Wednesday, August 30, 2006

Elecciones en Mayo…

El patio local se anima. A dos días del comienzo del curso político, o del final de las vacaciones políticas -como mejor prefiráis- el ambiente político canario se despereza a buen ritmo. El anuncio de la presentación a la alcaldía de Las Palmas de Gran Canaria, co-capital del archipiélago y su ciudad más populosa y potente, por parte del veterano político socialista Jerónimo Saavedra (ex-presidente del gobierno canario; ex-ministro de Administraciones Públicas y de Educación y Ciencia  sucesivamente, en el gobierno de Felipe González; profesor de universidad) y una de las personalidades canarias de mayor raigambre intelectual y acusada personalidad moral, ha cogido a la clase política isleña con el paso cambiado. Es, indudablemente, una jugada política de calado. Si a ello se une la ya más que probable candidatura de Juan Fernando López Aguilar, actual Ministro de Justicia, a la presidencia del gobierno de Canarias, la tortilla está servida. A más de uno en el partido Popular y en Coalición Canaria les tienen que estar entrando sudores… y no sólo, al menos esta vez, a causa de la climatología…

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Monday, August 28, 2006

En la patria del exilio


En nuestro exilio de 1939 todavía se mezclan tantas cosas que no es
fácil tocarlo sin que duela. Pero cada vez es más cierta la pluralidad
de sentimientos del exilio y de experiencias de destierro: desde
quienes rechazan la analogía del desarraigo (porque no se sienten
vegetales con las raíces al aire, como Francisco Ayala) hasta quienes
se identifican exactamente con esa experiencia de desarraigo sin
reservas (ni remedio). El espectro se abre hacia el interior también,
como uno más de los centros neurálgicos del exilio, porque esa
vivencia fue posible y natural también en España.

Francisco Ayala y Ángel González se llevan veinte años y apenas
comparten nada, más allá de la altura de sus trabajos y la fecundidad
de sus días, y sin duda un dato más: la derrota de 1939, que sin
embargo han vivido de la manera más dispar, como si cada uno de ellos
pudiese encarnar hoy, aún, y tampoco en solitario, la lucidez
despiadada y a menudo despótica frente a la negrura o el pesimismo
desesperado. Los dos se ríen, y los dos se yerguen sobre sus
biografías con voz que retumba desde el pasado y la firmeza en los
ojos, más acuosa y aleve en González, más severa y hierática en Ayala.
Pero no perdonan ninguno de los dos, al menos en literatura, la
falsedad sentimental ni la inmersión patosa y conformista en las
ilusiones banales.

En pleno franquismo no las perdonaron tampoco: cuando Ángel González
escribió un poema como Entreacto, donde el franquismo era el entreacto
de una historia sin terminar, Francisco Ayala andaba pensando las
páginas que titularía España, a la fecha, publicadas en 1965, y asumió
también el franquismo como paréntesis que acabaría cerrándose.
Fabricaron ambos a su modo la misma toxicidad antifranquista, profunda
y fiable: claridad analítica y autocontrol sentimental (al menos en
literatura), ironía desdramatizadora y confianza asentada en datos
ciertos. Ya no hay, en 1960, esperanza posible en un final inminente
de la dictadura, pero existe el convencimiento de su derrota final y
necesaria. Es decir, Sin esperanza, con convencimiento, que es como
tituló Ángel González uno de sus libros más cálidos y exasperados de
claridad mental.

Aquel poema de Ángel González lo decía sin patetismo porque no lo
necesitaba, y el patetismo es también ajeno al mundo literario de
Ayala. Bastaba con saber que aquellos veinte años primeros de
dictadura habían de ser a la fuerza un entreacto de la historia para
volver a la razón y la libertad, porque no podía ser de otro modo y
porque así acabaría siendo aunque tardase más de lo soportable. Para
entonces, Francisco Ayala había vuelto a España más de una y de dos
veces, desde el verano de 1960, y a su amigo Ferrater Mora le contaba
en carta de 1963 -según explica un trabajo en marcha de Miquel Osset-
que “los cambios en todos los órdenes eran impresionantes”, incluido
seguramente el aire renovado que traía una juventud como la de Ángel
González, madurada en pleno franquismo y sin embargo emparentable con
la europea y aun norteamericana. El objetivo contrarreformista del
franquismo parecía empezar a desbaratarse no sólo entre los muchachos
más jóvenes, sino también con aquellos que se formaron en la plenitud
destructiva de la primera dictadura.

Nada debería aliarlos o hacerlos cómplices, por tanto, y sin embargo
lo son de una manera tácita. Ángel González confesaba hace unos días,
en un conmovedor recital en las aulas de El Escorial, su vieja
impresión biográfica de ser un exiliado interior, de entender que esa
fue su vida durante la dictadura y que ninguna fórmula encaja mejor en
su modo de vivir aquel tiempo que la del exilio interior. Esa frase no
quería mitigar en absoluto la

tragedia del destierro forzoso, que fue el que efectivamente vivió
Ayala, pero sirve quizá para entender otras formas de desafección
frontal al franquismo: no presupone una dimensión geográfica o
política sino ética, y no mide el exilio por el sufrimiento relativo
de sus víctimas ni tampoco por su disposición mejor o peor a retomar
los lazos con el interior. Por eso Ayala había llegado a escribir
alguna vez que “me hubiera sentido más desterrado en Madrid que en
Nueva York”.

Verlos y escucharlos hoy a ambos habla de las ramificaciones de la
resistencia, donde se incluye el exilio, los exilios, y deja por fin
fuera del análisis el sentimiento de nación y desarraigo, porque ese
sentimiento fue también de la España del interior derrotado. La
lección de ironía desdramatizadora pero firme de Ángel González y la
lección de retenida y tozuda lucidez de Ayala desactivan en nuestro
presente los berrinches verbosos del patriotismo que tanto gusta a la
derecha y tanto ha tentado a la izquierda. Lo dijo Ayala de una manera
insuperable y rotunda, además de desacomplejada, para desarmar la
palabrería nacionalista que apela a sujetos colectivos sin
personalidad ni jurídica ni moral ni histórica: “Ingrata patria mía no
será nunca una frase que yo pronuncie, ni desde luego patria amada”.
Lo explicaba un exiliado de una rara estirpe, la misma de Ferrater
Mora, la misma de José Gaos, la misma de alguien más joven como Ramón
Gaya, o mucho más joven, como Tomás Segovia, porque en ellos latía
antes un instinto de universalismo y creación que un instinto de
patria y terruño.

