que estamos ante una auténtica epidemia.

Desde los sucesivos Gobiernos se ha intentado todo. Se usó ese argumento en las elecciones, con promesas de eficacia imposibles de cumplir. Se ha situado en las prioridades de cada Gabinete. Se ha aprobado una ley que se presentó como la gran solución, con el respaldo de todas las fuerzas políticas. Se han destinado medios judiciales y policiales. Se ha invitado a las mujeres acosadas a presentar denuncia, y un 70% de las asesinadas no la habían presentado. Al final del recorrido, sólo queda la decepción de ver superado el número de muertes del año pasado. También en este penoso capítulo se cumple el viejo principio jurídico: donde hay un criminal dispuesto a matar, se puede cometer un crimen. Y este año hubo 64. Esa es la cifra de la vergüenza, a pesar de que 35.000 mujeres tienen orden de protección y 5.000 viven con brazaletes de teleasistencia.

¿Puede darse una situación más terrible? Sí, puede. La vicepresidenta, María Teresa Fernández de la Vega, nos asombró ayer con el dato de que dos millones de mujeres españolas sufren la llamada violencia de género. Supongo que en esa cifra se reúne toda la casuística: simples acosos, presiones psicológicas, agresiones verbales, amenazas y violencia física. ¿Qué tipo de convivencia hay en los hogares? ¿En qué tipo de infierno se han convertido tantas parejas? ¿Cómo es posible que tanta mujer no tenga todavía fuerzas para huir, independizarse, o simplemente denunciar? Hay un mundo tenebroso de miedos, donde lo peor, como decía aquel político, es el miedo al miedo mismo.

Hoy se intenta otra solución: concienciar a la sociedad. El Consejo de Ministros pone en marcha una campaña en que se gastarán 1,9 millones de euros: algo menos de un euro por mujer amenazada. A la vista de los hechos, yo sólo sé pedir que Dios haya inspirado a los autores. Porque resolver esto a base de normas jurídicas no ha servido para detener un solo puñal.

Fernando Ónega es periodista (La Voz de Galicia, 24/11/2006).

Puede verse un avance de ese video en la siguiente dirección:

http://www.elpais.com/videos/espana/Nueva/campana/violencia/genero/elpvidnac/20061123elpepunac_3/Ves/?page=1

 

