Monday, August 28, 2006

En la patria del exilio


En nuestro exilio de 1939 todavía se mezclan tantas cosas que no es
fácil tocarlo sin que duela. Pero cada vez es más cierta la pluralidad
de sentimientos del exilio y de experiencias de destierro: desde
quienes rechazan la analogía del desarraigo (porque no se sienten
vegetales con las raíces al aire, como Francisco Ayala) hasta quienes
se identifican exactamente con esa experiencia de desarraigo sin
reservas (ni remedio). El espectro se abre hacia el interior también,
como uno más de los centros neurálgicos del exilio, porque esa
vivencia fue posible y natural también en España.

Francisco Ayala y Ángel González se llevan veinte años y apenas
comparten nada, más allá de la altura de sus trabajos y la fecundidad
de sus días, y sin duda un dato más: la derrota de 1939, que sin
embargo han vivido de la manera más dispar, como si cada uno de ellos
pudiese encarnar hoy, aún, y tampoco en solitario, la lucidez
despiadada y a menudo despótica frente a la negrura o el pesimismo
desesperado. Los dos se ríen, y los dos se yerguen sobre sus
biografías con voz que retumba desde el pasado y la firmeza en los
ojos, más acuosa y aleve en González, más severa y hierática en Ayala.
Pero no perdonan ninguno de los dos, al menos en literatura, la
falsedad sentimental ni la inmersión patosa y conformista en las
ilusiones banales.

En pleno franquismo no las perdonaron tampoco: cuando Ángel González
escribió un poema como Entreacto, donde el franquismo era el entreacto
de una historia sin terminar, Francisco Ayala andaba pensando las
páginas que titularía España, a la fecha, publicadas en 1965, y asumió
también el franquismo como paréntesis que acabaría cerrándose.
Fabricaron ambos a su modo la misma toxicidad antifranquista, profunda
y fiable: claridad analítica y autocontrol sentimental (al menos en
literatura), ironía desdramatizadora y confianza asentada en datos
ciertos. Ya no hay, en 1960, esperanza posible en un final inminente
de la dictadura, pero existe el convencimiento de su derrota final y
necesaria. Es decir, Sin esperanza, con convencimiento, que es como
tituló Ángel González uno de sus libros más cálidos y exasperados de
claridad mental.

Aquel poema de Ángel González lo decía sin patetismo porque no lo
necesitaba, y el patetismo es también ajeno al mundo literario de
Ayala. Bastaba con saber que aquellos veinte años primeros de
dictadura habían de ser a la fuerza un entreacto de la historia para
volver a la razón y la libertad, porque no podía ser de otro modo y
porque así acabaría siendo aunque tardase más de lo soportable. Para
entonces, Francisco Ayala había vuelto a España más de una y de dos
veces, desde el verano de 1960, y a su amigo Ferrater Mora le contaba
en carta de 1963 -según explica un trabajo en marcha de Miquel Osset-
que “los cambios en todos los órdenes eran impresionantes”, incluido
seguramente el aire renovado que traía una juventud como la de Ángel
González, madurada en pleno franquismo y sin embargo emparentable con
la europea y aun norteamericana. El objetivo contrarreformista del
franquismo parecía empezar a desbaratarse no sólo entre los muchachos
más jóvenes, sino también con aquellos que se formaron en la plenitud
destructiva de la primera dictadura.

Nada debería aliarlos o hacerlos cómplices, por tanto, y sin embargo
lo son de una manera tácita. Ángel González confesaba hace unos días,
en un conmovedor recital en las aulas de El Escorial, su vieja
impresión biográfica de ser un exiliado interior, de entender que esa
fue su vida durante la dictadura y que ninguna fórmula encaja mejor en
su modo de vivir aquel tiempo que la del exilio interior. Esa frase no
quería mitigar en absoluto la

tragedia del destierro forzoso, que fue el que efectivamente vivió
Ayala, pero sirve quizá para entender otras formas de desafección
frontal al franquismo: no presupone una dimensión geográfica o
política sino ética, y no mide el exilio por el sufrimiento relativo
de sus víctimas ni tampoco por su disposición mejor o peor a retomar
los lazos con el interior. Por eso Ayala había llegado a escribir
alguna vez que “me hubiera sentido más desterrado en Madrid que en
Nueva York”.

Verlos y escucharlos hoy a ambos habla de las ramificaciones de la
resistencia, donde se incluye el exilio, los exilios, y deja por fin
fuera del análisis el sentimiento de nación y desarraigo, porque ese
sentimiento fue también de la España del interior derrotado. La
lección de ironía desdramatizadora pero firme de Ángel González y la
lección de retenida y tozuda lucidez de Ayala desactivan en nuestro
presente los berrinches verbosos del patriotismo que tanto gusta a la
derecha y tanto ha tentado a la izquierda. Lo dijo Ayala de una manera
insuperable y rotunda, además de desacomplejada, para desarmar la
palabrería nacionalista que apela a sujetos colectivos sin
personalidad ni jurídica ni moral ni histórica: “Ingrata patria mía no
será nunca una frase que yo pronuncie, ni desde luego patria amada”.
Lo explicaba un exiliado de una rara estirpe, la misma de Ferrater
Mora, la misma de José Gaos, la misma de alguien más joven como Ramón
Gaya, o mucho más joven, como Tomás Segovia, porque en ellos latía
antes un instinto de universalismo y creación que un instinto de
patria y terruño.

Esa perspectiva permite entender nuevas variedades de repatriación
también, aunque carezcan del valor agónico de tantos otros exiliados.
Y de eso quiso hacerle hablar a Ayala un Juan Cueto de veintitantos
años cuando le preguntaba en 1970, y la entrevista está en
Confrontaciones, si el exilio “ha significado para usted una
extensión, un encontrar y seguir viviendo aquel universalismo, tan
patente, por lo demás, en su obra”. Cueto estaba autorretratando a una
parte de la juventud española de entonces en el espejo de un Ayala que
explicaba las razones que habían animado su biografía de narrador
desde los años veinte y de sociólogo un poco después, de fundador de
revistas como Realidad, en Buenos Aires, o de La Torre, en Puerto
Rico, ambas en pleno exilio, o las mismas razones que le impulsaron a
buscar una tempranísima colaboración entre las Ediciones de la
Universidad de Puerto Rico, que él dirigía, y las de la Revista de
Occidente en Madrid, por cierto que antes de 1956.

Por eso, seguramente hoy su tenacidad y su mismo optimismo vital son
tan conmovedores como la angustiosa desazón con que vivieron sus
destierros otros exiliados, como Max Aub: les separa no tanto una
razón política cuanto la razón sentimental del nacionalismo porque es
precisamente “el prejuicio nacionalista” el que enturbia el problema.
El rechazo de Ayala del exilio “evocativo y nostálgico”, como lo llamó
alguna vez, está fundado en razones pragmáticas que son las mismas que
le animan a decir, con valentía inusual en 1968, que “la literatura
social refleja las ideologías de los que la escriben más que la
realidad misma”. En ambos diagnósticos rige una misma proteína ética:
la racionalidad como herramienta de comprensión frente a la calentura
de la fe patriótica o ideológica. Y en eso anduvo siempre un perfecto
rojo que fue sin embargo liberal de principio a fin, y en eso creció
como poeta un escritor que fue compañero de viaje comunista y hoy es,
todavía, la voz de la más cordial cordura irónica.

Jordi Gracia es profesor de Literatura española (El País, 28/08/2006).

Posted by HArendt in 07:47:24
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