Esa perspectiva permite entender nuevas variedades de repatriación
también, aunque carezcan del valor agónico de tantos otros exiliados.
Y de eso quiso hacerle hablar a Ayala un Juan Cueto de veintitantos
años cuando le preguntaba en 1970, y la entrevista está en
Confrontaciones, si el exilio “ha significado para usted una
extensión, un encontrar y seguir viviendo aquel universalismo, tan
patente, por lo demás, en su obra”. Cueto estaba autorretratando a una
parte de la juventud española de entonces en el espejo de un Ayala que
explicaba las razones que habían animado su biografía de narrador
desde los años veinte y de sociólogo un poco después, de fundador de
revistas como Realidad, en Buenos Aires, o de La Torre, en Puerto
Rico, ambas en pleno exilio, o las mismas razones que le impulsaron a
buscar una tempranísima colaboración entre las Ediciones de la
Universidad de Puerto Rico, que él dirigía, y las de la Revista de
Occidente en Madrid, por cierto que antes de 1956.

Por eso, seguramente hoy su tenacidad y su mismo optimismo vital son
tan conmovedores como la angustiosa desazón con que vivieron sus
destierros otros exiliados, como Max Aub: les separa no tanto una
razón política cuanto la razón sentimental del nacionalismo porque es
precisamente “el prejuicio nacionalista” el que enturbia el problema.
El rechazo de Ayala del exilio “evocativo y nostálgico”, como lo llamó
alguna vez, está fundado en razones pragmáticas que son las mismas que
le animan a decir, con valentía inusual en 1968, que “la literatura
social refleja las ideologías de los que la escriben más que la
realidad misma”. En ambos diagnósticos rige una misma proteína ética:
la racionalidad como herramienta de comprensión frente a la calentura
de la fe patriótica o ideológica. Y en eso anduvo siempre un perfecto
rojo que fue sin embargo liberal de principio a fin, y en eso creció
como poeta un escritor que fue compañero de viaje comunista y hoy es,
todavía, la voz de la más cordial cordura irónica.

Jordi Gracia es profesor de Literatura española (El País, 28/08/2006).

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Sunday, August 27, 2006

Günter Grass: En la picota

No entiendo las proporciones desmesuradas que ha tomado en el mundo la
revelación, hecha por él mismo, de que Günter Grass sirvió unos meses,
a los 17 años, en la Waffen-SS y de que ocultó 60 años la noticia,
haciendo creer que había sido soldado en una batería antiaérea del
Ejército regular alemán. Aquí, en Salzburgo, donde paso unos días, no
se habla de otra cosa y los periodistas que la editorial Suhrkamp
envía a entrevistarme apenas si me preguntan sobre mi última novela,
recién publicada en Alemania, porque lo que les interesa es que
comente “el escándalo Grass”.

No tenía la menor intención de hacerlo, pero como ya circulan
supuestas declaraciones mías sobre el tema en las que no siempre me
reconozco, prefiero hacerlo por escrito y con mi firma. No me
sorprende en absoluto que Grass ocultara su pertenencia a una tropa de
élite visceralmente identificada con el nazismo y que tuvo tan
siniestra participación en tareas de represión política, torturas y
exterminación de disidentes y judíos, aunque, como ha dicho, él no
llegara a disparar un solo tiro antes de ser herido y capturado por
los norteamericanos. ¿Por qué calló? Simplemente porque tenía
vergüenza y acaso remordimientos de haber vestido aquel uniforme y,
también, porque semejante credencial hubiera sido aprovechada por sus
adversarios políticos y literarios para descalificarlo en la batalla
cívica y política que, desde los comienzos de su vida de escritor,
Günter Grass identificó con su vocación literaria.

¿Por qué decidió hablar ahora? Seguramente para limpiar su conciencia
de algo que debía atormentarlo y también, sin duda, porque sabía que
tarde o temprano aquel remoto episodio de su juventud llegaría a
conocerse y su silencio echaría alguna sombra sobre su nombre y su
reputación de escritor comprometido, y, como suele llamársele, de
conciencia moral y cívica de Alemania. En todo esto no hay ni grandeza
ni pequeñez, sino, me atrevo a decir, una conducta impregnada de
humanidad, es decir, de las debilidades connaturales a cualquier
persona común y corriente que no es, ni pretende ser, un héroe ni un
santo.

¿Afecta lo ocurrido a la obra literaria de Günter Grass? En absoluto.
En la civilización del espectáculo que nos ha tocado vivir, este
escándalo que parece ahora tan descomunal será pronto reemplazado por
otro y olvidado. Dentro de pocos años, o incluso meses, ya nadie
recordará el paso del escritor por la Waffen-SS y, en cambio, su
trilogía novelesca de Danzig, en especial El tambor de hojalata,
seguirá siendo leída y reconocida como una de las obras maestras de la
literatura contemporánea.

¿Y sus pronunciamientos políticos y cívicos que ocupan una buena parte
de su obra ensayística y periodística? Perderán algo de su pugnacidad,
sin duda, sus fulminaciones contra los alemanes que no se atrevían a
encararse con su propio pasado ni reconocían sus culpas en las
devastaciones y horrores que produjeron Hitler y el nazismo, y se
refugiaban en la amnesia y el silencio hipócrita en vez de redimirse
con una genuina autocrítica. Pero, que quien estas ideas predicaba con
tanta energía tuviera rabo de paja, pues él escondía también algún
muerto en el armario, no significa en modo alguno que aquellas ideas
fueran equivocadas ni injustas.