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Los provocados respetables

La provocación es cosa rara. Hubo un tiempo en el que provocar se juzgaba saludable. Ya saben, aquello de épater le bourgeois. Hoy provocar resulta más complicado. Con el tiempo los épatantes han acabado por dirigir exposiciones. Sin ir más lejos, un señor que come mierda y que, por supuesto, se proclama transgresor, es acogido en los siempre bien dispuestos presupuestos culturales de municipios y autonomías y otro que, naturalmente, no es menos transgresor que el anterior, desde una televisión pública es jaleado mientras se caga en los extremeños que escupen en la mano que les da de comer. Sin embargo, en otras ocasiones, la provocación parece gozar de peor reputación. A nuestros políticos les basta acudir al conjuro de “es una provocación” para eximirse de su deber de dar explicaciones. En particular, los nacionalistas tienen una natural disposición a sentirse provocados, por ejemplo, cuando les mientan el Tribunal Constitucional. Y más allá de las batallas domésticas, no faltan quienes comprenden la reacción de los fundamentalistas islámicos ante las provocaciones a las que se ven expuestos. En fin, que parece imponerse alguna meditación acerca de esos provocados respetables, sobre esas provocaciones que sustituyen a las razones y que llevan a condenar a unos, los provocadores, y a exculpar comprensivamente a los otros, a los provocados. Va de suyo que la provocación se desencadena cuando a alguien le disgusta o molesta lo que hace otro. Pero el disgusto es tan sólo un requisito de la provocación. Algunas cosas más singularizan al provocado respetable. Lo primero es que los que se sienten provocados tienen poder y están en condiciones de hacer uso de él, de amenazar con sentirse provocados. Quienes viven en la miseria podrían considerar una provocación que alguien pueda gastar dinero en viajes espaciales para ver la Tierra desde el espacio exterior. Pero no parece que esas provocaciones quiten el sueño a nadie, al menos mientras los perdedores no estén en condiciones de ponerse tremendos. Sencillamente no dicen nada. Tal vez porque saben que, faltos de poder, su indignación carece de importancia, tal vez porque, contaminada su propia mirada por la visión de los poderosos, han perdido los reflejos morales y ya les parece bien ese orden del mundo. Perdido el respeto de los otros han perdido, con él, su propia autoestima, su dignidad. Y quien no se juzga digno de ser respetado no puede ser provocado. Quien no tiene poder -o quien no cree tenerlo- no puede ser provocado. Los provocados que nos preocupan son otros. Se saben poderosos y procuran hacérnoslo saber. Invocan la provocación para justificar su reacción. Se vuelven contra el provocador pero, en realidad, cuando acusan a alguien de provocar no hablan del otro sino de ellos. Nos dicen que se sienten provocados y que el otro debe atenerse a las consecuencias. Se presentan como el eslabón inexorable de una cadena causal a la que se entregan como quien se resigna a una fatalidad. El problema no radica en que algo les disguste. Al tolerante también le irritan muchas cosas. Pero no por ello considera que deban prohibirse y, desde luego, no amenaza con las consecuencias de su irritación. Admite que hay cosas que le molestan, pero que no por ello deben desaparecer. Subordina su propia molestia a un principio más general de convivencia. El provocado respetable se presenta como un reaccionario en sentido literal. Simplemente, reacciona. Sin más. Es un incontrolado de sí mismo, incapaz de echar el freno. Entre la acción que le molesta, su enojo y su represalia no hay lugar para la meditación. En ese sentido se muestra poco humano. Los humanos, y no sólo los humanos, somos capaces de tener pensamientos y emociones sobre pensamientos y emociones, nuestros y de los otros. Por ejemplo, podemos sentir vergüenza por tener miedo. El provocado respetable es menos sofisticado. Es como la bola de billar que se desplaza al ser golpeada por otra. Eso, al menos, es lo que dice al explicar su conducta: “es que me han provocado”. En realidad, es menos bola de billar de lo que quisiera. Su intento de explicarse, de justificar su acción, le delata. Apela a la provocación para dar cuenta de su comportamiento y en esa misma apelación reconoce que es su valoración del hecho “provocador” la que le lleva a actuar. Se ha parado a pensar y no lo ignora. Por esa razón nos producía risa el chiste de Quino en el que un empresario le decía a un atribulado empleado: “¡Claro, para usted, yo soy el maldito explotador! Pero, ¿no pensó nunca que yo, el maldito explotador, soy un producto social? ¿No pensó nunca que todos somos un poco culpables de mi situación? ¡Usted, por ejemplo! ¿Qué ha hecho usted para evitar que yo, el maldito explotador, me desbarrancara por esta vida de lujo y riqueza?”. Si reconoce su condición y la invoca, deja de servirle como justificación. Hace trampas. Alguien podría intentar disculpar a los provocados comparándolos a los jugadores compulsivos o a los enamorados sin remedio, conscientes de su situación, pero incapaces de adueñarse de ella. Los acráticos de Aristóteles. Tienen una debilidad, lo saben, pero no pueden hacer nada contra ella. No cabría reprocharles nada, víctimas como son de su flaqueza. Pero el argumento, complicado para referirse a los individuos, no sirve para partidos, empresas o Estados. Las organizaciones no están unidas por sistemas nerviosos. Sus acciones son el resultado final de decisiones colectivas. Están expuestos a los juicios de muchos. El acrático se deja llevar por su peor yo, pero los colectivos no son un yo dividido, esquizofrénico. Pero la mayor patología de los provocados respetables ni siquiera les sucede a ellos. Es la que desencadenan en otros que los “comprenden”, que vuelven su gesto condenatorio contra los provocadores, sin otra razón que la ira del provocado. Mejor dicho, sin otra razón que el poder, la amenaza de provocado respetable. Sucede con quienes recomiendan no molestar al Islam, pero también con quienes no dan otra razón para justificar una política exterior que no enemistarse con “el país más poderoso de la Tierra”, con quienes juzgan que no deben tomarse medidas que disgusten a los poderes económicos o quienes, al justificar el “diálogo con los violentos”, encuentran sutiles matices morales entre el dilema “te mato, si no me das lo que quiero” y el de “si no me das lo que quiero, te mato”. En todos esos casos, cuando el argumento se desnuda, el poder de los irritables es la única razón para la “comprensión moral”. Al final, las razones del siervo siempre acuden a la cita de los poderosos indignados.

