Sobre el Estatuto de Canarias (Septiembre, 1996)
La verdad, triste verdad, es que cualquiera que siga con un mínimo de atención la controversia partidista sobre la necesidad de reformar el sistema electoral canario se dará cuenta de que ninguno de los partidos está por la labor. No sé de qué podemos extrañarnos, porque eso era de esperar: todos ellos tienen con el actual sistema asegurada una parte del pastel y, aunque de boquilla para afuera discutan, se peleen y se pasen propuestas alternativas, ninguno, repito, ninguno que tenga la más mínima posibilidad de perder un solo escaño con el cambio dejará que ésas prosperen.
Respecto al Movimiento Ciudadano por una Lista Regional, pienso que tienen una buena parte de razón, pero que la reforma, no por necesaria, puede o debe quedarse sólo en eso, en la inclusión de una nueva circunscripción electoral regional que permita elegir diez o veinte diputados directamente a toda la población del Archipiélago.
El estudio de la reforma del Estatuto de Canarias por las Cortes Generales, que se abre en el otoño, debería ser aprovechado por los partidos canarios con representación parlamentaria, por el Parlamento y por el Gobierno de Canarias también, por los políticos y la sociedad canaria en general, para afrontar con decisión y con urgencia un tema fundamental: qué queremos que sea Canarias y cómo vertebrarla de cara a nuestro pueblo, a España y a Europa, perdónenme el tópico, de cara al siglo XXI.
De cara a nuestro propio pueblo, a la sociedad canaria, me parece claro que, si no se parte del reconocimiento de la isla, particular. concreta, individual, como realidad fundamental de Canarias. como hecho irreversible impuesto por la naturaleza y por la historia, no se va a ninguna parte. Pero es que también existe otro hecho que tiene existencia real indudable, producto igualmente de la geografía y de la historia, que es el de la existencia del Archipiélago. y el de la unidad social, cultural, económica y política de su población en una entidad globalizadora que es Canarias.
Si el problema es, simplificando un mucho la cuestión, armonizar los intereses del concepto isla y del concepto archipiélago, supongo que una posible
solución sería la de integrar ambos conceptos políticamente a través de una renovada estructura de poderes donde ambos tengan representación.
Una forma de hacerlo podría ser la de un Parlamento bicameral, con una Cámara de representación popular, elegida por todo el pueblo del Archipiélago, en circunscripción electoral única y con un sistema proporcional puro (Israel lo hace así, y es la única democracia real de Oriente Medio, a pesar de todos los problemas), y otra cámara o cabildo general donde estuvieran representados paritariamente los cabildos de las siete islas, elegidos por y de entre sus consejeros respectivos por mayoría de dos tercios.
Ambas cámaras participarían en el proceso legislativo en un plano de igualdad, con similares competencias; el Cabildo general gozaría de la facultad de veto, habría una comisión mixta para la resolución de las discrepancias entre ambas cámaras, y en su caso, la decisión última correspondería a la cámara popular por mayoría absoluta de sus miembros. El Gobierno canario sería elegido por la cámara popular y respondería políticarnente ante ella y. lógicamente, debería gozar de la potestad de disolución de la misma. La duración de sus mandatos sería de cuatro años, pero el Cabildo general se renovaría cuando correspondiera hacerlo a los respec tivos cabildos insulares y no podría ser disuelto por el Gobierno, ni, lógicamente, exigir la responsabilidad política del mismo.
Renovada la estructura político representativa del Parlamento, la clave del arco se llamaría ahora descentralización, federalización o como ustedes prefieran, pero las islas deben asumir el papel que les corresponde en la vida política del Archipiélago y, para ello, tienen que recibir y ejercer la competencia plena de todo aquello que por su propia naturaleza sea delegable, reservándose el Parlamento y el Gobierno canario la representación, dirección, unidad, planificación, ordenación y control de todos los recursos humanos, físicos y materiales del Archipiélago como entidad globalizadora. Supongo que la tarea es ambiciosa, pero es que para el viaje que nos preparan ahora no hace falta alforjas de ningún tipo.
Carlos Campos es historiador. (La Gaceta de Canarias, 05/09/1996).