La verdad es que muchas de las tomas de posición de Günter Grass han
sido valientes y respetables, y lo siguen siendo hoy día, pese al
escándalo. Lo dice alguien que discrepa en muchas cosas con él y ha
sostenido con Günter Grass hace algunos años una polémica bastante
ácida. No me refiero a su antinorteamericanismo estentóreo y
sistemático, que lo ha llevado a veces, obsedido por lo que anda mal
en los Estados Unidos, a negar lo que sí anda bien allá, sino a que,
durante los años de la Guerra Fría, una época en la que la moda
intelectual en Europa consistía en tomar partido a favor del comunismo
contra la democracia, Günter Grass fueuno de los pocos en ir contra la
corriente y defender a esta última, con todas sus imperfecciones, como
una alternativa más humana y más libre que la representada por los
totalitarismos soviético o chino. Tampoco se vio nunca a Günter Grass,
como a Sartre, defendiendo a Mao y a la revolución cultural china, ni
buscando coartadas morales para los terroristas, como hicieron tantos
deconstruccionistas frívolos en las épocas de Tel Quel. Pese a sus
destemplados anatemas contra los gobiernos y la política de Alemania
Federal, Günter Grass hizo campaña a favor de la socialdemocracia y
prestó un apoyo crítico al gobierno de Willy Brandt en lo que
demostró, ciertamente, mucha más lucidez y coraje político que tantos
de sus colegas que irresponsablemente tomaban, sin arriesgar un
cabello, eso sí, el partido del Apocalipsis revolucionario.

Mi polémica con él se debió justamente a que me pareció incoherente
con su muy respetable posición en la vida política de su país que nos
propusiera a los latinoamericanos “seguir el ejemplo de Cuba”. Porque
si el comunismo no era, a su juicio, una opción aceptable para
Alemania y Europa, ¿por qué debía serlo para América Latina? Es verdad
que, para muchos intelectuales europeos, América Latina era en
aquellos años -lo sigue siendo para algunos retardados todavía- el
mundo donde podían volcar las utopías y nostalgias revolucionarias que
la realidad de sus propios países había hecho añicos, obligándolos a
resignarse a la aburrida y mediocre democracia.

Grass ha sido uno de los últimos grandes intelectuales que asumió lo
que se llamaba “el compromiso” en los años cincuenta con una
resolución y un talento que le ganaron siempre la atención de un vasto
público, que desbordaba largamente el medio intelectual. Es difícil
saber hasta qué punto sus manifiestos, pronunciamientos, diatribas,
polémicas, influyeron en la vida política y tuvieron efectos sociales,
pero no hay duda de que en el último medio siglo de vida europea, y
sobre todo alemana, las ideas de Günter Grass enriquecieron el debate
cívico y contribuyeron a llamar la atención sobre problemas y asuntos
que de otra manera hubieran pasado inadvertidos, sin el menor análisis
crítico. A mi juicio, se equivocó oponiéndose a la reunificación de
Alemania y, también, poniendo en tela de juicio la democratización de
su país, pero, aun así, no hay duda de que esa vigilancia y permanente
cuestionamiento que ha ejercido sobre el funcionamiento de las
instituciones y las acciones del gobierno es imprescindible en una
democracia para que ésta no se corrompa y se vaya empobreciendo en la
rutina.

Tal vez el formidable escándalo que ahora rodea su figura tenga mucho
que ver con esa función de “conciencia moral” de la sociedad que él se
impuso y que ha mantenido a lo largo de toda su vida, a la vez que
desarrollaba su actividad literaria. No me cabe duda de que Günter
Grass es el último de esa estirpe, a la que pertenecieron un Victor
Hugo, un Thomas Mann, un Albert Camus, un Jean-Paul Sartre. Creían que
ser escritor era, al mismo tiempo que fantasear ficciones, dramas o
poemas, agitar las conciencias de sus contemporáneos, animándolos a
actuar, defendiendo ciertas opciones y rechazando otras, convencidos
de que el escritor podía servir también como guía, consejero, animador
o dinamitero ideológico sobre los grandes temas sociales, políticos,
culturales y morales, y que, gracias a su intervención, la vida
política superaba el mero pragmatismo y se volvía gesta intelectual,
debate de ideas, creación.

Ningún joven intelectual de nuestro tiempo cree que ésa sea también la
función de un escritor y la sola idea de asumir el rol de “conciencia
de una sociedad” le parece pretenciosa y ridícula. Más modestos, acaso
más realistas, los escritores de las nuevas generaciones parecen
aceptar que la literatura no es nada más -no es nada menos- que una
forma elevada del entretenimiento, algo respetabilísimo desde luego,
pues divertir, hacer soñar, arrancar de la sordidez y la mediocridad
en que está sumido la mayor parte del tiempo el ser humano, ¿no es
acaso imprescindible para hacer la vida mejor, o por lo menos más
vivible? Por otra parte, esos escritores que se creían videntes,
sabios, profetas, que daban lecciones, ¿no se equivocaron tanto y a
veces de manera tan espantosa, contribuyendo a embellecer el horror y
buscando justificaciones para los peores crímenes? Mejor aceptar que
los escritores, por el simple hecho de serlo, no tienen que ser ni más
lúcidos ni más puros ni más nobles que cualquiera de los otros
bípedos, esos que viven en el anonimato y jamás llegan a los titulares
de los periódicos.

Tal vez sea ésa la razón por la que, con motivo de la revelación de su
paso fugaz por la Waffen-SS cuando era un adolescente, haya sido
llevado Günter Grass a la picota y tantos se encarnicen estos días con
él. No es con él. Es contra esa idea del escritor que él ha tratado de
encarnar, con desesperación, a lo largo de toda su vida: la del que
opina y polemiza sobre todo, la del que quiere que la vida se amolde a
los sueños y a las ideas como lo hacen las ficciones que fantasea, la
del que cree que la del escritor es la más formidable de las funciones
porque, además de entretener, también educa, enseña, guía, orienta y
da lecciones. Esa era otra ficción con la que nos hemos estado
embelesando mucho tiempo, amigo Günter Grass. Pero ya se acabó.

Mario Vargas Llosa es escritor (El País, 27/08/2006)

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Saturday, August 26, 2006

Ségolène Royal: Una mujer en busca de la Presidencia de Francia

Los militantes socialistas aclaman a Ségolène Royal

La candidata francesa se desmarca de sus rivales al inaugurar un acto
de su partido

La tradicional Universidad de Verano del Partido Socialista (PS)
francés se convirtió ayer en el inicio de la temporada política en
Francia, que incluye este curso unas elecciones presidenciales en
primavera. Ségolène Royal, que ayer fue recibida con una enorme
expectación y una larguísima ovación al inaugurar las sesiones, goza
de una gran ventaja en términos de popularidad sobre los demás
aspirantes. Ayer volvió a desmarcarse de sus adversarios. En el puerto
atlántico de La Rochelle, más de 3.000 militantes -una cifra récord-
van a escuchar y juzgar este fin de semana a los pretendientes a la
candidatura socialista a la presidencia. Mientras, las encuestas se
encargan de destacar una y otra vez la ventaja de Ségolène Royal.