Félix Ovejero Lucas (El País, 24/11/2006).

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Lo solemne y lo ocurrente

La historia reciente de los pueblos europeos se puede intentar, pese a todas sus miserias, sin mucho esfuerzo. Las últimas cinco décadas de la vida de los europeos dicen más que mil tomos sobre lo que la honestidad intelectual, la humildad, la voluntad de superación, la determinación en la autodefensa que surge de la convicción moral, la preparación y la sincera búsqueda del bien común pueden generar. Cierto que Europa ha tenido la suerte para esta gran aventura de construcción política y moral de tener el apoyo definitivo allende el Atlántico. Pero nadie que sepa de la historia de los hombres puede negarle después el halo de milagro. Europa ha sido más trabajadora y próspera, más compasiva y por ello más justa, más estudiosa y cada vez más lúcida, a veces dolorosamente introspectiva y sin embargo más abierta y extrovertida. Más rica, a la postre, en todo lo que supone vida para ciudadanos con memoria que quieren “luz, más luz” -decía Goethe al morir pidiendo vida- en libertad y en dignidad. Si de ellos depende será también en paz, pero no a toda costa, porque esta Europa se hizo precisamente en lucha contra los enemigos de la libertad que siempre han prometido paz a cambio de aquella.
 
Desde Schiller o Shelley a Heine, Mayakovski o Sajarov, desde Miguel Hernández a Anna Ajmátova, de Sandor Petöfi a Wislawa Szymborska, Europa ha demostrado llegar a estos tiempos con el bagaje de amor y sabiduría para zafarse de tanta tragedia y en solo 50 años emerger -esperemos que sin desmayo- con la virtud de la fuerza para la mirada limpia que convierte en pasado los odios viejos de Verdún y los de Oradour, el rencor de Coventry, de Dresde y de las Fosas Ardeantinas, junto a Roma. Ha ilusionado a generaciones magníficas de nuevos europeos, cada vez más formados y libres, y decididos a integrarse en esa empresa sin precedentes de éxito histórico absoluto, también en los países donde aun son relativamente recientes los traumas del miedo. Sólo la gran épica de la creación de unos Estados Unidos de América con su crisol de culturas bajo un proyecto único de civilización de seres libres puede compararse al de la nueva Europa como milagroso proyecto de convivencia. Construida sobre paisajes de mil guerras, ruinas y las peores infamias cometidas por unos humanos a otros.