Frente a las esperadas exposiciones programáticas de Dominique
Strauss-Kahn, Laurent Fabius, Jack Lang e incluso Lionel Jospin o su
compañero y primer secretario del PS, François Hollande, Royal centró
su discurso de bienvenida en sus logros de gobierno como presidenta de
la región de Poitou-Charentes y anfitriona. Marcó diferencias con los
demás candidatos. Insistió en la puesta en marcha de sistemas de
“democracia participativa” -citó incluso las experiencias de la ciudad
brasileña de Porto Alegre- y expresó su “pasión por la igualdad”. Pero
a diferencia del resto de los pretendientes a la candidatura
socialista, Royal no se sometió a las sesiones de preguntas y
respuestas con los militantes. Advirtió de que hablaba “como
presidenta de la región, y sólo en esta condición”, y añadió: “Y con
eso me basta, porque pienso que la política se hace con los
resultados, con las pruebas”.

El primer secretario François Hollande mantuvo las mismas palabras que
repite desde que consiguiera ser reelegido en el congreso de Le Mans
el pasado mes de noviembre: todavía no ha decidido si se presentará.
Dentro de un mes, añadió, si lo considera necesario, lo hará. En
octubre se cierra el plazo para la presentación de candidatos y en
noviembre serán los militantes quienes escojan con su voto al
aspirante socialista a la presidencia francesa.

A Royal le correspondió ayer abrir la Universidad de Verano de los
socialistas franceses, y a Hollande, cerrarla mañana cuando pronuncie
el discurso de clausura. El resto de aspirantes se sitúan entre uno y
otro. Laurent Fabius, a quien todos los sondeos colocan en el último
lugar, habló ayer por la tarde, sometiéndose a las preguntas de los
militantes. Desgranó detalles de su programa, habló sobre algunas de
sus promesas, como la de aumentar inmediatamente en 100 euros el
salario mínimo. Abanderado del no a la Constitución Europea, Fabius
hizo alarde ayer de europeísmo, asegurando que si es elegido
presidente, cuando en 2008 Francia asuma la presidencia de la Unión
Europea, impondrá un modelo más social y menos liberal.

Dominique Strauss-Kahn, el hombre al que los sondeos sitúan justo por
detrás de Royal, aunque a considerable distancia, también se enfrentó
a las preguntas de los militantes. El que fuera ministro de Economía
habló sobre dinero, sobre el precio de la energía, pero mantuvo la
actitud clásica del político: explicar a los ciudadanos qué es lo que
tienen que hacer, mientras que Royal les pregunta: “¿Qué es lo que
queréis que hagamos?”.

Hoy les tocará el turno a Jack Lang y al ex primer ministro Lionel
Jospin, el hombre que fue derrotado por el ultraderechista Jean-Marie
Le Pen en 2002. Para muchos socialistas, Jospin es el “gran tapado”,
el hombre que cuando anuncie que se presenta forzará a todos los demás
a retirarse. De momento, sin embargo, sólo ha dicho que está dispuesto
a volver si se lo piden.

El País, 26/08/2006.

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Friday, August 25, 2006

Y el pez chico se comió al grande…

Merecidísima la victoria del Sevilla sobre el Barcelona en la final de la Supercopa de Fútbol europea del 2006. Lo reconozco. Y eso que me ha dolido por que soy culé desde hace más de cincuenta años: cuando jugaban Kubala y Ramallets en el Barca… ¡Qué le vamos a hacer! Jugaron mejor y ganaron, merecidamente… ¡Felicidades!…  La vida sigue, la Liga comienza de nuevo…

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La derrota de ETA

Tengo en San Sebastián un vecino de barrio que me insulta cada vez que me cruzo con él por la plaza del Buen Pastor. El insultador tiene un catálogo que va desde los improperios autóctonos hasta otros que se pueden oír en cualquier otra parte de España. Hay que decir que este sujeto malencarado siempre incluye en sus invectivas alguna nota editorial. A comienzos del alto el fuego me decía que aprovechara, que ahora había paz, pero últimamente me dice que nos va a caer una gorda. Desconozco el nivel exacto de vinculación de este individuo con los terroristas, pero tengo la sensación de que se limita a repetir lo que oye en casa, lo que escucha decir en esa enorme secta, amalgamada durante años por la muerte ajena, en que se han convertido los violentos en la Comunidad Autónoma vasca.

Como no me ha gustado nunca que los análisis me los hagan otros y, menos aún, si los otros son violentos, les cuento cómo veo yo las cosas en este córner del Cantábrico.

Tres años largos sin asesinatos han incorporado la ausencia de muertes a nuestras vidas hasta convertir en feliz rutina lo que nunca debió de ser otra cosa. Hay un clima generalizado de esperanza y cautela, un deseo de que ésta sea la buena y la certeza de que el tiempo del terrorismo que hemos sufrido en España ha terminado.

Sigue habiendo episodios de violencia callejera y un exceso de protagonismo informativo del mundo violento, pero con ser esto peligroso y aburrido no se puede comparar, en ningún caso, con la tregua anterior, cuando no nos mataban, pero no nos dejaban vivir.

Los movimientos cívicos y algunos medios de comunicación hemos conseguido el desprestigio social de la muerte y hoy es prácticamente imposible escuchar aquellos bramidos de “ETA, mátalos”, que durante los años ochenta, y parte de los noventa, alfombraban nuestras calles de continuo.

Hay una fatiga de los materiales entre los violentos, por la eficacia policial y también con la constatación del fracaso de una generación que lleva pegando tiros, u ordenando pegarlos, desde que tenía veinte años, y ve cómo se acercan a los sesenta sin haber conseguido ni uno solo de sus objetivos, en un clima de creciente aislamiento y desprestigio y desbordados por otros terrorismos.

Estamos en un momento en el que los violentos pretenden poner en pie un discurso legitimador que justifique que tanta sangre, tanto dolor, tanta tristeza, y también tanta cárcel, han sido necesarios; mientras que buena parte de la sociedad sólo aspira a que le dejen en paz, vincula ausencia de atentados con resolución del problema y puede estar más dispuesta a hacer ciertas concesiones políticas antes que a ver a asesinos como Francisco García Gaztelu por la calle. Máxime después del derroche de inhumanidad y ausencia de empatía desplegado por este antiguo enfermero en los juicios por sus múltiples asesinatos. Hemos pasado de la paz por presos a la paz con alguna recompensa.

El Gobierno hace bien en explorar, en implicarse y en arriesgar para tratar de cerrar tantos trienios de sangre. Es su obligación, además de su apuesta. Pero tiene que ser consciente de cuánto se expone en esa operación, dada la proverbial deslealtad de los violentos y su locuacidad a la hora de contar reuniones supuestamente discretas.

La oposición parece haber delegado buena parte de su capacidad de análisis en los violentos. Da por buenos sus diagnósticos y bravatas, sostiene machaconamente que ETA nuncamiente -y que el Gobierno, sí- y parece siempre dispuesta a engordar el discurso ganador de la banda hasta un punto que ni los propios terroristas se creen, a juzgar por sus comunicados.

Los que dirigen la estrategia del PP confirman cada día que de colaboración con el Gobierno, nada de nada, y de atizador del clima de crispación, en comandita con algunos medios, todo lo que haga falta y dos huevos duros.

Estoy convencido de que estamos ante el final del terrorismo. Se trata de que en este momento, sobre todo los que hemos sufrido sus consecuencias durante años, seamos capaces de poner en pie un discurso ganador, ganador de la democracia frente a quienes han sido derrotados en su intento de destruirla. De la misma forma que en los tiempos de la transición se instaló el discurso del consenso, como un antídoto contra los extremismos y la vuelta al pasado, ahora debería quedar clara la verdad: que ha ganado la democracia.

Para ello, los que han asesinado tienen que dejar de hacerlo sin que el resto sintamos que nos hacen un favor por el que tenemos que pagarles; tienen que renunciar definitivamente a la violencia, aceptar la ley de Partidos y ser legales, en todos los sentidos, sin entender que eso es una derrota y sí un triunfo. Tienen que asumir la frustración como algo inherente al hacer política, pisar la realidad, bajarse del narcisismo inherente al terrorismo y, con sorbitos de metadona, asumir que el mañana no les pertenece.

En este contexto, resulta muy significativa la que podríamos llamar lucha de clases en el seno del nacionalismo. El PNV le recuerda a ETA, día si y día también, algo insoportable: nosotros (el PNV) acertamos al apostar por la vía estatutaria; ustedes (ETA), que nacieron para sustituirnos, se equivocaron al seguir con la violencia cuando llegó la democracia. HB arremete de forma obsesiva contra Aralar, su escisión desapegada de la violencia, contra EA y contra la Izquierda Unida vasca (EB). Hemos pasado de la guerra de posiciones a la guerra de movimientos y HB quiere recuperar los votos centrifugados a derecha e izquierda.

Estamos ganando al terrorismo, la democracia española ha derrotado a quienes inauguraron su delirio etnicista de patria asesinando a policías. Se trata de que nos lo creamos, de establecer ese discurso ganador, de no cometer ahora errores en los que antes no se incurrió.

Se trata de que el Gobierno actúe con cautela y de que la oposición recupere la memoria y tenga claro quién es el enemigo a batir. Se trata de poner en limpio la derrota del terrorismo.

José María Calleja es periodista (El País, 25/08/2006).

 

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Thursday, August 24, 2006

El pasado siempre está al acecho…

El artículo de Ariel Dorfman (El País, de hoy) sobre el pasado nazi de Günter Grass, tan de actualidad, me ha producido una evidente desazón. Me parece bien que esas cosas se saquen a relucir -si es que no nos encontramos inmersos en una campaña destinada a publicitar su último libro- pero de ahí a poner en duda el valor moral de una persona que -con todos los errores que se le quieran achacar en su pasado- ha dado pruebas sobradas de su talla moral en su trayectoria vital posterior, media un abismo. Creo que Dorfman lo describe bastante bien y la anécdota que le da pie para escribir su artículo resulta clarificadora del drama de tantas personas que, en un momento de sus vidas, erraron en el camino a tomar.

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Günter Grass: Las claves de una ira

La primera vez que conocí a Günter Grass, nos peleamos furiosamente.
Fue en marzo de 1975, si no recuerdo mal, que lo visité en su hogar
cerca de Hamburgo, una amplia casa rural que daba a un río más plácido
de lo que iba a ser, por cierto, nuestra relación tormentosa.

Al principio, todo anduvo sobre ruedas. Me había traído a ese lugar su
gran amigo Freimut Duve, eminente editor, defensor de los derechos
humanos y diputado alemán socialdemócrata por aquel distrito. Mientras
Grass cocinaba una suculenta sopa de pescado -¡ya me habían advertido
que era un gran cocinero!-, hablamos sobre su obra y la influencia
descomunal que había tenido su Trilogía de Danzig en mi propia
producción. De a poco, fui deslizando la razón, menos literaria, por
la cual yo había buscado este encuentro. Había viajado desde el París
de mi exilio -providencialmente, como se verá, con mi mujer Angélica-
para proponerle a Grass que prestara su firma a una campaña en defensa
de una cultura chilena amenazada por Pinochet que habíamos armado con
García Márquez, Cortázar, Rafael Aberti y Matta, entre muchos otros
artistas e intelectuales. Ya se había sumado Heinrich Boll y pensaba
que no sería difícil convencer a este otro Premio Nobel alemán de que
nos diera su entusiasta adhesión.

Cuando terminé mi exposición, sin embargo, se quedó callado un largo
rato. Enseguida, le puso una tapa a la olla, bajó el gas para que se
fuera guisando aquel bouillabaise tedesco con toda la lentitud que se
merecía, y se fue a contemplar unos hermosos dibujos en que estaba
trabajando.

Al levantar la vista, noté en sus ojos un sorprendente resplandor de
cólera. Y dijo: “¿Por qué no quieren asistir los compañeros
socialistas chilenos a la reunión en defensa de los patriotas checos
que se hará en Francia este verano?”.

Yo le expliqué que, por mucha simpatía que tuviéramos muchos
demócratas chilenos por la primavera de Praga y la lucha de los
disidentes checos, era políticamente inviable manifestar tal
predilección en forma pública. Hubiera significado una ruptura con los
comunistas chilenos en un momento en que ellos formaban parte -más
aún, eran la espina dorsal- de la resistencia a la dictadura, tal como
habían sido pieza clave y leal durante el Gobierno de Salvador
Allende.