Todo se ha hecho en lucha contra fantasmas del recuerdo. El régimen criminal comunista sobrevivió décadas a la gran hecatombe de Varsovia, Stalingrado y Berlín y murió con menor estrépito que el monstruo menos longevo del nazismo. Y sigue entre nosotros el fantasma del Holocausto, de la imposible respuesta al hecho de que casi todos los pueblos europeos aceptaran con pasividad, cuando no complicidad, la destrucción del judaísmo europeo. Mucho ha sido solemne en este paisaje de tragedia. Mucho ridículo. Pero el resultado es serio y los europeos debemos saber lo que nos jugamos. Todo aquel que ingresó en la UE se adhirió a principios que se fundamentan en ideas, miedos y convicciones que surgen del Gran Cataclismo que se consuma en esos 30 años de guerra civil entre 1914 y 1945. Ni un paso atrás ante el enemigo. Sea nazi, comunista, fascista, hoy islamista, siempre enemigo de lo que hemos construido desecando todo un pantano inmenso de sangre desde los Balcanes hasta Noruega, desde Algeciras a Cracovia y más allá. Spiegel, Time y Newsweek coinciden en que las palabras de Benedicto XVI en Ratisbona no eran un gazapo. Claro que no. Era una llamada a esa autodefensa que la libertad europea se debe a sí misma. En Turquía el Papa fuerza con su visita una tensión cultural que sin duda será clarificadora, que la visita se produzca pese a la ausencia de Erdogan demuestra esa voluntad. Va por todos. Polonia no puede reeditar una venganza hacia sus vecinos ni el líder de la oposición húngara puede osar pedir la reinstauración de la pena de muerte. Es feo que el Rey de España compadree con un Vladímir Putin que resucita los tiempos del NKVD y encarcela en Siberia, como Yázov, Yagoda y Beria. Pero lo es más que el presidente Zapatero sea ya un excéntrico personaje cuya última semana de política exterior fue un perfecto espectáculo de cabaré vienés, esa maravillosa ocurrencia. Helmut Qualtinger, aquel inolvidable diseccionador de ridiculeces nos habría resumido todo en una velada inolvidable titulada “Estambul, Obiang, Gerona, el tango del vacío”.

Herman Terstch es periodista  (El País, 21/11/2006)

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Thursday, November 23, 2006

La reina

Hace unos días he vuelto al cine después de muchos meses de ausencia. Y lo he hecho para ver una excepcional película: Intimista, humana, reveladora… Podrían ponerse más adjetivos, pero mejor verla. Me refiero a “La Reina”, de Stephen Frears (el de “Las amistades peligrosas”) realizada este mismo año. La interpretación de Hellen Mirren en el papel de Isabel II es inolvidable. Sus facciones, sus gestos, sus movimientos… Es ver a una persona, abuela, madre de familia, esposa, que todos reconocemos unicamente en su faceta pública como reina -nada corriente, por supuesto- en su sala de estar. Desde luego es candidata segura al Óscar de interpretación femenina. Michael Sheen está fantástico en su papel de Tony Blair. Y James Cronwell en el del esposo de la reina, el príncipe Felipe.

La película narra los dramáticos días que siguieron a la muerte de la princesa Diana de Gales en París el 30 de agosto de 1997, desde el momento en que se conoce su muerte hasta la vuelta de la reina a Londres, días más tarde, presionada por la opinión pública y por el propio Primer Ministro, Tony Blair. La acción transcurre, salvo las imágenes reales que se van insertando en la película sobre Diana, y las muchedumbres que se agolparon durante esos días ante las verjas del palacio real londinense, en prácticamente dos escenarios: el palacio de Balmoral y sus exteriores, en Escocia (residencia de verano de la familia real) y la residencia oficial del primer ministro en Londres.

Si conforme transcurre la acción el espectador observa con asombro el desinterés de la familia real por lo que le ha pasado a Diana (distintos son los sentimientos que afloran en el príncipe Carlos), especialmente en el esposo de la reina y en la reina madre, poco a poco ese sentimiento de estupor se va transformando en otro de respeto por una persona que antepone sus deberes y su posición como reina a sus sentimientos personales. Resulta interesantísimo también como van evolucionando los acontecimientos en la posición del primer ministro:  De los chistes fáciles de los miembros de su oficina, que desprecian a la familia real, hasta la necesidad de presionar moralmente a la reina para que vuelva a Londres si es que quiere salvar la propia institución… Absolutamente recomendable de ver.