Mi aclaración no logró aplacar a Günter Grass. Para él, los soviéticos
habían intervenido en Checoslovaquia con la misma arrogancia imperial
que los norteamericanos en Chile, y era crucial denunciar
simultáneamente a los dos superpoderes, unirse en la defensa del
socialismo democrático, seguir buscando un modelo económico y social
que rompiera con los grandes bloques hegemónicos. Y cuando yo respondí
que para sacarnos a Pinochet de encima no podíamos perjudicar el
indispensable apoyo de la Unión Soviética, junto al de sus aliados, el
autor de El tambor de hojalata, no quiso dirigirme más la palabra. Por
suerte, había quedado seducido con el encanto de mi mujer y dedicó el
resto de nuestra visita a conversar animadamente con ella. Comenté más
tarde con mi amigo Freimut que, de no haber estado Angélica presente,
Grass seguramente me hubiera expulsado de su hogar. Al despedirse, eso
sí, me lanzó algunas palabras finales: “Cuando algo es moralmente
correcto”, dijo, “hay que defenderlo sin preocuparse de las
consecuencias políticas o personales que vamos a pagar”.

Pienso ahora, treinta años más tarde, en esa admonición perentoria que
me espetó. Sería fácil devolvérsela con altivez, echarle en cara sus
propias fallas éticas a ese hombre que me había exigido rectitud
insobornable, preguntarle hoy con qué derecho trataba de darme
lecciones de honradez alguien que escondía en ese mismo momento su
propio pasado nazi. Esa ha sido, por lo demás, la reacción de la
mayoría de los comentaristas.

Aunque tal indignación me parece comprensible, sospecho que es también
intelectualmente peligrosa y hasta un poco holgazana. Porque no creo
que el hecho de que Günter Grass haya ocultado durante casi toda su
vida su participación en las SS de Hitler invalide sus posteriores
posturas morales o políticas. Tenía razón en sus juicios sobre
Alemania y la amnesia que la aquejaba. Tenía razón en su defensa de la
revolución sandinista. Tenía razón en que la reunificación de su país
debió haberse llevado a cabo de otra manera. Tenía razón en que es
necesario recordar a las víctimas alemanas de los bombardeos durante
la Segunda Guerra Mundial. Y tenía razón también en el caso particular
que llevó a que nuestro primer encuentro fuera tan desafortunado. Yo
mismo se lo hice saber unos años más tarde, cuando coincidimos en La
Haya para una conferencia literaria, y se lo reiteré en varias
ocasiones en las décadas siguientes: los socialistas chilenos
deberíamos haber abrazado la causa de los disidentes de los países
comunistas con mayor arrojo e integridad y yo mismo, como escritor,
tenía una obligación adicional de plantearme a favor de la libertad,
dondequiera que se viese vulnerada.

Tenía razón Günter Grass, sí, pero todos estos años me quedó dando
vuelta otra pregunta más enigmática: ¿por qué tanta furia frente a lo
que era, después de todo, una legítima diferencia de opiniones? ¿Por
qué tanta cólera?

Ése es el misterio que las revelaciones sobre el pasado de Grass
permiten ahora ir -tal vez, tal vez- develando. ¿No es posible que
fuera precisamente ese joven nazi, ese culpable alter ego adolescente,
el que demandaba a su encarnación adulta que nunca más se permitiera
una posición que no fuera transparente, definitiva, éticamente
tajante? ¿No explica eso tanto arrebato, tanta efervescencia?

Claro que hay que tener cuidado. Si algo nos enseña la obra literaria
de este autor gigante es que somos seres complejos y contradictorios y
probablemente indescifrables. No sería justo que termináramos
reduciendo toda la vida de un escritor tan magníficamente múltiple a
los mensajes que sin duda le fue susurrando a lo largo de su
existencia aquel ser pretérito, maligno e inocente, que seguía
pernoctando en su oscuro interior, ese pasado suyo que Günter Grass
nunca pudo, creo yo, perdonar.

Ariel Dorfman es chileno y escritor (El País, 24/08/2006)

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Friday, August 18, 2006

Lorca: setenta años después

¿Cuántas víctimas de la represión franquista, durante y después de la
guerra, yacen todavía en fosas comunes, cunetas, pozos, barrancos,
descampados? No se sabe todavía con exactitud, pero parece muy
difícil, a la luz de las investigaciones más recientes, que la cifra
pueda bajar de 50.000 o 60.000. Con toda probabilidad es mucho más
alta.

De las víctimas, el más famoso aquí y fuera, indudablemente, es
Federico García Lorca. ¿Yacen los restos del genial poeta donde
creemos, al lado de un viejo olivo no lejos de la Fuente Grande de
Alfacar, lugar hoy señalado por un plinto, dentro del parque García
Lorca, dedicado a la memoria no sólo de Federico, sino de todos los
muertos de la Guerra Civil, los del otro bando incluido? ¿Podemos
estar seguros? Cuando a mí me llevó allí en 1966 Manuel Castilla
Blanco, quien, a sus dieciocho años, obligado, tuvo que enterrar a
Lorca y a sus compañeros de infortunio -el maestro del pueblo de
Pulianas Dióscoro Galindo González, y los toreros Francisco Galadí
Melgar y Joaquín Arcollas Cabezas-, me aseguró que no había duda: que
fue allí, paso más paso menos, donde llevó a cabo aquella mañana de
agosto de 1936 su macabra tarea. En 1955, diez años antes de que yo le
conociera, Castilla Blanco había acompañado hasta el mismo lugar al
investigador español, nacionalizado norteamericano, Agustín Penón, que
luego, después de recoger mucha documentación sobre la muerte del
poeta, había desaparecido sin dejar rastro. Hoy, los papeles de Penón
(que murió en 1976) se han publicado. Confirman lo que a mí me dijo
Castilla Blanco en 1966. El sitio donde decía haber enterrado, con
seguridad, a Lorca y los otros tres era el mismo, exactamente. Todo
coincidía.