Se puede ver un avance de la misma, en inglés, en la siguiente dirección:

http://www.youtube.com/watch?v=i4xW378rGYA

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Wednesday, November 22, 2006

Nación, diálogo y (buenos) periódicos

La disolución de España a manos del Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, su ocaso como nación unitaria y finalmente su desplome entre rechinar de dientes al averno del fracaso como país moderno han constituido, desde el triunfo del PSOE en las elecciones de marzo de 2004, el basso ostinato con el que han machacado a los ciudadanos la derecha política y sus corifeos mediáticos (o al revés, si hay que ordenar a los actores por su autoridad para dirigir este gran circo de tres pistas al que asistimos desde entonces). Curiosamente, un concepto, el de nación, que la derecha arrebató a los liberales tarde, en algún momento del siglo XIX, como explica bien el historiador José Álvarez Junco en su obra Mater Dolorosa, después de resistirse a la modernidad que esta idea suponía frente a la de una España vertebrada en torno al trono y la Iglesia católica. Tanto así, que una lectura de las novelas de Baroja y de Galdós permite imaginar vívidamente, en alguna de las guerras carlistas que atravesaron aquella centuria, a más de un cura trabucaire irrumpiendo en la plaza del pueblo con un grupo de guerrilleros desharrapados al grito de “muera la nación”. Esto es, vivan el trono y Cristo rey. Los conservadores detestaban el término “nación”, asociado entonces a la modernidad. La derecha prenacional ya era, aunque todavía lo ignoraba, básicamente antimoderna.

La pésima gestión que del proceso de reordenación territorial necesario para construir la España del siglo XXI ha hecho el presidente Rodríguez Zapatero ha proporcionado, sin duda alguna, pólvora de sobra a los modernos trabucos que, bajo distintos ropajes (o bajo los mismos: los curas integristas no dejan de serlo por el hecho de predicar ahora por las radios), tratan de evitar, una vez más, la modernización del país, al tiempo que organizan de forma efectiva la resistencia frente a todo cambio: de forma consciente están en ello, al menos, desde 1812. Antes, contra la nación; ahora, prestos a salvarla, aunque en el intento se lleven por delante la convivencia, la estabilidad democrática o el futuro y la voluntad de los ciudadanos en un Estado moderno y europeo. En cualquier caso, el absurdo debate identitario (nación sí o no) al que dio pie un Gobierno tripartito en

Cataluña organizado para conseguirle la presidencia de la Generalitat a Pasqual Maragall pese a que perdió las elecciones de 2003 (o quizá por ello mismo) supuso tan sólo un punto de partida. Tras extenderse por otras autonomías, el desaguisado amenaza con sucederse a sí mismo en Cataluña esta semana para, de nuevo, convertir en presidente de la Generalitat al líder de los socialistas catalanes, José Montilla, que en lugar de dimitir tras perder su partido cinco escaños y casi un 25% de los votos en las últimas elecciones, ha preferido volver a asociarse con la formación que tuvo que ser expulsada del Ejecutivo catalán por hacer imposible el consenso sobre el nuevo Estatuto.

Ciertamente, el problema de España no consiste en su definición, ni la de Cataluña, País Vasco o Galicia (menos aún Extremadura o Valencia), sino cómo articular un modelo de Estado, un sistema fiscal, un reparto de poderes y un equilibrio territorial que permita a sus casi 45 millones de ciudadanos el libre ejercicio de sus derechos y responsabilidades, avanzar en la integración europea y afrontar la globalización. Y ello, sin renunciar a sus identidades respectivas. En Europa, la solución se ha llamado federalismo, y no hay nada en la genética de los españoles que excluya ex ante esa posibilidad entre nosotros. Se trata, en cualquier caso, de dar la batalla por la modernidad más allá de estériles debates nominalistas, un empeño en el que el actual Gobierno socialista ha mostrado más voluntad que acierto, más intuición que oficio.