Cuarenta años después siguen circulando por Granada, sin embargo,
versiones alternativas, discrepantes. Se dice que, pocos días después
de consumado el crimen, los rebeldes, al darse cuenta del enorme error
político cometido, quitaron el cadáver de donde estaba y lo inhumaron
otra vez en lugar secreto; que la familia del poeta, pagando una
cantidad astronómica, consiguió hacerse con los restos del poeta y los
volvieron a enterrar, sigilosamente, en su propiedad de la Huerta de
San Vicente, nada menos, y que por eso no quieren ahora que se abra la
fosa de Alfacar y se compruebe que no está allí; que Manuel Castilla
Blanco no había empezado entonces a trabajar como enterrador forzoso y
que por lo tanto no podía haber estado en Alfacar la mañana de la
tragedia; y así por el estilo, ad náuseam.

Estimo que no es justo, ni bueno para nadie, que a estas alturas no
sepamos la verdad de una vez por todas. La única manera de saberla y
de silenciar para siempre los rumores y las especulaciones y los bulos
y las tonterías es efectuar, con la tecnología a punto que hoy existe
-y de que dispone la Universidad de Granada-, la búsqueda científica
de los restos del poeta y de los muertos a su lado. Si su familia, una
vez hechas las averiguaciones, prefiriera dejarlos allí, estoy
convencido de que nadie pondría la más mínima objeción. Por lo que
toca a los descendientes de Dióscoro Galindo González, su nieta ha
dicho recientemente que ellos se satisfarían con tener la constancia
de que el abuelo está allí. No conozco el sentir de los parientes de
los dos toreros, puede que sea idéntico. Según la Asociación para la
Memoria Histórica, son muchas las familias de los asesinados que así
enfocan el asunto: quieren saber dónde están sus sacrificados, quieren
que haya reconocimiento, un monumento, una placa, pero no exhumar los
restos. Es difícil entender por qué no parece haber nadie en el
entorno familiar del poeta que lo entienda así y esté dispuesto a
decirlo abiertamente. Entre gentes pretendidamente progresistas,
liberales, uno esperaría discrepancias, distintos puntos de vista,
matices. ¿O es que la familia Lorca está ya, como una piña, con los
que repiten machaconamente que no se debe “remover” el pasado, que
sólo incumbe pensar en el futuro, que hay que olvidar, etc., es decir,
alineada con el Partido Popular? Hace unas semanas, en una entrevista
publicada en el suplemento dominical de EL PAÍS, Manuel Fraga Iribarne
se permitió decir que quienes investigan sobre la represión franquista
son unos “botarates” vengativos y guerracivilistas. Me pareció muy
ofensivo. Habría que contestarle que ellos, los ganadores, tuvieron
cuarenta años para desenterrar a sus víctimas, y que lo hicieron (allí
está, además de la del Valle de los Caídos, la inmensa cruz blanca de
Paracuellos, hoy repintada y reluciente para que se vea bien desde el
aire). Entretanto, los vencidos no pudieron, so pena de graves
problemas con las autoridades franquistas, ni aproximarse a los
lugares donde yacían los suyos. Habría que pedir a las derechas de
este país, tan católicas ellas, un poco de piedad hacia las familias
de los vencidos. ¿O es demasiado pedir?

Entretanto, la fama del poeta granadino no hace sino crecer y crecer,
sucediéndose traducciones y montajes de sus obras alrededor del mundo.
En estos mismos momentos se está desarrollando en el Arcola Theatre de
Londres un festival titulado “¡Viva Lorca!”, con un variado programa
de actividades que se prolongarán hasta septiembre: puestas en escena
de Mariana Pineda y Yerma, recitales, música, y una obra original de
Emily Lewis, muy bien recibida, titulada Hace Lorca (la alusión va por
Jorge Guillén, que decía que, cuando estaba el poeta, no hacía ni
calor ni frío, hacía… Federico). El hecho incontestable es que Lorca
y su obra siguen fascinando, y que millones de personas, sí, millones,
se han sentido y se sienten enriquecidos como seres humanos gracias al
contacto de su palabra. Honor a él y a todos los que cayeron como
resultado de aquella nefasta sublevación.

Iab Gibson es historiador (El País, 18/08/2006)

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Wednesday, August 16, 2006

El desaparecido

En todas las familias hay un secreto y la mía no es una excepción. Durante muchos años, formó parte de su imaginario y continúa formándola del mío, pese a que nunca conocí a su protagonista. Así son las cosas en este mundo.

El secreto de mi familia, al que yo accedí siendo ya un adolescente, tiene que ver con la guerra, como los de muchas otras familias españolas. Pero su particularidad estriba en que no desapareció con ella, quiero decir con su primera generación, sino que la sobrevive, incluso sobre su recuerdo. Y es que acierta Miguel Suárez, poeta vallisoletano y bohemio, al titular un libro suyo de poemas La perseverancia del desaparecido. Los fantasmas sobreviven a los muertos.

Mi tío Ángel, el desaparecido, tendría ahora, si viviera, cerca de los 100 años y era hermano de mi padre. El segundo, en concreto, de una larga lista que llegó a sumar hasta 10 hermanos, pero que las condiciones sanitarias de la época redujeron a la mitad apenas iban naciendo, y de la que mi padre fue el más pequeño. Maestro nacional, como su madre, mi tío Ángel ejercía en la escuela de Orzonaga, una aldea minera de León cercana a su localidad natal, cuando estalló la guerra civil y, ante la perspectiva de que lo fusilaran (era miembro del sindicato CNT), huyó a las montañas donde se concentraban ya los republicanos que escapaban de las zonas sublevadas de León.

Se dijo que dio clases a los niños de la pequeña aldea de Valverdín, no distante de Orzonaga, pero separadas ambas por el frente, incluso alguno lo vio en Asturias cuando éste fue retrocediendo, pero la pista se le perdió para siempre con su caída definitiva en el otoño de 1937, como a tantas otras personas. Durante muchos años, acabada ya la guerra, sus padres y sus hermanos trataron de encontrarlo inútilmente. Por lo que me contó mi padre, lo hicieron a través de la Cruz Roja Internacional, de la policía (un tío mío lo era), de los programas de las radios clandestinas, incluso a través de los guerrilleros, antiguos compañeros de mi tío, que durante varios años siguieron por la región y con uno de los cuales mi padre se entrevistó una noche aprovechando que era la fiesta del pueblo y todo el mundo estaba en el baile. Nadie les pudo dar una pista cierta y las que les dieron sólo sirvieron para aumentar su desasosiego: alguien dijo, por ejemplo, que, una noche, en un programa de radio de una emisora clandestina, de ésas que la gente oía a escondidas para que no los vieran, habían leído una carta de un tal Ángel Alonso Díez, maestro de León residente en Rusia, que mandaba recuerdos a sus familiares e incluso algún pariente aseguró que en algún lugar constaba que el susodicho había muerto en el frente de Dima, en Vizcaya, se supone que defendiendo Bilbao. Pero nunca se pudo confirmar ninguno de esos datos. Aparte de que, en principio, ninguno de ellos parecía muy fiable. El de que estaba en Rusia, por la condición de anarquista de mi tío Ángel, y el de que había muerto en el País Vasco, porque se contradecía con los testimonios de las personas que aseguraban haberlo visto por ese tiempo, primero en las montañas de León y más tarde en las de Asturias. El caso es que el tiempo fue transcurriendo sin que sus padres, que murieron esperando su regreso, ni sus hermanos supieran nada de él. Estos también, de hecho, ya han muerto todos y él continúa sin aparecer.

Todo esto, sin embargo, yo lo ignoraba completamente cuando, niño, pasaba los veranos en casa de mis abuelos, al principio con ellos, cuando aún vivían, y luego con mis padres. Entonces, yo tenía otros intereses y ni siquiera pregunté nunca quién era el hombre de la foto que presidía el pequeño comedor y que me daba miedo porque me perseguía con la mirada cuando entraba en aquél a la hora de la siesta, aprovechando que los demás dormían. Como quiera que la foto le había sorprendido de reojo, tenía la extraña capacidad de mirarte siempre, te pusieras donde te pusieras. Y eso era lo que me daba miedo.

Eso y que la gente hablaba de él en voz baja. Como si pudiera oírlos, cuando se referían a él, todos bajaban la voz, sobre todo si había niños presentes. Lo cual aumentaba aún más el misterio que el hombre de la foto proyectaba en torno a él.

Un día -ya no recuerdo cuándo- mi padre me desveló su secreto. Para entonces, yo ya no le tenía miedo, pues me había hecho mayor y sabía ya que las fotos no pueden hacerte nada, y el descubrimiento de su verdadera historia despertó en mí una simpatía que no ha cesado hasta el día de hoy. Tanto como para conservar su foto cuando, pasados los años, también mis padres murieron y la vieja casa familiar pasó a mis manos y a mi poder, con los cambios que eso supone siempre. De todo lo que allí había mucho acabó en la cochera (la antigua cocina de horno donde mi abuela amasaba el pan), o, aún peor, en la basura, pero la foto de mi tío Ángel continúa colgada de una pared junto a mis nuevas fotos y mis recuerdos. Entre ellos, los dos únicos que en la casa se conservaban todavía de él: una caja de reloj y una lámpara de marquetería, a la que, al parecer, era muy aficionado. En la caja del reloj, hay dos nombres tallados en madera: Manuel y María, los de mis abuelos, junto con el de su pueblo: La Mata de la Bérbula, y, en la lámpara, por dentro, una fecha a lapicero: 1931.

Para entonces, yo ya había hecho algunas investigaciones para saber quién era realmente aquél. En el pueblo donde ejerció de maestro, por ejemplo, encontré a una anciana que había sido alumna suya (me contó que, antes de empezar las clases, mi tío llevaba a todos los chicos a lavarse en el arroyo; “íbamos como gitanos”, me resumió la señora las condiciones higiénicas de aquella época) y sus contemporáneos de su localidad natal me contaron que era un poco tartamudo, pero muy inteligente y preparado. Supe también que había tenido una novia en un pueblo no lejano al de su escuela (ignoro si seguía siéndolo cuando comenzó la guerra) y que también mantuvo una relación con una prima carnal (esto por una fotografía), pese a lo cual seguía soltero en el momento de desaparecer. Y, también -y esto ya me dolió más, tanto por la historia en sí como porque nadie me lo hubiese contado en su momento-, que, por su causa, la Guardia Civil amenazó y pegó a mis abuelos en más de una ocasión, incluso les obligó a acompañarlos en sus registros, convencida de que aquél seguía vivo y de que éstos sabían dónde estaban. Y ello a pesar de que mis abuelos habían dado tres de sus cinco hijos al Ejército de Franco (uno de ellos mi padre, con 19 años) por los dos que habían hecho la guerra con la República.

Pero lo que nunca encontré, como le pasó a mi padre, fue una pista sobre su paradero. Tan sólo una referencia en un libro sobre la represión de los maestros en León, que fue una de las más violentas (más de 200 murieron y otros tantos fueron depurados y apartados de la profesión), y el recuerdo de aquellas dos legendarias (la que estaba en Rusia, que a mi abuela le sirvió para seguir viviendo, y la que murió en Vizcaya, que mi padre dio por buena, seguramente para no seguir buscándolo) que continúan siendo las únicas existentes a día de hoy. Y que tienen todos los visos de seguir siéndolo en el futuro, pues, tantos años después, mi esperanza de encontrar otra ya es tan remota como la de que mi tío regrese. Ni siquiera las exhumaciones que, desde hace dos o tres años, tienen lugar por todo el país en busca de los restos de los republicanos enterrados por las cunetas y por los montes como alimañas me permite alimentarla, porque ¿cómo podría reconocerlo? Si ni siquiera sé dónde está…

Así que, me temo, mi tío Ángel seguirá siendo el desaparecido y su fotografía colgando de la pared de la vieja casa de mis abuelos, ahora la mía de vacaciones, como lo viene haciendo desde hace 70 años. Quizá mi hijo la quite un día cuando la herede como yo antes (a él no le da ningún miedo y ya nadie habla de él) y entonces su fantasma desaparecerá también, sumergiéndose en el agujero negro de la historia. Pero, mientras siga ahí, mientras yo siga mirándola y recordando al hombre que, cuando niño, me daba miedo por su mirada y porque todos hablaban en voz baja de él, mi tío seguirá vivo, puesto que, como nunca nadie lo viera muerto, se ha convertido ya en un fantasma; esto es, en un reflujo de la imaginación. Y ya se sabe que los fantasmas sobreviven a los muertos, incluso a veces hasta a los vivos, tal es su fuerza y su sugestión.

Julio Llamazares es escritor (El País, 16/08/2006).

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