Mientras tanto, la derecha (que ya es “nacional”, pero igualmente antimoderna), tras ocho años en el poder en los que organizó con ahínco todas las trincheras posibles para fosilizar a España alrededor de una idea periclitada de patria y religión, parece ahora perdida en la defensa de su desastrosa gestión tras el 11-M, confiando en que el poder le caiga de rebote si Zapatero sufre un accidente suficientemente aparatoso antes de las próximas elecciones. Nadie puede asegurar, visto el rumbo y las manifiestas incapacidades de gestión en ciertos temas clave del presidente y no pocos de sus ministros, que esto no vaya a suceder.

El término diálogo no goza de mejor salud que el de nación, aunque ya se sabe que, al igual que la felicidad, consiste casi siempre en un estado retrospectivo (“qué bien se dialogó para pactar la Constitución; qué fructíferos fueron los Pactos de la Moncloa”; “qué felices éramos antes”). Para empezar, si la nación ha de dialogar consigo misma (como predicaba Miller de un buen periódico), hará falta una oposición en la que sus líderes más solventes, que los hay, en Madrid o en Santiago, liquiden de una vez los restos del autoritarismo vocinglero heredado del franquismo, que no duda en poner en riesgo la estabilidad de las instituciones con tal de mantener el poder, y lleven a la derecha española, de una vez por todas, al siglo XXI. Mientras tanto, no habrá con quién discutir de nada que resulte sustancial ni de otra forma que no sea a gritos. Esta desgraciada conjunción y la más que evidente falta de oficio de los socialistas han contribuido a privar de la estabilidad deseable a muchos de los pactos alcanzados en los dos últimos años.

Correlato objetivo del lamentable estado de salud de la nación y el diálogo lo constituye el periodismo en España, afectado de una lista de males que no se antoja corta: manipulación de la información, insultos, mentiras, amarillismo e intromisión en la intimidad. Una mezcla altamente indigesta que se disfraza de periodismo cada día en España y en la que se han especializado la emisora de radio de los obispos, nada menos, y algún periódico conservador con vocación de cortejador de la ultraderecha, embarcados ambos en una grave operación de desestabilización de las instituciones democráticas sin parangón en Europa occidental o Estados Unidos. Para completar la excepción hispánica, un sector de la derecha (ciego y sordo a los intereses de la nación) baila al ritmo que les marcan estos flautistas del apocalipsis cotidiano, arriesgando además en esta conga tribal la unidad de su partido y su parroquia, una parte de la cual asiste al aquelarre entre estupefacta y desanimada.

Escribo este texto con motivo de la aparición de la edición de EL PAÍS en Galicia. No sé si, en una época de audiencias fragmentadas, multiplicidad de canales y pujanza creciente de Internet (por no hablar más de la crisis de la nación y del diálogo), un buen periódico responde aún a la definición de Arthur Miller. Pero tengo claro de qué otros elementos se compone: una mirada sobre el mundo, sobre España (y en este caso sobre Galicia) compartida con sus lectores; una cierta idea de la modernidad a la que aspiran legítimamente sus ciudadanos; un proyecto consensuado de futuro.

Los instrumentos (rigor, profesionalidad, honestidad e independencia), ésos sí, no han cambiado desde entonces, y probablemente desde mucho antes, quizá desde el 19 de agosto de 1896, cuando un editor entonces desconocido publicó un texto en un periódico de Nueva York que acababa de comprar y en el que prometía “ofrecer las noticias de forma imparcial, sin miedo ni favoritismos, independientemente de cualquier partido, secta o intereses implicados”. En alguna otra ocasión he escrito que todo director necesita renovar ese contrato con sus lectores. Valga este artículo, hoy que nace la edición gallega de este diario, para hacerlo con todos los lectores de EL PAÍS.

Javier Moreno es director de El País (El País, 22/11/2006).

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